3. El «pueblo del país»
3. El «pueblo del país»
Los textos hablan con frecuencia del «pueblo del país», 'am ha'ares, expresión que ha recibido diferentes explicaciones. Muchos ven en ella la clase social inferior, el común del pueblo, la plebe en contraposición a la aristocracia, o los habitantes del campo en contraposición a los habitantes de la ciudad. Otros, por el contrario, quieren descubrir en él a los representantes del pueblo en el gobierno, una especie de parlamento o de cámara de los diputados. Otros, finalmente, reconocen en ellos al conjunto de los hombres libres, que gozan de derechos cívicos en un territorio determinado.
El examen de los textos muestra que esta última explicación es la única aceptable en la época antigua, pero que el sentido de la fórmula evolucionó posteriormente.
Cuando se trata de no israelitas, el «pueblo del país» designa en Gén23:12-13 a los hititas ciudadanos de Hebrón, por oposición a Abraham que no es allí más que un extranjero residente; en Gén42:6 a los egipcios por oposición a los hijos de Jacob; en Núm14:9, a los cananeos dueños del país, por oposición a los israelitas (cf. el paralelo de Núm 13:28: «el pueblo que habita el país»). Se podría objetar con Éx5:5, donde, según el texto masorético, el faraón llama a los hebreos «el pueblo del país», lo que justificaría el que se tradujera por «plebe», pero se siente uno muy tentado de adoptar la lectura samaritana: «son más numerosos que el pueblo del país».
Si pasamos a Israel, hay que distinguir tres períodos en el uso de esta expresión. Antes del regreso de la cautividad, fue empleada sobre todo por 2Re, Jer y Ezequiel. El «pueblo del país» se usa para distinguirlo o contraponerlo al rey o al príncipe, 2Re16:15;Ez7:27;Ez45:22; al rey y a sus servidores, Jer37:2; a los jefes y a los sacerdotes, Jer1:18;Jer 34:19; Jer44:21; a los jefes, a los sacerdotes y a los profetas, Ez 22:24-29. Nunca se contraponen a ninguna otra clase del pueblo.
Según 2Re24:14, Nabucodonosor no deja en Jerusalén más que a «los más pobres del pueblo del país», precisión que indica que la expresión en sí misma no designa la clase pobre, cf. también Ez 22:29. Esto resulta igualmente de las enumeraciones a que acabamos de referirnos, por ejemplo, Jer 1:18: «...frente a todo este país, los reyes de Judá, sus jefes (sarím), sus sacerdotes y todo el pueblo del país». La ley de Lev4 distingue los sacrificios por el pecado que deben ofrecerse: v.3, por el gran sacerdote, v.13, por toda la comunidad de Israel, v.22, por un jefe, v.27, por cualquiera del «pueblo del país». Hay faltas religiosas que debe castigar todo el «pueblo del país», Lev 20:2-4.
Así pues, el «pueblo del país» representa el conjunto de los nacionales. Por eso, la expresión aplicada al reino de Judá alterna con «pueblo de Judá», cf. 2Re14:21: «Todo el pueblo de Judá escogió a Ozías», y 2Re23:30: «El pueblo del país escogió a Yoacaz.» Asimismo el «pueblo del país» castiga a los asesinos de Amón y proclama al rey Josías, 2Re21:24. En 2Re11:14.2Re11:18 «todo el pueblo del país aclama a Joás y derriba el templo de Baal»: es una revolución nacional, dirigida contra Atalía y su séquito extranjero. Sin duda, el v. 20 contrapone este «pueblo del país» y la ciudad, Jerusalén. Pero es porque en Jerusalén residía la corte, los funcionarios, todos los que apoyaban al régimen derribado. Esto no significa más de lo que significa la distinción entre el pueblo de Judá y los habitantes de Jerusalén en Jer 25:2. En ninguna parte designa esta expresión un partido o una clase social.
Al regreso de la cautividad la expresión sigue empleándose en este sentido general por Hag2:4; Zac7:5, y se encuentra también en Dan 9:6, donde la enumeración «nuestros reyes, nuestros príncipes, nuestros padres, todo el pueblo del país» recuerda las de Jeremías y Ezequiel. Pero el sentido cambia en Esdras y Nehemías. La expresión se emplea en plural, «los pueblos del país», o «de los países», Esd 3:3; 9:1-2.Esd3:11;Esd10:2.Esd10:11; Neh9:30; Neh10:29, Neh10:31-32. Entonces designa a los habitantes de Palestina que no son judíos, que ponen trabas a la obra de restauración, que entorpecen la observancia del sábado, con los que se contraen matrimonios mixtos. Los «pueblos del país» se contraponen al «pueblo de Judá en Esd4:4, al «pueblo de Israel» en Esd9:1. Es una reversión completa respecto al uso anterior a la cautividad, y se explica todavía por el sentido fundamental de la expresión: la comunidad del retorno no es el «pueblo del país», puesto que no tiene el estatuto político que se había reconocido a los samaritanos, a los ammonitas, a los moabitas: éstos son «los pueblos del país» o «de los países».
Así se prepara un tercer significado. En época rabínica, el «pueblo del país» son todos los que ignoran la ley o que no la practican.
4. Ricos y pobres
En los primeros tiempos de la sedentarización, todos los israelitas disfrutaban, poco más o menos, de la misma condición social. La riqueza provenía de la tierra, la cual estaba repartida entre las familias que defendían celosamente su patrimonio, cf. todavía la historia de Nabot, 1Re21:1-3. Las transacciones comerciales o inmobiliarias, que son una fuente de ingresos, eran de poca importancia. Había sin duda excepciones; así, por ejemplo, Nabal es un rico ganadero de la estepa de Judá: posee mil carneros y mil cabras, y su esposa Abigail envía a David, para aplacarle, 200 panes, 100 racimos de uvas secas, 200 tortas de higos, odres de vino, medidas de grano tostado, carneros aliñados, 1Sa25:2.1Sm 25:18. La riqueza de Job es todavía más grande: 7000 ovejas, 3000 camellos, 500 yuntas de bueyes, 500 borricas, Job1:3; pero la historia presenta a Job a la manera de un gran šeikh de la época patriarcal, cf. Abraham en Gén12:16; Gn13:6; Gn24:35. En cambio, los dos primeros reyes de Israel pertenecen a familias sencillamente acomodadas: el padre de Saúl es un gibbór hail, cf. supra, y, sin embargo, envía a su hijo a buscar las borricas perdidas, ISam 9:1,s, y Saúl mismo cultiva sus campos, 1Sam11:5. David guarda el rebaño, 1Sam16:11, cf.1Sa17:20-28.1Sa17:34s, y su padre lo envía a llevar a sus hermanos, que están bajo las armas, una medida de grano tostado, diez panes y diez quesos, 1Sam 17:17. Según otra tradición, David, llamado cerca del rey, lleva como presente cinco panes, un odre de vino y un cabrito, 1Sam 16:20. Todo esto representa un nivel de vida bastante modesto y no tenemos noticia de que hubiese familias más pudientes en estos mismos ambientes.
Las excavaciones de las ciudades israelitas demuestran también esta igualdad de condición. En Tirsá, la actual tell el-fár'ah, cerca de Naplusa, las casas del siglo X a.C. tienen todas las mismas dimensiones y la misma instalación; cada una representa la morada de una familia, que llevaba el mismo tren de vida que sus vecinas. Es notable el contraste cuando se pasa al nivel del siglo VIII en el mismo emplazamiento: el barrio de las casas ricas, más grandes y mejor construidas, está separado del barrio en que están hacinadas las casas de los pobres.
En realidad, durante estos dos siglos se produjo una revolución social. Como ya hemos visto, las instituciones monárquicas hicieron surgir una clase de funcionarios que sacaban partido de su administración y de los favores que les otorgaba el rey. Otros, por suerte o por habilidad, realizaron grandes lucros con sus tierras. Reinaba la prosperidad. Os12:9 pone estas palabras en boca de Efraím (Israel): «Sí, me he enriquecido, he reunido una fortuna», en Is2:7 dice: «El país está lleno de plata y de oro y de inmensos tesoros.» Los profetas condenaban entonces el lujo de las mansiones, Os 8:14; Am3:15; Am 5:11, de los festines, Is5:11-12;Am6:4 de los vestidos, Is3:16-24, el acaparamiento de las tierras por esos «que añaden casa a casa y juntan un campo a otro hasta el punto de apropiarse todo el terreno», Is 5:8. En efecto, estas riquezas estaban mal distribuidas y con frecuencia habían sido mal adquiridas: «Si ambicionan campos, se apoderan de ellos, si casas, se las apropian», Mi2:2. Los ricos propietarios especulan y cometen fraudes, Os12:8; Am8:5; Mi2:1s, los jueces se dejan sobornar, Is1:23;Jer5:28;Mi3:11;Mi7:3, los acreedores son despiadados, Am 2:6-8; Am8:6.
Por el contrario, existen los débiles, los pequeños, los pobres, que sufren de estas exacciones. Los profetas salen en su defensa, Is3:14-15; Is10:2; Is11:4; Am 4:1; Am5:12; cf. Sal 82:3-4, y también la ley los protege, comenzando ya por Éx22:24-26; Ex23:6, pero sobre todo el Deuteronomio, que refleja la situación social de este período: promulga el precepto de la limosna, Dt15:7-11, obliga a dar al deudor pobre su prenda antes de la puesta del sol, Dt24:12-13 (amplificando la ley de Éx 22:25-26), protege al mercenario, Dt 24:14-15.
Se sabía muy bien que siempre habría pobres, Dt15:11, cf. Mt26:11, pero mediante reglamentaciones, que es difícil decir hasta qué punto fueron realmente practicadas,³ se trató de luchar contra el pauperismo y restablecer cierta igualdad entre los israelitas. Cada año sabático se dejaba a los indigentes el producto de las tierras, Éx23:11, se perdonaban las deudas, Dt15:1, «para que ya no tengas pobres», Dt15:4. El año del jubileo debía proclamarse una franquicia general y cada uno recuperaba su patrimonio, Lev 25:10, con los comentarios que siguen en el capítulo.
Los ricos se hallaban por lo regular entre los notables y muchos textos proféticos unen a unos y a otros en la misma condena. Sin embargo, los pobres no constituían frente a ellos otra clase social: eran únicamente individuos, que se hallaban indefensos precisamente por estar aislados.
Los términos de «rico» y de «pobre» no implican en sí mismos ninguna calificación moral o religiosa. Sin embargo, se cargan de tal calificación al entrar en dos líneas contradictorias de pensamiento. Según la tesis de la retribución temporal, la riqueza es una recompensa de la virtud y la pobreza es castigo, tal como lo dicen textos como Sal1:3; Sal112:1-3; Prov 10:15-16; Pr15:6, contra lo cual protestará Job. Otra línea de pensamiento parte de una experiencia demasiado frecuente y de hechos estigmatizados por los profetas: hay ricos malvados, impíos, que oprimen a los pobres, pero éstos son amados por Dios, Dt10:18; Prov 22:22-23, y su Mesías les hará justicia, Is11:4. Así se iba preparando la transposición espiritual del vocabulario, que se insinúa en Sofonías: «Buscad a Yahveh, vosotros, todos los humildes de la tierra», Sof2:3; cf. Sof3:12-13. La espiritualidad de los «pobres» se desarrollará en la segunda parte de Isaías y en el salterio posterior a la cautividad, pero los términos de pobreza pierden en este caso sus conexiones sociológicas: ni antes ni después de la cautividad fueron los indigentes un partido religioso ni una clase social.
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