Prensa III. Prensa Católica. MEDIOS
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Medios de Información
Con la expresión "prensa católica" se ha venido entendiendo en el s. XIX y XX no la p. general hecha por católicos ni la p. especializada en temas sobre la doctrina y la vida de la Iglesia, sino más bien un modo y una actitud para la concepción del periodismo y un tipo especial de periódicos, caracterizados en su contenido por una dependencia especial, más o menos directa, de la Jerarquía de la Iglesia o por un estatuto jurídico especial en los países confesionalmente católicos.Hoy día, hablar de "prensa católica" en este sentido especial y algo restringido ya no es tan posible, después de la renovación que en diversos órdenes de la vida de la Iglesia ha supuesto el Conc. Vaticano II (v.). Por otra parte, las circunstancias históricas han experimentado tal mutación en lo que va de siglo, tanto en los países de mayoría católica como en los que los católicos constituyen una minoría, que los esquemas prácticos y teóricos sobre los que tradicionalmente se asentó este tipo de p. han quedado desfasados en muchos aspectos. Además, a lo largo del s. XX se han sumado al concierto de naciones soberanas pueblos en los que el proceso descolonizador ha llevado consigo diversos cambios, entre ellos de los antiguos modos del "periodismo católico". Hay que hacer notar que las naciones nuevas constituyen mayoría en el total de países en los que la Iglesia ejerce su misión espiritual (V. COMUNICACIÓN SOCIAL II, 3).En un planteamiento doctrinal general, la p. católica no es más que una manifestación entre otras de la misión salvífica de la Iglesia (v. IGLESIA III, 3-6). El mandato evangélico de predicar a todas las gentes ha sido asumido por la Iglesia desde los albores de la cristiandad, y, bien directamente o ilustrando a los hombres para una actividad apostólica en el mundo, el Magisterio eclesiástico (v.) ha venido ejerciéndose a través de los diferentes modos de comunicación: la palabra oral, la carta, la epístola (v.), la encíclica (v.), el libro, el periódico, la radio, la televisión, el cine, y en general, utilizando cualquier procedimiento natural, mecánico o electrónico, que permita la mayor extensión y ampliación de los mensajes (V. PREDICACIÓN; HOMILÉTICA; CATEQUESIS; INFORMACIÓN; etc.). Pero este planteamiento doctrinal de base se complica a la hora de analizar, en concreto, qué ha sido y qué puede ser hoy la p. católica, habida cuenta de su evolución en el tiempo, a compás con los diferentes momentos históricos, con la evolución de las ideologías y con el desarrollo cultural, político y económico de la humanidad.1. Origen y desarrollo de la prensa católica. Mons. Andrianopoli, director de un prestigioso diario católico italiano, II Nuovo Cittadino de Génova, entiende que hay tres tipos de p. católica: la destinada "a la piedad y edificación de los fieles"; la que en sus contenidos informativos recoge preferentemente la vida y doctrina de la Iglesia; y la hecha por católicos que pretenden informar de toda la realidad, desde unas actitudes enraizadas en la doctrina de la Iglesia, pero sin dejar la pretensión profesional de informar periodísticamente a todo tipo de lectores.En el primer caso, se trata de un tipo de periodismo preferentemente pastoral, que se esfuerza en llegar a lugares y personas en número cada vez más amplio; diríamos que esta p., que tiene una tradición de casi tres siglos, quiere ser un altavoz de la labor directamente espiritual de la Iglesia, y a ella han acudido casi todas las familias y organizaciones religiosas, tanto en los viejos países católicos confesionales, como en los de estructura religiosa plural y en las tierras de misión. Desde un punto de vista técnico y profesional, esta p. en ocasiones puede alcanzar grandes tiradas, que generalmente se distribuyen por suscripción. Tal vez haya que lamentar a veces que una gran tirada no quiere decir siempre un alto índice de lectura del boletín o revista de que se trate.La p. católica que recoge información sobre la vida y doctrina de la Iglesia, a partir de mediados del siglo anterior, está representada por multitud de revistas diocesanas y semanarios católicos repartidos por los cinco continentes. Pueden llegar a tirar millones de ejemplares, como algunas de los Estados Unidos. Su gran misión, especialmente en los países nuevos con escasos medios de comunicación, es la de informar, especialmente a los católicos, de la vida de la Iglesia.El tercer bloque de p. católica, los periódicos de intención informativa general desde perspectivas doctrinales católicas, es tal vez el de más importancia en la opinión pública (v.) y el que ha alcanzado mayor desarrollo técnico y profesional. En esta clase de p. católica se encuentran todos los llamados diarios católicos y gran número de semanarios y publicaciones de diversa periodicidad. Este tercer grupo de periódicos es el más directamente relacionado con las diversas formas de catolicismo político, tanto en el s. XIX como en el XX (v. 2), y, a través de ellos, se han dado repetidas muestras de temporalismo eclesiástico, confusiones continuas entre lo temporal y lo espiritual, y a veces verdaderos atentados a la libertad individual y social, siempre que algún gran diario católico se ha querido presentar como único portavoz de la verdad católica y como intérprete legítimo del Magisterio.Cronológicamente, la primera muestra de p. católica debe situarse en Francia y por la necesidad que tuvieron entonces los católicos de salir al paso de los ataques que el enciclopedismo dirigía a la Iglesia católica (v. ENCICLOPEDIA, 3). El Journal des Trévoux, publicado por los jesuitas entre 1712 y 1764, será el precedente, muy bien hecho por cierto, de una p. católica a la defensiva que se desarrollaría más tarde extraordinariamente para defender la pureza doctrinal del torbellino de ideas desatado por la Revolución francesa y sus consecuencias de todo tipo. Entre varias publicaciones de periodicidad diversa, el diario L’Avenir, fundado por La Mennais (v.) antes de abandonar la Iglesia y que se publicó entre octubre de 1830 y noviembre de 1831, es tanto un precedente de los grandes diarios católicos, como de las dificultades y defecciones a que muchos llegarían más tarde, al no acomodar el contenido de sus periódicos, por motivos políticos o religiosos, a la doctrina de la Iglesia.Los antecedentes franceses se dan, de un modo u otro, en toda la Europa del s. XIX y de principios del XX; es destacable la labor de periodismo católico desarrollada en Alemania en torno a la política de Bismarck (v.; KULTURKAMPE). Los títulos Kó1nische Volkszeitung (18691941) y Gerinania (1871-1938), el primero de Colonia, y el segundo de Berlín, y los nombres de Cardauns, Paul Majunke y Franz, son otras tantas manifestaciones de periodismo católico combativo, que llena buena parte de la p. católica alemana de la segunda mitad del siglo anterior. Las muestras podrían recogerse también en Inglaterra, en los Estados de la Península italiana y en otros países.El desarrollo histórico de la p. católica española, en el s. XIX y primer cuarto del XX, y en el especial sentido que la estamos considerando, está íntimamente ligado a la historia política del país y se da todo tipo de p. católica, con las fórmulas más variadas de esta clase de periodismo. Las primeras manifestaciones que registra el periodismo católico español se dan en Cataluña y Baleares; se inician con las actividades periodísticas de un catedrático de la Univ. de Palma de Mallorca y Maestro de Teología, fray Raimundo Strauch, quien primero por medio de hojas sueltas, y más tarde desde las columnas del Diario de Mallorca, emprendió una tarea de defensa de los ideales religiosos. La reacción del P. Strauch, y de otros muchos religiosos y sacerdotes, fue motivada por la marejada anticatólica que en multitud de periódicos se desató a raíz de la libertad de imprenta instaurada como consecuencia de la Constitución gaditana de 1812 (v. CÁDIZ, CORTES DE).El desarrollo de la ideología liberal y el altavoz prestado por muchos periódicos españoles a las ideas revolucionarias francesas llena, como es sabido, la historia del XIX español. Y ya en periodos de reacción absolutista, ya en momentos de movimientos revolucionarios, la p. católica, de contenido estrictamente religioso o a través de periódicos abiertamente partidarios de una "política católica" de corte legitimista, se desarrolló de modo extraordinario en el país. A la labor periodística de Roca y Cornet y de otros ilustres periodistas y polemistas católicos catalanes, hay que unir la tarea de mayor alcance nacional de Jaime Balmes, cuya obra periodística y política entra de lleno en la crónica española del s. XIX.Jaime Balmes (v.), además de filósofo, sociólogo e historiador, es cumbre del periodismo católico español del s. XIX. Con una excelente preparación teológica y filosófica y bien informado, por frecuentes viajes al exterior, de las innovaciones técnicas del periodismo europeo, Balmes, desde las páginas de El Madrileño Católico y La Civilización y al fundar en 1843 la revista La Sociedad, se puso en camino para su gran obra periodística de El Pensamiento de la Nación, periódico fundado en Madrid y que obtendría un gran predicamento en la opinión pública española y aun europea. En torno a Balmes, y, en muchas ocasiones, a impulsos de su ejemplo, surgieron periódicos católicos, que dieron vida al catolicismo político español con muy diversas variantes, ya desde las filas del tradicionalismo y sus diferentes escisiones o desde las posiciones de los moderados isabelinos. Los nombres de Quadrado, Aparisi y Guijarro, Gabino Tejado, Navarro Villoslada, Vicente de Manterola, Valentín Gómez, Ortí y Lara, Sardá y Salvany, el P. Cámara, Pedro de la Hoz, Santiago de Liniers, Sánchez Roca, Alejandro y Luis Pidal, Rubió y Ors, y otros muchos políticos, escritores y periodistas, que sobresalen en el periodismo español del s. XIX.Requieren referencia separada, dada su importancia y la continuidad del esfuerzo, la obra de dos grandes periódicos: El Siglo Futuro en Madrid, y El Correo Catalán en Barcelona. El primero, fundado por Cándido Nocedal en 1875, y el segundo, en el mismo año, por Manuel Milá de la Roca. El Siglo Futuro, católico y tradicionalista, al señalar las desviaciones que a su juicio apartaban en su momento al tradicionalismo de "la íntegra verdad católica", se publicó hasta 1936 y siempre se distinguió por una valiente actitud en defensa de los ideales religiosos católicos y de la personalidad e independencia de la Iglesia en España. Su último director fue Manuel Senante. El Correo Catalán, originariamente también tradicionalista, ha sido siempre, en su casi un siglo de existencia, un celoso defensor de los mismos ideales religiosos, por los que ha sufrido a lo largo de su historia varias prohibiciones y suspensiones. Sus campañas en defensa del dogma de la Inmaculada Concepción, del milenario de Montserrat y en pro de la unidad católica, son muestras muy destacadas de un periodismo ideológico, combativo, y, al mismo tiempo, de excelente calidad técnica en cada momento. Las firmas del arzobispo de Tarragona López Peláez; Isidro Gomá y Tomás, cardenal primado de Toledo; Barraquer y muchísimos más, dirigidos durante largos años por Luis María Llauder, constituyen la importante aportación catalana al periodismo católico posterior a Balmes.Entre 1900 y 1936, la p. católica española experimentó un gran desarrollo, merced a iniciativas en diversas ciudades de numerosos obispos, religiosos y sacerdotes, animados a la acción por los congresos católicos nacionales, celebrados en varias ciudades: Madrid, Zaragoza y Sevilla. El número de periódicos, incluidos varios diarios, fue creciendo, y la presencia de las opiniones católicas en el concierto de la opinión pública española alcanzó un notable auge en el reinado de Alfonso XIII. Con esta plataforma, durante los años de la segunda República (1931-36), la combatividad y defensa de la Iglesia ocupa un capítulo muy importante en la historia contemporánea de la p. española. Los periódicos católicos se publican en diversas ciudades: El Correo Gallego (1878, Santiago de Compostela); Diario de Burgos (1891, Burgos); El Pensamiento Navarro, batallador periódico carlista (1897, Pamplona); El Correo de Zamora (1897, Zamora); El Diario de Ávila (1898, Ávila); El Correo de Andalucía (1899, Sevilla); El Noticiero (1901, Zaragoza); La Gaceta del Norte (1901, Bilbao); El Diario Montañés (1902, Santander); El Diario de Navarra (1903, Pamplona); La Verdad (1903, Murcia); El Diario de León (1906, León); Diario Regional (1908, Valladolid); El Correo Español-El Pueblo Vasco (1910, Bilbao) y otros, repartidos por la geografía nacional.El último intento español de promover una p. católica de alcance nacional se inicia en 1910, cuando una serie de políticos, enfrentados a la acción anticatólica de Canalejas (v.) y agrupados en la junta de Vizcaya y la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, deciden fundar en Madrid un gran periódico católico. Así aparecería El Debate (1910), que hasta 1936 desarrollaría una brillante labor de defensa de la Iglesia, bajo las orientaciones del catolicismo político posibilista de Ángel Herrera Oria (v.). El Debate sería el núcleo de donde partiría una amplia tarea de p. confesional, que, desde la creación de la Editorial Católica, daría al país una serie de periódicos con cuya colaboración contó desde el primer momento el régimen político español nacido de la Guerra civil de 1936-39. El Ideal de Granada se funda en 1932, el mismo año en que El Ideal Gallego de La Coruña pasó a depender de la Editorial Católica; Hoy de Badajoz aparece en 1933, y en 1935 el diario Ya (v.) en Madrid. Sin duda, el proyecto de la Editorial Católica está emparentado con la antigua "Maison de la Bonne Presse", de los agustinos asuncionistas franceses, que ya en 1880 empezaron a publicar su diario La Croix, periódico parisino que en 1900 se aproximaba a una tirada de 300.000 ejemplares (139.573 en 1970).2. Evolución de la doctrina sobre la prensa católica. Dada la extensión universal de la Iglesia y su presencia en países de estructuras tan diversas, en virtud de diferencias de todo tipo (políticas, económicas, culturales, etcétera), las manifestaciones de la llamada p. católica son extraordinariamente cambiantes, lo que dificulta bastante todo intento de describir una evolución histórica. Con objeto de aclarar los orígenes históricos de este tipo de p., se puede introducir, inicialmente, una sistemática en dos grandes grupos: 1) la p. representativa del catolicismo político, y 2) la p. de contenido más estrictamente religioso, que trata de fomentar la vida de piedad, la espiritualidad o la formación teológica o espiritual, que se debe al esfuerzo, generalmente, de familias religiosas y cuyos orígenes se remontan al s. XVIII. Aquí nos interesa más la primera. Lo que se denomina con alguna frecuencia catolicismo político reviste formas distintas en el s. XIX; nos referimos especialmente a dos: una que se da más en naciones de historia cultural mayoritariamente protestante y otra más propia de países de tradición católica confesional.En el primer caso, los católicos, defensores de la participación del pueblo en el gobierno, arbitraron con frecuencia la fórmula del "partido católico", afecto, al menos tácticamente, a las tesis pluralistas del liberalismo político, lo que trajo consigo no pocos roces de estos partidos, de algún modo confesionales, con la Santa Sede (p. ej., v. CATOLICISMO LIBERAL). En Inglaterra el partido irlandés; en Alemania, el Zentrum; en Holanda, el partido católico holandés, entre otros, son muestras de estos grupos políticos confesionales de la Europa del s. XIX. En estos casas, los católicos agrupados por motivos políticos -el acceso al poder por medio de las elecciones- y cohesionados por la común profesión de una misma fe religiosa, tuvieron necesidad de contar con una p. exponente de sus ideales tanto políticos como religiosos; y aunque realizaron a veces excelentes servicios a la sociedad y a los ideales religiosos, también proporcionaron no poca confusión, expuestos como estaban a una mezcla político-religiosa.La situación en las naciones de mayoría católica suele ser distinta; la reacción de los católicos en los países latinos, p. ej., en su actitud ante el liberalismo (v.), que de algún modo había sido asumido por los católicos centroeuropeos y su p., es no sólo de recelo, sino de abierta oposición en la mayoría de los casos. Ante el desarrollo de las ideas liberales, y sobre todo ante las formas concretas y equívocas de llevarlas a cabo, en los países de mayoría católica, los creyentes se refugiaron en el legitimismo, parapetándose en mantener la confesionalidad católica del Estado a todo trance. Tanto los legitimistas españoles como franceses -el universo de ideas que en España preparó la primera guerra carlista y en Francia, sobre todo, los legitimistas de Luis XVIII y Carlos X- son en el fondo regalistas, partidarios de la alianza a ultranza "entre el Trono y el Altar", que, en las columnas de la p. tradicionalista y católica, es motivo de no poca confusión entre los fines espirituales de la Iglesia y los propósitos y actos de la política temporal. El legitimismo inicial en sus proyecciones político-religiosas fue superándose por la idea de conseguir una concentración católica, centralizada, obediente a Roma, que, dentro de cada país, pudiera enfrentarse de un modo compacto -el proyecto del gran partido católico- con las fuerzas políticas sectarias o contrarias a la Iglesia. Los católicos, agrupados por la cohesión que suponía una común fe religiosa, se lanzan a la aventura de las elecciones confiados en la fuerza convincente de la Iglesia a la hora de indicar, de un modo u otro, a los católicos su actitud concreta ante las urnas. Pues bien, el instrumento no fueron sólo los párrocos y otras autoridades religiosas, sino los periódicos católicos, que, animados por la Jerarquía de la Iglesia, se constituyen en p. de partido, que canaliza y amplifica las opiniones de los católicos, sobre todo a la hora de las elecciones.Así, pues, el tipo de prensa católica que estamos considerando se desarrolla más o menos ligada a estos movimientos y partidos políticos diversos cuyo origen o inspiración está en la defensa de la religión y de la fe, defensa unida a otras finalidades políticas variadas (participación del pueblo, defensa de la monarquía o de la confesionalidad, reformas sociales, protección de libertades, etc.). En teoría esos partidos políticos católicos del s. XIX serían una entre otras posibilidades de actuación política para un católico, pero en la práctica predominaron, sentando bases también de posteriores actividades políticas de católicos en el s. XX, que contaron aún más con esa p. católica; así se dio lugar a la avalancha de partidos católicos, que inspirados de un modo u otro en la doctrina social cristiana (v.) llenarán buena parte de la vida política de Europa occidental, sobre todo en la primera mitad del s. XX. La p. católica así entendida nace teñida de clericalismo (v.) en sus planteamientos, dada su fundamentación casi exclusiva en un ideal religioso para la realización de un programa político a veces no muy concreto, y habida cuenta también de la en general directa intervención de la Jerarquía católica en la actuación temporal de los afiliados al partido. En estos partidos católicos decimonónicos, y en su p. muy especialmente, al nutrirse a veces sus filas de católicos de medios rurales y, en general, no cultivados, el clero, en muchísimas ocasiones, se constituye en élite que configura ideológicamente también las doctrinas más políticas de estos partidos y dirige la actuación tanto intelectual como política; otra muestra más de clericalización, de la que todavía se advierten síntomas en la llamada p. católica de los países de mayoría protestante. El despertar de la responsabilidad de los fieles laicos (v.) y el profundizamiento del Conc. Vaticano II en la naturaleza de la Iglesia y en los diferentes derechos y deberes de las distintas clases de fieles (v.) será lo que contribuya a superar esta situación desde el punto de vista doctrinal, tanto en la actuación política de los católicos como en la llamada p. católica.La historia de la p. católica corre, pues, paralela al desarrollo del cuerpo de doctrina que la propia Jerarquía eclesiástica ha ido elaborando acerca de la utilización, con fines apostólicos, de los instrumentos de la comunicación colectiva. Esas posiciones doctrinales de la Iglesia se han explicitado en cuatro etapas fundamentales: 1) Puesto que hay una "mala prensa" que ataca a la Iglesia, debe contraponérsele una "buena prensa" que defienda a la Iglesia, dé a conocer su doctrina y realice una labor informativa inspirada en esa misma doctrina. 2) A la "prensa mala" ha de oponérsele la "prensa católica", dándose a la expresión p. católica un contenido más amplio y profesional que el antiguo de "buena prensa". 3) "Prensa e información de la Iglesia". Se trata de una concepción progresivamente más técnica, pero se sigue subrayando su dependencia de la Iglesia. En estas tres primeras etapas, se sostiene, en muchos casos explícitamente, que esta clase de p. ha de someterse, antes o después, a la censura eclesiástica; esta idea de la censura se irá debilitando con el tiempo y con las dificultades prácticas que se presentan. 4) A impulsos del Conc. Vaticano II, que publicó el Decr. Inter Mirifica sobre los medios de comunicación social (v.), se superan los antiguos esquemas de la llamada p. católica, dándole una fundamentación mucho más abierta y menos estrictamente confesional o sin una especial dependencia de la Jerarquía eclesiástica (aparte del deber normal de todo católico respecto a la doctrina cristiana de fe y moral); se tiene en cuenta también la importancia de la p. en general, sea o no dirigida o realizada por católicos, como actividad profesional ordinaria, sin especiales dependencias de la Jerarquía, subrayándose al propio tiempo que el trabajo de la p. es una actividad profesional, como las que competen primordialmente a los fieles laicos. En el Decr. Inter Mirifica, sobre una base científica, asentada en las investigaciones más recientes, se pone atención en el público que recibe la acción informativa de la p., y se aboga por una buena educación de los individuos y de la sociedad para que la acción pública de la p. sea la más adecuada a las necesidades sociales. En este último punto, se subraya la responsabilidad de los medios informativos acerca de los públicos jóvenes o intelectualmente débiles, ya que sobre estos públicos la acción de la p. y demás medios de comunicación causa un mayor impacto.A. BENITO JAÉN.
BIBL.: G. HOURDIN, La p,esse catholique, París 1957; J. TARÍN IGLESIAS, Periodismo de ayer y de hoy, Barcelona 1959; G. HOURDIN y J. TARÍN IGLESIAS, La prensa católica, Andorra 1959; M. T. AZCOAGA GERMÁN, Apuntes para la historia de la prensa católica en España, Pamplona 1964; F. PRIETO CELI, El régimen legal de la prensa católica en España, Pamplona 1964; J. MARTEL DÁVILA, Apuntes sobre la evolución del concepto de prensa católica, Pamplona 1965; P. GÓMEZ APARICIO, Historia del periodismo español, 1 y 2, Madrid 1967 y 1971 ; J. IRIBARREN, El derecho a la verdad, Madrid 1968; M. FERNÁNDEZ AREAL, La política católica en España, Barcelona 1969; A. GONZÁLEZ MOLINA, La Iglesia en la encrucijada de la comunicación social, Madrid 971; J. M. PASCUAL, Trayectoria doctrinal del Concilio Vaticano Il sobre la comunicación social y sus medios, Pamplona 1973.
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