Revolución de 1848 HIST.
Categoria:
Historia
Fue el más vasto proceso revolucionario en cadena de todo el s. XIX. Su ámbito alcanza a Europa occidental y central, exceptuada Gran Bretaña, y entre sus repercusiones figuran la Segunda República y el Segundo Imperio en Francia, y los movimientos que desembocarían en la integración nacional de dos grandes potencias: Alemania e Italia.Sus factores son extraordinariamente complejos, pudiendo reducirse fundamentalmente a tres: políticos, sociales y económicos; a los que habría que añadir, para Europa central, un cuarto, el nacionalismo romántico. Desde la aparición de un trabajo ya clásico de Ernest Labrousse, Comment naissent les Révolutions, publicado con motivo del centenario de la R. (París 1948), se viene considerando que sólo la interacción de estos factores, cada uno de por sí insuficiente, pudo generar un tan vasto movimiento revolucionario, capaz de transformar las líneas directrices de la historia de Europa. La tesis fundamental de Labrousse es que "la crisis política da a la crisis social un objetivo político, y la crisis económica da a la crisis política una enorme fuerza social" (o. c., 477).Génesis de la Revolución. Los a. 1846 y 1847 fueron de pésimas cosechas en la mayor parte de Europa. ’La escasez de pan arrastró consigo la de la patata, su sustitutivo, que encareció también, en tanto los granos subían en algunos lugares, como el Norte de Francia, de un 100 a un 150%. A la falta de artículos alimenticios sucedió en 1847 una crisis económica interna, motivada por un incremento excesivamente rápido de la producción, con la inevitable acumulación de excedentes, tanto más difíciles de colocar cuanto que la crisis agrícola obligaba a emplear casi todo el numerario en la adquisición de productos alimenticios, y disminuía la capacidad de compra de las clases modestas. A la crisis textil, que fue la primera en manifestarse, siguió inmediatamente la siderúrgica. La razón principal de ésta se encuentra en la fe ilimitada que en los años anteriores se había puesto en la construcción de ferrocarriles, considerada entonces como la inversión más segura y panacea de la prosperidad universal. Se había abusado masivamente del crédito, y al descubrirse que los caminos de hierro resultaban más costosos y menos rentables de lo esperado, comenzó a fallar el respaldo crediticio. Las compañías ferroviarias se hundieron, arrastrando en su caída a la naciente industria siderúrgica, que trabajaba casi exclusivamente para ellas, y a la minería -carbón y hierro-, que quedó de pronto semiparalizada.Cientos de miles de obreros quedaron en la calle, y los que mantuvieron su empleo vieron bajar sus salarios, por término medio, un 300%, justo cuando los precios alcanzaban su nivel más alto, con lo que la capacidad adquisitiva de las clases modestas se redujo a la mitad y aun a un tercio. Las protestas se hicieron frecuentes, y las doctrinas socialistas, difundidas ya en Europa al terciar el siglo, cobraron en pocos meses extraordinaria difusión y tuvieron un programa de actuación concreto. Fue en el decisivo a. de 1848 cuando dos jóvenes aún poco conocidos, Karl Marx y Friedrich Engels, publicaron el Manifiesto del partido comunista, punto de partida del movimiento marxista (V. MARX Y MARXISMO).A la crisis socioeconómica hay que unir la política. En Europa occidental -Gran Bretaña, Francia, Bélgica, España, Portugal- regían sistemas liberales de corte doctrinario, en manos de una minoría intelectual y altoburguesa; en tanto que en Europa central y oriental se mantenían sensiblemente las formas del Antiguo Régimen, con monarquías de corte absolutista. Pero en ambos sectores reinaba el descontento; en Alemania y Austria, porque eran ya relativamente numerosos los partidarios de un régimen liberal; además, en el Imperio austriaco, los numerosos nacionalismos -húngaro, checo, italianoidentificaban el liberalismo con su propia independencia territorial. En el oeste de Europa, el desarrollo económico había emancipado a nuevos cuadros de la burguesía, que pretendían, sin conseguirlo, unirse a la minoría dirigente y adquirir responsabilidades políticas mediante una ampliación del sufragio censitario. De acuerdo con el esquema de Labrousse, la R. de 1848 es en este aspecto la lucha de la "riqueza en movimiento" -industriales, comerciantes- contra la "riqueza estática" -propietarios, rentistas-, que usufructuaba el poder. Las inconsecuencias del liberalismo doctrinario, y la corrupción administrativa en muchos casos, aumentaron los motivos de protesta.La Revolución en Francia. El régimen orleanista (V. LUIS FELIPE) soportó muy mal la crisis de 1846-47. Francia fue de los países más afectados por la sequía, y la quiebra ulterior de los valores ferroviarios abocó a una verdadera catástrofe económica. Las críticas cayeron sobre el conservador gobierno de Guizot, por más que no sea fácil demostrar su culpabilidad directa y efectiva en este campo; y la censura más agria partió en principio no de las clases más humildes, sino de la burguesía media, ansiosa de alcanzar derechos políticos. Así se produjo la famosa "campaña de las cenas", reuniones minoritarias en que se pronunciaban discursos antigubernamentales, preconizando la ampliación de la base del sufragio, e incluso el pleno ejercicio de la democracia. Prohibida la que iba a celebrarse en París el 22 feb. 1848, uno de sus organizadores, el poeta Lamartine, se puso al frente de una manifestación en la plaza de la Magdalena. Las masas populares de París, disgustadas por la crisis económica y ganadas en parte por las campañas socialistas, fueron sumándose a la protesta, al observar la debilidad del Gobierno. El 23 de febrero se levantaron barricadas en los barrios obreros.El rey Luis Felipe decidió sacrificar a su ministro Guizot, para contentar a los revoltosos, y llamó al Gobierno a un liberal progresista, Molé; pero ya era demasiado tarde para detener el curso de los acontecimientos. En la mañana del 24, París apareció lleno de barricadas. La Guardia Nacional, llamada para restablecer el orden, se negó a actuar, y Luis Felipe comprendió que tenía perdida la partida. Aquel mismo día abdicó en su nieto, el duque de Orleáns, pero los amotinados, llamados por el diputado Marrast, invadieron la cámara, y allí proclamaron un gobierno provisional. Otros gobiernos se formaron irregularmente en el Hótel de Ville, en la prefectura de Policía, y hasta en la redacción de Le National. La avalancha, ante la sorpresa no ya de los políticos orleanistas, sino de los propios dirigentes revolucionarios, se hacía por horas incontenible. El 25 de febrero se pro. clamaba la República.El gobierno definitivo se constituyó a base de demócratas y socialistas, como Lamartine, Ledru-Rollin, Arago, Louis Blanc y Albert. Ante la imposibilidad de adoptar un programa común, se decidió dejar la orientación del régimen al resultado de unas elecciones generales realizadas por sufragio universal. Recurrir a la voluntad del pueblo, que en su mayoría, sobre todo en el campo, se mantenía fiel a sus concepciones tradicionales, fue una ingenuidad de los revolucionarios. Los socialistas, que comenzaron a implantar, sin el menor éxito económico, sus famosos "talleres nacionales", se dieron cuenta de su error demasiado tarde, y quisieron aplazar las elecciones, sin conseguirlo. Realizada la consulta al país, el 23 abr. 1848, los republicanos de derecha obtuvieron 600 escaños, y los monárquicos, pese a estar fuera de la ley, lograron unos 250 entre legitimistas y orleanistas; en tanto el socialismo apenas alcanzaba el veintenar de puestos.Los socialistas, a la vista de los resultados, trataron de disolver la asamblea a la fuerza, lo que no hizo sino aumentar los motivos de la reacción. La burguesía revolucionaria cerraba filas, a su vez, frente a la R. social. El general Cavaignac restableció enérgicamente el orden, en tanto los asambleístas elaboraban una Constitución francamente moderada (12 nov. 1848). En las elecciones presidenciales de diciembre fue elegido un hombre dúctil, que aunaba la tradición revolucionaria con las ideas de orden y buen gobierno, y que supo ganarse a la gran masa católica del país: Luis Bonaparte. Quedaba abierto el camino del conservador y aristocratizante Segundo Imperio.Otras manifestaciones europeas. Un proceso más o menos similar de triunfo momentáneo de la R., y fracaso de los revolucionarios a la hora de hacer efectivo su programa, se registra en los países germánicos, si bien es preciso notar que aquí tiene menos importancia el elemento socialista, y cuenta en cambio el acendrado nacionalismo, fuerte en toda Centroeuropa desde la caída del Imperio napoleónico. Este nacionalismo sirve en unas zonas, Alemania e Italia, como fuerza de integración, en tanto que en el complejo Imperio austriaco actúa como fermento disgregador.En Prusia, Federico Guillermo IV (v.) había dado en 1847 una "Carta patente" que agrupaba las distintas dietas provinciales en una sola de carácter nacional, con lo que creyó cumplir viejas promesas constitucionales; pero negando a la nueva corporación un auténtico carácter representativo. El descontento cristalizó con la oleada revolucionaria del 48. En Berlín se produjeron desórdenes, y el rey hubo de transigir (13 marco), aunque tratando de canalizar el movimiento hacia la formación de una magna asamblea pangermana que realizase el sueño, alimentado en la conciencia del país desde los tiempos del Sturm und Drang, de lograr la unión de todos los Estados alemanes. Por los mismos días, otros movimientos obligaban a conceder Constituciones liberales en Baviera, Sajonia y Hannover. El 18 de mayo se reunía, con carácter de Asamblea Nacional, el llamado Parlamento de Francfort, donde las divergencias de opinión y la excesiva frondosidad del parlamentarismo retrasaron la deseada integración de la Gran Alemania. Después de muchos avatares, cuya enumeración caería ya fuera del proceso revolucionario propiamente dicho, la unificación quedaría consagrada (1863-70) por obra de un poder fuerte, el prusiano, y de un hombre de personalidad excepcional, el canciller Bismarck (v.).Al mismo tiempo que Federico Guillermo IV claudicaba parcialmente ante los liberales en Berlín (13 mar. 1848), estallaba la R. en Viena, obra de intelectuales y burgueses, en demanda de una Constitución liberal, un sistema representativo y libertad de conciencia y de prensa. Cayó el viejo canciller Metternich (v.) y el emperador Fernando I huyó de Viena. La archiduquesa Sofía concedió una Constitución calcada de la belga, pero una segunda R., de carácter más radical (15 mayo), obligó a convocar una asamblea constituyente por sufragio universal.Al mismo tiempo, el heterogéneo Imperio parecía derrumbarse sin remedio. En Hungría, el fogoso líder Kossuth (v.) proclamó un régimen liberal semiautónomo, con una asamblea y un gobierno independiente de los de Viena. En Praga, entretanto, se convocaba un congreso checo.Más graves fueron las dificultades de los austriacos en Italia, donde dominaban el Milanesado y Venecia. En 1848 la R. italiana, que contaba con la tradición romántica y nacionalista del Risorgimento (v.), comenzó en un Estado soberano, el reino de Nápoles, en enero de 1848, obligando al monarca Fernando II a otorgar una carta liberal. Poco después, una serie de incidentes en Turín obligaron al rey piamontés, Carlos Alberto, a seguir el mismo camino. Algo parecido ocurrió en los ducados de Parma y Módena. Particularmente graves fueron los acontecimientos en los Estados Pontificios, donde el primer ministro, Rossi, fue apuñalado, y el papa Pío IX (v.), pese a haber concedido una Constitución moderada, hubo de huir a Gaeta en el coche del embajador español, Martínez de la Rosa. Entretanto, en la Ciudad Eterna, se proclamaba la República.Casi al mismo tiempo, Venecia se erigía en República también, declarando la independencia respecto de Austria, y lo mismo se trató de hacer en Milán. Carlos Alberto -de Piamonte, al estilo de Federico Guillermo IV, trató de canalizar el ímpetu revolucionario hacia la integración nacionalista, de la que Piamonte, lo mismo que en el otro caso Prusia, había de ser cabeza; pero las divisiones de los propios italianos y la fuerte reacción de las tropas austriacas acabaron en pocos meses tanto con la R. liberal como con el proceso de unificación. El mariscal Radetzki derrotó a los piamonteses en Custozza y Novara (1849), asegurando el dominio austriaco en el Norte de Italia, mientras en Nápoles Fernando 11, el Rey Bomba, se recuperaba espectacularmente, aprovechando las disensiones de los revolucionarios, y restablecía la plena soberanía real. Lo mismo ocurría poco después en Roma, donde algunas potencias extranjeras, como Francia y España, contribuyeron con sendas expediciones a normalizar la situación y garantizar la seguridad del Papa.Las tropas austriacas, vencedoras en Italia, repasaron los Alpes y entraron en su propio país, uniéndose Radetzki a otro enérgico general, Winditschgratz, que entretanto había restablecido el orden en Bohemia. La abdicación del débil emperador Fernando y la subida al trono de su joven sobrino Francisco José (v.) supusieron el definitivo aplastamiento de la R. en Austria. Por su parte, la reunificación italiana, aunque el proceso era ya prácticamente irreversible, quedaría aplazada hasta 1860-70.La Revolución en España. El único país impártante del oeste-centro de Europa donde la R. no alcanzó relieve fue España. Ello ha llevado muchas veces a infravalorar la importancia de la insurrección española, cuando su fracaso puede deberse a otros factores. Realmente, la división de los progresistas, entre los que Mendizábal y Cortina eran opuestos al uso de la fuerza, debilitó el impulso revolucionario; pero también hay que tener en cuenta la energía e intuición del general Narváez (v.), que no sólo contribuyó a aquella división, sino que aplastó los golpes de los amotinados con singular destreza.Las R. españolas fueron dos: la primera el 26 mar. 1848 (en Madrid; días más tarde en Barcelona y Valencia), con participación del elemento popular, descontento por la falta de subsistencias; y la segunda el 7 de mayo en Madrid, y el 13 en Sevilla, de un carácter predominantemente militar. Ambas fueron dominadas, tras luchas callejeras, en un plazo de horas. La fama de Narváez se difundió por Europa, y el discurso de Donoso Cortés sobre la Dictadura (4 en. 1849) sería considerado, especialmente en los países germánicos, como el símbolo de la contrarrevolución.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: E. LABROUSSE, Comment naissent les Révolutions, en Actes du Congrés du Centenaire de la Révolution de 1848, París 1948; el misma trabajo en lengua española, en la selección de obras del mismo autor: Fluctuaciones económicas e Historia social, Madrid 1962; J. DANTRY, Histoire de la Révolution de 1848, París 1948; F. PONTEIL, La Revolución de 1848, Madrid 1966; P. ROBERTSON, Revolutions ol 1848; a social History, Princeton 1967; R. POSTGATE, History ol year 1848, Londres 1955; J. DROZ, Les Révolutions allemandes de 1848, París 1957; V. VALENTIN, Geschichte des Deutschen Revolution, 1848-1849, Berlín 1930-31; L. SALVATORELLI, La Rivoluzione europea, 18481849, Milán 1949.
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