Vaticano I, Concilio HIST.
Categoria:
Historia de la Iglesia
Vigésimo Concilio ecuménico de la Iglesia Católica; sus trabajos duraron desde el 8 dic. 1869 hasta el 20 oct. 1870, en que fue suspendido ante la acción militar emprendida por el ejército italiano para incorporar Roma al Reino de Italia.1. Situación precedente al Concilio. 2. Anuncio y preparación. 3. del Concilio. 4. Segundo periodo. 5. La Constitución sobre la. fe católica, 6. La Constitución sobre el Primado y la infalibiliad del Romano Pontífice. 7. Conclusión del Concilio.1. La situación precedente al Concilio. El C. V.1 fue convocado en un momento histórico surcado de graves problemas doctrinales y sociales y con la intención de hacer frente a la situación que atravesaba la Iglesia en aquel momento. Es por eso oportuno comenzar la exposición trazando un rápido panorama de ese ambiente.a) Situación política general. El s. XIX había presenciado la crisis del Antiguo Régimen y la instauración del liberalismo burgués y democrático. Ambos procesos no dejaban de plantear algunos problemas al pensamiento y a la acción de los católicos y, concretamente, de la jerarquía de la Iglesia. En el Antiguo Régimen se había establecido un cierto status de relaciones entre el Altar y el Trono -entre el trono y el altar, como solía decirse-, no exento de tensiones, pero firme en sus líneas generales; ¿cómo se estructurarían esas relaciones en el nuevo estado de cosas? La cuestión, compleja de por sí, lo resultaba aún más si se tiene en cuenta que varias de las nuevas organizaciones políticas estaban inspiradas por filosofías deístas y desarrollaban una política anticatólica.Ante esa situación, los ambientes católicos estaban divididos. Algunos, de tendencia tradicionalista, sólo veían males en el sistema liberal, patrocinaban una fuerte oposición a sus instituciones y la promoción de un Estado confesional católico. Otros, los liberales, aceptaban las nuevas instituciones y reclamaban que el Estado liberal abandonara su política anticatólica y adoptara una neutralidad benévola hacia la Iglesia. En Francia, donde la tensión fue más aguda, esta diversidad de opciones la representaban, por una parte, la escuela del periódico "L’Univers", encabezada por L. Veuillot (v.) y apoyada por Mons. Pie y Dom Guéranger (v.), y por otra la del "Correspondant", de la que formaban parte antibonapartistas, como Cochin, Broglie y Falloux, o liberales al estilo de Montalembert (v.). En Italia esa problemática general se unió con la "cuestión romana" y las actitudes que adoptaban los Estados Pontificios (v.) con respecto a la unidad de Italia. En el Imperio austro-húngaro, reviste caracteres especiales, dada la pervivencia del josefinismo (v.), y se centra en torno a la conveniencia de mantener o no el Concordato de 1855. En España el planteamiento está condicionado por la presencia de procesos revolucionarios y por la actuación de gobiernos que, aun sin ignorar la religiosidad del pueblo, se muestran anticlericales. En otros países el problema es menor; así, por ej., en Alemania donde, en estos momentos, la cuestión es sentida, pero no rebasa el nivel de los estudios doctrinales; o en Inglaterra, donde el catolicismo aparecía robustecido gracias a la inmigración irlandesa y a las iniciativas de Wiseman, Newman y Manning, y el restablecimiento de la Jerarquía.b) Los problemas sociales. Los católicos -tanto los fieles como la jerarquía- habían manifestado atención hacia los problemas sociales tan agudos en la época. Buena muestra de ello son las iniciativas y afanes de Ketteler (v.), Manning (v.), Lynch, Doutelloux, Gibbons, Mermillod, A. Vicent, Ceferino González (v.) y del propio Pío IX. Especial relieve tiene quizá el llamado "cristianismo social" francés. Es verdad que no hay plena coherencia entre los puntos de vista de unos y otros, pero la semilla de algunos renovadores, como los hombres de " L’Pre nouvelle", Le Play, Cochin, La Tour du Pin (v.) o De Mun, iba a producir amplio eco.c) La lucha de ideas. Desde el s. XVIII Europa atraviesa una época de hondas polémicas doctrinales. El desarrollo del racionalismo (v.), la difusión del deísmo (v.) y del indiferentismo (v.) religioso que de 61 deriva, el agnosticismo (v.), el idealismo (v.) con su significación panteísta, el ateísmo (v.) y otras corrientes, al inspirar en un momento u otro a parte de la intelectualidad occidental, hacen que el tema de las relaciones entre razón y fe (v. RAZÓN Ir) sea particularmente discutido. Importantes autores como Newmann, Chateaubriand, Gratry, Hettinger, Dechamps, Reusch, Meignan, realizan una eficaz apología del cristianismo (v. APOLOGÉTICA II, 4). Las ideas racionalistas influyen no obstante en autores cristianos y dan origen al fideísmo (v.) de Bautain y Bonetty, al tradicionalismo de Lamennais y Bonald o al ontologismo (v.), que menospreciaban las fuerzas naturales de la razón, mientras que otros, en cambio, se desbordaron del lado racionalista, como es el caso de Hermes, Günther y Frohschammer. El deseo de una profunda clarificación doctrinal será, de hecho, la preocupación fundamental del Concilio.A la boga del idealismo seguiría el ímpetu positivista. Dentro de esa nueva mentalidad, y provocado además por un deseo de servicio a necesidades apologéticas, se desarrolla el interés de los teólogos hacia la erudición histórica. Hefele, Hergenroether y Döllinger, entre otros, impulsan un método que tiene elementos positivos, pero que estaba expuesto al peligro de reducir la Teología a historia. La naturaleza de la Teología y las relaciones entre especulación escolástica e investigación histórica surgían así como temas necesitados de estudio.d) El papel del Pontificado. En esa situación de tensiones doctrinales, la mirada de muchos se dirige hacia el Romano Pontífice como autoridad capaz de promover la clarificación doctrinal. Pío IX (v.) lo siente así personalmente, como lo manifiestan de modo especial la Enc. Quanta Cura y el Syllabus. La intervención pontificia suscita a su vez recelos en ciertos sectores. La publicación misma del Syllabus fue interpretada por algunos como una declaración de incompatibilidad entre la doctrina católica y todos los modos de vida y pensamiento de la época. Pronto se hicieron las aclaraciones necesarias, y un folleto de Dupanloup, aprobado por el Papa, estableció las cosas en su cauce. Más complicada era la cuestión planteada por la pervivencia de las tendencias galicanistas (v.), en parte favorecidas por excesos de la tendencia "ultramontana" (v. ULTRAMONTANISMO). La discusión de las prerrogativas papales, llevada a cabo por los galicanos, recibe el apoyo de algunos teólogos alemanes, con Döllinger (v.) a la cabeza. De nuevo se hacía necesaria una reafirmación doctrinal; y de hecho, a lo largo del Conc., se hizo sentir fuertemente el deseo de cortar definitivamente con las tendencias galicanas y reafirmar la autoridad pontificia. En realidad -como ya hemos insinuado- en ello confluían no sólo la atención a la verdad eclesiológica, sino también la preocupación por las necesidades pastorales del momento. Se trataba en suma de defender la autoridad doctrinal de la Iglesia a fin de estar en condiciones de enfrentarse, con posibilidades de éxito, con las complejas cuestiones doctrinales que planteaba la coyuntura doctrinal de la época.2. Anuncio y preparación. a) La etapa preparatoria. A fines de 1864 Pío IX reveló confidencialmente a los cardenales de la Curia su propósito de convocar un Concilio, y les pidió su parecer. De los 21 cardenales consultados, 19 se mostraron favorables. En marzo de 1865 se constituyó una comisión cardenalicia encargada de la preparación del Conc., a la que poco después siguieron otras subcomisiones. Se enviaron, además, cartas confidenciales a unos 40 obispos de oriente y de occidente, en las que se solicitaban sugerencias sobre los temas que podrían tratarse en el Concilio.En un primer momento el Papa había pensado convocar el Conc. para 1867, con ocasión del centenario del martirio de S. Pedro y S. Pablo. Diversas dificultades lo impidieron, pero Pío IX aprovechó la concurrencia en Roma, con ese motivo, de más de 500 obispos para anunciar oficialmente el Concilio en el Consistorio secreto celebrado el 26 de junio. Un año después (29 jun. 1868) promulgó la Bula Aeterni Patris por la que convocaba a los padres conciliares para el 8 die. 1869. Asistirían obispos residenciales, cardenales, primados, arzobispos, obispos titulares, generales de órdenes, abades nullius" y superiores de congregaciones. También se cursaron invitaciones, que no fueron acogidas, a los cristianos separados.¿Cómo habían procedido y a qué resultado llegaron los trabajos preparatorios? Como ya se ha dicho estuvieron dirigidos por una Comisión cardenalicia, bajo la que trabajaron cinco subcomisiones: de la doctrina de la fe, de la disciplina cristiana, de las órdenes religiosas, de los ritos orientales y de las misiones, de las cuestiones político-eclesiásticas. Se nombraron casi cien consultores. Una Diputación especial recogía el trabajo de los expertos y lo sometía al análisis de las subcomisiones. Las deliberaciones confluían en la Comisión directora central.Resultado de esa labor fueron 51 esquemas, que abordaban temas como las relaciones entre razón y fe, la Iglesia, el catecismo, la vida del clero, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, las órdenes religiosas, el matrimonio cristiano, la condición de los obreros y las asociaciones de trabajadores, y otros. Como consecuencia de la interrupción de los trabajos del Conc., la mayor parte de ese material no fue luego utilizado: de los 51 esquemas sólo seis fueron estudiados por los padres conciliares; y de esos seis, sólo dos (el referente a las relaciones entre razón y fe y parte del de la Iglesia) fueron aprobados y promulgados.b) Reacciones ante el anuncio del Concilio. El ambiente preconciliar, antes descrito, hacía prever que el Conc., junto a la adhesión de las personas de fe, provocaría oposiciones. Algunos grupos masónicos llegaron incluso a promover un anti-concilio en la ciudad de Nápoles. Numerosos obispos, mons. Pie, de Poitier; mons. Dechamps, de Malinas; mons. Martin, de Paderborn; mons. Manning, de Westminster, etc., publicaron libros o pastorales comentando el acontecimiento y pidiendo la oración de los fieles.En feb. 1869 la revista "La Civiltá Cattolica", dirigida por los jesuitas de Roma, publica un artículo en el que auspiciaba un Conc. de breve duración, que confirmase el Syllabus y definiese por aclamación la infalibilidad pontificia. El artículo dio lugar a una prolongada manifestación de opiniones, que se centró en torno a la cuestión de si convenía o no definir la infalibilidad. Es decir, la unanimidad de los católicos -y especialmente de los miembros del episcopado- reconocía la verdad de la infalibilidad pontificia, pero había división en torno a si convenía o no definirla solemnemente en ese momento concreto: mientras muchos eran decididos partidarios de la definición por las razones apuntadas más arriba -subrayar la autoridad doctrinal de la Iglesia en un momento de crisis intelectual-, algunos, temiendo sobre todo que esa definición pudiera ser mal interpretada por los ambientes no católicos, preferían en cambio que el Conc. no tratara la cuestión. La controversia tuvo lugar, sobre todo, en Francia y Alemania. En Francia, se distinguieron tres corrientes: los oportunistas (favorables a la definición), entre los que se distinguieron el benedictino Guéranger (v.), Veuillot (v.), el periódico "L?Univers>> y el belga Dechamps (v.); los antioportunistas, entre los que se contaban mons. Dupanloup (v.), obispo de Orleáns; Montalambert (v.) y el P. Gratry (v.), y los herederos de las tendencias galicanas que, como mons. Maret, aceptaban la infalibilidad, pero con distingos y limitaciones. En Alemania, DSIlinger (v.) atacó fuertemente la infalibilidad pontificia y la primacía jurisdiccional del Papado publicando, con el pseudónimo de Janus, una serie de artículos que luego recogió en el libro Der Papst und Konzil. Las reacciones que siguieron fueron duras. Ante esa situación los obispos asumieron una posición conciliadora y llegaron a publicar una carta colectiva en la que, afirmando la infalibilidad pontificia, expresaban la opinión de que, por el momento, no parecía oportuna su definición.En España la prensa liberal mantuvo, a juicio de Martín Tejedor (o. c. en bibl.), una actitud "discretamente deferente", pese a las protestas de ciertos periódicos confesionales católicos. Tuvo especial resonancia y suscitó agrias críticas un artículo de Juan Álvarez Lorenzana, en el que aplaudiendo la iniciativa de Pío IX, interpretaba el Conc. dentro del contexto parlamentario y democrático de la época. Por lo demás, la opinión común era infalibilista, y en el país se manifestó en seguida un intenso interés por el Concilio.También diversos gobiernos tomaron postura. Dóllinger influyó en el príncipe de Honhenlohe, presidente del Consejo bávaro, que envió un mensaje a diversos países solicitando una conferencia internacional, que tomara medidas para protestar contra las eventuales decisiones religioso-políticas que pudiera adoptar el Conc. Esta propuesta no fue acogida, y de hecho los gobiernos no pusieron dificultad a la preparación del Conc. y a la posterior marcha a Roma de los obispos. España -a través de las decisiones de Martos y Prim-, Portugal y Bélgica se mantuvieron al margen. En Italia Menabrea y Minghetti prometieron dejar libertad de acción al Conc. y, aunque las gobiernos anticlericales posteriores cambiaron de actitud, no alcanzaron a obstruir los trabajos. La Alemania de Bismarck y Francia, pese a que lo deseaban, se negaron a intervenir. En cuanto a Austria, estaba claro que actuaría sólo si pensaba que se iban a lesionar los derechos estatales. En suma, todo hacía prever que el Conc. iba a poder desarrollarse libre de presiones políticas, como efectivamente sucedió.3. del Concilio. a) Composición de la asamblea y reglamenta de los trabajos. El Conc. fue inaugurado el 8 dic. 1869. De los 1.050 Padres convocados, estaban presentes alrededor de 700. Predominaban los europeos -en total sumaban unos 500- y entre ellos los italianos, franceses, austro-húngaros y españoles; había también buen número de norteamericanos y canadienses -cerca de 50-; hispanoamericanos -unos 30- y misioneros de Asia, África y Oceanía. Las sesiones tuvieron lugar en la capilla de S. Proceso y S. Martiniano, en la Basílica de S. Pedro. Hubo 86 congregaciones generales y 4 sesiones públicas (dos destinadas a la inauguración y a la profesión de fe, y otras dos a la aprobación de las dos Constituciones que emanó el Conc.).Antes de iniciarse las deliberaciones, con objeto de evitar pérdida de tiempo en debates sobre procedimientos y dar rapidez a las sesiones de trabajo, el Papa había promulgado, con la carta apostólica Multiplices inter (2 dic. 1869), un reglamento. La organización conciliar no variaba mucho respecto a la etapa preparatoria. La Congregación directora fue sustituida por una Comisión de Postulados, a la que iban a parar las observaciones de los padres. Las cinco comisiones del periodo anterior se redujeron a cuatro diputaciones. Sólo el Papa, a través de las comisiones, podía presentar proyectos de esquemas o decretos a la Asamblea, y ésta, después de deliberar, los rectificaba, aprobaba o rechazaba. Todos los padres tenían derecho a hablar en las sesiones generales. Los textos definitivos se aceptaban en sesión solemne y eran promulgados por el Pontífice.Algunos padres estimaron que el documento podría modificarse otorgando una mayor libertad de movimientos. El Pontífice, para dar satisfacción a sus peticiones, autorizó oficiosamente reuniones por grupos fuera de la Asamblea. Algunas de las personas que no aceptaron las decisiones conciliares atacaron después al Conc. diciendo que en él no hubo libertad. Esas afirmaciones no son ciertas: el reglamento no mermaba la libertad de estudios y discusión y fue además aplicado liberalmente. Los padres hablaron sin trabas. Los presidentes dejaron que se desarrollaran los debates sin clausurarlos por anticipado más que una sola vez. Las Diputaciones se mostraron propicias a recoger las enmiendas presentadas en la Asamblea. La misma libertad reinó en el terreno de las reuniones. Respecto a la libertad de voto, nunca fue lesionada. En suma, puede concluirse, con Aubert e Icard, que en el C. V. I "hubo libertad de palabra y libertad moral".b) Los primeros trabajos. En las sesiones iniciales se discutieron cuestiones dogmáticas y disciplinares.El esquema más importante de los estudiados, titulado "De Doctrina Catholica", condenaba el materialismo, el panteísmo y el racionalismo y exponía la doctrina ortodoxa opuesta a esos errores. No convenció a los padres y, pese a las explicaciones de uno de sus redactores -Franzelin (v.)-, fue rechazado y se encargó la refundición del mismo a una comisión integrada por los obispos Dechamps, Pie y Martin, con los que trabajó un equipo de expertos, encabezado por Kleutgen (v.). Las deliberaciones sobre este esquema ocuparon a la asamblea desde el 28 dic. hasta el 10 en. 1870. A continuación, y hasta el 22 feb., fueron estudiados esquemas sobre "Los obispos, los vicarios generales y los sínodos", "La vacante de sedes episcopales", "La vida del clero" y "El catecismo", sin que se llegara a la aprobación de ninguno de ellos. La misma suerte corrieron otros seis esquemas que fueron entregados a los padres el 22 feb. para que los examinaran; de ellos, cuatro trataban sobre la reforma de las órdenes religiosas, uno sobre las cargas de las misas y otro sobre los títulos de ordenación sacerdotal.Mientras tanto había ido dirigiéndose cada vez más la atención hacia el tema capital de la infalibilidad pontificia. En el aula y los ambientes conciliares se iban reflejando las diferencias ya antes reseñadas. Un amplio grupo al que se denominó la "mayoría", ya que, con mucha diferencia, era el más numeroso, era, desde el principio, infalibilista, es decir, partidario de la oportunidad de definir dogmáticamente la infalibilidad. En él se alineaban la mayor parte de los prelados españoles, italianos, irlandeses e hispanoamericanos y muchos de los holandeses, suizos, belgas, franceses, orientales y de otros países. Nombres destacados eran Dechamps, de Malinas; Ullathorne, de Birmingham; Plantier, de Nimes; Mermillod, de Lausana; Pie, de Poitiers; Senestrey, de Regensburg; Martin, de Paderborn, y Manning, de Westminster. La aportación de los españoles Caixal y Estradé, Payá y Rico, Moreno Maissonave, García Gil, Ramírez, Antonio Mª Claret (v.), Blanco, Monserrat, Lluch, Rodrigo Yusto, Jordá, Monescillo, Sanz y Forés, Conde y Corbal, Cuesta y Maroto, no careció de relieve. Los partidarios de no proceder a una definición, es decir, la "minoría", como fue designada, estaba integrada, principalmente, por obispos alemanes, austrohúngaros y franceses. Algunos, como Schwarzenberg, de Praga; Rauscher, de Viena, o Hefele, de Rottenburg, invocaban argumentos históricos para justificar su posición. Otros como Simor, primado de Hungría; Strossmayer, de Croacia; Ketteler, de Maguncia, y Darboy, de París, eran antiinfalibilistas por temor a un supuesto centralismo vaticano; Dupanloup, Kenrick y otros católicos liberales temían que una declaración poco matizada sobre la infalibilidad enfrentase a la Iglesia con la sociedad moderna. En cuanto a los orientales, se manifestaban recelosos ante todo lo que pudiera suponer una amenaza de "latinización". Algunos, entre los que destacaban Fessler, de St. PSlten; Spalding, de Baltimore, y Bonnechose, de Rouen, se movían en una posición intermedia y defendían iniciativas conciliadoras.El 21 enero fue entregado a los padres el esquema "De Ecclesia Christi", que había sido redactado por Perrone (v.), Petasci, Schrader, Franzelin, Corcoran, Adragna y Cardoni. Abarcaba tres partes: 10 capítulos dedicados a la naturaleza y propiedades de la Iglesia, otro relativo al Romano Pontífice y cuatro más referentes al poder temporal del Papa y a las relaciones entre la Iglesia y el poder civil. La Asamblea debatió sobre los 10 capítulos iniciales, y encargó una refundición a Kleutgen. En ese primer proyecto de esquema, aunque se hablaba del Romano Pontífice no se trataba de su infalibilidad. Senestrey, Dechamps, Manning, Martin y otros varios padres, partidarios de la definición de la infalibilidad pontificia, redactaron un documento en ese sentido que obtuvo el apoyo de 450 firmas. Los antioportunistas presentaron diversos documentos, apoyados por 136 padres y una amplia campaña de prensa. Spalding, Fessler, Pie, Icard y otros se preocuparon por buscar fórmulas intermedias. El 9 feb. la Comisión de Postulados acogió la petición de la mayoría y decidió que se añadiera al esquema sobre la Iglesia un capítulo dedicado a la infalibilidad pontificia.4. Segundo periodo. Del 22 feb. al 18 mar. se suspendieron las sesiones generales para dar lugar a algunos trabajos en el aula y para dar tiempo a las Diputaciones para que pudieran estudiar y recoger las observaciones hechas. Esa interrupción sirvió para que después los trabajos fueran más densos. A ello contribuyeron las obras de adaptación hechas en la capilla, que mejoraron sus condiciones acústicas, y unos retoques hechos en el reglamento con el propósito de dar mayor agilidad a las sesiones e impedir los desbordamientos oratorios. De todas las modificaciones introducidas, dos son las más importantes: 1) la potestad otorgada al presidente para clausurar la discusión, si 10 padres o más lo solicitaban; 2) la aceptación del principio de que bastaba la mayoría de votos para que una constitución fuese aprobada. Suscitaron algunas críticas pero se revelaron útiles; por lo demás, la potestad de clausurar la discusión fue usada una sola vez.Este periodo, que se extiende hasta la suspensión definitiva del Conc., el 18 jul. -lo que implica una duración de cuatro meses-, estuvo ocupado con el estudio de los dos documentos que aprobó el Conc.: la Const. sobre la fe católica y la Const. sobre la infalibilidad y el primado del Romano Pontífice. Continuaremos, pues, la exposición siguiendo el iter de uno y otro documentos.5. La Constitución sobre la fe católica. El esquema "De Doctrina Catholica", refundido por Kleutgen y sus colaboradores y denominado ahora "De Fide Catholica", fue entregado a los padres a fines de febrero. El proyecto constaba de nueve capítulos, pero la Diputación de la Fe había decidido que no se examinara todo junto, sino que se empezara considerando sólo los cuatro primeros capítulos, relativos a la Teología fundamental. Los otros cinco estaban destinados a ser una constitución distinta, que se denominaría "Constitución dogmática sobre la Fe católica", que no pasó de proyecto. El proyecto gustó en líneas generales. Su discusión comenzó en la congregación general de 14 de marzo. Hubo enmiendas de detalles e intervenciones importantes: Al fin quedó aprobada por unanimidad y promulgada bajo el título de Const. "Dei Filius", en la sesión pública del 24 abr. 1870.La "Dei Filius" está dividida en un prólogo y cuatro capítulos a los que se añaden cánones (Denz-Sch. 3000-3045). El primer capítulo proclamaba la existencia de un Dios personal, libre, creador de todas las cosas e independiente del mundo material por Él creado. Sus cánones condenan el panteísmo (v.) y el materialismo (v.). El segundo capítulo enseña, en contra del ateísmo (v.), del agnosticismo (v.), del fideísmo (v.) y del tradicionalismo, que ciertas verdades fundamentales, como la existencia de Dios, podían ser conocidas por la razón. Define a la vez la necesidad de la Revelación, transmitida a través de las Escrituras y de la Tradición, para conocer más fácilmente las verdades naturales y tener acceso a las sobrenaturales. El tercer capítulo explica la naturaleza de la fe, y frente al racionalismo declara que la fe católica no repugna a la razón. En el capítulo final se exponen ampliamente algunos aspectos de la relación entre fe y razón, poniendo de manifiesto que no existe desacuerdo entre la ciencia y la fe, y precisando que el dogma es inmutable, aunque hay un desarrollo en su comprensión. (Para un estudio de los temas tratados por la Constituc!6n,V. t. DIOS IV, 2; REVELACIÓN III y IV; FE III y IV; RAZÓN II).
6. La Constitución sobre el primado y la infalibilidad del Romano Pontífice. Con la decisión del 9 feb. 1870, el tema de la infalibilidad pontificia quedaba incorporado a los trabajos conciliares. Los hechos posteriores lo llevaron a primer plano, más aún, lo antepusieron a los otros puntos del esquema sobre la Iglesia. En efecto, mientras Kleugten trabajaba en la refundición de dicho esquema y elaboraba lo que se llamó "Constitución segunda sobre la Iglesia", que no llegó a la asamblea conciliar, diversos padres insistieron ante Pío IX para que la cuestión de la infalibilidad se estudiara cuanto antes. Como consecuencia, el Pontífice acabó autorizando la distribución a los padres del texto sobre la infalibilidad que había sido preparado por la comisión preparatoria. Ese texto -que estaba redactado por Biblio, con sugerencias de Manning y Dechamps- fue presentado para ser estudiado y aprobado como un añadido al cap. 11 del esquema "De Ecclesia Christi". Fue distribuido a los padres el 6 mar. y se fijó un plaza de 17 días para que enviaran las enmiendas que estimaran pertinentes. En sus respuestas la casi totalidad de los padres se manifestó conforme, aunque con matices: con respecto a los párrafos dedicados a la primacía jurisdiccional pontificia, todos los aceptaban, si bien se inclinaban a acentuar o matizar algunos aspectos del texto; con respecto a las declaraciones sobre la infalibilidad, volvían a repetirse los argumentos sobre la oportunidad o no de tratar el tema y se solicitaban en su caso algunas matizaciones.El texto del esquema "De Ecclesia" fue conocido también fuera del aula conciliar, y los mismos debates trascendieron a la opinión pública. "La Civiltá Cattolica", en Italia; el "Tablet", en Inglaterra; y "L’Univers", en Francia, realizaron una amplia campaña a favor de la declaración de la infalibilidad. Entre los antiinfalibilistas, ciertos padres, como Moriarty, se movieron con .prudencia, pero otros mostraron una mayor agresividad. Así Dupanloup escribió una carta abierta a Dechamps, inspiró artículos de prensa y estimuló la aparición de las Lettres publiques á Mgr. Dechamps, del P. Gratry. DSllinger, por su parte, publicó unas Cartas romanas en las que se utilizaba documentación conciliar, y prodigó las manifestaciones contrarias a la infalibilidad.Entre tanto, ¿cuál era la actitud de los gobiernos? La "minoría" había intentado en varias ocasiones servirse de la diplomacia para forzar soluciones conformes con sus deseos, pero con escaso éxito. El nombramiento del católico, de tendencia liberal, Daru como ministro de Asuntos Extranjeros de Francia y la divulgación del esquema "De Ecclesia" pareció, por un momento, que iban a modificar la situación. En efecto, Daru estaba convencido que la declaración de infalibilidad haría imposible el mantenimiento de la guarnición francesa en Roma, y, deseoso de defender los Estados Pontificios, trataba de evitar que esa declaración se realizara. En cuanto al esquema "De Ecclesia", suscitaba recelos no sólo en Francia, sino en Prusia y Austria, a causa de los capítulos sobre el poder temporal del Pontífice y las relaciones Iglesia-Estado. Aunque las opiniones estaban divididas, Daru se decidió a enviar, primero, una nota de protesta a su embajador en Roma, y luego, un memorándum al Papa. El apoyo de Baviera, España y Portugal a este último documento y las actitudes, en apariencia intervencionistas, de Inglaterra, Prusia y Austria, crearon un momento de tensión, que cesó al ser destituido Daru.A partir de entonces, Francia, Inglaterra, Prusia y Austria adoptaron. una postura pasiva. En suma, las presiones diplomáticas cesaron, las posiciones galicanas no resultaron favorecidas y todos esos incidentes no produjeron resultados, como no sea tal vez el de frenar algunas posiciones extremas de’ ciertos ultramontanos.a) Desarrollo de los debates. Atendiendo una petición de Manning y Senestrey, Pío IX decidió anticipar el examen del tema de la infalibilidad. Desde el 27 de abril la Diputación de la Fe trabajaba en la refundición del texto sobre la infalibilidad y el cap. XI del esquema "De Ecclesia". Schrader y Maier, a la vista de ambos documentos y teniendo en cuenta las enmiendas presentadas, redactaron un nuevo proyecto de Constitución sobre el Romano Pontífice. Constaba de un prólogo y cuatro capítulos, relativos a la institución del primado, perpetuidad del mismo, naturaleza y poderes que lleva implícitos e infalibilidad del Papa. Después de ser analizado en la Diputación de la Fe, se entregó a los padres el 9 de mayo.En total se dedicaron a este esquema 34 congregaciones generales, y los padres que lo desearon pudieron expresar con plena libertad su parecer. Primero fue analizado el esquema en conjunto. Hefele, Strossmayer y Maret se refirieron a algunas dificultades teológicas e históricas que parecían oponerse a la doctrina de la infalibilidad; otros miembros de la "minoría" resaltaron los inconvenientes de una definición en las circunstancias que se vivían. Pero numerosos padres de la "mayoría", y muy especialmente Manning y Dechamps, presentaron réplicas eficaces. Cerrada la intervención de los padres sobre el esquema en su conjunto a comienzos de junio, se pasó a examinar el texto por partes.El prólogo y los dos primeros capítulos apenas suscitaron controversias: se aprobaron, con algunas rectificaciones de redacción y una enmienda, el 15 de junio.El cap. tercero, dedicado a exponer la naturaleza de los poderes primaciales, fue estudiado en cinco sesiones. Los padres que solicitaron matizaciones lo hacían movidos en última instancia por tres razones: a) el temor a que la curia romana interviniera demasiado en las iglesias locales y desvalorizara así el papel reservado por Cristo a los obispos; b) la excitación de ciertos orientales ante el hecho de que se declarara que los privilegios patriarcales no eran de derecho divino, sino de derecho eclesiástico; c) el recelo de que, al definirse la autoridad del Pontífice, se confundiera jurisdicción ordinaria -es decir, no delegada- con jurisdicción inmediata, o sea, en forma directa sobre todos los fieles y pastores de modo que se diese la impresión de que iba a producirse una intervención arbitraria de los organismos romanos en el gobierno de las diócesis. Al fin de las discusiones Kleutgen resumió las enmiendas formuladas y la Diputación de la Fe reelaboró el texto.El último capítulo, el referente a la infalibilidad, dio lugar a las intervenciones más vivas. Los debates duraron del 15 de junio al 4 de julio. Rauscher, Bonnechose y Guidi tuvieron intervenciones destacadas, y también el cardenal D’Avanzo. En definitiva, aparte otras posturas de matiz diverso, se perfilaban dos posiciones fundamentales; a) la de quienes aun aceptando la infalibilidad, la restringían a las definiciones doctrinales y querían que se dijese expresamente que debía ejercerse "con la ayuda y consejo de la Iglesia Universal"; b) la de aquellos que deseaban evitar toda afirmación que, aunque fuese técnicamente correcta, pudiese prestarse a una interpretación ambigua que oscureciera la infalibilidad pontificia.Concretamente, estos últimos pedían que se dijese con claridad que el Papa no necesitaba imprescindiblemente el consenso de los obispos en sus declaraciones, aunque, como es lógico, nada se oponía, antes al contrarió, a que los consultase. Al clausurarse los debates, el esquema y las sugerencias hechas pasaron a la Diputación de la Fe. Ésta adoptó dos decisiones de importancia: a) compuso un párrafo adicional expresando la conveniencia de que el Romano Pontífice, antes de definir una verdad, realizase consultas particularmente acudiendo a los obispos; b) redactó una nueva fórmula sobre la infalibilidad, inspirada en una enmienda presentada por el arzobispo Cullen, de Dublín. El 11 jul. mons. Gasser hizo una densa exposición ante la Asamblea para explicar las modificaciones realizadas en el texto. Puso de manifiesto las adiciones introducidos para subrayar el carácter divino del episcopado y la necesidad de su unión al Papa y a la Iglesia entera; explicó, ampliamente, las condiciones que se requieren para que una declaración pontificia sea infalible y refutó las nociones tanto del galicanismo como de ciertos ultramontanos, para los que la infalibilidad de la Iglesia se centraría sólo en el Papa. Insistió también con claridad en que no podía admitirse como condición sine qua non de la infalibilidad pontificia el recurso al episcopado, ya que las definiciones del Papa son infalibles por sí mismas.El 13 jul. tuvo lugar la Congregación general en la que se votaba el esquema entero. Cincuenta obispos no asistieron, y de los que concurrieron, 451 votaron placet, 88 votaron non placet y 62 placet juxta modum, entre ellos 20 porque querían que algunas de las frases en que se definía la infalibilidad pontificia fueran más tajantes. En seguida se iniciaron gestiones para conseguir la unanimidad. El 15 jul. Darboy visitó al Papa con una comisión, en la que iban Simor, Ketteler, Ginouilhac y otros: solicitaban que se suprimieran algunas palabras del capítulo tercero y que en el cuarto se añadieran términos como "innixus testimonio Ecclesiarum", u otras semejantes, que expresaran que el Pontífice, al- definir, recogía la tradición de la Iglesia. Por su parte, Dupanloup y Rauscher pidieron que se aplazara la promulgación de la Constitución. Tanto en un caso como en el otro Pío IX se abstuvo de intervenir. El 16 jul. se celebró la 86 congregación del Concilio, en la que se presentaba la redacción definitiva del esquema. Gasser hizo la presentación del capítulo cuarto. En él se habían recogido algunos deseos de la "minoría" pero dejando siempre clara la primacía pontificia; para ello, al referirse a la infalibilidad pontificia, la Diputación de la Fe había decidido añadir a la frase "Romani Pontificis definitiones esse ex sese irreformabiles" las palabras "non autem ex consensu Ecclesiae". Éstas y otras ligeras modificaciones fueron aprobadas.¿Cómo reaccionó la "minoría"? Algunos se conformaban con las matizaciones introducidas; otros, como Hefele, eran partidarios de repetir el voto negativo para subrayar que no existía unanimidad moral; Mathieu y Dupanloup pensaban, en cambio, que esta postura podía encrespar los ánimos y escandalizar a los fieles. Por fin, después de explicar su actitud al Pontífice, 61 prelados decidieron abandonar Roma antes del voto final, a fin de permitir así que el documento apareciera avalado por la unanimidad. El 18 jul. quedó definitivamente aprobada la nueva Constitución. Estaban presentes 535 padres y, salvo Ricci y Fitzgerald, todos emitieron voto positivo.b) Contenido de la Const. "Pastar Aeternus". Después de haber declarado que la Iglesia fue instituida por Cristo (Denz.Sch. 3050-3052), el capítulo primero recuerda que Jesucristo confirió a Pedro la primacía de jurisdicción y no únicamente el honor- sobre la Iglesia ente ra, de manera que esa prerrogativa le deriva directament de Cristo y a través de la Iglesia (Denz.Sch. 3053-3055). El capítulo segundo afirma que el primado de Pedro ha de durar, por voluntad divina, hasta el fin de los tiem pos, en las personas de los Pontífices Romanos (Denz. Sch. 3056-3058).El capítulo tercero se refiere a la primacía jurisdiccional pontificia. Uno de los párrafos define que el Papa posee una jurisdicción ordinaria, inmediata y verdaderamente episcopal, no sólo en cuestiones de fe y costumbres, sino en materia de disciplina eclesiástica sobre todos los cristianos, fieles y pastores. La primacía del Pontífice implica, para él, un derecho a comunicar libremente con todos sus súbditos -se excluye así el " placet político" pretendido por la tendencia regalista-, y para los creyentes, la facultad de recurrir en cualquier causa a su autoridad. Se recuerda a la vez que esta primacía pontificia no destruye, sino que al contrario refuerza, la potestad que cada obispo tiene en su propia diócesis (Denz. Sch. 3059-3064).La doctrina de la infalibilidad se expone en el capítulo cuarto. Declara primero, que el Papa posee un poder de magisterio, en virtud del cual juzga sin apelación en cuestiones de fe. Manifiesta luego como esta autoridad ha sido siempre reconocida por la Iglesia y cita los testimonios de los Concilios ecuménicos IV de Constantinopla, II de Lyon y el de Florencia. Recuerda después que, a lo largo de la historia, los Romanos Pontífices han ejercido su función de magisterio en contacto con la Iglesia, y, sobre todo, con los obispos. Este magisterio supremo, afirma, se ha considerado siempre dotado de infalibilidad. Concretamente, tal infalibilidad se da cuando el Papa hable ex cathedra, es decir, cuando, "como pastor y doctor de todos los cristianos, define, por su suprema autoridad apostólica, que una doctrina sobre la fe y las costumbres debe ser aceptada por la Iglesia Universal". En estos casos, concluye el Conc., el Papa goza de la asistencia divina prometida a Pedro y sus sucesores, y, por tanto, sus definiciones son irreformables "ex sese non autem ex consensu Ecclesiae". En suma, el Papa es infalible por derecho divino, como sucesor de S. Pedro en el gobierno supremo de la Iglesia, y no por una delegación que le haya sido concedida con anterioridad ni en virtud del consentimiento de la Iglesia, sino en virtud de la especial asistencia divina que nos garantiza que lo que se define es realmente la verdad revelada (Denz.Sch. 3065-3075).Para un estudio de los temas definidos en esta Const., V. IGLESIA II, 2 y 4 y III, 1, 5 y 6; PRIMADO DE SAN PEDRO Y DEL ROMANO PONTÍFICE; MAGISTERIO ECLESIÁSTICO; INFALIBILIDAD.7. Conclusión del Concilio. a) La interrupción de las actividades conciliares. En jul. 1870 estalló la guerra franco-prusiana, que, mezclada con el problema de la unidad italiana, iba a tener importantes consecuencias para el Concilio. Pío IX hubiera deseado que las sesiones de la Asamblea Vaticana prosiguieran, pero la conflagración suponía un peligro para la ciudad de Roma, acentuado por el hecho de que Napoleón III, con la esperanza de obtener la ayuda de Italia frente a Prusia, retiró las tropas que defendían la ciudad. Más tarde, la derrota francesa en Sedán precipitó los acontecimientos. El ejército italiano se dirigió sobre Roma, y el 20 sept. el general Cadorna ocupó la Ciudad Eterna. El 9 oct. los Estados Pontificios fueron anexionados al Reino de Italia por plebiscito. Pío IX aplazó el Concilio sine die y rechazó una propuesta de trasladarlo a Malinas.b) Aceptación de los decretos. Las definiciones conciliares fueron acogidas por los fieles no sólo con obediencia sino, salvo raras excepciones, con gran alegría. Los prelados que durante los debates conciliares se habían manifestado contrarios a la proclamación solemne de la infalibilidad la acogieron igualmente. Cuatro cardenales que no habían participado en la sesión pública final (Rauschen, Schwarzenberg, Mathieu y Hohenlohe) redactaron en seguida una profesión de fe, que entregaron personalmente al Papa. Dupanloup, apenas llegado a su diócesis, redactó una pastoral comunicando a sus fieles la proclamación del dogma y envió una carta de adhesión a Pío IX. De modo análogo actuaron los demás prelados franceses. El último en adherirse a la definición conciliar fue Gratry que, en su lecho de muerte, y ya en 1871, emitió una confesión de fe en carta dirigida al arzobispo de París. En Alemania, por sugerencia del arzobispo de Colonia, los prelados, reunidos en Fulda, redactaron una pastoral en la que se defendía la validez de las declaraciones del Concilio; cinco se abstuvieron, pero no tardaron en rectificar su posición. En el Imperio austro-húngaro hubo más dificultades. Dos cosas acabaron, no obstante, de decidir a los reticentes: las diversas intervenciones del card. Rauscher recordando que un Concilio regular no podía equivocarse y la réplica de Fessler -aprobada por el Papa- a algunas interpretaciones extremosas de Manning que disipó algunos equívocos. En en. 1871 todos los obispos austriacos se habían adherido al Concilio. Los de Hungría se sometieron poco después, salvo Haynald, que lo hizo en oct. y Strossmayer, que prolongó su rebeldía hasta diciembre de 1872.Sólo un reducido número de católicos, principalmente alemanes, que dio origen al cisma de los Viejos católicos, persistió en su rebeldía. Con la ayuda del canonista von Schulte, el inquieto Dóllinger trató de agrupar a los antivaticanistas. Antiguos discípulos de Günther y miembros de la escuela de Munich fueron sus primeros seguidores. A lo largo de 1870, se sumaron seguidores de Hermes y funcionarios y universitarios de Alemania del Sur y Bohemia. Un congreso celebrado en Munich en mayo de 1871 fijó las líneas básicas del movimiento. Dóllinger deseaba una actitud de protesta pero sin crear una comunidad cismática, pero la mayoría de los congresistas decidió erigir parroquias dando así origen al cisma. Al no contar con la adhesión de ningún obispo, acudieron a los obispos jansenistas cismáticos de Utrecht a fin de poder así constituir una nueva jerarquía (V. VIEJOS CATÓLICOS).Algunos gobiernos intentaron oponerse a los decretos del Concilio. Así, p. ej., Austria aprovechó la ocasión para denunciar el Concordato con la Santa Sede; Suiza expulsó de su territorio a dos obispos (uno era el mencionado Mermillod) y 84 párrocos. Años después (1874) Bismarck publicó una carta circular dando un sentido equivocado a las declaraciones del Concilio, lo que motivó una declaración colectiva del episcopado alemán alabada por Pío IX, en la cual se defendía el genuino sentido del Concilio (Denz.Sch. 3112-17).L. M. ENCISO RECIO.
BIBL.: Fuentes: Mansi; Collectio lacensis, VII, Friburgo de Br. 1890; F. CECCONI, Storia dei Concilio Vaticano scritta con i documenta originali, 4 vol., Florencia 1873-79; CARBONERO Y SOL, Crónica del Vaticano r, 4 vol. Madrid 1869-70; L. DEXON, Diario del Concilio Vaticano 1, Madrid 1962; F. GUEDON, Autour du Concile du Vatican, París 1928; M. MACCARRONE, Il Concilio Vaticano I e il "Giornale" di Mons. Arrigoni, Padua 1966; E. MORENO CEBADA, El Santo Concilio Ecuménico del Vaticano,
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