4. La semana
4. La semana
En el calendario civil egipcio, el mes de 30 días estaba dividido en tres décadas. Hay quien cree hallar en el Antiguo Testamento vestigios de tal cómputo. El duelo por Aarón y el duelo por Moisés duran treinta días, Núm20:29; Dt34:8, con lo cual se puede comparar el «duelo» de la mujer cautiva, que duraba un mes, Dt21:13; cf. también Est4:11; Dn 8:13. Diez días es una unidad de tiempo en Gén24:55; 1Sam 25:38. El décimo día del mes aparece como la fecha de una fiesta o de un acontecimiento, Éx12:3; Lev16:29 (paralelos: Lv23:27; Lv25:9; Núm29:7); Jos4:19; 2Re25:1 (paralelos: Jer52:4; Ez 24:1); Ez 20:1; Ez40:1; con menos frecuencia se menciona el día vigésimo, Núm 10:11; Nm11:19. En tell el-jár'ah de] sur y en tell ed-duweir se han encontrado tabletas de hueso perforadas con tres líneas paralelas de diez agujeros cada una: quizá sean «calendarios» para contar los días del mes; se remontan a principios de la época monárquica.
Todo esto no constituye pruebas suficientes: teniendo los meses lunares alternativamente 29 y 30 días, se puede hablar en números redondos de 30 días por mes, y si los pequeños «calendarios» hallados en las excavaciones habían de servir para todos los meses, necesariamente habían de tener 30 agujeros. Que el décimo día se celebre alguna fiesta o tenga lugar algún acontecimiento, no prueba nada sobre la división temporal del mes. El contexto de Gén 24:55 y de 1Sm 25:38 muestra que esta «década» es un cómputo aproximativo, una «decena» de días.
La única unidad inferior al mes que está bien documentada, es el período de áíete días, sâbûa, la semana. Los orígenes de esta institución que nos es tan familiar, son muy oscuros. En un calendario lunar sería normal que el mes estuviese dividido según las fases de la luna. La división que más se impone es la que indica el plenilunio a mediados de mes; de hecho, el día decimoquinto tiene especial importancia en el calendario asirobabilónico: es el šapattu. Ahora bien, hay algunos textos del Antiguo Testamento, 2Re4:23; Is1:13; Is66:23; Os 2:13; Am 8:5, en que sabbat se pone en paralelo con la neomenia como día feriado; el Sal81:4 emplea en un contexto idéntico la palabra muy rara kesê', «luna llena», lo cual sugiere la posibilidad de que sabbat tenga el mismo sentido en los textos precedentes, como sapattu en acádico. No se debe olvidar que las dos grandes fiestas israelitas, la de pascua y la de los tabernáculos, se celebraban el día 14-15 del primero y del séptimo mes, es decir, en el plenilunio; la fiesta posterior de los purim se fijará igualmente en el plenilunio, el duodécimo mes.
La división del mes en cuatro, según los cuartos de la luna, esnmucho menos manifiesta en los textos. Es verdad que en el poema babilónico de la creación, la luna recibe como misión marcar con sus fases los períodos del mes, y que el calendario babilónico, por lo menos a partir del siglo VII a.C., pone aparte, como días nefastos, el 7, el 14 (el 19), el 21 y el 28, que corresponden a las fases lunares; pero, por lo menos hasta el siglo XI a.C., el calendario babilónico notaba otros varios días nefastos. Si el calendario posterior indica una división en semanas —cosa que no está probada—, el ciclo se interrumpía al fin de cada mes, que contaba 29 ó 30 días, y volvía a comenzar con cada nueva luna. En Egipto, parece haber habido una división de los meses en 7, 8, 8 y 7 días, que llevaban nombres lunares, pero hay que notar que la variación en el número de los días es contraria a la noción de semana.
Recientemente se han propuesto nuevas explicaciones de la semana. Según un autor, los siete días de la semana podrían explicarse según los siete vientos que soplaban de siete direcciones distintas conforme a la más antigua cosmología babilónica; según otro, interpretando el hamustu de los textos capadocios como un quinto de mes,⁴ una «semana» de seis días del viejo calendario asirio habría recibido de los israelitas el complemento de un séptimo día reservado al reposo. No vale la pena discutir tales hipótesis. Más bien preferimos recordar el valor simbólico del número siete y los períodos de siete días que se suceden en el poema babilónico de Guilgames y en los poemas de Ras Samra. Uno de los pasajes del poema de Guilgames tiene su paralelo exacto en el relato del diluvio, Gén 8:10-12, y con frecuencia se hallan en el Antiguo Testamento períodos de siete días: para la celebración de los matrimonios, Gén 29:27; Jue14:12; para el duelo, Gén 50:10; para el pésame de los amigos de Job, Job2:13; para banquetes, Est1:5; para una gran marcha, Gén31:23; 2Re3:9, etc. Estas indicaciones de duración no tienen la menor relación con el calendario, pero su frecuencia sugiere la probabilidad de que en época antigua el período de siete días fuese también una unidad del calendario.
Este cómputo, si se aplica de manera continua, es independiente de los meses lunares, puesto que éstos no son divisibles exactamente en semanas. Todavía es posible que la idea de la semana naciese de la observación aproximativa de las fases de la luna, pero se ha convertido en elemento de un ciclo particular superpuesto al de los meses y el de los años. Esto distingue ya la semana israelita de las «semanas» egipcias o babilónicas. Pero hay una diferencia más importante: la semana se caracteriza por el reposo del séptimo día, el sábado, que es una institución antigua y propia de Israel, Volveremos a hablar de ello más por extenso a propósito de las instituciones religiosas,⁵ y aquí sólo haremos notar una consecuencia: el cómputo por semanas —y ya no sólo la indicación de un período de siete días, como en los textos anteriormente citados—, no se encuentra sino en los textos litúrgicos, excepto los pasajes recientes de Dn10:2 y Dn9:24-27 (donde se trata de semanas de años).
La semana rige totalmente el calendario de un grupo religioso del judaismo. Con la mayor claridad se halla en el libro apócrifo de los Jubileos: 52 semanas hacen un año de 364 días, dividido en 4 trimestres de 13 semanas, es decir, 91 días; siete años hacen una semana de años (como en Daniel), siete semanas de años hacen un juhileo. El mismo calendario se reconoce en una parte de los apócrifos que llevan el nombre de Henoc, y en los escritos de Qumrán. La intención de este cómputo es hacer que todos los años caigan las mismas fiestas en los mismos días de la semana; en él, los días litúrgicos son el 1.°, el 4.° y el 6.° de la semana; el sábado es el día de descanso. Los iniciadores de este calendario no parecen haberse preocupado de la divergencia entre este año de 364 días y el año real de 365 días y ¼ Sin embargo, no debía tardar en hacerse sensible el desacuerdo y así el calendario no pudo estar en vigor largo tiempo, a no ser que se hiciesen reajustes periódicos, de los que no habla ningún texto. La tentativa reciente de hacerlo depender de un antiguo calendario sacerdotal, cuyo influjo se hallaría en la redacción del Pentateuco, queda, pues, en lo incierto. Por lo demás, en seguida vamos a ver que el Pentateuco revela otro cómputo diferente.
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