Sencillez FIL.
Categoria:
Filosofía
Concepto. Situada en el lenguaje técnico como un aspecto de la virtud de la veracidad (v.), por s. se entiende aquella virtud por la que en el hombre concuerdan sus intenciones íntimas con el modo en que las expresa y las pretende realizar. Es, por tanto, una manifestación de actitud auténtica de la persona, fundada en. la verdad (v.), no sólo en sus palabras y en sus acciones, sino en toda su manera de ser. Mientras que, cuando se habla de veracidad, se quiere significar la identidad entre lo que se manifiesta y lo que se contiene en la manifestación, la s. tiene un matiz peculiar, que hace referencia a la conexión entre, la intención última del hombre y el camino que toma para realizarla (cfr. S. Tomás, Sum. Th. 2-2 g111 a3 ad2).La necesidad de que la vida del hombre se fundamente en la verdad (v.) está en la base de toda la ética; y adquiere particular relieve en la economía de la Redención: Cristo vino al mundo para comunicar toda la Verdad, para dar testimonio de la Verdad (cfr. lo 1,14; 8,40; 18,37); quiere que sus discípulos se santifiquen en la verdad (lo 17,17); y busca adoradores en espíritu y en verdad (lo 4,23). Por tanto, las relaciones del hombre con Dios y con sus iguales deben fundamentarse en esta virtud de la veracidad, con todos sus matices y aspectos, de los que la s. es el más hondo (cfr. 1 lo 1-3).La s. es una virtud individual y social al mismo tiempo (cfr. Sum. Th. 2-2 gl09 a3): exige una actitud primaria interior, que excluye la complicación y la doblez en las ideas y deseos del hombre; y, partiendo de ella, una actitud exterior, incompatible con la mentira y con todo género de doblez en sus diversas manifestaciones. Estudiaremos estos dos aspectos.La actitud interior. En Teología ascética la s., en su aspecto primario, se identifica con la rectitud de intención en el Amor de Dios y en la búsqueda de los medios (cfr. S. Francisco de Sales, Garrigou-Lagrange, etc.). Es como la claridad y transparencia del hombre en su actitud íntima frente a Dios: "si tu ojo fuera sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado" (Mt 6,22). La s. asegura que las últimas intenciones del hombre estén limpiamente dirigidas hacia Dios, y prevalezcan sobre todos los sentimientos, impresiones y emociones, sobre la confusa y compleja vida de los sentidos; exige claridad de inteligencia y rectitud de voluntad, que impidan que la vida de los sentidos (v.) y los sentimientos (v.) del hombre creen en su interior -a veces de un modo no plenamente consciente- una duplicidad o complicación en sus deseos e intenciones más recónditas, como quien quisiera "servir a dos señores" (cfr. Mt 6,24; Le 16,13): "buscad al Señor con sencillez de corazón" (Sap 1,1).Esta virtud, así entendida, es característica importante de la llamada "infancia espiritual" (v.), a la que invita Cristo cuando dice: "En verdad os digo que si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, en la sencillez e inocencia, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18, 2-3). En este sentido, la virtud de la s. es como un reflejo de la simplicidad de Dios, que es la misma Verdad y el Bien mismo: así el hombre sencillo es unidad, descomplicación, integridad en su ser y en su actuar; con ella puede el hombre atraerse la benevolencia de Dios y llegar a recibir los dones del Espíritu Santo: "Has encubierto estas cosas grandes a los sabios y prudentes del siglo, y las has descubierto a los pequeñuelos" (Le 10,21).La actitud exterior. El segundo aspecto de la s. -que procede de la misma raíz interior- se refiere a la actitud del hombre con respecto a sus iguales. "La sencillez se dice por oposición a la doblez, por la que alguien tiene una cosa en el corazón y exterioriza otra distinta" (Sum. Th. 2-2 8109 a2 ad4); es sencillo quien actúa y habla en íntima conexión con lo que piensa y desea, el que se exterioriza y aparece ante los demás tal como realmente es. "Vio Jesús venir hacia sí a Natanael, y dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez ni engaño" (lo 1,46-47). La actitud de este Apóstol, alabada por Cristo, indica una conducta sencilla, un hombre recto, sin recovecos, en quien se puede confiar: "sé firme en tu criterio, y una sea tu,palabra" (Eccli 5,10). Sin embargo, la s. no debe confundirse con la ingenuidad en la actuación y en las palabras.La s. necesita del complemento indispensable de la prudencia (v.). Dado que la s. busca recta y limpiamente el bien propio y ajeno, busca y emplea los medios más aptos -y ésta es la misión de la prudencia-, entre los que muchas veces puede hallarse la discreción (v.). Igualmente, la s. es salvaguardia de la verdadera prudencia, evitando que ésta degenere en astucia. En efecto, el que no es sencillo, recto de intención, al no buscar claramente el bien propio y de los demás, y enmascararlo en la búsqueda de su egoísmo, se procura cualquier medio para conseguir sus fines, acabando necesariamente en la doblez y el engaño: su prudencia se tuerce y se convierte en astucia, porque tiene que aparentar, mentir o engañar. "Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas" (Mt 10,16), se lee en la Escritura, invitando al hombre a unir estas dos virtudes complementarias. Particular importancia adquiere la s. en la relación del hombre con sus amistades y en la dirección espiritual (v.).Defectos opuestos. Todas las formas y manifestaciones de doblez y complicación, en el interior del hombre o en sus relaciones con los demás, se oponen de algún modo a la s. Estos defectos proceden en último término de falta de humildad (v.) o de vanidad (v.) del que no acepta plenamente su posición ante Dios, o del que quiere aparecer diverso de lo que es ante sus propios ojos o ante los demás.Una forma primera de falta de s. es la afectación y la oficiosidad: actitudes superficiales por las que el hombre obra de modo maquinal, llevado sólo por fórmulas o actitudes vacías, sin contenido, o por simple imitación de otras personas: son formas elementales de falta de autenticidad (v.), de desdoblamiento en la conducta. En las relaciones con Dios, se encuentra en esta línea la reducción de toda la vida de piedad a fórmulas o actos sin contenido: "este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mt 15,8). Un grado más profundo de falta de s. se tiene en la pedantería y en la jactancia, defectos por los que el hombre habla y se escucha a la vez, por lo que viene también a desdoblarse. Obsérvese a este respecto, tratándose de cualidades verdaderas, que la s. "inclina al hombre a callarse acerca de sus propias cualidades" (Sum. Th. 2-2 8109 a4). Y la razón de ello se encuentra en el carácter social de la virtud, que regula y hace fáciles las relaciones del hombre con sus semejantes, y así "los que se declaran superiores a lo que son, fastidian y fatigan a los demás queriendo ser más que ellos; mas los que no cuentan todo el bien que hay en ellos, éstos se hacen amables por su condescendencia y moderación" (Aristóteles, Ethica, lib. IV,7).En la misma línea de doblez se encuentra la llamada ironía en el sentido clásico (diverso del que hoy tiene esta palabra), por la que el hombre, movido de vanidad se desprecia a sí mismo y dice defectos que en realidad no existen o en los que no cree. Finalmente, la hipocresía, por la que la persona se manifiesta con palabras o con hechos de modo contrario a lo que hay en su interior (cfr. Sum. Th. 2-2 g111); es característica esta conducta de quien quiere encubrir con obras exteriores sus intenciones torcidas, de modo que así venga a ser considerado por los demás en contraste con la auténtica verdad de su conducta (cfr. Mt 6,2-16; 23; Le 12,1; etc.). A estos vicios se aproximan las actitudes de restricción mental. Sin confundirla con las fórmulas de cortesía y de educación aceptadas en la sociedad, la restricción mental (v.) suele ser un falseamiento de la verdad, procedente de una doblez interior. Aun en situaciones difíciles, la prudencia cristiana, ayudada por el Espíritu Santo, encuentra siempre el camino para vivir la lealtad (v.) con los demás, haciendo lema de su vida las palabras de Cristo: "Sea, pues, vuestro modo de hablar: sí, sí, o no, no; que lo que pasa de esto, de mal principio proviene" (Mt 5,37; cfr. 2 Cor 1,17).V. t.: SINCERIDAD; VERACIDAD; AUTENTICIDAD.I. J. DE CELAYA Y URRUTIA.
BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, 2-2 gg109-114; A. MEYNARD, La vida espiritual, Barcelona 1908, 212 ss.; R. GARRI000-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires 1944, 715-724; J. URTEAGA, El valor divino de lo humano, 13 ed. Madrid 1966, 65-71.
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