Reducciones HIST.
Categoria:
Historia
Antes del Descubrimiento, la población indígena de América vivía diseminada en pequeños grupos. Solamente en las regiones donde florecieron altas civilizaciones, como en México y Perú, hubo concentraciones humanas que merecieran el calificativo de ciudades. En las demás, las familias, los clanes o las tribus se distribuían repartidos en pequeños poblados, situados a veces en lugares de difícil acceso, fuese entre las espesuras de la selva o en escarpadas serranías. No es extraño, pues, que tan pronto arribaran los españoles a las Antillas, se plantease la necesidad de establecer una nueva distribución de la población aborigen, concentrándola en pueblos donde mejor se la pudiera civilizar y, sobre todo, convertir al cristianismo.Establecimiento de la institución. Ya en 1503, en las Instrucciones dadas al primer gobernador de La Española, Nicolás de Ovando, la Corona ordenó la fundación -se dice textualmente- de "poblaciones en que los dichos indios puedan estar e estén juntos, según e como están las personas que viven en estos reinos...". En los años siguientes no decayó tal propósito, que fue tenido en cuenta en el Memorial de remedios que el P. Las Casas presentó al card. Cisneros para la reforma de las Indias. En consecuencia, cuando el regente envía a La Española en 1516 una comisión de frailes jerónimos como delegados regios a poner en práctica el plan, según las proposiciones lascasianas, en la Instrucción se les ordenó buscar lugares sanos y fértiles donde fundar pueblos de 300 indios, con casas alineadas en torno a una plaza central, con iglesia, hospital, casa de ancianos y casa para el cacique. Los pobladores vivirían en un régimen de tutela ejercido por autoridades españolas. Pero el plan fracasó. En adelante, la desaparición de los indígenas de las Antillas no hizo necesario nuevos intentos.La preocupación surgió más tarde en el continente. Desde México escribieron pronto los religiosos a Carlos V pidiendo la agrupación de los indios en pueblos, a la usanza de los campesinos españoles, para mejor poderlos evangelizar y civilizar. Una real cédula de 26 jun. 1523 así lo ordenó, repitiéndose la disposición en años sucesivos para las diferentes regiones y provincias, tanto de parte de la corona, como de los concilios provinciales indianos. A la labor coadyuvaron los virreyes y demás autoridades civiles.Intervención de los misioneros. Pero en Nueva España podemos decir que la fundación de pueblos y la concentración de los aborígenes en los mismos fue obra del celo apostólico de los religiosos misioneros. Dominicos, franciscanos y agustinos rivalizaron en el empeño. Personalmente eligieron lugares adecuados, donde el agua fuera abundante y la tierra fértil; trazaron calles y plazas, levantaron iglesias, conventos, hospitales y casas para los indios de las comarcas cercanas. A semejanza de los pueblos de españoles, lo común fue la plaza central, que servía de mercado y en torno a la cual se levantaban la iglesia, con la escuela aneja, el edificio del Consejo, que albergaba la cárcel y la sala donde se administraba justicia, y una posada para los pasajeros; las casas se alineaban, formando cuadras, a lo largo de calles que se cortaban transversalmente. Si bien cada pueblo tenía sus propias autoridades civiles -alcalde, alguaciles, etc.los religiosos no solamente ejercían el gobierno espiritual, sino en la práctica también el temporal. Ellos administraban justicia, dirimían cuestiones de herencia y otros pleitos, cuiadaban de los enfermos y necesitados, dirigían los problemas económicos de la comunidad, etc.En suma, la vida en las r. estaba mediatizada por la autoridad de los doctrineros (v. REPARTIMIENTOS II), que procuraron la mayor independencia de las autoridades civiles españolas de las provincias donde se asentaban, produciéndose frecuentes conflictos de orden jurisdiccional. Un ambiente de religiosidad, con frecuentes misas, catequesis, fiestas de los santos patronos, etc., presidía la vida de los pueblos, donde se enseñaba a los indios labores agrícolas o artesanas, que les proporcionaban los medios de subsistencia. El trabajo era obligatorio, tanto en las pequeñas parcelas de tierra o industrias de su propiedad particular, como en las extensas tierras comunales, fuesen de labor o de ganado, cuyos productos engrosaban los caudales de las cajas de comunidad que servían para sufragar las necesidades del culto, personas menesterosas y gastos de la colectividad.Las reducciones del Perú. Ciertamente, en el virreinato peruano partió también de los religiosos doctrineros la iniciativa de concentrar los indios en pueblos. Pero las guerras civiles, que durante varios años ensangrentaron el suelo del Perú, impidieron llevar a cabo una labor eficaz.Es más, la anarquía reinante coadyuvó a hacer mayor la dispersión existente. Cuando se restableció la paz, los frailes tuvieron que acudir a lugares apartados a evangelizar a los indios y -dice un cronista- "haciéndoles recoger a sus pueblos". Por entonces, disposiciones reales ordenaron que, conjuntamente, oidores de la Real Audiencia y obispos de las diócesis dictaminasen sobre qué medidas convendría tomar para agrupar a los diseminados indios del virreinato en "pueblos de muchas casas juntas". Cada pueblo o r. debería tener alcaldes y regidores elegidos por los propios vecinos y "que tuviesen cargo de proveer el bien común...". En ellos se edificarían iglesias, hospitales, cárceles, plazas de mercado y otros edificios necesarios, a semejanza de los que ya se habían fundado en Nueva España.Pero en el Perú, aunque fue preocupación de todos -religiosos, jerarquía eclesiástica, concilios provinciales y autoridades civiles-, la obra de las r. fue fundamentalmente de índole secular. Aunque anteriormente se habían hecho algunos intentos, correspondió al lic. Castro iniciar durante su gobierno la fundación de pueblos de indios, al incluir la tarea como una de las obligaciones de los corregidores. Sin embargo, al arribar el virrey Francisco de Toledo (v.) poco se había hecho. Él fue el artífice de las r. del Perú. Tan pronto llegó a Lima, reunió a los naturales vecinos de la capital en el pueblo limítrofe de Santiago del Cercado. El terreno fue dividido en cuadras y mandó edificar iglesia, hospital, cabildo y casas; un cerco, donde se abrían dos puertas que se cerraban de noche, defendía a la nueva población. Después de llevar a cabo la visita de las provincias del virreinato, prosiguió la fundación de pueblos en lugares cómodos y de tierras fértiles. El plan de urbanización era el mismo: iglesia y edificios públicos se levantaban en torno a una plaza central, de donde partían calles que se cortaban en ángulo recto con sus transversales, formando cuadras. Por cada 400 ó 500 hab. debería haber un doctrinero. Los alcaldes eran elegidos por los vecinos, pero los corregidores de indios -designados por el poder civil- representaban la máxima autoridad, como jefes políticos, administrativos y jueces superiores. La vida se hallaba regulada en todas sus facetas, puesto que el fin primordial era elevar el grado de civilización de sus habitantes, dentro de los principios de la fe y de la moral cristianas. Se exigía puntual asistencia a la catequesis y demás actos religiosos, que dirigían los doctrineros. A su cargo corría también la enseñanza intelectual y la iniciación en los trabajos cotidianos: agrícola, técnico o artístico. Si no había corregidor, o en competencia con él, frecuentemente los doctrineros asumían asimismo tareas administrativas.Mención especial merecen las r. jesuíticas del Paraguay, iniciadas a principios del s. XVII. Constituidas por una treintena de pueblos, formaban verdaderas unidades socioeconómicas, independientes de toda autoridad que no fuese la de los padres. Su estrecha vinculación entre sí, en torno a la persona del superior residente en Candelaria, les dio fisonomía de Estado nacional. La urbanización era la propia de las restantes r., pero su economía dirigida, de índole agrícola y ganadera, en que se conciliaba la propiedad privada con la colectiva de amplia base artesanal, les imprimió un fuerte impulso demográfico, económico y cultural.F. DE ARMAS MEDINA.
BIBL.: R. RICARD, La conquista espiritual de México, México 1947; F. DE ARMAS MEDINA, Cristianización del Perú, Sevilla 1953; O. POPESCU, Sistema económico en las misiones jesuíticas, Barcelona 1967; R. GÓMEz Hoyos, La Iglesia de América en las leyes de Indias, Madrid 1961.
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