Humanismo y dignidad
Christian de Paul de Barchifontaine (Brasil), Centro Universitário São Camilo de São Paulo
Dignidad humana
Crisis del humanismo. Partiendo de la premisa que la bioética, ética de la vida, de la salud y del medio ambiente es un espacio de diálogo transprofesional, transdisciplinario y transcultural en el área de la salud y de la vida –un grito por el rescate de la dignidad de la persona humana dando énfasis en la calidad de vida–, todo proceso de dignidad y humanismo pasa por la protección a la vida humana y su ambiente a través de la tolerancia, del cuidado y de la solidaridad. Pasamos por una profunda crisis del humanismo. Presenciamos a escala mundial grandes transformaciones en varias instancias como economía, política, desarrollo tecnológico, derechos y deberes de los ciudadanos, funciones familiares, salud y supervivencia de muchos pueblos, entre otras. De la globalización excluyente, ¿sería posible pasar a la globalización
de la solidaridad? ¿Qué está ocurriendo a las personas? ¿Dónde está lo humano? El simple estar con el otro, la compasión, la tolerancia, la solidaridad, ¿se hicieron valores desechables que cuentan poco o nada? ¿Hasta cuándo?
El concepto de dignidad. Una persona es digna, o su conducta es digna, cuando sigue los dictados de la racionalidad o los principios de la moral vigentes en el lugar. Digno es el comportamiento adecuado a los ojos del ciudadano honesto. La referencia es al mismo tiempo individual y colectiva, sujeta a la internalización de la ley del padre (superego), aunque pueda surgir cierto desnivel entre las dos evaluaciones, desnivel tributario no solo del carisma o del capricho individual, sino también de la educación recibida. La noción de dignidad humana, que varía de acuerdo con las épocas y los lugares, es una idea fuerza que actualmente tenemos y admitimos en la civilización occidental. El concepto de dignidad humana introduce un elemento de orden y de armonización en el conflicto de las relaciones de las comunidades humanas, a través de la tolerancia, del cuidado y de la solidaridad. Esta noción de dignidad como característica común a todos los seres humanos es relativamente reciente, siendo difícil fundamentarla si no es como reconocimiento colectivo de una herencia histórica de civilización, colocándose la cuestión de saber si la dignidad humana no será el modo ético como el ser humano se ve a sí mismo.
Dignidad y supervivencia. El abordaje actual de la dignidad humana se hace, sobre todo, por la negativa, por la negación de la banalidad del mal: es por estar confrontado a situaciones de indignidad o a la ausencia de respeto que se tiene indicio de tipos de comportamiento que exigen respeto. En ese sentido, es fundamental en la definición de los derechos humanos y en el abordaje de nuevos problemas de bioética, en especial en una ética del ambiente, una ética que implica también solidaridad, ya que si la dignidad se relaciona con el respeto, las desigualdades sociales y económicas en las sociedades modernas hacen que una parte de esas sociedades no se pueda respetar a sí misma. Debemos referir también el lugar que el hombre se atribuyó a sí mismo en el ámbito de un mundo “tecnicizado”, que perdió la conexión con el mundo sensible, con el mundo vivo, cometiendo actos indignos contra la vida añil, vegetal. En ese sentido, la supervivencia de nuestra especie está asociada a la supervivencia de la naturaleza; de este modo, al alargar el concepto de dignidad, nos disponemos a asegurar la continuidad de los seres humanos en una ética de responsabilidad por el futuro, en un alargamiento no solo de la concepción de lo que es ser humano, sino también
de lo que es la comunidad sin la cual el ser humano no subsiste.
Dignidad y cuidado. La dignidad humana también es un concepto evolutivo, dinámico, abarcador, la toma de conciencia del dominio de todos al género humano confrontado en la comunidad de destino, que se fue alargando a grupos diferenciados, dándoles otro estatuto. Otro elemento en el proceso dignidad y humanismo es la idea de cuidado, que refuerza los campos éticos de atención al singular, abre la participación y la solidaridad, y afecta el modo del mirar con que los otros son vistos. Por ejemplo, la humanización de la salud presupone considerar la esencia del ser, el respeto de la individualidad y la necesidad de la construcción de un espacio concreto en las instituciones de salud que legitime lo humano de las personas involucradas. El presupuesto subyacente en todo el proceso de atención humanizado es facilitar a la persona vulnerada el poder enfrentar positivamente sus desafíos. Este rescate presta atención a varias cuestiones que deben ser consideradas en el tiempo presente, como el avance tecnológico disociado de las percepciones afectivas, la cultura consumista y rápidamente desechable, la insatisfacción con la simplicidad de la vida y la búsqueda constante de emociones fuertes, entre otras. El cuidar humanizado implica, por parte del cuidador, la comprensión del significado de la vida, la capacidad de notarse y comprenderse a sí mismo y comprender al otro, situado en el mundo y sujeto de su propia historia. La humanización en la atención exige esencialmente de los profesionales de la salud, el compartir con su paciente las experiencias y vivencias que resulten en la ampliación del foco de sus acciones restringidas al cuidar como sinónimo de ayuda a las posibilidades de la supervivencia. En otras palabras, ejercer en la práctica el re-situar de las cuestiones personales en un cuadro ético, en que el cuidar se vincula en la comprensión de la persona en la peculiaridad y originalidad de ser. Ante el desafío cotidiano en el cual nos enfrentamos con situaciones indeseables de indiferencia, son imprescindibles la solidaridad y la atención digna con calor humano. Ser sensible a la situación del otro es notar el querer ser atendido con respeto, dentro de un vínculo de diálogo y de intereses compartidos. No podemos olvidar que, en toda relación profesional construida en la confianza, siempre estamos frente a una situación de encuentro entre una competencia y una conciencia. Esto exige, en consecuencia, una responsabilidad y un compromiso ético. En este alargamiento del propio concepto de dignidad humana, como nudo de apoyo de la definición de los Derechos Humanos y de su salvaguarda, hay una ética social que, en el ámbito de la bioética, se actualiza en el acceso equitativo a los cuidados de
salud de calidad apropiada para todos respetando su dignidad.
La dignidad como valor. El término dignidad humana es el reconocimiento de un valor. Es un principio moral basado en la finalidad del ser humano y no en su utilización como un medio. Ello quiere decir que la dignidad humana estaría basada en la propia naturaleza de la especie humana, la cual incluye normalmente manifestaciones de racionalidad, de libertad y de finalidad en sí, que hacen del ser humano un ente en permanente desarrollo en la búsqueda de la realización de sí mismo. Ese proyecto de autorrealización exige, de parte de otros, reconocimiento, respeto, libertad de acción y no instrumentalización de la persona. Esa autorrealización personal, que sería el objeto y la razón de la dignidad, solo es posible a través de la solidaridad ontológica con todos los miembros de nuestra especie. Todo lo que somos se debe a otros que nos antecedieron y nos transmitieron una lengua, una cultura, una serie de tradiciones y principios. Una vez que fuimos constituidos por esta solidaridad ontológica de la raza humana y estamos inevitablemente sumergidos en ella, nos realizamos nosotros mismos a través de la relación y ayuda al otro. No respetaríamos la dignidad de los otros si no la respetásemos en el otro. De este modo, la sociabilidad del ser humano lo funda en dignidad. La persona humana adviene en la comunidad humana. El aislamiento la hace igual a los animales. El proceso de individualización, garantía de la dignidad humana, tiene etapas de socialización hasta lograr la madurez. La comunidad humana confiere a cada ser la capacidad de lenguaje, de dar un nombre a cada cosa, y de estructurar así su agilidad y amplitud de representación simbólica. ¿Qué valor atribuimos a la vida? ¿De qué modo podemos proteger y hacer mejor ese bien? ¿Cómo mejorar nuestra convivencia humana? Si bioética significa fundamentalmente amor a la vida, seguramente nuestras voces pueden convergir hacia estimulantes respuestas para mejorar la vida de nuestro pueblo, como también nuestra convivencia pasando por el respeto de la dignidad de la vida de las personas.
Solidaridad, bien común y tolerancia. Los grandes problemas de la humanidad de hoy, aun sin rechazar la gran contribución que la ciencia y la tecnología pueden dar para superar las condiciones de miseria y de deficiencias de los diferentes géneros, solo serán solucionados a través de la reconstrucción de la comunión humana en todos los niveles, a través de la solidaridad que debe entenderse como la determinación firme y perseverante de empeñarse para el bien común, es decir, para el bien de todos y cada uno, para que todos sean responsables de todos. La tolerancia designa
el hecho de abstenerse de intervenir en las acciones u opiniones de otras personas, aun cuando esas opiniones o acciones nos parezcan desagradables o moralmente reprensibles. Así, la tarea cotidiana del cultivo de la tolerancia incluye una actitud proactiva de búsqueda del punto ideal de encuentro con el otro en los momentos de discordancia y enfrentamientos. La tolerancia es una conquista en el camino a la solidaridad, ese lazo recíproco que une personas como corresponsables por el bien de los demás. Con sus sueños de un mundo mejor, la ética puede contribuir mucho en el proceso de humanización, mostrando con argumentos racionalmente fundamentados, parámetros y pistas para una acción que rescata la dignidad del ser humano y propone traer de vuelta hacia el ámbito del humano la sociedad, a pesar de una mentalidad tecno-científica sin sensibilidad humana y de la búsqueda de ganancia sin escrúpulo del paradigma capitalista de la sociedad.
Referencias Léo Pessini, Christian de Paul de Barchifontaine (Orgs.). Fundamentos da bioética, São Paulo, Paulus, 1996. (Nova práxis cristã). - Léo Pessini, Christian de Paul de Barchifontaine. Problemas atuais de Bioética, 7ª edición, São Paulo, Loyola e Centro Universitário São Camilo, 2005. - Léo Pessini, Luciana Bertachini (Orgs). Humanização e cuidados paliativos. São Paulo, Loyola e Centro Universitário São Camilo, 2004.
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