Naturalismo V. Literatura Hispanoamericana. LIT.
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Literatura
Generalidades. La implantación del n. en la América hispana no fue objeto de polémicas ardorosas; más bien fue un simple paso dado por la narrativa realista en una dirección más crítica y socialmente comprometida que antes. El realismo americano (v. REALISMO IV) había tenido una corta historia y la influencia de Balzac, p. ej., solamente había determinado una efímera boga del costumbrismo mientras sobrevivía por largo tiempo la herencia del relato histórico romántico. La narrativa naturalista americana tiene, sin embargo, una fecha de nacimiento muy difusa pero determinada por unos intereses sociales muy concretos: los de una burguesía floreciente, producto de la corriente migratoria de 1880-1900, provista de un ideario positivista y liberal que la enfrenta, desde el primer momento, a la oligarquía criolla, protagonista de la independencia y firmemente asentada en el disfrute de sus posesiones.En el análisis de esta nueva situación encontramos, pues, el arranque del naturalismo urbano, aquel que presenta la disección de la vida en ciudades como Buenos Aires, Caracas, Santiago o La Habana, cuya evolución las hace comparables al París de Zola o al Madrid de Pérez Galdós. Pero, paralelamente, surge un naturalismo social que, si bien da a veces un testimonio válido, comúnmente se detiene en demostrar la falsedad de la ecuación: vida campestre igual a virtud y moralidad. En cualquier caso, el n. americano rompe con el optimismo de las generaciones anteriores respecto al porvenir de Hispanoamérica; muy al contrario, los naturalistas piensan que el gran subcontinente es una difícil mescolanza de pueblos aquejados de males seculares: la pereza, la injusticia, la superficialidad, el afán de lujo, el lastre de los indígenas considerados como inferiores, etc. Cabría reseñar aquí la importancia que en la formación de estas ideas tienen ensayistas de factura positivista como el venezolano César Zumeta (Continente enfermo), el argentino Carlos Octavio Bunge (Nuestra América) o el boliviano Alcides Arguedas, v. (Pueblo enfermo).En ciertos aspectos, el modernismo (v. MODERNISMO III) coincidió con el n.: heredó los principios de la polémica sobre el porvenir de América, superada luego por la obra de Rodó y Rubén Darío, y las psicologías morbosas analizadas por los naturalistas se pudieron ajustar perfectamente a los ideales de ciertos sectores modernistas interesados por los mismos temas. Así el mexicano Amado Nervo (v.) escribió relatos naturalistas tan intensos como El bachiller (1895) y Pascual Aguilera (1892). N. y modernismo supusieron, por último, la fórmula de compromiso que dio paso a la narrativa criollista (v. CRIOLLOS II) -José Eustasio Rivera (v.), Rómulo Gallegos (v.), Horacio Quiroga (v.)- a partir de 1915.Las influencias en el n. americano fueron múltiples; sobre todas, destacó la de Zola (v.), que enseñó a los narradores los principios de la psicología basada en lo fisiológico; Bourget y Maupassant (v.) inspiraron la elaboración de tipos abúlicos y decadentes que, en América, expresaron maravillosamente las contradicciones internas de la alta sociedad criolla; Tolstoi (v.) y Gorki (v.) determinaron las bases del n. socialista; Pérez Galdós (v.) e incluso Pereda (v.) dieron la medida de un estilo familiar y accesible.El naturalismo en Argentina. Es el ejemplo más logrado de la vertiente urbana de la escuela naturalista. Las razones son patentes. Posiblemente, Buenos Aires era, hacia 1880, la capital más rica y "europea" de Hispanoamérica, y la única donde las características reseñadas como condicionantes del n. se habían dado en toda su crudeza: llegada de grandes oleadas inmigratorias de españoles e italianos, contradicción entre el liberalismo burgués y el sedicente liberalismo oligárquico representado por el roquismo (del presidente Julio Roca), fuerte sentido de frustración social, etc. Argentina fue el único país donde se produjo un enfrentamiento directo entre los intereses de la pequeña y la alta burguesía (la revolución de 1890 que hizo dimitir al presidente Juárez Celman y de la que nació el que había de ser partido radical) y donde, frente a la literatura oligárquica que representa la estetizante generación de 1880, la novela naturalista se perfila como un fiel reflejo de las luchas sociales presentes.El antecedente más válido con el que la novela naturalista contaba en el país era La gran aldea (1884), un ameno relato de Lucio Vicente López (1848-94) que, sin embargo, no sobrepasa los linderos del realismo costumbrista. En ese mismo año aparece Inocentes o culpables, de Juan Antonio Argerich (1862-1924), que es el formidable alegato de un médico (tal era su autor, como otros muchos narradores de su escuela) contra las lacras hereditarias aportadas por la inmigración no controlada. Más tarde aparecen Irresponsables (1889) de Manuel T. Podestá (1853-1920) y, sobre todo, las obras de Eugenio Cambacérés (1843-88), el más completo de los naturalistas argentinos, que constituyen un sugestivo índice de las predilecciones del género: así, Pot-pourri (1881), contada en primera persona, significó una cala profunda en los altos medios porteños; Música sentimental (1884) pintó el desamparo moral del argentino fuera de su patria; Sin rumbo (1885) describió un personaje que era casi autorretrato del propio escritor y, por último, En la sangre (1887) volvió al candente tema de la situación social del inmigrante.Junto a Cambacérés podemos citar: la única novela de quien fue el mejor crítico argentino de su tiempo, Paul Groussac (1848-1929), titulada Fruto vedado (1884); Francisco A. Siscardi (1856-1927), autor de la novela en cinco volúmenes Libro extraño (1894-1902); Segundo Villafañe, que en Horas de fiebre (1891) narra las miserias del mercado bursátil en plena efervescencia especulativa, al igual que La bolsa (1891), una de las mejores novelas argentinas y obra única de Julián Martel (seudónimo empleado por José María Miró, 1867-96); Martín García Merou (1862-1905) y Carlos María Ocantos (v.). Un n. amortiguado, pero todavía claro, palpita en los relatos de Roberto J. Payró (1867-1928), dramaturgo y novelista, que alcanzó fama por sus cuentos de Pago Chico (1908). Pago Chico era un imaginario pueblo argentino en el que Payró, con un humor muy poco naturalista, simboliza la venalidad y las lacras permanentes de la vida política argentina; una estructura semipicaresca similar es empleada más tarde por el autor para escribir Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira (1910), relato del ascenso hasta las más altas esferas políticas de un sinvergüenza lugareño cuyo único recurso es la traición y el engaño. Payró representa el declinar del género, paralelo al triunfo de los ideales reformistas pequeñoburgueses de la década 1910-20. La novela de esta década, en manos de Manuel Gálvez (v.) y Alberto Gerchunof (1884-1950), aunque heredera del n., tiene un signo muy diferente.El naturalismo en Chile, Uruguay y Colombia. Las características de la sociedad chilena eran sensiblemente parecidas a las argentinas y, efectivamente, el país había dado en la persona de Alberto Blest Gana (v.) la medida de un narrador realista que, inspirado por Balzac, había novelado las etapas históricas de la constitución de la burguesía santiagueña. Cuando se produce la primera influencia naturalista, Chile vive la exaltación victoriosa de la guerra contra Perú y Bolivia (1879-84) y el auge económico, sabiamente organizado por la oligarquía liberal de Montt; rasgos, como puede verse, estructural-. mente idénticos a los que presidieron el triunfo del n. argentino.En el país, el movimiento tiene dos direcciones antagónicas: una derivada del francés Emilio Zola y otra del ruso León Tolstoi (v.). A la primera orientación pertenecen: Baldomero Lillo (1867-1923), que en sus dos colecciones de relatos Sub terra (1904) y Sub sole (1907) describe con vigor la explotación de mineros y labradores respectivamente; y Luis Orrego Luco (1866-1949), que empezó con Un idilio nuevo (1900), para describir después en Casa Grande (1905) la fiebre bolsística de 1905. Por parte de los tolstoianos, que llegaron a constituir una colonia siguiendo los dictados del maestro ruso, destacan Fernando Santiván (seudónimo de Fernando Santibáñez, n. 1886) y Augusto D’Halmar (seudónimo de Augusto Goemine Thomson, 1882-1950), que, tras su prometedora y naturalista Juana Lucero (1902), fue el iniciador chileno de un relato intimista y descriptivo destinado a hacer fortuna en el llamado grupo de los diez, que encabezó Pedro Prado (1886-1952). El heredero más legítimo del n. chileno, aunque ya de cara al relato moderno, es Joaquín Edwards Bello (v.).Uruguay produce un narrador de talla en la figura de Carlos Reyles (v.) que, coma el argentino Cambacérés, es el heredero de una familia acaudalada y el último rastro americano de un literato no profesional comprometido en el análisis fisiológico de la podredumbre oligárquica. Beba (1894) y La raza de Caín (1900), sus dos primeros relatos, planteaban el ya conocido problema de la naturaleza frente a la civilización: el primero presentaba las graves consecuencias de la consanguinidad en el matrimonio; el segundo oponía la brutalidad campesina del criollo Menchaca a la cultura refinada de Arturo Guzmán, un espécimen desarraigado que encontramos repetidas veces en la escuela naturalista americana como símbolo de la incomodidad del propio autor frente a la sociedad en la que se mueve. Los relatos posteriores de Reyles -El terruño (1916), El embrujo de Sevilla (1925), El gaucho Florido (1932)- son mucho menos naturalistas. La vinculación de su autor con el modernista José Enrique Rodó (v.), maestro de un nuevo optimismo vital, le priva del necesario fatalismo con el que se manufactura una obra naturalista.La figura principal de este periodo en Colombia, Tomás Carrasquilla (v.), no es un verdadero naturalista, sino un rezagado de la moda costumbrista a la que aplicó su maestría en el lenguaje, su ironía y su gusto por el análisis psicológico. Escribió innumerables cuentos y cuatro novelas largas entre las que destacan La marquesa de Yolombó (1926) y las Memorias de Eloy Gamboa (1935-36).El naturalismo en México, Cuba y Venezuela. Contrariamente a la mayoría de los países de Hispanoamérica, México poseía una tradición realista muy importante en cuyo haber caben tanto la primera novela realista-picaresca americana -Periquillo Sarniento (1816) de J. Fernández de Lizardi (v.)- como la obra de Ignacio Manuel Altamirano (v.) en el gozne de romanticismo y realismo. No obstante, el único narrador naturalista digno de mención es Federico Gamboa (1864-1939), cuya primera entrega -los cuentos incluidos en la col. Del natural (1888)- ya desde el mismo título se impregna de una óptica literaria a la que se ajustarán relatos posteriores como Suprema ley (1896), historia de un hombre enamorado de una homicida por la "suprema ley" de la pasión; Metamorfosis (1899), que narra la accidentada vida de una monja exclaustrada; Santa (1900), la más popular, que cuenta la vida de una prostituta, figura menor en el cortejo de las inspiradas por la Nana de Zola; y, finalmente, Reconquista (1908), ya en el camino de lo moralizante-religioso, previsible final de la aventura naturalista de-Gamboa. La secuela del género es todavía visible en la promoción de narradores que sucede al autor citado y que tiene como tema fundamental la revolución mexicana de 1910. A este respecto, no podemos olvidar que el aprendizaje literario de un Mariano Azuela (v.) estuvo constituido por relatos de corte naturalista.Cuba, con una sociedad muy madura pero pródiga en los conflictos del régimen español, tuvo un precedente naturalista de importancia en la novela Cecilia Valdés (editada en 1839, pero considerablemente ampliada en la edición neoyorquina de 1882) original de Cirilo Villaverde (v.), confirmado más tarde con la obra de Jesús Castellanos (1879-1912). La aparición de un n. con conciencia de tal es, sin embargo, tardía y, en sus primeras manifestaciones, constituye un explicable remolque de las modas metropolitanas. Narradores de la garra de Emilio Bobadilla (18621920) "Fray Candil", y Alfonso Hernández Catá (v.) se pueden clasificar cómodamente entre los novelistas eróticos de primeros de siglo españoles; más próximo el primero al n. descarnado de un Felipe Trigo y más cercano el segundo a las introspecciones psicológicas de un Alberto Insúa, un José Francés o un Eduardo Zamacois. Más interesante, y mucho más cubana, es la obra de Carlos Loveira Chirino (1882-1928); político de convicciones socialistas y vigoroso narrador, se identifica plenamente con el largo y amargo periodo de frustracionessociales de los primeros años de la independencia; comenzó su carrera literaria con Los inmorales (1919), historia de una unión ilegítima en pugna con la sociedad conservadora; a este relato siguieron Generales y doctores (1920), La última lección (1924), y, sobre todo, Juan Criollo (1927), etopeya de un logrero político muy similar a la emprendida por el argentino Payró en Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira.En Venezuela, el género narrativo había surgido de la mano de dos novelas imperfectas pero poderosas: Peonía (1890) de Manuel Vicente Romero García (1862-1914), y El sargento Felipe (1891) de Gonzalo Picón Febres (1860-1918). Ambas marcarán una predilección por el criollismo ruralista, lógica en una sociedad tan estamental como la venezolana, que, modernamente, resurge en los relatos de José Rafael Pocaterra (1885-1955) y Rómulo Gallegos (v.), limpios de toda reminiscencia naturalista. No obstante, también encontramos escritores plenamente incursos en las características generales del movimiento que historiamos: así, Miguel Eduardo Pardo (1868-1905), cuya novela Todo un pueblo es una torpe tragedia rural protagonizada por una suerte de anarquista; José Gil Fortoul (1862-1943), autor de Julián (1888), y, más adelante, el modernista Manuel Díaz Rodríguez (1871-1927), cuyo relato ídolos rotos (1901) es una formulación más del conocido tema del criollo desarraigado.El naturalismo en Perú y Bolivia. La importancia del n. en los dos países andinos reside en el contenido social e indigenista que, desde el primer momento, adoptan los escritores. En pocos lugares de América, en efecto, la injusticia racial se planteaba a niveles tan primitivos y feudales; era, por tanto, de esperar que, respondiendo a esos condicionantes, el n. se constituyera en denuncia. Así sucedió con el relato peruano Aves sin nido (1889) de Clorinda Matto de Turner (1854-1909) que es, simultáneamente, la primera novela naturalista e indigenista (v. INDIGENISMO II) de su país. De otro lado, 1889 es también la fecha de publicación de Blanca Sol, relato de Mercedes Cabello de Carbonera (1845-1909), pobre anticipo del n. político que desarrollarán Payró y Loveira. Mucho más zolesco y mimético es el retablo narrativo que con el título El hermano mayor (1908) publicó Manuel Bedoya (1888-1941).Bolivia cuenta con la significativa y a veces contradictoria figura de Alcides Arguedas (v.) dentro del peculiar n. indigenista. Problemas sociales son también los temas predilectos del "Gorki boliviano", Jaime Mendoza (1874-1940), médico, autor de En tierras de Potosí (1910), aunque el más significativo de los escritores de este signo es Armando Chirveches (1881-1926), que escribió La candidatura de Rojas (1909), La casa solariega (1916), La virgen del Lago (1920) y Celeste (1905).El teatro naturalista. La pobreza del teatro hispanoamericano moderno es bien conocida. No obstante, conviene señalar que es precisamente el n. el que logra sacar de su letargo a la escena continental, posibilitando las condiciones necesarias para la existencia de una dramaturgia propia: la necesaria alianza entre literatura y empresa comercial, la independencia moral del escritor, el interés del público por un análisis vivo y práctico de la sociedad en que vive, etc. El n., tanto en Europa como en América, se vincula a un vasto movimiento de conciencia que tiene lugar en los sectores de la clase media, ansiosa de un diagnóstico crudo y de un reflejo fiel de sus trabajos e inquietudes.Paralelamente a los novelistas cuajaron, pues, los dramaturgos. El uruguayo-argentino Florencio Sánchez (v.) es, indiscutiblemente, el mejor de todos ellos. Con él destacaron los argentinos Roberto J. Payró, citado antes como novelista de nota, y Alberto Ghiraldo (1875-1946), autor de Alas (1906), Alma gaucha (1907), La columna de fuego (1918) y Campera (1918); el uruguayo Ernesto Herrera (1886-1917), de la escuela de su compatriota Sánchez, presentó vigorosos retratos de las miserias burguesas en El león ciego (1911), La moral de misia Paca (1912) y El pan nuestro (1913), escritos además en el habla coloquial de Montevideo; y, por último, el cubano José Antonio Ramos (1885-1946), que, antes de demostrar sus condiciones de narrador en Caniqui (1936), fue dramaturgo en Almas rebeldes (1908), Calibán Rex (1914) y Tembladera (1918). Obviamente, la influencia más destacable en esta floración de autores es la del noruego Ibsen (v.), conocido a través de revistas como "La España moderna" y, más tarde, por las resonantes giras americanas de compañías teatrales españolas, escuelas vivas, no siempre beneficiosas, de actores, autores y público.J. C. MAINER BAQUE.
BIBL.: C. MELÉNDEZ, La novela indianista en Hispanoamérica, San Juan de Puerto Rico 1967; G. ARA, La novela naturalista hispanoamericana, Buenos Aires 1965; A. ZUM FELDE, La narrativa en Hispanoamérica, Madrid 1964; M. Y. LICHTBLAU, The Argentina novel in the nineteenth century, Nueva York 1959; L. A. SÁNCHEZ, Proceso y contenido de la novela hispanoamericana, Madrid 1953; R. E. WARNER, Historia de la novela mexicana en el siglo XIX, México 1953.
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