Nicaragua V. Lengua y Literatura. LIT.
Categoria:
Literatura
1. La lengua. En términos generales, las características del español que se habla en N. son las comunes al español de América. Sin embargo, los países centroamericanos mantienen una identidad cultural común y, por tanto, el español de N. es más parecido al que se habla en Guatemala, El Salvador, Honduras y, sobre todo, Costa Rica, y tiene menos en común con el de Sudamérica, las Antillas y México. Como en otras regiones de América, en N. se usa el seseo y se ha perdido la segunda persona del plural en todo el sistema verbal, lo mismo que las formas pronominales vosotros, os y vuestro. En el habla popular nunca se dice vosotros sois, ni os ruego, ni vuestra lengua. Sin embargo, se usa el vos (en vez del tú) en las formas tónicas del sujeto (vos cantás, vos tenés) y caso terminal (a vos, con vos, para vos). En N., como en los otros países centroamericanos y en México, predomina el yeísmo; y según parece, el debilitamiento de la consonante final de sílaba es más pronunciado que en los países vecinos. También hay ejemplos de la y antihiática (f riyo, diya, todaviya).El léxico nicaragüense no difiere del de otros países centroamericanos. Si bien las lenguas de los primitivos habitantes como los chorotegas, misquitas (o mosquitos), sumos, ulvas, ramas o ramaquíes, maribios, nagrandanos, mangues y matagalpas han desaparecido o son habladas por minorías desplazadas a pequeños reductos, han quedado en el léxico algunos vocablos que provienen de ellas, así como de las lenguas aborígenes de otras regiones de América. En 1948 Alfonso Valle escribía: "Ascienden, aproximadamente, a un mil doscientas las voces indígenas puras y las indígenas castellanizadas, que en su casi totalidad tenemos en uso en el habla nicaragüense, desde la época colonial. Estas voces designan personas, parentescos, animales, árboles, aves, armas, utensilios, adornos, trajes, frutas, bebidas, alimentos; sin contar los nombrés de lugares, que alcanzan a más de un mil quinientos". Del misquita quedan palabras como güirís (minero); del magalpo, silaco (desnutrido); del chorotega, nambiro (calabaza), tinco o tingo (baile indígena) y tincuto (persona a quien le falta un dedo).Más comunes son las palabras de origen náhuatl, yaque durante el s. XV la cultura azteca se extendió hasta lo que hoy es América Central. Del náhuatl se conservan nombres en la toponimia y en el vocabulario general. Son comunes en el habla popular las voces apaste (vasija), atol (atole en México), ayote (calabaza), choco (agrio), cipote (muchacho), sacuanjoche (flor amarilla) y muchas otras. Menos comunes que los aztequismos son las palabras de origen quechua como chulla (moneda), pucho o puchada (pequeño residuo), chácara (variante de chacra, plantación de bananos), tambo (piso de madera) y yuyo (hierba). Las palabras mayas tampoco son comunes; entre otras, cumba (jícara o calabaza), cumbaste (dulce de fruta) y chele (rubio, extranjero). Raras también son las voces antillanas. Se encuentran, por supuesto, aquellas que han pasado a otras regiones del mundo hispanoparlante, como ajiaco (especie de olla podrida), bajareque (choza primitiva) y sabana y sus derivados. Algunos regionalismos comunes en N. son juma (borrachera), jaña (concubina), dundo (majadero), moto (huérfano), jipato (pálido) y samatona (guiso popular). Se usa la interjección ahué para expresar sorpresa. No obstante estas variantes, el español de N. ha mantenido su unidad fundamental, tanto en la sintaxis como en la fonética.2. La literatura. a) Época española. La Literatura nicaragüense de la época española pertenece a la Literatura centroamericana, como se desprende de su circunstancia histórica (v. III). Sin embargo, citaremos a algunos autores asociados a la región que más tarde sería N. Del s. XVI han quedado testimonios, cartas de relación y hasta un diálogo, entre Gil González de Ávila y el cacique Nicarao, conservado por el cronista Pedro Mártir de Anglería en los cap. IV y V de sus Décadas del Nuevo Mundo. Es de interés este diálogo porque revela una perspicaz inteligencia por parte del cacique. Sobre este personaje escribió fray Nemesio de la Concepción Zapata una Vida del guerrero bárbaro Nicaroguán. Otros cronistas que hablan de N. son Francisco López de Gomara (v.), Gonzalo Fernández de Oviedo (v.) y fray Bartolomé de Las Casas (v.). De esta época existe una interesante poesía anónima, las Desesperaciones de amor que hizo un penado galán, considerada como una de las primeras expresiones líricas nicaragüenses. En el teatro, se cuenta con una importante obra, el Güegüense o Macho Ratón, que ofrece rasgos del teatro prehispánico (bailes, uso de máscaras de animales, paralelismos verbales, ausencia de parlamentos en los personajes femeninos) e hispánicos (la mojiganga final, el diálogo burlesco, algunos personajes fanfarrones, el uso de villancicos). El protagonista, el Güegüense, es una especie de pícaro indio que finge sordera o simula no entender lo que no le conviene. Después del Güegüense la pieza teatral más popular es la titulada Original del Gigante, de tema bíblico, la lucha entre David y Goliat. Representa la poesía barroca fray Antonio Cáceres, de quien dice Beristain: "Natural de Granada en el reino de Guatemala [sic], religioso de la compañía de Jesús, cuyo Instituto profesó en Tepotzotlán de México en 1682. Fue maestro de bellas letras en el colegio máximo de S. Pedro y S. Pablo por el año de 1686, en que escribió Certamen poético para celebrar el Nacimiento del Niño Dios, bajo la alegoría del Ciprés. Manuscrito en la biblioteca de la Universidad de México". A la primera mitad del s. XVIII pertenece fray Lucas Angulo, natural de Granada, quien escribió, según Beristain, un Ensayo de la muerte impreso en Guatemala por Velasco en 1732, lo mismo que un Tratado de ortografía, unas Doctrinas morales y siete tomos de sermones.b) El siglo XIX. Durante la época de la independencia el más notable escritor nicaragüense es Miguel Larreynaga (1772-1847), prócer centroamericano, profesor de lenguas clásicas, autor de varias poesías de corte neoclásico y de los libros Discurso sobre las artes (1838), Retórica de Aristóteles (1838), Memoria sobre el fuego de los volcanes (1843) y Lecciones sobre la elocuencia forense (s. f.). Esta tendencia neoclásica la continúan Gregorio Juárez (1780-1879); Antonio Velazco, autor de poesías de ocasión; el lic. Benito Rosales, de quien se conocen algunas composiciones de tema patriótico y una elegía; y fray Desiderio de la Cuadra (1779-1849), autor de una serie de décimas en las que se narra la caída de Granada, su ciudad natal, en 1823. Cultivaron la poesía religiosa Francisco Quiñónez Sunsín (1780-1848) y Francisco Díaz Zapata (1812-82), éste con villancicos y cánticos, y aquél con un poema A María.Representan el romanticismo (v.) en N. los poetas Juan Iribarren (1826-64), recordado por su composición contra los filibusteros de Walker; Carmen Díaz (1835-92), y Francisco Zamora (1820-71), representante éste de la vena satírica, entre cuyas poesías sentimentales se encuentra la conocida A Flora (o Yo pienso en ti). A la segunda generación romántica pertenecen Felipe Ibarra (1853-1936), maestro de primeras letras de Rubén Darío; Mariano Barreto (1856-1926), gramático y filólogo, autor de 14 libros sobre Literatura, cantor (durante su juventud) del Momotombo y recordado sobre todo por el sentimental poema La confesión ("¿Dime: has amado, criatura? / -Amo, señor, con locura"); Cesáreo Salinas (n. 1860), autor de algunas poesías festivas; y Román Mayorga Rivas (1862-1925), periodista, traductor de Byron, Musset y Lamartine, autor de dos libros de poesías, Viejo y nuevo y Guirnalda salvadoreña. Representan la prosa los historiadores Tomás Ayón (1821-87), autor de la Historia de Nicaragua (1882); y José Dolores Gámez, cuya Historia de Nicaragua fue editada en 1890; es autor además de una novela, Amor y constancia (1878).c) El modernismo. N. es la patria de Rubén Darío (v.; 1867-1916), creador de modernismo (v.) y renovador del estilo poético. Félix Rubén García Sarmiento, como se llama Darío, es natural de Metapa. Si bien es cierto que abandona su patria durante su juventud, nunca la olvida (cfr. su Viaje a Nicaragua) y con frecuencia se refiere a ella. A pesar del gran papel de este autor, no es Darío el único modernista nicaragüense; entre sus coetáneos encontramos a Juan de Dios Vanegas (18731964), Santiago Argüello (1872-1940), Manuel Maldonado (ca. 1860-1940) y Dolores García Robleto. De éstos, es Argüello quien mejor representa la época. Se inició con Primeras ráfagas (1897), al cual siguieron De tierra cálida (1900), El poema de la locura (1904), Ojo y alma (1908) y otros. Como crítico de la Literatura se le recuerda por las Siluetas literarias (1899) y Modernismo y modernistas (1935). En poesías como El martirio de Santa Águeda, según Max Henríquez Ureña, "se elevó a envidiable altura, merced a la nitidez de la forma y el brillante juego de imágenes". En otras, como el Himno a la raza hispanoamericana, defendió la unidad espiritual de la América española. Sus poemas más logrados, sin embargo, son aquellos en que trata temas leves, como lo hace en Nunca, nunca, nunca... ("Yo me senté en el camino / a esperarla, y nunca vino. / ¿Por qué sería? No sé. / Nunca he sabido por qué / no vino"). Representan la poesía de transición al posmodernismo José Ángel Salgado (1884-1908), autor del libro Sándalo; Andrés Rivas Dávila (1889-1930), recordado por El beso de Érato (1931); y Alberto Guerra Trigueros (1898-1930), de quien destacamos dos obras, Silencio (1920) y Surtidor de estrellas (1929).d) El posmodernismo. Dentro de esta tendencia se encuentran tres poetas, los tres innovadores: Azarías H. Pallais (1888-1957), sacerdote secular, autor de varias colecciones de poemas entre las que destacan A la sombra del agua (1917), Espuma y estrellas (1918) y Caminos (1920). Salomón de la Selva (1893-1959), que hizo la carrera universitaria en Estados Unidos y comenzó escribiendo en inglés (Tropical Town, 1918). Las experiencias en el frente durante la I Guerra mundial le dieron material para su libro más famoso, El soldado desconocido (1922). En México, donde pasó los últimos años de su vida, colaboró en las rev. La Antorcha, Romance y Letras de México. En su poesía predominan los temas asociados al sufrimiento humano. Uno de sus últimos y mejores poemas es la Evocación de Horacio (1949); escribió también dos novelas, La vida de San Adefesio (1932) e Ilustre familia (1954). Alfonso Cortés (18871969), el poeta enajenado, dejó varios libros; de su primera época destacan Poesías (1931), Tarde de oro (1934) y Poemas eleusinos (1935); sus hermanas han publicado otros: Las siete antorchas del sol (1952), Las ruinas universales (1964), Las coplas del pueblo (1965) y Las puertas del pasatiempo (1967). Su poesía se caracteriza por el tono religioso, expresado con gran sinceridad y hondo fervor. Aunque desigual, tiene momentos en que su poesía, como dice Cardenal, "se nos queda en suspenso [...] flotando en lo inasible, en arrobamiento aéreo; y su voz suena entonces a San Juan de la Cruz".Si bien los anteriores autores continúan la tradición literaria iniciada por Darío, los narradores se inclinan hacia el realismo (v.). Son representativas de esta tendencia las obras de Salvador Claderón Ramírez (1868-1940), autor de los Cuentos de mi Carmencita; Gustavo Guzmán (Margarita Rocamore, novela, 1892); Anselmo Fletes Bolaños, conocido como Gil Blas, costumbrista (Cuadritos de costumbres, 1910); Joaquín Chamorro (1891-1952), periodista e historiador (El último filibustero, novela histórica, 1933); Juan Felipe Toruño (n. 1898), periodista y crítico (La mariposa negra, novela, 1928; El silencio, novela, 1935; De dos tierras, cuentos, 1947); jerónimo Aguilar (Ramón Díaz, novela, 1930; Cuentos del camino, 1939); Alfonso Calero Orozco (n. 1899), regionalista (Sangre santa, 1939; Cuentos pinoleros, 1944); y Jacobo Ortegaray (n. 1900), cultivador de la novela indigenista (Un cacique de Nocharí). El teatro de la época lo representan Gil Blas, con la comedia política La rifa; Felipe Medina (Los Contreras, pieza histórica) y el inquieto poeta Solón Argüello (1880-1920), autor de los dramas La venganza del héroe y La toma de Churubusco.e) Vanguardismo. Inician el vanguardismo (v.) en N., en 1925, los escritores José Coronel Urtecho (n. 1906; v.) y Luis Alberto Cabrales (n. 1901). En 1928, con la publicación de la rev. Vanguardia, se formó un grupo en el cual encontramos, entre otros, a Pablo Antonio Cuadra (n. 1912), Joaquín Pasos (1915-47) y Manolo Cuadra (n. 1907). Coronel Urtecho es quien comienza el ataque contra el modernismo con la Oda a Rubén Darío, que puede ser considerada como el primer manifiesto vanguardista en N. Tanto P. A. Cuadra como Pasos escriben poesía nativista en libros como los Poemas nicaragüenses (1933), del primero (recogidos también en Poesía, 1964), y en partes de Breve suma (1945), del segundo. Cuadra ha escrito también narrativa (Agosto), drama (Por los caminos van los campesinos) y crítica literaria. En la generación posvanguardista destacan los nombres de Ernesto Cardenal (n. 1925; v.), Ernesto Mejía Sánchez (n. 1923) y Carlos Martínez Rivas (n. 1924). Mejía Sánchez, que reside en México, se ha distinguido como poeta de estilo sugestivo, a veces mágico (Ensalmos y conjuros, 1947; La carne contigua, 1948; El retorno, 1950; Contemplaciones europeas, 1957; Poemas, 1963) y como erudito crítico de la Literatura, tanto de su país (Romances y corridos nicaragüenses), como de Hispanoamérica (Montalvo y Menéndez Pelayo, 1958). Martínez Rivas, tanto con El paraíso recobrado (1944) como con La insurrección solitaria, abre nuevos rumbos a la poesía nicaragüense. Su poesía es directa, con frecuencia sobre temas cotidianos.En la narrativa ha predominado el elemento social en cuentos y novelas, géneros en los que destacan los¿ Román Orozco (n. 1906), autor de Cosmapa (1944); Emilio Quintana (n. 1908), cuentista y novelista (Bananos; Agustín Rivera; El cielo no es azul; 10 bellos cuentos); Manolo Cuadra (n. 1907; Contra Sandino en la montaña, 1942); y Hernán Robleto (n. 1895), el más importante, cuya obra narrativa es considerable (Primavera en el hospital, 1924; Sangre en el trópico, 1930; Los estrangulados, 1933; La mascota de Pancho Villa, cuentos, 1934; Cuentos de perros; Don Otto y la niña Margarita, 1944; Brújulas fijas, 1961; Se hizo la luz, 1966). Para el teatro ha escrito La cruz de ceniza, La niña Soledad y Muñecos de barro, piezas recogidas bajo el título Tres dramas. A los anteriores hay que añadir el nombre de Agenor Argüello (n. 1902), autor de una colección de Cuentos y narraciones (1930) y de una novela, La cobra (1958).f) Últimas promociones. Los jóvenes, como los de otros países hispanoamericanos, han abandonado el regionalismo para entrar de lleno en las corrientes universales. Entre los poetas representativos se encuentran Ernesto Gutiérrez (n. 1929; Yo conocía algo hace tiempo, 1953); Horacio Peña (n. 1936; La soledad y el desierto, 1970); Luis Rocha (n. 1942; Treinta veces treinta, 1964);Beltrán Morales (n. 1944; Algún sol, 1969), y Michéle Najlis (n. 1946; El viento armado, 1969); entre los narradores, Fernando Silva (n. 1927; Tierra y agua, cuentos, 1969; El comandante, novela, 1969; Otros 4 cuentos, 1969); Mario Cajina Vega (Familia de cuentos, 1969); Lizardo Chávez Alfaro (n. 1929; Los monos de San Telmo, 1963; Trágame tierra, 1969); y Rosario Aguilar (n. 1938; Aquel mar sin fondo y sin playas, 1970); entre los dramaturgos, José de Jesús Martínez (n. 1928; La mentira, drama poético, 1954; La perrera, 1954; Caifás, 1961); Rolando Steiner (n. 1936; fudit, 1958; Antígona en el infierno, 1959; Primer acto, 1961); y Alberto Ycaza (n. 1945), quien en 1970 recogió tres piezas en Teatro (Asesinato frustrado, Ancestral 66, Escaleras para empujar al tiempo).L. LEAL MARTÍNEZ.
BIBL.: J. F. TORUÑO (asesor), Nicaragua, en Diccionario de la literatura latinoamericana, VI, Washington 1962, 185-236; lD, Sucinta reseña de las letras nicaragüenses en 50 años (1900-50), en J. DE MONTEZUMA DE CARVALHO, Panorama das literaturas das Américas, Angola 1959, III, 1095-1202; 1. E. ARELLANO, Panorama de la literatura nicaragüense, Managua 1966-68 (estudia hasta Rubén Darío); J. LINARES, Letras nicaragüenses, Managua 1966; J. YCAZA TIGERINO, La poesía y los poetas de Nicaragua, Managua 1968; Nueva poesía nicaragüense, intr. E. CARDENAL y selección 0. CUADRA DOWNING, Madrid 1949; A. ARGÜELLO, Los precursores de la nueva poesía en Nicaragua, Managua 1962; Antología de cuentos nicaragüenses, Managua 1957; A. VALLE, Diccionario del habla nicaragüense, Managua 1948; P. A. CUADRA (dir.), El Pez y la Serpiente, "Rev. de Cultura" 1 (1961).
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