Paleografia CIENCIA
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Ciencia
1. Concepto. Considerada la P., del griego paleos (antiguo) y grafein (escribir), en su naturaleza y en sus fines, puede ser entendida bajo tres aspectos: 1) como simple instrumento de lectura y medio para la recta interpretación de escrituras antiguas; 2) como auxiliar de la crítica histórica y de la crítica textual; y 3) como ciencia independiente que, valiéndose de procedimientos metodológicos propios, apunta a unos fines específicos. Coincide este esquema, en líneas generales, con los tres aspectos señalados por F. Masa¡ al clasificar sistemáticamente las definiciones dadas a la P., definiciones que se apoyan sobre dos supuestos esenciales: la P. ayuda a la lectura de escrituras (v.) en desuso, y la P. estudia la evolución histórica de la escritura (F. Masa¡, La paléographie gréco-latine, ses taches, ses méthodes, "Scriptorium" X, 1956, 281-302).La consideración de la P. en el primer aspecto, como simple medio para leer escrituras en desuso, es el concepto más antiguo que de esta disciplina se tuvo, incluso en una época en que aún no se le conocía con tal nombre. Seducidos por la utilidad de la interpretación de escrituras antiguas y extrañas, los paleógrafos subrayaron vivamente este aspecto incluso en los títulos de sus obras. Pero no han faltado agresiones a la consideración de la P. como mero instrumento de lectura. Alain de Boüard ha escrito que esta consideración de la P. es incompleta: il faut encore savoir f ixer Páge et reconnaitre le lieu d’origine des écritures, en classer enfin les differentes espéces selon leur processus historique: en établir, comme on dit, la filiation (A. de Boüard, Lepon d’ouverture du Cour de Paléographie á L’École des Chartes, "Bibliothéque de L’École des Chartes" LXXXV, 1923, 130). Y W. Bauer insiste en lo mismo (W. Bauer, Introducción al estudio de la Historia, Madrid 1944, 247).Parecidas observaciones hacen, entre otros, Giulio Battelli (Lezione di Paleografía, 3a ed. Ciudad del Vaticano 1949, 4) y Angelo Gualandi (Progretto di un manuale ad uso del paleografo, Bolonia 1868) respecto a su concepto primitivo, en el que no superó la categoría de mero instrumento de lectura. En relación con la crítica histórica, cumple a la P., junto con la Diplomática (v.), el papel de verdadera ciencia auxiliar, ya que será instrumento que permita pronunciarse sobre la autenticidad, procedencia, etc., de buen número de fuentes históricas, entendidas éstas en su más amplio sentido. Pero en concreto es en relación con la Codicología (v. CÓDICES) donde aporta sus más valiosas luces en orden a la crítica, en especial, por lo que se refiere a la datación y origen demanuscritos, ya que la escritura de éstos no es sino producto del ambiente cultural de su autor; su contenido denuncia qué textos manejó; sus abreviaturas suministran informaciones críticas que de otro modo permanecerían desconocidas; incluso los errores de copia, las notas marginales y la miniatura (v.) son elementos de incuestionable valor para la crítica histórica textual.Es, pues, la P., como ha escrito W. Bauer, un supuesto previo de la investigación histórica en su más amplio sentido, es decir, también de los dominios histórico-lingüísticos e histórico-literarios. El filólogo clásico necesita de ella tanto como el historiador del arte. Quien dirige su atención hacia los más antiguos testimonios de la evolución lingüística germánica o románica debe ser capaz de leer esos testimonios por sí mismo y de poder determinar su antigüedad... Hasta tal punto es la P. un eslabón natural de enlace entre todas las ramas de la ciencia histórica (W. Bauer ib., 246). Tan es así, que Ángel Canellas ha escrito que "la Paleografía como disciplina anima un importante vehículo cultural... y permite sobre bases tan concretas trazar explicaciones convenientes y objetivas de la trayectoria general de la cultura en su objetividad histórica" (Á. Canellas, Cátedra de Paleografía. Orientaciones y programa, Zaragoza 1963, 3). Juntamente con el lenguaje, determina las conexiones y dependencias existentes entre los distintos orbes culturales. En este sentido, la P. es una disciplina espiritual, en íntima relación con la Historia de la Cultura, que necesita del auxilio de otras ciencias, ya que la Historia no puede dividirse en compartimientos estancos.El tercer aspecto que señalamos en el concepto de P., es decir, su condición de ciencia independiente, que con unos métodos propios de investigación apunta a unos fines específicos, no fue vislumbrado ni por los primeros paleógrafos ni por sus sucesores inmediatos. El carácter autónomo de la P., cuyo detenido examen nos llevaría muy lejos, le adviene por su relación con la Lingüística (v.), ya que del mismo modo que ésta es la ciencia del lenguaje articulado, la P. lo es del lenguaje escrito, es decir, de’ la escritura, entendida ésta como un procedimiento del que el hombre se ha servido para fijar la lengua articulada, que es por naturaleza fugitiva. Las leyes que condicionan la existencia de la P. como ciencia autónoma son las mismas que condicionan la existencia de la escritura. De ahí que la P., en este su tercer aspecto, deba ser entendida como la ciencia que estudia el conjunto de los caracteres externos de los monumentos escritos, incluyendo los procedimientos de ejecución y los materiales sobre los que fueron escritos.2. Historia. La Historia de la P. es inseparable de la Diplomática. Hasta bien entrada la Edad Moderna no se puede hablar de una disciplina paleográfico-diplomática, pues, salvo contadas excepciones, el interés por las escrituras antiguas se había reducido a su mera lectura interpretativa para comprobar determinados asertos contenidos en anales y crónicas, pero sin que hubiese preocupación crítica. Por ello, podemos distinguir en la Historia de la P. y Diplomática dos grandes épocas separadas por el S. XVII.Los historiadores greco-romanos fueron los primeros en recurrir a los documentos "antiguos" para fundamentar sus relatos: así, TucÍDides, Tito Livio, Polibio y Flavio losefo tienen en cuenta documentos, contratos y edictos imperiales que le sirven de base en sus relatos históricos. :.a obra más antigua sobre problemas paleográficos corresponde al s. i y se debe a Valerio Probo, quien reunió un elenco de abreviaturas en torno a las Notae tironianae o signos taquigráficos que se usaban en especial en textos jurídicos. El interés por el estudio e interpretación de las abreviaturas (v.) pasó a la Edad Media, de la que se han conservado varios tratados al respecto, utilizados frecuentemente en la interpretación de códices teológicos, jurídicos y en textos bíblicos. También en la Edad Media se encuentran las primeras clasificaciones de las distintas escrituras, hechas desde un punto de vista eminentemente práctico, nada científico y menos crítico; del S. IX es el Ars Maior de Donato, que debió de ser muy leÍDo y usado en los escritores medievales, ya que en el S. XIII se hizo, ampliada, una nueva redacción de la misma.El uso de los diplomas para la confección de obras históricas, el estudio de documentos en su aspecto jurídico, los preceptos legales en contra de las falsificaciones y las organizaciones cancillerescas supusieron valiosas aportaciones del mundo medieval a la P. y a la Diplomática. El espíritu del humanismo, erudito, escrutador y crítico habría de suponer un nuevo paso hacia la constitución científica de la P. y Diplomática, ya que los historiógrafos del S. XV se hicieron más severos en sus exigencias de fidelidad a las fuentes. Pero al humanismo le faltó una verdadera concepción científica de la P. y Diplomática. "Corrían los humanistas por Europa en una fiebre de descubrimientos de manuscritos antiguos, cuya lectura y fijación del texto producían furiosas polémicas. En esta virulenta emulación, que merece ser destacada, radica la primera condición del proceso científico que se dará después. Pero estas polémicas no son lo suficientemente violentas para despertar una completa inquietud. De Erasmo se ha podido escribir que era un novicio en Paleografía" (v. Langlois y Ch. Seignobos, Introducción a los estudios históricos, Madrid 1913, 258).Suele considerarse a Petrarca, por sus conocimientos v observaciones sobre códices y documentos, como el precursor científico de nuestras disciplinas. El mismo carácter tienen las preocupaciones al respecto de Lorenzo Valla y tantos otros "maestros de escritura" que se dieron cita en una época, el Renacimiento, calificada por A. de Boüard como prehistórica respecto a la P. científica. La invención de la imprenta supuso un gran avance para la Diplomática, semejante al de la fotografía para la P., por cuanto amplió su área de conocimientos. El afán historicista de tipo local contribuyó a un más amplio conocimiento de los archivos documentales, y las polémicas de historia religiosa en torno a la reforma protestante hicieron avanzar más aún la investigación y crítica sobre fuentes paleográfico-diplomáticas.3. La obra de Mabillon. Como ciencias, la P. y la Diplomática surgen en Francia. Son fruto del espíritu crítico que a fines del S. XVlI informa la cultura europea, espíritu nacido de los supuestos cartesianos sobre la certeza. Había llegado la hora de la certeza histórica. Los benedictinos de S. Mauro hicieron de la abadía de SaintGermain-des-Prés un centro de erudición incomparable. Los jesuitas de Amberes, dirigidos por J. Bolland, habían emprendido la tarea de ilustrar documentalmente las vidas de los santos, separando las leyendas piadosas y los datos verdaderamente históricos (v. BOLANDISTAS). Con este criterio, Daniel Van Papenbroeck, en el prolólogo de uno de los volúmenes de los Acta Sanctorum (v.), publicado en 1675, declaró falsos casi todos los documentos conservados en los monasterios franceses, y, entre ellos, los diplomas merovingios del de Saint-Denis. Los benedictinos de Saint-Germain-des-Prés rechazaron tales aseveraciones por medio de J. Mabillon (v.), quien dedicó seis años a un concienzudo trabajo en archivos monacales de Francia, Italia y Alemania, cuidando que la cuestión planteada por Papenbroeck no degenerara en nueva disputa.En 1681 se publicaba su obra, cuyo título, largo en demasía es bien significativo y claro exponente del alcance y contenido de la misma: De re diplomatica libri sex in quibus quidquid ad veterum instrumentorum antiquitatem, materiam, scripturam et stylum, quidquid ad sigilla, monogramata, suscriptiones ac notas chronologicas; quidquid inde ad antiquariam históricm forensemque disciplinam pertinet explicatur et illustratur. Accedunt commentarius de antiquis regum Francorum palatiis, veterum scripturarum varia specimina, tabulis IX comprehensa, nova ducentorum et amplius monumentorum collectio.En su obra, Mabillon sienta los principios de la ciencia paleográfico-diplomática basándose en la observación de un gran número de documentos, cuya autenticidad critica; analiza la escritura libraria e introduce por vez primera una distinción sistemática de los diversos tipos de escritura, determinando el tiempo en que cada uno de ellos fue usado. Con lo que sustituye con un rigor verdaderamente científico las clasificaciones arbitrarias anteriores y, finalmente, distingue dos clases de escritura: una libraria, en códices, y otra diplomática, en documentos. La libraria la divide en romana antigua, gótica, sajónica, f rancogálica y lombarda. En la romana distingue la mayúscula, minúscula y uncial y añade sus puntos de vista sobre abreviaturas, ortografía y signos de puntuación. El contenido y el título mismo de la obra mabilloniana es eminentemente diplomático, como lo era la intención de su autor. Pero en el inmenso arsenal de su doctrina diplomática encontramos capítulos valiosos desde el punto de vista paleográfico, de modo que pueden y deben ser considerados como el primer tratado de P. Por eso ha escrito Schiaparelli que la P. surge al lado y a la sombra de la Diplomática, empieza a andar su camino de la mano de la Diplomática y avanza en su carrera con los progresos y avances de la diplomática. La obra de Mabillon adolece de un fallo: el calificativo de nacionales que dio a las distintas escrituras de la Edad Media, no por lo que el término pudiera significar atendiendo a razones estrictamente geográficas y políticas, sino porque rompió la unidad de su origen romano al atribuirles procedencia diversa como producto y creación de los distintos pueblos asentados en el solar del desaparecido Imperio y porque este criterio de Mabillon fue la raíz de un defecto metodológico introducido frecuentemente en los tratados de P.Otro benedictino, Bernardo de Montfaucon, fue el primero que dio el nombre de P. a nuestra ciencia en una obra publicada en 1708: Paleographia graeca sive de ortu et progresou litterarum. En ella perfecciona el método de Mabillon, por cuanto establece los manuscritos característicos, la fecha de los mismos al tiempo que contribuye a la formación de la clave clasificatoria de las escrituras desde un punto de vista histórico. Aunque la obra de Montfaucon esté referida a la P. griega, su doctrina es aplicable a la P. en general. El impulso dado a los estudios de P. y Diplomática por Mabillon tuvo honda resonancia en los distintos países europeos por cuanto fue aplicada su metodología a la crítica de fuentes paleográficodiplomáticas. Así, las Dissertationes ecclesiasticae de re diplomatica publicada en 1688 por el español Juan Pérez; el Formulare Anglicanum (Londres 1702), del inglés Thomas Madox, que además de una colección documental contiene una docta disertación sobre cartularios antiguos; la publicación del Chronicon Gotwicense iniciada por Jorge Bessel en 1732, al frente de la cual figuran dos estudios sobre P. y sobre Diplomática con el título De codicibus manuscriptis.Pero todos estos tratados no eran sino reelaboraciones de la doctrina de Mabillon y aunque completaron algunasPALEOGRAFIAlagunas no contribuyeron al progreso de nuestras disciplinas. Un paso decisivo dio F. Scipione Maffei, erudito italiano, que se aplicó al estudio de la biblioteca capitular de Verona, cuyos códices identificó en 1713 y que en 1727 publicó su Istoria diplomatica che serve d’introduzione all’arte critica in tal materia, en la que se ocupa de los documentos y de las materias escritorias pero con agudas observaciones sobre la escritura. En disconformidad con la clasificación de Mabillon, Maffei sostiene que no `existe sino una sola escritura, la romana, que se manifiesta en tres formas distintas: mayúscula, minúscula y cursiva. Con lo que Maffei prepara el camino de la P. modernaal hacer derivar toda la escritura medieval de la romana. En Francia los maurinos perfeccionaron y completaron la obra de Mabillon. Entre 1750 y 1765 Dom René-Prosper y Dom Charles Toustain publicaron en París seis volúmenes con el título de ’Nouveau traité de diplomatique en los que aportaban perspectivas nuevas a los estudios de P. y Diplomática. No obstante sus defectos, supone un avance respecto al tratado De re diplomatica por su concepción metodológica y su sentido crítico y que lo convirtieron en el punto de partida de los tratados posteriores, en especial los vol. 2 y 3, en los que se expone toda una doctrina completa sobre la escritura.Por entonces, también los estudios de P. y Diplomática tuvieron cabida en la Universidad, inicialmente en la Facultad de Derecho. Johann Christoph Gotterer, docente en Gotinga, reunió un rico material y creó el primer seminario anejo a la cátedra de Diplomática, del que salió su Elementa artis diplomaticae universalis, publicada en 1765 y en la que expone un sistema de clasificación de la escritura semejante a la que Linneo había aplicado a las ciencias naturales. Sucesor de Gatterer fue Karl T. C. Schónemann, quien publicó en 1801 su Versuch eines vollstündigen Systems der allgemeinem, besonders ülteren Diplomatik, en la que estudia con claridad el desarrollo de la escritura latina, distinguiendo la mayúscula y la minúscula, y dividiendo la primera en capital y en uncial, y la segunda en recta y cursiva. Contribuyó notablemente a separar el objeto de la P. y el de la Diplomática.4. Progresos desde el S. XIX. Aparte otras obras aparecidas en Francia e Italia, que nada especial aportaron a la doctrina expuesta por los maurinos, es en la segunda mitad del S. XIX cuando la P. hace rápidos y decisivos progresos. De una parte, el interés suscitado por las fuentes históricas que se exhuman con un criterio eminentemente crítico; y de otra, la aplicación a estos estudios de la fotografía, que permite la reproducción de documentos y manuscritos, explican el auge de estos estudios, en especial en L’École des Chartes, fundada en París en 1821, y en L’École des Hautes Études, que empezó sus trabajos también en París, en 1862. Los nombres de Léopold Delisle y Émile Chatelain serían suficientes para justificar la fama de ambos establecimientos. En Alemania, Wilhelm Wattenbach, en su Anleitung zur lateinischen Palüographie (Leipzig 1869), y Ludwig Traube, aparte otras figuras, incorporaron la P. a los nuevos métodos. La doctrina de Traube fue recogida por sus discípulos con el título general de Vorlesungen und Abhandlungen von Ludwig Traube, herausgegeben von Franz Boll, en tres volúmenes preparados por Paul Lehmann los dos primeros, y por Samuel Brandt el tercero. Las enseñanzas de Traube y el método por él empleado dieron óptimos frutos en sus discípulos, entre los que se cuentan Edward Kennard Rand, Elias Avery Lowe y Paul Lehmann. La P. y la Diplomática conocieron por entonces días degloria también en Italia en la obra de Cesare Paoli y, sobre todo, en la escuela formada a la sombra de la Biblioteca Vaticana, cuyo acceso al público estudioso fue facilitado por León XIII. En ella trabajó Luigi Schiaparelli, cuyas obras aparecieron fundamentalmente en la colección Studi e Test¡. Su preparación científica y su curiosidad investigadora hacen de él un digno émulo de los paleógrafos franceses y alemanes, como atestiguan, entre otros, sus estudios Avviamento allo studio delle abbreviature latine nel Medioevo (Florencia 1926), La scrittura latina nell’etá romana (Como 1921) y sus múltiples colaboraciones en Archivio Storico Italiano. Méritos sobresalientes de Schiaparelli fueron el haberse aplicado al tema de la P. romana hasta entonces un tanto preterido, el haber planteado a fondo las relaciones de la escritura romana con las escrituras del Medievo y el haber iniciado la incorporación de la Epigrafía (v.) al campo paleográfico. Continuador de Schiaparelli ha sido Giulio Battelli que, en sus Lezioni di Paleografía citadas, sentó las bases metodológicas de la enseñanza paleográfica actual, al tiempo que ha incorporado el estudio de la miniatura al quehacer del paleógrafo. Las más recientes tendencias en P. las asumen lean Mallon, Robert Marichal y Charles Perrat. Un elenco completo de actuales paleógrafos alargaría en demasía la lista.5. La Paleografía en España. Los estudios propiamente paleográficos encuentran en España sus primeras manifestaciones en los eruditos del S. XVI que, de manera incidental, tratan en sus obras de códices y documentos relacionados con sus trabajos. Así, Alvar Gómez de Castro describe varios códices visigóticos; Ambrosio de Morales nos da información sobre manuscritos de determinadas bibliotecas; Juan Vázquez del Mármol se ocupa del tema de las abreviaturas; y Esteban de Garibay y Zamalloa publica el primer facsímil de escritura visigótica en su obra Los cuarenta libros del compendio historial (Amberes 1571). Antonio Agustín (v.) fue considerado, por sus conocimientos, como el más idóneo para realizar un laborioso trabajo paleográfico en la Bibl. de El Escorial, según proyecto de Juan Bautista Cardona. A principios del S. XVII, en 1606, aparece la obra Del origen y principio de la lengua castellana o romana que o¡ se usa en España. debida a Bernardo de Aldarete, en la que se dedica un capítulo a la escritura visigótica, si bien la confunde con la ulfiliana. El S. XVIII conoce un auge de los estudios paleográficos en España. Cristóbal Rodríguez escribe un tratado titulado Bibliotheca universal de la PoNgrafía española. que publica posteriormente, en 1738, Blas Antonio de Nasarre, bibliotecario real, suprimiendo varios apéndices que se encuentran copiados en los manuscritos 9.239 y 12.724 de la Bibl. Nac. de Madrid.Otras obras debidas a Terreros y Pando, a Sarmiento, a Palomares y a Floranes jalonan la producción paleográfica española en el S. XVIII hasta llegar a la de Andrés Merino, Escuela de leer letras cursivas antiguas y modernas desde la entrada de los godos en España hasta nuestros tiempos, publicada en 1780 y que aventaja con mucho a las anteriores. La biblioteca de la R. A. de la Historia guarda algunos tratados doctrinales de P. de tan escaso mérito e interés que nos explicamos sobradamente que se encuentren inéditos. El S. XIX marca, casi en su totalidad, una regresión respecto al anterior. Ni el Compendio de Paleografía española de Antonio Alverá Degrás, ni la Paleografía castellana de Venancio Colomera tienen valor. El más notable de los paleógrafos del S. XIX fue Jesús Muñoz Rivero, autor de un Manual de Paleografía diplomática española en los siglos XII al XVII (Madrid 1880), dividido en tres partes dedicadas a la reseña histórica de la escritura, al análisis de alfabetos y a ejercicios de lectura. Poco después, en 1881, publica su Paleografía visigoda, en la que en líneas generales sigue eJ mismo sistema que en la anterior. Otras obras impresas e inéditas atestiguan la significación de Muñoz Rivero en el campo paleográfico. Al P. Zacarías García Villada, del que después hablaremos, se debe un tratado de Paleografía española (Madrid 1923), que fue muy útil en su tiempo. Pero sin duda hemos de llegar a Agustín Millares para encontrar la figura más señera de nuestros paleógrafos. Autor de un Tratado de Paleografía (2 ed. Madrid 1932), que ha sido estudiado por cuantos se han interesado por esta disciplina, y de numerosas monografías entre las que es obligado destacar su Contribución al Corpus de códices visigóticos (Madrid 1931), que encierra un gran saber sobre la materia. Antonio Cristino Floriano Cumbreño ha dejado un utilísimo Curso general de Paleografía (Oviedo 1946), fruto de su experiencia docente en la Univ. de Oviedo.Antes hemos aludido a que la Historia de la P.. es inseparable de la Historia de la Diplomática. Aparte los eruditos que aducen pruebas documentales como testimonio de sus investigaciones, el benedictino José Pérez publica en 1688 sus Disertaciones eclesiásticas, en cuyo prólogo declara taxativamente deber mucho a la obra de Mabillon. Para demostrar la antigüedad del establecimiento de los benedictinos en España, acude al testimonio documental del fondo de Sahagún; sigue el método de Papenbroeck y redacta un tratado de cronología sobre la era hispánica. El ministro Campomanes da unas instrucciones en 1755 para confeccionar el índice universal diplomático de España con estimables directrices en pro de estas investigaciones. Pero el gran siglo de la Diplomática española es el XVIII, que conoce en Cataluña un proyecto para hacer la historia sacra de aquella región. La obra del jesuita Abad y Lasierra y los papeles guardados en la biblioteca de la Acad. de la Historia pertenecientes a distintos eruditos, son buen testimonio del interés suscitado en España por los estudios de Diplomática en el S. XVlII.Mención especial merecen en el S. XIX Vicente Vignau, Escudero de la Peña, Juan Menéndez Pidal y sobre todo Eduardo de Hinojosa, creador de una escuela de historiadores -que ha dado óptimos frutos plasmados en la rev. Anuario de Historia del Derecho español, que presta valiosos servicios a la Diplomática. La fundación del Centro de Estudios Históricos de Madrid* supuso una ayuda digna de encomio para los investigadores. A él pertenecieron, entre otros, el P. Zacarías García Villada y el P. Luciano Serrano. El P. García Villada, cuya Paleografía hemos mencionado antes, dejó una Metodología y crítica histórica (Barcelona 1921), en la que ofrece atinadas observaciones sobre P. y Diplomática. Su catálogo de códices y documentos de la catedral de León (Madrid 1919) es un valioso instrumental de trabajo para la investigación diplomática. El P. Luciano Serrano dejó valiosas obras al respecto: Fuentes para la Historia de Castilla (Valladolid 1906-]0); Correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede (Madrid 1914); y una colección de cartularios de diversos monasterios.El Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en sus institutos especializados, presta, con sus ediciones, un gran servicio a la Diplomática. El Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios ha editado las Guías de los principales establecimientos a su cargo. Actualmente, los estudios de P. y Diplomática alcanzan en España un gran auge. Una pormenorizada enumeración de investigadores y de obras alargarían en demasía esta reseña. En las Univ. de Barcelona, Granada, Madrid, Navarra, Oviedo, Santiago de Compostela, Sevilla, Valladolid y Zaragoza existen cátedras dotadas de P. y Diplomática, asignaturas éstas que se profesan en las Facultades de Filosofía y Letras, en las secciones de Historia, Filología románica, Filología clásica e Historia de América.L. NÚÑEZ CONTRERAS.
BIBL.: Anotamos las obras referentes a P. y Diplomática de tipo general, tanto doctrinales como prácticas: Archivio Paleografico Italiano, dir. E. MONACI, V. FEDERICI, F. BARTOLONI, G. BATTELLI, G. CENCETTI y R. PIATTOLI, Roma 1882 ss.; N. BARONE, Paleografía latina, Diplomatica e nozioni di Scienze ausiliare, 3 ed. Nápoles 1923; F. BARTOLONI, Paleografía e diplomática, III, en Relazioni del X Congresso Internazionale di Scienze Storiche, I, Florencia 1955; G. BATTELLI, Lezioni di Paleografía, 3 ed. Ciudad del Vaticano 1949; A. BoüARD, Manuel de diplomatique franpaise et pontifieale, 1, París 1929, y II, París 1948; H. BRESSLAu, Handbuch der Urkundenlehre für Deutschland und Italien, 4 ed. Berlín 1968; B. BRETHOLZ, Lateinische Paléographie, 3 ed. Leipzig 1926; J. M. BURNAM, Palaeographia Iberica. Facsimilés de manuscrita espagnols et portugais (IXe-X° siécles), París 1912-25; G. CENCETTI, Lineamenti di storia della scrittura latina, Bolonia 1954 (publicado posteriormente con el título de Compendio di Paleografía Latina por el Inst. Editoriale del Mezzogiorno, s. a.); CH. U. CLARK, Collectanea Hispanica, París 1929; Chartae latinae antiquiores, ed. A. BRUCKNER y R. MARICHAL, Olten-Lausana 1954 ss.; E. CHATELAIN, Paléographie des classiques latins, París 1884-1900; 0. DOBIAS-ROZDESTVENSKAJA, Istorila pis’ma v srednie veka Rukovodstvo k izuceni ju paleografii, Moscú-Leningrado 1936; F. EHRLE y P. LIEBAERT, Specimina codicum latinorum vaticanorum, 2 ed. Berlín 1927; P. EwALD y G. LOEWE, Exempla scripturae visigothicae, Heidelberg 1883; V. FEDERICI, Paleografía latina dalle origini al secolo XVIII, Roma 1935; J. FICKER, Beitrüge zur Urkundenlehre, 2 ed. Innsbruck 1966; H. FICHTENAU, Mensch und Schrift ¡m Mittelalter, Viena 1946; A. C. FLORIANO CUMBREÑO, Curso general de Paleografía y Diplomática, Oviedo 1946; H. FOERSTER, Abriss der Lateinischen Paléographie, Stuttgart 1963; Z. GARCIA VILLADA, Paleografía española precedida de una instroducción sobre la Paleografía latina, Madrid 1923; A. GIRY, Manuel de Diplomatique, París 1925; J. KIRCHNER, Scriptura latina librarla a saeculo primo usque ad finem Medii Aevi LXXVII imaginibus illustrata, Munich 1970; E. LE BLANCH, Paléographie des inscriptions, París 1889; P. LEHMANN, Lateinische Palüographie bis zum Siege der Karoliiigischen Minuskel, en A. GERCKE y E. NORDEN, Einleitung in die Altertumswissenschaft, I, 3 ed. Leipzig-Berlín 1927; F. LESNE, Les livres: ascriptoria" et bibliothéques du commencement du VIII° á la fin du X, siécle, Lille 1938; E. A. LOVVE, Codices latín¡ antiquiores, Oxford 1934 ss.; J. MABILLON, De re diplomatica libri sex..., 3 ed. Nápoles 1789; F. MADAN, Medieval Palaeography, Oxford 1907; J. MALLON, Paléographie Romaine, Madrid 1952; A. 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