Moderna, Edad I. Historia: B. Historiograma. HIST.
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Historia
1. Historiografía del Renacimiento. La actitud del hombre ante la Historia, su antiguo esfuerzo por comprenderla y trasmitirla a sus contemporáneos, experimentó cambios sensibles en la crisis espiritual del Renacimiento (v.). Una de sus fecundas venas, el humanismo, creó toda una nueva o renovada historiografía (V. HUMANISMO I, 2), que si de un lado volvía sus ávidos ojos a los admirables textos de los historiadores clásicos -Heródoto, Polibio, Tucídides, Tito Livio o Tácito-, de otro daba también paso a una ya centenaria corriente historiográfica, de inspiración cristiana, aunque de viejísimas raíces en el mundo antiguo, que se había ido forjando en los albores de la Edad Media (v. MEDIA, EDAD I, 2) y había dado obras de influjo tan poderoso como La ciudad de Dios de S. Agustín (v.) -escrita entre el 413 y el 427- o los Historiarum libri VII adversum paganos de su discípulo, el diácono Paulo Orosio.La atención hacia la Antigüedad grecolatina y el cultivo de las letras clásicas, en marcha creciente desde el s. XIII, habían hecho del Renacimiento no una radical ruptura con la Edad Media, sino, por el contrario, su fruto más sazonado. El sentido ético y ejemplarizante del pensamiento de Tácito (v.), la búsqueda minuciosa de las causas del hecho histórico presente en Tucídides (v.) o la actitud científica y racionalista de Polibio (v.), de marcado corte estoico, entran en la corriente historiográfica humanista. Hay un proceso secularizador, paganizante, antropocéntrico que, pasando por Petrarca, Boccaccio, el florentino Bruni, uno de los primeros que usó de la crítica histórica, o Lorenzo Valla, encuentra sus máximos exponentes en Guicciardini, el modelo del historiador humanista, y en Maquiavelo (v.). Vuelve el hombre al centro del acontecer histórico, que quiere moverse, más que bajo un soplo trascendente de la Providencia, con el incierto vaivén que le imprimen esas viejas fuerzas deterministas de la Historia -la Tú?n de los griegos o la Fortuna romana- que ahora retornan al esquema historiográfico.Detrás de las obras de Guicciardini, Historia de Florencia e Historia de Italia, hay que suponer el modelo de Tucídides y de Polibio. Pero también se da en ellas un sentido realista de muy marcado acento medieval. Maquiavelo, más llamado a la teoría política que a la propia tarea de hacer historia, resalta en ésta la faceta pragmática de "maestra de la vida". Las enseñanzas de la Historia deben ser espejo y norma de la práctica de gobierno. No porque los hechos históricos se repitan de modo idéntico, aunque sí semejante, sino especialmente porque es el hombre quien se repite. Ayer y hoy es el mismo, solicitado por las mismas llamadas y condicionamientos de la circunstancia que le toca vivir. Es el dinamismo humano, sus acciones, la lucha constante entre la "fortuna" histórica y la "virtud" personal, lo que constituye para Maquiavelo el valor didáctico de la Historia.Por otro lado, con la historiografía renacentista los esquemas universalistas medievales ceden paso a una Historia individual y nacionalista. No extraña pues, que estos autores dediquen su atención a la Historia de su ciudad o de su país. Con Maquiavelo queda tipificado el Estado moderno, el mismo que, tras siglo y medio de lucha, quedará consagrado en las paces de Westfalia (1648; v.).No obstante, la frontera del Renacimiento había dado paso también a la corriente historiográfica, antes señalada, que incluye el providencialismo cristiano. La vieja teoría de la sucesión de imperios universales, nacida en el ámbito cultural del Mediterráneo en época muy remota y con lugar en la Biblia (libro del profeta Daniel) llegaba a través del pensamiento agustiniano y con eco en la obra de un obispo alemán del s. XII, Otón de Freising, Historia de duabus civitatibus, a la Europa renacentista. Es la idea teocéntrica de la Historia que se encuentra también en Dante (v.). un eslabón entre el concepto medieval y el humanismo renacentista. Todo en la Historia se mueve al ritmo de un preciso ordenamiento divino en el que están incluidas la aparición y la ruina de los Estados. Hay un desplazamiento de imperios universales de Oriente a Occidente -asirio, persa, macedónico, romano- en el que tanto el Imperio español del s. XVI como el germánico de los Habsburgo verán llegada su hora (v. HISTORIA V-VI).La nueva corriente historiográfica del Humanismo entró en España templada y disminuida. Junto a los humanistas venidos de Italia continuó la producción medieval de las crónicas. Las dos formas historiográficas convivieron en la España de los Reyes Católicos: humanistas como Lucio Marineo Sículo, avecindado en España desde 1484; el milanés Pedro Mártir de Anglería (v.), maestro después en Salamanca; y el imaginativo Annio de Viterbo (Giovanni Nanni, 1432-1502), que elaboró una historia de España adobada con las más extrañas y fabulosas noticias. Y a la vez hicieron su obra los cronistas oficiales, como Hernando del Pulgar (v.), Diego López de Zúñiga y el cura de los Palacios, Andrés Bernáldez.2. Siglo XVI en España. La convivencia de cronistas y preceptistas de la Historia se adentró en los reinados de Carlos I y de Felipe II. En la primera mitad del xvi es preciso recordar, entre los primeros, a Florián de Ocampo (1490-1558?) y a Ambrosio de Morales (1513-91), autores los dos de Crónicas generales, que continuaban el modelo establecido por la de Alfonso el Sabio. La del zamorano Florián de Ocampo, maestro en Alcalá y apasionado participante en el movimiento comunero, narra con desigual estilo, entre verdades, leyendas y fábulas, el pasado de España desde "los primeros tiempos" al 210 a. C., con la muerte de los Escipiones. En ese punto la continúa el cordobés Ambrosio de Morales, narrando en 12 libros los acontecimientos españoles hasta el reinado de Vermudo III (1037), aplicándose con indudable empeño científico o erudito a un estudio de las fuentes en archivos de catedrales y monasterios (Asturias, León y Galicia).Como cronistas particulares del Emperador hay que recordar a Antonio de Guevara (v.), Francisco López de Gómara (v.), más conocido en el campo de la historiografía americana, Alonso de Santa Cruz y Francesillo de Zúñiga, bufón del Emperador hasta 1529, cuya crónica tejida con mordaces sátiras le costó perder el favor de la Corte y más tarde la vida, a instigación de uno de sus agraviados.En el campo de la preceptiva histórica, ocupan lugar destacado Sebastián Fox Morcillo (v.), Juan Páez de Castro y, muy especialmente, Luis Vives (v.). Sigue Fox Morcillo el ejemplo de los humanistas, tanto por escribir en latín como por acomodarse al estilo de los diálogos platónicos, uno de los modos que había resucitado la historiografía renacentista. Su De historiae institutione dialogus es un tratado sobre la actitud para leer, escribir y enjuiciar la Historia, tomando la de los historiadores romanos como casi única autoridad. Para Fox Morcillo lo "histórico" es lo "grande, útil, grato y ejemplar", despreciando las "cosas vulgares y menudas, que ni convienen a la dignidad de la Historia, ni son dignas de ser leídas". También es para él la Historia "magistra vitae"; de ahí su carácter ejemplar y de ahí la necesidad de una postura eticista en el historiador, algo, en definitiva, común a todos los preceptistas de la época.Páez de Castro, también cronista de Carlos V, con análogas características, se dedica en forma más directa a la metodología y crítica históricas. Su Método para escribir la Historia resalta junto a la idea pragmática del modelo histórico, la búsqueda a que está obligado el historiador de las causas de los hechos, que presupone en aquél una recia formación para su crítica y juicio: "Como escribir historia no sea cosa de invención ni de sólo ingenio, sino también de trabajo y de fatiga, para juntar las cosas que se han de escribir, es necesario buscarlas", es decir, el documento como punto de partida del historiar. Hay que resaltar, por otro lado, en ambos preceptistas, la idea que mantienen de la universalidad de la Historia de España.En la rica personalidad de Luis Vives, la faceta del historiador queda incluida en su vasta actividad filosófica, nutrida tanto del caudal humanístico como del pensamiento cristiano. Luis Vives comprende la Historia con un sentido de unidad, la misma que tiene el hombre, por encima de criterios temporales o nacionales. Es la teoría de la esencial unidad del género humano que fue punto de partida del moderno derecho de gentes, tan enraizado en España por medio de figuras como Francisco de Vitoria o Suárez.El reinado de Felipe II contó con dos preclaros cultivadores de la tarea historiográfica: el P. Juan de Mariana (v.), que publicaba en 1601 su magna Historia General de España, y el cronista de la corona de Aragón Jerónimo de Zurita (v.), que durante 30 años se consagró a la recopilación de fuentes y a la redacción de sus copiosos Anales. Aparte de ellos, escribieron varias crónicas del reinado y sus hechos culminantes: Juan Ginés de Sepúlveda; Luis Cabrera de Córdoba, con su crónica biográfica de Felipe II; Luis Mármol de Carvajal; y Diego Hurtado de Mendoza (v.).3. Historiografía del barroco. No estuvo el campo historiográfico ajeno a la gran convulsión que representó para el pensamiento europeo el protestantismo (v.). Sus aspectos críticos, nacionalistas y antirromanos marcaron su huella en la visión de la Historia. La polémica teológica y eclesiástica penetró pronto en el terreno histórico. Entre 1559 y 1574, se publicaba una Ecclesiastica Historia, elaborada por un grupo de eruditos protestantes, derigido por Matias Vlacich (Flacius Illyricus) en que se revisaba con una crítica dura y hostil el pasado de la Iglesia hasta el s. xiv. Otro ejemplo de visión histórica antipapista fue la Historia del Concilio de Trento, publicada en 1619 por un religioso servita, en quien prevalecía su nacionalismo veneciano frente a Roma. Como era de esperar, este tipo de obras provocó la respuesta católica y fue la parcela de la historia eclesiástica seguramente la más cultivada, siempre con un carácter de revisión y precisión. Personalidad de primer orden es Mabillon (v.). Su obra De Re diplomatica (1681) inicia el camino de una verdadera crítica histórica, poniendo las bases de dos ciencias que llegaron a ser imprescindibles colaboradoras de la Historia: la Paleografía y la Diplomática. El card. Cesar Baronio (v.), con su magna obra Annales eclesiastici (1588-1607), encarna fielmente con Mabillon este espíritu historiográfico de la Contrarreforma (v.). Más tarde destaca la paciente y documentada labor de los bolandistas (v.).Durante el s. xvii, en que Europa vive uno de los periodos más decisivos de su evolución -guerra de los Treinta Años, paces de Westfalia- aparece en el horizonte ideológico la estrella de los nuevos tiempos: la razón. Su misión es la del examen y la crítica, la de alumbrar lo oscuro y llevar la evidencia a lo misterioso o rechazarlo, cuando no se deje iluminar por su luz. La evidencia racional, éste es el criterio del conocimiento. La doctrina y el método de Descartes (v.) son el resultado de una evidencia, el asentimiento a la razón como instrumento válido para un conocimiento cierto. Crítica y examen son pilares de este racionalismo (v.) que penetra todas las formas del saber humano. Una actividad erudita, asida al documento, con un mayor rigor crítico derivado del método cartesiano, lleva a la publr cación de series documentales. Tal es la tarea que emprende Leibniz (v.), p. ej., en 1648, al publicar los documentos de la casa de Brunswick (Scriptores rerum brunswicensium) o los Annales del Imperio germánico.Los esquemas universalistas que veían la Historia en su gran unidad, impulsada por el soplo de la Providencia, hicieron también su aparición en el XVII. La obra de Jacques-Bénigne Bossuet (v.) Discours sur l’histoire universelle, compuesta para la instrucción de su real discípulo, el Delfín de Francia, hijo de Luis XIV, es el eco resonante del providencialismo agustiniano, como respuesta a su época, "a los librepensadores que declaran la guerra a la divina Providencia". Su discurso es, por un lado, la glorificación de la Francia poderosa del Rey Sol, nacida en las paces de Westfalia y de los Pirineos, heredera, para Bossuet, de Roma y del Sacro Imperio. De otro lado, es una historia de la Iglesia triunfante, la civitas Dei, como Francia encarna la civitas terrena.En la hístoriografía española, el género de la preceptiva histórica, magistralmente cultivado en el xvi, se cerró en la siguiente centuria con la obra de fray Jerónimo de San José, Genio de la Historia, publicada en Zaragoza en 1651. Se advierte en ella un agudo sentido crítico y un afán de veracidad. "El historiador -dice fray Jerónimo- tenga el ánimo libre y desapasionado para juzgar y conocer la verdad". Durante todo el siglo fue permanente el prestigio de la obra del P. Mariana, hasta tal punto que fueron varios los intentos de continuarla. Tal es el caso de Hernando Camargo o del P. Basilio Varen de Soto. Pero junto a estos continuadores de Mariana y al lado de la obra biográfica de autores como Alfonso Núñez de Castro o Castillo Solórzano, más famoso en el campo de la novela picaresca, creemos que las mentes que le dieron un viraje más claro a la visión histórica del siglo en España fueron Diego Saavedra y Fajardo (v.; 1584-1648) y Baltasar Gracián (v.; 160158). Ambos son representantes de la que se ha llamado "generación pesimista del Barroco". Ambos vivieron la derrota española en Europa y tomaron conciencia de ella.Por su calidad de político y diplomático, veía Saavedra y Fajardo la Historia como medio didáctico de la política. Su magnífica prosa, a veces con excesos decorativos, en una retórica imitada de los historiadores latinos, conserva en su conjunto un estilo breve y sentencioso, que la acerca más al modelo conceptista. Su obra histórica inacabada, Corona gótica, castellana y austriaca, políticamente considerada, título de evidente barroquismo, fue redactada en Münster en 1646, cuando el autor formaba parte de la representación española en la paz allí concertada. El objeto de la obra es político, atraer a Suecia de la alianza francesa a la austriaca. Baltasar Gracián crea un arquetipo del Barroco; el político. Para el político es la Historia un ejemplo, una especie de muestrario de conductas al servicio de los conceptos. En cuanto a su idea del hombre, Gracián encarna ese pesimismo que surge de la convicción de que la naturaleza humana no es susceptible de perfección. De la misma forma que el ideal del príncipe renacentista quedó tipificado en el modelo de Maquiavelo (v.) y el cortesano en la obra de Castiglione (v.), acomoda Gracián su estampa del político moderno a la figura histórica del Rey Católico (El político Don Fernando el Católico, Zaragoza 1640), cuya personalidad había atraído también la atención de Saavedra y Fajardo.4. Siglo XVIII. El s. XVIII aportó nuevos condicionamientos a la Historia y alumbró nuevas perspectivas. Comenzó a desligarse por entonces la Historia de la tutela del Estado, en el sentido de que ya no sería exclusivamente una forma cortesana, válida para la educación de príncipes. Hasta entonces habían sido hombres de las armas o cronistas reales los principales cultivadores de la tarea historiográfica, siempre con una finalidad de panegírico o de preceptiva ética y política. Los hombres de la Ilustración (v.) buscan nuevos cauces e intentan descubrir los hilos sutiles que encadenan los hechos históricos con sus causas. Frente a la visión teológica de la Historia nace, en expresión de Voltaire, una "filosofía de la Historia", cuyos principios superiores son la razón humana y el progreso (v. HISTORIA VI). Es el triunfo de un ideal profano, el progreso intelectual, técnico y cultural. No hay que olvidar que el siglo de la Ilustración, de las "luces", dio á luz un nuevo concepto, el de civilización, del que ya hizo uso Voltaire (v.).Dos obras fundamentales, en orden a una visión de la Historia, salieron de la pluma de Voltaire: Siécle de Lpuis XIV (1751) y Essai sur les moeurs et 1’esprit des nations (1756). En el primero se aleja Voltaire de los esquemas sometidos a la rigidez cronológica de los Anales. No trata de narrar los hechos en su orden temporal sino en la trama interna que los enlaza. Quiere presentar la imagen del Estado en sus cambiantes faces, desde la política a la cultural. Quizá sea ésta la obra histórica más clásica de Voltaire, aunque no la más famosa, que sería la segunda de las citadas. El Ensayo de Voltaire es un intento de Historia universal, concebido como réplica al esquema de Bossuet. La visión de Voltaire quiere superar el centralismo europeo y comparar el pasado de Europa con el de otros países y culturas, cuyos hechos históricos se pueden comprender por el genio de sus respectivos pueblos, caminando, en definitiva, la Historia de la mano del "espíritu de los tiempos". La concepción histórica volteriana se movía entre principios burgueses. Ese ideal de "progreso" (v.) era la gran revelación para los hombres de la nueva sociedad que lo veían plenificarse en su siglo, como si todo el pasado histórico estuviese en función del XVIII.En Inglaterra, Edward Gibbon (1737-94) encarna la actitud erudita, en un temperamento frío y escéptico que analiza con paciencia minuciosa tanto las fuentes antiguas como los relatos recientes, utilizando incluso las últimas aportaciones de los filólogos. Fruto de su laborar sosegado y solitario es la History of the decline and fall of the Roman Empire (1776-88), reeditada hasta nuestros días y que se convierte en una obra clásica de la historiografía anglosajona. En ese desplazamiento de la comprensión histórica que se experimenta de Bossuet a Voltaire aporta Italia el pensamiento original de un genio solitario de la Historia: Giambattista Vico (v.; 1688-1744). Su obra, La Scienza nuova (Nápoles 1730), es un amplísimo esquema de Historia universal comparada, que se anticipa en muchos aspectos a las grandes síntesis del s. XIX. Escasamente conocida en su tiempo, apenas dio renombre a su autor. "Al publicar mi libro en esta ciudad, parece que lo he hecho en un desierto", escribía Vico, convencido, sin embargo, de la novedad de su concepción.Una de las ideas claves de Vico es la unidad del género humano, la identidad de la naturaleza del hombre, que camina hacia un ideal de Estado eterno, en un proceso evolutivo que tiene tres etapas o periodos: la edad divina, de tipo teocrático; la edad heroica, mitológica; y la edad humana, racional. Cada una de esas edades tiene un tipo de gobierno, de idioma, de leyes naturales y normas jurídicas propias. Es un camino que va de formas míticas a otras de predominio de la razón humana y que, a la larga, lleva a la muerte, es decir, a unretorno al estado de barbarie, donde comienza de nuevo el proceso. Su esquema es una progresión histórica cíclica. Es la de Vico una "teología civil racional", que se instala a medio camino entre filosofía y teología, y considera la Providencia como algo natural inherente a la Historia.El s. XVIII despertó en España especial interés por la Historia. Fruto del espíritu renovador de los monarcas de la nueva dinastía de Borbón fue la creación de la Real Academia de la Historia, fundada por Felipe V en 1738. También se fundaba en Valencia en 1742 una Academia dedicada a estudios históricos. Una parte de la atención de los hombres del xviii a la Historia de España llevó a la reedición de obras antiguas, como las de Juan Ginés de Sepúlveda, que publicó la Academia, o las crónicas de Hernando del Pulgar, o la de Ambrosio de Morales y Florián de Ocampo, antes citada, cuyos 15 tomos se publicaron en 1791-92. Mención aparte merece el éxito que mantuvo la Historia General de España del P. Mariana, con varias ediciones en el siglo, libro imprescindible en cualquier biblioteca de una persona culta del XVIII.Las grandes obras históricas de la Ilustración española fueron: La España Sagrada (Madrid, 1747-55), del agustino P. Enrique Flórez (v.), y la Historia crítica de España y de la civilización española (Madrid 1784-1805), del jesuita Juan Francisco Masdeu. La magna obra del P. Flórez -29 volúmenes- es un modela de erudición, resultado de un largo recorrido por España haciendo acopio de documentación. No es sólo una Historia eclesiástica de España, sino que trata, con un estilo simple y poco cuidado, los aspectos más variados del pasado histórico español. La de Masdeu, uno de los jesuitas expulsados en 1766, compuesta en 20 tomos que, sin embargo, no pasan del s. XI, es un conjunto de disertaciones críticas dirigidas a limpiar la Historia de España de mitos y fábulas. En general, los ilustrados españoles de la segunda mitad de siglo fijaron su atención en la Edad Media, en cuanto que en ésta se había alcanzado una forma de gobierno propia, su "constitución medieval" que las monarquías modernas, desde Carlos I, habían suprimido o adulterado. A esa tendencia responde el discurso de Jovellanos (v.) en su recepción en la Acad. de la Historia (1780).El ideal rusoniano del hombre bueno y libre por naturaleza, corrompido luego por la sociedad y sujeto por el Estado, marcó también su huella en el terreno historiográfico. Mientras que la escuela de Voltaire mantenía las ideas del despotismo ilustrado (v.), con el fortalecimiento de un Estado reformador que haría la felicidad de los súbditos, el ideal rusoniano (v. ROUSSEAU, JEANJACQUES) encuentra pronta acogida en la pequeña burguesía europea. Alemania es una muestra de esta corriente sentimental que, en Schiller (v.), ya se desborda en un torrente de emoción y retórica. Es el polo opuesto del frío racionalismo de la Ilustración. La Historia de la Guerra de los Treinta Años (Geschichie des Dreissigjlihrigen Krieges, Leipzig 1793) o el drama escénico Don Carlos, sobre el hijo de Felipe 11, denotan el triunfo del poeta y el dramaturgo sobre el historiador y anuncian la gran revolución romántica. En esa misma dependencia de Rousseau están el teólogo Herder (v.), el orientalista Eichhorn y el historiador italiano Sismondi.V. t.: HISTORIA VI; CRÓNICA Y CRONISTA; AMÉRICA IV, C; HISTORIOGRAFÍA, 3-5; BOLANDISTAS.M. ESPADAS BURGOS.
BIBL.: S. MONTERO DÍAZ, La doctrina de la Historia en los tratadistas del Siglo de Oro, Madrid 1948; M. FERNÁNDEZ ALVAREZ, Breve Historia de la historiografía, Madrid 1952; J. W. THOMPSON y B. 1. HOLM, History of historical writing, Nueva York 1942; M. RITTER, Die Entwickung der Geschichtswissenschaft, MunichBerlín 1919; J. T. SHOTWELL, An Introduction to the History of History, Nueva York 1922; J. B. BLACK, The Art of History: A Study of Four Great Historians of the 18th Century, Londres 1926; P. CARDINER (ed.), Theories of History: Readings from Classical and Contemporary Sources, Glencoe (Illinois) 1959; A. E. WIDGERY, Interpretations of History: Confucius to Toynbee, Londres 1961; W. G. BEASLEY y E. G. PULLEYBLANK (ed.), Historians of China and Japan, Nueva York 1961; B. LEWIS y P. M. HOLT (ed.), Historians of the Middle East, Nueva York 1962.
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