Reconquista HIST.
Categoria:
Historia
A. CONCEPTO Y CARACTERÍSTICAS.Se entiende por reconquista (con minúscula) volver a conquistar, es decir, recuperar lo perdido. Por antonomasia, este término (con mayúscula) designa, en la historiografía española, la época desde la invasión de la península Ibérica por los musulmanes (711) hasta la conquista (no reconquista) de Granada por los Reyes Católicos (1492). Ciertamente, la R. no se inicia en el mismo año de la invasión musulmana. La reacción hispánica al hecho de la conquista musulmana es posterior. Pueden situarse sus comienzos en la batalla de Covadonga (v.), en el 722, según C. Sánchez Albornoz (Otra vez Guadalete y Covadonga, "Cuadernos de Historia de España" I-II, Buenos Aires 1944, 68-114), aunque tradicionalmente se haya considerado el a. 718. El tiempo que media entre los a. 711 y 722 es de asentamiento musulmán en la Península, de conquista y ocupación del reino visigodo, que desaparece a raíz de la batalla de Guadalete (v.), con su rey Rodrigo (v.; sobre la muerte de este monarca, cfr. C. Sánchez Albornoz, Dónde y cómo murió don Rodrigo, último Rey de los Godos, "Cuadernos de Historia de España" III, Buenos Aires 1945, 5-105); y también es un periodo de cambios en la población hispano-visigoda, que en parte huye al Norte de la Península o se refugia en Francia e Italia, cuando no pacta con los invasores.En pocos años, caen bajo dominio musulmán las principales ciudades, con la colaboración de la población judía, cuya situación social y política, durante el reinado de los últimos visigodos, era muy inestable. Mérida se somete a Muza mediante capitulación (suhl) después de un penoso asedio (713). La población cristiana que acepta sin resistencia la autoridad de los invasores permanece en sus asentamientos bajo la administración de un comes (conde o qúmis de al-Andalus), nombradohasta el s. x entre los descendientes ’de Vitiza, quienes fueron posiblemente los que solicitaron en África, directamente o a través de intermediarios, la ayuda de los beréberes contra D. Rodrigo, que había sido elegido rey de los visigodos en contra de sus derechos. Otras ciudades, como Toledo, las encontraron abandonadas los musulmanes. En una primera avanzada, Muza llegó por el NO hasta Lugo. Asturias se sometió a Munuza.1. Convivencia étnico-religiosa. La religión islámica o musulmana (en Occidente se llaman musulmanes, del árabe muslin, a los seguidores del Islam; v. ISLAMISMO) admitía en su comunidad política a los creyentes, bien fueran judíos o cristianos, que recibían el nombre de gentes del Libro (ahl al-Kitab). En cambio, eran perseguidos hasta su conversión o aniquilamiento los idólatras y paganos. Esta circunstancia permitió que los musulmanes respetaran a la población hispano-visigoda que no ofrecía resistencia, a cambio del pago de un tributo personal (al-yizia). De este modo, los hispano-visigodos, libremente sometidos mediante pacto (`ahd) para así poder conservar sus propiedades, o forzados a capitular después de haber ofrecido alguna resistencia (suhl), se convirtieron en los protegidos del Islam (dimmíes). Puede pensarse que la R. no partió de este numeroso sector de la población, que acató la autoridad de los valíes o gobernadores musulmanes, sino de los refugiados en la zona montañosa de Asturias, rebeldes a todo dominio extranjero.Se amplía aquí el término musulmán, que designa a todos los conquistadores establecidos en al-Andalus (v.), árabes, beréberes, sirios, etc., y cuyo máximo lazo de unión era la religión, base de su comunidad política, a la que también pertenecieron los habitantes de la Península cristianos (mozárabes, v.) o de origen cristiano (muladíes, v.), y judíos (v. HEBREOS II, 2). Esta convivencia judoo-cristiano-musulmana será una de las características de la R. -excepto en épocas de persecución religiosa, tanto por parte de los cristianos (de los que fueron principales víctimas los judíos) como de los musulmanes (martirio de S. Eulogio de Córdoba, v., y otros mozárabes a mediados del s. IX; v. MOZÁRABES IV)-, sobre todo desde la invasión de los almorávides (v.), en 1086, a raíz de la conquista de Toledo por Alfonso VI de Castilla y León (v.), que se titula Emperador de las dos religiones.Los nombres de árabes, moros (éste término fue utilizado por los cronistas junto con el de bárbaros) y sarracenos, aplicados a los invasores, no responden a la realidad. Los árabes constituían tan sólo una parte de los musulmanes y estaban divididos entre sí por razones de procedencia, en las que se mezclan motivos familiares, de clan, sociales y políticos al fin y al cabo. No obstante, constituyeron el sector más culto y la clase dirigente, de modo que su lengua, evolucionada y con diferencias dialectales, se impuso en al-Andalus. Con un criterio lingüístico, que es el que sirve de aglutinante para muchos pueblos, podrían denominarse árabes (con la salvedad de que los beréberes no dominaban esta lengua) los conquistadores llegados de África, pero no moros (los mauri de las crónicas escritas en latín, originarios del Magrib occidental o Mauritania) ni sarracenos (nombre que originariamente designaba a los habitantes de Arabia del Norte). Hasta nuestros días ha llegado el apellido Matamoros, que hace referencia a un hecho muy real, como también las llamadas fiestas de moros y cristianos en Levante aluden a la lucha contra los musulmanes durante la Reconquista.La división social, étnica y lingüística de los conquistadores, además de las pretensiones de autonomía de los diferentes grupos, favoreció y estimuló la R. La sublevación de los beréberes, a mediados del s. vlit, fue aprovechada por Alfonso I de Asturias para hacer algunas incursiones por Coimbra, Salamanca, Segovia, etc. En pocos momentos de la vida de al-Andalus nuede hablarse de un Estado musulmán fuerte, centralizador y unitario. Con el primer califa cordobés Abderramán III (v.), que a su derrota ante los muros de San Esteban de Gormaz (917) respondió con la victoria sobre leoneses y navarros en Valdejunquera (Navarra, 920), Córdoba mantuvo durante algunos años un papel hegemónico en la Península. El germen de la descomposición del califato de Córdoba (V. CÓRDOBA, EMIRATO Y CALIFATO DE) estaba en su propia organización, en el elemento humano que lo componía. Por ello, la R. no fue sólo una cuestión de armas, de enfrentamiento campal, sino también y principalmente constituyó un suceso político condicionado por las circunstancias históricas de cada momento, en las que intervinieron elementos sociales y económicos.Por el lado musulmán, el factor demográfico contribuyóa que el dominio de la Península no fuera total, en cuanto a extensión se refiere, sino más bien teórico en algunas zonas, precisamente las que constituyeron los núcleos de la R. (regiones asturcántabra y pirenaica en la parte nordoccidental y nordoriental respectivamente). Se calcula en 35.000 los musulmanes (beréberes primero, y luego árabes yemeníes y qaysíes) llegados a la Península en los primeros años de la invasión, los cuales se repartieron tierras conquistadas y despobladas, quedándose los árabes preferentemente en zonas urbanas y en valles, mientras que los beréberes, por su carácter nómada, prefirieron las regiones montañosas, donde se dedicaban al pastoreo, cuando la guerra o las expediciones de saqueo no requerían su presencia. También fue frecuente que en los ejércitos musulmanes figuraran mercenarios cristianos reclutados en el Norte de la Península.Esta dispersión demográfica, con amplios espacios deshabitados, tierras de nadie sin cultivos ni caminos, permitió la formación y ampliación de los reinos cristianos. Pero también la cuestión demográfica, con características similares a las musulmanas, es decir, la escasa población, alargó secularmente la R. Para consolidar sus conquistas, ya desde mediados del s. ix, los cristianos recurrieron al sistema de repoblación (v.). Pero ésta se efectuó también desde principios del s. IX sin que interviniera el factor r. Cada vez más, la repoblación fue un fenómeno casi inmediato a la r. de un territorio o de una población. Por motivos de higiene, epidemias, hambres, guerras, etc., el aumento demográfico fue lento. Pero tanto la religión cristiana como la musulmana (sobre todo ésta, al admitir la poligamia), que permitían el matrimonio entre individuos de distintas creencias, favorecieron la mezcla de razas y con ello el incremento de la población.Marcados con una señal que les distinguiera (rodela), los judíos no convivían con los cristianos ni podían poseer tierras y estaban excluidos de los gremios (v.), por lo que se dedicaban al comercio y a las finanzas. Su persecución se jalona a lo largo de la R., con diversas alternativas. No obstante, su vida (la de los económicamente débiles) fue difícil. Las conversiones no mejoraron mucho la situación, pues se agudizó la lucha entre cristianos viejos y cristianos nuevos (v. JUDAIZANTES). La convivencia con los musulmanes favoreció la arabización de los cristianos.2. Aspectos militares y políticos. Normalmente, se dice que los cristianos conquistaban una ciudad. Por ello, el término R. se aplica a la época, aun considerada solamente en alguna de sus fases o para un territorio determinado, y a la idea, no al hecho aislado, excepto cuando un territorio o población conquistado volvía a caer en poder musulmán y luego era objeto de una nueva conquista por parte de los cristianos, pero aun en este caso se trata de r. (con minúscula) y no de R. (con mayúscula). También por parte cristiana, las divisiones entre los reinos, las discordias civiles, el enfrentamiento rey-nobleza y las banderías retrasaron la R., con largos paréntesis de inactividad. Puede decirse que se estuvo más tiempo en paz que en guerra. Por otra parte, no existía el concepto jurídico de guerra propio de la Edad Moderna ni la ruptura de la paz se hacía mediante declaración explícita de guerra. Los hechos bélicos de la R. constituyen un conjunto de batallas, sitios, incursiones en territorio enemigo, saqueos, etc., pero no una guerra continuada como la entendemos hoy. El único conflicto dentro de la R. al que se le ha dado el nombre de guerra es el de Granada (1481-92). Sólo en determinados momentos, cristianos y musulmanes estuvieron enfrentados y no todos contra todos, de modo que raras fueron las ocasiones en que se formaron frentes comunes de cristianos contra musulmanes. En esta lucha, también tuvieron participación, desde el primer momento, los judíos, tanto a favor como en contra de los cristianos. Parece ser que intervinieron en las gestiones para la invasión musulmana de España. Para la Iglesia, era lícito combatir al infiel y se condenaba al que se aliaba con él (impium foedus).No puede olvidarse tampoco que la época de la R. en sus primeras fases es también la de formación y consolidación de los reinos hispánicos, de su estructuración y organización, y que existe también una r. de territorios que son objeto de litigio exclusivamente entre cristianos, a partir del s. X. En síntesis, y desde otra perspectiva, el proceso de la R. es el de la unidad de los reinos hispánicos. Esta unidad pudo ser una realidad política con Sancho III de Navarra (excepto los condados catalanes), y en el reinado de Urraca de Castilla y León (v.), casada (1109) en segundas nupcias con Alfonso I de Aragón y Navarra (v.). Si este matrimonio hubiera dado resultado y no se hubiera disuelto, posiblemente Portugal -(v. PORTUGAL IV) no se hubiera constituido en reino independiente, y la R. hubiera llegado más pronto a su final. La independencia del reino portugués no fue reconocida hasta 1143 (v. ALFONSO I DE PORTUGAL). La R. de Portugal hasta ese año fue obra de asturianos, leoneses y castellanos. Alfonso III llegó hasta Oporto y Coimbra, plazas incorporadas definitivamente por Fernando I de Castilla y León, quien además conquistó Lamego (1057) y Viseo (1058), y diversos castillos de la Beira Alta.Pero tampoco puede pensarse que la R. fue un ideal básico en la vida de los reinos hispánicos. No fue ni una razón de existencia ni una obsesión constante, como a veces se la ha querido presentar. En determinadas circunstancias, tuvo carácter de guerra santa, de cruzada contra los musulmanes. Los cronistas y copistas de códices, en su mayoría eclesiásticos, a los que se atribuyen interpolaciones de dudosa historicidad, sublimaban el acontecer de su relato con motivaciones religiosas, en las que se mezclaba lo histórico con lo legendario, el hecho natural y el sobrenatural. Sin negar la posibilidad de éste, la historia de la R. debe ser despojada de la excesiva contemplación milagrosa, que convertiría un hecho humano y social en fantástico e increíble. Las lagunas que ofrece la escasa historiografía de la R. no pueden rellenarse con acontecimientos sobrenaturales que desorbitarían el hecho en su simple enjuiciamiento humano. También es una tarea difícil despojar los relatos que han llegado hasta nosotros de sus elementos poéticos y puramente literarios. Subjetividad y mitificación son dos notas que han acompañado a los narradores de la R. Esta consideración nos lleva a una puntualización de la idea de R. en diversos momentos. Nos servimos para ello del análisis del hecho histórico, de su interpretación, además de los datos e indicios que proporcionan las fuentes cristianas, demasiado incompletas (v. MEDIA, EDAD I, 2).Cuando Pelayo (v.), un espatario de los reyes visigodos Vitiza y Rodrigo, combate en el monte Auseva al frente de 300 hombres (según fuentes musulmanas) contra las tropas de `Algama compuestas por 187.000 hombres (según la Crónica de Alfonso III, que es, junto con la Crónica Albeldense, ambas del s. x, el testimonio cristiano más antiguo, aparte del mozárabe del 754: Continuatio hispana) no parece que se sienta continuador de la monarquía visigoda, como quieren hacer creer los cronistas desde Alfonso III, el cual (o el encargado de redactar la crónica de su nombre) se sirve de la tradición oral. La Crónica Silense, del s. xii, recoge este neogoticismo, que tiene dos vertientes: una, de prurito genealógico, el querer enraizar a los reyes de Asturias en los visigodos; otra, de justificación de la R., pues de este modo, siendo los reyes de Asturias continuadores de la monarquía visigoda eran los llamados a recuperar el territorio ocupado por los musulmanes. Ambas vertientes se reducen a una: la de demostrar la superioridad del reino de León (v.), que comienza en el 910 con García I, sobre los demás reinos hispánicos (el de Navarra existía de hecho desde fines del s. IX; el de Aragón, desde mediados del s. XI), puesto que los reyes leoneses se sentían despojados de los territorios que habían pertenecido a sus "antepasados" visigodos; de ahí que pretendieran el dominio de toda la Península, no sólo de al-Andalus (hasta el s. XI, las fuentes cristianas denominan esta zona España, Spania), sino también de la España cristiana (desde el s. XI, España designa en la historiografía exclusivamente a los reinos cristianos).Hasta el s. XV llega la corriente neogótica. Cuando a mediados de ese siglo F. Pérez de Guzmán escribe sus Generaciones y semblanzas, refiriéndose a Enrique III de Castilla, perteneciente a la casa de Trastámara, le hace descender de los visigodos con estas palabras: "e descendió de la noble e muy antigua e clara generación de los reyes godos e señaladamente del glorioso e católico príncipe Recaredo". Esta alusión a los reyes visigodos puede entenderse metafóricamente. Con los visigodos se alcanzó la unidad territorial y religiosa (se exceptúa la minoría judía). Esto explica la referencia a Recaredo (v.), cuya conversión al catolicismo marca el comienzo de la unidad religiosa. Para los cronistas, la unidad de los reinos y las gentes de España continuaba siendo un ideal, una meta a conseguir.Los primeros hombres de la R. son rebeldes, que se niegan a pagar tributo al gobernador Munuza, residente en Gijón. Su rebeldía no es un hecho nuevo. Los astures (v.; desde la R. se les llamará asturianos y llegará a ellos el elemento hispano-romano-visigodo) habían resistido, al igual que los cántabros (v.), a la doble dominación romana y visigoda. Aunque teóricamente sometidos desde principios del s. VII, conservaban su espíritu de independencia, propio de las tribus de montaña, como los vascones (v.) que constituyeron el núcleo del reino de Navarra (v.). Su jefe, Pelayo, comenzó siendo un colaboracionista de los musulmanes, como tantos otros hispanovisigodos. Pero su resistencia en los montes de Asturias marca el comienzo de una rebelión que se extiende por Cantabria y que, desgraciadamente, no tiene eco en la Vasconia superior, cuyo centro era Pamplona. Por ello, la R. es y será, durante mucho tiempo, una iniciativa y una exclusiva astur-cántabra, centrada en los reinos de Asturias (v.) primero y de León (v.) luego. No se ha valorado suficientemente la aportación cántabra a la R., tal vez por falta de documentación, pero a través de la repoblación del centro y oeste de Castilla puede estimarse que el nuevo espíritu que dan a la R. el condado y el reino castellanos (v. CASTILLA I y II, respectivamente) es de procedencia cántabra. Y cántabra es también la dinastía que reina en Asturias, al casarse Alfonso (rey con el nombre Alfonso 1 el Católico), hijo del duque Pedro (gobernaba Cantabria en nombre de los reyes visigodos), con Ermesinda, hija de Pelayo, tras la muerte (739) del sucesor de éste: Fáfila.B. ETAPAS Y PARTICIPACIÓN DE LOS DIFERENTES ESTADOS. 1. Época neogótica. Comienza con Alfonso 11 el Casto (791-842), el vencedor de Lutos (778), que traslada la corte de Cangas de Onís a Oviedo, y quien según la Crónica Albeldense "estableció en Oviedo todo el orden de los godos". Es entonces cuando la resistencia, el simple enfrentamiento a los musulmanes, se convierte en R. Alfonso II inicia la conquista de las ciudades portuguesas con la toma de Lisboa (reconquistada por Alfonso VI a fines del s. XI e incorporada definitivamente por Alfonso I de Portugal en 1148). Las crónicas, a partir del reinado de Alfonso II, se refieren a "los reyes godos de Oviedo". También en esta época, por indudable influencia eclesiástica (Alfonso II estuvo rodeado de clérigos hasta en los campos de batalla), se introduce en la R. la idea religiosa.Los cronistas habían atribuido la invasión musulmana a un castigo de Dios por la corrupción del clero. Los éxitos logrados ya frente a los musulmanes, la organización de un reino según el modelo visigodo, con una corte que reproducía en pequeña escala la toledana y una Iglesia independiente de la mozárabe, hacían pensar a los autores eclesiásticos (prácticamente eran los únicos, puesla cultura entre los laicos casi no existía) que Dios se había apiadado de ellos. Pero esto sólo ocurría en el reino de Asturias. En los demás territorios cristianos, particularmente en la zona pirenaica, la situación era distinta. En la Vasconia superior, que se extendía desde el Bidasoa hasta la cuenca del Aragón, y cuyo centro era Pamplona, los vascones mantenían el mismo espíritu de independencia que habían demostrado ante los visigodos, luchando lo mismo contra musulmanes, francos y asturianos, según las circunstancias. Para ellos, la ocupación de un territorio era simple cuestión de supervivencia. Para defenderse de los francos y de las pretensiones imperialistas de Asturias, no tuvieron inconveniente en aliarse a los musulmanes, que habían hecho de la Vasconia superior una zona de paso hacia Aquitania, a través del puerto de Roncesvalles o Ibañeta (1.177 m. de altitud), hasta que derrotados en Poitiers (732) desistieron de su propósito de extenderse por el Oeste del reino franco.2. Comienzos en Navarra y Aragón. En cuanto a la R. en Navarra, Poitiers significó simplemente el comienzo de la lucha contra los musulmanes, a quienes los vascones pensaban que ya podían vencer. Las luchas entre vascones y musulmanes a partir de entonces fueron frecuentes, sobre todo desde la sublevación de los beréberes en al-Andalus (740). Pero el secesionismo de los vascones continuó siendo apoyado por los musulmanes, que veían la posibilidad de impedir el crecimiento de la única potencia que entonces dificultaba su dominio de toda la Península. La familia de los Iñigo Arista, que dominó en Pamplona desde fines del s. vin (en el 798, fueron expulsados de la ciudad los Banu Qasi, v.) hasta principios del s. x, entabló relaciones cordiales con los señores musulmanes en Tarazona, Borja y Tudela, y estableció parentesco con los muladíes (v.) del valle del Ebro, donde el gran caudillo Muza se hacía llamar el "tercer rey de España". Desde principios del s. x, en que los Banu Qasi desaparecieron del mapa político, y la dinastía Jimena, procedente de Gascuña, sustituyó a los Íñigo Arista en Pamplona, la R. se vio favorecida con la alianza de leoneses y navarros. Pero aún continuó la R. en esta zona con ese signo de nueva ampliación de territorios. Los condes aragoneses (v. ARAGÓN I) se mostraron más bien ajenos a la R. Jaca no representó lo que Covadonga, y las relaciones con los musulmanes no fueron más amistosas en otras tierras que en Aragón. Posiblemente, la inicial idea de R. aragonesa partiera de los monasterios como el de San Juan de la Peña o el de San Pedro de Siresa, pero la escasa documentación a este respecto carece de fuerza probatoria.Sólo desde que Aragón se constituyó en reino, en 1035 (v. ARAGóN II), cambió la situación, aunque al principio muy lentamente. En la R. del valle del Ebro, pueden distinguirse dos fases. En la primera (1063-1110) no hay frentes fijos; es una lucha de asedios, de conquistas sin consolidar. En la segunda, desde 1110, se producen los grandes avances; la conquista se consolida mediante una repoblación sistemática. La sistematización se aplica también a la estrategia desde mediados del s. xii, que es cuando se fijan objetivos dentro de un plan general, cuando se tiende a la conquista de las grandes ciudades, para lo cual antes se aseguran posiciones claves. Huesca y Barbastro se conquistan definitivamente en 1096 y 1100. Zaragoza no se rinde hasta 1118. En la prolongada resistencia de Zaragoza tuvo mucho que ver la ayuda recibida por los musulmanes de Navarra y Castilla. Tras Zaragoza, caen Calatayud y Daroca, en la orilla derecha del Ebro (1120). Molina de Aragón, en la actual provincia de Guadalajara, es conquistada en 1128, también por Alfonso I, a quien el duque de Aquitania había ayudado en su victoria en Cutanda (provincia de Teruel, probablemente en 1119). La R. del Bajo Aragón se efectúa en 1124-33. Alfonso II de Aragón completa la conquista del valle del Ebro con la toma de Valderrobles (1169), en la provincia de Teruel.3. Europeización de la Reconquista. Hasta el reinado de Sancho Ramírez (1063-94), no hubo una dinámica reconquistadora, que proyectó territorialmente el reino de la montaña al valle, y ello fue gracias también a la descomposición del califato de Córdoba en reinos de taifas (v.), de los que se apoderan los almorávides por este orden: Granada (1090), Sevilla y Almería (1091), Alpuente (1092), Badajoz (1094), Valencia (1102), Albarracín (1104) y Zaragoza (1110). Sancho Ramírez, como su abuelo Sancho III de Navarra (v.) aportó a la España cristiana, hasta entonces engastada en sí misma, una idea más europeizante de relación y cultura que dio nuevas dimensiones a la R. Pero también desde entonces Navarra (Sancho VI, 1150-94, fue el primero que se tituló rey de Navarra; sus antecesores lo fueron de Pamplona) se replegó en sus fronteras, con escasas intervenciones en la R. y en frecuentes discordias con sus vecinos aragoneses y castellanos.El Pirineo oriental apenas carece de interés tanto para la idea como para los hechos de la R. Los musulmanes también atravesaron Cerdaña, siguiendo el curso superior del Segre, para llegar al reino franco. Por el E. cruzaron el Perthus hasta alcanzar el Ródano, con la pretensión de someter la cuenca del Rin, que constituía el eje del Imperio carolingio, pero fracasaron en sus planes. No por eso permanecieron en el Pirineo oriental de un modo constante y total. Y ello por varias razones. La tierra no reunía demasiadas condiciones económicas para el asentamiento. Donde éste hubiera sido posible, lo impedía la creación de una serie de condados dependientes de los francos que los historiadores han denominado Marca Hispánica (v.) y que constituían una barrera a la penetración musulmana (cfr. R. d’Abadal, La Catalunya carolingia, Barcelona 1950). Gerona (795), Barcelona (802; en el 796, había sido conquistada por los musulmanes) y otras plazas rayeron en poder de los francos, que llegaron hasta Tarragona (809) e hicieron tributaria a Tortosa.La lucha por la independencia en el Pirineo, frente a los musulmanes y los francos, no es la misma que sostuvieron asturianos, leoneses y castellanos contra Córdoba. Con el fin del Imperio carolingio, prácticamente se independizaron los Estados del Pirineo oriental, con la salvedad de que la geografía y el concepto patrimonial de origen germánico impusieron la existencia de condados aislados, que tardaron en entrar en la idea de unión a la que aspiraban otros Estados de la España cristiana. La falta de una decidida conciencia unificadora supuso un gran retraso en la tarea reconquistadora. No obstante, el condado de Barcelona (v.) unificó a los demás de la Marca Hispánica, excepto Urge], al librarse, de Jacto, de la tutela de los francos con Wifredo I (v.; 874-898). A finales del s. x, la independencia con respecto a los francos de los condados catalanes era un hecho, oficialmente reconocido mucho más tarde, por el tratado de Corbeil (1258) entre Jaime 1 de Aragón y Luis IX de Francia. La participación del condado de Barcelona en la R. fue tardía y consecuencia de su integración en la Corona de Aragón (v. ARAGÓN III), al casarse Ramón Berenguer IV (v.) con Petronila, reina de Aragón (1137).4. La idea religiosa. Puede decirse que en Pallars (v.) y Ribagorza (v. SOBRARBE Y RIBAGORZA) no hubo R. en relación con los musulmanes, pues éstos no llegaron aocupar totalmente la región, sometida a los francos, al igual que Sobrarbe, laca, Ausona y todas las tierras hasta Barcelona. En general, los valles altos del Pirineo aragonés sólo registraron algunas incursiones de musulmanes y ocupaciones esporádicas. Unidos Sobrarbe y Ribagorza a principios del s. X, Ramiro I los incorporó a Aragón (1044). Pallars se libró de la dominación musulmana a principios del s. ix. A pesar de que Pallars Jussá llegaba hasta Pobla de Segur y hacía frontera con los musulmanes en Conca de Tremp, no existió aquí la idea de R. que se adivina en otros territorios por este tiempo, cuando el culto al sepulcro de Santiago el Mayor (v.) en Compostela (v. SANTIAGO DE COMPOSTELA I), comprobable desde mediados del s. IX, da a la R. una nueva dimensión. La Crónica Silense (s. XII) describe por primera vez a Santiago montado en un caballo blanco y armado. La primera noticia más fidedigna de la predicación de Santiago en España la da S. Beato de Liébana (v.) en su Comentario al Apocalipsis (776).Después de la batalla de Clavijo (v.; 859), en Logroño, se representa al Apóstol con atuendo de caballero y matando "moros". Cuando en el s. xti Santiago de Compostela se convierte en el principal centro de peregrinación en Europa (v. CAMINO DE SANTIAGO), el nombre del Apóstol va unido a las batallas más decisivas de la R. Se le invoca antes de entrar en combate, a fin de atraerse la protección del santo, a quien algunas mentes más exaltadas pretenden ver de cuerpo presente en la refriega, cortando cabezas de musulmanes. Documentalmente, está comprobado el agradecimiento de los monarcas a la intercesión del Apóstol en las batallas. Para agradecer esta intervención, reyes y guerreros peregrinan a su tumba. "Santiago y cierra España" es una expresión de los combatientes de la que se hacen eco los cronistas.Coincide con la invasión de los almoráv]des (v.) en 1086, el comienzo de las grandes batallas de la R. y la creación de las órdenes militares (v.). Finalidad parecida y espíritu similar a las europeas en Palestina tienen las órdenes militares españolas. Según A. Castro "si bien la forma de constituirse las órdenes españolas fue debido al ejemplo de los templarios, la materia y el espíritu de aquéllas fueron hispano-islámicas" (La realidad histórica de España, México 1954). Esta opinión se busca en la vida ascética practicada por los almorávides guerreros en su ribctt (monasterio fortificado), y no puede desdeñarse su influencia en los caballeros cristianos de la R., que quisieron vivir con mayor plenitud y entrega el espíritu de religiosidad y de lucha contra el infiel, la dedicación a Dios y al prójimo por medio de las armas. Por otra parte, las órdenes militares responden a la necesidad de contar con un ejército más permanente que fuera constante avanzada cristiana en la frontera con al-Andalus. C. Sánchez Albornoz ha sustentado la teoría, un tanto aventurada, de que "la idea de la reconquista del solar nacional hispano como ideal supremo y suprema esperanza de la guerra contra los islamitas había ya cuajado, por tanto, en el último tercio del s. IX" (España, un enigma histórico, Buenos Aires 1956).Realmente, hasta el segundo tercio del s. XI, que es cuando nacen Castilla y Aragón como reinos (1035), y aún más desde la segunda mitad del s. XII que es cuando se crean las primeras órdenes militares españolas, no parece que pueda hablarse de ideales supremos, sino de la conquista de la tierra por la tierra. Ciertamente, con Alfonso III de Asturias (v.), el vencedor de Polvoraria (878), que lleva la frontera de su reino hasta el Duero, en el último tercio del s. IX, se apunta la idea de la conquista del solar nacional hispano como ideal supremo, pero carente del espíritu de Cruzada al que se consagran en principio los caballeros de las órdenes militares. Luego, con el tiempo y la acumulación de poder y riquezas, se desfigura la imagen del monje guerrero, totalmente monje y totalmente guerrero, y no mitad monje y mitad guerrero, como se ha dicho. Desde mediados del s. XIII, después de las victoriosas campañas de Fernando III de Castilla (v.) por el valle del Guadalquivir, cuando el ideal y los hechos de la R. languidecen con Alfonso X de Castilla (v.), los caballeros de Santiago pierden su carácter religioso al quedar eximidos del voto de castidad y autorizárseles a testar por bula de Inocencio IV.No puede decirse propiamente que antes de fines del s. XII hubiera guerra santa (v.) de los cristianos, reacción a la emprendida por los almohades (v.), que sustituyen a los almorávides invadiendo España en 1195. Lo que pudiéramos llamar querra santa de los cristianos durante la R. española no es el yihad (literalmente, esfuerzo) de los musulmanes, a los que incumbía el deber de propagar su fe con las armas. Puede entenderse más bien como una respuesta a la intransigencia religiosa demostrada por grupos musulmanes en determinados momentos de la R.; como una guerra de religión, si se quiere (no al estilo de la sostenida entre católicos y calvinistas en Francia, en 1562-98), en la que se mezclan motivos políticos y de supervivencia, pero sin el carácter institucional, de Derecho público, que se registra en el islamismo. Por esta razón, los españoles no sólo hubieron de luchar contra guerreros, sino también contra fanáticos, que cumplían con un deber religioso de guardar las plazas fronterizas, al tiempo que defendían lo que ellos consideraban su tierra, dar al-islam, la zona del Islam, junto a la cual se encontraba la zona de guerra o territorio de los infieles (dar al-harb). La peculiar manera de concebir y realizar la guerra los musulmanes condiciona la estrategia por parte cristiana, que ha de enfrentarse a la emboscada, la sorpresa nocturna y la simulación de retirada, permitidas por el Islam. Si los mozárabes que vivían en territorio musulmán ayudaban a los reinos cristianos, lo mismo hacían los mudéjares (v.) con sus compañeros de religión. A veces la sublevación de musulmanes, a los que se permitía seguir viviendo en una ciudad conquistada, motivaba la pérdida de la ciudad. Súmese a esto la inteligencia de algunos judíos con los musulmanes.La primera bula de Cruzada la concede Urbano II para la conquista de Tarragona (1089). Para la lucha contra los almohades, Inocencio III expide también, a instancias de Alfonso VIII de Castilla, una bula de Cruzada y decreta la excomunión a los que se uniesen a los musulmanes, como ya había ocurrido en Alarcos (provincia de Ciudad Real, 1195), donde algunos cristianos desnaturalizados combatieron junto a los almohades victoriosos (cfr. Crónica latina de los reyes de Castilla, ed. G. Cirot, Burdeos 1913, 41-42). La predicación de la Cruzada en Francia por el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada (v.) atrae a muchos caballeros a luchar contra los musulmanes en España, como ya había ocurrido anteriormente. La afluencia de cruzados y de simples combatientes es muy significativa y de gran valor para las relaciones de los reinos de la Península con los Estados allende los Pirineos. Piénsese que por este medio se había introducido, a principios del s. xii, en Castilla y Portugal, la casa de Borgoña (v.), al casarse Raimundo y Enrique con Urraca (en primeras nupcias) y Teresa respectivamente. Las exhortaciones del Papa y sus conminaciones consiguen la difícil paz entre los reyes de la Península,a fin de que unan sus fuerzas contra el Islam. En pocos momentos de la R. se consiguió un resultado tan brillante como en las Navas de Tolosa (v.), en 1212, consecuencia de los esfuerzos de la cristiandad, sobre todo española, contra los almohades. Muchos de los cruzados venidos de Francia regresaron a su tierra antes de tomar parte en el combate, por haberse entretenido, en Toledo y otros lugares, en perseguir y matar a los judíos, y porque su idea de guerra de exterminio no encajaba en el concepto castellano de la Reconquista.5. Castilla. Desde su existencia como condado, Castilla se convierte en el gran animador de la R. en el occidente y centro de la Península, donde la mayoría de sus pobladores procede de Cantabria, "tierra muy angosta de viandas fallida". Los musulmanes llaman al-Qila` (los castillos) a la zona que se extiende entre la sierra central y los montes de Asturias y Cantabria. Y Castilla se llamará esta tierra de castillos, que desde las colinas y suaves ondulaciones del terreno vigilan la penetración musulmana y defienden las débiles cosechas de la Meseta. Agricultores y guerreros o ambas cosas a un tiempo, hombres y mujeres procedentes de las estribaciones orientales de los Picos de Europa se asientan al norte de las actuales provincias de Burgos y Palencia, haciendo frontera con los musulmanes (principios del s. IX). Son foramontanos de Malacoria (posiblemente Mazcuerras, la actual Luzmela cántabra), a los que se refieren los Anales castellanos; llegan también de Campoo, Saldaña y otros lugares, y descendiendo por Cabuérniga y Cabezón alcanzan los valles de Reinosa (provincia de Santander), sin que los musulmanes puedan impedirlo con sus aceifas (del árabe al-sa ’¡la, expedición militar practicada en verano y bastante frecuente hasta fines del s. X).En la zona oriental de Castilla, predominan los vascones. Unos y otros, cántabros y vascones,son gentes poco romanizadas, rebeldes a todo dominio extraño, insumisos, apegados a sus antiguas costumbres y a sus leyes consuetudinarias. Ellos darán una nueva fisonomía a la R., porque con ellos se pierde la idea de restauración visigoda más o menos sustentada por León. El hecho de encontrarse más próximos a los musulmanes, sin esa tierra de por medio que los monarcas de Asturias dejaron yerma de población, les hace plantearse la R. en otros términos de necesidad perentoria, de iniciativa audaz, independiente del mandato real. La lejanía de la corte de León favorece al espíritu autonomista de estos conquistadores de nuevas tierras, que se sienten hombres libres y que como tales actúan. Frente a un León oligárquico, aristocrático y episcopal, de obispos guerreros (esta tradición guerrera de los obispos se continuará en Castilla), los castellanos ofrecen la imagen de un pueblo democrático, sobre todo con el conde Sancho García (995-1017), el de los buenos fueros, que favoreció la R. eximiendo de tributos a los que peleasen, y disminuyó la excesiva influencia de las grandes familias, otorgando nuevos títulos de nobleza.Cuando Castilla se constituye en condado unificado (a partir del segundo tercio del s. x) con cierta autonomía, pero no independiente, con Fernán González (v.), el conde con "cuerpo de buenas mañas, héroe de los fechos granados", como le describe el poema del monje de Arlanza (s. XIII), la R. recibe un nuevo impulso, un vigoroso empuje para el que el reino de León se encontraba ya incapacitado, debilitado como estaba por discordias internas y luchas dinásticas. Desde entonces, Castilla será el núcleo más importante de la R., rivalizando con Aragón, que también buscaba ampliar sus fronteras a costa de los musulmanes y de sus vecinos cristianos. Pero el impulso castellano, como el aragonés, aunque aportaba nuevas fuerzas a la R., ni fue constante ni a veces fructífero. Los nuevos reinos de Castilla y Aragón, que nacen (1037 y 1035 respectivamente) casi al mismo tiempo de descomponerse el califato (1031) en reinos de taifas, no aprovecharon debidamente la debilidad musulmana que comportaba su división en pequeños reinos, enemistados a veces entre sí. La unificación de León y Castilla en la persona de Fernando I (m. 1065) no supuso gran cosa para la R., excepto en la zona portuguesa; en su reinado, se introdujo el sistema de parias, tributo que pagaban los reyes de taifas, vasallos del monarca castellano-leonés, a cambio de su protección, incluso frente a otros reyes cristianos, dándose la curiosa circunstancia de que Fernando I tuvo que luchar contra su hermano Ramiro I de Aragón para proteger a su vasallo al-Mutadid de Zaragoza. El sistema de parias fue negativo para el avance de la R. Se practicó como fuente de ingresos y, ante la dificultad de repoblar, por escasez de población.Las invasiones de los almorávides (reacción a la conquista de Toledo por Alfonso VI) y almohades tuvieron el efecto beneficioso de sacar, aunque con retraso, a castellanos y aragoneses, de cierta inercia reconquistadora. No obstante, el primer encuentro entre cristianos (en sus tropas había caballeros franceses e italianos) y almorávides, en Sagrajas o Zalaca (v.; 1086, cerca de Badajoz), fue victorioso para éstos. El emperador Alfonso VII de Castilla y León (v.) y Ramón Berenguer IV conciertan en Tudellén (1154) el reparto de sus posibles conquistas,algo más de medio siglo después de la llegada de los almorávides y aprovechando precisamente su decadencia. Pero ya es significativo para la R. este acuerdo entre dos reyes cristianos, los más poderosos entonces de la Península, sobre la que el Imperio leonés restaurado ejercía la hegemonía, pero por poco tiempo. Separados León y Castilla a la rhuerte de Alfonso VII (1157), el reino castellano heredaba la tradición reconquistadora, de la que son especialmente protagonistas los caballeros de las órdenes militares.Después de la victoria de Raimundo II, en colaboración con tropas del condado castellano y del reino navarro, en Simancas (939, provincia de Valladolid), León no sólo se aparta de la R., sino que la impide, por motivos políticos de enemistad hacia Castilla. Es la lucha por la hegemonía la que dificulta la R., la ruptura del equilibrio de los cinco reinos (castellano, leonés, navarro, aragonés y el portugués en ciernes). También en este tiempo se da otra circunstancia adversa para la R. Desde fines del 976, gobernaba dictatorialmente en al-Andalus el visir Almanzor (v.), que llevó a cabo la guerra santa contra los cristianos, a los que sometió. Por el Noroeste, llegó hasta Santiago de Compostela, ciudad que saqueó e incendió. Sus 52 campañas significaron el retraso de la Reconquista.Contra la ampliación del reino castellano se alían los restantes peninsulares, que tratan de impedir su avance. Por el pacto de Huesca (12 mayo 1191), León (Alfonso IX), Aragón (Alfonso II) y Navarra (Sancho VI) se aliaron contra Castilla (Alfonso VIII). León se retiró de la alianza por el tratado de Tordehumos (20 abr. 1194) y también de la R., al igual que Navarra, por la paz y alianza concertada con los almohades (1195), de los que recibieron ayuda para invadir Castilla. Gracias a la tregua castellano-leonesa de Valladolid (1209), Castilla pudo dedicar más atención a la Reconquista.6. Fin de la idea imperial. La batalla de las Navas de Tolosa, ya citada, representa un momento culminante de la R. en orden a las ideas y a los hechos. Además del ideal de Cruzada, supone el fin de la dominación almohade y el avance castellano hacia el valle del Guadalquivir, cuya conquista culmina con Fernando III, en cuya persona se unen definitivamente los reinos castellano y leonés (1230). De este modo León queda prácticamente absorbido por Castilla. Aragón inicia la expansión por el Mediterráneo, que comienza con la incorporación de Mallorca (1229; v.) y Valencia (1235-44), en el reinado de Jaime I de Aragón (v.), con la participación de catalanes y aragoneses.Las Baleares (v. BALEARES V), conquistadas de un modo definitivo por los musulmanes en el 903, constituían una cora (provincia), dependiente del emirato y califato de Córdoba, de la taifa de Denia, del reino de Valencia, de los almorávides y almohades, hasta que Jaime I las conquistó (Menorca fue incorporada definitivamente por Alfonso III de Aragón). En 1276, se creó el reino de Mallorca (v.), incorporado a la Corona de Aragón en 1343 por Pedro IV (v.).La conquista de Valencia, realizada en 1093 a los almorávides por el Cid (v.), esa "maravilla del Creador", como le califica el musulmán Ibn Bassám, sólo representó una anécdota para la R. Después de la muerte del Cid (1099), Valencia había sido abandonada e incendiada (1102) por orden de Alfonso VI. Así dejó Castilla la r. del reino de Valencia, empresa en la que luego llevó la iniciativa la nobleza de Aragón. El tratado de Cazorla (1179), entre Alfonso VIII de Castilla (conquistador de Cuenca en 1177) y Alfonso II de Aragón, reservó a los aragoneses la conquista del Levante hasta el puerto de Biar (Alicante). Cazorla supuso el reparto de la R., en condiciones de igualdad política, entre las coronas de Castilla y Aragón. A partir de entonces, los monarcas aragoneses no tenían que rendir vasallaje a los castellanos, a causa de los territorios adquiridos. Era el fin de la idea imperial, el comienzo de otra etapa de la Reconquista.7. Reconquista de Extremadura y Andalucía. Las tierras del reino de Murcia, cuya conquista correspondió a Castilla, según lo acordado en Cazorla, fueron objeto de litigio entre castellanos y aragoneses. El tratado de Almizra (1244) solucionó las diferencias. Para los castellanos quedó el reino de Murcia con Alicante, Villena y todas las tierras hasta Biar y Monte Mayor. Al corresponder el reino de Valencia, hasta la división de los ríos Júcar y Segura, a los aragoneses, quedó cortado el avance de éstos hacia el Sur, y la R. de al-Andalus constituyó desde entonces una tarea predominantemente castellana, aunque con participación de tropas aragonesas y portuguesas. En el terreno de los hechos, la conquista de la Baja Andalucía por Fernando III marca un hito fundamental en la R. de al-Andalus. Por primera vez, Castilla establece su dominio total y definitivo sobre estas tierras. Era el sueño apetecido de los monarcas leoneses y castellanos: llegar al corazón de al-Andalus, que era Córdoba (Alfonso VII había entrado en Córdoba en 1146, pero pactó con los almorávides) y Sevilla, ciudades que conquista Fernando III en 1236 y 1248, respectivamente. Posteriormente, el centro de gravedad de la resistencia musulmana pasará a Granada, como cabeza de un reino de 30.000 Kmz (la tercera parte de la extensión de la Corona de Aragón y la décima parte de la de Castilla), que abarcaba las actuales provincias de Granada, Málaga y Almería, yparte de las de Sevilla, Córdoba y Jaén, con una población en su mayoría campesina que en el reinado de los Reyes Católicos alcanzaba algo más de 1,5 millones de hab., más que la aragonesa. Fernando I de Aragón, cuando sólo era regente de Castilla, durante la minoría de edad de Juan II, consigue desgajar del reino granadino, mediante conquista, las plazas de Zahara (1407) y Antequera (1410).El éxito de las campañas de Fernando III, logrado preferentemente mediante capitulación, tras un estudiado asedio de ciudades, convierte casi en guerra continuada lo que hasta entonces habían sido escaramuzas, encuentros a campo abierto. El dominio del valle del Guadalquivir lo aseguraron las conquistas de Cáceres (1227), Mérida (1228) y Badajoz (1230), y con estas ciudades, las tierras situadas al N del Guadiana, que ganó Alfonso IX de León, con la ayuda de las órdenes militares. Con la incorporación a Castilla de Trujillo (1232) y Medellín (1235), Fernando III terminó prácticamente con el dominio musulmán en Extremadura. La actividad marinera de la R. se inicia durante la toma de Sevilla, con la intervención de 13 barcos, entre naves y galeras, que por encargo real reunió Ramón Bonifaz, un "omne de Burgos". La caída de Úbeda (1233) marca el comienzo de la posesión de la Baja Andalucía, cuya ciudad más fronteriza con Castilla, Jaén, capitula en 1245, tras un duro asedio, el cuarto de su historia. El primer sitio infructuoso se lo puso Alfonso VII en 1152. Alfonso X hizo poco por la R. Ocupó, entre otras, las plazas de Niebla (parece ser que aquí se empleó la pólvora), Ecija, Jerez y Cádiz (1262). Hasta el reinado de Alfonso XI no se rindió Algeciras (1344), después de la victoria cristiana en el río Palmones (1343). Pero fracasaron todos los proyectos de desembarco en África, para cortar de raíz la ayuda que el Magrib (v.) prestaba a los musulmanes y evitar posibles nuevas invasiones. Fernando III murió sin poder realizar esta idea, y lo mismo le sucedió a Alfonso XI. El saqueo de la plaza africana de Salé (1260), en el reinado de Alfonso X, fue un hecho sin trascendencia, pero algún interés tuvo la victoria de naves cántabras y vizcaínas en el estrecho de Gibraltar, a principios del s. xv, sobre las de los sultanes de Túnez y Tremecén. Una vez terminada la R. pudo llevarse a cabo la ocupación de plazas en el Magrib. Era un medio más para impedir que la historia diera paso a una nueva Reconquista.Almizra significa el predominio peninsular de Castilla, una fase más del engrandecimiento de los castellanos. El engrandecimiento se convierte en hegemonía un siglo después, en virtud de la paz de Almazán (1375), entre Enrique II de Castilla y Pedro IV de Aragón (v.). Pero ya entonces había decaído el ideal de la R., que ultimó la casa de Trastámara (v.) en las personas de los Reyes Católicos (v.; y además v. t.: ISABEL I DE CASTILLA; FERNANDO II DE ARAGÓN), con la conquista del reino de Granada (v.) en 1492.Los demás monarcas de la casa de Trastámara, cuyo reinado en Castilla comienza en 1369 con Enrique II, poco aportaron en hechos y en ideas a la R. La política internacional, la expansión atlántica, las discordias civiles, la peste con su consiguiente recesión demográfica, la crisis económica u otras calamidades, apartaron a los reyes, a los nobles, al pueblo e incluso a las órdenes militares del ideal de R. de años atrás. La R. no sólo dejó de ser actividad principal, sino que se convirtió en tarea secundaria. Era la España de los cinco reinos (unificados Castilla y León, el quinto reino desde 1238, era Granada) sin apenas discusiones fronterizas, pero absorbidos por cuestiones dinásticas que llevaban a la intromisión de un reino en los asuntos de otro (los infantes de Aragón, p. ej., en Castilla). La guerra contra Aragón aplazó varias veces la R. durante el reinado de Juan II de Castilla (1407-54), el más largo de un monarca de la casa de Trastámara. La iniciativa de la R. en esta época correspondió al valido Álvaro de Luna (v.), que no supo sacar provecho de su victoria sobre los musulmanes granadinos en Higueruela (1431).Hasta la entrada de los Reyes Católicos en Granada, la R. se detiene prácticamente una vez solucionado el llamado problema del Estrecho, por obra de Alfonso XI de Castilla (v.), con ayuda portuguesa y de la Corona de Aragón. Con ocasión de la llegada de los benimerines (v.) a la Península, llamados por el monarca nazarí (v.) de Granada y apoyados por Sancho (luego Sancho IV), enemistado con su padre Alfonso X de Castilla, el papa Benedicto XII concedió los privilegios de la bula de Cruzada. Era la última invasión africana, iniciada en 1272, contra la cual los cristianos estaban mejor preparados que en siglos anteriores; también las circunstancias favorecieron la retirada benimerín de la Península después de unos 75 años de permanencia en algunas pocas plazas del Sur, que o bien recibieron de los granadinos o que conquistaron a los cristianos. A pesar del carácter de guerra santa que los benimerines pretendieron dar a su lucha contra los cristianos, tan pronto se aliaban con éstos contra Granada, como eran sus enemigos. Era el juego de las alianzas y los intereses que tiempo atrás, con los reinos de taifas, habían caracterizado las relaciones cristiano-musulmanas. Esta vez era el reino de Granada, fundado en 1238 por Muhammad al-Ahmar, el que llevaba la iniciativa del equilibrio, pues ni le interesaba ser conquistado por Castilla ni desaparecer bajo el dominio benimerín. Después de la definitiva conquista de la ciudad deMurcia en 1268 y de la total incorporación del reino murciano a la Corona castellana, el de Granada era el único baluarte musulmán que se conservaba en la Península, pero vasallo del rey de Castilla, a quien incluso ayudó en la r. de plazas sublevadas por los mudéjares.8. La unidad hispánica. La victoria cristiana en la batalla del Salado (v.; 1340), con la subsiguiente conquista de las plazas de Tarifa y Algeciras (1343), puso el dominio del Estrecho en manos castellanas. No obstante, la plaza de Gibraltar se mantuvo en poder musulman hasta 1462, en que fue incorporada a Castilla. Con la guerra de Granada (v.), se considera concluida la R., "nervio y eje de toda la historia de España" (J. L. Comellas, Historia de España moderna y contemporánea, Madrid 1967, 12). Para la historia española, 1492 (rendición de Granada, expulsión de los judíos y descubrimiento de América) es el año que se toma como punto de partida de la Edad Moderna, mientras que para el resto de Europa es 1453 (caída de Constantinopla en poder de los turcos). Ciertamente, esta fecha refleja más exactamente el comienzo de una nueva época, cuando ya se ha pasado de una mentalidad medieval a otra renacentista, que comporta el ideal de nación, de unidad política y religiosa. Precisamente es este espíritu de unidad el que lleva a los Reyes Católicos a concluir la R., una vez solucionado el pleito sucesorio a la corona de Castilla, con Alfonso V de Portugal y Juana la Beltraneja, por la paz de Alcacobas-Toledo (1479).En 1479, se unen Castilla y Aragón en las personas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Sólo quedaban entonces, como reinos independientes de la Península, los de Portugal, Navarra y Granada. La conquista de este último, musulmán, era una premisa necesaria para la unidad religiosa que se proponían los Reyes Católicos. Que el reino de Granada aún subsistiera era lamentable, pero cierto. Se mantuvo durante dos siglos y medio, con la colaboración de cristianos renegados como un hecho consumado, inevitable, protegido por una complicada geografía, con escasas vías de comunicación. En los tres primeros años de su conquista, los Reyes Católicos continúan el sistema que se había aplicado durante siglos: penetración sin control del terreno, empleo preferente de la caballería, diversidad de mandos y de tropas, campañas de verano, algaras y correrías sin más resultado que destrucción de cosechas, tala de bosques, incendios de poblados, etc., todo un artificio asistemático, montado para impresionar al enemigo. Desde 1484, se regularizan los ejércitos, más disciplinados y mejor adiestrados, se coordinan los mandos, se concede importancia a la infantería en detrimento de la caballería, se explota el éxito ocupando sistemáticamente el suelo, se utiliza la artillería (lombardas, cerbatanas y ribadoquines) en el asedio de ciudades, se abren caminos y se construyen puentes (así nace el cuerpo de pontoneros), se atiende a los heridos en tiendas de campaña que hacen las veces de hospital (comienzos del cuerpo sanitario), y las campañas siguen un plan sistemático.En el orden militar, son los comienzos de la Edad Moderna para España, cuando la R. toca a su fin. El papa Alejandro VI concede los privilegios de Cruzada, pues la guerra de Granada, por el peligro berberisco y turco en el Mediterráneo, es un suceso que importa a toda la cristiandad. En 1484-85, cae en poder cristiano el Oeste del reino, con Ronda como centro; en 1486-87, el centro-oeste (Málaga); en 1488-89, Baza, Guadix y Almería; en 1490-92, la vega de Granada y la capital. Al último rey nazarí, Boabdil, se le permite vivir durante algún tiempo en la zona del río Andarax, en las Alpujarras, comarca que limita al N con Sierra Nevada. Compensado económicamente, pasa a África. Así termina, de modo tan poco brillante, la ocupación musulmana de la Península. Sin quitar mérito a las armas, en la caída de Granada contribuyeron sobremanera las rivalidades internas, su decadencia política y social.Como monarcas renacentistas, pertenecientes a una época ideológicamente moderna, los Reyes Católicos se consideraban con derecho a determinar la religión de sus súbditos (ius refornzandi), como más adelante se estipulará en la paz de Augsburgo (1555), sin el reconocimiento oficial de Roma. Ello explica la expulsión de los judíos no conversos y la persecución de los judaizantes (v.) por el Trib. de la Inquisición (v.), que comenzó a actuar en 1481. Concluía así en parte (hasta la expulsión de los moriscos de Cataluña en 1611, reinando Felipe III, no puede considerarse realizada la unidad religiosa) el proceso unificador de España. Territorialmente, se consigue cuando las Cortes de Burgos de 1515 declaran la incorporación de Navarra a Castilla (de este contexto se excluye a Portugal). Jurídicamente, la unidad española no es un hecho más evidente hasta el s. XVIII, en el reiict™+†ànado de Felipe V (v.), cuando este monarca deroga los fueros de Aragón y Valencia, impone las Leyes de Castilla y publica los Decr. de Nueva Planta (1715-16), aunque las provincias vascas y Navarra, por su fidelidad a la causa borbónica en la guerra de Sucesión (v.), mantuvieron sus fueros. La R., pues, que termina con la capitulación de Granada (1492), no culmina la unidad española, pero su final es, ciertamente, el comienzo de una nueva época en la historia de España, el acelerador de la unidad.V. t.: REPOBLACIÓN; ESPAÑA VI.CARLOS R. EGUÍA.
BIBL.: Fuentes: B. SÁNCHEZ ALONSO, Fuentes de Historia española, Madrid 1952; íD, Crónica del obispo don Pelayo, Madrid 1924; C. SÁNCHEZ ALBORNOZ, Investigaciones sobre historiografía hispánica medieval (siglos VIII al XII), Buenos Aires 1967; M. GóMEZ MORENO, Las primeras crónicas de la Reconquista, "Bol. de la Historian (1932) 562-599; A. HUTCI, Las crónicas latinas de la Reconquista, Valencia 1913; R. MENÉNDEZ PIDAL. Crónicas generales de España, 3 ed. Madrid 1918; Primera Crónica General de España que mandó componer Alfonso el Sabio, ed. R. MENÉNDEZ PIDAL, Madrid 1950; F. DE SOTO, Crónica de los príncipes de Asturias y Cantabria, Madrid 1681; R. JIMÉNEZ DE RADA, Rerum in Hispania gestarum chronicon, Granada 1945; íD, De rebus Hispaniae, Valencia 1968; Z. GARCÍA VILLADA, Crónica de Alfonso III, Madrid 1919; J. PÉREZ DE URBEL, Sampiro, su crónica y la monarquía leonesa en el siglo X, Madrid 1952; L. SERRANO, Fuentes para la Historia de Castilla, Valladolid 1906-30; VARIOS, documentos para la Historia de Aragón, Zaragoza 1904-21; J. DE ZURITA, Anales de la Corona de Aragón, Zaragoza 1669; F. DE ALESóN, Anales del reino de Navarra, Pamplona 1766.
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