Mester de Juglaría LIT.
Categoria:
Literatura
¡Dificultad de una definición formal. La expresión m. de j. (menester u oficio de juglares) no ha de entenderse como definición de un género literario sino como una referencia a un panorama de literatura en la Edad Media, pero que adquiere un especial florecimiento en los s. XII y XIII con la aparición de importantes obras en lengua romance. Es un panorama multiforme en el que se incluyen géneros distintos, la épica, la lírica, la literatura hagiográfica, la de debates, la de tema bíblico, etc. Más que un género literario el m. de j. es una forma de entender el fenómeno poético íntimamente asociada con un modo de vida, el del juglar.Sus orígenes se remontan a la Alta Edad Media, época en la que la única lengua escrita es el latín, lengua de una minoría culta, extraña al resto de la comunidad. Hemos de suponer, por tanto, que el carácter oral de esta poesía en lengua vulgar se refiere no sólo al momento de su ejecución ante un público, sino asimismo al momento de su composición. No sabemos exactamente qué normas guiaban esa composición, pero sí podemos asegurar que se trataba de una poesía pensada y compuesta para ser cantada ante un público, con o sin acompañamiento de música. Cuando los clérigos (hombres de letras), conocedores de la tradición latina escrita, comienzan a escribir sus obras en romance, lo hacen convencidos de la superioridad artística de su nuevo mester, el m. de clerecía (v.), sobre el más antiguo y polifacético de los juglares. He aquí una conocidísima cuarteta del Libro de Alexandre, hacia mediados del s. XIII: "Mester trago fermoso, non es de íoglaría, / mester es sen pecado, ca es de clerezía, / fablar curso rimado por la cuaderna vía / a síllabas contadas, ca es gran maestría".En efecto, la poesía juglaresca era mucho menos exigente en cuanto a la rima y no estaba sujeta a un número determinado de sílabas por verso.Contemplada la literatura medieval española en su conjunto, es decir, incluyendo las obras del m. de clerecía, la distinción entre regularidad e irregularidad en la versificación no es, sin embargo, tan tajante como pudieran dar a entender las palabras del Alexandre. "Al leer la poesía medieval española -ha dicho Henríquez Ureña-, la escrita hasta fines del siglo XIV, desde luego advertimos que nunca ofrece absoluta regularidad silábica, absoluta precisión métrica, comparable a la de los poetas modernos, sino diversos grados de irregularidad, de fluctuación, que se escalonan desde la relativa anarquía del Cantar de Mío Cid hasta la uniformidad artificial de Berceo" (Estudios de versificación española, Buenos Aires 1961).Esta cuestión de la irregularidad de la poesía medieval y, en especial, de la de tipo juglaresco ha sido objeto de numerosas polémicas. Hoy, tras los estudios de M. Milá i Fontanals primero y más tarde los de Menéndez Pidal y P. Henríquez Ureña, es necesario aceptar, al menos por lo que se refiere a la poesía épica, "la maraña de una versificación primitiva irregular, ajustada a leyes totalmente desconocidas para nosotros" (Menéndez Pidal, Cantar de Mío Cid. Texto, gramática y vocabulario, Madrid 1944-46, 83). La más moderna investigación sobre poesía oral narrativa ha confirmado estas palabras del gran investigador español. Los estudios de Milman Parry y su discípulo y continuador Albert B. Lord sobre la tradición poética oral de tipo narrativo en Yugoslavia, tradición aún viva, estudiada sobre el terreno, han puesto de manifiesto la existencia de una técnica de composición poética que nada tiene que ver con convencionalismos de tipo métrico pertenecientes a un tipo de poesía ligada al lenguaje escrito. "Es un extraño fenómeno... -dice Lord- el que hombres eminentes... capaces de formular las más ingeniosas especulaciones, no hayan podido comprender que pudiese haber otra manera de componer un poema distinta de la conocida en el campo de su propia experiencia" (The Singer of Tales, Cambridge, Mass. 1964, 11).La irregularidad métrica de la poesía juglaresca española cede progresivamente el terreno a la poesía de sílabas contadas a medida que la tradición oral se convierte en escrita. De rechazo, aun en la más avanzada tradición poética escrita de finales de la Edad Media, se deja sentir la influencia de la irregularidad silábica y el ritmo acentual que caracteriza la mayor parte de lo que normalmente se incluye dentro del m. de j.Los juglares. Si, como decíamos, la poesía juglaresca se desarrolla en íntima conexión con el modo de vida de los juglares, es necesario tener una idea de quiénes eran éstos. Para Menéndez Pidal, "juglares eran todos los que se ganaban la vida actuando ante un público, para recrearle con la música, o con la literatura, o con la charlatanería, o con juegos de manos, de acrobatismo, de mímica, etc.) (Poesía juglaresca y juglares, Madrid 1924, 3). Según Gaston Paris y Edmond Faral (E. Faral, Les jongleurs en France au Moyen Áge, París 1910), es en el s. IX cuando por primera vez se encuentran en textos de la Romania menciones de la palabra juglar como indicativa de una profesión con características similares a la de los juglares posteriormente conocidos. En España, según Menéndez Pidal, "las primeras menciones seguras del nuevo nombre son de 1116 y 1136, en que aparecen juglares en Sahagún y en la corte de León". Esto no quiere decir, naturalmente, que no existieran juglares tanto en España como en el resto de la Romania antes de esas fechas. De todas formas, parece que las características peculiares del juglar medieval, para distinguirlo de los más antiguos scopas germánicos y de los mimos e histriones de la época romana, comenzaron a perfilarse con bastante nitidez hacia finales del s. VIII o principios del IX.Los juglares heredaron de los mimos romanos toda una serie de habilidades escénicas y de los scopas germánicos el canto épico. De estos últimos se diferencian los juglares especialmente porque el antiguo cantor bárbaro era un guerrero más, el canto épico no constituía en su caso un tipo diferenciado de profesión, no se ganaba la vida con ello. El origen de este aspecto épico del juglar guarda estrecha relación con el de los comienzos de la epopeya románica, cuestión compleja y muy discutida (v. Menéndez Pidal, La epopeya castellana a través de la literatura española, Buenos Aires 1945; y Los godos y la epopeya española, Buenos Aires 1956). En España se acepta generalmente la opinión de Menéndez Pidal sobre el origen germánico de la epopeya románica y su largo periodo de gestación y desarrollo hasta llegar a los grandes poemas épicos del s. XII, los primeros que se conocen y cuyos más elevados exponentes son la Chanson de Roland en Francia y el Cantar de Mio Cid en España (v. una discusión de este complejo asunto en Italo Siciliano, Les origines des Chansons de Geste. Théories et discussions, París 1951).Junto al juglar surgen una serie de tipos afines. De entre éstos destaca la figura del trovador (v.), que surge en el sur de Francia en el s. XI. En torno a la figura del trovador se articula una de las manifestaciones literarias más interesantes de la Edad Media europea, la poesía provenzal (v.). "En Castilla el nuevo nombre se documenta 80 años después que la voz juglar, con la firma de cierto `Gómez trobador’" (Menéndez Pidal, Poesía juglaresca, 12). El trovador se diferencia del juglar por ser un poeta "más culto y no ejecutante", "aunque cantase en público a "veces, no lo hacía por oficio, y aunque muchas veces fuese pobre, era siempre el poeta de las clases más cultas" (o. c., lI-12). Muchos juglares llegaron a establecerse de manera permanente en la corte de los reyes o en los palacios de los nobles, convirtiéndose muchas veces en consejeros o confidentes de sus señores. Este juglar cortesano es el que a partir del s. XIV abandona su nombre de juglar para adoptar el más moderno, venido de Francia, de menestrel o ministril. "El juglar cortesano, además de haber perdido casi por completo el poetizar, abandona cada vez más el canto, viniendo a dejar su oficio reducido al de simple músico, o al inferior de bufón" (o. c. 22; Faral, o. c., cap. IV).Juglares épicos y juglares líricos. Tal vez sea ésta la distinción más importante que pueda establecerse dentro de ese mundo abigarrado, pintoresco y lleno de colorido de la juglaría medieval. No se trata, en realidad, de una distinción rigurosa por géneros literarios, sino más bien de dos subtipos dentro del tipo general que llamamos m. de j. Es decir, estableciendo la distinción sobre una base humana y no sobre características formales, pues éstas, aunque existen, no han sido aún suficientemente sistematizadas. El objetivo fundamental de esta diferenciación es el de destacar dentro de ese mundo juglaresco la figura del cantor de gestas heroicas; figura siempre anónima en la epopeya castellana, pero de cuya personalidad y brío tenemos la evidencia más concluyente en el ejemplo del Cantar de Mío Cid. Estas figuras anónimas contrastan, como dice Menéndez Pidal, "con la vocinglera reunión de los juglares de la lírica, tan bullentes de vida, de expresión y de individualidad" (Poesía juglaresca, 310). Si una historia de la juglaría medieval sólo se ha podido escribir debido a la abundancia de testimonios sobre los juglares líricos, no fueron ellos precisamente los que crearon la más genuina poesía juglaresca. "El juglar de poesía lírica cuando compone versos, más que desenvolver un arte propio, procura asociarse al arte refinado del trovador. Ahora, por el contrario, si la persona del juglar épico nos va a quedar desconocida, su obra nos revelará una robusta poesía juglaresca" (o. c., 311).Por eso cuando hablamos del m. de j. como una manifestación literaria con personalidad propia, no sujeta a los convencionalismos formalistas de la poesía culta, manifestación enraizada en la tradición comunitaria no escrita, hemos de pensar en primer lugar en el canto épico. Aun de una épica de aspecto mucho más cortesano que la castellana, como es la francesa, se ha podido decir que "a despecho de algunos esfuerzos... por dar a la epopeya un tono aristocrático, el género continuó siendo, como lo había sido en su origen..., eminentemente popular" (Faral, o. c., 196). En España se ha conservado una versión erudita de un tema épico, el Poema de Fernán González (v. la ed. de A. Zamora Vicente, Clásicos castellanos, Madrid 1954), escrito seguramente por un monje del monasterio de San Pedro de Arlanza, ca. 1250. Se trata de un poema híbrido, mezcla de crónica rimada y canto épico. A pesar de este esfuerzo aislado, no podemos hablar realmente de una épica culta. Cuando los cantos épicos, obras de gran extensión, de miles de versos, entraron en decadencia, no se transformaron en género erudito sino en un género distinto, el de los romances, composiciones mucho más cortas y de carácter épico-lírico (v. ROMANCERO), que han mantenido el recuerdo de las antiguas gestas durante largos siglos.Resulta interesante constatar que mientras los juglares líricos y, junto a ellos, los llamados goliardos, clérigos de vida ajuglarada creadores de una curiosa poesía goliardesca (v.) en latín sobre temas casi siempre lascivos, vagabundos por todos los rincones de Europa, fueron repetidamente condenados por la Iglesia, los juglares de gesta recibieron siempre un trato respetuoso. Por otra parte, los cantos épicos forman parte integrante de la primera historiografía europea, al ser utilizados como fuentes de información histórica por los cronistas.La épica en las crónicas. Un estudio atento de las crónicas españolas, desde las primeras en latín hacia finales del s. IX hasta las últimas castellanas de los s. XIV y XV, ha hecho posible afirmar la existencia de una floreciente literatura épica de la cual sólo nos han llegado en su forma poética las siguientes obras: el Cantar de Mio Cid, de hacia 1140, conservado en un manuscrito de principios del s. XIV; el Cantar de las mocedades de Rodrigo, también llamado Crónica rimada del Cid, que data de finales del XIV o principios del XV, de escaso interés poético, versión muy tardía de un cantar más antiguo (v. CID CAMPEADOR II), y, por último, unos cien versos, resto de un antiguo cantar escrito probablemente a principios del s. xiii, a imitación de la Chansonde Roland (v.) francesa, versos descubiertos por Menéndez Pidal en el Archivo Provincial de Pamplona y publicados por él mismo en 1917 ("Rev. de Filología Española" IV, 105-204). En el pasaje encontrado se narra el doloroso momento en que Carlomagno descubre el cadáver de Roldán en el paso de Roncesvalles. He aquí todo lo que se ha conservado de ese panorama de la épica medieval española (v. ÉPICA, 3d 7).Sin embargo, a pesar del proceso de prosificación que sufren los cantares de gesta al ser incorporados a las crónicas, es a veces posible en algunos pasajes identificar la versificación original. Tal ha hecho Menéndez Pidal con el Cantar de los siete, infantes de Lara o de Salas (La leyenda de los infantes de Lara, Madrid 1896, y en Obras Completas de Ramón Menéndez Pidal, 1, Madrid 1934) y Julio Puyol y Alonso con el Cantar de Sancho II (Madrid 1911). De los temas épicos conocidos a través de las crónicas el más antiguo es el del rey Rodrigo y la traición del conde D. Julián, es decir, un grupo de leyendas en torno a la caída de la monarquía visigoda y la invasión musulmana (Menéndez Pidal, Rodrigo, el último godo, 62, 71 y 84 de la col. Clásicos castellanos). Entre otros muchos cantares prosificados en las crónicas, cabe citar el de Bernardo del Carpio (W. T. Entwistle, The `Cantar de Gesta’ of Bernardo del Carpio, "Modern Language Rev.", XXIII, 1928, 307-322, y A. B. Franklin, A study of the origins of the legend of Bernardo del Carpio, "Hispanic Rev.", VI, 1937, 286-303), el Cantar de la condesa traidora (Menéndez Pidal, Historia y epopeya, Obras Completas, 2, Madrid 1934), el Romanz del Infant García (ib.), el del Abad don Juan de Montemayor (ib.) y el de La mora Zaida (Menéndez Pidal, La España del Cid, 11, 1947, 760764). Como ya hemos indicado debió de existir un cantar épico sobre el Conde Fernán González distinto y anterior al poema culto que se ha conservado.Otras obras del mester de juglaría. Aparte de las narraciones de tipo épico, fueron muy comunes en la Edad Media las de vidas de santos o sobre temas de inspiración bíblica. Eran composiciones destinadas también a su ejecución ante el público. Por esta razón, así como por su irregularidad métrica y por su espíritu sencillo y francamente popular, cabe citar como ejemplos de este m. las dos obras siguientes: El Libre dels tres Reys d’Orient (Menéndez Pidal, Poema de Mio Cid y otros monumentos de la primitiva poesía española, Madrid 1919) y la Vida de Santa María Egipciaca (ed. Foulché-Delbosc, col. Textos castellanos antiguos, 1, Barcelona 1907). La Vida es una imitación de un poema francés del mismo nombre. En ambas obras abundan los rasgos dialectales aragoneses.Otro tipo de literatura, en metros cortos y cambiantes, con rasgos juglarescos, es el llamado género de los debates. Ejemplos de estos debates son la Disputa del alma y el cuerpo, encontrada en un manuscrito de 1201; los Denuestos del agua y el vino, y un delicioso fragmento conocido con el nombre de Elena y María, donde las dos mujeres disputan sobre los méritos de sus respectivos enamorados, un caballero y un clérigo (Menéndez Pidal, Poema de Mio Cid y otros monumentos...).Dentro ya de la expresión lírica propiamente dicha, influida desde un principio por las formas cortesanas, cabe citar como ejemplo interesante, probablemente el más antiguo conocido de la lírica castellana, la llamada Razón de amor, compuesta por quien afirma ser "un escolar" que "moró mucho en Lombardía / pora aprender cortesía". Es obra de clara influencia provenzal (ed. Menéndez Pidal, "Rev. Hispanique", XIII, 1905). El problema de la lírica medieval y sus orígenes constituye por sí solo un tema aparte que continúa apasionando a los investigadores (cfr. Menéndez Pidal, La primitiva lírica europea. Estado actual del problema, "Rev. de Filología Española", XLIII, 1960, 279-354). Si el florecimiento de los cantos épicos se halla en íntima conexión con la figura del juglar, en el caso de la lírica, aunque formaba parte del repertorio de los juglares, el problema es bastante más complejo. Los juglares sirvieron más bien como vehículo de difusión de la poesía lírica, no fueron sus más importantes creadores, que hay que buscarlos, por el contrario, entre los poetas cortesanos, personajes, a veces, tan importantes como el rey Dionís de Portugal o Alfonso X el Sabio (v. CANCIONEROS).C. BANDERA GÓMEZ
V. t.: CASTELLANA, LITERATURA II; MESTER DE CLERECÍA. BIBL.: Aparte de la citada, puede consultarse N. MILÁ I FONTANALS, De la poesía heroico-popular castellana, Barcelona 1874, reed. M. DE RIQUER Y I. MOLAS, Barcelona 1959; G. BONIFACIO, Giullari e uomini di corte nel 200, Nápoles 1907; R. MENÉNDEZ PIDAL, Reliquias de la poesía épica española, Madrid 1951
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