Moderna, Edad I. Historia: A. Desarrollo Histórico. HIST.
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Historia
1. El problema de los límites. 2. Los caracteres de lo moderno. 3. Las raíces de la modernidad. 4. La época renacentista. 5. Los grandes Estados territoriales. 6. La era de la razón. 7. La crisis del Antiguo Régimen.El concepto histórico, más que el término en sí, nace prácticamente al mismo tiempo que la propia mentalidad "moderna". Ya en la época del Renacimiento tienen los humanistas conciencia de un "tiempo nuevo", distinto de los anteriores. La noción quedó consagrada con Cellario (1638-1705), que sentó la división tricotómica de la Historia en sus Edades Antigua, Media y M.; división difundida por el iluminismo de la Ilustración (v.), que raramente ha sido impugnada, al menos como expediente metodológico. Aunque hoy tiende a abandonarse la parcelación de la Historia en edades fijas y bien delimitadas, el concepto de lo "moderno" ha sido elevado a un grado de categoría, y es probable que subsista como alusión a una realidad histórica, aun al margen de toda división metodológica (v. HISTORIA V-VI).Etimológicamente, "moderno" viene a ser lo que está de moda, lo que se lleva. En este sentido, no cabe dudade que el término E. M. resulta en alto grado subjetivo, y, por consiguiente, caso de que sea todavía extemporáneo para designar determinadas épocas del pasado, es obvio que lo será algún día. Por de pronto, en muchos países se ha aceptado la existencia de una edad histórica posterior a la M., la Contemporánea (v.), que, por más que resulte menos adecuada todavía, deja a los tiempos "modernos" paradójicamente superados, esto es, anticuados. Con todo, los historiadores de la Cultura, especialmente entre 1920 y 1935, han tratado de fijar de tal forma los caracteres específicos de la E. M., que, como ya dejamos apuntado, hoy día, e históricamente hablando, la palabra moderno alude a una realidad concreta, a una forma de ser y de comportarse el hombre, que le confiere un sentido determinado, con independencia de su localización cronológica. En esta acepción conceptual, no en la etimológica, podrá hablarse siempre de los tiempos "modernos", con el mismo sentido con que se habla del "Imperio nuevo" respecto del antiguo Egipto, o del ars nova (v.) referida a la música medieval.1. El problema de los límites. Sin embargo, y aunque ello signifique algo muy parecido a cerrar un círculo vicioso, el concepto de lo moderno no puede quedar configurado sino en función de su contenido cronológico. Hasta fines del s. xix nadie dudaba en colocar loss de la llamada modernidad en el fenómeno históricocultural conocido como Renacimiento (v.). En la actualidad, sobre todo a partir del Congreso de Ciencias Históricas de Estocolmo en 1960, en que hasta el concepto de Renacimiento se tambalea, el arranque de los tiempos modernos parece mucho menos dibujado. El ensayismo histórico puede llegar a conclusiones tan dispares como la de Toynbee -no ajena a la obra, muy anterior, de H. Thode-, para quien los tiempos modernos se inician en el s. XIII; o la de G. Barraclough, que, aunque discípulo de Toynbee, se le opone diametralmente al colocar loss de la modernidad a fines del s. XVIII, justo cuando otros autores empiezan a contar la Edad Contemporánea. Es fácil inferir que tan graves discrepancias obedecen fundamentalmente a una cuestión de concepto, aunque, por otra parte, no es posible fijar un concepto de lo "moderno" sin antes haber prefijado los límites cronológicos, de su contenido histórico.Muchos historiadores de la época culturalista -Bauer o Huizinga, p. ej.- han hecho ver el carácter de "transición" que muestra la llamada E. M., desde la consagración socioeconómica de la burguesía en el s. XIII, hasta su consagración ideológico-política a fines del s. XVIII o comienzos del XIX; en este sentido, la burguesía sería, con su movilidad ascendente, la protagonista fundamental de la E. M., aunque tal afirmación no podría tenerse en cuenta sino en sus términos más generales. Pero la idea de que lo moderno es una realidad histórica que "culmina" hacia el s. xviii, aunque viene marcada ya desde muy atrás, resulta hoy por hoy comúnmente aceptada. Spangenberg intuye también los tiempos modernos como una fase de transición, aunque quizá con más énfasis que los autores antes citados resalta el papel del Renacimiento como fulero de un proceso que viene de antes y concluye después. Es este papel de fulero, o de escalón dentro de una rampa de pendiente progresiva, lo que aconseja a muchos autores seguir colocando el de los tiempos modernos en la época renacentista, aun sin olvidar sus arranques remotos a partir del s. XIII, ni el hecho de que el llamado Renacimiento, o si queremos la cultura occidental de fines del XV o comienzos del xvi, conserva mucho de la medieval.Si el problema de los arranques de la E. M. dista considerablemente de encontrarse resuelto, no menos discutida es la cuestión de su punto final. Todo depende, por supuesto, de que consideremos como válida o no la existencia de una Edad Contemporánea, que, dotada de un hito inicial fijo, dejaría en él el límite posterior de la E. M. Pero es de notar que en los países anglosajones, donde el concepto de una "Edad Contemporánea" surgida de las revoluciones no ha sido nunca aceptado plenamente, se usa, sin embargo, el término de Contemporary History referido a la época actual. Algo por el estilo ocurre en los páíses germánicos, y hasta en la misma Francia, donde el término histoire contemporaine (que designó allí tradicionalmente la época posterior a 1789) tiende a reservarse hoy, hasta en los planes de estudios, a los hechos más recientes, dentro ya del s. XX. Ello supone en todos los casos el reconocimiento de que, hayamos entrado o no en una edad histórica distinta de la M., la realidad humana que nos rodea no puede estudiarse con la misma capacidad panorámica ni con los mismos métodos que las épocas precedentes, por "modernas" que las consideremos. Entre lo históricamente aceptado como "moderno" y lo rigurosamente actual existe una barrera epistemológica que no permite una absoluta continuidad en su técnica de estudio. Suponiendo dondequiera los arranques de la E. M., sus límites cronológicos, al menos metodológicamente hablando, parece que no pueden alcanzar en ningún caso la actualidad.En resumen, la delimitación cronológica de la E. M. aparece hoy más confusa que nunca. Por un lado, muchos conceptos que parecían inamovibles están cediendo al embate de nuevas y contradictorias teorías; y, por otro, priva hoy la visión de la Historia como una fluencia continua, difícil de precisar, en la que todo hito resulta algo superpuesto, y por consiguiente artificioso. Ello no impide que se mantenga un concepto relativamente claro sobre qué es lo moderno, y cuáles son sus caracteres específicos, sobre todo en sus líneas más generales; y el estudio de esta caracteriología podrá aclararnos unos cuantos puntos de interés. Con ello, más que a través de consideraciones puramente cronológicas, puede alcanzarse alguna forma de delimitación (para esta cuestión, véase más adelante: in, 1-2).2. Los caracteres de lo moderno. La E. M. nos resulta mucho más conocida que las épocas históricas anteriores, es decir, que las Edades Antigua o Media, y no digamos ya que la Prehistoria. Tal es así, que del problema heurístico de la falta o escasez de fuentes, suele pasarse, cuando el historiador se pone a investigar los tiempos modernos, al problema contrario, esto es, la sobreabundancia de versiones, a veces también su disparidad, que obliga a seleccionar el material disponible. Este hecho, que de por sí constituye ya una característica de los tiempos modernos, por lo que se refiere a la ciencia histórica, obedece a dos causas: por una parte la cercanía de los hechos ha permitido que llegara hasta nosotros un mayor número de testimonios; y por otra, es evidente que los mismos protagonistas de los tiempos modernos se han preocupado de legar a la posteridad esos testimonios en mayor abundancia y con mayor énfasis que los hombres de otras edades históricas. La primera razón enuncia simplemente una característica de la E. M. respecto del historiador: la mayor disponibilidad de conocimientos de los datos; la segunda expresa una característica atribuible objetivamente a la E. M.: la mayor preocupación de los hombres que en ella viven por dejar constancia de sí mismos. ’Esta observación, derivada del primer detalle, aparentemente subjetivo, que llama la atención del historiador cuando comienza a estudiar los tiempos llamados modernos, puede ser útil punto de partida para analizar los caracteres más salientes del hombre de esos tiempos. Strieder habla, cuando se refiere al paso del Medievo a la modernidad, de un "cambio de temperamento". Este cambio sería válido para toda la cultura cristiano-occidental, y, por extensión, a todo el ámbito geográfico-histórico que esta cultura abarcó con su presencia o su influjo, que es, justo a raíz de la entrada de los tiempos modernos, una gran parte de la Tierra. Se trataría de una transformación de madurez -en virtud de lo que muchos autores, y no sólo los de corte materialista, llaman biología histórica-, ya de una corriente de mentalidad colectiva, o de varias corrientes, o de la salida a flote de nuevas clases sociales provistas de esa mentalidad, lo cierto es que se produjeron cambios, que pueden servir para definir un hombre "nuevo", o si se quiere una nueva edad del hombre, una nueva etapa histórica, la que conocemos como E. M.No es que exista, propiamente hablando, un hombre "nuevo" o "moderno", pero puede ser útil recurrir, la aceptemos o no como módulo antropológico, a la terminología de Max Scheller (v.). En los tiempos medievales, el arquetipo correspondía al homo sapiens, que no es sólo el hombre que sabe, sino -de sapio, saborear- el que vive la vida con un sentido trascendente y profundo, que conoce su origen y su finalidad, que admite -trate o no de hecho de serle fiel- el designio de Dios sobre todas las cosas, y que se recrea en la alegría del ser, que es, como afirman los escolásticos, uno, verdadero y bueno. En suma, el hombre medieval se ancla más radicalmente en lo objetivo y esencial. En los tiempos modernos, el prototipo que priva es el del homo faber, el hombre que realiza, y que es tanto más él mismo cuanto más sale de sí mismo, es decir, cuanto más trasciende; la hazaña, la realización ardua de una empresa, la movilización de todas sus posibilidades, sus descubrimientos, sus conquistas, el valor de su genio y de su fuerza, son el ideal del hombre moderno. La alegría del ser tiende a ser sustituida por la alegría del hacer; testimoniada desde la conocida afirmación de Ulrich von Hutten, un humanista alemán que, ya en las primeras décadas del s. XVI comenta gozosamente: "se ha desatado la aventura de hacer... da gusto vivir..." hasta el epígono sartriano, para el que "l’homme n’est que ce qu’il fait". Con la diferencia de que Sartre, hombre "posmoderno", ya no admite que "da gusto vivir", sino todo lo contrario.También el hombre medieval había aspirado a la felicidad, pero su ideal había sido más bien la beatitudo. Es beatus el hombre que vive en gozosa paz con Dios, con el mundo y con los demás hombres, que acepta con gusto su propio destino, porque, al estar señalado por la Providencia, tiene sentido, y conduce a la felicidad eterna. Por el contrario, el hombre típicamente moderno pone el énfasis en la felicitas, considerando felix al triunfador, al que con su esfuerzo, su valor o su genio ha logrado el cumplimiento de sus deseos. Con ello, lo que ante todo buscaría el hombre moderno, en palabras de Paul Hazard, es "la felicidad sobre la tierra". No olvida ni niega la realidad de. lo sobrenatural, ni la existencia de una vida eterna detrás de la terrenal; pero sus principales miras, al menos de hecho, tienden a buscar una vida lo más confortable que quepa en este mundo, y, como consecuencia, un "interés por el más acá" (Brand¡) más desarrollado -que en la mentalidad medieval. Deaquí que uno de los rasgos más distintivos de la E. M., en el que están de acuerdo los historiadores, sea una tendencia a la secularización (v.). La prescisión de lo religioso vendría más tarde, y no llegará a convertirse en doctrina o en teoría sino en algunos autores dentro de la llamada Edad Contemporánea (s. XIX y XX) (v. HUMANISMO IV).El afán de trascender no sólo impulsa al hombre moderno a la conquista del placer o la dominación; sus ambiciones le hacen reclamar también una trascendencia moral relacionada con la gloria y la fama; al lado de la vida terrena y de la celestial, hay una "tercera vida" que perdura también por los siglos; y es esta vida tercera, a la que alude Jorge Manrique en la idea más típicamente renacentista de sus Coplas, la que parece llevar al hombre moderno a realizar actos perdurables que dejen larga memoria de su paso por la tierra.La combinación del afán faber, realizador, y del ideal de felicitas, la dicha alcanzada mediante el esfuerzo y la victoria, produce como consecuencia lógica la tendencia del hombre moderno al progreso (v.), esto es, a la conquista de nuevas parcelas en el campo del saber, del tener y del poder. La mentalidad proyectiva, audaz y conquistadora de sus protagonistas, hace de la historia moderna una marcha de impulsos vigorosos y osados logros. Consecuencia de estos esfuerzos serán los descubrimientos geográficos, el mejor conocimiento del mundo y de sus posibilidades, y también el mejor conocimiento de las propias posibilidades del hombre en el mundo. Se alcanza una más compleja organización de las comunidades humanas, y una más racional y completa disponibilidad de los medios de actuación y de fuerza de estas comunidades: el Leviatán o Estado, la administración, la hacienda y economía, la fuerza militar, el desarrollo cultural y científico, sobre todo en sus aspectos prácticos y productivos.Pero ese desarrollo y progreso cultural y científico es más bien acumulación de saberes, progreso cuantitativo de conocimientos y técnicas. Y con frecuencia, sobre todo en el s. XVIII con la Ilustración (v.), el racionalismo (v.) tiende a creer que ese progreso científico y material, de organización y producción, producirá también y necesariamente el progreso moral, así como la felicidad individual y colectiva. Sin embargo, se produce una cultura superficial, falta de vigor metafísico y teológico (v. III), que fortalece y exalta el poder de los gobernantes frente a los individuos. El vago deísmo (v.) ilustrado, olvidado de la Revelación sobrenatural, carece de la fuerza profunda de la Teología del Dios trascendente revelado. Así, el "derecho natural" es manejado más bien a capricho por el Estado, que lo crea más que servirlo. El hombre, la persona humana, sale malparado con el despotismo (v.) ilustrado del s. XVIII. Y cuando, ya en el s. XIX y XX, el racionalismo evolucione hacia un claro idealismo (v.), con su confusión del orden del pensar con el del ser, y hacia su disolución en irracionalismos, existencialismos, materialismos, etc., tampoco mejora las cosas.En lo político, la E. M. presencia la consagración de la fuerza del Príncipe, más que como poder personal y directo, en forma de una concentración de atribuciones, que el Príncipe por fuerza ha de compartir con su equipo gobernante; de suerte que lo que queda fortalecido, en última instancia, es el poder del Estado (v.). Pero, entendámoslo, el Estado moderno es un Estado individualizado, nacional, que no admite ningún poder jurisdiccional superior. Los dos grandes conceptos supranacionales de la Edad Media, el Pontificado y el Imperio, tienden porlo mismo a decaer, o a abdicar incluso su papel en cuanto poderes concertadores de la convivencia entre las comunidades humanas.En lo administrativo, los nuevos tiempos presencian un auge sin precedentes de la burocracia (V. BUROCRATISMO). El desarrollo de la organización del Estado significa al mismo tiempo el de un ejército de funcionarios dependientes de todos los ramos de la Administración (v.), y capaces de llegar, en su papel de control y fiscalización, a todos los rincones del país, y de colocar los recursos de éste a disposición del poder público (V. FUNCIONARIOS PÚBLICOS). El funcionariado representa un elemento de actuación de ese poder realmente formidable, a la vez que una rémora, en el sentido de que el empleado cuesta dinero y necesita ser a su vez fiscalizado. Burocracia y esiatocracia no llegaron a constituir un bloque homogéneo y plenamente eficaz hasta el s. XIX, es decir, hasta la llamada Edad Contemporánea (Heckscher).En lo social, los nuevos tiempos deparan la centrifugación y diversificación de los distintos estratos colectivos. Es cierto que se mantiene jurídica y constitucionalmente la concepción estamental, que divide a la sociedad organizada en tres grandes sectores (nobleza, clero y estado llano); pero la auténtica función estamental queda gravemente en entredicho. Dentro de cada clase se acentúan las diferencias, hasta romper por completo la homogeneidad y el común denominador de su mentalidad colectiva. La nobleza se encuentra ya enormemente diversificada, y su despliegue en abanico llega desde los Grandes de España, los Pares de Francia o los Príncipes del Imperio, inmensamente fuertes, ricos e influyentes, hasta una baja nobleza que roza, en lo que se refiere a sus medios de vida, los límites de la indigencia (hidalgos españoles, hobereaux franceses, Rittern alemanes, etc.).El clero, en cuanto estamento, pierde su noción de tal, y sólo conserva una conciencia auténticamente unitaria en lo que se refiere a su misión apostólica. En cuanto al llamado estado llano, no mantiene de "llano" más que el nombre, pues lo vemos fragmentado en una multitud de estratos que van del banquero o alto funcionario que se codea con la nobleza, al peón o menestral, o hasta al mendigo de pan pedir.Por lo que respecta a lo económico, el despliegue social en abanico se corresponde con una absoluta diversificación de fortunas. Pero lo que caracteriza sobre todo a la E. M. es la estructura global que P. Chaunu ha denominado Économie-Monde, caracterizada por la extensión inmensa de sus circuitos, que alcanzan ya ámbitos extracontinentales, y la íntima interdependencia de todos ellos. Factor de esta mundialización de las áreas económicas son los descubrimientos geográficos (v.), que ponen a disposición del hombre occidental riquezas sin cuento, especialmente en lo que se refiere a metales preciosos. La cantidad de oro, pero sobre todo de plata extraída de las minas americanas, decuplicó sensiblemente las existencias de este último metal en la Europa del s. xvi, al tiempo que permitió un activo comercio con Extremo Oriente (India, China, las Molucas), donde el metal precioso era demandado también con avidez, y a cambio del cual podía ofrecer las especias moluqueñas, las perlas de Ceilán, las sedas, porcelanas y perfumes de la China, etc. Por ello puede darse la razón a E. Hamilton cuando afirma que el éxito del descubrimiento de Colón (América) garantizó el éxito del descubrimiento de Vasco de Gama (relaciones con Oriente). Un circuito hizo posible el otro, y entre ambos abarcaron la casi totalidad del Globo.Por otra parte, afirma F. Spooner, la unidad de la plata aseguró la unidad del mundo moderno. La abundancia de metal permitió emisiones masivas de numerario, un aumento prodigioso de la circulación, la puesta en marcha de toda clase de empresas industriales o comerciales, y un proceso de capitalización que posibilitó la multiplicación de la banca, del crédito, de las operaciones a largo plazo, y también, por supuesto, la acumulación de dinero en lo que ha dado en llamarse capitalismo inicial, claro precedente del gran capitalismo de la Edad Contemporánea. A este proceso de capitalización que conduce a la formación de grandes fortunas -recuérdese a los "millonarios" renacentistas Függer, Welser, Jacques Coeur, lean Laurin, Medici, Balbani, etc., más ricos que los propios reyes y Emperadores- contribuyeron tres factores: la abundancia del numerario circulante, el mayor espíritu de empresa, propio del hombre moderno, y la disminución de los escrúpulos sobre la usura, el lucro y el margen de beneficios, que habían privado durante la Edad Media (V. MERCANTILISMO; FISIOCRACIA).3. Las raíces de la modernidad. Durante la llamada Alta Edad Media había prevalecido en la mayor parte de la cultura cristiana occidental (y, con cierto parentesco, en otras culturas del Viejo Continente) la realidad política, social y económica que suele encuadrarse bajo la común denominación de feudalismo (v.). La sociedad feudal tenía una estructura, al menos en esquema, relativamente simple. Una minoría de grandes señores y de altos eclesiásticos dominaba y protegía a la vez a una gran mayoría de plebeyos, cuyo medio de vida era la explotación directa de los recursos naturales mediante la agricultura y la ganadería.Sin embargo, a partir aproximadamente de la crisis del a. 1000, se aprecia en todo el mundo civilizado un incremento demográfico muy notable, que acabará trastocando aquellas seculares estructuras. Europa deja de ser una gran aldea para convertirse, al menos en germen, en una constelación de ciudades (v.). En muchos puntos, a los modos de vida típicamente agrícolas van sucediendo las actividades "urbanas". Se cifra aprox. en 4.000-6.000 hab. el límite entre el núcleo de población que puede vivir exclusivamente de la agricultura y de la ganadería, de aquel que cuenta con más población de la que puede desplazarse diariamente al campo para laborarlo con eficacia. Un núcleo muy poblado ya no puede estar constituido exclusivamente por campesinos y pastores, y entre sus medios de vida deben contar ya los diversos oficios. La producción se especializa, y de la economía familiar autárquica se pasa a la economía de mercado (v.). En un primer estadio, podemos imaginar un mercado de tipo local en que los productores del sector primario (agricultores, ganaderos) truecan sus artículos por los que ofrecen los productores del sector secundario (operarios, artesanos). Más tarde, la economía de mercado abarca áreas más extensas, y enlaza unos con otros núcleos de población, mediante las ferias periódicas que se celebran en días fijos en ciudades determinadas.Cuanto mayor es un núcleo de población o burgo, más abundante es el número de personas que se dedican a la manufactura o al comercio. Se consagra así la clase burguesa como estrato intermedio entre los estamentos privilegiados y los modestos campesinos o pastores (v. BURGUESÍA). El dinamismo de su actividad económica, la búsqueda de nuevos mercados, el perfeccionamiento de las técnicas de producción, en contraste con el estatismo secular del sector primario, hace que el burgués, dueño de la riqueza en movimiento, aumente progresivamente su capacidad económica y su influjo social. En el s. xlii la burguesía representa ya toda una potencia, que participa en el juego de fuerzas con los otros dos grandes poderes bajomedievales: la monarquía (v.) y la nobleza (v.). El burgués asociado en gremios (v.) y corporaciones controla la ciudad, adquiere el derecho de acuñar moneda, se protege con fueros privativos, y hasta cuenta con un pequeño ejército; la milicia urbana o concejil.Diversos acontecimientos históricos precipitan este proceso. Uno de ellos es el de las Cruzadas (v.), que con sus gastos, frecuentemente tan generosos como inútiles, contribuyen a la ruina de la nobleza, en tanto que las clases mercantiles encontraron un nuevo campo de negocios en Oriente Medio. Una diagonal que de Londres y Brujas, por la Hansa germánica, Augsburgo y Venecia, iba a dar a los puertos de Siria o de Egipto, se trasformó en la arteria aorta de la Baja Edad Media, vital no sólo para los movimientos económicos, sino para las comunicaciones de todas clases, influjos culturales y apertura a nuevos horizontes, que constituiría un factor nada despreciable en la génesis de los tiempos modernos.Otro factor al que cada día se concede mayor importancia fue la crisis de mediados del s. XIV, cuyo rasgo más visible, aunque no el único, fue la terrible peste negra (v.) de 1348-50, de la que se dice que acabó con un tercio de la Humanidad; afirmación que si no es sostenible en sus términos generales, sí lo es, y hasta con creces, en muchos casos concretos. Las ciudades, por razón de su concentración humána, fueron más afectadas que el campo, aunque el resultado final se resolviera a la larga, paradójicamente, en favor de la ciudad. En efecto, por falta de mano de obra, los artículos manufacturados escasearon y subieron de precio, en tanto que los productos agrícolas, al restringirse la demanda urbana, se abarataron, con el consiguiente perjuicio de terratenientes y labradores. Se produjo entonces -segunda mitad del s. XIV y todo el s. XV- una corriente emigratoria del campo a la ciudad, y esta última se vio provista de una nueva mano de obra abundante y barata. El industrial o mercader que no había perecido o no se había arruinado en la catástrofe pudo aprovechar la coyuntura para acumular riquezas o bienes de producción. Fue así como una parte de la burguesía, enriquecida, pasó a constituir el patriciado urbano, nueva aristocracia que debe su elevada posición no a su linaje, sino a su riqueza, y luego, también, a su cultura. Efectivamente el hijo del burgués enriquecido pasa a estudiar a la Universidad. No le interesa tanto la Teología o la Metafísica, base de los estudios medievales y debilitadas por el nominalismo (v.). del s. XIV y XV, como las ciencias de inmediata aplicación práctica, que pueden permitirle un mejor desenvolvimiento en la vida. La enseñanza así no se hace laica precisamente, pero sí seglar, y los eclesiásticos y teólogos tienden a perder la primacía cultural que habían mantenido hasta entonces en Occidente.El espíritu mercantil, el afán de lucro, la secularización de los saberes, la ruptura del orden feudal, la pérdida por los eclesiásticos de la dirección de la cultura, abocan a una grave crisis, la "crisis del s. XV", que acaba desembocando en una realidad histórica nueva, a la que solemos llamar Renacimiento.4. La época renacentista. La palabra Renacimiento (v.) sugiere más la idea de restauración que la de innovación. El término, aunque se debe, en su acepción artística, al humanista Vasar¡, fue consagrado, en el sentido que ahora se le atribuye, de gigantesco movimiento cultural, por J. Burckhardt, en una obra clásica, pero ya demodada, Die Kultur des Renaissance in Italien (Basilea 1860). La polémica entre la escuela de Burckhardt y Voigt, o su versión más moderna en ¡talo-siciliano, que presentan el Renacimiento como una ruptura violenta con el medievo y un entronque virtual con la cultura de la Antigüedad clásica; y la tesis opuesta de H. Thode Nordstrom, o más modernamente Sellery, para los que la cultura renacentista deriva de la medieval, está en gran parte superada. Hoy ya no se duda de las raíces medievales del humanismo de los s. XV y XVI, por más que sus protagonistas quisieran entroncar con lo clásico grecolatino; el resultado del intento no fue, sin embargo, la continuidad del ordo medieval, ni la restauración del mundo clásico, sino una realidad histórica distinta. Aunque peque de simplista, puede adoptarse como esquema general la fórmula: "el hombre medieval, tratando de restaurar lo antiguo, descubrió lo moderno".Rasgo esencial del movimiento renacentista es el humanismo (v.). En un principio, se llamaba "humanista" al buscador de documentos o monumentos antiguos; pronto se reservó el término a un tipo de erudito inquieto, polígrafo, lleno de curiosidad por saber, enamorado particularmente de las ciencias humanas -de aquí la propiedad del apelativo- y poco o nada respetuoso con las convenciones escolásticas vigentes hasta entonces. Lorenzo Valla, Marsilio Ficino, o Pico de la Mirandola en Italia; Lefévre d’Étaples o Budé en Francia; Hutten o Melanchton en Alemania; Vives (v.) o Nebrija (v.) en España, Erasmo (v.) en los Países Bajos o S. Tomás Moro (v.) en Inglaterra, representan el tipo de sabio dominador de las más variadas facetas, tan buen conocedor del latín como de su lengua vernácula, y dotado de un espíritu independiente, que raras veces admite maestros o escuelas, porque pretende guiarse ante todo por su propio criterio. La mayoría de estos hombres son de extracción burguesa,o del patriciado urbano, y justifican la afirmación de A. von Martin: "El humanismo representa una ideología que realiza una función muy determinada en la lucha por la emancipación y la conquista del poder por la capa social burguesa en progresión ascendente" (Sociología del Renacimiento, Madrid 1945, 54).Pero humanismo no significa sólo primacía de las ciencias humanas y prácticas, o consagración del principio de la razón independiente, sino humanización a ultranza en todas las actitudes del hombre ante la realidad que le rodea. El hombre se hace de nuevo "medida de todas las cosas", y a esa medida trata de ajustar el cosmos. Su misma actitud religiosa adopta una base humana con el principio del libre examen (v.) que postula el protestantismo (v.). Y aun en los casos en que no sale de la ortodoxia, el hombre renacentista vive con frecuencia una dicotomía desgarzante entre su base religiosa y el afán de prevalecimiento del yo; lucha que se patentiza espiritualmente en Erasmo, vitalmente en Rabelais (L. Febvre). El hombre renacentista no rechaza los principios más sagrados, pero al mismo tiempo siente la tentación de emanciparse de ellos: "La actitud revolucionaria, que posiblemente es la actitud más característica de la Europa moderna, es en realidad un síntoma adicional del divorcio entre la religión y la vida social" (C. Dawson, o. c. en bibl., 100-101).La dicotomía a que aludimos, manifestada en todas las facetas del espíritu humanista, pero singularmente en la religiosa, ha dado pie a hablar en ocasiones de "dos Renacimientos", conservador el uno de la visión teocéntrica propia de la Edad Media, y revolucionario el otro en su actitud plenamente humanista (v. t. III, 2-4). No cabe duda que no puede homologarse el neoplatonismo laico, casi paganizante, de la escuela de Valla (v.), con la profunda ortodoxia de un Tomás Moro (v.). Pero tal vez no sea enteramente adecuado hablar de dos Renacimientos, y menos todavía considerar al primero como una simple perduración del espíritu medieval. También cabe un humanismo cristiano, tan "moderno" y lleno de dinamismo como el materialista o paganizante; por otra parte, la lucha no siempre se plantea entre hombres o escuelas radicalmente separados, sino también, como antes apuntábamos, dentro de una misma escuela o de una misma alma, donde la lucha, a veces, se hace agónica. Se trata de la opción entre "dos modernidades posibles" (V. Palacio), o, si se prefiere, entre dos aspectos contrapuestos de una misma y sugerente modernidad, en la que lo humano, que es el factor común, puede o no puede prescindir de lo divino. Ambas posibilidades son barajadas simultáneamente, coexisten o pugnan, según los casos, durante un tiempo ("Alta Edad Moderna"); cuando prevalece definitivamente la visión humana a ultranza, y el hombre occidental no parece buscar sino la realización de sí mismo en la tierra, comienza la "Baja Edad Moderna" (J. M. Jover); o, según otros autores, la E. M. propiamente dicha. Pero no adelantemos el curso de un proceso mental que no culmina sino en el s. XVIII (v. HUMANISMO IV).La humanización renacentista trasciende también al mundo del arte, donde la estilización del gótico es sustituida por el riguroso canon corpóreo (v. v), o en la Historia, donde el elemento sobrenatural queda rigurosamente prohibido; no porque se niegue necesariamente su existencia, sino porque lo histórico quiere reservarse en exclusiva a las actuaciones del hombre. Un "humanismo" político queda configurado en las doctrinas de Maquiavelo (v.) y en el abandono de la visión trascendente de la cosa pública en aras del engrandecimiento, en cada caso concreto, del Príncipe y del Estado. Con ello, a la formación de las grandes nacionalidades (determinadas por una lengua, una cultura y un poder específico) sigue la llamada "política del egoísmo nacional", que pospone el bien general al bien particular de cada comunidad estatal. (v. NACIONALIDAD; NACIONALISMO). Tiende a difuminarse así (hasta desaparecer en la época de la paz de Westfalia) la idea de communitas, y al término "cristiandad" va sustituyendo, para designar a los pueblos civilizados de Occidente, el término "Europa". Europa, bien entendido, como un mosaico disperso, como "un encarnizamiento de enemigos que luchan" (P. Hazard).Pero el ecumene de la E. M. ya no es sólo Europa. Los descubrimientos geográficos son una consecuencia del nuevo sentido empírico, experimentador de la Naturaleza, propio del hombre renacentista: "el experimento es el verdadero intérprete entre la Naturaleza y el hombre" (Leonardo da Vinci). Estos descubrimientos los posibilitan los avances técnicos, especialmente en el arte de la navegación, y también la curiosidad propia de los nuevos tiempos, el afán de riquezas y, singularmente en el caso español, el deseo de expandir la fe. Bernal Díaz del Castillo (v.) confiesa con ingenuidad y deliciosa franqueza que los españoles se lanzaron a la aventura de las Indias "por servir a Dios y al rey, y dar luz a los que estaban en tinieblas; y también por haber riquezas". El hallazgo de América (v.) por los españoles (1492) y la llegada de los portugueses al Extremo Oriente (1497), señalan las líneas principales de la expansión europea, a la que colaboran, en grado menor, franceses, ingleses y holandeses. La primera vuelta al mundo, por Elcano (v.), es un símbolo del afán hazañoso del hombre renacentista, y comporta no ya el abrazo del Globo por el hombre occidental, sinotodo un cambio de mentalidad por parte de los habitantes del planeta ante su redondo y limitado habitáculo. Las consecuencias de los descubrimientos geográficos fueron inmensas en el plano material -formación de grandes imperios, redes comerciales, gran capitalismo, basculación de la geopolítica europea hacia el Atlántico-, pero también en el plano moral (1. H. Elliott). El hombre, por primera vez, se siente "dueño" del mundo.5. Los grandes Estados territoriales. Uno de los fenómenos más típicos de loss de la modernidad fue, como ya queda dicho, la formación de las unidades nacionales. España, Portugal, Francia e Inglaterra se constituyeron y redondearon definitivamente; pero no todas las naciones en potencia lograron el mismo éxito. Italia y Alemania no consiguieron la ansiada cohesión; también falló el intento borgoñón de Carlos el Temerario (v.), que hubiera creado un Estado entre los Alpes y la desembocadura del Rin. En líneas generales puede aceptarse que los Estados que alcanzaron su unidad nacional lucharon entre sí por la posesión del territorio de aquellos otros que no la lograron. Los campos de batalla de Europa son los Países Bajos, Borgoña, Bohemia, el Norte de Italia, hasta que los territorios en disputa van cayendo en manos de una u otra potencia.Se pasa así, en el s. XVI, del concepto típicamente renacentista del Estado nacional al de Estado territorial, cuyos límites desbordan ya el ámbito étnico, lingüístico o cultural homogéneo (v. ESTADO). Francia pretende expandirse por el Norte de Italia, España se rodea de una corona de Estados extrapeninsulares (aparte ya sus inmensas dependencias de las Indias), Turquía se adueña de las tierras eslavas de la cuenca del Danubio, y la eslava Polonia se extiende por territorios germanos y lituanos. Se forman así esos "grandes monstruos sobre el mapa" de que habla Braudel, y en torno a los cuales gira toda la geopolítica europea entre 1500 y 1648. La corona española, detentada a la sazón por la casa de Austria (v.), vinculada también al Imperio germánico (v.), fue sin duda la más afortunada en este reparto de despojos. Si en la primera mitad del s. XVI (reinado de Carlos 1 de España y V de Alemania, v.) los reinos peninsulares podían parecer un florón más del inmenso patrimonio de los Austria, el afán combativo de los españoles, su capacidad creadora, su generosidad al servicio de la idea imperial y los inmensos recursos suministrados por las posesiones americanas, convirtieron pronto a España en el centro del Imperio de los Habsburgo (v.).Carlos V reconoció al final de su vida que en la nueva sazón de los tiempos, dominada por la política del egoísmo nacional, ya no cabían imperios morales como en la Edad Media, e intuyó un nuevo estilo de Imperio (v.), el Imperio potencia, llamado a ser el módulo de Estado hegemónico en toda la E. M. y en la Contemporánea. Descartada la posibilidad de homogeneizar Alemania, dividida por el señorialismo de los príncipes y las luchas religiosas consiguientes al protestantismo, España se constituyó, ya con Felipe II (v.), en cabeza del primer Imperio potencia de los tiempos modernos. Su papel no fue sólo la búsqueda de un predominio o de un área de influencia, sino que estuvo matizado por un sentido ideológico-político que recoge en forma militante la concepción de una de las dos "modernidades posibles" a que antes aludíamos. Efectivamente, priva en la España del s. xvi y primera mitad del XVII el concepto de "Estado misional" (Rodríguez Casado), por el que los españoles se consideran investidos de una misión providencial consistente en la defensa y engrandecimiento de la fe, y en la lucha por el mantenimiento de la unidad cristiana, rota por Lutero (v.). Este sentido militante que se opone a la concepción telúricamente "moderna" que acabaría prevaleciendo, deparó a España enemistades, esfuerzos y gastos capaces de arruinar su capacidad histórica, y al mismo tiempo constituyó el denominador común del llamado "siglo de oro" (v.) español, exponente de una prodigiosa unidad espiritual interna.La ocupación de Portugal en 1580, que puso en manos de Felipe II (v.) territorios enclavados en los cinco continentes, señala el momento de máxima expansión hispánica; expansión que, por su parte, no debe entenderse sólo en sentido político-militar, sino también en el cultural y artístico, y en una especie de "hegemonía moral" que puso a lo español, a despecho de todas las oposiciones, de moda en todo el mundo civilizado. Sin embargo, como ha destacado O. Halecki, una hegemonía a ultranza es incompatible con la estructura geopolítica de la E. M. El imperio hispánico, o "monarquía católica", como se llamaba oficialmente, fue por espacio de un siglo largo la primera potencia mundial, pero su primacía nunca fue indiscutida ni dejó de estar en continuo peligro. Una de las constantes de la E. M. es la dualidad dialéctica entre el "núcleo" y los "aliados" (C. Schmitt). El núcleo o potencia más fuerte -sea la España de Felipe II o de Olivares, la Francia de Luis XIV o de Napoleón, hasta si se quiere la Alemania de Hitler- pretende, más que una rigurosa dominación territorial, una hegemonía admitida por todos, basada en una filosofía mesiánica destinada a asegurar un orden permanente. Frente a este núcleo se alinean los "aliados", unidos entre sí más por intereses comunes que por ideales comunes. El núcleo, incapaz de sostenerse indefinidamente en su esfuerzo, se desgasta y abdica tarde o temprano su misión.Franceses, protestantes y turcos constituyen los tres frentes de oposición más típicos a la hegemonía de la "monarquía católica", que la obligaron a una continua dispersión de esfuerzos. El ingreso de Inglaterra en los "aliados", en su deseo de granjearse el dominio del mar y las riquezas de América, aumentó todavía más las dificultades españolas. El fracaso de la invasión de las islas Británicas (Armada Invencible, 1588) da la primera nota de la impotencia hispana, y aunque la "monarquía católica" sigue dando muestras de su vitalidad y de su espíritu creador por espacio aún de medio siglo, al cabo, arruinada, despoblada y vencida militar e ideológicamente, acabará renunciando a su ideal lo mismo que a su proyecto de un orden hegemónico bajo su presidencia. La paz de Westfalia (v.; 1648) señala oficialmente la dejación de sus ideales exteriores. Puede aceptarse esa fecha como la del comienzo de la "Baja Edad Moderna".6. La era de la razón. El papel de "núcleo" es heredado entonces por Francia; y también, en cierto modo, el intento de constituir un orden ortodoxo en Europa (Hazard). La revolución del edicto de Nantes por Luis XIV (v.), y el lema un roi, une foi, une lo¡ simbolizarán este afán unitario bajo una concepción católica. Sin embargo, en el caso francés, el factor ideológico está mucho más desdibujado que en el español, en aras de un afán hegemónico que resulta indisimulable en el último tercio del s. XVII. Pero ni siquiera la hegemonía, que Luis XIV, lo mismo que Felipe II u Olivares, no concebía como una ocupación territorial, sino como una forma de directorío europeo, pudo redondear sus aspiraciones ante la resistencia cada vez mejor organizada de los "aliados". Por un lado, la paz de Westfalia ha proclamado el principio del equilibrio, que consagrará medio siglo más tardeel tratado de Utrecht (v.; 1713), y resulta más difícil que antes la erección de un "núcleo" con probabilidades de éxito. Y por otra parte, tropieza con crecientes dificultades la búsqueda de un orden ortodoxo de cualquier naturaleza, porque a la contraofensiva del pensamiento católico que se había desplegado en la época del barroco (v.; singularmente a fines del s. XVI y principios del XVII), sucede ahora un movimiento creciente de racionalismo (v.) y pragmatismo (v.) que dificulta no ya los intentos de unidad cristiana -sus últimos propugnadores fueron Bossuet (v.) por parte católica y Leibniz (v.) por la protestante-, sino cualquier intento de fundamentar un orden europeo sobre una base de fondo religioso.La sustitución de España por Francia en su papel hegemónico da, por tanto, a esta hegemonía un sentido distinto y más limitado. Francia se ve combatida ahora a su vez por los "aliados" -entre los cuales, por supuesto, ya cuenta la propia España-, y en ningún caso es capaz de redondear un verdadero imperio; sin que pueda negarse, no ya la fuerza, sino el influjo de todo tipo y la moda de origen francés en toda Europa, durante la época del "Rey Sol". Hay que tener en cuenta, por otra parte, que en la segunda mitad del s. xvci es más difícil un despliegue efectivo de fuerzas que cien años antes: hemos entrado en la que P. Léon llama época de las dificultades. Dificultades, en primer lugar, de orden económico, porque los fabulosos filones trasatlánticos tendían a agotarse, y porque la autarquía de la propia sociedad americana retrajo la demanda de productos europeos. El resultado fue la deflación, la disminución del tráfico, la quiebra o paralización de los negocios, y el "retroceso sobre la tierra" como bien seguro.Pero hay también una crisis política, motivada por la incapacidad de los Estados surgidos del Renacimiento para hacer frente a los problemas de los nuevos tiempos. La multiplicación del funcionariado había aumentado el número de riendas del poder, no el de detentadores, porque todas aquellas riendas iban a parar en última instancia a las manos de una sola persona, el monarca. El sistema de comisionar la engorrosa tarea del gobierno a un privado o valido (llámese Olivares, Richelieu o Buckingham) no es solución, porque no hace más que transferir el problema de un hombre a otro. Se llega así a una tensión entre gobernantes y gobernados que señala sin remedio la "crisis de los Estados del Renacimiento" (Trevor-Roper). Sólo el reparto de las tareas gubernamentales por un equipo coordinado, con la aparición institucionalizada de los "ministros" -salida que empezó a atisbarse en la Francia de Luis XIV- señalaría el camino a seguir. Pero antes de llegar a él las "revoluciones de 1640" (Merriman), que estallan casi simultáneamente de Inglaterra a Nápoles, acusan la gravedad de la crisis.En el aspecto exterior, la guerra de los Treinta Años (v.; 1618-48), la más mortífera de toda la E. M., despobló Europa Central, esquilmó naciones enteras y dejó exhaustos a los beligerantes.Para hacer frente a la "era de las dificultades" se arbitró el recurso económico del mercantilismo (v.), caracterizado por un férreo proteccionismo estatal, el fomento de la producción bajo el patrocinio de la Corona, las trabas a la importación, y el favorecimiento a ultranza de las exportaciones. El mercantilismo permitió paliar la crisis en Francia, y, dotado de un sentido más libre y abierto, fomentó el desarrollo mercantil en Inglaterra y Holanda; mientras en el resto de Europa la tendencia a la ruina se acentuaba.Paralela a la crisis político-económica se desenvuelve una crisis espiritual (la que ha denominado P. Hazard "la crisis de la conciencia europea"), que no por menos visible en un principio dejó de marcar los destinos históricos. Esta crisis se caracteriza fundamentalmente por la duda agónica de muchos hombres de Occidente -entendamos sobre todo los intelectuales- en las verdades y valores propios del acervo de su cultura, y que habían pasado incólumes el tamiz del Renacimiento. Su sentido inquisidor y racionalista le hace reparar en puntos oscuros, problemáticos, o indemostrados, de la tradición, la autoridad e incluso del dogma. La Historia a estilo clásico, con sus héroes legendarios y sus gloriosas versiones oficiales, se tambalea. No es seguro que la Naturaleza se componga, por más que lo haya afirmado Empédocles, de cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego. Se duda de la existencia de Troya como de la batalla de Clavijo. Y la cronología de antiguos documentos, como los bíblicos, que interpretada literalmente parecía asignar a la Humanidad una antigüedad de sólo 4.000 años, no puede tomarse con esa literalidad.Fue una crisis en casos angustiosa, de la cual se salió, sin embargo, mediante un impulso vigoroso y optimista del pensamiento occidental. Ya que ningún legado aparecía seguro, era preciso verificarlos todos, y aceptar tan sólo aquello que pudiese comprobarse indubitablemente. R. Descartes (v.; 1596-1650) agudiza la cuestión de llegar a la verdad, no porque otros se la hubiesen trasmitido, sino porque él, con sus propios medios, la constatase. Pero la mayor difusión del movimiento empíricoracionalista no se realiza hasta fines del s. XVII, y, sobre todo, en el xvni (v. in, 4-6). A un dogma que se considera nebuloso e inseguro sustituye en muchas escuelas intelectuales otro dogma en el que empieza a creerse como en un artículo de fe: la capacidad de la razón humana para dar cuenta de la verdad. Lo que no es comprensible, se considera absurdo. El movimiento racionalista crearía una actitud mental más radical aun que el movimiento humanista de 200 años antes, y pondría la base de presupuestos que pasan a la Edad Contemporánea. El enciclopedismo, el deísmo, el Derecho natural, la moral natural, el empirismo, el pragmatismo, serían sus secuelas lógicas (V. RACIONALISMO; NATURALISMO; ILUSTRACIÓN).Si los estudios filosóficos, especialmente los metafísicos, decayeron en profundidad, la era del racionalismo es pródiga en progresos científicos y técnicos. La vida delhombre sobre la tierra tiende a hacerse progresivamente más confortable, y al dogma de la Razón acompaña el dogma del Progreso (v.). Con una cierta ingenuidad racionalista se confunde el progreso cuantitativo en conocimientos y técnicas con el progreso cualitativo moral, con 1.- felicidad y perfección individual y colectiva; se cree que un progreso lleva al otro. La superficialidad filosófica y teológica del movimiento de la Ilustración (v.) es una muestra, entre otras, de que ambos no van necesariamente aparejados.Un cambio de coyuntura hacia 1730-40 permite una nueva expansión económica, con la creación de nuevas fuentes de producción, en la que se inician el maquinismo y la concentración industrial; se abre una segunda era de descubrimientos geográficos (V. EXPLORACIONES GEOGRÁFICAS), y se generaliza la explotación del mundo por el hombre civilizado. La doctrina del pacto colonial, que preconiza la importación de materias primas de las colonias a cambio de productos manufacturados de la metrópoli, asegura un negocio continuado. Inglaterra, Francia y Holanda se granjean amplios imperios ultramarinos, en tanto que España revaloriza sus todavía inmensas posesiones americanas. Rusia y Prusia cuentan ya entre las potencias europeas, pero ninguna de ellas consigue arrogarse el papel de "núcleo", porque impera ahora un nuevo dogma: el equilibrio.7. La crisis del Antiguo Régimen. El racionalismo dieciochesco, con su sentido telúrico y su visión pragmática, acentuó, como un segundo y más radical Renacimiento, el desiderátum de la felicidad sobre la tierra. Los pensadores y proyectistas del xviii se dedicaron fundamentalmente a planificar un mundo feliz, ya fuera por medios económicos, educativos, institucionales o de otro tipo. En aquel proyectismo optimista y muchas veces utópico, contaron por lo general con la ayuda del Estado, interesado como el que más en la idea del progreso. A esta alianza entre reformismo y Estado responde lo que ha dado en llamarse despotismo ilustrado (v.), típico en las monarquías de mediados del xviii. Su ideal, tantas veces repetido, de "todo por el pueblo, pero sin el pueblo", refleja el sentido paternalista de aquel movimiento, que a su dirigismo une la concepción de que el ciudadano sencillo e ignorante no es capaz de comprender lo que le conviene, y hay que tratarle, para su bien, como a un menor de edad. Esta idea es compartida por los propios "filósofos", que se sienten minoría "ilustrada", y la única capaz de llevar a la Humanidad a un estadio más feliz. Su proyectismo planificador les hace ver que sólo con un poder omnímodo es posible transformar el mundo; y este poder es el Estado (L. Sánchez Agesta, V. Palacio).El despotismo ilustrado tiene, por tanto, un mucho de revolución desde arriba; revolución que no hay que entender en sentido puramente ideológico-político, sino también social. El Estado del XVIII quiere afianzar sus poderes, debelando los privilegios de los estamentos superiores, clero y nobleza, que, además, le parecen "irracionales". Y, por el contrario, apoya a la burguesía por ser la clase dotada de vitalidad e iniciativa, aquella que valora el trabajo y la empresa, y en cuyas manos está la riqueza en movimiento que puede multiplicar la prosperidad del país. La alianza entre monarquía y burguesía es, en el fondo, convencional (Morazé), pero de momento favorece a ambas. En España, Carlos III (v.) dirige la que Rodríguez Casado llama "revolución burguesa", y aunque en otros países la monarquía se muestra más conservadora de los privilegios nobiliarios, la ascensión de la burguesía es un fenómeno casi general, en Europa como en América.Con ello, la doctrina del poder (v.) sufre un cambio radical. La idea de Rey por la gracia de Dios queda oscurecida por un nuevo principio legitimador: la utilidad. El Estado y su personificación el monarca deben ser fuertes para poder realizar muchas reformas; y tanto más impulsarán el progreso y la felicidad de los pueblos cuanto mayores sean sus medios y atribuciones para hacer el bien. Pero el pragmatismo absolutista se convirtió muy pronto en un arma de dos filos. Cuando Federico II aseguró que "el rey es el primer servidor del Estado" no comprendió que su tesis ponía en entredicho su poder tanto como lo legitimaba. Cualquier fracaso, cualquier defectuoso desempeño del oficio del Rey, por error o por ineptitud, podía dejar a la monarquía sin títulos justificativos de su existencia.Por esta brecha se coló la crítica racionalista en la segunda mitad del s. XVIII. A la alianza sucedió la tensión creciente. Y las ideas de "tolerancia", de "derechos del hombre" y de "libertad" acabarían creando un cuerpo de doctrina incompatible con los presupuestos del absolutismo regio. Ya Locke (v.), a principios de siglo, había teorizado la división de poderes, aunque fue Montesquieu (v.) quien en 1748 propugnó un sistema de contrapesos "para garantizar a los gobernadores contra la arbitrariedad", a base de tres poderes independientes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. J. J. Rousseau (v.) en su Contrato Social (1762) llega mucho más lejos, al defender la soberanía radical del pueblo, y el ejercicio de la voluntad general como única norma legitimadora de gobierno. Más tarde Condorcet (v.) publicaría su Tabla de los derechos del hombre, Sieyés (v.) haría la apología del tiers-état, concretamente la burguesía, como clase dominante y revolucionaria, y finalmente Mably pediría que todas estas verdades se consignasen en una Constitución o ley fundamental por la que deberían regirse reyes y pueblos (V. LIBERALISMO).Lo significativo es que toda la filosofía revolucionaria se teorizó y publicó cuando aún estaba vigente el Antiguo Régimen. El ambiente intelectual de la Ilustración (v.-), incluidos los elementos dirigentes, se había ganado ya todas las conciencias con capacidad de decidir. Cuando en 1789 estalló la Revolución francesa (v.), apenas encontró resistencia. Comenzaba, no sólo en Francia, sino, por sus inmediatas implicaciones, en el mundo, una nueva edad histórica, la que suele llamarse Edad Contemporánea.V. t.: ÁFRICA V, 6; AMÉRICA IV, B; ASIA V, 5-6; EUROPA V, 3-4; OCEANÍA IV.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: Por razón de la naturaleza del tema, se omiten las historias nacionales, que deberán buscarse en los países correspondientes, así como las relativas a otras secciones (Historia de la Iglesia, de América, etc.). Teoría y ensauet™+†àyo: J. BURCKHARDT, Die Kultur der Renaissance in Italien, Basilea 1860; J. NORDSTROM, Moyen Áge et Renaissance, París 1933; C. DAWSON, Dinámica de la Historia universal, Madrid 1961; J. A. MARAVALL, Antiguos y modernos, Madrid 1966; N. BERDIAEFF, El sentido de la Historia, Barcelona 1943; Les catégories en Histoire, miscelánea dir. por CH. PERELMAN, Bruselas 1969; O. HALECKI, Límites y divisiones de la historia europea, Madrid 1958. Obras generales y manuales: Peuples y civilisation, col. publicada por Presses Universitaires de France, París 1948-69 (interesan para la E. M. los t. VIII a XII); Clio, Introduction aux études historiques, París 1943-60 (interesan t. V ss.); Nouvelle Clio, versión modernizada de la misma colección, París 1967 ss. (en curso de publicación; ha comenzado su trad. española, Nueva Clio, Barcelona 1969 ss.); The Cambridge Modern History, versión modernizada, Cambridge 1957-71 (ha comenzado a publicarse la versión española); V. PALACIO, Historia universal, III, Madrid 1959; J. VICENS VIVES, Historia general moderna, 7 ed. Barcelona 1971; C. HAYES, Historia de la Europa moderna, Barcelona 1946 y 1953; P. RENOUVIN, Historia de la relaciones internacionales, Madrid 1967; V. VÁZQUEZ DE PRADA, Historia económica mundial, Madrid 1961 (dedicada fundamentalmente a los tiempos modernos); G. TOFFANI, Historia del humanismo del siglo XII a nuestros días, Buenos Aires 1953; F. MEINECKE, La idea de la Razón de Estado en la Edad Moderna, Madrid 1959; T. Ropp, War in Modern World, Nueva York 1962; E. FRIEDEL, Kulturgeschichte der Neuzeit, reed. Munich 1965; G. SPINI, Storia dell’etá moderna dall’impero di Carlo Quinto all’illuminismo, Roma 1960; R. TATON, La science moderne, París 1958; A. FUNCK-BRENTANO, El Antiguo Régimen, Barcelona 1953. Sobre la génesis de la modernidad: G. SELLERY, The Renaissance, Madison 1950; P. BURKE, The Renaissance, Londres 1964; T. HELTON, The Renaissance. A reconsideration of the theories and interpretations of the age, Madison 1961; J. HuIZINGA, El otoño de la Edad Media, Madrid 1961; CH. VERLINDEN, Les origines de la civilisation atlantique, Neuchatel 1966; A. RENAUDET, Les débuts de 1’áge moderne, París 1956; R. KLEIN, L’áge de 1’humanisme, París 1963. Monografías destacadas sobre aspectos parciales: L. FEBVRE, Le probléme de la incroyance au XVII siécle, París 1947; J. DELUMEAU, La civilisation de la Renaissance, París 1967; H. LAPEYRE, Las monarquías europeas del siglo XVI, Barcelona 1969; G. MATTINGLY, La diplomacia del Renacimiento, Madrid 1970; J. H. ELLIOT, La España imperial, Barcelona 1971 ; fD, Europe divided, Cambridge 1971; G. R. ELTON, The Reformation era, Cambridge 1958; F. BRAUDEL, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, México 1963; H. HAYDN, The CounterRenaissance, Nueva York 1950 (se refiere a la época de la Contrarreforma); G. N. CLARK, War and society in the seventeenth century, Cambridge 1958; F. LEBRUN, Le XVII, siécle, París 1967; P. CHAUNU, La Civilisation de 1’Europe classique, París 1960 (se refiere a la época 1620-1760); P. LEóN, Économies et sociétés preindustrielles, París 1970; L. L. SNYDER, The age of the reason, Nueva York 1955; P. HAZARD, La crisis de la conciencia europea, Madrid 1941 ; M. DENIS y N. BLAYAU, Le XVIII, siécle, París 1970; S. ANDREWS, Enlightened Despotism, Londres 1967.
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