Revolución de 1868 HIST.
Categoria:
Historia
Llamada por sus autores y simpatizantes La Gloriosa, constituye la conmoción más importante registrada en la historia del régimen liberal español durante el s. XIX. Su trascendencia viene determinada no sólo por el destronamiento de Isabel II (v.) y la implantación de una serie de regímenes hasta entonces no ensayados en el país -la monarquía democrática, el sufragio universal, la República, el federalismo-, sino por el dominio de una serie de personas e ideas que darán al cambio operado un cierto carácter irreversible. Por eso, el régimen implantado en diciembre de 1874 -la Restauraciónmerece su nombre en sentido puramente dinástico, pero en modo alguno significa, desde el punto de vista histórico, una vuelta atrás.Los factores desencadenantes. Siguiendo el esquema clásico de Labrousse, que ve en la génesis de las R. importantes un triple haz de factores políticos, sociales y económicos, es fácil encontrar el ajuste de la de 1868 a este modelo típico. a) Entre los factores políticos cuenta la disolución de los partidos dinásticos que rodeaban a Isabel II, y especialmente el moderado (v.), tendente, por artificios del régimen isabelino, a ocupar casi permanentemente el poder, por más que su vaciedad de contenido ideológico se hiciese cada día más visible. La alianza entre la reina y el partido moderado acabaría siendo fatal para ambos; Isabel sería motejada de "reina de un partido", hasta el punto de que el fin del moderantismo significaría por lógica consecuencia el fin del reinado de Isabel II.Frente a los moderados, militaba el partido progresista (v.), históricamente dinástico pero que, desengañado al fin de su sempiterno papel de oposición, acabaría aceptando la idea de un destronamiento. A la izquierda del progresismo, y nacido de él, pero con ideas más radicales y dotado de un programa más concreto, se alineaba el partido demócrata, poco numeroso, pero fértil en ideas y en proyectos. La vaciedad programática de los otros partidos haría que los demócratas, en su mayoría intelectuales, diesen casi todas las ideas sobre las que se edificaría el régimen ulterior a la Revolución. Para completar el cuadro de fuerzas en juego, hay que recordar a la Unión Liberal (v. O’DONNELL), nacida como partido intermediario entre moderados y progresistas, pero que pronto se convirtió en fuerza de turno con los primeros. Como el moderantismo tendía a bloquear cada vez más el poder, con la complacencia de la soberana, la Unión Liberal pasó a ser la oposición, lo que nos ayuda a comprender el hecho de que el partido progresista, perdida toda esperanza razonable de alcanzar el poder por medios legales, quedase virtualmente fuera del régimen.b) Los años que preceden a 1868 son los de más fuerte incremento relativo de la población española. Por fortuna, hasta 1865 se registró una fase expansiva de la economía, con una situación de pleno empleo. Ello no obsta para que las condiciones en que por lo general se movía el elemento trabajador fuesen malas. Los salarios eran francamente bajos, y el Estado, imbuido de las doctrinas del liberalismo (v.) económico, tanta como del político, respetaba rigurosamente la consigna del laissez faire, con lo que no existía ni asomo de legislación laboral. La coyuntura expansiva permitió la concentración de la industria en grandes factorías y el equipamiento maquinista, con el consiguiente colapso de la artesanía tradicional. Cientos de miles de pequeños trabajadores por cuenta propia no podían resistir la competencia de las máquinas, y caían en la indigencia o se veían obligados a ingresar en las filas del proletariado industrial. Algo por el estilo ocurre en el campo, tras las desamortizaciones (v.), potenciado por el hecho de que, a partir de 1860, los fáciles cultivos extensivos, coma los cereales, pierden la batalla ante los cultivos industriales: la viña y el olivar. La agricultura española se hace más rica globalmente, pero el reparto de sus beneficios resulta más desigual.c) La crisis social era un fenómeno latente hasta 1866, en que la precipitó la crisis económica. Este colapso tiene en realidad un carácter europeo, pero incidió en España más que en otras partes. Su origen es doble: por una parte, la pésima cosecha de 1867, que encareció los productos de primera necesidad y disminuyó la capacidad de compra de las masas campesinas, entonces las 4/5 partes de la población española. Y por otro lado, se operó una crisis de confianza en el mecanismo del crédito, del que se había abusado con demasiada alegría en los años de prosperidad. Las suspensiones de pagos provocaron el pánico, el descenso vertiginoso en la Bolsa, el cierre de los bancos y la quiebra de una serie de empresas. La construcción de ferrocarriles, entonces en el momento de su mayor desarrollo, quedó prácticamente paralizada, y cientos de miles de obreros se vieron de pronto en la calle, justo cuando los precios de los artículos alimenticios habían alcanzado su cota más alta. La R. de 1868 fue, en principio, obra de políticos provistos de programas políticos: pero revistió en muchos casos las caracteres de una revuelta social, como consecuencia de la crisis económica.El movimiento revolucionario. El golpe venía preparándose desde la convención de Ostende (1866), en que progresistas y demócratas se habían puesto de acuerdo, sobre la base del derrocamiento de Isabel II y la adopción del sistema de gobierno que eligiesen los españoles mediante el sufragio universal. Varias insurrecciones en 1866-67, como la del cuartel de San Gil, hacían ver el peligro en que se encontraba la monarquía isabelina. Sin embargo, los Gobiernos moderados -y concretamente el último de ellos, presidido por González Bravo- no encontraban otro medio de conjurar aquel peligro que la dureza en la represión, lo cual era un tratamiento puramente sintomático, que en modo alguno evitaba -sino todo lo contrario- los motivos de disgusto. La muerte de los dos hombres fuertes del régimen, los generales O’Donnell (v.) y Narváez (v.), en 1867 y 1868 respectivamente, jefes de los partidos unionista y moderado, debilitó de pronto la posición de la soberana; los moderados quedaron sin su jefe indiscutible, y los unionistas con las manos libres para unirse a los conspiradores.El golpe, preparado en el exilio por hombres como Prim (v.) o Ruiz Zorrilla, tuvo también colaboradores en el interior, como F. Serrano (v.) o Topete. Fue este último, almirante de la armada, quien dio el primer grito a bordo de la escuadra surta en el puerto de Cádiz, el 17 sept. 1868. Su lema " ¡Viva España con honra! " encerraba un sentido regeneracionista, que tenía que suscitar simpatías en un momento de inmoralidades y dificultades económicas como el que atravesaba el país. Pero tanto Topete como Serrano no pretendían llevar las cosas tan lejos como sus colaboradores progresistas (Prim; Sagasta, v.; Ruiz Zorrilla), o aún más las demócratas (Garrido; Salmerón; Pi y Margall, v.).La R. de 1868 fue, por tanto, obra de un abanico muy disperso de hombres, ideas y programas, con lo que en su origen llevaba larvadas sus contradicciones internas, y hasta si se quiere su colapso final; pero pareció en los primeros momentos, sobre todo por razones de coyuntura, revestida de una fuerza inmensa. El 28 de septiembre, el general Serrano, que avanzaba sin resistencia por los campos de Andalucía, chocó en el puente de Alcolea (Córdoba) con las tropas del marqués de Novaliches, fiel a la causa de la reina. La batalla fue dura, pero breve, por las deserciones que pronto cundieron en el bando isabelino, y decidió la suerte de España. Isabel II, que veraneaba en Lequeitio, vio la inutilidad de proseguir la resistencia, y, sin renunciar a la corona, ganó la frontera francesa.El régimen había caído. Por todas partes se levantaron motines populares y se constituyeron juntas revolucionarias, muy poco dispuestas a obedecer al poder central, cualquiera que fuese. El grito general era "¡Abajo lo existente)", símbolo de un prurito de ruptura general con el pasado. Pero en este aspecto radicaba el único punto de unión. Pronto se acusaron dos grandes brechas: una, la que separaba a las tres fracciones que habían organizado la revolución, unionistas, progresistas y demócratas, desacordes entre sí sobre lo que había que hacer al día siguiente de la victoria; otra, el divorcio entre los dirigentes provistos de amplios programas políticos y la masa que se había lanzado a las barricadas, menos preocupada por las doctrinas que por la baja del precio del pan. El resultado de tantas divergencias sería la etapa de más desconcertante inestabilidad (1868-74) de toda la historia del país (v. SABOYA, AMADEO DE; REPúBLICA ESPAÑOLA, PRIMERA).J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: E. M. VILLARRASA y J. I. GATELL, Historia de la Revolución de Septiembre, Barcelona 1875; M. VILLALBA HERVÁS, De Alcolea a Sagunto, Madrid 1899; M. DE LEMA, De la Revolución a la Restauración, 2 vol. Madrid 1927; J. L. COMELLAS, G. FERNÁNDEZ DE LA MORA y oTRos, La Revolución de 1868, "Atlántida" (número monográfico) 36 (1968); C. LIDA e I. ZABALA, La Revolución de 1868, Madrid 1970.
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