Toros, Fiesta de II. Toro de Lidia.
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Varios
Es el toro específicamente bravo, cuyas reacciones, generalmente ofensivas y a veces defensivas solamente, permiten desplegar ante los ojos del espectador las posibilidades artísticas de la fiesta nacional en España (v. I). La bravura del toro es una función económica, como la leche de la vaca o el trabajo del buey. El toro de lidia es resultado de un proceso selectivo que dura más de 200 años. Primitivamente, era un animal arisco, al cual se consigue dotar después de un instinto agresivo, que culmina en la bravura. Más tarde se le añade una saludable nobleza. Quizá en estos últimos tiempos se haya abusado un poco de tal ingrediente, pero los ganaderos españoles son los escultores de sus propios toros, fácilmente moldeables, por lo que en cada momento los criadores (v. III) obtienen lo que se proponen como más conveniente a la fiesta, siempre en perceptible evolución.La vida pública del toro en el ruedo, limitada a 20 minutos, es suficientemente conocida; pero no así la vida privada, o sea, el tiempo de preparación, desde el nacimiento hasta que sale por la puerta del toril. A esta vida privada se han dedicado algunos libros.1. El semental. La bravura, que no se pesa como la leche de la vaca, ni se mide como el trabajo del buey, es una cualidad frágil y sutil. El ganadero ha de vigilar para que no decaiga la buena marcha de su ganadería, que se cifra en el acrecentamiento, o al menos la conservación de la bravura. Para esta buena marcha, el semental es una pieza fundamental. Apareado, p., ej., con 60 hembras, no solamente influye como 60 veces una vaca, sino que actúa todos los años, y cuanto más mejor, mientras que las hembras barbechean más o menos, es decir, no crían todos los años.El semental se elegía por el tipo, padreaba uno o dos años y se lidiaba después, como un toro corriente. Una mejora fue la tienta del semental, es decir, el someterle a prueba. Sin embargo, se estimaba apriorísticamente que, pasados los cinco o seis años, decaía su valor como raceador y entonces se jugaba como novillo. Todavía se utilizaban toros de la propia ganadería, a los cuales no se daba gran valor. El cruzamiento no se concebía entre los criadores, porque cada cual creía tener lo mejor. Algunas experiencias han hecho cambiar de sistema; el cruzamiento absorbente empieza a ponerse de moda en todos los cerrados, y de una selección que no admitía cruzamiento, se pasa a un cruzamiento que se olvida de la selección. Un buen semental ya no lo es por bonito ni por bravo, sino por dar buenos hijos. Por tal razón, constituye un timbre de orgullo para un ganadero dejar que los sementales se mueran de viejos, a los 18 o a los 20 años, pues esa larga permanencia es el mejor indicio de su carácter funcional.Actualmente, para elegir un buen semental se tienen en cuenta la bravura, la reata, el tipo y la finura. El semental permanece junto a las vacas (v. VACA) durante unos cuatro meses: en el centro de España, a partir de abril, y en Andalucía desde enero, por la diferencia de clima. Cada uno debe permanecer solo con su lote de vacas, para saber luego con certeza la filiación de los productos. Antes se echaban a padrear varios toros a la vez, con objeto de uniformar la camada, en cuanto a fechas de nacimiento; pero como la temporada taurina dura ocho meses, este detalle carece de importancia.2. Las vacas de vientre. Como los toros son la manifestación externa de la ganadería, o sea, que el aficionado conoce a la ganadería por los toros que saca, necesariamente las vacas inspiran menor interés, no justificado, ya que en frase dé un vaquero "las vacas dan toros y los toros no dan vacas". Esta frase, al pronto perogrullesca, no deja de tener su intención. Antiguamente se creía que las vacas bravas barbecheaban forzosamente, es decir, que daban cría un año sí y otro no. Después se vio que esto era cierto para las vacas no bien atendidas, excesivamente cerriles, que solamente comían lo que buenamente podían recoger del suelo, pero que, en cambio, teniendo las vacas gordas se conseguía que parieran, si no todos los años, al menos dos veces en cada tres años. Las vacas se echan al toro a los tres años y pueden vivir hasta los 15, como término medio, es decir, en 12 años deben dar ocho crías, por lo común machos y hembras por igual. Sin embargo, algunas machean preferentemente y corren más riesgo de ir al matadero, puesto que, como dijimos para el semental, una vaca es buena en tanto que da buenos toros. Las hembras de esta clase paren teóricamente en las mismas fechas de cada año, puesto que la preñez dura nueve meses (un poco más en las jóvenes, y lo contrario en las viejas), y el celo reaparece a los dos o tres meses. El estado de gravidez es poco perceptible, hasta que está próximo el parto, y los signos precursores son los clásicos. A las vacas primerizas se les distingue mejor la preñez. Para alumbrar escogen un sitio resguardado del frío, apartado, intrincado si es posible. Cada vaca sigue su costumbre y, dentro de la misma finca, cada una tiene su lugar adecuado para el parto, en el cual la vaca de casta no precisa ayuda.Una vaca recién parida es peligrosa por el temor que siente de que le arrebaten la cría. Si pierde a ésta, su instinto maternal la impele a dejarse mamar por un becerrito glotón, que como también recibe alimento de su auténtica madre se cría, por eso, muy robusto. Si la madre muere, se busca para nodriza del becerro a una vaca mansa, que esté criando, a la cual se la desternera, es decir, se mata a su propia cría, porque vale menos. Para que se deje mamar por el becerro de casta, se unta de sal a éste para que, lamiéndole, la vaca mansa le tome cariño, o se le recubre con la piel de la cría muerta, lo que se llama "empellicar". Estas manifestaciones del instinto maternal son enternecedoras, pero participa más de este carácter la defensa que organiza un hato de vacas paridas, ante el lobo agresor, a base de colocarse en círculo, formando un bosque de cuernos en el interior del cual quedan las crías. Si hay bueyes, coadyuvan a la defensa, alertando con el ruido de sus cencerros.3. El herradero. Después de mamar durante ocho meses, el becerro pasa al herradero, donde adquiere su personalidad. Hasta entonces, no era más que la reata de su madre, pero a partir de ese día tiene nombre, número, marca y señal, y, por tanto, puede ser inscrito en los libros de la ganadería.El herradero suele ser operación de invierno. No conviene hacerlo hasta que lo pide el estado de la cría; si se adelanta, los becerrillos no están lo suficientemente gordos y fuertes, porque la lactancia no ha sido completa. Si se retrasa, agotan a las madres y ocasionan disgustos a quienes ayudan al personal de la casa a coger los becerros. Esto sin contar con que una madre puede juntarse con dos rastras, o que los machitos más adelantados tomen algunas vacas, que dan crías extemporáneas de padre desconocido.El corral de herrar es de reducidas dimensiones. Comunica con una especie de chiquero, en el que están apartados ocho o diez becerros. Cuando se abre la puerta, sale uno de ellos, al cual se le permite dar unas carreritas, buscando la salida. Los mozos salen al centro del corral para llamar la atención del choto con voces y palmadas. Cuando pasa el animalito sorteándoles, tratan de cogerle. Lo natural es que se incomode e intente acometer, con lo cual indica ya su bravura. Mientras tanto, menudean los golpes, las caídas y las bromas, pues el herradero es, respecto a la tienta, como las charlotadas en relación con la corrida formal. También hay un arte de coger becerros.El momento de mayor sufrimiento para el animalito es cuando el mayoral, con una afilada navaja, le hace unos cortes en la oreja, para marcarle la señal de la ganadería; el ayudante del mayoral corta el rabo a nivel de la última vértebra; el ganadero, con alguna persona de su confianza, le pone el número con unos hierros candentes y, en el sitio de costumbre, también con un hierro candente, la marca de la vacada. La operación de suprimir unos pedazos de oreja se llama fañar. Con un reducido repertorio de cortes pueden hacerse infinitas señales, a base de combinarlos dos a dos. La señal se hace para que unapersona analfabeta sepa de quién es cada toro. Personalmente, creemos que el motivo es aliviar la congestión del becerro ante tantos malos tratos. Cuando se termina de aviarle, se le junta con los demás, ya herrados, y a los pocos días se apartan las hembras de los machos. Separados unos y otros de las madres el día anterior, con motivo del destete, ya no deben juntarse con ellas.4. Tienta en plaza. La tienta, que es la prueba de la bravura, puede hacerse en campo abierto o en plaza, y se practica para los machos y las hembras. Lo más corriente es que la tienta en campo abierto sea la de los machos, y la tienta en corral, la de las hembras. Sin embargo, muchas veces se acude a tentar a los machos en plaza, para elegir futuros sementales, y eso aun en el caso de que hubieran sido probados en campo abierto. Como la bravura se calibra por el tercio de varas, la tienta no tiene más objeto que anticipar, para el becerro, la práctica de ese primer tercio, para ver lo que hace, como síntoma de lo que es y de lo que haría en la plaza el día de mañana, si fuera lidiado. Las fincas importantes tienen plaza de tentar, de unos 25 m. de diámetro, con burladeros y asientos, y las dependencias anejas de majada, corrales, chiqueros, corral de herrar, mueco, pasillo para encajonar, etc. Cuanto mayor es la plaza más se lucen los becerros bravos.La tienta consiste en aplicar a las hembras de la camada el primer tercio, especialmente la suerte de varas, y se deja para un discreto segundo término el toreo a pie. Antiguamente, sólo se toreaban, por diversión o entretenimiento, las vacas desechadas. A las bravas se las lanceaba lo indispensable, y solamente para ponerlas o quitarlas del caballo. Hoy puede decirse que muchas veces los picotazos del picador a la becerra son como el motivo para que los diestros de categoría que asisten a la tienta se harten de torear. La tienta de machos es una operación más seria. Generalmente se prueban seis por cada semental que se busca, y fuera de esta aplicación, la tienta de machos en corral no se practica, con el fin de que no aprendan demasiado para cuando se lidien el día de mañana. Las diferencias entre la tienta de hembras y de machos, en plaza, son fundamentales; en la segunda hay invitados. Ni los aficionados ni los toreros conocidos intervienen, y la faena, estrictamente profesional, se realiza con el picador y dos o tres toreros modestos y veteranos, que se limitan a ejecutar las órdenes del ganadero.El ideal es que el becerro, de dos años de edad, no vea el capote, por cuya razón él solo tiene que ponerse en suerte, a lo cual ayudan los peones asomándose fuera del burladero, haciendo ruido para llamar la atención, recortando a cuerpo limpio o valiéndose de una varita. La razón de estas precauciones es que los cinco machos no elegidos para semental deben quedar en condiciones de lidiarse el día de mañana, sin haber perdido lo que se llama virginidad para la lidia. Si alguno, por una u otra razón, es toreado, no debe enviarse a la plaza, a fin de no correr el riesgo de que diera mal juego, a causa de la experiencia adquirida durante la tienta. Algunas veces, ya elegido el semental, se le torea para ver cómo acude. Esta prueba es sólo complementaria, pero no decisiva. Lo importante es la forma de tomar las varas, limitándolas a ocho o diez, para evitar que se desgracie.5. Acoso y derribo. A los machos se les puede probar en plaza o en campo abierto. El toro es, de ordinario,. en cualquiera de sus edades, un animal pacífico, que no acomete más que cuando se le excita. Para la tienta en corral, se saca al animal de su careo, se le encierra en los corrales, se le separa de sus compañeros y se le recluye solitario en un chiquero. En la tienta en campo abierto no hay esa preparación; pero, para que el bicho se irrite, se utiliza el acoso y derribo, como trámite previo. Para ello, el par de garrochistas (collera) aparta sigilosamente a uno de los becerros, el cual, en unión del resto de la camada aún sin tentar, permanece sujeto por los vaqueros en el rodeo, que es un sitio a contraquerencia.Los dos caballistas arrancan tras el becerro. El que ampara va más delantero, a la altura de la cadera izquierda del eral, procurando que éste lo vea lo menos posible. Al principio, la res sale indecisa, sin saber qué dirección tomar. Los garrochistas procuran que corra por el sitio debido, pero sin apretarle, hasta ver si fija la querencia. Esto se nota en que el bicho corre por derecho y aligera el paso, como para huir de quienes le persiguen. Entonces, el que ampara se acerca al becerro por detrás, sin rebasarle, para evitar que tuerza a la otra mano, o sea, a la derecha, que es el lado del caballista que va a soltar, el cual también aligera el paso de su jaca, para impedir el viraje del becerro. En ese momento, las tres trayectorias son rectas y paralelas; en seguida llega el instante en que el eralillo está realmente acosado, lo que se nota en que empieza a aflojar la velocidad. En efecto, al principio el toro corre más que los caballos, pero como no trata de alterar esa marcha, que desea llevar siempre al máximo, se fatiga, porque no puede resollar en la debida forma, en tanto que los jinetes reservan sus caballos para el momento decisivo. Al ver que el toro afloja la marcha, la collera aguanta sus monturas, para que se distancie, haciéndole creer que se aleja de sus perseguidores porque corre más que ellos, y, así, sin dejarle refrescar, siguen no muy cerca de él donde está preparado el caballo de tienta, final del corredero, en donde la echada es casi segura.Cuando llega esa oportunidad, el que ampara, achuchando al becerro o dándole una voz, pero dejándose ver lo menos posible, le obliga a un cambio de dirección muy leve, de tal modo que la nueva trayectoria forme con la prolongación de la antigua un ángulo muy agudo. En ese momento, se dice que el becerro da la echada. Este imperceptible cambio en la marcha supone una disminución de velocidad y una ligera indecisión, aprovechadas por el caballista que suelta, el cual se habrá retrasado unos 20 m. para lanzar entonces su caballo a toda velocidad, formando su trayectoria un ángulo muy obtuso con el de la res, por el lado derecho, y acercándose tanto a ella que la pierna de ese lado debe pasar junto a los cuartos traseros del eral, al cual derriba clavando el pincho de la garrocha en el extremo de la palomilla, para que toda la fuerza viva de la carrera de la jaca se transmita por el palo. Esa fuerza, cogiendo de través al animalito, es suficiente para hacerle perder el equilibrio, con lo cual rueda con las cuatro patas por alto. Si el becerro es bravo, se levanta furioso, y entonces se pone frente a él el picador profesional para propinarle dos o tres puyazos. Los quites y la preparación de la suerte corren a cargo de la collera, en un lucidísimo toreo a caballo. Si el toro es manso, se levanta y sigue corriendo, como si nada hubiese ocurrido; en ese caso, la collera cambia los papeles y es derribado de nuevo, para ver si por fin se incomoda o no.El espectáculo, magnífico, sugestivo e impresionante, transcurre en un bello escenario y la operación resulta rica en matices. Criado a su aire, el toro bravo alcanza su plenitud física a los cinco años. Tan es así, que loscuatreños de escasa importancia en septiembre, sin recibir grandes cuidados, en mayo del año siguiente están desconocidos, por lo mucho que han crecido y enreciado. Como la espera a que el animal tenga cinco años supone mucho tiempo para el ganadero, se ha ensayado la fórmula de lidiarlos con cuatro años y cinco yerbas (con una primavera más), es decir, a los cuatro años y medio, a base de dar pienso, en poca proporción en el último invierno, para que no pierdan peso, y dos o tres meses antes de su lidia, a fin de que se pongan en forma, por el estado de carnes y el poder. Se puede transigir con este sistema, pero no es admisible lidiar utreros (novillos) por toros, a base de una alimentación con piensas compuestos y una reclusión en pequeños recintos, transformando la recomendable vida selvática del toro en una reglamentada crianza doméstica, como si fuese a optar a un premio por su rendimiento en carnes. La falta de equilibrio entre el soporte y la sobrecarga es origen de diversos inconvenientes.6. Alimentación. Hace años, el t. se criaba por el libre juego de los pastos naturales. En primavera comía con gula (de ahí esa gran barriga con que se le representa en las láminas clásicas); en verano se sostenía, según los vaqueros, aunque no había tal cosa: lo que sucedía es que, habiendo salido muy gordo de la primavera, conservaba el bulto, pero no el peso, porque vivía a costa de la grasa de infiltración de sus tejidos. En otoño se recuperaba un poco de la pérdida estival, y en invierno pasaba hambre, engañándola con un poco de paja o unos puñados de heno, hasta que en primavera se desarrollaban la vegetación y el apetito, es decir, los toros se alimentaban cuatro meses al año y ayunaban el resto; pero, con lo que comían del suelo, las reservas y la crez, a los cinco años estaban en condiciones de ser lidiados.Como este programa era demasiado primitivo, los ganaderos procuraron que los toros ganasen siempre peso, o al menos no lo perdiesen. Al efecto, en diciembre y enero, se les ayuda con un piensecillo; en febrero y marzo, pastan los alcaceles; en abril, mayo y junio, pacen la yerba natural, tan abundante entonces. A fin de junio, el toro está en toda su pompa; pero como en esa fecha el pasto seco no alimenta apenas, se les vuelve a dar pienso, ya más en serio, durante dos o tres meses, hasta el momento de la lidia. El pienso clásico consiste en habas y avena, a razón de una cuartilla por barba, repartida, por partes iguales, en dos o tres veces y envuelta con paja de trigo o legumbres a discreción; con él aumentan su peso en canal, al día, en unos 800 g. En general, el pienso produce más sebo, endurece la carne y da fuerza y resistencia. Las habas son recomendables por su riqueza en proteínas, y la avena porque es refrescante y despierta el apetito. También se emplean, como pienso: veza, algarrobas, guisantes, cebada, centeno, maíz, almortas, bellotas, etc. El pienso es para suplir la falta de yerba o para sobrealimentar, correspodiendo a los conceptos clásicos de ración de sostenimiento y de producción.Modernamente, la cría del toro ha perdido casi totalmente ese carácter selvático, que le iba muy bien, y se transforma en una preparación doméstica, a base de ahorrar esfuerzos, defenderles del frío, incluso con tenados, y suministrarles piensos compuestos, de fórmulas científicamente establecidas para el engorde, con vitaminas, correctores, etc., con lo cual el engorde, practicado desde los dos años, es tan efectivo que se lidian utreros porque si no adquirirían un tamaño descomunal. Los piensos compuestos son vituperados por los aficionados, y en esto está su mayor elogio, porque estiman que sus resultados son maravillosos, aunque propendan a hacer del toro de lidia un animal de carnicería, que es una función económica a desarrollar por otra clase de ganado (v. TORO I).7. El encierro. Cuando llega el momento de embarcar una corrida, la primera operación es apartarla, para lo que son suficientes dos vaqueros. Los toros en el rodeo no extrañan nada, y la actitud de los jinetes, tan conocidos, onduleando entre la piara, no tiene nada de intranquilizadora. Los toros se separan uno a uno. Basta un achuchoncillo para que trote y se junte con el cabestraje, que está cercano. Igual se practica con los cinco restantes. Tras un ratito de espera, para que se hermanen con los bueyes, la conducción se pone en marcha. Va delante, p. ej., el ayuda de mayoral, que es quien mejor trabaja con los bueyes, posiblemente domados por él. Los bueyes son de varias clases: de caballo, siete, p. ej., que van tres a cada estribo y uno en la cola del caballo; de tropa, que caminan revueltos con los toros, y de cola, uno o dos más torpones, cerrando marcha. En total, 12 ó 13. Los cabestreros guardan los costados del tropel que forma el ganado, o marchan delante de los bueyes de estribo. Componen la zaga el mayoral, el ganadero y quizá algún íntimo de la casa.La conducción es hasta ahora completamente normal, como uno de tantos cambios de careo o, simplemente, una pequeña caminata para hacer músculos. Sin embargo, el que guía se orienta hacia los corrales. Cuando se aproximan, se procura que el ganado forme pelotón. Al llegar a la manga, se inicia un trotecillo, que aumenta poco a poco hasta hacerse galope. Cuando los toros se quieren dar cuenta, se encuentran prisioneros en la clásica majada, solamente acompañados del cabestraje, porque el ayuda desapareció por una puerta lateral y los demás no entraron. Este encierro campestre es una nota de intenso colorido, pero no tiene la emoción con que, hace ya bastantes años, se presenciaban los encierros, que tenían por objeto meter los toros en los corrales de la plaza de una capital y, sobre todo en los pueblos, en donde el vecindario acudía a estorbar con el deseo de que hubiese escapatoria. En este caso, además de los caballistas se reforzaba el personal de plantilla para tener a raya en lo posible, a fin de evitar desgracias, a los arriesgados espectadores de a pie, que ocupaban con cierta exposición los sitios estratégicos. Son famosos los encierros en Pamplona, durante las fiestas de S. Fermín.8. El encajonamiento. Se realiza con facilidad. Los toros, acompañados de los bueyes, se sienten a disgusto en la majada por lo reducido del espacio; por ello se alegran al ver que la puerta del fondo se mueve; entran por el hueco los bueyes más listos, que son los de caballo, y algunos de los que se llaman porteros, por lo bien que toman las puertas. Los toros se encuentran ahora en un corral grande, pero menor que la majada. Se abre otra puerta que comunica con ’el corral de apartar, que está cruzado por una pasarela, por la cual van y vienen un par de hombres armados con largas varas, provistas de pincho, a las que denominan llamaderas, mediante las cuales avisan al ganado. Casi todos los bueyes han desaparecido por una u otra puerta. Tres de los pocos que quedan como acompañantes de los toros penetran en fila india por otra puerta, que apenas se entreabre. Tras ellos va uno de los toros. Otro le sigue, menos voluntario, pero a éste no le dejan pasar la puerta; aún no ha llegado su turno. En el chiquero, o sea, en un espacio agobiantemente reducido, queda el primer toro, furioso al verse prisionero y al sentirse aislado de sus compañeros y de los bueyes.Al abrir la puerta que comunica con un largo pasillo, el bicho se precipita por él. Después de descubrir lugares cada vez más estrechos, vislumbra un corredor, que no sabe dónde acaba, quizá en el verde prado, debe pensar. No importa que esté cuesta arriba y medio a oscuras, porque al final se ve algo de luz. Pero cuando se da cuenta que no hay salida y quiere retroceder, ya es tarde, porque una compuerta de madera ha caído a sus espaldas y está materialmente enjaulado. Junto a la compuerta posterior manipulan unos hombres tratando de asegurarla con barras y chavetas lo mejor posible; aún están abiertas las trampillas del techo, y el toro inútilmente las cornea. Al fin, le cierran también esos tragaluces, y el camión, donde está el cajón o jaula en que ha sido encerrado el toro, maniobra para poner frente al pasillo el cajón segundo, en el cual entra con facilidad el toro siguiente, continuándose así la operación con los demás.Hubo un tiempo en que el ganado se conducía por vereda a las plazas; tardaba cuatro meses desde Sevilla a Bilbao. Después se construyeron los encerraderos, a los cuales se llevaba la corrida con los bueyes y el personal, de la forma que indicábamos en el encierro; una vez embarcada, regresaban los vaqueros y el cabestraje, excepto los toros, que quedaban enjaulados, y el mayoral, que viajaba con ellos. Arrastradas por la yunta, las jaulas se conducían al muelle de la estación inmediata del ferrocarril. Superadas las épocas de la vía pecuaria y del carril, se utiliza el transporte por camión desde la ganadería hasta la plaza; los ganaderos tienen sus jaulas y encerraderos propios, y así es como se transportan normalmente los toros hoy día.V. t.: TORO I.L. FERNÁNDEZ SALCEDO.
BIBL.: J. M. DE Cossfo, Los toros, I, Madrid 1943; J, BELLSOLÁ, El toro de lidia, Madrid 1912; A. VERA, Ganadería brava, Madrid 1945; L. FERNÁNDEZ SALCEDO, La vida privada del toro, Madrid 1955.
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