5. El año
5. El año
El año se 364 días de este calendario del libro de los Jubileos es un año solar, aunque contado menos exactamente que el año egipcio de 365 días. Los israelitas conocieron evidentemente este año, que se trasluce en dos pasajes del Génesis. Según Gén 5:23, el patriarca Henoc vivió 365 años. Si recordamos que, según la tradición posterior, Henoc fue favorecido con la revelación sobre la astronomía y el cálculo del tiempo, se reconocerá que 365 representa un número perfecto: es el de los días de un año solar. La cronología del diluvio es todavía más convincente: el desastre comienza el día 17 del segundo mes, Gén 7:11, y termina el día 17 del segundo mes del año siguiente, Gén 8:14; duró, pues, doce meses más 11 días, exactamente lo que hace falta para igualar el año lunar de doce meses lunares, 354 días, con el año solar de 365 días. El redactor quiso explicar que el diluvio había durado exactamente un año solar. En el mismo contexto, la comparación entre Gén 7:11.Gn7:24 y Gn8:3-4, indica que cinco meses dan la suma se 150 días, o sea, cinco meses egipcios de 30 días. Este pasaje es de redacción tardía; da la sensación de ser una nota erudita para indicar la correspondencia del año solar con el año lunar rectificado, o año lunisolar, que regía la vida corriente y la vida litúrgica. Pero en este año lunisolar, no caían las fiestas cada año en los mismos días de la semana. El calendario de los Jubileos, de que hemos tratado anteriormente, sería una reforma destinada a ligar estas fiestas a días fijos de la semana.
Fuera de estos cálculos eruditos y de estos esfuerzos imperfectos, no poseemos pruebas de que prevaleciera nunca en Israel un calendario propiamente solar. La misma cronología intencional de Gén7:11; 8:14 subraya que la designación de los meses por números ordinales se relacionaba con un cómputo lunar. Ya dijimos antes que este sistema ordinal había reemplazado la designación por nombres cananeos. Éstos, habiendo sido tomados de acontecimientos estacionales, no pueden convenir sino a un año concordado, por lo menos aproximativamente con el año natural: podía ser un año solar, como también podía ser un año lunisolar con mes intercalar. Esta segunda solución es sugerida por el término con que los cananeos designaban el mes, yerah, la luna, y por la analogía de Mesopotamia. No hay ninguna razón para dudar que sucediese lo mismo en el Israel antiguo, donde las mismas palabras significaban el mes y la luna, y la luna nueva indicaba el comienzo del mes.
Sin embargo, el mes intercalar no se menciona nunca en el Antiguo Testamento, si no es completamente al fin, y tratándose de un calendario no israelita: el mes macedonio de dióscoro, 2Mac11:21,* es quizá un mes intercalar. Nunca se habla sino de doce meses, 1Re4:7; 1Cr 27:1-15; cf. Jer 52:31; Ez 32:1; Dn4:26, y ya hemos visto que también el calendario de Guézer contaba doce meses. Sin embargo, parecería obvio que el mes intercalar se mencionase en 1Re 4:7: los doce distritos de Salomón debían abastecer al rey y a su casa, cada uno durante un mes del año, y en 1Cr27: cada uno de los intendentes de David estaba en funciones durante un mes. ¿Qué se hacía cuando el año tenía trece meses? La incertidumbre viene del carácter incompleto de nuestra información: estos textos dicen lo que sucedía los años ordinarios.
De todos modos, la intercalación de un mes suplementario senhizo durante largo tiempo de manera empírica. Todavía a fines del primer siglo de nuestra era, el rabino Gamaliel II escribía a las comunidades de la diáspora: «Los corderos son todavía demasiado tiernos y los pollos demasiado pequeños; el grano no está todavía maduro. Así nos ha parecido bien, a nosotros y a nuestros colegas, añadir treinta días a este año.» Finalmente se adoptó el ciclo babilónico de diecinueve años, con intercalaciones a fechas fijas. El mes que se repetía era el último del año, ador; no existen pruebas de que a veces se intercalase un segundo elul, como lo hacían también los babilonios.
El año estaba dividido en dos estaciones, el invierno, horep, y el verano, qays, que correspondían grosso modo al período frío y al período cálido, a las sementeras y a las siegas, Gén 8:22; cf. Sal 74:17; Is18:6; Zac14:8. Los ricos y los reyes tenían sus mansiones de invierno y sus mansiones de verano, Am3:15; Jer36:22. Esta división tan simple corresponde al clima de Palestina, donde el período cálido y seco y el período frío y húmedo se suceden lo bastante bruscamente, sin que se sienta mucho la primavera y el otoño de los países de clima más moderado. Los egipcios tenían tres estaciones regidas por la crecida del Nilo y sus efectos: la inundación, la germinación, la siega. Los griegos tuvieron, al principio, tres estaciones y luego cuatro, al añadírseles el otoño. Están marcadas por los equinoccios de primavera y de otoño, y por los solsticios de verano y de invierno. Esta división se introdujo entre los judíos en la época helenística; hemos visto anteriormente que aparece en los escritos de Qumrán, con nombres agrícolas. Más tarde, se denominó a las estaciones conforme a los meses en que caían los solsticios y los equinoccios.⁶ El comienzo del año
6. El comienzo del año
Los dos calendarios litúrgicos más antiguos, Éx 23:14-17 y Ex34:18-23, enumeran así las tres grandes fiestas anuales: ácimos, siega, recolección. Como los ácimos se celebraban el mes de abib, el futuro mes de ni san, en el orden seguido se podría ver la indicación de un año que comenzaba en la primavera, si no estuviese puntualizada la fecha de la fiesta de la recolección. Según Éx23:16, ésta cae bêše't haššanah, a la «salida del año», lo que con mayor probabilidad designa el comienzo del año, puesto que la misma palabra significa en otros pasajes la salida del sol, Jue 5:31; Is13:10, y la de las estrellas, Neh4:15. Según Éx34:22, la fiesta de la recolección señala la fqúpat hassanah, etimológicamente la «revolución del año», pero propiamente el término de esta revolución, cf. 1Sam1:20; Sal19:7, y el empleo del verbo correspondiente en Job1:5, es decir, el fin del año. No se debe introducir en estos textos antiguos el sentido de solsticio y de equinoccio que el judaismo ha dado a teqûpah. La fijación de la fiesta, sea al principio, sea al fin del año, es un problema que reservamos para el estudio de las instituciones religiosas; aquí nos limitamos a mostrar que estos dos calendarios suponen un año que empieza en otoño.
Con la recolección comienza también la lista de las faenas agrícolas de la tableta de Guézer: no es el orden natural, que debería comenzar con las sementeras; pero el texto ofrece la concordancia con un año civil que comienza en otoño.⁶
En 2Sam 11:1 = 1Cr 20:1, y en 1Re 20:22-26, se halla la expresión těsûbat haššanah, literalmente el «retorno del año»; en el primer texto y en su paralelo se explica como «el tiempo en que los reyes salen a la campaña», y en los otros dos pasajes sirve para datar una expedición militar. Según las reiteradas indicaciones de los anales asirios, se iba a la guerra ordinariamente en primavera. Este «retorno del año» sería el momento en que el año está en la mitad de su curso y parece volver hacia atrás, el paso del invierno al verano, la época en que los días se hacen iguales a las noches, nuestro equinoccio de primavera. Esto también supone un año empezado en otoño. Esta expresión quedó ligada a dicha época del año aun después del cambio del calendario y, en 2Cr36:10, se refiere todavía a la primavera: otras fuentes nos permiten datar el acontecimiento, la toma de Jerusalén, en marzo de 597.
La historia de la reforma de Josías, 2Re22-23, narra el descubrimiento del libro de la ley, su lectura delante del rey y luego delante del pueblo entero convocado en Jerusalén, la ejecución de las medidas de reforma en la capital, en Judá y en el antiguo reino de Israel, finalmente la celebración de la pascua. Todos estos acontecimientos tuvieron lugar el año dieciocho del reinado: esto es imposible si es que el año comenzaba en primavera, muy poco antes de la pascua; exige un año que comience en otoño.
En fin, se puede recordar que también Mesopotamia conoció antiguamente un año de otoño: el séptimo mes del año babilónico de primavera conservaba el nombre de tešrîtu, es decir, «comienzo».
Pero otros textos del Antiguo Testamento suponen un cómputo diferente. Cuando se lee a Yoyaquim el rollo de las profecías de Jeremías, el rey está en sus aposentos de invierno y se calienta en un brasero, pues «era el mes noveno», Jer36:22, evidentemente el noveno mes de un año de primavera, noviembre-diciembre.
Según 2Re25:8=Jer52:12, el templo fue destruido por Nabucodònosor el quinto mes. Según Josefo y la tradición judía, en esa misma época del año fue incendiado el segundo templo por los romanos, y sabemos que este acontecimiento tuvo lugar en el mes de agosto. La tradición es antigua: según Zacarías, es una época en que el calendario de primavera estaba ciertamente en vigor cf. las fechas de Ageo en relación con los años de Darío — se conmemoraba la destrucción del templo con un ayuno al quinto mes, Zac7:3.5. Una confirmación de esto tenemos en Jer40-Jer41, que narra los acontecimientos inmediatamente posteriores a la toma de Jerusalén: se hace la recolección del vino, de los frutos, del aceite, Jer40:10, y después del asesinato de Godolías, el séptimo mes del mismo año, el trigo, la cebada, el aceite y la miel están ya recogidos en los graneros, Jer41:8: esto sólo cuadra con un año de primavera.
Algunos textos litúrgicos son explícitos. La ley sobre la pascua comienza así en Éx12:2: «Este mes viene para vosotros a la cabeza de los meses; es para vosotros el primer mes del año.» Esta insistencia es intencionada y subraya una novedad. Según Éx 23:15 y todavía Dt16:1, la pascua debería celebrarse el mes de abib en el año de otoño. Entre estos textos y la redacción de Éx12, no se modificó la fecha de la fiesta, pero el calendario había camhiado: en adelante se sigue un año de primavera. Esto mismo hacen los calendarios religiosos de Lev23, Núm 28-Nm29 y Ez 45:18-25.
Todos los pasajes del Antiguo Testamento en que se designa a los meses con un número ordinal, se explican sin dificultad en un año que comience en primavera. Ya mostramos anteriormente que esta nueva designación se había inaugurado después de la muerte de Josías7; si se compara el relato de la reforma de Josías, 2Re 22-23, con el de la toma de Jerusalén, 2Re25, se observa que el año de primavera fue introducido también en esta fecha. También es posible que por el mismo tiempo se comenzase a contar los días de tarde a tarde8 y los meses a partir de la aparición de la luna nueva a la puesta del sol9. Todo esto significa la adopción del calendario babilónico y se explica por una circunstancia histórica: bajo Yoyaquim, hijo de Josías, el reino de Judá empezó a ser vasallo de Nabucodonosor.
Estas conclusiones tienen aplicación al reino de Judá sobre el que estamos mejor informados. Se puede suponer que el calendario de otoño se siguió también en el reino de Israel mientras mantuvo su independencia, pero el calendario babilónico se impuso, por lo menos para el uso oficial, en las provincias asirías constituidas después de las conquistas de Teglat-Falasar in, en 733 a.C., y luego en el resto del territorio, después de la caída de Samaría. Los contratos cuneiformes de Guézer, datados a la manera asiría, son una prueba de ello. Se ha intentado atribuir mayor antigüedad a la adopción del calendario de primavera en Israel, con el fin de poner en claro los sincronismos que establecen los libros de los Reyes entre los reinados de Israel y los de Judá; pero estos sincronismos plantean ya en sí difíciles problemas que no parece se puedan resolver añadiendo una nueva incógnita.
Naturalmente, el año de primavera se mantuvo cuando los nombres babilónicos de los meses sustituyen a las cifras ordinales. Sólo un pasaje ofrece dificultad. Según Neh 1:1 y Neh 2:1, el mes de kisleu y el mes siguiente de nisán debieron de caer el mismo vigésimo año de Artajerjes, lo cual indicaría un año de otoño. Pero es inverosímil que Nehemías, viviendo en la corte de Persia, donde seguía el calendario babilónico, y sirviéndose de los nombres babilónicos de los meses, no siguiera también para el año el cómputo oficial. Por otra parte, el texto hebreo de Neh1:1 sólo menciona «el año vigésimo», sin el nombre del soberano reinante, cosa que no deja de ser extraña. El texto debe de estar alterado, y lo más probable es que no contenía originariamente, o que por algún accidente ha perdido la mención del año, que luego se suplió mecánicamente según Neh 2:1: en realidad se trataría del año diecinueve de Artajerjes. También se ha querido descubrir un año de otoño en un papiro de Elefantina, pero en él la fecha es, a lo que parece, errónea.
Los Seléucidas introdujeron en Antioquía y en las colonias macedonias un calendario de otoño, pero en Babilonia se adaptaron al calendario de primavera, que seguían ya los judíos. El primer libro de los Macabeos fecha los acontecimientos de la historia general según el cómputo siromacedonio, pero se mantiene fiel al cómputo babilónico en cuanto a los hechos que interesan directamente a la comunidad judía. Las raras fechas del segundo libro se dan según este mismo calendario, excepto en los documentos extranjeros, 2Mac 11
Estas variaciones a lo largo del Antiguo Testamento dejaron perplejos a los rabinos, que no distinguían la edad relativa de los textos. Contaron cuatro comienzos de año: en nisán, el año nuevo para los reyes y para las fiestas; en elul, el año nuevo para el diezmo del ganado; en tisri, el año nuevo para los años, para el año sabático y para el año jubilar; en sebat, el año nuevo para el diezmo de los árboles.
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