Paleolítico Il. en América. HIST.
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Historia
Relación con el Paleolítico eurasiático. La existencia de una etapa cultural en América que se corresponde con el P. del Viejo Mundo (v. i)no puede hoy ofrecer duda alguna. Superadas las fantasías de Ameghino y de otros autores americanos que creían en remotas civilizaciones desarrolladas en su continente, ha sido necesario combatir también con quienes se excedieron en su prudencia y pretendían una fecha muy avanzada (4000 ó 5000 a.C.) para los primeros vestigios del hombre en América. Hoy pisamos terreno firme cuando afirmamos que el hombre llegó a América en algún momento de la primera mitad de la última glaciación. A la cultura que entonces se desarrolla se la puede llamar perfectamente paleolítica, pues su raíz, que se encuentra en Asia, es claramente una rama del P. superior de Eurasia. Naturalmente, la evolución de este P. americano no fue nunca igual a la del europeo y perduró mucho más que el último, sobre todo en algunas comarcas aisladas. También para América es primordial el presentar el marco climático en el que se insertarán los hallazgos de utillaje, es decir, establecer las etapas de las que ha dejado huellas el fenómeno glaciar, la característica más saliente del Pleistoceno, tanto en la morfología del suelo como en la flora y fauna, en un medio al que hubieron de aclimatarse los primeros hombres que pasaron a América desde el continente asiático (v. ANTROPOLOGíA III).Los geólogos han confirmado la sincronía de periodos glaciares e interglaciares del Pleistoceno americano con los europeos. Se habrían dado, pues, cuatro glaciaciones en Norteamérica, que desde la más antigua a la más moderna han recibido los nombres de Nebraska, Kansas, Illinois y Wisconsin, recibiendo las tres interglaciaciones correspondientes las denominaciones de fases de Afton, Yarmouth y Sangamon. En el extremo sur de los Andes y en la Tierra del Fuego, sólo han podido comprobarse tres etapas de glaciarismo, aunque en esta última región se observan periodos de actividad volcánica. También son interesantes, por coincidir con las primeras culturas bien conocidas, las fases de oscilación epiglaciar. Las fases de lowa, Tazewell, Cary, Mankato y Walders nos conducen, a través de una época correspondiente al Epipaleolítico europeo y tras etapas con fenómenos pluviales intensos, al periodo Holoceno o reciente. Los autores americanos gustan de llamar a éste, Neotermal, iniciándose hacia el 8000 a. C. el Anatermal, al que siguen el Altitermal u óptico climático, que puede durar del 2500 al 2000 a. C. Todas estas oscilaciones se han estudiado especialmente en Estados Unidos y Canadá, pero los geólogos han logrado series equivalentes en otras zonas del continente; así, en México, tenemos para el momento final, cuando empiezan los hallazgos de interés, los sucesivos periodos o formaciones Caliche, Becerra y Totolcingo, esta última ya claramente en un periodo pospluvial o reciente. De gran interés por las polémicas que provocaron, en relación con supuestos hallazgos antropológicos y de utillaje, son las formaciones pampeanas con una serie de etapas (Hermosense, Chapalmalense, Ensenadense, Bonaerense, Lujanense y Querandiense), que hoy se incluyen en el Cuaternario (V. CUATERNARIA, ERA) y que llevan hasta periodos posglaciares; las más modernas son las llamadas Platense, Cordobense, y Aymarense.Dentro de este marco geológico, existe una fauna de gran interés en la que se mezclan especies autóctonas, sobre todo en América del Sur, con otras llegadas de Asia. Entre estas últimas, se hallan algunos elefantes, bisontes, el alce, el reno y varios felinos; son autóctonos el mastodonte y el Equus. De América del Sur proceden el megaterio, el milodonte y toda una serie de auquénidos (v.; llama, alpaca, vicuña y guanaco), el gliptodonte y otros desdentados, provistos de una armadura de placas óseas. No estamos en condiciones de afirmar en qué momento se extinguieron estas especies, dándose casos curiosos como el del caballo, cuyo origen se busca en América, que fue cazado por el hombre paleolítico y que tras largos milenios de extinción fue llevado de nuevo a América por los colonizadores.Hallazgos paleolíticos. Sobre esta base geológica y paleontológica han de situarse los hallazgos arqueológicos que nos autorizan a hablar de un P. americano. No podemos olvidar que, durante mucho tiempo, dominaron el campo de la Americanística las más disparatadas hipótesis, que afirmaban la presencia de restos humanos o de toscas industrias pétreas en formaciones terciarias o cuaternarias antiguas. Tales eran las fantasías del argentino Florentino Ameghino, que buscaba el origen de la Humanidad en las Pampas; o las de los aficionados norteamericanos que creyeron también en hallazgos de hombres terciarios. La reacción contra esas fantasías hizo que se negara sistemáticamente el valor de gran número de yacimientos que mostraban la contemporaneidad del hombre con especies animales desaparecidas. Por fin, en 1926, el hallazgo de Folsom, en Nuevo México, aceptado como auténtico por los investigadores norteamericanos, abrió el camino de un magnífico esfuerzo que ha llenado de materiales, cada vez más importantes, los museos y colecciones de América. Hoy puede decirse que hay una verdadera fiebre de hallazgos paleolíticos, aunque todavía no podamos estar seguros de cuáles sean los restos más antiguos ni las etapas evolutivas de ese conjunto.Problema fundamental es el de clasificar los vestigios que pueden ser más antiguos, ya que nos preguntamos si la primera inmigración con la entrada de asiáticos en Norteamérica fue de pueblos cazadores armados de flechas con puntas bien labradas o si corresponde a cazadores, toscos fabricantes de piezas de sílex, utilizadores de lascas y muy dedicados a la recolección. Es decir, que acaso debamos suponer la entrada de gentes durante el P. inferior o acaso podemos preferir la inmigración en el P. medio. Los argumentos en favor de la presencia en América de restos tan antiguos, que habría que remontar a fechas anteriores a los 50.000 años, son una serie de hallazgos a lo largo del continente, que sin duda reflejan industrias lascas y de guijarros o simplemente la del hacha de mano. Así podríamos citar entre muchos otros ejemplos, las hachas de mano que se señalaron en terrazas del Delaware, junto a Trenton, las halladas en Viscachaní y en la Patagonia, o las lascas señaladas por Carter en los yacimientos de San Diego, en California, a los que podría atribuirse una fecha muy antigua dentro del P. inferior. Pero el argumento puramente morfológico no es suficiente para que sin más tengamos que aceptar la antigüedad de tales piezas. En este caso, habría que aceptar incluso la presencia de elementos musteroides, con su habitual acompañante, el hombre de Neanderthal (v.), si nos fijáramos en hallazgos como el del lobo, descubiertos por Cruixent en Venezuela, y que muestran en algunos casos técnicas levalloisienses. Los hallazgos citados no se hallan reforzados por un contexto paleontológico que corresponda a su supuesta antigüedad. Cabe perfectamente que todos esos supuestos eolitos, lascas trabajadas y hachas de mano no representen en realidad una corriente humana y cultural llegada en fecha remota, sino que se trate de elementos arcaizantes aportados al Nuevo Mundo por los nómadas cazadores que suponemos entrados en América ya dentro de la última glaciación (Würmiense europeo, Wisconsin en América), a los que damos una antigüedad máxima de 30 a 40.000 años. Lo mismo podríadecirse de otros restos que Menghin supone muy viejos y que califica de industria de hueso, una de las ramas esenciales de la técnica humana, hallados en cuevas californianas.Las industrias que conocemos bien, con material abundante y que pueden ser consideradas como un de una larga evolución en América, son las que podemos atribuir ya a un momento contemporáneo del P. superior del Viejo Mundo, aunque en América no parezca adecuado hablar de P. superior no habiéndose aceptado la existencia en ella del inferior. Se trata de industrias propias de grupos cazadores, dedicados a la gran caza y que han desarrollado sobre todo la técnica de la punta de flecha. El retoque de la misma es peculiar, con detalles en los tipos evolucionados que las distinguen de cuanto se conoce en el resto del Mundo. Las puntas son foliformes y con retoque bifacial que podríamos calificar de solutroide. Si pensamos que el solutrense del Occidente de Europa vivió a lo más tres o cuatro mil años, terminando o desapareciendo hacia el 16000 a. C. y dadas las fechas que aceptamos para esas industrias en Norteamérica, alrededor del 10000 vemos que hay entre ambas manifestaciones una diferencia cronológica, que no creo sea difícil de explicar. La primera variante de esa posible cultura solutroide americana, que creemos personalmente derivada del remoto solutrense occidental, es la que recibe el nombre de Sandía. Algunos de los ejemplares de tipo Sandía recuerdan curiosamente, con su factura algo tosca y su muesca poco marcada, a ciertos tipos de solutrense occidental. A la fase Sandía sigue la de Clovis, en la que aparecen magníficas piezas por su tamaño y retoque, y a las que se aplica ya la técnica del "aflautado", por medio de la cual se producen acanaladuras en ambos lados que debían de facilitar un sólido enmangamiento. La tercera fase es la de Folsom, lugar del primer descubrimiento reconocido como seguro y que comprende otros numerosos yacimientos entre los que destaca el de Lindenmeier. Es entonces cuando se obtienen las clásicas puntas con dos apéndices laterales paralelos al eje de la pieza y con un finísimo acanalado en ambas caras. Los análisis de C 14 han dado para estos tipos fechas alrededor de unos 9 a 8.000 años a. C. Yacimientos de la fase de Clovis (Dent, Naco en Arizona, Cueva Burnet, Lewisville en Texas, etc.) nos dan la asociación de puntas de ese tipo con huesos de caballo y de mastodonte. Una fecha desconcertante ha sido dada para una forma de esta industria, en el yacimiento de Lewisville, en Texas, para el que se calcula la fecha, dudosa, de 37.000 años. 22.000 años se dan al yacimiento de Tule Springs, mientras las puntas de Sandía alcanzarían los 26.000 años. De un momento muy antiguo de esas culturas de cazadores norteamericanos se ha descubierto, en 1968, una cueva en el Estado de Washington, que puede remontarse probablemente a 15.000 años de antigüedad.A partir de este primer momento, los yacimientos de cazadores norteamericanos se multiplican enormemente, dando lugar a una verdadera explosión de nuevos tipos de puntas de flecha que los arqueólogos norteamericanos han clasificado cuidadosamente, dándoles nombre (Yuma, Eden, Scottsbluff, Gypsum, Plainview, Lubbock, Coddy, Blackwater, etc.), al mismo tiempo que estudian los conjuntos que tales industrias ofrecen, con sus tradiciones y su ecología. Evidentemente, existe una tradición de puntas foliáceas frente a otras de técnicas más toscas, mal conocidas, y podemos distinguir los grupos culturales de los cazadores de los llanos, de los grupos californianos con tendencia a la recolección y de los complejos que ocupan los bosques de la zona atlántica. El mapa de los yacimientos conocidos en los Estados Unidos es ya muy denso. En cambio, no son tan abundantes todavía como desearíamos los yacimientos de Alaska, que son los que deben darnos los hitos del camino seguido por los cazadores paleosiberianos en su emigración al Nuevo Mundo. El complejo de Denbigh en la costa occidental de Alaska, tiene un gran interés, por mostrarnos una industria, probablemente de fecha avanzada, que ofrece grandes paralelos con algunos aspectos de la industria gravetiense de la época del P. superior occidental.En México y América Central, los hallazgos son mucho menos numerosos, pero en la actualidad siguen un ritmo acelerado. Varios hallazgos antiguos pueden atribuirse al P. superior, incluso algunos al medio o al inferior, como el hueso de Tequischiach, tallado en forma de cabeza de animal. Tampoco faltan aquí como en Norteamérica hachas de mano (Jalisco, Campeche) y piezas de técnica musteroide. Una hoja cuchillo, de obsidiana, hallada en Tlapacoia se ha fechado alrededor del 21000 a. C. Del P. superior proceden el cráneo del Hombre de Tepexpan y los útiles hallados por Aveleyra en Santa Isabel Iztapan, consistentes en restos de mamut junto a puntas talladas. A esta misma época correspondería la llamada industria de San Juan, extendida, junto con el complejo de Chalco, por buena parte de México.En otras comarcas mexicanas, han sido hallados restos de un P. más avanzado. Así, en la Baja California, en el lago Chapala, en el de Tamaulipas (cuya capa más antigua corresponde al llamado Foco Diablo), en otros lugares de Tamaulipas y en la vecina región de Coahuila. Por otra parte, en Chiuahua se encuentran restos que marcan la prolongación hacia el S de la cultura de Cochise y que pueden situarse entre los 5.000 y los 10.000 años a. C. Ya en el centro de México, los restos son escasos, señalándose los yacimientos de Río de la Pasión en la península de Guatemala en Copán (v.), lago Managua, en Costa Rica, etc.Continuación de este territorio es el de Venezuela, donde los hallazgos más importantes han sido realizados por el investigador J. M. Cruixent en el yacimiento de El lobo (Faltón), que debe de tratarse de un verdadero taller por el número extraordinario de piezas que en él aparecen. Otras puntas de tipo nórdico se han hallado en esta zona. En el Ecuador, el yacimiento de Alangasí ofreció restos de mamut. En el Perú, hay material paleolítico en Huancayo. El yacimiento de Ichuña, en el departamento de Puno, es de gran interés, pero a todos supera por su riqueza el de Lauricocha con restos humanos y con datos de C 14 que indican que procede de ca. el 9000 a. C. Bolivia ha dado el yacimiento de Viscachaní (La Paz), en la playa de un antiguo glacial desecado, con tosca industria de piedra que se supone hacia el 7000 a. C. Una facies más fina con puntas de hoja de laurel es conocida con el nombre de Ayampitinense, que se extiende al NO de la Argentina, sucediéndola el Ongamirense. En la vecindad de Brasil y Paraguay, el Altoparanaense y otras industrias van apareciendo, incluso en Uruguay.En la Patagonia, supone Menghin que la etapa más antigua es el llamado Oliviense, anterior al 9000 a. C., con industria de lascas y raspadores. Le seguiría la industria solanense y la toldense, con boleadora y la aparición de las primeras pinturas de manos. El Casapedranse daría paso a las industrias pretehelehense y tehelehense.En la zona meridional, en la Tierra del Fuego, las cuevas Eberhardt, Fell y Palli Aike han proporcionado una cronología relativa, con un primer periodo con puntas de flecha apuntadas y de base cóncava. En la costa del norte de Chile, se observan restos de grupos pescadoresque usaban anzuelos de concha y toscas armas de piedra. Puede, pues, augurarse un rápido auge en los próximos años en el conocimiento del P. americano, que ha de acabar por darnos el enlace con el P. del Viejo Mundo.L. PERICOT GARCÍA.
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