Onomástica LIT.
Categoria:
Literatura
Etimología, relación con otras ciencias. Proviene del griego onomástika (referente a los nombres), derivado a su vez de ónoma (nombre). Su estudio puede abarcar todos los nombres propios: personales, locales y étnicos; pero, preferentemente, se dedica a los primeros, por lo que Leite de Vasconcellos la llamó antroponimia; y otros, homonimia. La palabra O. referida al aniversario de la imposición de un nombre propio compete al estudio de las tradiciones populares. La O. está relacionada con la Toponimia (v.), porque muchos nombres personales pasan a ser. de lugar y viceversa. En menor grado, se relaciona con a Heráldica (v.; dedicada a los títulos nobiliarios de personas), con la Genealogía (v.; referente a los ascendientes del individuo), ,con la Hagiografía (v.; o historial de los santos) y con la Prosopografía (o descripción de la persona). Se considera auxiliar de la Historia por los datos que suministra, y se relaciona con otras ciencias auxiliares, como la Numismática (v.), la Epigrafía (v.) y la Arqueología (v.).Importancia del nom1)re. La importancia trascendental del nombre (v.) queda ya refrendada en la misma creación del mundo, al conformar en cosmos el Dios-Creador, con su palabra, la masa informe o caos que invadía el Universo, y queda ratificada en el propio Evangelio de S. Juan cuando afirma que "en un principio era el Verbo". En la vida cotidiana es el nombre la única garantía jurídica del individuo; y, en el trasegar de esta vida terrena, y tras "esforzarse para no pasarla en silencio como los animales" (Salustio, Bellum Catilinae), será lo único que perdure entre los mortales. Ni aun en las tribus salvajes suele faltar un nombre al individuo para identificarle, pues la identificación es la finalidad primordial del nombre. Su significado tan sólo es mera curiosidad histórica. Pocos son los nombres cuyo significado es transparente, excepto los apodos. Por ello, el origen del nombre habrá que buscarlo en aquel momento histórico y en aquella lengua en la que signifique algo; los demás momentos serán tradición o transmisión. En fin, los nombres de persona tienen importancia lingüística por constituir parte integrante de la lengua.Sistemas onomásticos: distribución geográfica y desarrollo histórico. Un sistema onomástico muy difundido fue el que adoptó Roma durante la República. Consistía en un praenomen (específico del individuo), un nomen (la gens o familia), y un cognomen (añadido por alguna circustancia particular); p. ej., Marcus Tullius Cicero (garbanzo). Las mujeres recibían el del padre o marido: p. ej., Cornelia, hija de Cornelio. Este sistema se propagó por el Imperio y perduró, completo o fraccionado, pero no está tan claro el por qué lo acogieron los árabes, que también usan un nombre o ism, p. ej., Muhammad, alabado; un patronímico o kunya, p. ej., `Abbás, uno de relación o ciudad, nisbah, p. ej., Baghadi, y aun, a veces, un sobrenombre, p. ej., al-Atras, `el sordo’;todo ello daría Muhammad ibn (hijo) °Abbás al-Baghadi al-Atras. Otro sistema, el del nombre único (simple o compuesto), es el utilizado por casi todos los pueblos indoeuropeos: p. ej., el indio Devaraja (el dios rey), el griego Lisímaco (fuerte en la batalla), el celta Cingetórix (rey de los guerreros) y el germano Cundemaro (grande en la guerra). Este sistema, con la caída del Imperio romano, al triunfar el germanismo y surgir el cristianismo, se expande por toda Europa. También se halla entre los pueblos de Oriente Medio, aunque sus nombres constituyen una verdadera frase: así, el babilonio Nabucodonosor, de Nabum-Kudurri-usur, significa protector de fronteras; el hebreo Rafael, Dios ha protegido; y el fenicio Aníbal, gracia de Baal. Igual ocurría en el Lejano Oriente. En el Japón, con el prefijo toku (virtud), surge Tokusaburo; con el sufijo ko, para las mujeres, de Tsuru (cigüeña) resultaba Tsuruko y, con el prefijo o, Otsuru. Lo mismo en China, donde cambiaban el nombre en cada acto solemne de la vida. Aparece en ella el nombre único con el significado abstracto de paz, lucimiento, etc., o con el concreto que indicaba los caracteres físicos.También la filiación o designación del hijo con el nombre del padre, mediante un sufijo, es conocida de siempre. En celta, Toutisicnos, hijo de Toutiso; en visigodo latinizado, Didaci, hijo de Didacus. El sufijo inglés -son, el alemán -shon, el danés -sen, el servio -vich, el ruso -of,f, el polaco -ski, el griego -populos, y el rumano :sku explican las formas Johnson, Petersen, Petrovich, Petroff, Petroski, Populopoulos y Basilesku. En forma de prefijo se forman ciertas filiaciones: el normando Fitz-maurice, del escocés Mac Donald y del irlandés O’Donnell, etc. La transmisión del nombre del padre como segundo nombre o familiar se siguió en Europa desde la Edad Media y en el Renacimiento.Sin embargo, ante la reiteración excesiva de un mismo nombre, se empleó un segundo para mayor precisión.Unas veces se agregaba un nombre de ciudad (Juan de Ávila, Leonardo de Vinci); otras, se tomaba de la Naturaleza (Pedro de la Fuente, Juan del Río), de un título o magistratura (Alcalde, Regidor, Merino), de la milicia (Capitán, Guerrero), de la Iglesia (Cardenal, Abad) o de un oficio (Simón Caligarius, Juan Zapata). En fin, con un calificativo cualquiera se sazonaba un- nombre insulso: así, de siempre y en todas las lenguas, hay apellidos que utilizan el color (Moreno, Rubio, Negro, etc., y, en la propia Roma, Niger, Rufus, Flavius), el tamaño (Grande, Chico, Delgado o, en latín, Magnus, Paulus y Flacus) y la impresión estética (Bello, Gallardo, Lozano, Pulido, etc.).Entre los motivos determinantes de la elección de un nombre se halla la moda. En el orden religioso sirvió para que se propagase, p. ej., el nombre de Antonio en el apogeo de los cenobitas, o los de Francisco y Domingo con las órdenes Mendicantes; los de patrones de las ciudades (Rafael en Córdoba, Pilar en Zaragoza, Pedro en Roma, etc.); o el del santo del día, a partir del Conc. de Trento. Como moda política se explican Balilla en Italia, Francisco José en Austria, Alejandro al fin de la Edad Media, Arturo en el ciclo bretón, Julio César y Augusto en el Renacimiento. Para ocultar el nombre verdadero se adoptaron a veces otros nombres: así, los primeros cristianos con nombres paganos (Afrodisio); los judíos alemanes con nombres de la Naturaleza (Bernstein y Mandelbaum), de profesión (Kahen o "sacerdote") o doble (Baruk y Benedicto). El pseudónimo o falso nombre se originaba de la Edad Media por latinización (Ramus por Pierre de la Ramée, Grotus por Groot, Parrhasius por Parisio) o helenización (Oecolampade por Hausschin, Melanchton por Schwarzerde); más tarde, por juego de palabras (Voltaire por Arouet) o por sustitución clara (Azorín por Martínez Ruiz).Sin referirnos a la forma lingüística del nombre, indicaremos que se puede alterar su forma por eféresis (así, Colás por Nicolás) o apócope: en español, Bartolo (mé); en italiano, Frido por Friderico; en alemán, Fritz por Friedrich; y que, además, es muy interesante el incremento del nombre por la aglutinación de la partícula de, tanto en francés como en castellano (Dupuy y Dupont o Daoíz y Dávila). La mayoría de los nombres frecuentes en el Occidente europeo son de origen hebreo, griego, celta, latino, gótico y algunos eslavos.Investigación. Los estudios de O. más importantes son los de Dauzat, que no se limitó a recoger los nombres franceses y estudiar su significado -hecho que siempre había inquietado a los filólogos-, sino que pretendió, y en parte consiguió, concretar el valor étnico, lingüístico e histórico de cada nombre; los de J. H. Schultze, de incalculable valor por su rigor científico que los hace imprescindibles para todo investigador; y dos de Krahe que, en su desmedido afán por desbrozar todos los elementos anteriores que perviven en el indoeuropeo, ha utilizado la O. con notable éxito. Así ha surgido una ciencia que, como auxiliar de la Historia, informa sobre los movimientos, invasiones e influencias de los distintos pueblos. En España, aunque están apareciendo valiosas Prosopografías, falta aún mucho para igualar la obra de Dauzat.V. GARCÍA DE DIEGO Y LÓPEZ.
BIBL.: A. DAUZAT, Les Noms de Personnes, origine et évolution, París 1925; 1.-H. SCHULTZE, Zur Geschichte lateinischer Eigennamen, Berlín 1904; E. SCHRODER, Deutsche Namenkunde, Gotinga 1944; E. NEsTLE, Die israelischen Eigennamen, Haarlem 1876; J. GODOY ALCÁNTARA, Ensayo... sobre los apellidos castellanos, Madrid 1971; M. L. ALBERTGs FIRmAT, La onomástica personal primitiva de la Hispania Tarraconense y Bética, Salamanca 1966.
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