Pirineos, Paz de los HIST.
Categoria:
Historia
Tratado convenido en 1659 por España y Francia, que ponía fin a una prolongada guerra entre ambos países, y fijaba la definitiva línea fronteriza, que ha perdurado hasta hoy. Con anterioridad, España -Aragón desde Jaime II- había disfrutado de ventajas geopolíticas en los P., dominando importantes zonas de la vertiente norte (parte de Navarra, Arán, Cerdaña, Rosellón). La paz de 1659 anuló en gran parte estas ventajas, imponiendo casi siempre el criterio racionalista y geometrizante, muy propio de la época, de la línea recta y la frontera natural de la divisoria de las aguas.La guerra y las conversaciones preliminares. España y Francia, rivales muchas veces durante los s. XVI y XVII, se encontraban en guerra desde 1635 (v. TREINTA AÑOS, GUERRA DE LOS). Los grandes esfuerzos que realizaron hasta 1639 los españoles, ya agotados por otras contiendas anteriores, no les depararon ventajas decisivas. Las revoluciones internas de 1640 (Cataluña y Portugal) debilitaron la posición española, que hubo de resignarse definitivamente a la defensiva (V. CATALUÑA, REVOLUCIÓN Y GUERRA DE). La tremenda derrota de Rocroi (1643) inicia la serie de desastres militares. Las conversaciones de paz, que ya por entonces se habían iniciado, culminan en 1648 con la firma del tratado de Münster (v. WESTFALIA, PAZ DE), en el que España llega a un acuerdo con Holanda y las potencias protestantes. No fue posible, sin embargo, una avenencia hispanofrancesa, ambas partes se acusaron mutuamente de no desear la paz, aunque hoy parece aceptarse la idea de que fueron las desorbitadas exigencias del ministro francés, Mazarino (v.), el principal obstáculo para un arreglo. Por otra parte, las revueltas promovidas por la nobleza gala, la Fronda (v.), daban nuevas posibilidades a los españoles.La contienda siguió, pues, entre España y Francia, tanto en la frontera del Artois, donde era propósito de Mazarino ocupar toda Bélgica, como en la pirenaica. Aquí los franceses contaban con la incalculable ventaja de la insurrección de Cataluña, cuyos dirigentes habían ofrecido la soberanía de aquel principado al rey de Francia. Las hostilidades, no obstante, eran compatibles con frecuentes conversaciones y tanteos de paz, según una costumbre muy normal en el s. xvli. El acuerdo no era fácil, porque los españoles pretendían una simple ratificación de la paz de Vervins, es decir, el retorno a la situación anterior a la guerra, en tanto que los franceses buscaban una paz victoriosa. España se mostró al fin dispuesta a ceder los territorios perdidos en Flandes, a cambio de recuperar lo que los franceses habían ocupado en Cataluña; pero determinados puntos, p. ej., la negativa de Francia a suspender la ayuda a los sublevados portugueses, retrasaron el acuerdo.En 1656 se presentó una coyuntura extraordinariamente favorable para llegar a una paz honrosa. Cataluña, excepto el Rosellón, había sido recuperada para España, y en los Países Bajos habían obtenido los españoles la increíble victoria de Valenciennes, que compensaba, al menos desde el punto de vista militar, las pérdidas de Rocroi. Nunca se estuvo tan cerca de un acuerdo total, pero dos asuntos personales impidieron el arreglo. El rey de España, Felipe IV (v.), se había comprometido, caballerosamente, a obtener del de Francia la rehabilitación completa del príncipe de Condé, que se había pasado a las filas españolas, y que Francia se negaba ahora a admitir. Por su parte, Mazarino pretendía obtener, como prenda de la paz, el matrimonio del joven monarca galo, Luis XIV (v.), con la princesa española María Teresa; ahora bien, por la muerte de otros príncipes, María Teresa era en aquellos momentos la heredera del trono de España, y su matrimonio hubiera significado el peligro de ver a los Borbones entronizados en Madrid, o más aún, gobernando los reinos españoles desde París. La cuestión de los matrimonios paralizó una vez más las conversaciones.La guerra cobraba entre tanto un signo desfavorable, hasta culminar en el desastre de las Dunas, en 1658. La hacienda española estaba exhausta, y no podían exigirse ya más sacrificios. El 21 ag. 1658, el Consejo de Estado dictaminaba al rey que "como V. M., más que con la fuerza de las razones lo puede echar de ver en los progresos de sus enemigos, en el último desconsuelo en que se hallan sus vasallos y en el mayor ahogo con que de todas partes escriben a V. M. sus ministros... así es necesario que a cualquier precio procure establecerse la paz". La resignada respuesta de Felipe IV fue simplemente: "hágase como parece".El tratado y la nueva frontera. El 25 nov. 1658 el card. Mazarino se entrevistaba en Lyon con el delegado español Antonio Pimentel, y esbozaba los preliminares de la paz. Nuevos contactos entre ambos, de febrero a junio de 1659, dieron forma a los acuerdos provisionales. El 7 de mayo se acordó la suspensión de hostilidades, y el 4 de junio se firmó el tratado preliminar de 89 artículos. Para la redacción del tratado definitivo, los primeros ministros de Francia y España, Mazarino y Luis de Haro, recibieron plenos poderes, y se reunieron, como buscando un escenario simbólico, en la pequeña isla de los Faisanes, en el Bidasoa, que gozaba -y sigue gozando- derecho de extraterritorialidad. Las sesiones fueron 24, y duraron del 13 ag. al 7 nov. 1659. Haro y Mazarino, asistidos de un complejo equipo de juristas, discutían, uno por uno, los puntos del tratado preliminar, e iban dando forma al definitivo. Las minutas eran entregadas a los respectivos secretarios, Pedro de Coloma y Hugues de Lyonne, que redactaban los textos oficiales, español y francés.El tema principal, y que ha dado el nombre al tratado, fue la fijación de la frontera definitiva. Los franceses, esgrimiendo el prurito cartesiano y racionalista fruto de los tiempos, preferían partir el istmo pirenaico siguiendo la línea más corta, o bien de acuerdo con la divisoria trazada por las propias montañas, lo que hubiera proporcionado considerables ventajas territoriales para Francia. Los españoles, en cambio, alegaban argumentos históricos y tradicionales: lengua, costumbres, antiguas vinculaciones... La ventaja francesa la proporcionó, más que el razonamiento, la baza decisiva de la victoria militar. Al fin, el art. 42, el más debatido de todos, fijaba la frontera en los P., aunque con un texto ambiguo. La versión española establecía que "los montes Pirineos, que comúnmente han sido siempre tenidos por división de las Españas y de las Galias, sean de aquí en adelante también la división de los mismos reinos". La francesa difería un tanto, al declarar "que les monts Pyrénées, qui avaient anciennement divisé les Gaules de les Espagnes, seront aussi dorénavant la division des deux mesmes Royaumes". Como observa Reglá, "la versión española, más imprecisa, podía permitir una solución histórica del problema. La francesa, más concreta, apuntaba a un desenlace racionalista y geométrico" (o. c. en bibl., 120-121). Otra discrepancia, ésta entre las palabras comúnmente y anciennement, permitió a los franceses esgrimir el argumento de la división romana entre las provincias Narbonense y Tarraconense. De aquí las discusiones en el seno de la Comisión de límites, presidida por el francés P. de Marca y el español Miguel Salvá de Vallgornera; discusiones que perduraron aun después de firmado el tratado. Ante el desacuerdo, Haro y Mazarino hubieron de reunirse de nuevo en el Bidasoa, el 31 mayo 1660, y acordaron interpretar el famoso art. 42 en el sentido de que el Rosellón pasaría íntegramente a Francia, y España quedaría con la Cerdaña, excepto 33 poblaciones en el valle de Carol.Contenido del tratado. El tratado consta de 124 artículos, y establece por el 1° una "buena, firme y durable paz, confederación perpetua, alianga y amistad" entre los reinos de España y Francia, que, en las relaciones económicas, se darían el trato de naciones más favorecidas. España cede el condado de Artois, excepto Aire y Saint-Omer; en Flandes, Gravelinas, Bourbourg y Saint-Venant; en el Hainaut, Landrecies y Quesnoy; y en Luxemburgo, Thionville, Montmédy y Damvillers. Por otros artículos se ceden también Mariemburg, Philippeville y Avesnes. Francia devuelve el Charolais y las plazas ocupadas en el Franco Condado; y en Italia, Valencia del Po y Mortara. Los franceses se comprometen a no ayudar a Portugal. Ambas potencias ofrecen sus buenos oficios para lograr la paz en el norte de Europa (fueron las paces de Oliva, Copenhague y Kardis, 1660-61). Las cláusulas relativas a la frontera hispanofrancesa las conocemos ya. Como broche de la renacida amistad entre los dos reinos. Luis XIV casaba con la princesa María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, renunciando a toda posible sucesión de la corona española, que contaba ya por entonces con heredero varón. El tratado fue ratificado por Felipe IV el 10 dic. 1659, y por Luis XIV el 3 feb. 1660. El 6 de junio del mismo año, ambos monarcas se entrevistaron, con toda la solemnidad de las ceremonias del barroco, en la ya histórica isla de los Faisanes, donde se prometieron perpetua alianza y se celebraron los esponsales del rey francés con la princesa española.El tratado de los P., por su contenido, fue un relativo éxito diplomático de Luis de Haro, que transformó parcialmente una derrota en una mutua reconciliación. España cedía territorios definitivamente perdidos y militarmente irrecuperables, en tanto que recuperaba otros ocupados también por los franceses. Para nada se hablaba en los textos de vencedores y vencidos. Luis de Haro recibió, con bastante merecimiento, el título de Príncipe de la Paz. Fracasó, en cambio, el tratado de cara al futuro, en el sentido de que no acabó, como se pensaba, con las guerras hispano-francesas, que fueron endémicas durante los 40 años siguientes. Sin embargo, la línea fronteriza fijada entonces iba a perdurar hasta nuestros días, y constituye, en palabras de Domínguez Ortiz, "la decana de las fronteras de Europa". Por otra parte, la p. de los P., paz racionalista por excelencia, es símbolo de una nueva era en la historia de la diplomacia. El sentido realista y el acuerdo directo entre ambas partes señalan el fin de la época de los arbitrajes. A este respecto señala Clark que es en los P. donde, por primera vez, el Papa deja de estar representado. La redacción del tratado en texto bilingüe español y francés, no en latín, como los anteriores, es también un símbolo.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: J. REGLÁ, El Tratado de los Pirineos de 1659, "Hispania" X1,42 (1951); A. DOMÍNGUEZ ORTIZ, España ante la paz de los Pirineos, "Hispania" XIX,77 (1959); M. DE SALTILLo, Don Antonio Pimentel y la paz de los Pirineos, "Hispania" VII,27 (1949); J. F. CÁRDENAS, La misión de D. Antonio Pimentel y D. Luis de Haro en la isla de los Faisanes, Bilbao 1955; F. J. ROUTLEDGE England and the treaty o/ the Pyrenees, Liverpool 1956.
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