Miró, Gabriel
Categoria:
Biografía GER
Escritor español n. en Alicante el 28 jul. 1879, y m. en Madrid el 27 mayo 1930. Creador de una obra selecta y minoritaria, su prosa modélica podemos considerarla como la más sensorial de todas las de los novelistas del s. XX. Maestro del estilo y domeñador de la lengua, buscó en el impresionismo poético una posible salida al callejón, en que había desembocado el modernismo (v.).Vida y obra. Llevó una existencia gris, de pobres empleos mal remunerados. Vulgar escribiente en el Ayuntamiento y Diputación de su ciudad natal, ahogado en la burocracia de la Diputación barcelonesa, compensó su tedio trabajando para la editorial Vecchi y haciendo traducciones del francés. En 1920 consiguió un modesto empleo ministerial en Madrid y colaboró, no muy asiduamente, en el diario ABC y en La Nación de Buenos Aires. Obtuvo dos importantes premios literarios. Su novela Nómada resultó vencedora en el concurso "El cuento semanal", y su artículo Huerto de cruces obtuvo el Mariano de Cavia. Fue un rotundo fracasado en la vida activa. Había estudiado la carrera de Leyes en las Univ. de Valencia y Granada y como otros muchos, vencido por las oposiciones a judicatura, comenzó una vida triste y monótona, de empleo en empleo, que supo paliar con un mundo mágico de espléndida belleza trasvasada en relatos, cuentos y novelas.Su primera obra, La mujer de Ojeda (1901), fue tachada por el escritor de muy naturalista y la eliminó de sus obras completas. Salvo algún que otro intento aislado y carente de interés, no para nosotros sino para el mismo M., su primera gran novela, sensual y apasionada como su mundo mediterráneo, fue Las cerezas del cementerio (1910), historia estallante de amor y lujuria entre un joven y una mujer madura. En esa época había pergeñado la interesante figura de Sigüenza, trasunto del escritor, y del que dijo era "hombre apartadizo que gusta del paisaje y de humildes caseríos". La vida insincera y monótona de los pueblos españoles, personificados en Oleza (Orihuela), fue el marco de dos de sus más logradas novelas, Nuestro Padre San Daniel (1921), de prodigiosa belleza, y El obispo leproso (1925).M. era especialista en relatos breves; gran parte de su obra se estructura en estampas entrelazadas por medio de una débil línea argumental. Sobre esta base traza cuatro de sus obras fundamentales. Dos de ellas reflejan el espíritu bondadoso del autor, su íntimo fracaso y el deseo de evasión. Ambas son obras maestras por las que corre el mundo de ensueño de uno de los personajes más caros a M. Años y leguas (1928) y el Libro de Sigüenza (1917) son relatos perfectos, humanísimos y entrañables, donde el protagonista Sigüenza vive su existencia triste y monótona repartiendo bondad sin esperanza de ser recompensado. El humo dormido (1919) responde a esta estructura, así como Figuras de la Pasión del Señor (1916). El cálido paisaje mediterráneo adormece el encanto primitivo y sensual de unas figuras evangélicas sorprendidas en el drama de Cristo. Este último libro evoca la niñez de M. Es un emocionado recuerdo a su madre, que rompía el tedio de sus tardes narrándole escenas de la Pasión.El impresionismo sensorial de Miró. Se suele incluir a M. dentro del grupo novecentista, cómoda etiqueta puesta a una serie de escritores que, no poseyendo rasgos estilísticos comunes, se dieron a conocer en la década 1915-25. En este supuesto grupo, junto a Valle-Inclán, Ortega, D’Ors y Pérez de Ayala, se coloca a M., cuya obra arranca del modernismo poético pero con unas notas tan propias, con un mundo novelesco tan su¡ generis, que no deja resquicio a una posible fusión con el resto de sus coetáneos. Considerada su obra en conjunto, novelas y relatos, podríamos incluirla dentro de un posmodernismo impresionista fuertemente sensorial. M. es un auténtico poeta en prosa, un formidable paisajista y un hombre profundamente enamorado de su tierra. Le atrajo el mundo mediterráneo en su plenitud y lo describe como un inmenso panorama sin perspectiva, siempre sugerente y horizontal, como un cuadro de los primitivos italianos, lleno de color suavemente matizado por la intensidad cegadora de la luz. La evocación palestiniana de Figuras de la Pasión, el perfume de los azahares de los jardines romanos, el contraste entre una vegetación lujuriante y un terruño calcinado, no es ni más ni menos que la transposición espacial delpaisaje alicantino, tantas veces soñado y pintado por él. Por ese paisaje desfila una galería humana pintoresca y variada. El hombre pobre, el estudiante enamorado, la mujer pasional, el campesino o el ángel. Un rasgo común les identifica, su bondad natural, una resignación melancólica nacida del fracaso, rasgo pertinente de su vida como burócrata.Hay un cierto regusto en el empleo de arcaísmo, en el léxico de carácter local sabiamente dosificado. Con ello consigue llenar de poesía sus narraciones y evocar el mundo ancestral de sus personajes. El primitivismo en el arte tiende a conseguir efectos de naturalidad, y esos efectos están plenamente logrados. El objetivo de su cámara recorre con lentitud el paisaje tostado por un sol implacable. En él se desliza la vida sencilla de unos hombres apegados a sus rutinarias costumbres; unos seres sin perspectivas, que saben lo que sucederá mañana y que viven contentos con su suerte, hasta el punto de eliminar violentamente todo aquello que pueda perturbar su monótona paz. Recordemos la íntima tragedia de bellas estampas como El oracionero y su perro, El ángel, o bien la de novelas extensas como Las cerezas del cementerio (1910). La prosa poética de M. no ha sido aún superada. La maestría en describir, la extraña sugerencia de vagos poderes misteriosos, atraen irresistiblemente. No pudo tener continuadores, porque el sello tan personal de su mundo de ensueño hacía que en sí mismo se agotaran todas las posibilidades. M. no es novelista. La técnica y forma de la auténtica novela escapan en cuanto las aplicamos a su producción. Los capítulos se hilvanan levemente y se quiebra la conciencia de unidad. Dichos capítulos son motivos poéticos de suma belleza, de edénicos jardines sensuales en los que como ráfagas se purifican sus personajes, muchos de los cuales representan al mismo poeta, hecho amor en Sigüenza y lleno de pasión en Félix.P. CORREA RODRÍGUEZ.
BIBL.: G. MIRÓ, Obras completas, ed. C. MIRó, 4 ed. Madrid 1961; V. RAMos, El mundo de Gabriel Miró, Madrid 1964; J. GUARDIOLA, Biografía íntima de Gabriel Miró, Madrid 1935; G. KAUL, El estilo de Gabriel Miró, "Cuadernos de Literatura" IV (1948) 97-138; V. RAMOS, Vida y obra de Gabriel Miró, Madrid 1955; A. W. BECKER, El hombre y su circunstancia en las obras de Gabriel Miró, Madrid 1958; J. VAN PRAAG, Gabriel Miró ou le visage du Levant, terre d’Espagne, París 1959; C. SÁNCHEZ, Gabriel Miró y su obra, Valencia 1960; M. BAQUERo, La prosa neomodernista de Gabriel Miró, Murcia 1952.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.