Modernismo III Literatura Hispanoamericana. 1 LIT.
Categoria:
Literatura
1. Aspectos polémicos del modernismo. La definición y entendimiento de este término no está a salvo de la controversia. Y a pesar de que la discusión de sus caracteres y directrices ha dado lugar a un verdadero torrente de literatura crítica, las actitudes respecto de esta tendencia no están todavía definitivamente establecidas. La más moderna orientación actual busca, respecto de las tesis más tradicionales, distanciar el m. de la figura hasta ahora monopolizadora y absorbente de Rubén Darío (v.) para potenciar, como contraste, la significación de José Martí (v.) quien hasta ahora había sido considerado un mero precursor. íntimamente ligada a esta reivindicación que no debe entenderse como un desmerecimiento de las calidades rubenianas sino como una dignificación de la obra de Martí, se advierte una tendencia cada vez más pujante por entender el m. no sólo como una actitud estética y meramente literaria, sino sobre todo como una manifestación ética que halla en la literatura su más exaltada y valiosa plasmación. Veamos en qué medida puede aceptarse esta valoración moral del fenómeno literario modernista.Son muchos los datos que permiten avalar tal afirmación. En primer lugar, el hecho de que el m. se haya originado y desarrollado en la América hispana y, en un principio, frente a la literatura materna. En efecto, el m., en la medida en que es un fenómeno generado por influencias previas, está vinculado a la cultura francesa, de donde recibe su más alta inspiración estética. Por otra parte, asimilada esta inspiración, produce un léxico y una médula concretamente americanizada. En tercer lugar, los modernistas tienen, en general, perfecta conciencia de ruptura cultural, y se consideran a sí mismos como partícipes de un vasto y necesario movimiento de renovación y de vanguardia. Por último el m., en sí considerado, impone la autonomía, hasta entonces incipiente, de las diversas literaturas hispanas y su plena emancipación. Esto no quiere decir -sería grosera tal exégesis-, que el m. se situara frente a la literatura estrictamente española, sino que el movimiento era en su origen, expresión y aspiraciones, auténticamente americanista, a pesar de la primera influencia francesa. En la medida en que se hallaba ligado a las diversas tendencias renovadoras de la Europa occidental, como el simbolismo, el prerrafaelismo, impresionismo, etc., el m. pudo pasar como un momento más de una revolución amplia de lo literario. Pero en realidad el m. tenía férula propia y su mayor consecución habría de ser la expresión definitiva de una literatura hispanoamericana.De este modo el vocablo m. fue utilizado para señalar, desde temprano, el movimiento de renovación literaria en la América española. Pero su posterior definición dio en seguida lugar a una vasta y controvertida literatura crítica, que llegó hasta España y afectó el interés de poetas como Salvador Rueda (1857-1933) y, sobre todo, Juan Ramón Jiménez (v.). Éste publicó en el diario madrileño La Voz de 18 mar. 1935 sus ideas sobre el m., sosteniendo que "no fue solamente una tendencia literaria: el modernismo fue una tendencia general. Alcanzó a todo". Aunque las ideas de Juan Ramón están hoy superadas, esta generalidad del fenómeno no ha pasado inadvertida a los críticos que tratan hoy de enfocar el movimiento desde una perspectiva que tenga en cuenta todas sus repercusiones. De este modo Ivan A. Schulman ha creído percibir en el m. una profunda preocupación metafísica de carácter agónico, que se corresponde con el desgarramiento cultural, político e intelectual de la época, que se manifiesta en el torbellinoinestable de la sociedad hispanoamericana, incapaz de consolidarse. La angustia y el ansia por una estabilización política y social están presentes, precisamente por la imposibilidad de conseguirlas, en la hora hispanoamericana del entresiglo. Y, como era natural, toda esa vorágine debía tener un impacto poderoso en la expresión literaria, especialmente sensible, indudablemente suspicaz e intelectualmente abierta a los modernos hálitos de renovación y de vanguardia. El conflicto entre la depresión moral del pueblo y la oclusión en los abismos del desarraigamiento social, por un lado, y la lucidez intelectual y poética que sólo permite poseer conciencia intuitiva de la necesidad de las soluciones, pero que no las inventa ni impone, tenía que traducirse y reflejarse de alguna manera. De este modo "junto con el desmoronamientos de los valores aceptados como tradicionales, surge en la América positivista el desgarramiento espiritual e intelectual que crea un vacío, un abismo aterrador que las angustiadas expresiones de la literatura modernista reflejan" (J. A. Schulman).El formalismo del movimiento modernista. Sin embargo, no es injustificada la frecuente interpretación del m. como un mero formalismo literario. El análisis aparente permite enfocarlo, sin esfuerzo, como una actitud esteticista e incluso narcisista. En efecto, desde el punto de vista formal recibe el impacto parnasiano (v. PARNASIANISMO) y simbolista (v. SIMBOLISMO): aporta una renovación plástica tanto de los símbolos literarios como de la métrica; y sus angustias interiores se expresan en un lenguaje coloreado y preciosista. Lo ambiguo no reside tanto en potenciar el análisis formal y lingüístico de los textos modernistas sino en desgajar la vitalidad literaria del nervio profundo que la recorría y la impulsaba. En algunos casos esta exégesis apariencial trató de limitar el m. a una reacción frente a las exageraciones del romanticismo (v.) anterior. Indudablemente en el m. existía tal reacción. Pero sería desdichado reducir sus efectos y su propia autoconciencia a un antirromanticismo de envergadura formal y de renovación poética. El equívoco parte posiblemente de la consideración de sus influjos formales. El hecho de que recibiera del parnasianismo francés su anhelo de perfección de la forma no basta para concluir que el m. fuera un movimiento primordialmente formal. La fuente de inspiración o de arranque no impone su naturaleza. Los modernistas sabían dónde habrían de encontrar su inspiración formal si querían renovar el lenguaje y el léxico poéticos, si querían evitar las exageraciones de un neoclasicismo muchas veces retórico o de un romanticismo desgarrado en sus desequilibrios interiores. Pero a esas ansias de renovación de la expresión poética se añadía la telúrica convicción de un contenido también innovador y rebelde. Así, al mismo tiempo que despertaba el interés por nuevas rimas se introducía también una nueva sensibilidad.No obstante, la versión clásica del m. lo presenta como un movimiento literario típicamente formal. Así Salinas sostiene que "de la disconformidad se pasa a la rebeldía contra las fórmulas usadas; de la rebeldía al alzamiento frente al deslucido régimen casticista, de un régimen nuevo. Un alarde de esplendor estético opulento se hermanaba con una afectada sencillez a lo prerrafaelista. Queda arrumbada por estantigua de tiempos ya enranciados, la moralidad. Se juntan unas pocas experiencias humanas directas, con un pintoresco surtido de reminiscencias literarias grecofrancesas. Da todo esto en un preciosismo vital". No obstante, este "preciosismo vital" de que hablaba Salinas resultó en los modernistas excesivamente turbulento. Demasiado conscientes de los males endémicos que la historia de sus pueblos desvelaba; conocedores de su impotencia literaria ante los defectos políticos y las lacras sociales, el conflicto entre evasión y realidad, entre compromiso y evasión, se resolvió literariamente. La bohemia fue para muchos de ellos una fórmula de vida, un método de ascética entrega a una realidad inasible que sólo las palabras imperecederas de la poesía podría alcanzar. Por eso, el uso de símbolos e imágenes estéticas es tan frecuente y reiterado entre los modernistas, como si trataran de enhebrar un deslumbrante decorado que no podría modificar, no obstante, el abrupto lenguaje de la realidad cotidiana. Cisnes, acantos, sueños, mitos, princesas, colores, y una fauna sagrada y naturista frecuentaron sus ensueños, pero no modificaron sus convicciones ni empañaron el significado de su instintiva y, en cierto modo, infructífera rebelión.El pontífice: ¿Rubén o Martí? Los primeros críticos que se preocuparon del m. señalan al cubano José Martí como uno más entre los precursores del vasto movimiento. Pero los recientes estudios de M. P. González, I. A. Schulman y E. Martínez Estrada, han modificado sustancialmente tan establecida valoración. La buena semilla ya la habían sembrado entre otros M. Henríquez Ureña, Federico de Onís y E. Anderson Imbert. En realidad, en el núcleo de este debate se enfrentan dos concepciones del m. como ya hemos dicho: la meramente formalista o esteticista y la que trata de ver a través de esta renovación literaria la expresión de un ansia incontenible de rebeldía instintiva y a veces explícita frente a la desordenada y turbulenta situación del hombre hispanoamericano. El punto concreto de esta reconsideración se dirige no a minusvalorizar la obra de Rubén sino a situar en su perspectiva adecuada la de Martí. "La dimensión rubeniana del modernismo -en sus dos etapas, la más brillante que se inicia en `Azul...’ y la más profunda que culmina en `Cantos de vida y esperanza’- ha sido suficientemente estudiada, sin que esto signifique considerarla capítulo cerrado. Pero la actual consideración de la obra de Martí somete el tema a esta disyuntiva: o Martí no tuvo nada de profundo que ver con el modernismo o bien el modernismo no se puede definir de la forma tradicional" (C. Vitier). Martí no es un poeta retórico o meramente formal, sino también un revolucionario, y su acción rebelde está vinculada por igual a la acción y a la palabra. No sólo hizo la revolución a través de la palabra sino que revolucionó la palabra misma. Por otro lado, hay que tener en cuenta que el merecido prestigio y el brillo del arte de Rubén, tanto en América como en España, hicieron que sus opiniones en torno a los orígenes del m. adquirieran categorías de dogma. Hoy es éste, precisamente, el tema sujeto a revisión.Por lo demás, es perfectamente claro que el m. en América es más variado, más ambicioso, más denso y más influyente, incluso en nuestra actualidad, de lo que muchas veces se ha dicho. Por último las investigaciones actuales otorgan a Martí "el doble rango que sus contemporáneos le habían reconocido: el de auténtico renovador de la prosa castellana y el de iniciador del movimiento modernista. Rubén Darío fue el indiscutible renovador de la expresión del verso. Rubén realizó en este campo una transformación tan honda como la que mucho antes había operado Martí en la prosa. Son dos genios que, lejos de oponerse, se complementan. El uno prolonga al otro y completa su obra. Recuérdese el vocablo con que Martí saludó a Darío al abrazarlo en 1893: `Hijo’" (M. P. González, Evolución de la estimativa martiana).2. Principales autores del modernismo hispanoamericano. Agrupa el m. un número estimable de poetas y prosistas, algunos de los cuales merecen consideración autónoma y poseen significación literaria personal. Así, aparte Rubén y Martí, debe reconocerse la obra de Manuel Gutiérrez Nájera (v.), Julián del Casal (v.), José Asunción Silva (v.) y Amado Nervo (v.).Los hálitos del m. cuajan en ambientes y cenáculos de vida bohemia. Poetas y artistas se reúnen en las capitales y fomentan un modelo de vida rebelde y esteticista. El continuo trasiego de Rubén enciende hogueras a su alrededor, y su influencia impone una huella profunda por donde pasa. El foco principal de su actividad se centra primero en Buenos Aires y luego se extiende por otras importantes ciudades, después que Rubén parte a Europa. México es luego el principal centro de irradiación, como La Habana lo es en sus orígenes.El principal poeta mexicano de esta tendencia es Salvador Díaz Mirón (1853-1928). Sus versos revelan la índole combativa de su temperamento. Toma como modelo a Gutiérrez Nájera. Canta a Víctor Hugo y Byron en versos efectistas y relampagueantes. Se sintió poseído por un ansia de perfección inasequible. De menor importancia fue Jesús E. Valenzuela, no sólo poeta sino también mecenas. Su significación estriba en ser fundador y director de la Revista Moderna de México, que subsistió hasta 1911 y fue vocero del movimiento modernista de todo el continente. Amado Nervo (v.) estuvo asociado a su revista. Luis Gonzaga Urbina (18641934) fue también conquistado por el m. Sus primeros libros están influidos por el romanticismo de Campoamor. Amigo y admirador de Gutiérrez Nájera, entró en el m. con sus libros Puestas de sol (1910) y Lámparas en agonía (1914). Lo más valioso de sus poemas reside en el acento íntimo, personal, de su crepuscular melancolía. Así lo revelan sus últimas obras: El glosario de la vida vulgar (1916), El corazón juglar (1920) y Los últimos pájaros (1924). José Juan Tablada (1871-1945), modernista desde sus comienzos, escribió El f lorilegio (1899), Al sol y bajo la luna (1918). Era un escéptico que se expresaba en la ironía y el sarcasmo mejor que en el sentimiento. Pero el principal poeta mexicano, aparte de Nervo y Díaz Mirón, es Enrique González Martínez (v.). Fue el último modernista y el primer posmodernista, pues desecha todo empeño preciosista en favor de una mayor diafanidad lírica. Preludios (1903) y Lirismos (1907) son sus primeros libros inspirados en los parnasianos. Dio gran importancia al soneto. En 1915 publicó La muerte del cisne y la influencia francesa se manifiesta ese mismo año en sus jardines de infancia. Posteriormente dio a conocer otros 12 libros.La vida noctámbula de Rubén Darío en Buenos Aires, rodeada de bohemios y poetas, cuaja en un nutrido grupo de importantes escritores modernistas. Destaca Ricardo Jaime Freyre (v.), boliviano, hijo de escritores, poseedor de una vasta cultura. Catalia Bárbara (1897) se inspira en la mitología nórdica. Fue un revolucionario de la métrica que hizo gala de virtuosismo. Escribió unas Leyes de la versificación castellana (1912). Residió durante muchos años en Argentina y escribió interesantes libros históricos. Leopoldo Díaz (1862-1947) se inició en 1885 con Fuegos fatuos. En 1892 dio a conocer La cólera del bronce y En la batalla. Posteriores son Las sombras de Hellas y Las ánforas y las urnas. El soneto fue su molde favorito, pero ensayó otras métricas. El grupo modernista de Buenos Aires se enriqueció con la llegada de "un poeta socialista" (así lo denominó en un artículo Rubén Darío), que se llamaba Leopoldo Lugones (v.), cuya significación literaria no se reduce sólo al m. Roberto Jorge Payró (1867-1928) escribió en su juventud novelas y cuentos, luego hizo dramas, pero destacó sobre todo en la narración. José Ingenieros (18771925) y Manuel Ugarte (1878-1951) fueron poetas modernistas y políticos socialistas. También comenzó en el m. el novelista Enrique Larreta (v.), autor de La Gloria de Don Ramiro (1908). Angel de Estrada (1872-1923) se inició con un libro de versos, Los espejos (1899), donde se percibe la influencia de Rodenbach. Aunque escribió otros libros de versos (Alma nómada, El huerto armonioso, La plegaria del sol y la póstuma El sueño de una noche del castillo), sus mayores empeños se concentraron en la prosa. Empezó por escribir Cuentos y luego artículos de viaje. Redención (1906), su primera novela, es la de mayor aliento. Su prosa está recargada de neologismos. Otras novelas son: Cadoreto, Las tres gracias y El triunfo de las rosas. Otro poeta importante fue Darío Herrera (1870-1914), un panameño que llegó a Buenos Aires al final de siglo, autor de Horas lejanas (1903), libro de espirituales narraciones.La fuerte personalidad de José Enrique Rodó (v.) se dio conocer en la "Revista nacional de Literatura" de Montevideo. Rodó escribió una serie de ensayos que reunió bajo el título de La Vida nueva. Aunque Ariel tuvo gran impacto en su tiempo, el libro de mayor unidad fue, sin embargo, Motivos de Proteo (1909) cuyo leitmotiv filosófico es "reformarse es vivir...". Otro uruguayo importante fue Víctor Pérez Petit (1871-1947), autor de Los modernistas, y obras de teatro como Cobarde. Horacio Quiroga (v.), uruguayo también, hizo profesión modernista en su artículo Aspectos del modernismo y publicó numerosas poesías en la Revista del Salto. En 1901 dedicó un libro a Lugones; Los arrecifes de coral. Sus Cuentos de amor, de locura y de muerte son ya muy posteriores (1917). Herrera y Reissig (v.) es el tercer poeta uruguayo de renombre en este movimiento.El m. en Venezuela fue importado por la estancia de José Martí y dejó un nombre significativo: Rufino Blanco-Fombona (v.). Aunque la mayor parte de su obra esté en prosa, fue un fervoroso promotor del m. en su patria. Escribió Pequeña ópera lírica y Cantos de la prisión y del destierro. Guillermo Valencia (1873-1943) es un poeta colombiano de bibliografía poco copiosa: Ritos (1898), Poemas (1917) y Sus mejores poemas (1919). julio Flórez (1867-1923) y José Eustasio Rivera (v.), autor de admirables sonetos en Tierra de promisión y de una novela modernista extraordinaria La vorágine (1924), cierran la representación colombiana. En Lima, Manuel González Prada (v.) empezó a imitar los clásicos españoles y llegó a las puertas del m. en Minúsculas y Exóticas. Peruano también, fue uno de los mejores poetas del movimiento modernista José Santos Chocano (v.). A los 15 años ya tenía preparado su primer libro En la aldea. Sucedió Iras santas (1895). Ensayó el teatro con Sin nombre (1896), Vendimiario (1906) y Los conquistadores (1906). La primera etapa poética de Chocano concluye con Los cantos del Pacífico (1904). La segunda etapa comienza con Alma América (1906), libro que tuvo gran resonancia en Madrid. En 1937 aparecieron sus poemas póstumos: Poemas del amor doliente. Poetas chilenos de importancia son Francisco Contreras (18801932), autor de Raúl y Esmaltines, y Carlos Pezoa Véliz (1879-1908). En Guatemala fue una personalidad destacada Enrique Gómez Carrillo (v.).L. NÚÑEZ LADEVÉZE.
BIBL.: M. HENRÍQUEZ UREÑA, Breve historia del modernismo, México 1962; 1. A. SCHULMAN y P. GONZÁLEZ, Martí, Darlo y el modernismo, Madrid 1969; VARIOS, Estudios críticos sobre elmodernismo, Madrid 1968; P. SALINAS, Ensayos de Literatura hispánica, Madrid 1961; A. TORRES-RIOSECO, Precursores del modernismo, Madrid 1925; R. GULLóN, El modernismo: notas de un curso, México 1952.
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