Bien y mal
María Luisa Pfeiffer (Argentina), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Conicet)
Bioética › Conceptos éticos
El bien tiene que ver con todo lo que se piensa, se quiere y se hace por considerarlo bueno. En el pensamiento griego bien era un nombre del ser, por consiguiente, mal era la negación del ser. A partir de la modernidad el bien y el mal tienen que ver, especialmente desde Kant, con la voluntad, separándose de su connivencia con el ser y la verdad. De hecho ya no habrá bien o mal en sí mismo, sino acciones buenas o malas, conductas buenas o malas que tendrán que ver con las opciones del humano, todo bien incorporado a una propuesta ética como fin, telos, resultará de la cosmovisión desde la que sea formulado. Sigue vigente la pregunta spinozista acerca de si nos movemos aspirando al bien o si el bien nace de nuestro movimiento. Desde la modernidad, bien y mal han perdido su carácter absoluto, vuelven a adquirir sentido cuando se los asocia a valores, ya que el bien resultaría el valor máximo. Todo aquello a que se aspira es valorado como bueno. Scheler plantea entonces que el bien tiene valor absoluto. Más allá del carácter absoluto del bien o del mal, podemos preguntarnos qué sentido tiene en la actualidad el planteo ético sobre el bien. Para el griego el bien tenía que ver con una buena vida, no estamos muy lejos de ello aunque para nosotros buena vida tenga otra resonancia asociada más bien a la supervivencia del individuo y no a la felicidad de la comunidad.
La idea de bien en la filosofía griega. La pregunta acerca de qué es el bien, poder establecer una definición, nos sitúa inmediatamente en un contexto metafísico. Para la filosofía griega el bien no solo domina todo el campo de la ética, sino que es una respuesta ontológica, por lo cual es la totalidad del sentido tanto para el orden del universo
América Latina, que tiene un porcentaje muy pequeño en la producción y difusión de conceptos a nivel mundial, se enfrenta muy especialmente en el campo de la ética a la tarea de aprehensión de nuevas terminologías y a la vez a la necesidad de reflexionar críticamente sobre ellas. La producción de conceptos implica al mismo tiempo la producción de significado. Por eso la bioética latinoamericana, que durante la década de los noventa fue construyéndose sobre la aprehensión de la terminología que iba demarcando un nuevo campo de la ética normativa, tiene la necesidad actual de una reflexión crítica sobre los conceptos éticos que la construyen. [J. C. T.]
como para las conductas humanas, el fin absoluto a buscar por todos los entes. Hacer el bien es el perfecto logro de la naturaleza de cada ser que implica su perfecta felicidad. La idea de bien aparece plasmada como tal recién en Sócrates, en quien se confunden el bien metafísico y el bien moral. Para Platón el bien no es un ser, sino la totalidad del ser, por ello su eidos (idea) es absoluta, es idea de las ideas que está más allá incluso de la idea de ser. Hay un bien en sí que no es relativo al hombre ni a los dioses ni a ningún orden ajeno a él y al que corresponde la idea a la que accede la razón humana. Ese bien que, como el sol, vivifica todo lo que está por debajo de él, y que establece el orden y la armonía del cosmos y del alma, es solo alcanzado por una especie de muerte mística de la inteligencia extasiada ante él por el eros supremo. Las cosas buenas lo son en cuanto participan del único bien absoluto que es bueno por sí mismo, el bien pertenece al mundo empírico solo como un reflejo. Aristóteles agrega a este bien en sí mismo un bien relativo a otra cosa y esto le permite aceptar que la perfección de cada cosa es su propio bien. Separa entonces el bien puro y simple, equivalente al bien supremo o absoluto, y el bien para alguien o por algo que es relativo; esto último fue calificado por la escolástica, que adoptó las categorías aristotélicas, como bueno por accidente. El bien supremo o soberano para el hombre es la felicidad, la eudemonia, que no es otra cosa que realizar totalmente su esencia humana. Pero este bien relativo al hombre: realizarse como tal, solo podrá alcanzarlo, como para Platón, en la contemplación del bien, del ser. La felicidad no implica actividad, movimiento, sino quietud, contemplación. Hay una inteligencia intuitiva de los primeros principios que empuja al hombre a hacer el bien y evitar el mal, el soberano bien es el fin de la vida humana. En su análisis minucioso del bien
Aristóteles lo separa del placer diferenciando lo agradable de lo bueno. Es interesante que una filosofía para la cual el tiempo no tiene peso lo asocie a esta diferenciación: lo placentero es lo inmediato y el bien se proyecta al futuro: “lo inmediato aparece como bueno absolutamente por no mirar al futuro”. El bien absoluto o supremo, irreductible a los bienes sensibles, solo puede ser captado por el intelecto. Así, deseamos el bien porque nos es conocido, esta viene a ser la formulación contraria a la de la filosofía moderna, para la cual el bien pasa a ser tal porque lo deseamos. El bien de la filosofía griega prescinde del hombre, de su saber, su deseo, su inclinación, es aquello que atrae todo a sí, es el fin de todas las cosas y también del ser humano racional. Esta idea es retomada por Hegel, que en su Enciclopedia de las ciencias filosóficas nos presenta el bien como “fin último absoluto del mundo, verdad de las particularidades objetivas que configuran la vida moral”. De modo que, también en este caso, no hay otro destino para el ser humano que buscar el bien. Sin embargo, para Aristóteles el bien pierde el carácter ontológico (ser uno) que tenía para Platón y obtiene su identidad analógicamente. Se manifiesta como dios, como cualidad, como virtud, como justo medio, como lo útil, como morada, etc. Las condiciones de la vida social llenarán el concepto de bien de fines precisos.
La idea de bien en la teología cristiana y la escolástica. La teología cristiana traduce la idea de bien platónica y el supremo bien aristotélico por Dios. Pone en lugar del bien absoluto al Dios personal del judeocristianismo que traspasa a todas sus criaturas su carácter de bueno, de modo que todo existente es ontológicamente bueno por sí mismo. Así el hombre, como toda criatura, es confiado a sí mismo para realizar en sí ese bien; la diferencia es que deberá hacerlo libremente; en ese sentido deberá confirmar su bondad ontológica con sus acciones; sin embargo, está llamado al bien y tiene valor absoluto de bien frente a Dios. Para San Agustín el bien y el ser son la misma cosa y ambos proceden del bien y ser absolutos que es Dios. La escolástica adopta esta relación del bien con los seres adquiriendo carácter de trascendental de la misma manera que lo son la verdad y la belleza. Así el bien de cada cosa es su perfección, es decir, el cumplimiento del plan de Dios para ella y el summun bonum (el bien supremo o la perfección absoluta) es Dios mismo.
El giro de la modernidad. A partir de la modernidad se da un giro ontológico y la medida de las cosas que provenían del ser griego y el dios cristiano se remplaza por el sujeto racional. El bien entonces perderá su carácter de ser en sí mismo y pasará a depender de la razón humana. Así, Spinoza considera el bien como algo subjetivo, al punto que su
carácter de tal proviene de que “nos movemos hacia él, lo queremos, apetecemos y deseamos”. Sin embargo, de la mano de Kant, preponderará la visión de una ética formal, prescindente del bien y apoyada sobre el ejercicio de la libertad. Es esta lo que habrá que buscar moralmente y, por consiguiente, comenzará a hablarse de justicia en remplazo del bien, que no es otra cosa que permitir a cada uno ejercer su libertad (Dworkin), establecer autónomamente normas que deberán ser cumplidas por la propia voluntad que las establece. Nace de esto lo que terminará siendo el individualismo, que reclamando en principio una independencia responsable y una particularidad reconocida entre iguales, termina aislando a los humanos e impidiéndoles todo reconocimiento de su dependencia ontológica. El resultado es que un modo de vida será bueno cuando esté totalmente avalado por la voluntad individual, olvidando la exigencia kantiana de que para que esa voluntad fuera buena debería ser racionalmente solidaria y obedecer al imperativo categórico. La voluntad, dice Kant, multiplica nuestras necesidades y deseos, pero en tanto los siga no podrá alcanzar la bondad, solo si es racional será buena. Esta buena voluntad que no es como lo entendemos hoy una mera intención de hacer bien, tiene su expresión más luminosa en la obligación que está por encima de la inclinación, el gusto, el placer, y solo tiene en cuenta el deber. Aquello que hará más pleno al ser humano, entonces, es cumplir con el deber, con un deber impuesto por su propia racionalidad solidaria.
El bien como cuestión moral. A partir del planteo moderno, el bien pierde su carácter metafísico y pasa a ser una cuestión moral, por ello ya no se hablará de bien o bienes, sino de actos más o menos buenos y actos malos. En la adopción de esta ética se olvida que esa moral está sujeta a la ley de la razón práctica. Así el bien dejará paso a lo bueno, que dependerá del libre juicio humano, que puede ser en el peor de los casos individual y en el mejor, consensual. La pregunta que habrá que responder es desde dónde se elabora ese juicio. Hay respuestas naturalistas que pretenden que sigue habiendo un bien ajeno a la voluntad humana formulado como ley natural. Podríamos pensar como dando esta respuesta a los bienes primarios de Rawls: la libertad, el poder, la riqueza, los ingresos y la dignidad. Pero también puede asociarse su carácter de básico con un mínimo consenso respecto de su bondad y no con que son naturales. En este caso estaríamos recurriendo a otro modo de respuesta, que es el consenso respecto de lo que es bueno sostenido por todo el contractualismo. Otra respuesta es la que asocia lo bueno con lo placentero. Por ejemplo, Nozick recurre a la argucia de la ficción de una máquina que haría experimentar
sensaciones placenteras más allá de las condiciones reales de vida o de la satisfacción objetiva de los deseos, para cuestionar dicha asociación. Por último, puede adoptarse la respuesta más sencilla en apariencia y la más compleja de resolver, que es identificar el bien con el placer. Hay otra respuesta que es la dada por las éticas de los valores. Para estas el bien es irreductible al ser, pertenece al orden moral de la preferencia en el acto de decidir. El bien es propiedad de las cosas, por lo que se da una multiplicidad de bienes pero estos no pueden ser confundidos con las cosas, son su propiedad y lo que las hacen valiosas. El bien, por consiguiente, posee objetividad más allá de que lo reconozcamos. No es un ser sino un valor que reconocemos no por el conocimiento, sino por la intuición. Intuimos, sabemos qué es bueno, hay una percepción sentimental que empuja a preferir, a amar lo bueno. Los valores se descubren en las cosas, no se ponen en ellas. Para Scheler los valores son contenidos materiales descubiertos a priori en las cosas emocionalmente, no racionalmente, por actos como preferir, amar u odiar. Esta intuición emocional capta una jerarquía de valores. Desde esta perspectiva el bien es un valor, algo que podríamos asimilar a la causa final aristotélica y que llama a la voluntad hacia sí y no un mandato, un deber que empuja a la acción invistiendo la intención como podría ser pensado desde una filosofía apriorística. Vemos así que el bien puede ser pensado desde una dualidad de sentido: perfección en sí o felicidad para el que lo posee.
El mal en la filosofía griega y la teología cristiana. El mal es inseparable del bien al momento de concebirlo. De hecho en la filosofía griega se denomina mal a la negación del bien, ya que el mal carece de entidad. Es en el desarrollo de la teología cristiana que algunos pensadores como los gnósticos o maniqueos le otorgan realidad ontológica generando un pensamiento dualista. El mal alcanza para el cristianismo una realidad de que carece en la filosofía griega, donde es negado por carecer de peso ontológico. El mal es siempre superable por el bien. La teología cristiana se encuentra con la dificultad muchas veces no solucionada de que este mal no se resuelva necesariamente en el bien, que pueda permanecer independiente del bien como pecado. Para la teología cristiana el mal es introducido en la creación por el hombre, un mundo sin hombre carecería de mal, de hecho este aparece, es generado, por la voluntad del hombre que se separa de la voluntad divina. Sin embargo, en razón de la condición histórica y temporal de su elección no se encuentra irrevocablemente sometido a la elección pecaminosa de sus orígenes. Hay una promesa de redención que le permitirá volver al reino de Dios, su padre, auxiliado por la gracia obtenida por
la elección libre del bien por parte del redentor. El mal no aparece por ignorancia, ceguera o debilidad de la voluntad, como sería el caso para los griegos, sino por el ejercicio del mal en una elección deliberada y asumida con perfidia, dureza y desprecio contra Dios. La respuesta de la teología cristiana sufre la dificultad de toda la filosofía: poder pensar y definir el mal no como mera negatividad sino como algo positivo.
La posibilidad del mal. A partir de la modernidad la significación del acto libre entendido en el doble sentido de realización de la libertad y de vuelta de ella contra sí misma posibilita comenzar a pensar el mal de manera positiva. El hilo conductor de esta reflexión es el hilo de voluntad maligna que permite pensar el mal no como una simple falta o una disfunción provisoria (como sería el caso de pensarlo como una falla biológica, psicológica o sociológica, tan común en el ambiente cientificista), sino como una negatividad positiva puesta por la acción misma. Es necesario, para poder pensarlo, resistir al escándalo que significa introducir filosóficamente este concepto en positivo, con el propósito de que deje de ser un accidente de la historia personal o social. Esta es la única posibilidad de poder pensar e imaginar seres humanos malos y comunidades malignas, que hacen el mal queriendo el mal. Si el mal puede ser el fin de una acción, esta sería una facultad activa regida por la destrucción, es decir, esencialmente negativa. ¿Puede buscar el hombre destruirse a sí mismo y a la sociedad de la que forma parte? ¿Puede el hombre buscar el mal? Podemos poner en esta categoría de actos los crímenes denominados de lesa humanidad. Estos no solo violan objetivamente todo imperativo ético, sino que tienen como objetivo, desde el punto de vista de su intención y de su finalidad, la supresión de las formas conocidas de la humanidad. Una acción de tal nivel de criminalidad niega la condición humana, la dignidad humana, ya que siempre considera al otro, mediante el empleo sistemático de la violencia, como un medio, como un objeto y nunca como un fin en sí mismo; por consiguiente, destruye la naturaleza humana como posibilidad. Pensar la posibilidad del mal proviene de concebir al hombre como capaz de bien y mal, como indeterminado, lo cual puede conducirlo al mayor grado de perfeccionamiento: a una existencia feliz y solidaria o a su destrucción.
Referencias Denis Rosenfield, Du mal. Essai pour introduire en philosophie le concept de mal, Paris, Aubier, 1989. - Ernst Tugendhat, Vorlesungen über Ethik, Frankfurt, Suhrkamp, 1993 (trad. castellana, Lecciones de ética, Barcelona, Gedisa, 1997). - Paul Ricoeur, Le mal. Un défi a la philosophie et à la theologie, Genève, Labor et Fides, 1986. - Manuel Fraijó,
Dios, el mal y otros ensayos, Madrid, Trotta, 2004. - Tzvetan Todorov, Memoria del mal, tentación del bien, Barcelona, Península, 2002.
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