Portugal VI. Historia de la Iglesia. HIST.
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Historia de la Iglesia
1. De los orígenes al siglo XI. No existen fuentes históricas sobre la primitiva evangelización del actual territorio portugués, aunque se atribuye un origen apostólico a las diócesis de Braga (v.), Évora (v.), Lisboa (v.) y Oporto (v.). Atendiendo, sin embargo, a las fáciles comunicaciones con los principales centros de la Península y con Roma, la evangelización debió de comenzar en fechas tempranas; algunas diócesis datan del s. III y en el s. iv ya existían comunidades cristianas en tierras alejadas de las ciudades episcopales, como Cetóbriga, Meróbriga y Odrinhas, a pesar de la desorientación causada por el arrianismo (v.) y el priscilianismo (v.) en que estuvieran envueltos los obispos Potamio de Lisboa, Paterno de Braga e Itacio de Ossónoba, que fue uno de los acusadores y causantes de la muerte de Prisciliano (386). De esa época serían los mártires Víctor de Braga, Verísimo, Máxima y Julia de Lisboa, atribuibles a la persecución de Diocleciano. La invasión de los bárbaros (409) y las luchas subsiguientes crearon graves dificultades a los cristianos, y algunos sacerdotes, como Paulo Orosio (v.), emigraron para huir de los perseguidores. Después de algunos años de relativa calma la situación se agravó; en el 456 los visigodos saquearon Braga, destruyendo y profanando templos y altares, y vejando al clero y a las vírgenes consagradas a Dios; en el 462, el obispo-cronista Idacio fue apresado en su iglesia de Chaves por los suevos que, en el 465 y 468, tomaron Conimbriga (Coimbra) y, en el 469, Lisboa.La crisis religiosa fue, sin embargo, más grave que la política. Después de una primera tentativa de evangelización de los suevos y la conversión del rey Requiario (448-457) se produjo la adhesión de aquellos bárbaros al arrianismo (466) por influencia del obispo gálata Ajax. Su conversión definitiva al catolicismo sólo tuvo lugar mediado el s. vi, gracias a los esfuerzos del rey Teodomiro y el apostolado de S. Martín de Dumio (v.). Los priscilianistas despreciaron las condenas conciliares y difundieron su doctrina. A pesar de ser nuevamente condenados en el concilio reunido en el 447 por orden de S. León Magno y de la "regla de la fe" mandada por los padres conciliares a Balconio de Braga, el priscilianismo se mantuvo hasta ser extirpado por el 1 Conc. de Braga (561).A pesar de estas graves dificultades, el catolicismo se difundió en el territorio portugués y tuvo una época de esplendor en los s. VI y VIII, sobre todo después de la conversión de los suevos y de los visigodos. Fuentes narrativas y arqueológicas documentan la existencia de 13 diócesis y de unas 200 cristiandades en este territorio, hacia finales del s. VII (v. mapa de P. paleocristiano). De entre las ciudades episcopales fue Braga la que ejerció mayor influencia, por ser metrópoli de la Galecia e importante centro de vida religiosa y cultural. Beja (Pax Julia), sede del convento pacense, fue notable centro de arte visigótico y cuenta entre sus obispos al escritor Apringio (ca. 531-567). Algunas cristiandades también fueron importantes, como Santarém (Scalabis, Praesidium Julium), sede del convento escabilitano, donde nació el escritor Juan de Bíclaro (ca. 540-621), obispo de Gerona, y donde sería sepultada S. Iría, martirizada en Tomar (653); y Mértola (Myrtillis), la principal necrópolis cristiana portuguesa, con más de 30 inscripciones cristianas desde el 452.La invasión y ocupación del territorio por los musulmanes (713-717) desorganizó las diócesis, aunque las comunidades cristianas consiguieron mantenerse, sobre todo al S del río Vouga, pero en condiciones generalmente muy precarias. Esta difícil situación llevó a los cristianos a apoyar revueltas de jefes musulmanes que les prometían por su ayuda, más libertad, como en Beja en tiempo de Yúsuf (746-755), y en Lisboa, Santarém y varias tierras del Alentejo y Algarve en tiempos de Abderramán I (763-764). El contacto con los musulmanes provocó la islamización de la población, aunque se mantuvieron leales a su_le (mozárabes), con excepción de algunos renegados (muladíes). El 16 jul. 851 fue martirizado en Córdoba, donde estudiaba, Sisenando, natural de Beja. Los únicos templos de cierto relieve bajo el dominio musulmán fueron los de Santa María de Ossónoba y el del cabo de San Vicente y, tal vez, el de Beja, de donde Bermudo 11 llevó en el 926 el libro que sirvió de modelo al célebre Antifonario de León.La situación al N del Vouga era aún más precaria porque, desde las campañas de Alfonso 1 de Asturias (753) hasta el de la Reconquista de Alfonso III de Asturias (v.; 868), el territorio estuvo prácticamente sin autoridades civiles y religiosas, y fue asolado varias veces por incursiones enemigas, quedando en él escasa población. Con Alfonso III se ocuparon varias ciudades y se restauraron las diócesis de Coimbra, Oporto, Lamego y Viseo, comenzando el resurgimiento de la vida religiosa. Aunque las incursiones normandas y las campañas de Almanzor (987-997) desorganizaran nuevamente la vida religiosa, ésta consiguió mantenerse al N del río Mondego, multiplicándose las parroquias y siendo numerosos los monasterios, iglesias y ermitas. Algunos de aquéllos fueron importantes centros de vida religiosa y cultural, y hasta de poblamiento y colonización, como los de Arouca (925), Grijó (922), Guimaráes (850), Lorváo (907), Moreira (1027), Paco de Sousa (ca. 956), Pedroso (ca. 1026), Pendorada (1059), Santo Tirso (978) y Vairáo (974). Las conquistas de Fernando I de León y Castilla (1035-65) permitieron la restauración definitiva de las diócesis al N del Mondego y la expansión religiosa hacia el S.2. Siglos XII al XVI. La autonomía portuguesa coincidió con el triunfo de la reforma gregoriana, motivo por el que la vida religiosa portuguesa está profundamente marcada por la Orden de Cluny, principal agente de aquella reforma en la Península. Cluniacenses eran S. Geraldo y Mauricio Burdino, arzobispos de Braga; D. Bernardo y D. Hugo, obispos, respectivamente, de Coimbra y Oporto. La acción cluniacense fue secundada y continuada por otras corrientes espirituales profundamente renovadoras: se fundaron los cabildos y escuelas de las catedrales, viviendo aquéllos en común, según la regla de S. Agustín. Siguieron la misma regla los Canónigos Regulares, que tuvieron una marcada influencia después de la fundación de los monasterios de Santa Cruz de Coimbra (1131), importante centro de la vida religiosa y cultural, subordinado directamente a Roma, y de S. Vicente de Fora, en Lisboa (1147). En 1144 entraron en P. los monjes del Císter, con su casa matriz en Alcobaca, el más importante monasterio portugués, por la cultura, riqueza, privilegios y número de casas filiales. Junto aestas y otras órdenes religiosas trabajaron los eremitas, primero aislados y después en comunidades regulares, con la regla de S. Agustín por norma. Las órdenes militares del Temple, Hospital, Évora (también denominada de Avís) y Santiago contribuyeron significativamente a la vida religiosa y, sobre todo, a la reconquista del territorio aún dominado por los musulmanes y a su poblamiento y colonización (cuando fue suprimido el Temple, con sus bienes se constituyó la Orden de Cristo, fundada en 1318 por el rey D. Dionís). En el s. XIII se dio una profunda transformación en la vida religiosa con la entrada de franciscanos y dominicos (ca. 1217) que, a pesar de una cierta oposición del clero diocesano, tuvieron una gran expansión y prestaron relevantes servicios a la Iglesia y a la sociedad.P. -como el resto de la Cristiandad- atravesó una crisis religiosa desde el s. XIV, con una acentuada decadencia moral, religiosa y cultural en el clero y en la sociedad. La mayor parte del alto clero mantenía actitudes censurables, abandonaba sus beneficios, residiendo en la corte o en Roma, donde consumía las rentas de los beneficios. Los restantes beneficiados seguían su ejemplo, despreocupándose de sus obligaciones morales y espirituales. Aunque en menor grado, el relajamiento alcanzó también a los religiosos, sobre todo a los benedictinos y canónigos regulares, contribuyendo a esta decadencia los comendadores y patronos y la inhibición del ordinario del lugar. El cuidado de las almas, sobre todo en los medios rurales, estaba confiado al clero humilde, de poca cultura, que vivía pobremente, por ser escasas las rentas de las iglesias, consumidas casi todas ellas por los beneficiados ausentes, los comendadores y patronos, o por estar anejas a otros beneficios o instituciones. Por este motivo, muchas iglesias no tenían quien las sirviese, quedando los fieles sin asistencia espiritual.Este mal ejemplo del clero y de los religiosos se reflejaba en los laicos, en quienes predominaba una vida licenciosa, poca frecuencia de sacramentos y actos de culto, y una gran ignorancia religiosa, mezclada con supersticiones. A esta triste situación contribuyó la política de los Papas de Aviñón y, sobre todo, el cisma de Occidente (v. CISMA III), que provocó la división entre las diócesis y hasta dentro de éstas, aunque P., oficialmente, obedeciese casi siempre a Roma.Sin embargo, a pesar de esta decadencia, se mantenía la integridad de la fe y existían muchas almas piadosas, de vida ejemplar y hasta de acrisolada virtud, que reclamaban la reforma de la Iglesia, pero siempre dentro de la ortodoxia. Era el movimiento de la prerreforma, que se intensificó desde el Conc. de Constanza, gracias a la acción de algunos prelados, de los franciscanos y dominicos de la Observancia y, sobre todo, de las nuevas órdenes (jerónimos, loios, trinitarios). Entre los prerreformadores destacan Fernando da Guerra, arzobispo de Braga, fray Joáo Alvares, el abad Frei Gomes y André Dias o de Escobar, los dos últimos con una gran proyección en Italia. Los monarcas y las personas de la familia real secundaron el movimiento reformista, y el infante D. Enrique (v. ENRIQUE EL NAVEGANTE), aunque laico, llegó a ser propuesto como Papa reformador de la Iglesia en el Conc. de Basilea (1439).A enfervorizar a los fieles, que tenían como devociones principales la vida y la pasión de Cristo, el Santísimo Sacramento y la Virgen María, contribuyeron mucho las órdenes Terceras y las cofradías de piedad, como la del Nombre de Jesús, y las de Artes y Oficios. La principal fue la Cofradía de la Misericordia, fundada por la reina Da Leonor (15 ag. 1498), que tuvo una enorme expansión en el territorio portugués del continente y de ultramar, y fue la obra de asistencia más importante, todavía hoy vigorosa, aunque esté parcialmente laicizada. Los esfuerzos reformadores del s. xv continuaron en el xvi, influidos por el erasmismo (v. ERASMO) y por las corrientes espirituales germano-flamencas, italiana y española; tenía ésta como principal representante a fray Luis de Granada (v.; enterrado en el convento de S. Domingo de Lisboa). Al mismo tiempo Manuel I y, sobre todo, Juan III pusieron el mayor empeño en la reforma y en proporcionar sólida cultura a la juventud y al clero, enviando estudiantes a las principales universidades europeas, reformando la Univ. de Coimbra y creando la de Évora y otros colegios en ésta y otras ciudades.Con la expulsión o conversión de los judíos, impuestas por Manuel I (1496), surgió el grave problema de los cristáos novos (v. JUDAIZANTES). Para juzgar la pureza de creencias, causas y varios crímenes, Juan III consiguió de Paulo III la institución de la Inquisición (v.) en P. por la bula Cum nihil (23 mayo 1536), modificada por bulas posteriores. Relativamente benigna al principio, la Inquisición llegó a ser muy rigurosa. Procuró defender la fe, impidiendo la entrada y circulación de doctrinas y libros heréticos o peligrosos con la publicación de índices donde se incluían los títulos de los libros prohibidos.La Compañía de Jesús, en cuya fundación intervino el portugués Simón Rodrigues, entró en P. el 17 abr. 1540. a petición de fijan III, y fue un instrumento de excepcional importancia en la Contrarreforma (v.), tanto por su intenso apostolado entre los fieles, como por su extraordinaria acción desarrollada en la enseñanza secundaria y superior y en las misiones, sobre todo del Oriente, donde destacó el navarro S. Francisco Javier (v.) y del Brasil, con los PP. Manuel da Nóbrega y el canario José de Anchieta (v.). Este esfuerzo de renovación y la ejecución de los decretos del Conc. de Trento (v.), donde los teólogos y prelados portugueses, sobre todo Bartolomé de los Mártires, tuvieron un destacado papel, dieron lugar a una profunda reforma de las órdenes religiosas, la selección de prelados apostólicos, con preferencia por los religiosos, la reunión de concilios y sínodos y promulgación de constituciones, las visitas pastorales, una residencia más efectiva en los beneficios, la fundación de seminarios y colegios, y la publicación de obras de cultura religiosa y de formación espiritual.El resultado de tantos esfuerzos, si no extirpó radicalmente todos los abusos, dio a la cultura religiosa portuguesa el más alto nivel de todos los tiempos y promovió en el clero y en los fieles una espiritualidad profunda, que se puso de manifiesto en un espléndido apostolado en las misiones de África, Brasil y Oriente. Entre los santos portugueses de este periodo, se cuentan: S. Geraldo, arzobispo de Braga (1108), S. Antonio de Lisboa o de Padua (1231; v.), la reina S. Isabel (1336; v.), Nuño Alvares Pereira (1431; v.), la princesa S. Juana (1490), la beata Beatriz de Silva (1490; v.) fundadora de la Orden de la Concepción; S. Juan de Dios (1550; v.), los mártires del Brasil P. Ignacio de Azevedo y 39 compañeros (1570), etc.3. Del siglo XVII a la actualidad. La reforma tridentina no había producido aún todos los efectos deseados, cuando se inició la Revolución de 1640, que determinó la entronización de Juan de Braganza y la separación política de España (v. v, 4). Este hecho provocaría una difícil situación religiosa en P., ya que los prelados iban muriendo y la Santa Sede no confirmaba los obisposelegidos por el Estado portugués. Esta situación y el deficiente reclutamiento y preparación del clero, y de los religiosos condujeron a una práctica de la religión cada vez más rutinaria y a una decadencia de costumbres en todas las clases sociales, aunque no faltasen tampoco las almas virtuosas.A fines del s. XVII fray Francisco de la Anunciación comenzó una reforma de los gracianos, intentando restaurar la disciplina, corregir las costumbres y enfervorizar la piedad. Este movimiento, conocido por Jacobeia, ejerció una notable influencia en otras comunidades religiosas (masculinas y femeninas) y en la sociedad, teniendo como principales apóstoles a fray António das Chagas, Gaspar de la Encarnación y el obispo de Coimbra Manuel de la Anunciación. Hubo no obstante una fuerte oposición a esta espiritualidad, siendo los jacobeos acusados de sigilistas (violadores del sigilo de confesión), lo que originó hasta cuatro intervenciones del papa Benedicto XIV.El marqués de Pombal (v.) suprimió la Jacobea y persiguió a algunos de sus miembros más influyentes, sobre todo al obispo de Coimbra. Los oratorianos (v.) también fueron víctimas de esta persecución pombalina, que profesó un odio mortal a los jesuitas, a quienes expulsó de P. y sus dominios. La salida de estos religiosos fue muy dañosa para la formación del clero y de los laicos, para la enseñanza y las misiones en Brasil y el Patronato de Oriente.La decadencia de las órdenes antiguas continuó acentuándose, lo que provocó un ambiente hostil, a pesar de los buenos servicios prestados por los nuevos institutos, sobre todo por los oratorianos, que tuvieron una gran influencia en la enseñanza. La campaña contra los religiosos y el clero se intensificó con la Revolución de 1820, culminando con la extinción de todas las casas religiosas y la incorporación de sus bienes en los "propios de la Hacienda Nacional" por decreto de Joaquim António de Aguiar (30 mayo 1834). Con éstas y otras medidas persecutorias de los liberales y masones, agravadas por la negligencia de muchos obispos, la situación religiosa llegó a ser deplorable.En el último tercio del s. XIX comenzó el resurgimiento religioso, gracias a la abnegación y al celo de ciertos obispos, a la organización de los católicos, a la fundación de seminarios y del Colegio Portugués en Roma; regresaron a P. algunas órdenes y congregaciones (franciscanos, jesuitas) y nuevos institutos (Espíritu Santo, hermanas de S. José de Cluny, doroteas, hermanitas de los Pobres, hermanas hospitalarias, etc.), que se dedicaron, sobre todo, a las misiones, a la enseñanza y a la asistencia.Los esfuerzos restauradores comenzaban a fructificar cuando el Gobierno republicano (v. v, 5), que sustituyó a la monarquía (5 oct. 1910), desencadenó una violenta política antirreligiosa: expulsó a los religiosos expropiando sus bienes y los de la Iglesia, e implantando la ley del divorcio; suprimió la enseñanza del catecismo en las escuelas primarias y normales dictando otras medidas tendentes a la laicización de la vida pública y, por la Ley de la Separación (20 abril 1911), cerró casi todos los seminarios. Los obispos protestaron, pero fueron perseguidos y algunos presos o desterrados: los de Beja, Braga, Guarda, Lisboa y Oporto. Los católicos se organizaron fundando el Centro Católico Portugués, que tuvo representación en el Parlamento desde 1915, y por este medio, en congresos y a través de la prensa, lucharon en defensa de la causa católica.Con la subida al poder de Sidónio Pais (v.; 5 dic. 1917) comenzó a mejorar el ambiente religioso, al abolirse las medidas más ofensivas para la Iglesia, que fue reconquistando libertad de movimientos, sobre todo después de la Revolución Nacional de 28 mayo 1926 (v. VI, 6). Hubo un notable resurgimiento religioso, gracias al celo del episcopado, que celebró el Conc. Plenario portugués en 1926, publicó diversas pastorales colectivas, dotó las diócesis de buenos seminarios, fundó la Acción Católica (1932) y muchas obras e instituciones destinadas a la formación religiosa y apostolado, a la enseñanza y asistencia, y a las Misiones. Este resurgimiento, que aún continúa, fue muy favorecido por la Constitución política de 1933 y, sobre todo, por el Concordato de 1940 y por las Apariciones de Fátima (v.). En él ha colaborado todo el pueblo portugués, pero sobre todo cerca de 4.200 sacerdotes diocesanos, unos 1.700 religiosos de 28 comunidades, que sostienen 159 casas y unas 6.500 religiosas de 65 comunidades, repartidas por 620 casas. Se declaran católicos el 95,6% de los 8 millones de portugueses del continente, aunque la práctica religiosa es baja en las grandes ciudades y en el Sur del país.Entre los no católicos, hay unos 80.000 protestantes de diversas confesiones; los más numerosos son los pentecostales (25.000), hermanos (15.000), baptistas (9.000), presbiterianos (6.000), episcopálianos (4.000), adventistas (3.000) y metodistas (3.000). El episcopado católico está aplicando las reformas ordenadas por el Conc. Vaticano II, pero la vida religiosa se está resintiendo de la desorientación general de estos últimos años, se nota una acentuada disminución en las vocaciones sacerdotales y religiosas. Las principales devociones son la Eucaristía, el Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen María, sobre todo bajo las invocaciones de la Inmaculada Concepción (patrona de P. desde 1646) y Fátima. Entre los santos portugueses de este periodo, sólo ha sido canonizado S. Juan de Brito (1947; v.).4. Organización eclesiástica. En el actual territorio portugués debieron de existir ya diócesis a mediados del s. ni, a semejanza de las de Mérida y Astorga-León; sin embargo, las referencias documentales más antiguas proceden del 300 para Évora y Ossónoba (Faro), cuyos obispos asistieron al Conc. de Elvira (v.); del 350 para Lisboa y del 397 para Braga. Si la civitas Baetica, representada en el Conc. de Arlés (314) correspondía a Boticas, como defendió Z. García Villada (Historia Eclesiástica de España, I,1,180-181), existía otra diócesis en la actual provincia de Tras-os-Montes, próxima a Chaves (Aquae Flaviae), de la que fue obispo el cronista Idacio. La de Coimbra es anterior a la conquista de Conimbriga por los suevos (465), siendo transferida la sede a Aeminium, más resguardada para la defensa. El escritor Apringio era obispo de Beja (Pax Julia) en ca. 531. En el 556 se creó la diócesis-monasterio de Dumio en honor de S. Martín. En la reorganización diocesana del reino suevo, que parece tuvo lugar en el 569, se crearon los obispados de Idanha (Egitania), Lamego, Oporto (cuya primera sede fue en Mangetum, Meinedo), Viseo y Tuy, perteneciendo a éste el territorio comprendido entre los ríos Lima y Miño. Caliabria, que en el 580 era parroquia de Visco, fue después elevada a diócesis, y su primer obispo asistió al IV Conc. de Toledo (633). En esa fecha había 13 diócesis en el actual territorio portugués: Braga, Oporto, Coimbra, Lamego, Idanha, Viseo, Tuy, Dumio y Caliabria, que pertenecían a la metrópoli de Braga; Lisboa, Évora y Beja, a la metrópoli de Mérida; y Ossónoba, a la de Sevilla. Las primeras seis diócesis estaban subdivididas en 79 circunscripciones (las ecclesiae y los pagi), y la de Tuy en 17, unas ocho de las cuales radicaban en el territorio entre el Lima y el Miño.La invasión musulmana (713-717) desorganizó la vida religiosa y, durante más de siglo y medio, sólo se conoce la existencia del obispo de Braga, que se refugió en Lugo, desde donde continuaba gobernando su diócesis. Con Alfonso III de Asturias se ocuparon varias ciudades y se restauraron las diócesis de Coimbra, Oporto, Lamego y Visco, aunque sus prelados, por falta de seguridad, vivieron casi siempre en León y Asturias. La conquista de Coimbra por Fernando I de Castilla y León (9 jul. 1064) permitió el nombramiento de obispos residenciales al N del río Mondego: D. Pedro para Braga (1070-71), que quedó aneja a la diócesis de Oporto hasta el nombramiento de D. Hugo (1112); D. Paterno para Coimbra (1080), a la que quedaron anejas las de Lamego y Visco hasta 1147.Poco después de la conquista de Lisboa (1147) y Évora (1165), en época ya del reino de P., fueron restauradas estas diócesis, que pasaron a metropolitanas en 1393 y 1540. La de Ossónoba se restauró en 1189 en Silves, pero no prosperó por haber sido tomada la ciudad por los musulmanes en 1191. La restauración definitiva se efectuó en 1253, transfiriéndose a Faro el 30 mar. 1577, cuando era su obispo el célebre humanista jerónimo Osório. Hacia 1203 se restauró la de Idanha, aunque con sede en Guarda. A fines del s. XIV, y por motivo del cisma de Occidente, las tierras portuguesas sujetas a los obispos de Tuy (territorio entre el Lima y el Miño), Badajoz (Olivenza, Campo Maior y Ouguela) y Ciudad Rodrigo (tierras de Riba-Coa) se transformaron en unidades administrativas eclesiásticas autónomas y fueron después incorporadas, respectivamente, en las diócesis de Ceuta, Braga y Lamego. Paulo III creó las diócesis de Leiria y Miranda el 22 mayo 1545, desmembradas de las de Coimbra y Braga. El 21 ag. 1549 se creó la de Portalegre, con tierras de las de Guarda y Évora. S. Pío V creó la diócesis de Elvas el 9 jun. 1570, con poblaciones de las de Évora y Olivenza, Campo Maior y Ouguela. De 1716 a 1740, Lisboa fue sede de dos diócesis y dos metrópolis (v. LISBOA iii). El 10 jul. 1770 Clemente XIV creó los obispados de Beja, Penafiel y Pinhel y dividió el de Miranda en dos: Miranda y Braganza. El mismo Pontífice creó también las diócesis de Castelo Branco (7 jun. 1771) y Aveiro (12 abr. 1774), a costa de las de Guarda y Coimbra. Pío VI reunió Braganza y Miranda en una sola diócesis (27 sept. 1780), quedando la sede en la primera, y los obispos con los dos títulos.A petición del rey de P., León XIII, por la bula Gravissimum Christi (30 sept. 1881), redujo los obispados e hizo una reestructuración diocesana. Por sentencia de 4 sept. 1882 quedaron extinguidas las diócesis de Aveiro, Castelo Branco, Elvas, Leiria y Pinhel, y las dos circunscripciones exentas de la prelacía de Tomar y del priorato de Crato, cuyos territorios se incorporaron en las diócesis vecinas. El 17 en. 1918, Benedicto XV restauró la diócesis de Leiria; y Pío XI, el 20 abr. 1922, creó la de Vila Real, con feligresías de las de Braga, Braganza y Lamego. El 24 ag. 1938 restauró la de Aveiro. El 18 jul. 1956, el título de la extinguida diócesis de Castelo Branco fue anexionado a la de Portalegre, debiendo los obispos usar los dos títulos y residir parte del año en la primera ciudad. El territorio portugués del continente está, por tanto, dividido actualmente en 15 diócesis, que forman tres metrópolis (Braga, Évora y Lisboa), subdividiéndose aquéllas en 252 arciprestazgos o vicarías y 3.946 feligresías. Se espera la creación de las diócesis de Santarém y Setúbal, a costa de la de Lisboa. Existe también un vicariato castrense, creado por la Santa Sede el 29 mayo 1966, cuya estructura militar fue fijada por Decr.-Ley de 8 de septiembre siguiente. El vicario castrense es el Patriarca de Lisboa pro tempore. A estos territorios hay que añadir las tres diócesis insulares: en las Azores (Angra) en Madeira (Funchal) y en Cabo Verde (Santiago).Los datos estadísticos de todas las circunscripciones mencionadas (según Ann. Pont. 1973) se resumen en el cuadro de comienzo de página.5. Iglesia y Estado. Desde un principio, las relaciones entre la Iglesia y el Estado fueron, en general, amistosas y de íntima colaboración. De hecho los arzobispos de Braga apoyaron eficazmente la política autonomista del conde Enrique de Borgoña (esposo de la infanta Teresa, hija de Alfonso VI), mereciendo el título de fundadores de la nacionalidad. Los otros prelados, el clero secular y regular, y las órdenes militares colaboraron también en la independencia, repoblación y colonización del futuro Portugal. Hubo, sin embargo, conflictos entre el clero y las autoridades civiles, provocados por violación de los privilegios y bienes eclesiásticos y no por motivos doctrinales (v. iv, 4), porque los monarcas lusitanos fueron siempre fieles a la ortodoxia y a la obediencia a Roma, con la que mantuvieron contactos desde la formación del reino, como un medio de garantizar la independencia. Fue ésta la finalidad de la carta Claves regni coelorian (13 dic. 1143), por la que el rey Alfonso Enríquez prestó vasallaje y ofreció la tierra portuguesa a la Iglesia de Roma, comprometiéndose al pago anual de cuatro onzas de oro, bajo la condición de gozar de la protección pontificia y de no reconocer otro señorío, eclesiástico o civil, fuera del Papado y sus delegados (v. t ALFONSO DE PORTUGAL). La aceptación de este vasallaje por Lucio tI y, sobre todo, por la bula Manifestatis probatum (23 mayo 1179) en la que Alejandro III reconoció a Alfonso Enríquez como rey, aceptó el reino bajo su protección y le concedió todas las tierras que reconquistase a los musulmanes y no pudiesen ser reclamadas por terceros príncipes cristianos; todo ello contribuyó a que se estrecharan las relaciones entre P. y la Santa Sede.Algunos Pontífices concedieron a P. diversos privilegios, entre los cuales figuran bulas de cruzada y parte de las rentas eclesiásticas para sufragar la guerra contra los musulmanes de la Península (Cupientes christicolas, 21 oct. 1234; Apostolicae Sedis, 23 mayo 1320; Gaudemus et exultemus, 30 abril 1341, etc.). Por la bula Ad ea ex quibus (14 mar. 1319), Juan XXII, a petición del rey Dionís, transfirió a la nueva Orden militar de Cristo todos los bienes que los Templarios poseían en P., lo que significó una decisiva aportación para los descubrimientos geográficos y las conquistas ultramarinas.Los conflictos se resolvían, en general, por acuerdos entre el rey y los obispos, con mediación del Pontífice en algunos casos, como en el de Sancho I (1185-1211) con los obispos de Oporto y de Coimbra, y el de Alfonso II (1211-23) con sus hermanas. Atendiendo a las graves quejas emitidas contra Sancho II (1223-48), Inocencio IV, por bula Grandi non immerito (24 jul. 1245), confió la regencia del reino al hermano del rey Alfonso III (1248-79), aunque manteniendo aquél sus prerrogativas (v. IV, 4). Años después, el nuevo monarca provocó otros conflictos; su casamiento con Beatriz de Castilla, estando vigente su matrimonio con Matilde de Boulogne; las Investigaciones de 1258 y otras medidas lc,ivas de los derechos eclesiásticos. Muerta la reina Matilde, el episcopado pidió (1262) la revalidación del segundo matrimonio y la legitimación de los hijos, aunque continuaron otras quejas, que sólo se solventaron con los concordatos de 11 y 40 artículos, celebrados entre D. Dionís y el episcopado el 7 y 11 feb. 1289, y confirmados por Nicolás IV en la bula Occurrit nostrae considerationi (7 mar. 1289).Nuevos concordatos se celebraron con D. Dionís (1292 y 1309) y Pedro I (1361). Habiendo promulgado Juan I ciertas leyes atentatorias de las libertades eclesiásticas, Martín V intervino y, en 1427, se celebró un nuevo concordato, entre este Pontífice y el monarca portugués, que constaba de 94 artículos. Con Juan II surgieron nuevos roces, sobre todo con motivo del placet regio, que el rey abolió en 1487, después de la intervención pontificia.Desde Juan I, las embajadas y los contactos con la Santa Sede fueron más frecuentes, porque la toma de Ceuta (21 ag. 1415) y las subsiguientes conquistas de los portugueses en África y Asia, llevaron a Roma a colaborar eficazmente, concediendo importantes privilegios: nuevas bulas de cruzada (Rex regum, 4 abr. 1418; Propugnatoribus fidei, 3 dic. 1422; Cum carissimus, 13 sept. 1496; Orthodoxae f idei, 17 jul. 1505; etc.); posibilidad de que los miembros de la familia real administrasen y dirigiesen las órdenes militares; derecho de patronato en P. y sobre todo en las tierras nuevamente descubiertas e incorporadas (Dum diversas, 18 jun. 1452), con el monopolio comercial y la organización de la vida religiosa (Romanus Pontifex, 8 en. 1455); la jurisdicción espiritual (Inter caetera, 13 mar. 1456) y el derecho de presentación a todos los beneficios eclesiásticos (Dum (idei constantiam, 7 jun. 1514). Todos estos derechos se hacían extensibles a las tierras descubiertas, y por descubrir, por los portugueses (Aequum reputamus, 3 nov. 1534), a los que Alejandro VI había concedido el área geográfica del hemisferio oriental, dando a Castilla los mismos privilegios para el área occidental (Inter caetera, 4 mayo 1493).Con Manuel I, que mandó a León X una embajada espectacular -recordada en las pinturas de Rafael y en otros monumentos- las misiones de P. en la curia romana y de ésta en la corte portuguesa se hicieron permanentes, salvo periodos de litigio, con gran actividad en el s. xvl. Concluido el periodo de unificación de la corona de P. a España (1580-1640), hubo un penoso conflicto con la Santa Sede, ya que Roma no reconocía al rey de P. como tal por el hecho de haberse rebelado contra su señor natural, el rey de España, quedando sin confirmación los obispos presentados por el rey portugués, hasta tal punto que, durante 11 años, el obispo titular de Targa era el único que quedaba en todo el territorio lusitano del continente y ultramar.Zanjada esta crisis en abril de 1669, se normalizaron las relaciones, a pesar de las dificultades surgidas en cuanto al área de influencia del Patronato portugués en Oriente, coincidente con la del español en Filipinas. Juan V, después de algunos años de amistosas relaciones y de colaboración con Roma, las interrumpió en 1728. Reanudadas por el concordato de 19 dic. 1737, por el que se elevaba el arzobispo de Lisboa a patriarca, con derecho de ser hecho cardenal en el primer consistorio, se otorgó el título de "rey fidelísimo" a los monarcas portugueses (23 dic. 1748). Durante el reinado de José I se interrumpieron las relaciones entre 1760 y 1770, en los que el marqués de Pombal puso en práctica eJ regalismo (v.), cuya doctrina introdujo en los Estatutos de la Universidad (1772); restableció también el placet regio, creó la Real Mesa Censoria (1768), convirtió el Santo Oficio en Tribunal regio (1769) con atribuciones en los asuntos eclesiásticos y, en combinación con otros Gobiernos, forzó a Clemente XIV (v.) a extinguir a la Compañía de Jesús.María I (1777-1816) celebró un concordato sobre el derecho de patronato de ciertos beneficios, que el papa Pío VI confirmó (9 sept. 1778). La guerra civil entre Miguel I (1828-34) y Pedro IV (1830-35) creó graves dificultades a la Santa Sede a la hora de proveer las diócesis vacantes, provocó un cisma, y Pedro IV (1834) rompió las relaciones con Roma. Gregorio XVI extinguió eJ Patronato en las tierras de Oriente (24 abr. 1838), lo que obligó al Gobierno portugués a reconsiderar la situación, restableciéndose las relaciones en 1841. De 1848 a 1856 hubo acuerdos sobre la Bula de cruzada, cuyas rentas se destinaron a la creación y sostén de seminarios, iglesias pobres y obras pías, lo que se mantuvo, con algunas alteraciones, hasta 1967. El Patronato de Oriente dio origen a los concordatos de 21 feb. 1857,23 jun. 1886, 15 abr. 1928, 29 jun. 1929 y 18 feb. 1950.La implantación de la República (5 oct. 1910), y su clima de intensa hostilidad religiosa, provocó la ruptura de relaciones con la Santa Sede por la ley de la separación (20 abril 1911), condenada por Pío X en su bula fandudum in Lusitania (24 mayo 191 l). Las relaciones se formalizaron nuevamente el 9 en. 1918, pero manteniéndose el régimen de separación entre la Iglesia y el Estado. El 7 mayo 1940, P. y la Santa Sede firmaban un concordato y acuerdo misional, por el que se regulaba la situación jurídica de la Iglesia en el continente y ultramar. Este concordato, aún vigente, reconoce la personalidad jurídica de la Iglesia católica, a la cual garantiza el libre ejercicio de su poder de orden y jurisdicción. Las asociaciones religiosas pueden tener personalidad jurídica, adquirir bienes y mantener escuelas. Es libre la fundación de seminarios y de otros institutos de formación eclesiástica. En las escuelas públicas y establecimientos oficiales de educación es impartida la enseñanza de la religión y moral católicas. Reconoce efectos civiles a los matrimonios celebrados según las leyes canónicas, renunciando los cónyuges a la facultad civil de pedir el divorcio. Con este concordato se ha creado un clima de gran respeto hacia la Iglesia.V. t.: BRAGA II; ÉVORA II; LISBOA lll; ANGOLA III; MOZAMBIQUE II.AVELINO DE JESUS DA COSTA.
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