Identidad comunitaria
María Margarita Ruiz (Colombia), Fundacies
Identidad
Cómo se define la identidad comunitaria. En sentido estricto, identidad se define como “calidad de idéntico, conjunto de circunstancias que distinguen a una persona de las demás”, e idéntico se define como “que es lo mismo que otra cosa o se confunde con”. Para efectos de nuestra definición asumimos la identidad como sentirse identificado con prácticas, valores, principios, acciones (me identifico por lo que soy, lo que pienso, lo que hago); actuar de acuerdo con esas prácticas, principios y valores; ser idéntico a, parecerse a, ser como. En cuanto a lo comunitario, se define como “estado de lo que es común”. Lo comunitario entonces lo abordamos como aquello que es común, lo que es de todos, lo que nos pertenece a todos, a un grupo, a un conglomerado, lo que nos une, lo que compartimos y nos identifica. La identidad, entendida así, se construye en el ámbito de lo individual y privado, mientras que lo comunitario expresa lo que es común a un número indeterminado de miembros, es decir, se construye en lo colectivo o público, pero es en la relación o interacción de estos dos ámbitos donde se define la identidad comunitaria, es decir lo que los distingue como una unión, como una comunión de individuos, lo cual igualmente los diferencia de otra
comunidad de individuos identificados con otras prácticas, principios y valores diferentes. Esta comunidad de individuos, al compartir esa identidad que les es propia, se convierten en un colectivo comunitario.
Ser y no ser de la identidad comunitaria. Esta reflexión es el punto de partida para definir lo que es y lo que no es identidad comunitaria y cuáles son sus elementos constitutivos. ¿Qué es identidad comunitaria?: un grupo de individuos que se identifican por prácticas, valores y principios, visiones de mundo, creencias que comparten por lo menos en su esencia y que expresan a través de la cultura y, fundamentalmente, del lenguaje; es identidad de valores que expresan diferentes perspectivas de vida; es unidad en valores que se reflejan en normas aprendidas y reproducidas socialmente; es heterogeneidad en la homogeneidad; y complejidad en la relación. ¿Qué no es identidad comunitaria?: no son conductas aisladas, individuales y no consensuadas; no es unidad impuesta, ni principios no compartidos socialmente; no es coexistencia de prácticas sin unidad de principios y valores. En razón a lo anterior, consideramos que la definición de este concepto pasa por el planteamiento de varias preguntas y un intento por aproximarnos a algunas respuestas: ¿sobre qué bases se construyen nuestras prácticas culturales y sociales identificatorias?; ¿cuáles son las redes fundamentales sobre las cuales se construye comunidad?; ¿cuáles son los valores y fundamentos morales que configuran una identidad individual, familiar y comunitaria?; ¿cuáles son los elementos diferenciadores de nuestra sociedad que hacen complejo hablar de una colectividad unida por una única identidad comunitaria?; ¿hay muchas identidades o una sola identidad comunitaria?; ¿la identidad se construye sobre una unidad de valores pero se expresa diferencialmente a través de varias identidades colectivas?; ¿cuáles son esos elementos fundamentales en la construcción de normas y valores comunitarios que le dan identidad a un colectivo?
Bases de construcción de prácticas culturales y sociales identificatorias. En relación con el primer cuestionamiento, acerca de las bases de construcción de una identidad comunitaria, creemos pertinente plantear la discusión en tres niveles: un primer nivel referido a los condicionantes materiales sobre los cuales los individuos y colectivos construyen identidad. Estos se refieren esencialmente a la satisfacción de necesidades básicas, como protección a la vida, manifiesta en la salubridad y todos aquellos medios para conseguirla, la provisión referida al alimento, el vestido, la educación, el abrigo; otra relacionada con la seguridad y la estabilidad como individuos, como familia y como
comunidad. Un segundo nivel referido a los condicionantes definidos por lo deseado individual y colectivamente, sobre los cuales construyo mi realidad cotidiana como individuo y como grupo, y que manifiesto a través de normas y pautas de conducta expresadas culturalmente y a través del lenguaje. Esa construcción se realiza a través de actos de comunicación e interacción comunicativa, buscando elaborar, difundir y aplicar normas éticas y morales a través de las cuales se guía y orienta como colectivo. Un tercer nivel, que denominamos inmaterial y trascendente, el cual involucra los dos anteriores, pero expresa las creencias individuales y comunitarias, lo que creo de mí mismo y de mi comunidad, lo que finalmente guía mis normas morales y éticas, mis valores y mis principios. Estos tres niveles son la base de la identidad comunitaria y allí se conforma una trilogía de lo “ético” individual y colectivo. Los principios compartidos comunitariamente (primer nivel), a través de normas (segundo nivel) permiten el ejercicio libre y en equidad, en justicia, de la vida individual y comunitaria.
Redes sobre las que se construye la identidad comunitaria. Sobre las redes que dan sustento y configuran esa identidad colectiva comunitaria, podemos decir que, en esencia, se conforman a partir de células básicas representadas en el núcleo constituido por la familia, por el hogar-padre, madre, hijos. Los individuos crean tejido social que los integre a partir de compartir en igualdad de conceptos en uno de los tres niveles enunciados: por satisfacción de necesidades, por acatar y cumplir normas o por compartir sus creencias y la construcción y definición de estas. Estas redes son multivariadas, multicompuestas y se originan en un proceso gradual, grupos comunitarios, organizaciones e instituciones, que comparten entre sí las mismas prácticas que los identifican y los convierten en un grupo homogéneo. De allí se deriva la existencia de múltiples identidades, es decir, la cultura propia de nuestros países latinoamericanos está constituida por múltiples y heterogéneas identidades comunitarias, que son, en su grupo primario, homogéneas al compartir lenguajes, prácticas, actividades comunes que producen determinada identidad. Esta diversidad de identidades se construye, no obstante existir en Latinoamérica elementos compartidos por nuestro origen, por nuestra historia, por nuestro medioambiente, y también por nuestras condiciones actuales de desarrollo. Los elementos que constituyen dicha identidad, así como sus condicionantes, nos llevan igualmente a plantear que la identidad comunitaria tiene un carácter dinámico, que no es un concepto estático, sino un proceso social con las implicaciones que esta tiene.
Principios y valores subyacentes a la identidad comunitaria. La construcción de la identidad se deriva de principios y valores que subyacen o son consustanciales a nuestra naturaleza humana y social: respeto a la vida propia y del otro, respeto a la diferencia, sentido de la tolerancia y la convivencia; respecto a las prácticas culturales en respeto a la libertad individual y social; compromiso de participación individual y colectiva; sentido de la equidad y la justicia social; y ejercicio de la responsabilidad individual y corresponsabilidad colectiva. No obstante, estos elementos esenciales, la interacción social, los intereses individuales y colectivos, las relaciones de fuerza transforman en mayor o menor medida estos elementos básicos, llevándolos a límites extremos. Es decir, la construcción de identidad comunitaria sobre la base de antivalores y antiprincipios que han generado o degenerado en una sociedad violenta, agresiva, con principios de autoritarismo, de irrespeto a la vida, a la libertad, sin justicia social, ha llevado a la completa anomia social y, por tanto, a la conformación de identidades contrarias a los principios comunes sobre los cuales se constituye la sociedad y se forman los individuos. En esta tensión entre prácticas basadas en antivalores y antiprincipios y las prácticas basadas en valores y principios moralmente aceptados por la sociedad, se manifiestan elementos diferenciadores que hacen de esta forma imposible hablar de una sola o única identidad comunitaria para Latinoamérica. En consecuencia, existe un continuum que va de los valores y principios consensuados y moral y éticamente aceptados por la sociedad a otro extremo de antivalores y antiprincipios; un continuum que representa una gradación de principios de orden a principios de anomia social. En esta gradación se sitúan los diferentes grupos o comunidades que conforman diferentes identidades comunitarias. El ejercicio social para traer de nuevo al orden y a la conformación de identidades basadas en principios éticos y morales pasa entonces por la discusión de dichas prácticas y la conformación o reconformación de estas a través de procesos de interacción comunicativa y construcción de nuevos lenguajes que lleven a la reconstrucción de valores y principios, involucrando los tres niveles de relación enunciados.
La construcción social y cultural de la identidad. Partimos de la premisa según la cual la construcción cultural y de las relaciones sociales se produce a partir de la construcción de valores y, por supuesto, de la construcción y el respeto de los acuerdos y las normas definidas en ese mismo proceso social y cultural. Esta construcción se realiza a través de acciones comunicativas y acciones estratégicas, que consisten en la posibilidad de validar nuestros acuerdos y desacuerdos
en la construcción de consenso e identidad mediante la interacción comunicativa (diálogo permanente y abierto); el compartir intereses y diferentes perspectivas de vida, en la relación y la interacción en la acción. Es en últimas un cambio de los símbolos y la representatividad de esos símbolos en el lenguaje. A partir de cambios en el lenguaje, el individuo y el colectivo pueden hacer cambios fundamentales en la forma de ver la vida, de pensar, sentir y actuar y, obviamente, en creencias, principios y valores. Desde una perspectiva ética, nos mantenemos en afirmar que una verdadera concepción ética de la vida en comunidad y de prácticas identificatorias se establece sobre valores morales que privilegian la vida sobre la muerte, la construcción sobre la destrucción, la armonía sobre el conflicto y la desunión, la libertad sobre la esclavitud y la opresión individual y social, el respeto a la dignidad humana y a la integridad personal sobre la transgresión al espacio personal y la ausencia de reconocimiento del otro como individuo y como colectivo; y principios de solidaridad (disposición de apoyo mutuo), participación, sentido de pertenencia, seguridad (sensación y certidumbre de tranquilidad en el disfrute de los derechos y libertades individuales y colectivas), convivencia y justicia social. Lo común, la identidad común, sólo es posible en un contexto de orden, no de anomia social. La diferencia debe ser un aporte para la construcción de la identidad y el conflicto solo debe ser un momento del continuum aludido y no una situación permanente de individuos y colectivo. Solo es viable igualmente la construcción en tolerancia y respeto a las diversas identidades cuando la sociedad que las construye se basa en principios de justicia, igualdad, libertad, solidaridad, tolerancia y participación. Allí radica la importancia de analizar la identidad comunitaria desde una perspectiva de la bioética. Cuando en el proceso de formación como individuos y conformación como colectivo se pierden de vista los valores y principios mencionados, damos paso a un total desorden, luchas de intereses, luchas de poder, que se resuelven por la vía de eliminar al otro y no por la vía de la negociación pacífica a través de actos o acciones de interacción comunicativa y de construcción de nuevos lenguajes. Cuando se rompe el diálogo entre individuos y de estos como colectivo, damos paso a la desigualdad y la desunión y, por tanto, imposibilitamos la construcción de lenguajes comunes identificatorios y de identidad comunitaria.
Referencias Jürgen Habermas. Identidades nacionales y posnacionales, Madrid, Tecnos, 2007, 3ª ed. - Charles Taylor. Fuentes del Yo. La construcción de la identidad moderna, Barcelona, Paidós, 1996.
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