143º Le llegó una tarta de Viena enviada por su hijo.
El mejor de mis amigos me contaba el otro día - con la cara rebosante de satisfacción - la sorpresa que se había llevado cuando llegó a su casa, perfectamente embalada, una tarta que venía nada menos que de Viena. ¿Era una fiesta especial? No, era simplemente que uno de sus hijos, el menor, que pasaba sus vacaciones por Centro Europa, se encontró, en un restaurante, en el que, de postre, le sirvieron una tarta riquísima que le hizo pensar: ¡Lo que a mi padre le gustaría esta tarta!" Y sin dudarlo un momento, le preguntó al jefe del restaurante si una tarta como ésa podría enviarse a España. Le dijeron que sí, y ese dulce voló hacia España, aunque costó diez veces más el envío que la misma tarta.
Pero el precio valió sobradamente la pena, porque para su padre el gesto y el detalle de su hijo significó más de tanto gasto. Y le hizo pensar algo que ya sabía, pero que no siempre recordamos, que vale la pena hacer todos los esfuerzos del mundo por los hijos. Mi amigo, es claro, no hizo lo que hizo por sus hijos para cosechar un agradecimiento, pero se sentía muy a gusto recibiéndolo.
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