Opinión Pública I. Estudio General. SOCIOL.
Categoria:
Sociología
1. Concepto y nociones. Todo enfoque de la o. p. remite al origen del concepto. En Grecia la opinión es estudiada desde una perspectiva filosófica, situándola en uno de los cuatro niveles de conocimiento; éste se alcanza por la fe (dogma), por la evidencia (axioma) o por métodos científicos que conduzcan a la certeza (epistemé); cuando no es posible, sólo se tiene opinión (doxa) : algo más que ignorancia, pero menos que conocimiento (v. CERTEZA). Este enfoque filosófico -válido en su orden- es, sin embargo, ampliado impidiendo reconocer el valor social de la o. p. Ésta, como fenómeno social, sigue, no obstante, existiendo y es más o menos aceptada. Frente al desdén de Platón, el realismo de Aristóteles valora la opinión como "conocimiento probable": no todo puede ser conocido pero entre tanto es opinable; así, los científicos serán pocos, pero los opinantes pueden ser muchos. Nace ya una contraposición que aún perdura, sobre quién debe opinar, lo que es opinable y el valor de la opinión. Aristóteles sale al paso de las posturas elitistas al ligar aquélla con el sentido común: una buena opinión deriva más de aquél que de la cultura.El humanismo (v.) replantea la cuestión en la línea clásica: es opinable lo que no es dogmático, axiomático o científico, y como buena parte de lo político y lo social no lo es, se hace materia de opinión. Por otra parte, Maquiavelo (v.) desciende de lo teórico a lo práctico y destaca el valor de la opinión para sustentar al gobernante. En la época posterior al Conc. de Trento se mantiene la misma posición por parte de los teóricos escolásticos (v. MODERNA, EDAD III, 3). Así puede entenderse el barroco católico y su expresión en Saavedra Fajardo: "No hay monarquía tan poderosa que no la sustente más la opinión que la verdad, más la estimación que la fuerza".Para el racionalismo v.) de Bacon, Descartes, Spinoza o Kant, la opinión es lo "acientífico". Ese aparente desdén supone, sin embargo, la ampliación de lo opinable, lo que conduce al predominio de lo convivencial. A través de Locke y Hume, los ilustrados franceses vulgarizan el concepto y le permeabilizan: hay opinión y hasta clima de o. p., algo muy cercano a la voluntad general de Rousseau (v.). Así salta de los salones a la calle; según Necker, en la Revolución surgió una autoridad que no existía, la de la o. p. A partir de entonces, sinolvidar los precedentes anglosajones, menos espectaculares, aquélla se convierte en sustento y condicionante del poder, no sin sufrir restricciones, tanto prácticas como teóricas, manifestadas en corrientes intelectuales, tradicionales o de nuevo cuño.
Toda ideología cerrada e indiscutible empequeñece el ámbito de la o. p.: tal es el caso de los totalitarismos de uno u otro corte, sea por sus apelaciones carismáticas, sea por una formulación pretendidamente científica inapelable, como en el marxismo ortodoxo. La crisis del optimismo ingenuo propio del racionalismo ilustrado (v. ILUSTRACIÓN) ha erosionado el concepto de opinión desde el otro costado. Un mundo en explosión tecnológica, cultural y política, al ofrecer supuestos diferentes y mayor complejidad que la soñada por una minoría esclarecida y burguesa, ha puesto en duda o negado el valor de la o. p., que se forma, dicen, por capricho, emoción o influencia ajena y no por discurso racional. Las teorías sobre la sociedad de masas se mueven en esta línea, en la que coinciden igual conservadores que progresistas intelectuales, en ocasiones invocando argumentos similares.Las nociones de o. p. abarcan una gama muy varia, desde la clásica de Dicey: "cuerpo de creencias, convicciones, sentimientos, principios consagrados o prejuicios firmemente arraigados", tan amplia que podía ser una definición de cultura, hasta la de Me Dugall: "opinión del público", que apenas dice nada. Entre ambas menudean los conceptos de los que cabría deducir algunos puntos coincidentes, conforme a los cuales o. p. es el conjunto de expresiones más o menos homogéneas sobre un punto controvertible, y que en las posiciones democráticas son formuladas por la mayoría y aceptadas por la minoría (Lowell), y en las menos democráticas son adoptadas por la minoría preparada e influyente y aceptadas por el resto (Me Kinnon). Por otra parte, la o. p. aparece como un concepto fluido e inestable que engloba otros como estados de opinión o posiciones latentes de las convicciones; corrientes de opinión que se contraponen, pues toda o. p. pide divergencia, discusión, desacuerdo en parte, porque si fuese unánime sería convicción; cuando una corriente predomina sobre otras hay movimiento de opinión.En todocaso, la o. p. debe ser manifiesta, ya que de otra forma será actitud pero no opinión; por tanto, la o. p. es ya un principio de acción en la medida que se expresa. De ello se deduce: 1) que la identificación y mensuración de la o. p., en cuanto previa a la manifestación de la misma, es sobre todo investigación de actitudes que la preceden; 2) que lo importante a efectos prácticos (políticos, sociales, culturales o económicos) no es tanto definir la o. p. como detectarla, medirla y fijar sus caracteres.2. Conocimiento de la opinión pública. Berelson ha descrito las etapas de la sociología que van desde la es-_ peculación más o menos filosófica sobre la o. p. hasta hacer de la investigación sobre la o. p. una ciencia empírica. Duverger y Stoetzel en Europa han seguido métodos similares a los americanos. Lo cierto es que la o. p. carece de valor constitucional en tanto no se expresa por los cauces formales previstos, generalmente las urnas; pero los sondeos, que no gozan de validez jurídica alguna, juegan un papel práctico importante en las decisiones, pues de algún modo ligan política o moralmente y, sobre todo, permiten conocer la realidad sobre que va a operarse. Pese a esa falta de fuerza formal vinculante y a que no siempre los resultados de un sondeo coinciden con los de una votación, su influencia se hace sentir enla actuación política, sea porque sus titulares tienen un mandato sometido a plazo que sólo se renueva por elección, sea porque traten de evitarse decisiones impopulares que acarreen algún tipo de disfunción. En ambos casos, el conocimiento del estado de o. p. es instrumento preciso tanto a regímenes democráticos como autoritarios, aunque con distinto grado de perentoriedad en cada supuesto y hasta para finalidades diferentes: de enderezamiento u explicación en unos o de manipulación en otros. Han nacido así técnicas y métodos de pesquisa y organismos públicos o privados dedicados a estos menesteres: los llamados centros de investigación de la o. p., de los que son ejemplo los Roper o Gallup en EE. UU. o los Institutos de la Opinión Pública de diversos países, entre ellos España, y los que con éste u otro nombre similar existen en Iberoamérica.
Acaso el hallazgo más fértil del enfoque empírico sea que los resultados de las encuestas sobre la o.p. pueden distribuirse según pautas susceptibles de clasificación y representación gráfica. Cuando un gran número de personas opina afirmativamente sobre una cuestión dada se produce una curva en L (fig. 1); si, también en gran número, la o. p. es negativa, la curva adopta forma de 1 (fig. 2); puede ocurrir que la distribución de frecuencias semeje curva de campana (fig. 3) o de V invertida (fig. 4); en el primer caso, se yuxtaponen una serie de opiniones particulares que no llegan a ser o. p. por no haber postura predominante; en el segundo caso, nadie se pronuncia a favor o en contra de la cuestión y por ello no hay o. p.En todos los supuestos anteriores hay una pauta de consenso o porque el tema no interesa lo suficiente para tomar postura o porque éstas son relativamente unánimes en el sí o en el no. Pero cuando la curva toma forma de U (fig. 5) es que las opiniones están polarizadas en ambos extremos sin posiciones medias que las equilibren, lo cual hace imposible soluciones que satisfagan a unos o a otros; estamos ante una pauta de conflicto. Si ésta se produce en torno a temas específicos, supone una tensión que desemboca en una situación anormal, p. ej., una huelga; si se produce sobre las reglas del juego político o social, se aboca a una crisis; cuando afecta al sistema valorativo básico, adviene una revolución ideológica.3. Sujeto y objeto de la opinión pública. El viejo concepto de o. p. se refería especialmente a algo estático, algo que existía en un momento dado; pero la o. p. varía, es dinámica y cambiante y se relaciona con un proceso casi continuo de formación de nuevas opiniones que conducen a algún tipo de acción o resultado públicos. El proceso exige un objeto conocido, controvertido y que tenga interés para muchos, en consecuencia, público, ya que privado es lo manifiesto a pocos. Para que sea público es precisa alguna dosis de información acerca de él. Sobre lo desconocido no se opina, y sobre lo insuficientemente conocido se opina con deficiencia. La información (v.) es, pues, una exigencia necesaria que se logra a través de la obtención de material que proviene no sólo de los medios de comunicación de masas, sino de la comunicación informal, es decir, la que llega por relación interpersonal en cualquiera de sus variantes, incluido el rumor que, si bien es guía poco válida para las creencias y la conducta, cobra un valor no desdeñable, en especial cuando al interés que el objeto despierta no se corresponde una adecuada información.La o. p. lo es también por el sujeto:una agrupación de personas que expresan su actitud, aunque estén escasa y difusamente organizadas, a las que liga un "interés común" por el objeto, ya que no siempre están unidaspor convicciones comunes o por una común actitud previa. Por ello, el público sujeto de la o. p. se ha caracterizado (Blumer) como "agrupación colectiva elemental" que se distingue -más conceptual que realmente- de otros tipos afines, especialmente por su comportamiento, en que prima lo racional sobre lo emocional. Es un grupo de personas enfrentadas a una cuestión problemática, divididas en sus ideas respecto a ella, que discuten en torno y llegan a una decisión colectiva o crean una opinión colectiva. Si la descripción del mecanismo puede ser valedera, el énfasis sobre la discusión racional para llegar a un resultado es más discutible, ya que en la formación de la o. p. entran tanto factores racionales como emocionales. Parece lo equilibrado no caer ni en un mito intelectualista de raigambre ilustrada ni en un irracionalismo heredado de Marx, Freud o Pareto. Acaso más que pedir que la o. p. sea racional deba pedirse que sea razonable.
El objeto de o. p. aparece como oscuro y contingente. Si bien hay cuestiones controvertibles por naturaleza, otras son controvertibles o por deficiencia o por exceso. Por insuficiencia del sujeto, algo opinable se convierte en creencia indiscutible (fanatismo), mientras que cuestiones regidas por el principio de certeza se convierten en opinables. Así, "de hecho", todo puede ser materia de o. p., incluso verdades de fe, reveladas, o verdades científicas; se habla en tales casos de opinión viciada, ya que sobre lo cierto no se opina. Y, por el contrario, también un objeto puede sustraerse "de hecho" a lo opinable: algo en sí contingente es sacado por la sociedad o por el Estado de la libre discusión; en tal caso, la o. p. se amputa arbitrariamente. En cualquier caso, junto a limitaciones de esencia, hay limitaciones de accidente que proceden de ponderar valores tales como la estabilidad y la integración sociales. Estas limitaciones, a su vez, pueden proceder de un consenso sobre la cuestión, p. ej., la inalterabilidad de la forma de gobierno prevista en la Constitución, o provenir de prohibiciones expresas del poder constituido.En ocasiones, se exige para la o. p. la nota de actual. Lo que debe ser actual es el "interés" por el objeto, no éste necesariamente. Hay cuestiones intemporales, p. ej., la libertad; lo temporal es su aplicación práctica en un presente. El pasado que se descubre se torna actual, en cierto modo, si despierta suficiente interés. La confusión entre objeto actual e interés actual procede de la ciencia política con una marcada tendencia a confinar el término o. p. al campo estrictamente político, cuando también hay o. p. sobre cuestiones sociales, económicas, artísticas, etc.; se opina sobre lo político como se opina sobre arte abstracto o moda juvenil, sobre literatura clásica o música gregoriana. Sólo en dos sentidos puede decirse que lo actual sea nota de la o. p.: que el pasado conocido es más bien interpretable que opinable y que lo inmutable puede determinarnos, pero no nos afecta. Lo que sí es profundamente actual es la o. p. misma. Por eso, Albig, refiriéndose a la dinámica continua de las opiniones, dice que los estudios de o. p. son "autopsias", no estudios en vivo.Junto a un ámbito objetivo de la o. p. hay otro subjetivo, determinado por la extensión del público opinante. Este público puede coincidir con un grupo funcional, pero no es lo corriente; más bien implica un agregado más o menos heterogéneo de opitiantes. La nación (v.) no es distinta a este respecto, ya que incluye no pequeñas diversidades en su seno,; por ello, hablar de o. p. nacional tiene un cierto sentido relativo, útil, sin embargo, para delimitar un campo a efectos de análisis. Una cuestión logra un mayor o menor ámbito de o. p. por atraer la atención de gentes pertenecientes a diversas sociedades, o atraer sólo a una de éstas, o únicamente a muchos de sus miembros, o a un número limitado de, ellos. Por ello, si directamente el ámbito de opinión viene dado por el público, indirectamente viene dado por el interés que la cuestión despierte. Este puede perderse al llegar a una frontera porque el problema sea específicamente local, comarcal o nacional, pero puede seguir interesando al cruzarla porque afecte a intereses compartidos con independencia de una vinculación territorial; tal ocurre con cuestiones que afectan a valores y necesidades de grupos ideológicos, clases sociales, niveles, profesiones, etc., que rebasan lo nacional, o cuando se trata de problemas de cualquier tipo que en el mundo actual no puedan encontrar solución total y auténtica sino rebasando el área de los Estados nacionales.4. Formación de la opinión pública. Hoy, debido al alcance de los medios de comunicación, a cierta homogeneidad que va introduciéndose y al empequeñecimiento consiguiente de las distancias, muchas cuestiones que no son específicamente nacionales ni internacionales en el sentido usual del término agrupan públicos muy amplios y dispersos espacialmente. En general, la o. p. sobre temas y cuestiones que no afectan exclusivamente a una nación es más natural que se forme a niveles distintos que el de nación en un mundo caracterizado como ámbito abierto, dentro del cual las comunicaciones y los transportes aumentan el alcance y acortan distancias, determinando intereses comunes muy esparcidos. Por ello, las viejas expresiones de o. p. nacional e internacional, si tienen alguna vigencia, se han reducido fundamentalmente a parcelas del campo político o de campos de estudio previamente acotados.Se distinguen en la formación de la o. p. dos clases de procesos: los psicológicos (que estudian los. factores racionales y emocionales en la formación de actitudes; v. II) y los sociológicos. El estudio de estos últimos es en realidad el de los efectos de las condiciones sociales sobre los juicios y actitudes individuales: ¿cómo forman o modifican aquéllos la o. p.? Frente a la utopía racionalista de que el hombre tiende a orientarse necesariamente hacia la verdad, y también frente a la postura pesimista de que tiende por naturaleza al error o al ensueño, pudo observarse que su tendencia es satisfacer necesidades recibiendo el influjo de las pautas del grupo en que vive, que ejerce sobre él una influencia difusa o concreta. Por eso, la o. p. no puede aislarse de su contexto cultural, social, económico y político.Así, el proceso de formación de la o. p. no será igual para un régimen totalitario que para un democrático, para un sistema de monopolio de la información que para otro pluralista. En los primeros, el conocimiento de las cuestiones es unilateral y restringido, el debate nulo, los condicionamientos políticos actuarán fuertemente sobre el proceso formativo y la manifestación escasa de opiniones elegirá la vía del rumor y la comunicación ülterpersonal. En los segundos, el problema será inverso: clarificar en lo posible los mecanismos para liberarlos de las impurezas a que siempre están sometidos. La movilidad social (v.) es otro factor importante: las sociedades estáticas tienden a reducir el área opinable porque viven más de convicciones, en tanto éstas son menores en sociedades dinámicas, más propensas a someterlas a debate y revisión; sin embargo, en ellas se producen conflictos derivados de divergencias entre las pautas del nivel de origen y el que se obtuvo por ascensión, y acusan cierta contradicción entre opiniones expresas y convencimiento ideológico íntimo. Con todo, el nivel ocupacional y de ingresos es menos influyente que el binomio urbano-rural, que la raza en ciertos casos o, en otros, el origen regional, la profesión y la clase social; esta última opera más difusa pero penetrantemente, y tanto por "pertenencia" como por "identificación" con un estrato social, aunque objetivamente no se forme parte de ella.Entre los factores de influencia externa se sitúa en primer lugar a los medios de comunicación de masas (v. COMUNICACIÓN SOCIAL). Durante mucho tiempo se mantuvo la teoría de su poder irresistible y la fuerza de su impacto. Investigaciones empíricas importantes mostraron que ni ese impacto actúa directamente ni, en consecuencia, gozan de poder persuasivo omnímodo; por el contrario, son uno más entre los procesos de influencia social que concurre con otros. En primer lugar, los medios mismos están sometidos a la doble presión de las audiencias y de los grupos con poder político o social, lo que determina un no pequeño grado de conformidad a los modelos dominantes en la sociedad; en segundo lugar, las audiencias manifiestan predisposiciones resistentes a los mensajes, y en la aceptación de éstos juegan un papel importante los controles sociales (v.). Sobre un individuo particular gravitan, no sólo lo que los medios ofrecen y el cómo lo ofrecen, sino la pertenencia a grupos sociales (v.) con cuyos miembros contrasta su interpretación de los mensajes en sentido congruente con sus pautas y actitudes, de modo que casi siempre hay una reinterpretación de los mismos.Junto a un ingrediente exógeno constituido por la naturaleza misma de los acontecimientos, que influyen sobre la "intensidad" y "dirección" de la o. p., según Lasswell, hay otros internos, de estructura social; además de los señalados, cabe destacar en especial las presiones sociales y el liderato. Las presiones provienen de la tendencia de los grupos a conservar su equilibrio y coherencia, de ahí que sus miembros se manifiesten muy consecuentes con las convicciones comunes y propicios a-la sanción social ante las desviaciones (v. GRUPOS SOCIALES II). Ello da por resultado la aceptación de los mensajes congruentes con aquellas convicciones; o su interpretación deformada para lograr la consonancia entre lo que se cree y lo que los medios de comunicación dan; o su rechazo puro y simple cuando no es posible conseguirlo.Tal fenómeno se manifiesta en toda su intensidad en el caso de las presiones cruzadas, es decir, cuando se contraponen entre sí los intereses y pautas de dos o más grupos a los que una persona pertenece; nace así un conflicto para el sujeto que asume roles pertenecientes a grupos con normas discrepantes. La situación determina que el juicio consiguiente o bien tienda a un punto medio de conciliación, o bien soslaye el dilema decidiéndose por una tercera solución, aunque carezca de interés y no satisfaga al individuo sometido al cruce; o bien evite la decisión absteniéndose; o, a niveles de saturación, el sujeto escape por inhibición. De estos hallazgos se ha beneficiado la técnica de la persuasión colectiva, llámese propaganda o publicidad, que siempre tiene presente la existencia de conflictos potenciales y por ello fuerza en lo posible los modelos contradictorios para presentarlos como armónicos o al menos ofrece los mensajes de manera que se disminuya la incongruencia y el conflicto al máximo posible.La influencia de los líderes de la o. p., que pueden neutralizar en un alto grado los contenidos de los medios de comunicación, adopta tres modalidades: el "liderato social", que encarnan quienes gozan de prestigio en grupos o círculos dados y cuyas manifestaciones son muy tenidas en cuenta, tanto al interpretar los mensajes de los medios como al formar o expresar opiniones; la "influencia personal", que deriva de un prestigio sin jefatura social, como la del amigo, p. ej., cuyos puntos de vista se ponderan; y el "legitimador social" que, con prestigio o sin él, actúa de catalizador y divulgador de un uso, costumbre o novedad, acostumbrándonos a ellos y convirtiéndolos en aceptables y corrientes (V. LIDERAZGO).5. Influencia de los medios de comunicación. Todo el juego de factores y elementos descritos disuaden de la idea de un influjo directo y sumamente penetrante de los medios de comunicación en la conducta y en la formación de actitudes. Por supuesto, el efecto varía según el arraigo y profundidad de estas últimas: las actitudes epidérmicas o que no afectan a lo nuclear de la persona o del grupo son más fácilmente modificables, de ahí que en principio la publicidad (v.) se enfrente con una tarea más sencilla que la propaganda ideológica, que intenta operar sobre actitudes muy arraigadas y básicas y sólo logra resultados cuando existen predisposiciones al cambio.En general, el influjo de los medios sobre la o. p. no es determinante, salvo que actúen en la misma dirección otros factores de mediación, desde circunstancias objetivas coadyuvantes (p. ej., cambios económicos o sociales) hasta otros subjetivos, como la conciencia de la necesidad del cambio o una erosión fuerte de las convicciones sociales que rompa su capacidad integradora. Lo normal es, pues, que los medios refuercen actitudes y opiniones previas y que la interpretación de sus mensajes se haga en función de factores sociales muy determinantes. Por ello, las campañas políticas producen en realidad escasos cambios de decisión o modificaciones de actitud, salvo en el caso de personas indecisas o indiferentes y en pequeño porcentaje. El valor de la campaña radica, según Lazarsfeld, mucho más que en un influjo sobre los pareceres, que suelen mantenerse inalterables, en suscitar el interés por la cuestión, sin el cual ni opinión ni decisión se producen, evitando la indiferencia y la abstención.Sin embargo, no sería exacto concluir que los medios de comunicación carezcan de influencia, lo que’`lebe señalarse es que ésta proviene, más que de su impacto inmediato, de su acción prolongada en el tiempo, que constituye una variante de socialización y una forma de educación capaz de actuar en paralelo y al margen de las instancias clásicas (escuelas, contacto interpersonal, profesiones, partidos, etc.). Esa acción no es desdeñable si se tiene en cuenta que en sociedades complejas los contactos íntimos disminuyen y, en consecuencia, también la interacción dentro de los grupos; que el consumo de medios monopoliza en grandísima parte el tiempo libre y que suele ofrecer un gran atractivo por la predominancia de contenidos evasivos tras los que se esconde un trasfondo ideológico más o menos explícito según los casos. Es evidente que su acción sobre la o. p. varía también conforme al prestigio de que gocen y la fiabilidad que se les atribuya; asimismo, a mayor dosis de monopolio en su manejo es más fácil que la opinión cambie en la dirección deseada, ya que no hay elementos de contraste. En todo caso y cualquiera sea su régimen, al ser prácticamente vehículos únicos de suministro de información, operan ampliamente sobre la o. p. (v. COMUNICACIÓN SOCIAL II; INFORMACI6N).F. SANABRIA MARTÍN.
BIBL.: J. BENEYTO, La opinión pública. Teoría y técnica, Madrid 1969; L. GONZÁLEZ SEARA, Opinión pública y comunicación de masas, Barcelona 1968; K. YOUNG y OTROS, La opinión pública y la propaganda, Buenos Aires 1967; F. G. WILSoN, A theory of Public Opinion, Chicago 1962; W. ALBIG, Modere Public Opinion, Nueva York 1956; U. O. KEY, Public Opinion and American Democracy, Nueva York 1961; M. VÁzQuEz MONTALBÁN, Informe sobre la información, Barcelona 1963; R. E. LAME y D. O’SEARs, La opinión pública, Barcelona 1967; A. SAUVY, La opinión pública, Barcelona 1971; R. L. NINYGLES, Teoría de la opinión pública. revisión y crítica, "Atlántida", no 45, VIII (1970) 244-266; VARros, Información y sociedad de masas, "Nuestro Tiempo", no 213, marzo 1972 (arts. sobre información, medios y o. p.; v. t. el no 226, abril 1973, de la misma revista).- Sobre el caso especial de la o. p. en la Iglesia, v. A. DEL PORTILLO, El derecho a una opinión pública en la Iglesia, en Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969, 160-167; 1. PiQuER, La opinión pública en la Iglesia, Barcelona 1965.
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