Poder I. Poder Politico. POLÍTICA
Categoria:
Política
Concepto y necesidad. Si el p. político se ha tornado cuestión aguda en nuestro tiempo, obedece a dos razones. De un lado, que el hombre ha dejado de ser liberal, entendido esto como la actitud que supone no introducir ningún absoluto en la vida (Guardini), y porque cada vez más la sociedad pierde espontaneidad en sus movimientos y aparece planificada y ordenada. Pedimos acción y no inactividad a la comunidad política (v.), y por esto el p., que siempre apareció necesario, se ha convertido en objeto de constante preocupación. Se nos ofrece como libre energía, con conciencia de superioridad (Haurou) dirigida hacia un fin. Lógicamente limita el obrar de los hombres; por eso, cuando el sentido de empresa, el objetivo a cumplir que justifica la superioridad aparece traicionado o simplemente desconocido, el p. político se muestra como algo innecesario o pernicioso. Sin embargo, la experiencia enseña que es necesario para la vida de las sociedades como instrumento de integración y conservación; institucionalizado y concretado es condición de libertad (v.), ya que no es el puro resultado de la fuerza, sino algo más. Ortega y Gasset ve agudamente este aspecto cuando habla de que al mando o sensación de superioridad se le añade la fuerza, que no es la creadora del mando, sino su seguidora. La sociedad, añade, no es el resultado milagroso del juego de las distintas fuerzas que produce espontáneamente el orden, sino del consumo de energías de una parte que somete a la otra. De ahí que el p. político ligue al súbdito y al gobernante, y comprometa más a éste que a aquél, pues le obliga a la realización de una empresa, con un sentido profundo de racionalidad y libertad. Si ésta supone entrega consciente, aquélla significa conocimiento exacto de los límites hasta donde es legítimo y, por tanto, puede postular la obediencia. La posibilidad de que no se le obedezca dota de gran originalidad al p. político, que plantea la existencia de una institución, de un orden y una jerarquía que las crea para cumplir un fin.Aspectos. Puede verse el sentido de integración del p. político con la afirmación de Hobbes (v.) referida a la unidad del representante creadora de la unidad del representado, o advirtiendo que el juego de fuerzas tendentes al objetivo que la sociedad persigue necesita de un punto de referencia o concentración. La definición de la ley (v.) como mandato, aun siendo incompleta, sirve para demostrar esto que vamos diciendo. El otro aspecto hace referencia a la continuidad, obstáculo al progreso, al que favorece, sin embargo, pues sólo partiendo de algo dado se puede avanzar. Cuanto más estabilidad hay en las relaciones de mando-obediencia el hombre se siente más libre, porque conoce el alcance de las limitaciones de su libertad. En el p. político no sólo debe tenerse en cuenta el ansia de dominación del que manda -por ello es más fuerte el p. personal que cualquier otro- sino la adhesión de quienes han de obedecer, la creencia en la legitimidad entendida como reconocimiento de cierta superioridad que no es preciso que exista sino basta con que se crea, conciencia que sirve de instrumento para la realización de un fin, para el logro de una empresa o proyecto que tiene en la mente eJ que manda (V. ORDEN; OBEDIENCIA).Se puede advertir con lo dicho que el p. político tiene dos aspectos inseparables que la tradición designa auctoritas (v.) y potestas. Esta distinción que Gelasio (v.) utilizó (a. 494) para designar el poder del Papa y del Emperador la ha actualizado y renovado Schmitt. Fácil es comprender que potestas quiere decir fuerza, posesión de instrumentos para imponer la obediencia, pero la definición de auctoritas es más difícil. Significa prestigio, creencia en la legítima posesión, que se despliega en el proceso total del orden, es decir, no sólo en el cumplimiento de los fines, sino en la lícita posesión de los medios. Por la auctoritas, el p. político se distingue del económico, pues éste no necesita más que la tenencia de los instrumentos para afirmarse (ejemplo de monopolio). La imputación de un centro tiene como consecuencia la personalización, que debe entenderse en un doble sentido: funcional, como instancia suprema; y material, porque siempre se reduce a una persona física. La funcional se denomina, científica y popularmente, soberanía (v.), y desde Bodino (v.) es uno de los temas más debatidos de la ciencia política. Si este autor vació de contenido la realidad del p. de su tiempo, sobre justificar su necesidad para la existencia de la sociedad política, separa la suprema instancia laica de la religiosa. Por otro lado, estableció una relación entre p. político y sociedad política, que se manifiesta en la seguridad jurídica, entendida como automatismo en la solución de las dificultades, que desvela la necesidad de una pronta instancia decisoria y personalizada que, si no siempre, es muy frecuentemente el centro del p. político; tanto es así, que la doctrina marxista contemporánea no ha podido resistir al fenómeno de la personalización del p., al que da una interpretación que no elimina la fuerza de los que Carlyle llamaba héroes.Origen del poder. La afirmación platónica de que siempre existieron sociedades políticas (Leyes, 676, b) y la de Rousseau sobre el misterio de la obediencia (Contrato social, III,6) aluden a la importancia del origen del p. Una explicación es la que lo reduce a la fuerza, a la supetioridad natural o adquirida por un hombre genial, como hace Maquiavelo (v.) en El príncipe, que todo lo resuelve en puro teorema de álgebra, en el que no valen reglas de la moral ni el derecho (Trotski). Duguit, que considera al p. político como un puro hecho, lo justifica por el cumplimiento de un fin que para él es la realización del derecho social. En esta dirección cabe incluir el pensamiento marxista en una esquemática explicación: siendo -a su juicio- el Estado una consecuencia de la división de clases, mientras éstas existan habrá dominadores y dominados, es decir, el hombre estará sometido a la tiranía del p. político; cuando las clases no existan, desaparecerá el Estado, se apagará, según la conocida frase de Engels (v.); por eso la dictadura del proletariado (v.), recuerdo del Estado, tiene el valor de un instrumento para su desaparición. Esa posición está relacionada con la definición de lo político como una antítesis o pugna. La pugna o conflicto social puede estimarse símbolo del progreso o causa de estancamiento. En el primer caso, la tendencia del p. político sería la de encauzar las fuerzas; en el segundo, evitar el choque o anularlo. Si aquí aparece la eliminación del p. político como el fin de la lucha, otras doctrinas lo justifican por esa misma eliminación o su encauzamiento. Entre éstas, por su fuerza evidente y el valor sociológico, hemos de destacar la de quienes ven en él la pura decisión, bien como establecedora del orden (Schmitt) o en una "individualidad de voluntad" (Heller).Las doctrinas expuestas ofrecen el común denominador de prescindir de la colectividad; el p. político surge con independencia de quienes han de obedecer. Frente a esa tendencia, otros autores que podemos llamar voluntaristashacen derivar el poder político de una decisión de quienes serán mandados. Hobbes, a la cabeza de todos, afirma que en el hombre es dominante el apetito de poder, y, de la misma manera, previa descomposición dialéctica, examina la sociedad. En ausencia de limitaciones, es decir, de p. político, el apetito de dominación de cada hombre produce la guerra de todos contra todos, por lo que, para salvar su más preciado bien: la vida misma, el hombre se ve forzado a entregar toda su voluntad al soberano. Locke (v.), más templado en la actitud, justificará la existencia del p. político por la defensa de la propiedad, y la necesidad de que el juez ejecute las sentencias. Rousseau (v.) parte de la bondad natural del hombre, de sus rectos sentimientos en cuanto no está coaccionado y de la mutua entrega de voluntades que en el pacto se hacen, precisamente par salvaguardar la propia libertad. Deja, como es sabido, en manos de la mítica voluntad general el control absoluto del orden político, que lleva incluso a la eliminación de quienes no la aceptan.Finalmente más acertados autores hallan el fundamento del p. político en la propia naturaleza humana, y remotamente en Dios, autor de esa naturaleza. El p. político es algo bueno en cuanto instrumento temporal, pero necesario, para el desarrollo del hombre. Queda así reflejado el fenómeno de la sociabilidad (v.), cuya argumentación brillantemente expuesta, entre otros, por el P. Juan de Mariana (De Rege; v.) arranca de Aristóteles (Política, 1253, a). Éste afirma que las esencias se perfeccionan por el roce de otras esencias, por lo que el hombre necesita rozarse con los demás para alcanzar su perfección. El aislamiento sólo es posible para los brutos o los dioses, porque ninguno de ellos puede ser más perfecto de lo que son. La sociedad (v.) es así un fenómeno natural y necesario, que a su vez hace necesaria la autoridad (v.) o p., ya que sin él no puede establecerse una adecuada convivencia. Como decíamos, esta doctrina entronca con una visión teológica cuando se pone de relieve que la naturaleza humana ha sido creada por Dios, que, al querer que exista esta naturaleza, quiere también lo que ella implica, y, por tanto, el p. La enseñanza de S. Pablo de que el p. viene de Dios (Rom 13,1-7) se interpreta de dos maneras. Los defensores del origen divino de la investidura, doctrina de marcado sello protestante y de acusadísima influencia en Francia, sostienen que Dios provee de manera expresa a designar el titular del p., sin intervención humana, haciendo del gobernante un pequeño dios, como dice Jacobo 1, uno de sus mejores expositores. Frente a ellos se sitúa el pactismo mitigado, que tiene sus mejores representantes en los teólogos del Siglo de Oro español: la sociedad, hecho natural y no resultado de la convención, que existiría aun en el estado de inocencia, nace en virtud de un cierto acuerdo o consentimiento de los hombres, que así establecen una comunidad perfecta a la que Dios da el p., y ésta a su vez, libremente, escoge la forma de gobierno (Suárez; v.).Justificación del poder. Ha sido muy frecuente prescindir del examen de la justificación del p. político, del porqué de la obediencia que se le debe, a causa, aunque parezca paradoja, de su desprestigio. El examen de la decisión política, del origen real de los mandatos, sobre ser importantísimo, no puede eliminar la justificación del p. político, porque sólo en tal origen encontraremos la razón calificadora de las acciones gubernamentales. Se avala el p. político afirmando que viene de Dios y por ello podemos resistir al titular, ya que éste es sólo el administrador de la fuerza que tiene, de lo que se le ha dado. De igual suerte, el origen divino no hurta las consideraciones pertinentes a la realidad del ejercicio, a las adherencias propias de una obra humana, lo que impone volver en cierta medida a las consideraciones renacentistas. Un valenciano de la época, Fadrique Furió Ceriol, explicaba que los poetas representan al Principado, "con la efigie Minotauro de medio arriba hombre que es el buen gobierno que ha de ser superior y primero, y de medio abajo bestia que es la potencia". Así se debe establecer la naturaleza del p. político, como operante sobre la materia movediza que es el hombre, y la necesidad de recurrir no sólo a la fuerza-potencia sino a la razón. De esta manera, si el reconocimiento de las imperfecciones del ser humano no justificara las desviaciones del p. político que debe ser siempre "buen gobierno", preciso es suponer que los regímenes (v.) políticos han de adolecer de imperfección y que sólo relativamente puede hablarse de regímenes perfectos. Porque los hombres son libres y sus acciones difícilmente previsibles, el quehacer político es una auténtica aventura. En cada actuación, en cada decisión política se compromete todo el orden, todas ellas operan sobre una realidad que es diferente de aquella que se tuvo en cuenta para el mandato, de ahí que se haya advertido la diferencia entre el juez y el político (Bourricaud). Aquél actúa sobre una realidad cristalizada: el pasado; éste sobre una que ha de venir: el futuro.Todo sirve, por tanto, para justificar la institucionalización del mandato y su imprevisibilidad, que son una simple manifestación del verdadero sentido de la autoridad (v.) -es decir, del que es autor- y ha hecho que en las épocas del cambio, cual es la muestra, se aumente el número de p. personales, como mejor preparados para resolver rápidamente las situaciones agudas. Todavía, sin embargo, sale al paso de cualquier cratología (teoría del poder) la doble herencia funesta, o, más bien dicho, el doble aspecto funesto de la herencia del s. xvlll. De un lado, la creencia de que autoridad y racionalidad son dos conceptos contrapuestos cuando ciertamente se hallan estrechamente unidos (Friedrich) y, de otro, el olvido de que existen verdades absolutas a las que siempre se ha de servir. A los aficionados a citar, siempre a medias, a lord Acton (el p. corrompe y el p. absoluto mucho más) ha de recordárseles que quien corrompe no es el p., sino la atmósfera que le rodea cuando la naturaleza del titular es mediocre, "cuando estaba acostumbrada a una moral nimia, a mudas pasiones hambrientas y a rutinarios hábitos provincianos" (Santayana). Debiéramos añadir que triste sería un mundo en que algo tan necesario para la sociedad como es el p. político produjera ineludiblemente la corrupción.Poder como sustancia y relación. Todo lo dicho nos conduce a examinar una moderna consideración sobre el p. político. ¿Es una sustancia o una relación? Si bien se mira tiene ésta cierto sentido de analogía con las ya examinadas de auctoritas y potestas, pero sólo una cierta afinidad. Por p.-sustancia se entiende su posesión como algo que se tiene, se domina y se dispone igual que de un saco de oro, y por p.-relación, como lo expresa la palabra, que sólo existe p. político cuando hay una comunicación entre dos. En el fondo, p.-sustancia puede estimarse al que se usa sin contar con quien obedece, mientras que el p.-relación exige el consentimiento de los súbditos. En todo p. se ofrecen ambos aspectos, singularmente si el que manda posee cualidades excepcionales que le permiten, en algún caso, creerse dueño absoluto. Éste es el gran valor de los fundadores, cuyo papel es tan relevante que algún autor mantiene que la soberanía les corresponde como un derecho adventicio (E. M. Gil Robles). Lo cierto es que las más igualitarias democracias establecen una criba política y social para la selección de quienes han de mandar, y hoy se pretende justificar la dirección de un grupo especializado que se ha calificado de tecnoestructura (Galbraith). En todo caso, el consensus tiene un valor extraordinario en la vida política. La función integradora del p. político, si puede usar de la coerción, no debe prescindir del sentido de empresa que ya hacía notar Platón, estimando que es función del político no pensar cómo hacer las cosas, sino lograr que otros las hagan. Para conseguir algo en la vida política es preciso que el hombre medio tenga "el sentimiento de que la respública, la causa común de la existencia humana en libertad y dignidad, está en sus manos" (Guardini). La observación es muy de nuestro tiempo por creerse imposible el desarrollo con el solo proceso "casi mecánico de la acción económica de los individuos, ni con la sola decisión de la autoridad pública" (Conc. Vaticano li, Const. Gaudium el spes, 65). Esta constante intervención ha dotado al p. político de una fuerza suplementaria y añadida al tradicional "monopolio de la violencia física", suministrándole la más sensible pero menos escandalosa de la coacción económica. Es evidente que si la competencia perfecta del mercado es irrealizable, la fuerza de la riqueza y de la disposición de ella es, sin llegar a los excesos del marxismo, evidente y extraordinaria. Si el p. político, en su función de conseguir verdadera seguridad y, por tanto, fomentar la igualdad, interviene para evitar la opresión de los poderes económicos -amplísima función planificadora-, adquiere la fuerza que aquéllos tienen. Ésta es la causa de que la burguesía, en aquellos países donde estaba ausente del p. político, busque ahora, con ahínco, su posesión. El fenómeno tiene un envés muy interesante: la colaboración más necesaria y frecuente de los súbditos con el p. político, quien necesitando para que actúen con igual fidelidad que sus funcionarios, ineludiblemente ha de aumentar el consensus, porque le es muy necesario, ya que sin los súbditos el resultado de los planes -principalísima política- es dudoso.Síguese de todo ello que el p. político necesita hacer su propaganda (v.), que si bien fue iniciada por los Estados llamados autoritarios y totalitarios, hoy se ha convertido en una actividad en la que todos participan. Auméntase ineludiblemente el campo de acción docente del Estado; no sólo es la participación como sociedad perfecta (Enc. Divini illius magistri, 8), sino la exigencia impuesta a los ciudadanos de "aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el bien común", y la gran atención que debe prestarse "a la educación cívica y política, que hoy día es particularmente necesaria para el pueblo" (Gaudium et spes, 75). En suma, estamos ante el resultado de la evolución tecnológica, bien puesta de relieve por Galbraith (v.), cuya trabazón simboliza la "compañía madura", en la que el capital apenas ejerce poder, pero que conforma la sociedad contemporánea. El mínimo consensus que significa la colaboración aludida no basta; es preciso institucionalizar el control (v.) al p. político. Se piensa de nuevo, como ya defendiese Montesquieu (Esprit, 11,4), en los cuerpos intermedios y, sobre todo, en el mutuo control de los Estados, que también se debe institucionalizar.V. l.: AUTORIDAD; ESTADO; GOBIERNO; JERARQUÍA; SOCIEDAD.D. SEVILLA ANDRÉS.
BIBL.: R. GUARDIM, El poder, Madrid 1963; L. RECASÉNS, La Filosofía del Derecho de Francisco Suárez, Madrid 1927; G. BURDEAU, Traité de Science politique, I, París 1966, 544 ss.; J. ORTEGA Y GASSET, Obras completas, IV, Madrid 1949, 232 ss.; J. K. GALBRAITH, El nuevo Estado industrial, Barcelona 1967; J. SANTAYANA, Dominaciones y potestades, Madrid 1953; 1. FREUND, La esencia de lo político, Madrid 1968, 21 parte; F. BOURRICAUD, Esquisse d’une théorie de 1’autorité, París 1961; B. DE JOUVENEL, El poder, Madrid 1956; D. SEVILLA ANDRÉS, La personalización del poder político, Valencia 1967; C. 1. FRIEDRICH, El hombre y el Gobierno, Madrid 1968, 2a parte.
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