Poesía LIT.
Categoria:
Literatura
Concepto y definiciones. Procede de la voz griega poiesis y de la latina poésis, cuya equivalencia en castellano puede estimarse que es `creación, invención, ficción’. El Diccionario de la R. A. Española define así la p. en su acepción quinta: "Fuerza de invención, fogoso arrebato, sorprendente originalidad y osadía, exquisita sensibilidad, elevación o gracia, riqueza o novedad de expresión, encanto indefinible, o sea, conjunto de cualidades que deben caracterizar el fondo de este género de producción del entendimiento humano, independientemente de la forma externa, o sea de la estructura material del lenguaje, de que resulta el verso".El intento de definir qué es la p. ofrece una larga relación de tentativas con algunas coincidencias entre ellas. La preocupación griega por fijar ideas sobre el mundo llevaría a considerarla "razón divina" (Sócrates), "entusiasmo" (Platón), "imitación de la Naturaleza" (Aristóteles), conceptos que, a su vez, dieron origen a sucesivas poéticas sin que ninguna de ellas sea totalmente exacta. Sobre tan diversas formulaciones queda establecido el hecho de que la p. es "un arte de disponer las palabras de manera que en un espacio mínimo se obtenga la máxima intensidad de expresión", o bien "una manifestación de la belleza por medio del lenguaje".Entre los sostenidos esfuerzos por captar la esencia de lo poético, hagamos memoria, un tanto al azar, de los siguientes: "recuerdos de momentos mejores y más felices vividos en las mentes más privilegiadas y dichosas" (Shelley); "lenguaje que nos dice, a través de una reacción más o menos emocional, algo que no puede decirse" (Arlington Robinson); "lenguaje de la pasión y la imaginación animadas, formado por lo común en números regulares" (Blair); "arte de participar" (Heidegger); "honda palpitación de espíritu" (Antonio Machado); "instinto cultivado" (Juan Ramón Jiménez); "ritmo de la Creación vibrando a través de la tierra en la palabra humana" (Maragall); "lo que pasa en el alma del poeta cuando percibe sentimentalmente la realidad, su aceptación dolorosa de la contingencia" (Macedonio Fernández); "sorpresa incesante y descubrimiento en el infinito" (Robert Ganzo). Por último, anotemos una de las más recientes acuñada por Carlos Bousoño: "Comunicación establecida con meras palabras, de un conocimiento de muy especial índole: el conocimiento de un contenido psíquico tal como es: o sea, de un contenido psíquico como un todo particular, como síntesis intuitiva única, de lo conceptual-sensorial-afectivo".Origen de la poesía. Resulta imposible determinar temporalmente el origen de la p., pero es seguro que coincidió con las primeras manifestaciones artísticas de los seres humanos en forma de cantos tribales y folklóricos, cte.,cuyos vestigios se hallan en testimonios literarios de distintos pueblos, y, a tal efecto, cabe recordar a Verdet: "la poesía es el mismísimo lenguaje primitivo".Aunque hasta el s. xvi no se distinguió rigurosamente entre lírica (v.), épica (v.) y dramática (V. DRAMA), esa división de la materia poética latía ya desde los tiempos de Grecia (V. GRECIA XII) y Roma (V. LATINA, LENGUA Y LITERATURA), siendo motivo de numerosas especulaciones la cuestión del orden en que surgieron las tres fundamentales ramas de la p., que comprenden los géneros de la misma. Los más aceptan que primero nació la lírica, luego la épica y después la dramática; pero algunos, como Hegel, opinan que la primacía corresponde a la épica. De cualquier forma, en esa división, la lírica, llamada así porque sus composiciones eran cantadas al son de la lira, se aplica ante todo a expresar lo subjetivo; la épica, que se decía al son de la cítara, a lo objetivo; en tanto que lo subjetivo-objetivo constituía el meollo de la dramática. Conviene señalar que en casi todos los pueblos primitivos las manifestaciones líricas y épicas aparecieron de forma indistinta. Desde el principio, la lírica habría de nutrirse principalmente del sentimiento individualizado, y la épica, del fondo colectivo, de ahí que en la primera prevalezca la síntesis expresiva, y en la segunda la narración alimentada por historias y leyendas del patrimonio cultural del pueblo.Es obvio que los términos de una clasificación tan global y, por tanto, simplificada, han ido borrándose progresivamente hasta el punto de que, como ocurre hoy, resulta palpable una crisis de esas tajantes determinaciones y de los géneros literarios (v.) mismos, estimulando la consiguiente búsqueda de nuevos moldes adaptables a las exigencias actuales. En este sentido apunta la propuesta de Émil Staiger para sustituir lírica, épica y dramática por lo lírico, lo épico y lo dramático, para intentar rehuir de esta forma cualquier asomo de rigidez preceptiva, aunque conservando, en el fondo, la distinción consagrada. Por otra parte, es frecuente estimar que al referirnos a la p. se alude a la lírica.Finalidad de la poesía. Del mismo modo que ocurre con el origen de la p. y sus correspondientes bifurcaciones, dio motivo a dispares criterios el asunto de su finalidad. De su función primigenia como acompañamiento coral con raíces folklóricas, parte una ya muy extensa trayectoria en la que la p. ha encarnado diversos objetivos del alma humana y múltiples situaciones del ser en el mundo. Los partidarios del arte por el arte, apoyándose en’ la idea de juego, propugnan que la p. se limite a expresar la belleza (v.), a ser posible de forma alada y musical, dirigida sustancialmente al halago de los sentidos y pretendiendo producir sensaciones. Esta manera de concebir y realizar el hecho poético ha sufrido serios desgastes, especialmente en el s. xx.Otros estiman que la idea es el principal elemento del que hay que dotar a la p. en cuanto que debe ser reflejo de una problemática. Dice Hebbel: "Todo lo que está acabado, concluso, reposado, no existe para ella, así como no existen para el médico las personas sanas. Sólo allí donde se quiebra la vida, allí donde la situación interior se complica y extravía, tiene algo que ver la poesía". Es indudable que, de ese convencimiento que hace de la idea sostén del verso (v.), habría de derivarse el carácter didáctico de la manifestación poética, que elude el esteticismo para proponerse enseñar, moralizar, mover hacia algo que no es sólo la belleza. Esta función, dirigida a servir para algo, se halla naturalmente muy ligada a las intenciones políticas y sociales que, sobre todo desde el s. xvili, ha venido asumiendo la p., intensificándose tal característica en los últimos tiempos.En especial, p. y humanismo (v.) han hecho mucho camino juntos desde el Renacimiento a nuestros días, hasta el punto de que humanista y poeta venían a significar una misma cosa. Ya la impronta cristiana había influido decisivamente para que lo formal se convirtiese en expresión y esta conquista de lo expresivo como valor sumo, centrándose aún más en las realidades hombremundo, ayudaría a que el primero se erigiese de modo creciente en protagonista de la creación poética, y ésta tendiese a ser reflejo autobiográfico. El humanismo renacentista ha continuado, bajo especies diversas, su proyección en la p., impregnándola de antropoformismo (v.), incluso a la hora del sentir religioso. Desde los años treinta a hoy, y en gran parte por la influencia de la filosofía existencial encabezada por Heidegger (v.) y Jaspers (v.), ha abundado la humanización poética, pues, como señala Pfeiffer: "la poesía hace patente una actitud del hombre ante el mundo a través de su atemperada hondura esencial". El lema goethiano "poesía y verdad" resume cuanto debe constituir un inalterable objetivo que así abraza por igual la estética y la ética. En razón de la verdad, se ha asegurado, la p. es necesaria; en razón de la belleza, beatificante.Diversas clasificaciones. La amplísima materia dispuesta para el hacer poético ha originado, por su propia naturaleza, una serie de subdivisiones, dentro de la tripartita ya glosada, que corresponde a otros tantos matices, tonos y temas como son posibles o más frecuentados. Así es distinguible la p. religiosa, amorosa, social, política, humorística, satírica, lanziliar, etc., base, a su vez, para otras especificaciones usadas por la crítica. Algunas de éstas, p. ej., la diferenciación entre p. clásica y de vanguardia, siguen aceptándose como un modo imperfecto pero claro de separar dos grandes zonas del campo poético. Hay ocasiones en que se recurre a divisiones que clarifican un fenómeno que ocurre sin que podamos estar seguros de su vigencia. Es el caso de la afortunada clasificación que, al comienzo de los años cuarenta, fue establecida por Dámaso Alonso al estimar la existencia de dos clases de p., la arraigada y la desarraigada, para explicar dos tendencias de la lírica española de entonces.Procedimientos de la poesía. La p. es palabra, y, en consecuencia, ha de ser configurada verbalmente. Al cumplir de modo invariable este requisito, busca el logro de una suerte de equilibrio entre elementos de valor semejante, y esa operación ha dado lugar a distintos procedimientos, por lo que, en general, mientras la p. europea ha tendido siempre al uso de unidades de sonido hasta conseguir un modelo métrico, la p. hebrea resuelve tal armonía de fondo y forma por medio del paralelismo.En la p. greco-latina, las formas poéticas se estructuraron bajo los nombres de verso senario, pentámetro, sáfico y hexámetro, para dar lugar al himno, elegía, canto, ditirambo, oda, idilio, sátira y epigrama. La lírica oriental ofrece de modo singularísimo el himno religioso. En España, el verso se agrupa en pareado, terceto, cuarteto, redondilla, serventesio, cuarteta, quintilla, quinteto, lira, sextina, octava real, octavilla, décima, soneto, silva, romance, romance endecasílabo, alejandrinos, canciones y seguidillas (v. MÉTRICA). El verso libre, que tuvo su origen en la Biblia, y el verso blanco, que prescinde de la rima mas no de la medida rigurosa, prevalecen hoy sobre la p. rimada, cuyo origen se remonta a la canción folklórica.Evolución de la poesía. La p. se halla sujeta a la historia. Nació con el ser humano en cuanto éste es capazde palabra ordenada y de emociones y le ha acompañado y le acompaña. A compás de ese transcurrir, la p. ha ido transformándose, mostrando sus tendencias, aunque en lo esencial haya permanecido fiel a sí misma como vehículo expresivo de los anhelos humanos.Siguiendo ese orden temporal, vemos nacer la p. en las modalidades ya enunciadas, dependiendo estrechamente de la música y del realismo o la subjetivización, inclinada a uno o a otra. El impulso religioso determinó en gran parte la p. medieval dirigida hacia Dios, supeditado el arte a la fe en una órbita colectiva por lo común, Pero, a su vez, esa divinización resultaría compatible al sabor realísimo, al asomo de los valores humanos, contribuyendo decisivamente al nacimiento y perfeccionamiento del lenguaje literario. Al llegar al Renacimiento (v.), se produjo de una parte una visión retrospectiva hacia el mundo grecolatino, y, de otra, un ahondamiento en el sentido humano. Entonces la p. incrementó sus elementos más naturales, aunque no se privase de compartirlos con otros bien artificiales.Durante el s. xvil tuvo lugar lo que, en sus varias manifestaciones, es conocido por barroco (v.), durante el que algunos poetas (así el gran trío español del Siglo de Oro formado por Góngora, Lope de Vega y Quevedo) consiguieron un enriquecimiento asombroso del lenguaje y una atención muy especial hacia los motivos muy propios del vivir humano, sin que contenido y continente, o significante y significado, como diría Saussure, dejaran de estar en continua relación. El s. xvlli fue el del reinado del neoclasicismo, el del equilibrio a cosía de lo que fuese, el del respeto absoluto a la norma, lo que en p. no tuvo precisamente un brillante resultado, al contener demasiado la libertad creadora en nombre de la aspiración didáctica, p. ej. Como es lógico, tantas y voluntarias limitaciones impuestas al verso prepararon que en el s. xix se produjese la explosión conocida por romanticismo (v.), durante el que la p., sobre todo la lírica, habría de expansionarse como nunca para dar forma a la revolución sentimental que hizo compañía a otras revoluciones.Al filo del s. xx se produjo una cadena de movimientos muy afincados en la p., que la reformaron casi radicalmente. El simbolismo (v.) en Francia, y el modernismo (v.) en América y España, supusieron un cambio profundo y de prolongadas consecuencias. También, igual que en las renovaciones anteriores, la p. vino a ser reflejo o adelantamiento de síntomas del mundo en torno. A partir de la posguerra de 1914-18, se desencadenó el vanguardismo (v.) poético, singularmente en Francia, con su deseo de ruptura de cualquier vestigio tradicional y su empeño en otorgarle a la palabra un valor por sí misma. Así, entre los ismos, el creacionista (v. CREACIONISMO), aunque otros, como el surrealismo (v.), se instalaran en la zona más irracional del ser para asomarse a ella y lograr una p. desconocida hasta entonces y cuyas huellas principales han permanecido. Hacia la mitad del s. xx, la p. asumió la actitud que es denominada de "compromiso", muy en relación con el existencialismo (v.), encabezado por Sartre (v.) y Camus (v.), y aspectos políticos y sociales muy concretos. Pero ahora se vuelve a una concepción más estética de la p. y, por ello, centrada en el perfeccionamiento del lenguaje. Otros cambios se sucederán, porque la p. es como un péndulo de la vida y del hombre, y la más noble expresión literaria de una y otro.V. t.: ANTROPOMORFISMO; BELLEZA A, lc; DRAMA; ÉPICA; LÍRICA; MÉTRICA; PETRAROUISMO; POESÍA BUCÓLICA; POESíA PURA; POESíA SOCIAL; PROSA; VERSO.L. JIMÉNEZ MARTOS.
BIBL.: D. ALONSO, Ensayos sobre la poesía española, Madrid 1944; M. ALONSO, Historia de la literatura mundial, I y II, Madrid 1969; R. DE BALBIN LUCAS, Sistema de rítmica castellana, Madrid 1962; C. BousoÑo, Teoría de la expresión poética, Madrid 1962; C. FERNÁNDEZ MORENO, Introducción a la poesía, México 1962; J. M. IBÁÑEZ LANGLOis, La creación poética, Madrid 1964; R. LAVALETTE, Historia de la literatura universal, Barcelona 1957; É. STAIGER, Conceptos fundamentales de poética, Madrid 1966; J. PFEIFFER, La poesía, México 1962; E. DE CHAMPOURCIN, Dios en la poeesía actual, Madrid 1970; Á. VALBUENA PRAT, Historia de la literatura española, Barcelona 1946.
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