Mozárabes I. Historia. HIST.
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Historia
Concepto y etimología. Con el término m. se designa las poblaciones de origen hispano que en la península Ibérica, bajo dominación musulmana, conservaron su religión cristiana y muchas de sus tradiciones, se rigieron por las mismas leyes que tenían bajo la monarquía visigoda en sus asuntos internos y constituyeron una comunidad protegida mediante pacto con los árabes-musulmanes. M. fueron también los cristianos emancipados del gobierno musulmán, rebeldes en su tierra; los que, emigrados a tierras cristianas o residentes en ciudades reconquistadas a los musulmanes por los reyes de Castilla y León, por los de Aragón y condes catalanes, se quedaron definitivamente en territorio cristiano y constituyeron la mejor representación de la simbiosis cultural hispano-árabe-islámica. El término m., pese a ser de origen árabe, musta’rib, ’el que se las da de árabe o de estar arabizado’, ha designado también la liturgia de las comunidades cristianas de la Península, empleada ordinariamente hasta la introducción de la reforma de Cluny (s. XI).Curiosamente, la palabra árabe de la cual deriva no es usada corrientemente por los autores árabes o hispanomusulmanes que a aquellas comunidades se refieren, pero sí, en cambio, aparece en documentos hispanolatinos y castellanos medievales con las formas muztarabes; almozárabes, mozarabia, entre otras. La voz musta’riba puede entenderse, traduciendo el término m., como "arabizado" en ciertas formas o hábitos de vida propias de los árabes, incluso en lo lingüístico; pero que nada tienen que ver con lo religioso. Los m., hispanocristianos de al-Andalus (v.), son designados en las crónicas árabes con los nombres de a’ycim (sing. `ayám), es decir, no árabe, extraño étnicamente al árabe, o con su denominativo `ayamí. Tal nombre se emplea en escrituras toledanas de los s. XII y XIII. También se designan los m. con los términos a’yám al-dimma `no árabes protegidos’ y mu’dhidúm `los que han concluido un pacto’. Además se designa a los cristianos, mozárabes o no, con la voz nasúrá (sing. nasran7) `nazarenos’, rúm ,romanos’ o rúmí, e incluso con el despectivo musrikún o politeístas, si bien estos últimos se aplican a los cristianos que habitan en territorio no musulmán, no dimmíes, como son jurídica y necesariamente, aparte los judíos, los cristianos m. en tierra del Islam.El estatuto de los dimmíes, gentes protegidas con carácter permanente por el Islam mediante pacto o acuerdo mutuo, corresponde sólo a los ahl al-kitáb `pueblos poseedores de libros revelados’. Por lo que a los m. se refiere, el compromiso por parte musulmana implicaba no intervenir en los asuntos de aquéllos, dejarles en posesión de sus bienes y en el uso de sus derechos privados, no reducir a la esclavitud a sus mujeres e hijos, no imponerles ninguna obligación en materia religiosa, respetar sus iglesias, protegerles contra todo ataque del interior o del exterior. Los m., por su parte, se comprometían a no ocultar a esclavos fugitivos ni a enemigos, a revelar a los musulmanes la situación de sus adversarios, a pagar por varón adulto un tributo o yizya anual, de cuantía variable. En el s. IX, al menos, pagaban también un impuesto extraordinario al comienzo o al fin de cada mes lunar musulmán. Estaban exceptuados de su pago mujeres, niños, minusválidos, enfermos que carecieran de medios de fortuna, mendigos y esclavos.El jaráy a que estaban sometidos los m. era un impuesto territorial, sobre el valor de los productos de la tierra, abonado casi siempre con parte de tales productos, en proporciones de un 10% de los mismos y, a veces, más. Si la propiedad de la tierra que cultivaban -eran numerosos los campesinos m.- les había sido confirmada mediante pacto o acuerdo concertado, los m. podían vender las-tierras, trasmitirlas por herencia o enajenarlas. Algunos soberanos musulmanes abrumaron a los m. con impuestos de carácter extraordinario para contener el enorme quebranto que ocasionaban las frecuentes luchas internas y la permanente defensa de las zonas limítrofes con los reinos cristianos. Los m. conservaron sus leyes -Lex Gothorum, Liber Iudiciorum (más tarde Fuero juzgo)- y sus jueces, y mantuvieron la tradición y la cultura visigodas en al-Andalus, en los primeros siglos del Islam. Un comes, defensor o protector, era el responsable de cada comunidad m. ante la administración musulmana. El jefe de la comunidad disponía de agentes, a las órdenes de un exceptor, encargados de cobrar los impuestos. Un censor, llamado en textos árabes qadi al-nasara o qadi al-a’yam `juez de los cristianos’, resolvía los conflictos que pudieran surgir entre los m.En las comunidades de cierta importancia -Córdoba Toledo y otras- debió de existir una clase noble, aristocrática, de origen visigodo, en la que se incluía el influyente y poderoso clero, y una clase servil. Hasta avanzado el s. xt tuvieron sede arzobispal y varias diócesis: Toledo, la Bética y la Lusitania. El obispo de Córdoba era el representante de la Iglesia m. ante la administración musulmana. Un número relativamente abundante de iglesias estaban consagradas a santos y santas en todo el territorio hispanomusulmán; había además numerosos conventos, a los que se agregaban eremitorios dispersos en lugares de la campiña o serranos. Como es natural, los m. tenían sus propios cementerios y celebraban sus fiestas, muchas de las cuales eran observadas también por los musulmanes. La ley musulmana permitía los matrimonios entre musulmanes y mujeres m. Tales matrimonios, sin duda relativamente frecuentes, complicaron a veces los asuntos internos de la comunidad y dieron lugar a incidentes. El entrecruzamiento entre m. y musulmanes, y la imitación por parte de algunos m. de la vida licenciosa, unida a la adopción de formas culturales arabo-islámicas, como consta en el Indiculus luminosus de Álvaro y en otros libros m., constituyen un testimonio más del proceso de integración cultural que se estaba produciendo. Muchos m. conocían la lengua árabe y componían en ella hermosos versos. Las casas m. de las ciudades tenían análogos refinamientos que las de los musulmanes. El Calendario de Córdoba de 961, Kitáb al-Anwa’ (Liber Anoe), astronómico, meteorológico y agrícola, compuesto en parte por `Arib b. Sa’d, y en parte por el obispo M. Recemundo, constituye un material de gran valor para el conocimiento de la comunidad m. de Córdoba y la actividad rural en la España musulmana.Considerados los m. desde una perspectiva étnico-social, representan una de las partes en el conflicto y en el enfrentamiento étnico-religioso que tiene lugar entre el semitismo arabo-islámico y la población hispano-visigoda de cultura latina en la península Ibérica. Con los mudéjares (v.), los moriscos (v.) y los muladíes (v.) constituyen el cañamazo en el que se entretejió la historia de España durante los siglos medievales. Muy nutrida casi siempre la comunidad m. andalusí, estuvo falta, casi siempre, de una personalidad fuerte que la dirigiera. Unida, coherente, fuerte y, en general, respetada, salvo en determinados momentos del s. IX y X, se vio obligada a emigrar de al-Andalus bajo los almorávides y, más particularmente, bajo los almohades. Sensiblemente disminuida en los s. XII y XIII por las emigraciones y por las conversiones al Islam, las minorías m. desaparecen de al-Andalus diluidas, unas, en el elemento hispanomusulmán, y otras, en territorio cristiano, a medida que avanzaba la reconquista, "como el hielo se funde en agua".Apuntes históricos. Los m., comunidad numerosa en la antigua Bética, sujeta política y jurídicamente a los musulmanes, alumbraron más de una vez levantamientos y rebeliones contra el poder de Córdoba. El malestar producido por las intemperancias y exigencias de ciertos emires se manifestó entre los m., así como entre los muladíes y los beréberes (v.). La reacción más acusada se produjo en el s. ix como manifestación del arraigado mozarabismo de al-Andalus y como explosión de carácter "nacionalista" o, más bien, defensivo de la tradición hispanolatina, conservadora de los valores culturales de una población hondamente enraizada en tierra hispana. M. y muladíes, ambos hispanos, hacen causa común contra el poder de Córdoba en un auténtico movimiento popular integrado sobre todo por masas de campesinos, sin distinción de confesiones, acaudillado por `Umar b. Hafsún. Los movimientos de rebelión en los que participan los m. tienen un carácter o motivación religiosa unas veces, simplemente "nacionalista" o su’itbí otras. Se fue generando entre ellos y los muladíes un sentimiento o conciencia étnico-cultural (su`itbiyya) que no puede llamarse con propiedad patriótica, como han considerado algunos autores, pero que tiene rasgos semejantes a los sentimientos que alumbraron los movimientos nacionalistas. Si en Toledo y en Zaragoza el elemento m. se manifestó en alguna ocasión con un carácter un tanto independiente de Córdoba, en el s. IX el problema que se origina tiene más hondas y complejas raíces.Abrumados por impuestos extraordinarios, vejados por el populacho musulmán enardecido por los alfaquíes, sometidos a vigilancia los sacerdotes y atemorizados, los m. eran víctimas de algaradas que se producían en los entierros de cristianos, si hemos de creer los testimonios de Eulogio, Álvaro y Leovigildo. La perturbación del orden en Córdoba, ya en tiempos de al-Alhaquem I (798852) con el movimiento religioso promovido por algunos exaltados m. que fueron condenados a muerte. Dos tendencias se observaban entre ellos: una, la de los conservadores, acomodaticios, que incluso obtenían cargos y privilegios para eludir ciertas cargas; otra, la de los intransigentes, que expresaban y acentuaban su oposición a la religión y costumbres de los musulmanes. El espíritu que alentó este sentimiento de resistencia y oposición radical fue el de S. Eulogio de Córdoba (v.), restaurador del primitivo sentimiento cristiano. La oposición al Islam dio lugar a una gran profusión de "mártires", rebeldes al sistema y orden jurídicos establecidos y, hasta entonces, acatados (v. IV).Poco después de la muerte de S. Eulogio se produjo un cisma entre los m. andalusíes, algunos de cuyos instigadores fueron el obispo de Málaga, Hostegesis (845864); su tío Samuel, obispo de Elvira, Servando, conde de los m. cordobeses; y su hijo Sebastián. Apaciguada la rebelión m. del s. IX, las comunidades cristianas de al-Andalus no ofrecieron graves problemas a la administración cordobesa durante el califato (v. CÓRDOBA, EMIRATO Y CALIFATO DE). Tan sólo se registran esporádicos casos aislados de violencia, emigraciones de monjes cordobeses a tierras de León y, ya en la segunda década del s. xi, el despojo de propiedades de los m. cordobeses por parte de las milicias beréberes norteafricanas, y la emigración de aquéllos a Toledo, Levante y Zaragoza. Tampoco hay testimonios de alteraciones sociales producidas por ellos bajo los taifas (v.). Sin embargo, cabe presumir que algunos m. andalusíes contribuyeron con sus informes a la empresa reconquistadora, ya desde mediados del s. XI, lo que justificaría las medidas rigurosas tomadas contra ellos por los almorávides y la consiguiente expulsión decretada por los almohades (v. RECONQUISTA).Aspectos literarios y artísticos. Interesantísima es, en el orden lingüístico-literario y cultural, la aportación m. La lengua romance m., teñida de numerosos arabismos, tiene una magnífica expresión en las jaryas (v. JARCHA), estribillos o villancicos de los s. XI y XII, sobre todo, que recogen el núcleo popular de la tradición hispánica y constituyen, como afirma Dámaso Alonso, la "primavera temprana de la lírica europea". Por otra parte, el arte m. ha dejado bellas expresiones en determinadas iglesias, magistralmente estudiadas por M. Gómez Moreno (v. II).J. BOSCH VILÁ.
BIBL.: Le Calendrier de Cordoue, ed. CH. PELLAT, Leiden 1961; J. PÉREZ DE URBEL, San Eulogio de Córdoba o la vida andaluza enel siglo IX, 2 ed. Madrid 1942; F. J. SIMONET, Historia de los mozárabes de España, Madrid 1897-1903; I. DE LAS CAGIGAS, Los mozárabes, Madrid 1947-48; E. LÉVI-PROVENZAL, España musulmana hasta la caída del califato de Córdoba. Instituciones y vida social e intelectual, en HE V,118-126; I. DE LAS CAGIGAS, Problemas de minorías y el caso de nuestro medievo, "Hispania" XL (1950) 506538; J. F. RIVERA, Elipando de Toledo. Nueva aportación a los estudios mozárabes, Toledo 1940; R. MENÉNDEZ PIDAL, Orígenes del español, 3 ed. Madrid 1950; J. MADOZ, La literatura en la época mozárabe, en Historia General de la Literatura Hispania, I, Barcelona 1949, 259-274; E. GARCÍA GómFz, Las ¡arpas mozárabes y los judíos de al-Andalus, Madrid 1957; F. DE LA GRANJA, Fiestas cristianas en al-Andalus, "Al-Andalus", XXXIV (1969) 1-53 y XXXV (1970) 119-142.
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