Medicina Ii. Historia HIST.
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Historia
1. Introducción. Si la enfermedad es algo que sigue a la vida como la sombra al cuerpo, se comprende que la historia de la M. haya de remontarse a los albores mismos de la Humanidad, al instante en que un hombre se dio cuenta de que podía prestar ayuda a un semejante herido o enfermo. Esta primaria actitud de inclinarse hacia el doliente y hacer algo a su favor -contener una hemorragia, friccionar una zona dolorida, abrigar a un febricitante, etc- está en la raíz misma de todo acto médico. Y cuando los datos aprendidos por casualidad o por intuición, y las ideas derivadas de mitos y creencias, vayan cuajando en un conjunto más o menos articulado de práctica y de saberes, tendremos ya una M. no por rudimentaria menos auténtica; somero y confuso esbozo de lo que a lo largo de los siglos se irá perfilando y enriqueciendo hasta dibujar el cuadro, tan rico y complejo, de la M. actual. Un empeño tenazmente perseguido por saber lo que es la enfermedad y por lograr vencerla en el hombre es la historia de la M. Su relato evoca la sucesión de las actitudes asumidas frente a tan radical problema humano.2. Medicina primitiva y arcaica. A falta de documentos escritos, la actitud de los pueblos primitivos del pasado frente a la enfermedad se atisba por algunos restos prehistóricos -fracturas consolidadas, trepanaciones craneales, etc.-, pero se deduce sobre todo del estudio de las ideas y prácticas médicas de los primitivos actuales. la Etnología ha demostrado, junto con infinita variedad de detalles, cierta profunda unidad de concepción fundamental: la M. primitiva es una fusión de empirismo y magia; de prácticas manuales y medicamentosas, con frecuencia adecuadas al caso, pero que se aplican sin conocer la razón de su eficacia, y de concepciones mágicas que acusan la acción patógena de fuerzas misteriosas a las que es preciso contrarrestar con procedimientos no menos enigmáticos. La M. mágica es una constante en los pueblos que estos hombres constituyen, los cuales ven en la enfermedad algo -una cosa o un espírituque se mete en el organismo, contra lo que hay que protegerse con amuletos y a lo que procede expulsar con conjuraciones y ritos conminatorios; o bien, algo que se escapa del cuerpo y que hay que hacer retornar. Algunos miembros de la comunidad, dotados de especial poder, ejercen esta función médico-mágica, para la que suelen recibir una peculiar iniciación. Con frecuencia, la magia (v.) y el empirismo se funden, con lo que remedios que hoy juzgamos naturales se implican en el contexto de una explicación mágica de su eficacia; el brujo o chamán puede aplicar buenos remedios, pero sin fundamento racional alguno (v. CHAMANISMO).Ésta es la actitud de todas las antiguas civilizaciones, aun cuando los documentos escritos las traigan ya a la plena luz de la Historia. Sin duda que en estas formas de vida, más estructuradas y ricas, la M. progresa y se diferencia, y así se puede hablar de M. egipcia, asiriobabilónica, india o china, de los milenios que preceden a nuestra Era, con sus logros peculiares bien conocidos y muy apreciables en diversos aspectos. Pero en el fondo, aquellos médicos, ya bien definidos profesionalmente e incluso especializados, siguen actuando con un empirismo teñido de magia. Es lo que se advierte en la amplia colección de remedios contenidos en el papiro de Ebers -hacia 1600 a. C., que recoge datos todavía más antiguos-, o en las tabletas de escritura cuneiforme de la biblioteca de Asurbanipal: complejas preparaciones medicamentosas que con frecuencia han de elaborarse al ritmo de encantamientos o bajo influencias astrales. (Se recuerda que aun en griego hechicería se dice farmakeía). Con todo, el empirismo se enriquece con la trasmisión y el intercambio de conocimientos que aquellas culturas permiten, acumulándose saberes que desde Egipto, Mesopotamia y el valle del Indo pasarán a la M. griega, o que más tarde nos llegarán desde el Oriente Lejano, como ese procedimiento curativo de la acupuntura china que está cobrando nueva actualidad.Tanto la práctica, como la incipiente teoría que expresan los textos médicos de las antiguas civilizaciones, seven influidas por sus respectivas mitologías; y así, la teúrgia (v.) es otro factor a considerar, especialmente en los pueblos semitas, cuyo sentido religioso les lleva a valorar más que otros la responsabilidad personal y el castigo divino, con lo que la enfermedad se considera aneja al pecado y la curación a la penitencia, mientras que la mántica adquiere valor diagnóstico.3. Medicina técnica. Si la técnica es un "hacer sabiendo el porqué de lo que se hace", una operación con base científica, y si eso es lo que sigue realizando el médico de hoy, se comprende que nuestra M., como tantas otras cosas nuestras, haya nacido en Grecia. No es que en las costas del Egeo no se hubiera dado una M. primitiva como en cualquier otra parte: testigo es el epos homérico, desde la peste con que Apolo castiga a los aqueos, en el primer canto de la Ilíada; sino que allí se produciría más tarde, en los s. vi-v a. C., un proceso original e irrepetible de racionalización y naturalización de la M., que iba a marcar el camino de todo el progreso ulterior. Aquellos pensadores que, en las ciudades jónicas -Mileto y Éfeso- o en las colonias de la Magna Grecia -Crotona, Elea, Agrigento-, libres de prejuicios míticos, tratan de explicar racionalmente la realidad sensible en la que ven un conjunto unitario, fecundo y ordenado, al que llamarían Physis o Naturaleza, elaboran los supuestos de toda M. física, lógica, experimental. Verdaderos "fisiólogos" -los que aplican el logos a la physis-, los presocráticos proporcionan los supuestos de la M. natural. El cuerpo humano es una parte de la Naturaleza total, formado por las mismas cuatro "raíces" -aire, tierra, fuego y agua- que los demás seres (Empédocles); el buen equilibrio de las cualidades contrapuestas -caliente y frío, seco y húmedo, salado y dulce, etc-, la eucrasía, es la salud; mientras que el desequilibrio causado por un agente perturbador -el medio ambiente, la alimentación, etc.- lleva a la enfermedad (Alcmeón). Sobre esta base, los médicos griegos de la época clásica -los asclepíadasirán elaborando un arte médico que se expresa en los escritos que la tradición helenística había de agrupar en el llamado corpus hippocraticum.En la obra de Hipócrates (v.) puede entreverse la unidad y el sentido que subyace a la diversidad de estos escritos; baste resaltar la radical y fecunda novedad de un quehacer médico que ve en la enfermedad un simple proceso natural alterado (diátesis paraphysin), que se manifiesta por síntomas cognoscibles y que expresa un esfuerzo de la propia naturaleza cuyo desarrollo puede ser previsto y su buen éxito ayudado por el médico En su versión definitiva, el "hipocratismo" ve al hombre constituido por cuatro humores -sangre, flema, cólera y melancolía- que se corresponden con los cuatro elementos y que son portadores de las posibles combinaciones de lo caliente y lo frío, con lo seco y lo húmedo; el predominio moderado de un humor marca los diversos temperamentos, que aún se designan del mismo modo en el lenguaje habitual; si éste es excesivo hay una discrasia que es preciso corregir con la dieta adecuada, entendida como régimen de vida y la medicación.El médico ha de tener en cuenta la adecuación del temple corpóreo al del medio ambiente en el que se halla (katástasis) y ayudar a la naturaleza, sin intervenciones intempestivas. No es que, después de todo esto, magia y teúrgia hayan desaparecido; ahí está su pervivencia en el culto de Asclepio sanador y en las demás prácticas de tipo primitivo (cfr. L. Gil, Therapeia, Madrid 1969). Pero sí que se inicia entonces un modo radicalmente nuevo de hacer y de pensar la M. dotado de una irrefrenable fuerza de propulsión.4. El galenismo. "Los griegos piden sabiduría", escribiría S. Pablo; son los griegos de su época, del helenismo posterior a la empresa de Alejandro, que ya no se conforman con los simples saberes prácticos de sus predecesores. Signo de tal actitud es la obra biológica de Aristóteles (v.) y su discípulo Teofrasto y de la serie de investigadores del Museo de Alejandría, entre los que destacan los médicos Herófilo y Erasístrato. Se sabe ya mucho de la estructura y el funcionalismo orgánicos y se cuenta con bien elaborados métodos de investigación racional. Por ello, se diversifican las escuelas médicas -"dogmática" de Diocles de Caristos, "empírica" de los alejandrinos-, hasta llegar, ya en el ambiente de la hegemonía romana, al "metodismo" de Asclepíades, de Themisón y de Sorano, basado en el atomismo de Demócrito, contra el que habría de luchar el eclecticismo de raíz hipocrática llevado a Roma en el s. II d. C., por Areteo de Capadocia y por Galeno de Pérgamo, griegos ambos como casi todos los grandes médicos del Imperio.Grande fue la obra del pergameno (v. GALENO) y dilatada su proyección ulterior. Cabe ahora recordar su esquema fisiopatológico, que iba a ser la pauta de la M. hipocrática, arábiga y latina, hasta bien entrado el s. XVII. Tres órganos principales: corazón, hígado y cerebro, son las sedes respectivas de cada una de las facultades anímicas (dynámeis) que rigen el movimiento orgánico: la vital (d. zotiké), la natural (d. physiké) y la animal (d. psykhiké) ; tres digestiones sucesivas elaboran el nutrimiento: la primera, en el tubo digestivo, engendra el quilo que por la vena porta llega al hígado, allí se genera la sangre que por las venas del sistema cava va a todos los miembros y, por fin, cada órgano asimila la sustancia aportada que le conviene. Por otra parte, la vida y el calor emergen del corazón por el siguiente mecanismo: una porción de la sangre pasa del ventrículo derecho al izquierdo por presuntos poros del tabique; allí se mezcla con el aire llegado por las venas pulmonares, y esta sangre "vitalizada" va a todo el cuerpo, gracias a la fuerza del pulso -dynamis sphygrniké-, por las arterias. En cuanto al cerebro, elabora el pneuma psykhikón que por los nervios va y viene portador de la sensibilidad y el movimiento.Para Galeno, la enfermedad -en la que la clásica alteración de humores se complica con las perturbaciones del funcionalismo descrito y con los cambios de la morfología orgánica- es un estado preternatural por el que las funciones corpóreas padecen de modo sensible e inmediato. Y deseoso de un conocimiento realmente científico, en la línea aristotélica, elabora una completa etiología general en la que se distinguen las causas "procatárcticas, proegúmenas y sinécticas": los agentes exteriores al organismo, la disposición constitucional de éste y las lesiones patológicas del mismo, respectivamente. Del mismo modo, trabaja intelectualmente la doctrina de los accidentes de la enfermedad que a los ojos del clínico son síntomas de la afección, así como el proceso racional del juicio diagnóstico que aquilatando estos datos llega a etiquetar cada proceso con el nombre adecuado, pues cada enfermo ofrece la individualización de una enfermedad específica. Toda la M. subsiguiente va a ser o prosecución de este esquema o esfuerzo para desmontarlo.Ya un paisano de Galeno, Oreibasio, al concluir el s. IV, hará una amplia síntesis y una apretada sinopsis de la doctrina antedicha, marcando la línea que tantos habían de seguir, tanto en griego por entonces -así Aecioy Alejandro en el s. VI-, como más adelante sería en árabe y en latín.Al comenzar la Edad Media, las invasiones germánicas hicieron desaparecer casi por completo la ciencia médica en Occidente. En Oriente, la M. bizantina se hallaba como en conserva, sin originalidad, ni vigor. Pero, después de que ocuparan los árabes las regiones de Siria y la ciudad de Alejandría se harían depositarios de la sabiduría griega allí acumulada. Fue en el s. ix, en el esplendor del califato de Bagdad, cuando se tradujo al árabe los más granado de aquel saber, por obra sobre todo de los nestorianos sirios, entre los que destaca la figura de Hunain ibn Isaac. Gracias a esta trasmisión cultural florece la M. islámica, por obra de autores persas de la talla de Razés (ca. 865-925), clínico práctico de notable agudeza, autor de una enciclopedia médica y de valiosas monografías; enciclopédica es también la obra de Alí Abbás (m. 994); pero sería Avicena (v.), cuya estela de médico ha sido aún más brillante que la de filósofo, quien alcanzaría la cúspide de la M. arábiga y quien sintetizaría el galenismo de forma acabada, en las páginas del justamente llamado Canon, que en efecto iba a ser la regla de siete centurias de galenistas. En Egipto brilla por entonces (s. x) el judío Isaac; y en España (al-Andalus), se centra en el s. xii un rebrote de la M. arábiga que no desmerece del oriental: de Córdoba son Abulcasis, Averroes (v.) -autor de un tratado de teoría médica- y el judío Maimónides (v.); en Sevilla se suceden los médicos de la familia Ibn-Zuhr, en la que destaca el llamado Avenzoar por los latinos (1092-1162).Pero el hecho de mayor trascendencia cultural ocurrido en nuestro suelo es la segunda trasmisión del saber antiguo, la serie de versiones del árabe al latín, hechas en Toledo, en ese mismo s. xn, de las obras de Hipócrates y Galeno, de Razés y Avicena, y de tantos otros, que iban a dar la necesaria base literaria a la enseñanza a impartir en las flamantes universidades europeas. Antes de esta trasmisión masiva había florecido la célebre escuela médica de Salerno, dotada de fino sentido práctico; y algunos escritos clásicos se habían introducido por allí, con las aportaciones de Constantino el Africano (s. XI). Ahora, la M. escolástica toma cuerpo en la escuela de Montpellier, con maestros tales como el francés Bernard Gordon y el catalán Arnau de Vilanova (v.), imitada pronto por las de Padua, Bolonia, París, etc., en las que se formula y propaga el galenismo latino.La novedad histórica del Renacimiento, que exige nuevo párrafo en tantos aspectos de la cultura, apenas si se advierte en el de la M.; en sentido estricto se entiende, sin contar los saberes que le sirven de apoyo, pues es en el s. XVI cuando surge la nueva Anatomía (v.) al impulso genial de Vesalio (v.). Y es que los médicos humanistas disponen ahora de un Galeno de primera mano, en excelentes ediciones del original griego o de versiones latinas directas, y así son aún más galenistas que sus colegas medievales. Nueva y excelente síntesis de la M. tradicional es la que contiene la Universa Medicina del parisino lean Fernel (1497-1558) o la que se aprecia en la extensa producción del vallisoletano Luis Mercado (1520-1606). Muchos clínicos eminentes de esta época habría que citar, y entre ellos un buen puñado de españoles, pero baste con la referencia a Girolamo Fracastoro, de Verona (1478-1553), prototipo del médico humanista, creador de una doctrina del contagio y cantor, en su poema Syphilis, del nuevo morbo que a la sazón causaba estragos. Pero sólo hay dos inconformistas notorios: el genial Paracelso (v.) y el polifacético y desmedido milanés G. Cardano (1501-71); cada uno a su modo, más violento y sistemático el primero, ataca el sistema galénico universalmente recibido.5. La crisis del galenismo. Había que esperar el tránsito a una situación intelectual más madura, al mecanismo y racionalismo del s. xvii, para que los intentos tímidos o audaces de renovación médica encontraran tierra en que arraigar. La ciencia nueva escrita en lenguaje matemático por Galileo (v.) y Kepler (v.), el empirismo metódico de F. Bacon (v.) y el Discurso del método cartesiano, abren paso a un nuevo concepto del movimiento y a una nueva sistemática de investigación que llevará a la fisiología moderna, cifrada en el descubrimiento de la circulación de la sangre (V. HARVEY) y en los estudios sobre la contracción muscular de Fabrizio, Borelli y Niels Stensen (v.).El microscopio pone ante los ojos de M. Malpighi (1628-94; v.) y de A. Van Leeuwenhoek (1632-1723) complejas estructuras orgánicas; ya no se puede hablar de la homogeneidad del fluido hemático o del parénquima de los órganos; y la idea de fibra sustituye a la de humor como constitutivo elemental de los seres vivos. Sólo entonces conocerá el galenismo la seria competencia de otras dos formas de ver la M.: la yatromecánica, en la línea de la moda fisiológica del momento -de las fibras y de las fuerzas mecánicas-, cuya figura preeminente será Giorgio Baglivi (1668-1707); y la yatroquímica, tardía heredera de Paracelso, con sus fermentaciones y sus principios de acción biológica -archeusque llevan a una concepción química de la alteración básica del proceso patológico: son sus pontífices el belga Van Helmont (1578-1644), el holandés De la Boé (161472) y el inglés Willis (1622-75), quienes también supieron aplicar el cálculo y la experimentación a la comprobación de sus ideas.En medio de estas tres corrientes doctrinales destaca el deliberado empirismo de T. Sydenham (v.), queriendo prescindir de toda hipótesis para buscar en el enfermo los signos ciertos y constantes que definan la "especie morbosa" que padece. Es la actitud que acogería el gran H. Boerhaave (1668-1738), excelente clínico, cabeza de la escuela de Leiden, donde enseñaba y, a través de sus discípulos G. Van Swieten y Anton de Haén, inspirador de la dilatada y eficiente escuela de Viena El sentido práctico de Boerhaave, que será el dominante en la clínica del s. xvin, no le libra de formular un peculiar sistema fisio-patológico completo. Lo mismo hacen, aunque con criterio más cerrado y apriorístico, sus coetáneos alemanes G. E. Stahl y F. Hoffmann; los títulos de su,; obras fundamentales, Theoria medica vera y Medicina rationalis sistemática, son bien expresivos de su intención totalizadora.6. Génesis de la clínica moderna. La Medicina anatomoclínica. Después de tales tanteos, una M. del corte de la que hoy se hace va a surgir por fin, a principios del s. XIX, en el París de la Revolución y el Imperio. Será la confluencia de una serie de corrientes que atraviesan el s. XVIII y que podemos enumerar en breve párrafo.Está en primer lugar el sentido clínico práctico, al que acabamos de aludir, heredero del concepto de "especie morbosa". Junto a él y en la misma línea, un afán de investigación anatomo-patológica, de apreciar en el cadáver las lesiones morbosas, el cual culmina en la magna obra de Morgagni (v.), publicada en 1761. Tiene, en cambio, una intencionalidad más teorética y artificiosa el afán clasificatorio que anima las obras básicas de unSauvages (1760) o de un Pinel (1789); puesto que el médico maneja "especies morbosas", dicen, hagamos con ellas una taxonomía análoga a la que los botánicos han trazado para las especies vegetales. Y por encima de estos hechos y estas especulaciones, trataba de explicar la peculiaridad de los fenómenos vitales -y por ende de los patológicos- una doctrina dominante, cada vez más perfilada: el vitalismo; siguiendo las huellas del gran fisiólogo suizo Albrecht von Haller (1708-77), que encontraba en determinadas estructuras vivientes una fuerza irreductible a las físico-químicas de la materia: la "irritabilidad" o capacidad de responder vitalmente a un estímulo. Esta noción iba a ser elaborada por los médicos: de una parte en Montpellier, por obra de T. Bordeu (1722-76) y P. G. Barthez (1734-1806), llegando a definirse como característica diferencial de los seres vivos una "fuerza vital" de la que deriva la peculiaridad de los procesos que en ellos se verifican; de otra parte en Escocia, gracias a W. Cullen (1712-90) y John Brown (1735-88), que tienen muy en cuenta el tono de las fibras vivientes y el grado del estímulo que lo mantiene en constante incitación.Todas estas instancias y el sensualismo condillaquiano que informa el pensamiento francés de la época inciden en la obra de Bichat (v.), que resulta así axial entre dos fases históricas de la evolución médica: el análisis de las estructuras orgánicas con la mentalidad de Pinel, el método de Morgagni y el pensamiento vitalista le llevarán a su pathologie des tissus que, prescindiendo de sus exageradas apreciaciones, pone la lesión en el centro del cuadro morboso, como sólido fundamento irrebatible.Pero, ¿cómo apreciar en el vivo esas lesiones que tan patentes se hacen en el cadáver, sobre todo en las afecciones cardio-pulmonares encerradas en la caja torácica? El médico de Napoleón, N. Corvisart (1755-1821), había lanzado de nuevo la olvidada invención de la percusión, hecha por el clínico de la escuela de Viena L. von Aucnbrugger en 1761; el tisiólogo G. L. Bayle (17741816) alcanzaba a veces a oír los latidos, pegando su oído al tórax; pero la clave del logro ansiado estaría en el estetoscopio propuesto, en 1816, por Lai nnec (v.) y por él empleado de modo sistemático y con resultados admirables. Era el comienzo del método anatc,mo-clínico. que sigue siendo la más sólida base de la M. actual.Progresan en la exploración de los ruidos torácicos los franceses Andral, Bretoneau y Trousseau, autor este último (1801-67) de una famosa serie de "Lecciones clínicas". A Dublín lleva el método R. 1. Graves (1796-1853), y en él basa su tarea W. Stokes (1804-78). En Londres están los tres grandes del Guy’s Hospital: Richard Bright (1789-1858) de Bristol, T. Addison (1793-1860) y T. Hodgkin (1798-1866), epónimos de sendas conocidas enfermedades. En Viena, la tradición de la antigua escuela se remoza por la colaboración del "Linneo de la anatomía patológica", Karl Ven Rokitansky (1804-46), con el agudo clínico, reelaborador de la acústica médica de Laénnec, Joseph Skoda (1805-81).Pero los "signos físicos", que el método anatomoclínico propugna, no serán tan sólo auditivos. Ya Bright había atisbado el primero de carácter químico. al describir la afección renal que lleva su nombre: la presencia de albúmina en la orina de un hidrópico nos hace ver ya la lesión renal específica; muchos de los datos de laboratorio tienen hoy un significado análogo. Paul Broca encontrará en 1861 ese mismo valor en la pérdida del lenguaje articulado que lleva a diagnosticar determinada lesión en un punto concreto de la corteza cerebral; punto de partida de tantos signos neurológicos -afasia sensorial de Wernicke (1874), reflejos tendinosos de Erb y Westphall (1875), signo de Babinsky (1896) y tantos otros- en cuya línea resalta la tarea de localización neurológica y su correlativa nosología cumplida por Charcot (v.). Por fin, el ideal de apreciar en el enfermo las lesiones ocultas logra su desideratum por la visión directa, ya sea a través de los medios transparentes (oftalmoscopio de Helmholtz, 1815); ya atisbando con aparatos adecuados en las cavidades que comunican con el exterior: de la laringoscopia (García, 1855; y Türck, 1857) a la cistoscopia (Nitze, 1879) o la gastroscopia (Mickulitcz, 1811); ya apreciando la resistencia a la penetración de los rayos X (Roentgen, 1896; v.) de los distintos tejidos y las diversas lesiones, o de las sustancias de contraste que visualizan las cavidades del tubo digestivo (Rieder, 1904), y las vías urinarias (Braasch, 1910) y biliares (Cole, 1914); sin contar los actuales contrastes vasculares y neurológicos que apenas dejan rincón del organismo que no se haga de algún modo patente a la mirada del clínico.7. Otras orientaciones de la Medicina moderna. La formulación del método anatomo-clínico señala el orto de la M. actual: el fonendoscopio y los rayos X (v.) forman parte de la imagen popular del método de hoy, como el examen del frasco de orina o la minuciosa toma del pulso caracterizaban la figura del de ayer. Y este esfuerzo por localizar lesiones que den razón de cada cuadro clínico entra ya en el campo de lo microscópico en la "patología celular" preconizada por R. Virchow (v.), tan fecunda en conceptos generales, como la clásica distinción entre inflamaciones, degeneraciones y neoplasias.Pero no todo es lesión en los afectos morbosos. Las insuficiencias de la M. de base anatómica se advierten en la segunda mitad del s. xix, cuando los clínicos reconsideran lo que el viejo galenismo profesaba: que la enfermedad es ante todo vida alterada, trastorno funcional; y se apoyan en la fisiología patológica, tan bien cultivada entonces en el plano experimental. Es lo que el propio C. Bernard (v.) decía: "La fisiología hace cuerpo con la Medicina; el problema fisiológico contiene hoy el problema médico en su totalidad". Aunque no va a ser en Francia, sino en la Alemania posromántica donde esta visión dinámica tenga su punto de arranque: cuando las especulaciones idealistas de la Naturphilosophie se hagan ciencia rigurosa en manos de Johannes Müller (v.) y de sus discípulos. A este ambiente pertenece el patólogo K. A. Wunderlich (1815-78), que va a sistematizar el registro termométrico, convirtiendo la vaga percepción de la sintomatología febril en "un saber preciso y seguro acerca del movimiento de la energía vital en las afecciones piréticas". La gráfica clínica que registra las curvas de pulso y temperatura, con las cifras de la tensión arterial y de diversos datos analíticos, es la mejor expresión de este modo de ver la enfermedad como proceso continuado. En la misma línea están los procedimientos de inscripción continua del funcionalismo de ciertos órganos o de las corrientes de acción en ellos producidas (electrocardiografía de Einthoven, en 1903, etc.); la determinación del metabolismo basal (F. von Müller, 1893), y la nosología de los disturbios del recambio material.Otra gran novedad médica de este medio siglo del positivismo científico fue la valoración de la etiología microbiana en las enfermedades infecciosas, por obrade Pasteur (v.), de Koch (v.) y de sus respectivas escuelas, que habrían de rivalizar en el descubrimiento de gérmenes patógenos y de procedimientos biológicos de diagnóstico, prevención y curación de infecciones, en la descripción de cuadros clínicos de base microbiana y en la explicación de los mecanismos de la inmunidad (v.), la anafilaxia y la alergia (v.). Pocos avances de la M. habrán tenido tan espectaculares resultados prácticos como los consecuentes al conocimiento de la patología microbiana.8. La Medicina en nuestros días. Las diversas orientaciones de la M. moderna, tantas veces conflictivas en sus orígenes, se hallan hoy asumidas en una visión armónica y comprensiva, si bien continuamente rectificada y enriquecida por incesantes descubrimientos. La riqueza y variedad de la actual M. es notoria. Baste recordar algunas características del saber médico de nuestro siglo. Así, el impresionante avance de los agentes terapéuticos -quimioterápicos y antibióticos, vitaminas y hormonas, psicofármacos y tantas otras novedades farmacéuticas- que proporcionan al clínico un eficaz arsenal que contrasta con la pobreza de los medios con que contaban sus colegas de un siglo atrás (el "nihilismo terapéutico" del XIX). También, se da la tendencia a una visión más sintética y global de la enfermedad, viendo más al hombre enfermo que al órgano o la función afectados: así la peculiar reacción individual que constituye la alergia, en la doctrina de C. ven Pirquet (1907); la integración de la respuesta morbosa en las afecciones neurológicas, en el sentido de la "diasquisis" de C. ven Monakow (1852-1930); o el síndrome general de adaptación, el famoso stress, cuya patogenia viene aclarando M. Selye, desde 1935. Por último, el surco abierto por S. Freud (v.) no sólo ha sido fecundo en el campo de la psiquiatría, sino también en la M. general; es significativo el caso de un patólogo clásico como Ludolf von Krehl (1861-1937), que llega a tocar los límites de la clínica de base científico-natural, comprendiendo que ni la lesión, ni el desorden físico-químico lo explican todo en la enfermedad humana, que hay que tener en cuenta la personalidad del paciente en el origen y la modulación de las afecciones que sufre. Su llamada encontró eco en la obra de R. Siebek, de V. ven Weizsácker y de tantos otros autores que han formulado ese modo de hacer clínico, que se conoce como M. psicosomática (v.).La eficaz y costosa M. actual está beneficiando a la gran masa de la población gracias a los progresos de la Seguridad Social (v.). Aún queda mucho que hacer en este campo, sobre todo en los países no desarrollados. Pero, aparte del problema económico y de personal que tan ineluctable extensión exige, se plantea un conflicto entre la masificación y tecnificación que esta M. produce y la debida relación personal entre médico y enfermo; ese contacto confiado y cordial que no puede faltar en una M. verdaderamente humana. Es ésta una antinomia que ha de tener en cuenta el vertiginoso progreso médico de nuestros días, al tiempo que procura lograr victoria en las enfermedades que aún se le resisten -cáncer, afecciones vasculares, etc-, en la erradicación de epidemias y en la extensión a todos los pueblos de los medios aptos para conservar y reparar la salud de los hombres.JUAN ANTONIO PANIAGUA
BIBL.: P. LAÍN ENTRALGO, Historia de la Medicina Moderna y Contemporánea, 2 ed. Barcelona 1963; P. DIEPGEN, Historia de la Medicina, Barcelona 1932; A. CASTIGLIONI, Historia de la Medicina, Barcelona 1941; E. M. ACKERKNECHT, A Short History ot Medicine, Nueva York 1955; C. SINGER y E. A. UNDERWOOD, Breve Historia de la Medicina, Madrid 1966; VARIOS, Historia Universal de la Medicina, 7 vol., dir. P. LAIN ENTRALGO, Barcelona 1972
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