Solidaridad SOCIOL.
Categoria:
Sociología
Niveles de consideración. La s. puede ser objeto de consideración científica en dos niveles complementarios: primero, como hecho social empíricamente comprobable, sujeto a determinadas leyes que la Sociología descubre y fija; y segundo, como propiedad o elemento esencialmente integrante de la persona humana, con reflejo normativo moralmente obligatorio en el comportamiento humano. Esta segunda vía de consideración eleva el análisis al plano propio de la antropología filosófica.La razón de la complementariedad de estos dos niveles de consideración reside en que, en realidad, son dos los momentos o modos de la s.: uno, radical, originario, uniforme, embebido en el cuadro básico de las exigencias ópticas de la naturaleza humana, ya que la s. es, en esencia, expresión inmediata radical de la fraternidad humana; y otro, derivado, secundario, diverso en sus manifestaciones, ya que en este modo o momento la s. queda teñida y configurada por el cuadro de tendencias concretas que operan en las situaciones sociales, dentro de las cuales cada hombre vive inserto.Es esta doble distinción correlativa la que permite unificar en concepción arquitectónica coherente las proposiciones y los planteamientos a veces discordantes en apariencia, que emanan de las distintas disciplinas humanas que se ocupan de la solidaridad. Ésta, en definitiva, no es sólo un mero hecho que se da y existe; es, además, y sobre todo, un dato esencial que debe darse y existir. La s. en su última raíz pertenece al orden objetivo del ser y de los fines.La solidaridad como hecho. El término s., por su contextura morfológica radical y por sus aplicaciones endiferentes campos de la convivencia, suscita siempre la idea genérica de cohesión compacta, agregación ordenadora e integración unificarte de los hombres que se sienten agentes de la solidaridad. Ahora bien, en cuanto hecho social susceptible de comprobación empírica, la s. constituye una versión o traducción concreta, histórica y geográficamente particularizada, de la tendencia del hombre a la asociación de esfuerzos para determinados fines, que vienen dibujados en cada coyuntura por un marco irrepetible de factores o elementos diferenciadores.Estos factores solidarizantes han sido reducidos con acierto por el análisis sociológico contemporáneo a dos grandes grupos: los que actúan en virtud de semejanzas o afinidades, y los que se mueven por razón de diferencias o desemejanzas. El hombre en cuanto individuo y el grupo humano tienden, de forma espontánea, a sentirse vinculados con aquellos que son o les resultan, por múltiples motivos, semejantes o afines. Las estructuras sociales creadas por este impulso unitivo de semejanzas suelen ser consistentes, duraderas y, hasta cierto punto, instintivas.Pero el hombre en cuanto persona individual y las agrupaciones humanas tienden también a solidarizarse con aquellos hombres y grupos que les son distintos e incluso contrarios, por encontrar unos y otros provecho mutuo en la asociación. En estos casos la s. se establece para encontrar en el intercambio mutuo valores que les faltan, o para lograr la satisfacción, más o menos plena, de nuevas y crecientes necesidades. Las formaciones sociales determinadas por esta s. diferencial poseen una cohesión y firmeza menores, ya que suele ser el interés mutuo el que, en definitiva, las mueve. Por la vía de la s. basada en la semejanza, se llega a lo que algunos sociólogos han denominado estructuras sociales de carácter comunitario. Por el camino de la s. por diferencias, se montan formaciones sociales de naturaleza puramente societaria.La solidaridad como principio normativo. Dentro del concepto genérico de s., no sólo se advierte la idea de cohesión integradora; se descubre, además, el elemento o raíz de esa coherencia unificarte. Situada la cuestión en el plano de la abstracción filosófica propiamente dicha, puede preguntarse cuál es la realidad última que explica y justifica la s. humana. Las filosofías inmanentistas no pueden dar respuesta cabal a esta pregunta, o se limitan a circunscribirla dentro del círculo limitado de lo observable empíricamente por el análisis sociológico. En ellas la s. queda al aire, sin arraigo profundo.Para las filosofías que admiten la trascendencia del hombre y su ordenación a Dios, la respuesta se centra en la fraternidad humana, y en la afirmación según la cual todo hombre es un ser racional creado por Dios y destinado ex parte Dei a gozar de una felicidad en un futuro cercano definitivo, lo que asienta la base última de la s., entendida como principio normativo indeclinable. La unidad de origen, naturaleza y destino; la igualdad en la naturaleza racional; la unidad de habitación (presencia en un mismo mundo), y la unidad de fin sobrenatural (v.) y de Redención (v.), son otros tantos grandes capítulos que fundamentan la fraterna unidad común que de hecho, por creación y por gratuita elevación divina, existe, y, por lo mismo, la s. profunda última de todos los hombres.En este plano levantado de la consideración, puede afirmarse que la s. es, al menos lógicamente, anterior a la propia sociabilidad humana. Los hombres no son solidarios porque son sociables, sino que son sociables porque previamente son solidarios. Las motivaciones de la s. alcanzan así los estratos más definitivos de la personalidad humana. Es ésta una s. por identidad, sobre la que se basan las s. por semejanzas que la Sociología descubre en la convivencia diaria. Más aún, la solidez de toda s. derivada depende de su conexión con esta s. profunda.La fraternidad de la entera familia humana se hace así sinónimo de s., la cual se ajusta, en sus calificaciones específicas, a las motivaciones naturales y sobrenaturales de la unidad del género humano. La s. trasciende, pues, el puro orden filosófico, para adentrarse también en el misterio de la s. teológica en el pecado original y en la Redención posterior.J. L. GUTIÉRREZ GARCÍA.
BIBL.: B. WELTY, Catecismo social, I, Barcelona 1965, 67; L. SÁNCHEz AGESTA, Los principios cristianos del orden político, Madrid 1962, 288; J. L. GUTIÉRREZ GARCÍA, Conceptos fundamentales en la Doctrina social de la Iglesia, IV, Madrid 1972, 287-297.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.