Intención y responsabilidad
Agustín Estévez (Argentina), Universidad Nacional del Sur
Bioética › Conceptos éticos
La relación en el sentido tradicional. En el lenguaje moral y jurídico hay una relación estrecha entre intención y responsabilidad. La intención es lo que hace significativo y humano lo que de otra manera sería un puro evento natural. Configura la acción humana, revela que ella es racional por presuponer la representación de lo que se pretende lograr. El obrar humano, ya sea como operar técnico o como acción moral (praxis), supone representación del fin. La intencionalidad hace que la acción querida y elegida pueda imputársele al agente. Es desde esta atribución que surge el tema de la responsabilidad. La acción humana tiene dos aspectos: uno interior, relacionado con el agente, y otro exterior, de tipo causal y que vincula la transformación de una situación objetiva con la voluntad del agente. En esta dimensión objetiva se vincula la propia acción con la acción de otros agentes y es allí donde surge la cuestión de responder, ser responsable por los propios actos y sus consecuencias. Fue Aristóteles quien vinculó la voluntariedad de la acción con grados de asentimiento del agente. Las acciones voluntarias se definen por la responsabilidad que conecta la posibilidad de ser causa con la intencionalidad del agente. ¿Cuál es límite a lo que se ha de responder? Hay aquí no solo una consideración de las propias capacidades predictivas, sino también de los grados voluntarios de asentimiento; hay un continuo desde la acción voluntaria y querida a la acción forzada cuya causa es completamente exterior al agente y, por eso mismo, imposible de serle atribuida. Pero hay otro tipo de acciones que obligan a tomar una decisión bajo situación forzada, pero en la cual es posible una elección, son las llamadas acciones mixtas. El carácter más o menos
forzado de la acción mide los grados de responsabilidad y la imputabilidad o no de la acción al agente (Aristóteles, EN, III, 1).
La modernidad. Desde la modernidad y en especial a partir de Kant (Kant, 1785) parecen escindirse intención y responsabilidad. El valor moral de la acción reside en la interioridad de la voluntad del agente. Es la máxima conforme a la ley moral la que decide acerca de la moralidad de la acción. El principio de la moralidad es a la vez racional y acósmico. Lo que califica de genuinamente moral a una acción es la calidad del querer del agente, la máxima con la que se ha decidido a obrar. El aspecto exterior y empírico de la acción queda fuera del alcance del agente. Esto no quiere decir que no deba considerarse la dimensión de las consecuencias, pero estas son más del resorte de lo prudencial e hipotético, que de lo moral propiamente dicho. Queda así abierta si no una dualidad al menos una diferencia dialéctica, que podemos reconstruir a partir del operar del mismo agente. Hay una primera dimensión donde el agente se decide por la moral, esa decisión reside en la pura interioridad de la conciencia. Es, si se quiere, el resultado ya de un hecho de la razón, como pretende Kant, o bien de una elección originaria por la moral. Pero hay una segunda dimensión, una decisión segunda, donde lo que se considera es la propia acción puesta en el mundo. Aquí lo esencial no es solo lo empírico de las consecuencias, sino también el hecho de que la acción irrumpe y es puesta como un desafío en una moral dada e histórica. En esta dimensión entran la política, la filosofía de la historia y el problema de lo que se conoce como inversión de la praxis. La propia acción es interpretada y juzgada por otros, que por supuesto no pueden captar su intención íntima, solo ven el aspecto objetivo y dado. Ellos pueden inclusive invertirle su significado. Esto se nota en particular en que no pocas veces los resultados de nuestras mejores intenciones son invertidos por los hechos y en el mundo. Precisamente el mundo está lejos de ser moral, o estar moralizado, todo mundo remite a la elección primera, y al desafío de mejorarlo. En ese sentido hay una relación y a la vez un distanciamiento con lo político.
Max Weber. Este hecho ha sido particularmente remarcado por Max Weber en su famosa distinción entre moral de la convicción (gesinnungsethik) y moral de la responsabilidad (vorantwortungsethik) (Weber, 1919). En aquella conferencia muestra este autor la compleja relación entre ética y política. Y observa que las máximas del obrar presentan una doble dimensión, una que apunta a la intencionalidad (gesinnung), al principio moral puramente considerado. Esta dimensión muestra la orientación propiamente moral de la acción
considerada absolutamente, esto es, sin considerar los resultados y consecuencias del obrar. Esta postura remite como ilustraciones al estoicismo, al Sermón de la Montaña, y en general a toda posición que considera como criterio moral exclusivamente la pureza de la intención, dejando de lado lo que resulte del obrar en el mundo. En sí misma considerada esta postura es honda y coherentemente asumida e irrefutable. El fenómeno de la moral aparece aquí como transmundano, un deber ser ideal, un Reino que no es de este mundo. La otra dimensión está dada por lo que nuestro autor denomina ética de la responsabilidad, la cual está dada por la dimensión prudencial que es esencial en la vida política. Aquí se juzga la acción en el mundo, y se juzga también al mundo. El político genuino rechaza tanto una praxis política sin convicciones, lo que se llama realpolitik, como el utopismo, que niega todo desde principios puestos de manera absoluta y sin la voluntad, en el fondo, de realizarlos. La responsabilidad que hay que interpretar como compromiso con el mundo significa reconocimientos difíciles de aceptar prima facie. Primero, no siempre del bien se sigue el mal, el mundo sombrea con la violencia y está lleno de privaciones y arbitrariedades, las acciones humanas difícilmente pueden eliminar la lucha y el conflicto de intereses particulares. Hay moral porque somos inmorales, no existe moral para los dioses. Asumir esto es también un momento de la moral. No debe entenderse que deban considerarse separadas ambas dimensiones. Un político sin convicción es un aventurero, alguien que vive de la política y no para la política. Un político responsable es aquel que mide las consecuencias de sus acciones y lo hace en función de la cohesión de su comunidad y del bienestar y seguridad de aquellos que gobierna. Si bien la diferencia la puso Weber para la relación de la moral con la política, creemos que puede considerarse desde la moral misma, como dos momentos dialécticos de la moral. El momento de la intención es el de la interioridad de la acción moral; la moral comienza por ser un orden ideal e interior que supone una decisión básica e indeducible por la moral. Si me decido por la moral, se sigue de ello, por medio de una lógica hipotética, el deber y la exigencia de la universalidad. Puedo quedarme allí y no aceptar vivir en el mundo; la popularidad del estoicismo reside en que esta actitud suele tomarse cuando se ha perdido la certeza en la moral y en el orden político de la comunidad. Pero puede considerarse incompleta esta postura, y cada agente moral puede elegir una nueva exigencia, la de realizar sus valores en el mundo, poner su acción y juzgar el mundo (Weil, 1961). Esto que sale de la moral es en otro aspecto más que moral, pero es exigido desde la moral, es
tal vez lo que hoy llamaríamos ética aplicada. No es una mera y reiterada aplicación ciega, es un compromiso con el mundo, y con lo que Weber llama responsabilidad. La moral es una exigencia, pero esa exigencia se realiza con y contra el mundo, precisa de este como punto de apoyo. En esta dimensión entra no solo la política, sino también la historia, la religión y hasta la utopía, en el sentido de ideal regulador.
Bioética. Un caso que ilustra la bidimensionalidad de la ética es el de la bioética. El discurso que constituye esta disciplina está requerido de fundamentación que intenta buscar la unidad que le da coherencia, pero también precisa de la diversidad, de un compromiso con la moral dada en una comunidad histórica. El discurso deviene discusión y si esta es genuina y seria tendrá que conducir a la gestión de valores en el mundo sanitario o en el de la ciudadanía. Dos extremos amenazan hoy a la bioética: un procedimentalismo oportunista y el fundamentalismo ideológico. Ambos descuidan por igual el tema de la reflexión y la fundamentación normativa, guiándose por representaciones inmediatas que se asumen sin crítica. Se cae en la autocomplacencia que excluye al que piensa distinto, para encerrarse en un localismo intolerante o en un universalismo vacío. Si se caracteriza a la bioética como ética aplicada entonces deviene esencial la reflexión ética que toma en serio los principios y el compromiso de su aplicación. Se exige la relación siempre desafiante entre ética de la intención y ética de la responsabilidad. Se piensa en el carácter normativo de la ética y en el vínculo entre experto y lego, surgiendo como exigencia la interdisciplina y la transconfesionalidad. Se piensa la moral como un orden ideal y de exigencia, pero se sabe que de hecho no podemos alcanzar más que lo menos malo. Nunca concluye el desafío de la exigencia moral, y el mundo pone su lógica inexorable de algo siempre incompleto y sometido a la violencia, pero también siempre susceptible de mejoramiento.
Referencias Aristóteles, Ética a Nicómaco, III, 1, 1110 a 1-15. - I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Ed. Bilingüe de J. Mardomingo, Madrid, Ariel, 1999. - Max Weber, El político y el científico, Madrid, Alianza, 1993. - Eric Weil, Philosophie Morale, Paris, Vrin, 1961.
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