Patiño y Rosales, José
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Biografía GER
Uno de los ministros más decisivos en la historia de la España dieciochesca, n, en Milán el 11 abr. 1666; según A. Rodríguez Villa (o. c. en bibl.), de padres hidalgos. Abandonada la carrera eclesiástica, iniciada entre los jesuitas, comenzó la política por cargos administrativos de segundo orden hasta lograr ascender a los más altos puestos en un curso fulgurante. En esos años de formación su actividad se centró en diversas Intendencias en relación con la Armada y en la presidencia del Tribunal de Contratación. Colaboró con el card. Alberoni, su protector, en el apresto de la Marina y el Ejército, que hicieron posible la aventura del cardenal, del que P. fue un discípulo más cercano de lo que se cree vulgarmente. Estos cargos le pusieron en contacto con el problema de las Indias. El salto decisivo lo dio cuando falleció Ripperdá (1726). Fue entonces cuando P. se hizo cargo de las Secretarías de Marina e Indias y de Hacienda, a las que juntó la de Guerra en 1731.Tras este aprendizaje, llega a la Secretaría de Estado en 1733; Secretaría que, en la práctica, desempeña desde cinco años atrás por enfermedad de su titular, el marqués de la Paz. Reunió, por tanto, en sus manos, cuando ya contaba con una preparación formidable, todos los resortes del gobierno español. Esto le permitió actuar sincronizando todos los ramos de la administración y de la política, y encauzando los recursos económicos hacia un programa consciente. Pero la culminación, en contraste, le exigió el despliegue de toda su capacidad de trabajo, y explica la acusación de perezoso que le hicieron algunos de sus contempóraneos.Política internacional. Las líneas de su política internacional aparecen, a la vez, claras y complicadas. En la maraña de negociaciones se mueve como verdadero maestro, codeándose con diplomáticos tan avezados como Fleury y Walpole, a los que exasperaba por no poder seguir ellos la trama de los hilos movidos por P. En este aspecto, Béthencourt ha probado fehacientemente que hay que deshacer el tópico de que la política española de esos años rendía una servidumbre más o menos patente a las directrices de Versalles, contra la tesis tradicional de Baudrillat y de los historiadores franceses.Sus metas se evidencian como "nácionales", pese a lo anacrónico del término y pese a las concesiones forzadas o gustosas que se vio precisado a hacer a la insaciable ambición de Isabel de Farnesio. Este sometimiento a la reina, que, por otra parte, respaldó siempre la gestión de su ministerio, se percibe en las directrices italianas de sus esfuerzos y de sus compromisos, y en la guerra en la que se vio embarcado. Las preocupaciones de P. no están condicionadas sólo por el revisionismo irredentista del cardenal, por el "secreto de los Farnesio" ni por los insensatos halagos de Ripperdá; sino que tienen como objetivo primario la posesión de unos ducados que resultan estratégicos, la presencia española en Italia y el respaldo de unos dominios africanos como bases seguras del control de la potencia inglesa, temible desde que durante la guerra de Sucesión española (v.) se hiciera presente en el Mediterráneo. Lo que sí es cierto es que en el programa de P. el espacio europeo no fue el único ni, posiblemente, el principal capítulo. Con él se inicia la preocupación indiana, olvidado ámbito atlántico, que pesará cada vez más; en concreto: las provincias ultramarinas son sus posibilidades, sus dificultades y, con el juego que le prestarán para su quehacer diplomático, salta entonces a un primer plano que no se desdibujará a lo largo de todo el siglo.Los esfuerzos y los resultados de una tarea diplomática complicada, en la que el señor viene a ser P. casi hasta su final, son los siguientes: el primer paso fue la ruptura definitiva con Viena, al convencerse de la voluntad verdadera del Emperador hacia las pretensiones farnesinas a Italia y al descubrir que el matrimonio de los hijos de Isabel de Farnesio con las hijas de Carlos VI no habían trascendido de meras ensoñaciones de Ripperdá. Como consecuencia, el tratado de Sevilla de 1729 constituye una aproximación al bloque anglofrancés, bien dispuesto aparentemente para apoyar la ocupación de los ducados italianos e interesado, más que el inglés, en la regulación de las relaciones comerciales americanas. Ante las posteriores reticencias de los pactantes y las moratorias deliberadas, P. sorprende a Europa con la declaración de Castelar (1731), por la que se desliga de los compromisos contraídos, sembrando un estado de incertidumbre y de desencanto en Francia e Inglaterra. Pero ello le permite jugar con los intereses de estas dos potencias; el ministro español se las arreglará para acercarse a una o a otra según sus conveniencias. El primer objetivo fue aproximarse a Inglaterra y al Imperio, comprometidos ambos a ayudar la realización de los deseos de la reina de España (segundo tratado de Viena, febrero 1731). Nueva desilusión, por la actitud inglesa y la hostilidad de Carlos VI; otra ruptura, y el giro decisivo que embarcará a España decididamente en la alianza con Francia. En ello incidió un hecho imprevisto: la muerte del rey polaco Augusto Il provocó la guerra de Sucesión polaca (v.), en la que Francia comprometió a España por el Pacto de Familia, primero de la serie (El Escorial, 7 nov. 1733). De nuevo las promesas sobre los territorios italianos, esta vez mucho más atractivas, en favor de los infantes D. Carlos y D. Felipe, y una guerra de dos años que terminaría con la traición de Francia (también la primera de otra serie de rupturas de pactos de familia), al entablar negociaciones separadas con las restantes potencias en los preliminares de Viena (octubre 1735).Mucho se logró: que D. Carlos pasase a ser rey de Nápoles y Sicilia; pero no todo lo que se pretendía. Y un sentimiento de decepción sacudió a P. ante la infidelidad de Francia, la más beneficiada en la solucción del conflicto. Años después, la paz de Aquisgrán (v.), al advenimiento de Fernando VI, se encargará de completar las aspiraciones italianas de la Farnesio. El balance final del quehacer político de P., sólo desbordado al fin de su vida, no pudo, sin embargo, ser más positivo. Gracias a su movilidad, España será codiciada por potencias que antes la despreciaran. Y, sobre todo, supo construir el arco que cubriese los enclaves mediterráneos; con las expediciones a Orán y Mazalquivir logró la cobertera que confió seguridad a un mar cercano, controlado estratégicamente por Inglaterra.Política interior. Lo que se consiguió no se puede explicar sólo por el agobiante y tenso despliegue diplomático. Tiene que atribuirse a la preocupación de P. por fundamentar todas estas empresas en bases sólidas de infraestructura. Menos brillante quizá que sus logros internacionales, su quehacer al frente de las restantes Secretarías no fue menos eficaz y sí mucho más trascendental. De hecho, en ellas basó las posibilidades de España, en un empeño muy en consonancia con su espirítu realista. La preocupación fundamental del ministro se centró en América y en las opciones que ofrecía la explotación racional de un comercio organizado. Por eso, incluso desde antes de su ascensión a primer ministro, movió el traslado de la Casa de Contratación de Cádiz, a pesar de las fuertes protestas de Sevilla; trató de yugular el fuerte contrabando, activó las relaciones con un nuevo sistema de comunicaciones mucho más fluido que el lento anterior; organizó el corso, las Compañías de Caracas y Filipinas, etc. Como algo previo, desde otro punto de vista, echó las bases de una Marina, creada de la nada y que iría en aumento hasta Ensenada; puso en funcionamiento astilleros nuevos, aprestó los anticuados, fundó la Real Compañía de Guardias Marinas, apoyó la construcción naval a una escala industrial desconocida antes en España. Más profundamente, hay que registrar el esfuerzo gigantesco por armonizar la Hacienda y los sistemas de recaudación.La amplitud en un programa seguido con rigor, forzosamente le tuvo que ganar muchos enemigos: los citados asentistas, los sevillanos, todos los defraudados en sus esperanzas. Pero contra él se alzó un frente más activo y potente: el del partido aristocrático. Era natural, pues P. no había salido de sus filas y no se mostró demasiado respetuoso con sus mitos, al servicio como estaba de unos intereses que no podían coincidir con los de los grandes. De las filas de éstos, alentado por el rey portugués cuan V y protegido por la hija del monarca y mujer del futuro Fernando VI, Bárbara de Braganza, saldría un satírico que con sus invectivas envenenadas le amargaría su último ano de existencia. El Duende, un periódico manuscrito y clandestino, que se esparció prodigiosamente todos los jueves desde diciembre de 1735 hasta junio de 1736, no le perdonó ningún flanco; con una gama enorme de resortes periodísticos, acudiendo a verdades y mentiras, baqueteó a P. y todo su sistema con saña, más eficaz por cuanto se respaldaba en una gracia indudable. Todo ello, junto con el desencanto producido por el aparente fracaso de los Preliminares de Viena y por el alejamiento insensato de Felipe V, desencadenó la muerte de un hombre excesivamente trabajado, que, dando un mentís a los satíricos, m. en la más extrema pobreza el 3 nov. 1736.P. creó una escuela de gobernantes con un signo peculiar; Quintana, Cuadra, Campillo y Ensenada fueron los epígonos que, formados en su doctrina y en su praxis, tratarían de realizar el programa ambicioso y realista trazado por su maestro.T. EGIDO LÓPEZ.
BIBL.:FragmentoshistóricosdelavidadelExcelentísimo Senor Don loseph Patiño, Semanario Erudito, 28, Madrid 1790; A. RODRÍGUEZ VILLA, Patino y Campillo. Reseña histórico-biográfica de estos dos ministros de Felipe V, Madrid 1882; A. DE BÉTHENGOURT MASSIEO, Relaciones internacionales de España en los últimos años de Felipe V (tesis doctoral inédita); ID, Patiño en la política internacional de Felipe V, Valladolid, 1954; T. EGIDO LÓPEZ, Prensa clandestina española del siglo XVIII: "El Duende Crítico", Valladolid 1968.
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