Interpretación moral en arte y literatura
María Herrera Lima (México), Instituto de Investigaciones Filosóficas (UNAM)
América Latina › Diversidad cultural y lingüística
La interpretación moral de las artes y la literatura solo es posible cuando se formula desde una concepción de la interpretación (teorías pluralistas) y
depende también de las maneras en que las teorías morales y de las artes construyen su objeto de análisis o interpretación. En términos generales, las teorías estéticas tradicionales consideran las lecturas políticas y morales del arte como externas o poco pertinentes (formalismo estético) aunque el panorama reciente es más abierto. En la filosofía moral, las teorías hermenéuticas y la llamada “crítica ética” anglosajona reconocen la existencia de una vinculación interna, o al menos de una relación complementaria, entre cuestiones morales y algunas manifestaciones artísticas, lo cual abre el camino a la interpretación moral. Para estas doctrinas, la relación más clara se postula con la literatura, en especial, en temas como: la identidad personal y la narrativa como modelo de unidad de vida, la decisión y el juicio moral desde el punto de vista del sujeto, y los conflictos entre códigos morales y legales.
Interpretación de las artes y punto de vista moral. La noción de interpretación que puede ser útil en el tema que nos ocupa –sin adentrarnos en los debates sobre cuestiones técnicas del concepto de interpretación– puede describirse de modo general como la caracterización de objetos o artefactos culturales en atención a sus rasgos constitutivos (estéticos, éticos o de alguna otra índole) pero sin excluir otras interpretaciones posibles. No presupone que pueda lograrse una interpretación única o completa de esta clase de objetos, ya que, como productos culturales, están abiertos a lecturas diferentes a lo largo de su existencia histórica y desde posiciones e intereses diferentes. No es, de hecho, algo extraño que una misma obra o texto literario pueda ser descrita y valorada de modos diversos y aun incompatibles. Esto es algo frecuente en la historia de las artes y se considera parte de su riqueza –su apertura a una pluralidad de significados– además de dar sustento a la crítica de las artes como actividad cultural especializada. Esto último incluye no solo su carácter como obra de arte, sino también otros aspectos o dimensiones de su significado cultural, ya sea este moral, político o algún otro. De manera que las interpretaciones (descripciones y valoraciones) de las artes pueden considerar las obras como objetos de apreciación estética, o desde algún otro punto de vista pertinente a su intención o contenido. En el caso de la interpretación moral de las artes y la literatura, la actitud pluralista no considera necesario tomar partido por alguna de las posturas extremas que, o bien parten de una separación estricta entre las esferas de valor de la ética y la estética (teorías autonomistas) y, por tanto, excluyen toda lectura moral del arte como ilegítima o “externalista”, o fusionan estas lecturas hasta confundirlas, en alguna de las versiones del “moralismo” en la interpretación de las artes. No obstante, reducir la interpretación moral a un
“punto de vista” frente a las obras no resuelve algunos de los problemas de fondo. Es decir, no establece con claridad la clase de relaciones que pueden existir entre esos ámbitos de la experiencia (moral, estética) ni cómo afectan estos a las obras. Esto último depende de la manera en la que las teorías éticas y estéticas caracterizan a sus objetos y solo a partir de ello podrá decidirse qué interpretaciones son no solo posibles sino legítimas para esos objetos. Los compromisos teóricos dictan a su vez los tipos de descripciones que se consideran válidas para cada uno de ellos.
Teorías de las artes visuales e interpretación moral. Desde la perspectiva de las teorías estéticas, es importante considerar no solo la vieja pregunta esencialista: ¿qué es el arte?, sino las nuevas formulaciones, como la de Nelson Goodman: ¿cuándo es arte? (Goodman, l990). Ya que de ello depende también dónde se sitúa el momento de la interpretación. Para algunas de las teorías estéticas tradicionales el sentido de la obra queda establecido por la intención del autor (no de modo abstracto sino plasmado en la obra); este supuesto las vincula con un grupo de teorías de la interpretación que rechazan el pluralismo de las interpretaciones, las llamadas teorías “singularistas” (Krausz, 2002). Para un buen número de teorías estéticas más recientes, que se conocen como “pluralistas” en contraste con las anteriores, en cambio, el sentido de las obras permanece abierto y se “completa” con las lecturas o actos de apreciación de los receptores. Si en el caso de las teorías “singularistas” la interpretación consiste ante todo en un proceso de desciframiento de sentidos codificados, en el segundo se pone el acento en la recepción con diferentes grados de intensidad. Es decir, no todas las teorías pluralistas niegan que exista un sentido “autorial”, sino que solo rechazan que este sea el único que tiene peso o valor en la construcción del sentido de la obra. Esta postura busca la cooperación (o “negociación” acudiendo a una imagen comercial poco afortunada) del espectador o público de las artes para “realizar” el sentido de las obras. O también, en una imagen más acertada, hablarían de la “activación” de sus significados –Nelson Goodman. En términos generales, estas teorías se vinculan con los autores antes mencionados, entre otros, y también con el pensamiento hermenéutico, en particular, con la escuela de la Recepción –W. Iser y Hans-Robert Jauss. En sus versiones más extremas, en mi opinión insostenibles, esta postura traslada todo el peso de la construcción de sentido al espectador, por ejemplo, al sostener que “la obra no existe hasta que es apreciada”. No obstante, esto puede reducirse a la afirmación trivial de que la obra no existe “para ese espectador” hasta el momento de su apreciación, pero no implica que no exista ella
misma –como obra de arte– ya que ha existido al menos para su autor, su primer contemplador. El problema consiste más bien en establecer la conexión entre los sentidos propuestos por el autor y los de sus diferentes públicos, que no necesariamente coinciden en todos los casos, y que da lugar a conflictos entre interpretaciones rivales. Es en este espacio de debates donde tienen lugar las lecturas morales –o políticas– de las obras. Por ejemplo, una lectura política del muralismo mexicano –digamos, desde la estética marxista– podría considerar las preocupaciones formales-plásticas de esos pintores como resabios de un esteticismo burgués prescindible; mientras que una lectura en clave formalista –digamos, de un historiador del arte– podría considerar los logros plásticos y expresivos como lo más importante y definitorio de esas obras –por caso, las innovaciones pictóricas de David Alfaro Siqueiros– de manera independiente a su contenido político, y con mayor razón, de su programa ideológico, que es rechazado como un estorbo o una motivación “extra estética”. El problema de las lecturas morales obedece a una lógica semejante a la de las lecturas políticas, de ahí que pudiera ser instructivo comparar estos dos casos para preguntarnos sobre las clases de “usos” o expectativas legítimas que estos objetos culturales pueden suscitar (Herrera, l995). Es importante también hacer notar que no todas las formas de interpretación moral del arte son necesariamente didácticas o moralistas –o pretenden alguna forma de enseñanza, como en el caso del arte explícitamente político–; también pueden conducir a formas de reflexión diferentes, como instancias de autocomprensión. Así lo sostiene, por ejemplo, Richard Wollheim (1984), autor de textos importantes de teoría estética, para quien estas imágenes pueden ser vistas como representaciones de nuestros deseos, aspiraciones, emociones y creencias, tanto en la forma de un escrutinio psicológico, como en relación con un examen autocrítico que involucra una dimensión moral. En este caso, el espacio de reflexión sobre cuestiones morales es mucho más libre, se trata de imaginar –e imaginarse– en situaciones hipotéticas, distintas a la experiencia de vida normal o cotidiana de esos sujetos, que puede conducir a cuestionamientos acerca de la moralidad convencional. Es el viejo espacio de transgresión al que dan acceso las artes, pero no visto necesariamente como algo opuesto e incompatible con la moralidad –digamos a la manera de Kierkegaard–, sino como parte del espacio de deliberación sobre cuestiones fundamentales acerca de la existencia humana.
Filosofía moral y literatura. Las relaciones posibles entre la moralidad y los textos literarios se han planteado históricamente de muchas maneras. De modo análogo al autonomismo estético, algunas
teorías morales sostienen que se trata de una confusión de ámbitos que deberían distinguirse con claridad aunque se encuentren entremezclados en la experiencia ordinaria. Entre estas últimas se encuentran no solo las herederas de Kant, sino también otras que comparten con aquellas algunos supuestos fundamentales; entre estos: que la reflexión moral debe abstraerse de las circunstancias y características particulares de los agentes, y que, por tanto, el punto de vista moral debe caracterizarse por su imparcialidad e indiferencia ante cualquier relación o circunstancia particulares. Esta separación entre motivos morales y no morales resta importancia a las experiencias particulares de los sujetos en su constitución –o identidad– como sujetos morales, y por ende excluye la clase de relatos de experiencias de vida que ofrece la literatura como relevantes para la moral. Pero esta concepción de la moralidad y su tendencia a reducirla a un modelo legal –o “legalista”– ha sido criticada como insuficiente para dar cuenta de la experiencia formativa de los sujetos en la vida moral ordinaria –o el campo de la “eticidad”– aun por filósofos herederos de la tradición kantiana, como algunos representantes de la segunda generación de la teoría crítica: Seyla Benhabib, Axel Honneth. Pero es en la hermenéutica, sobre todo en la obra de Hans-Georg Gadamer, o en la de Paul Ricoeur, donde pueden encontrarse vinculaciones internas entre las artes como maneras de comprender el mundo y otros aspectos constitutivos de lo humano –de modo central, la sociabilidad y la experiencia moral– aun si no se postulan directamente modos de interpretación moral de la literatura o las artes. Asimismo, una corriente de la filosofía moral anglosajona ha desarrollado una postura alternativa, más abierta que el modelo analítico, que ha emprendido un diálogo con teóricos de la literatura como Wayne Booth (1988), cuyo libro tuvo una gran influencia para dar forma a estos debates; Martha Nussbaum es una de sus más destacadas representantes (Nussbaum, 1990). Puede mencionarse también a Alasdair MacIntyre, Bernard Williams y Richard Wollheim, que han contribuido a la reflexión sobre otros aspectos de esta postura alternativa. Como sostiene Williams, se trata de “asignar un espacio mayor que el que puede darles el kantismo a la importancia del carácter individual y las relaciones personales en la experiencia moral” (Williams, 1993). Para estos filósofos, la llamada “crítica ética” de la literatura se presenta como una opción productiva para el pensamiento moral. Uno de los temas más interesantes de este diálogo se refiere a los conceptos de unidad de vida y formación de la identidad a partir del modelo de la narrativa. MacIntyre acude a ella, en primer lugar, porque esta idea presenta una imagen coherente de nuestras intuiciones sobre la
experiencia moral, en especial, en atención al hecho de que las acciones morales no resultan inteligibles de manera aislada y es necesario, en cambio, situarlas en el contexto de la totalidad de la vida de los sujetos para que adquieran pleno sentido. Es allí donde cierto tipo de relatos literarios (novelas) parecen ofrecer un ejemplo privilegiado. Pero MacIntyre sostiene algo más, esto es, un argumento teleológico que requiere más que la simple coherencia que ofrece la unidad temporal del relato y la continuidad biográfica de la existencia de los sujetos (algo que sostiene también Williams). Para evitar el riesgo de una postura relativista MacIntyre considera además que el sentido moral del relato está determinado por la búsqueda del bien (la “bondad” o la “verdad” de esa vida como un todo) aunque con ello incurre, sin embargo, en postulados dogmáticos que no podemos discutir aquí. A Nussbaum, en cambio, le interesa el lenguaje expresivo de la literatura como especialmente apto para describir la experiencia moral; por ejemplo, en situaciones de decisiones difíciles o conflictos morales, para las que el vocabulario técnico de la filosofía resulta pobre o inadecuado. Las críticas que ha recibido su trabajo provienen de lo que para algunos supone, tanto desde la crítica literaria (W. Booth) como desde la filosofía (Herrera, 1994 y 1995), una distinción insuficiente entre el relato de ficción, con sus diferentes voces narrativas, y la descripción de las conductas morales de los sujetos reales. Acudir a la literatura para esta clase de ejemplos puede ser una tarea enormemente provechosa, aunque respetando los límites y distinciones que se deben a cada disciplina. Un tema en el que la producción literaria latinoamericana ofrece una riqueza aún mayor que el de la identidad personal es el de la reflexión sobre la identidad cultural, el cual merece, no obstante, un estudio aparte.
Referencias
Wayne C. Booth, The Company We Keep, An Ethics of Fiction, Berkeley, University of California Press, 1988. - Michael Krausz, (ed.), Is There A Single Right Interpretation?, University Park, The Pennsylvania University Press, 2002. - Nelson Goodman, Maneras de hacer mundos, Madrid, Visor, 1990. - María Herrera, “El punto de vista moral en la literatura”, en María Teresa López de la Vieja (ed.) Figuras del logos, Madrid, FCE, 1994, pp. 41-56. - María Herrera, “Los recursos de la ficción y los usos morales de la literatura”, Isegoría, N° 11, Madrid, 1995, pp. 144-150. - María Herrera, “Latin American Aesthetics”, Encyclopedia of Aesthetics, Michael Nelly (ed.), Nueva York, Oxford University Press, 1998, pp. 108-111. - Martha Nussbaum, Love’s Knowledge, Nueva York, Oxford University Press, 1990. - Richard Wollheim, The Thread of Life, Cambridge, Harvard, 1984.- Bernard Williams, La fortuna moral, México, IFF, UNAM, 1993.
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