Tolerancia I. Introducción. ÉTICA
Categoria:
Ética
T., del latín tolerare -soportar, sufrir, sostener, llevar-, es un término cuyo significado está matizado por los diferentes adjetivos. El uso común se refiere a la t. como una disposición subjetiva, con las implicaciones prácticas subsiguientes, de indulgencia y comprensión hacia el modo de pensar o hacia hechos que contradicen las propias convicciones o bien lesionan derechos propios. En un sentido más específico la t. implica un contenido moral en cuanto hace relación a permitir algún mal (v.) cuando existen razones proporcionadas. Se aplica tanto al mal en un orden práctico, es decir, al vicio o pecadd, como al mal en el orden especulativo, o sea, al error.En el lenguaje ordinario la t. se refiere a veces no sólo a las personas que están en el error sino al error en sí, pero ambos supuestos son radicalmente distintos, entrando en juego conceptos tan amplios como el derecho de la verdad y del bien, la libertad, etc. Es decir, mientras la t. con las personas puede ser lícita y a veces conveniente, en cambio en ningún caso puede ser lícita la t. y menos la aprobación del error o del mal moral (v. IV). En relación con ello está la distinción entre t. dogmática y t. práctica. La primera puede proceder de una actitud de indiferentismo (v.), en el sentido que se tolera cualquier opinión, situación o hecho, porque todas se consideran de igual valor en relación con la verdad y el bien; pero esto, evidentemente, no siempre es así, y, por tanto, no es moralmente lícita la t. dogmática respecto a verdades evidentes de la razón o de la Revelación divina. La t. práctica tolera el error o el mal, sabiendo que son tales y sin aprobarlos mínimamente.Puede decirse por eso que la t. hace referencia al tema del mal menor (v.): de ahí que, en cuanto tal, prescinda de la buena o mala fe del sujeto; se tolera algo no ya porque se piense que quien está en el error o comete un mal es subjetivamente irresponsable, sino porque independientemente de la responsabilidad moral de quien así actúa, se prevé que en el caso de prohibir esta actuación se seguirán mayores males para la sociedad en conjunto, es decir, para el bien común (v.). La t. hace, pues, habitualmente referencia a la autoridad y, específicamente, a la prudencia política que debe regir la tarea de gobierno.Conviene también añadir que no es lo mismo tolerar que permitir. En el primer caso aquel mal o error que se conoce no se impide cuando se podría hacerlo. Permitir, sin embargo, es autorizar algo con consentimiento formal positivo. Repitamos que uno de los más graves errores en relación con la t. es la concepción subjetiva que niega la existencia de ciertos criterios estables de verdades, bienes o valores, bien por agnosticismo o escepticismo, bien por un indiferentismo respecto al valor de todas las creencias. El verdadero sentido de la t. presupone, por el contrario, el reconocimiento de una desigualdad objetiva entre dos cosas, una positiva y otra negativa, siendo esta última simplemente tolerada. Por eso la t. no es una virtud en sentido estricto, sino algo que surge en el ejercicio de la virtud de la prudencia; su existencia no se origina de unos pretendidos derechos del mal o del error: la verdad y el bien se mantienen como valores permanentes, aunque en la práctica se adopte una actitud flexible.Son importantes estas precisiones porque la t. es muy distinta de la permisividad, tal como ha sido planteada por algunos autores contemporáneos y que parte de una consideración amoral de la vida humana, y especialmente de la vida de la colectividad, y que cuaja en la negación del fin ético de la sociedad. La permisividad así entendida pone en peligro la existencia de la sociedad misma, al vaciarla de todos los valores, aun de los más elementales. Una sociedad permisiva invita a todos los ciudadanos a encerrarse en el más completo egoísmo, en la mera satisfacción de sus intereses personales, con olvido de sus deberes sociales.Siendo difícil una sistematización precisa del tema se estudia a continuación tanto en el aspecto jurídico, civil y eclesiástico (v. II y III), como en el estrictamente moral (v. IV).F. MARTINELL GIFRÉ.
BIBL.: V. la incluida en II y IV.
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