Sucesión Apostólica HIST.
Categoria:
Historia de la Iglesia
1. Noción. Con la expresión s. a. se indica en teología que los Apóstoles (v.) no constituyen en la historia de la Iglesia una figura o institución aislada, propia de la primera época del cristianismo, sino que, por voluntad de Cristo, estaban destinados a tener sucesores: los obispos, sucesores de los Apóstoles; el Romano Pontífice, sucesor de S. Pedro. Precisando más el concepto, podemos añadir lo siguiente:a) Hay en los Apóstoles algo único e irrepetible: el haber convivido con Cristo durante su vida terrena y haber sido testigos de su Resurrección -o al menos esto último, como en S. Pablo-, y haber sido constituidos, por consiguiente, en primer eslabón que, contando con una especialísima asistencia del Espíritu Santo, transmite la Revelación (v.) a la comunidad cristiana. Ahora bien, nada impide, en cambio, que la misión confiada a los Apóstoles pueda ser transmitida a otras personas que les sucedan; más aún, en esa misión está implícita su transmisión. Esas personas, obviamente, no serán Apóstoles, en el sentido preciso que el término tiene en el N. T., sino sucesores de los Apóstoles. Como escribe Schmaus (o. c. en bibl. 144-145) "al hablar de sucesión apostólica se alude a la pervivencia del poder de predicar y de administrar los sacramentos y del poder disciplinar dentro de la Iglesia, pero no a la pervivencia de los Apóstoles en cuanto tales".b) La idea de s. a. implica, pues, en primer lugar, la pervivencia de una misión. Pero indica algo más: que esa misión pervive a través de una transmisión realizada de persona a persona, de modo que cabe trazar una línea histórica que une a la Iglesia actual con la apostólica. La Iglesia es por eso apostólica no sólo porque en ella pervive la doctrina y la praxis de los Apóstoles, sino por una apostolicidad de sucesión, es decir, porque se ha dado -como consecuencia de la voluntad fundacional de Cristo y de la asistencia del Espíritu Santo- una ininterrumpida sucesión de pastores y maestros (v. IGLESIA 11, 5). El tema de la s. a. se relaciona así muy estrechamente con el del sacramento del Orden (v.) y con el de la estructura sacramental de la Iglesia.Precisado así el concepto vamos a continuación a examinar la idea de sucesión en las fuentes precristianas para señalar luego la peculiaridad que tiene en el N. T. como sucesión de Cristo a los Apóstoles y de éstos a sus sucesores.2. La idea de sucesión en las fuentes precristianas. Aunque en el contexto cristiano del apostolado la idea de sucesión tenga características propias, en sí la noción es anterior. Analicemos esos precedentes, que pueden ayudarnos a comprender el alcance de los textos neotestamentarios, ya que estuvieron al alcance de sus redactores (para una mayor documentación de cuanto decimos a continuación, cfr. A. Javierre, El tema literario..., o. c. en bibl.).a) En el ámbito del helenismo la sucesión (diadojé) tiene antecedentes antiguos, pero adquiere especial relieve en torno a la figura de Alejandro Magno (v.), considerado como el paradigma que regula la transmisión de la autoridad. Así lo proclaman los biógrafos antiguos en todos sus enfoques de sucesión individual o colectiva, de transmisión electiva o bien hereditaria. Esa teoría helénica influye sobre todo el mundo antiguo, sin excluir la Roma imperial, no obstante sus reservas institucionales. El tema sucesoreo no se limita por lo demás a la autoridad, sino que la célebre serie de filósofos antiguos certifican la vigencia del tema en el campo de la doctrina. Su proyección alcanza también la magia (v.), la astrología (v.) y el hermetismo (v.).Desde el punto de vista de la estructura temática, la sucesión es expresada con frecuencia refiriéndose a las lampadoforias o competiciones celebradas en honor de Minerva, Vulcano, Prometeo, etc., y en las que se transmitían las antorchas. Son muy abundantes las referencias procedentes de historiadores (Heródoto, 8,98), poetas (Esquilo, Agamenón, 313; Aristófanes, Las Ranas, 131), filósofos (Platón, Las Leyes, 6,776 b; Aristóteles, Física, 5,4); tampoco faltan transposiciones, tanto poéticas (Lucrecio, De rerum natura, 2,78: "et quasi cursores, vitai lampada tradunt"), como utilitarias (Heródoto, 8,98; Jenofonte, Ciropedias, 8,6,17 y Anábasis, 1,5,2; Aristóteles, De Mundo, 6; Arriano, Cynegética, 24-2). Analizando los textos se descubre un esquema de tres componentes: la serie continua de protagonistas (elemento personal); el depósito transferido de mano a mano (elemento real); el ritmo de transmisión (elemento formal), supuesta la analogía entre sujetos y la continuidad del objeto. La finalidad de ese complejo organismo se cifra en la conservación del depósito a hombros de los depositarios. Cristaliza en una fórmula estupenda, de gran audiencia en el mundo antiguo: "paradosis kata diadojen", tradición según la sucesión,b) En el ámbito del judaísmo se observan matices diversos entre judaísmo helenístico, literatura rabínica, etc. La temática sucesorea gravita prevalentemente en torno a la realeza (con modulaciones típicas en el patriarcado y el caudillaje), al pontificado (sacerdotes y sumos sacerdotes) e incluso al profetismo. En cualquier caso, es Moisés (v.) el sujeto ideal para un estudio a fondo de la sucesión judaica. Se trata de una figura cuya densa polivalencia ministerial (caudillaje, legislación, profetismo e incluso realeza y pontificado) da lugar a una amplia panorámica a la hora del relevo. Por eso, la sucesión mosaica ofrece un cuadro de riqueza temática incomparable. Una nota común hermana todos esos conceptos: la perennidad de la función mosaica comporta inevitablemente la sucesión de Moisés; para no dejar la empresa en suspenso es necesario un relevo cuando falta la figura originaria. Los textos cristianos reflejan esas ideas y modelos literarios pero aplicándolos a una situación nueva: la que supone la realidad de Cristo muerto y resucitado, y la transmisión del depósito de la fe y de los sacramentos y la sucesión en el ministerio que de Él deriva. Como datos que reflejan esa temática sobre la sucesión descuellan: la posteridad, supuesta la desaparición del antecesor; la sustitución en el ejercicio personal del cargo; la analogía, que compromete, a la vez, depósito y depositarios. La Epístola a los Hebreos (7,23-24) resume estupendamente el juego de la diadojé primitiva: concebida como un medio de obtener la perennidad de un ministerio, no hay sucesión donde es inmortal el sujeto (como acaece con Cristo, sacerdote eterno); debe haberla, en cambio, cuando una función perenne reposa en manos caducas.Cerremos este apartado diciendo algunas palabras sobre la expresión literaria con que suelen ser formuladas esas ideas. Son dos los enfoques más característicos:1°) El primero presenta la sucesión como hecho histórico. Así la literatura judía vierte en series unidas con laSUCESIÓN APOSTÓLICAexpresión "ant’autou" (en lugar de) la pervivencia concreta de un individuo escogido por el Señor "para siempre": "El rey X (léase David, Salomón, Roboam, etc.) se durmió con sus padres y fue sepultado. Su hijo... Y... reinó en su lugar" ("ant’autou"). Idéntico esquema se usa para la sucesión del sacerdocio y del profetismo. Los escritores helenísticos prefieren apoyar la permanencia de la tradición o paradosis en el mecanismo de la sucesión: regnum post multos deinde reges descendit ad Astyagen per ordinem successionis (Just., 1,4,1).2°) Otras veces la sucesión se presenta todavía en fase de proyecto. Reviste así una forma testamentaria, que aparece tanto en la literatura helenística ("Tiberium Neronem delegit ne successor in incerto foret": Tácito, Anales 3,56,3), como judía (Num 27,19-20). Otras veces, en esta última, tiene un enfoque rigurosamente profético: "Yo te daré a ti y a tus descendientes para siempre esa tierra que ves" (Gen 13,15). La misma estructura a propósito de la realeza (Dt 17,20) y del sacerdocio (Dt 18,5; Num 18,7; etc.).Como variantes estilísticas cabe mencionar la sustitución de los tecnicismos mencionados por otros vocablos sinónimos ("orden genealógico de los descendientes", etc.), o el empleo de expresiones que, sin afirmar expresamente la idea, la implican ("testamento perenne", "la realeza ha permanecido", etc.).3. La sucesión apostólica. La validez universal que tiene el tema de la sucesión llevaría ya a afirmarla en el caso de la misión confiada a los Apóstoles. O en cualquier caso, a invertir el orden de la prueba: ¿por qué afirmar que en este caso no se da?, ¿pesan acaso dificultades insuperables para aplicarla al ministerio apostólico? Pero además los textos neotestamentarios son claros y explícitos, y la Tradición y el Magisterio han afirmado y definido esa sucesión. Analicemos el tema, desglosándolo en dos partes: la apostolicidad o envío por Cristo de los Apóstoles; y la sucesión de los Apóstoles o s. a. propiamente dicha.a) El envío de los Apóstoles. Desarrollemos nuestro estudio a modo de glosa de un logion fundamental: "como me ha enviado el Padre, así os envío yo a vosotros" (lo 20,21), que sitúa a Cristo en el centro del enviar, con la certeza de una simetría -"como"- en sus dos polos. La afirmación de Cristo como mandante es expresada en los escritos neotestamentarios con el verbo griego apostollein o su sinónimo pompein.En los Evangelios sinópticos el apostollein evoca el envío de Cristo por el Padre (registrado en el N. T. en tono parabólico, profético o bien histórico); y el que Cristo hace de sus propios ministros. Del conjunto orgánico surgen fuertes asimilaciones: "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió" (Mt 10,40; cfr. Le 10,16; y, en otro contexto, Le 9,48). El Evangelio de S. Juan abunda en las mismas ideas, alternando pempo y apostello. Cristo es enviado (3,17,34; 4,34; 5,36-38; 6,57; 7,18,33; 8,26: etc.) y mandante (17,18; 21,20) en continuidad perfecta con el Padre (13,16,20), cuya presencia (8,29: "el que me envió, está conmigo") y mensaje (7,16: "mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió") se dan en £1. El mismo esquema se encuentra idéntico fuera de los Evangelios (Cristo enviado: Act 3,20; 26,36; 1 lo 4,9,14; Cristo mandante: Act 22,21; 26,17; 1 Cor 1,17; Rom 10,15), con la adición de un detalle harto significativo: no sólo Cristo, enviado del Padre, manda a los suyos; éstos, a su vez, enviados por Cristo, mandan nuevos representantes suyos: el conjunto de los Apóstoles a judas y Silas;a Pedro y a Juan; a Pablo y a Bernabé; por su parte, S. Pablo manda a Timoteo, Tito, Eraston, Tíquico, etc. Un detalle nos detiene de intentar ya una síntesis: el término Apóstol es claro, pero a la vez tiene en el N. T. una cierta indeterminación. Por una parte se restringe a los Doce o a quienes (cfr. Act 1,21-26), habiendo convivido con Cristo y siendo testigos de su Resurrección, son mandados a evangelizar el mundo entero. Sin embargo, se aplica también, e indiscutiblemente, a S. Pablo (v.), que no convivió con el Señor. Por otra parte, entre los Doce y S. Pablo y otros (Silvano, Andrónico, Apolo) a quienes en el N. T. se les llama apóstoles, hay evidentemente gradación. Diversos autores han intentado una superación de la tensión que implican estos textos. Aquí preferimos volver a la simetría que afirma el logion del que hemos partido: "como me ha enviado el Padre, así os envío yo a vosotros"; y preguntarnos ¿cuál es el sentido exacto de ese "como"?El comparativo "como" . (kazos en griego, sicut en latín) aparece con frecuencia en S. Juan: a veces indica la conformidad entre la historia y su previsión (1,23; 6,31; 13,33; etc.); otras, la semejanza que aproxima acciones del mismo individuo (5,30) o la identificación entre Cristo y el Padre (17,21); otras, finalmente, afirma una proporcionalidad rigurosa (10,15; 15,4 y, sobre todo, 20,21). El sentido que tiene en este último caso es claro, ya que presenta caracteres muy acusados: existencia de continuidad orgánica de Mandante primero (el Padre), Mensaje (la Palabra del Padre) y Mandado-Mandante (Cristo, Verbo encarnado), y de semejanza entre los dos extremos del apostolado (entre el Padre y Cristo, por una parte, y entre Cristo y sus Apóstoles, por otra). Hay, pues, una continuidad estricta y a la vez desdoblamiento simétrico. Dios Padre manda a Cristo, que es así el Apóstol por excelencia (cfr. Hebr 3,1) y en cuanto tal único; y Cristo manda a sus Apóstoles, es decir, desdobla un apostolado en una pluralidad de enviados. Hay, de esa forma, una pluralidad de los Apóstoles, que participa de la unidad del apostolado. La actividad apostólica de Cristo pone en movimiento toda una constelación de apóstoles que participan de una manera simétrica de su dinamismo salvífico. No hay más que un organismo apostólico integrado por todos los enviados por Cristo. Y todo ello dentro de una analogía profunda: así como Cristo-Apóstol encarna el mensaje del Padre, así también los Apóstoles dan cuerpo a la palabra que es Cristo. El Padre habla a través de Cristo; Cristo transmite este mensaje por conducto de sus enviados.Llegados a este punto cabe arriesgar una síntesis: 1°) En la raíz de todo se encuentra el Apóstol por antonomasia que es Cristo, único enviado del Padre, exclusivo mensajero de la salud. 2°) En dependencia de Él sus enviados son Apóstoles en sentido fuerte, los ministros llamados a dar cuerpo a la acción apostólica de Cristo: todos ellos, y sólo ellos. Nada extraño tiene, por tanto, que el apostolado trascendente de Cristo se difracte en participaciones aparentemente dispersas (los Doce, S. Pablo) que, en realidad, son complementarias, como son complementarias las palabras de la Biblia, en que cristaliza la única Palabra del Padre. 3°) Cristo recurre a los Apóstoles por exigencias de su misión universal en el marco de la Encarnación, a fin de extender su palabra y su acción salvífica hasta el fin de los tiempos.b) La sucesión de los Apóstoles. Pero mientras el Apóstol Cristo es inmortal, sus Apóstoles, a los que envía en su nombre, son caducos. De ahí la necesidad de sus sucesores: Cristo no admite sucesión; los Apóstoles sí. Y así lo afirma el texto bíblico. Los autores protestantes lo niegan y argumentan al respecto diciendo que la palabra sucesión (diadojé) no aparece en el N. T. Por lo que se refiere al vocablo es cierto, pues figura tan sólo en el libro de los Hechos (7,45 y 24,27) y en contextos que nada tienen que ver con nuestro tema preciso. Pero de la ausencia de la palabra no se deduce la de la idea. Más aún, es lógico que la palabra no aparezca en libros como los del N. T. que nos hablan de los Apóstoles en pleno servicio activo: si los hagiógrafos querían referirse al tema, es lógico que lo hicieran con otros registros, y así de hecho sucede. Reseñamos unos textos fundamentales.El primero lo hallamos en 2 Tim 2,2, que desde el punto de vista literario sigue el modelo que antes llamábamos testamentario. Persuadido de la inminencia de la muerte, dicta el Apóstol a su discípulo Timoteo una serie de disposiciones preciosas que remedan el estilo de los testamentos sucesorios a que nos tienen acostumbrados los autores helenos. "Tú, pues, hijo mío, le dice, ten buen cuidado, confiado en la gracia de Cristo Jesús; y lo que de mi oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles, capaces de enseñar a otros". El párrafo es completísimo: se destaca la serie continua de personajes alineados en cadena; se menciona el depósito doctrinal objeto de herencia; se habla del ritmo de transmisión vertido en la clásica modulación de tipo "recepción-tradición" y el todo se completa con la alusión a la capacidad de los candidatos.Mencionemos, en segundo lugar, unos textos que siguen el esquema que antes llamábamos profético. En ellos la referencia al tema de la sucesión es más rápida, pero eficacísima. En este grupo podemos incluir el logion de Mt 16,18: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella", y el mandato misional de Mt 28,19-20: "Id, pues: enseñad a todas las gentes... yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (cfr. Me 16,15). En ellos no hay una mención explícita de los sucesores, pero está claramente implícita en la idea de perennidad de la misión.La Tradición se ha hecho amplio eco del tema de la sucesión apostólica. Diversos autores protestantes intentan disminuir su valor sosteniendo que la idea de sucesión surgió como reacción apologética provocada por las pretensiones intelectualistas de los gnósticos (v. GNOSTICISMO). De ahí la trascendencia de un testigo que desbarata por la base esta hipótesis: la carta de S. Clemente Romano que se refiere al tema en pleno s. I, libre por entero de preocupaciones gnósticas.Los párrafos fundamentales son los siguientes: "Cada uno de vosotros, hermanos, en el puesto que tiene señalado, dé gracias a Dios, conservándose en buena conciencia y no transgrediendo la regla establecida para su propio ministerio. Los Apóstoles nos predicaron el Evangelio de parte del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado de parte de Dios... Así, pues, según (los Apóstoles) pregonaban por los lugares y ciudades la buena nueva, iban estableciendo a los que eran las primicias, después de probarlos por el Espíritu, como inspectores y ministros de los que habían de creer". El texto es claro y no hace falta detenernos en una exégesis detallada (para ello, cfr. A. Javierre, La primera diadojé de la patrística, o. c. en bibl.). Todo él gira sobre la afirmación de una s. a. que da su fisonomía a la Iglesia. La implicitud con que son presupuestos algunos datos no resta vigor al testimonio. Se diría, por el contrario, que lo refuerza. Esta formade proceder supone pacíficamente aceptada la doctrina tanto en Oriente como en Occidente: se le atribuye tal solidez que basta una alusión lateral. Es claro que, de haber presentado flanco a la crítica, no era lo más indicado referirse a ella para lograr la sumisión de unos rebeldes que habían llegado al punto de desposeer de su cargo a los ministros locales.El testimonio patrístico en los siglos posteriores, así como las definiciones del Magisterio, han sido ya ampliamente estudiados en otros lugares (v. IGLESIA; JERAR QUÍA ECLESIÁSTICA; PRIMADO DE SAN PEDRO Y DEL ROMANO PONTíFICE; OBISPO). Limitémonos por eso a remitir a algunas declaraciones solemnes: Conc. de Florencia (Denz. Sch. 1318), Conc. de Trento (Denz.Sch. 1768), Conc. Vaticano I (Denz.Sch. 3056-3058, 3061), Conc. Vaticano lI (Const. Lumen gentium, 8,12-22).Digamos, finalmente, que la razón de ser de la s. a. engarza con lo que decíamos en el epígrafe anterior sobre los Apóstoles en cuanto entroncados con el misterio del Verbo encarnado. El Verbo canaliza la voluntad de diálogo amoroso del Padre (lo 3,16). Los Apóstoles sirven la encarnación del Verbo, desgranando en palabras el mensaje de la Palabra, supliendo con su expansión las estrecheces de la humanidad de Cristo. Los sucesores de los Apóstoles se sitúan en ese proceso sin modificación de estilo: así como Cristo-Apóstol prolonga su misión terrena con la diaconía apostólica, así los Apóstoles son continuados por el ministerio eclesial. La diaconía se resuelve en apostolado por participación y en sucesión por suplencia. Los Apóstoles y sus sucesores respetan la unidad y unicidad de un apostolado que es la razón de su existencia (v. t. Misión de la Iglesia en IGLESIA III, 3; APOSTOLADO).En su vertiente personal esa sucesión afecta a la Iglesia entera, aunque de acuerdo con su diversificación entre jerarquía (v.) y demás fieles (v.); en la s. a. se refleja la doble valencia de los Doce discípulos a la vez que ministros. De esa forma toda la Iglesia es apostólica y, del modo específico que les es propio, el Papa (v.) y los Obispos (v.) son los sucesores de S. Pedro y de los Apóstoles en cuanto que detentadores del poder pastoral en nombre y en persona de Cristo Cabeza (v. COLEGIALIDAD EPISCOPAL).En su aspecto objetivo la s. a. aspira a actualizar el apostolado; en ningún modo a remedarlo o suplantarlo. De ahí se sigue el contenido y la aptitud de su misión específica: el Apóstol del Padre es Maestro, Sacerdote, Rey; cualquier intento de recortar su misión atenta contra la integridad de su mensaje, del depósito de la fe (v. FE III, A), y, por tanto, de su misma persona; y algo análogo se ha de decir de sus enviados y de los sucesores de éstos.Formalmente la s. a. entre dos mundos une lo visible y lo invisible, lo institucional y lo carismático. Toda simplificación aquí es siempre herética: la Encarnación del Verbo reconcilia institución y carisma. Los Apóstoles actúan en los cuadros visibles de un colegio, estando animados por el soplo invisible del Espíritu. Rompería la homogeneidad del proceso una sucesión no armónica con la economía del sacramento. La cheirotonia (imposición sacramental de las manos) responde maravillosamente a esa doble exigencia, tan ajena a un espiritualismo invertebrado como a un automatismo meramente exterior.4. Teología fundamental y sucesión apostólica. Nos ocupamos aquí de la s. a. en cuanto signo con el que Dios contraseña su mensaje a fin de darlo a conocer a los hombres. La existencia histórica de la s. a. es signo para reconocer la verdadera y única Iglesia de Cristo. Es éste un tema muy tratado en la Tradición desde las primeras exposiciones de S. Ireneo y Tertuliano.¿Cuáles son los enlaces entre signo y sucesión? Hay entre ellos un doble vínculo: la s. a. sirve de vehículo al signo; el signo, a su vez, permite reconocer la sucesión auténtica. Es cosa evidente que la s. a. se encuentra relacionada con el signo; fueron, en efecto, los Apóstoles quienes registraron la totalidad del mensaje sin olvidar la contraseña o signo dado por Dios. Sólo ellos estaban capacitados para captarlo en profundidad; eso explica que esté reservado a los Apóstoles el privilegio de ser testigos autorizados de la Resurrección (v.) del Señor, que constituye el "signo de los signos". Nuestra fe cristiana es, por consiguiente, apostólica, no ya sólo por razón del objeto, sino incluso del motivo: carecerían de vigor unos signos que no tuvieran el respaldo de intérpretes bien garantizados, y los Apóstoles responden plenamente a esa exigencia. Ese testimonio de los Apóstoles pervive en los sucesores. De esa forma la s. a. viene a ser criterio concreto, signo históricamente encarnado. Cierto que el único criterio es Cristo (la salud pende de la respuesta a su interpelación); pero se refleja en sus Apóstoles ("quien a vosotros escucha a mí me escucha"), cuya actividad permanece en pie a través de la sucesión ("estoy con vosotros hasta el fin de los siglos"). Así, S. Pablo rechaza con anatema cualquier testimonio contrapuesto al que propone en calidad de Apóstol (Gal 1,8), y la carta de Clemente funda la obediencia eclesial en la disposición apostólica, vigente por sucesión; S. Ireneo eleva la fórmula a teoría al enfrentarse con herejes no dispuestos a someterse ni a la Escritura ni a la Tradición. No hay, en definitiva, más criterio de verdad revelada que la palabra de Dios contraseñada con la garantía palpable de una sucesión auténtica.Para una consideración de las cuestiones que plantea la discernibilidad de esta nota de apostolicidad de la Iglesia, v. IGLESIA II, 5.V. t.: JERARQUÍA ECLESIÁSTICA; PRIMADO DE SAN PEDRO Y DEL ROMANO PONTÍFICE; APÓSTOLES; OBISPO; ORDEN, SACRAMENTO DEL; APOSTOLADO.A. JAVIERRE ORTAS.
BIBL.: O. KARRER, Successione apostolica e primato, en Problemi e Orientamenti di Teología dogmática, Milán 1957, 1253-1302; M. SCHMAUS, Teología dogmática, IV, La Iglesia, 2 ed. Madrid 1962; A. M. JAVIERRE, La primera diadoche de la patrística, Turín 1958; íD, El tema literario de la sucesión, Zurich 1963; fD, Sucesión apostólica. Ciclos de actitudes protestantes en torno a su concepto, "Salesianum" 16 (19’54) 77-108; E. SCHLINK, La succession apostolique, "Verbum Caro" 18 (1964) 52-86; A. H. VANIGASOORIYAR, The Successors of the Apostles, Roma 1964; L. CERFAUX, L’Unité du corps apostolique dans 1e N. T., en L’Église et les Églises, I, Chevetogne 1954, 99-110; Y. M. J. CONGAR, Composantes et idée de la succession apostolique, "Oecumenica. Annales" 1 (1966) 61-78; B. GHERARDINI, La successione apostolica nella teología cattolica e nella teología di Karl Barth, "Euntes Docete" 7 (1954) 249-264; CH. JOURNET, L’Apostolicité, propriété et note de la véritable Église, "Rev. Thomiste" 63 (1937) 167-200; J. N. D. KELLY, Catholique et apostolique aux premiers siécles, "Istina" 14 (1969) 33-45; M. MARIOTTI, Apostolicitá e missione nella Chiesa particolare, Roma 1965; R. $CHNACKENBURG, L’apostolicité: état de la recherche, "Istina" 14 (1969) 5-32; VARIOS, Problemas de la actualidad sobre la Sucesión apostólica (XVI Semana Española de Teología), Madrid 1957.
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