Manuel I de Portugal, el Afortunado
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Biografía GER
Hijo del infante D. Fernando, segundo duque de Visco, n. en Alcochete el 31 mayo 1469. Siendo duque de Beja, y habiendo muerto su hermano mayor, Diego, en 1484, fue proclamado rey al fallecimiento de Juan II en 1495. Política interior. No bien hubo ceñido la corona cuando ya pudo observarse un nuevo cambio en la forma de gobierno. Hermano del tercer duque de Viseo y jefe de la aristocracia, M. no podía estar de acuerdo con sus antecesores, ni abrigar las mismas ideas que éstos. Por ello, y en contraste con la férrea política de fortalecimiento del poder real de Juan II (v.), comenzó a realzar a la nobleza con objeto de elevarla de la postración en que se encontraba, y para conseguir que el pueblo volviera a tener con ella la consideración y respeto que en otro tiempo le guardaba. Aunque una de sus primeras medidas consistió en reunir en Montemayor las Cortes del reino con el fin de dictar algunas leyes favorables a las clases populares, nombrar nuevos magistrados que normalizasen la administración de justicia y elegir comisionados que revisasen las mercedes concedidas por su antecesor, bien pronto mostró su nueva tendencia.Disolvió la Asamblea, manifestando su propósito de gobernar solo, indultó a los nobles proscritos (D. Jorge, bastardo de Juan II, y los hijos del duque de Braganza), añadió nuevos privilegios a los restantes componentes del estamento privilegiado y entregó en sus manos los puestos de mayor responsabilidad; opuesto, además, a las libertades de la burguesía, no cejó en su esfuerzo por debelarlas, acción que quedó claramente manifestada, por ej., con relación a la ciudad de Oporto, cuyo privilegio derogó en 1509 para evitar que ésta se siguiese gobernando casi autonómicamente. Por criticable que sea este desprecio hacia el estado llano y la consiguiente supresión casi total de las Cortes, tan atendidas por Juan II, es indudable que Manuel I no tuvo por qué arrepentirse del favor prestado a la aristocracia; ésta le fue dócil, aumentó el esplendor del trono y contribuyó de manera decisiva al brillo de su reinado. Baste citar los Pacheco, Albuquerque, Almeida y Meneses.Mucho más complicadas fueron sus relaciones con el clero, cuya relajación se propuso reprimir, hasta el punto de que fue éste el único problema que logró perturbar la tranquilidad del monarca. Abrumado por el continuo fracaso de sus medidas, tomó la resolución de dirigirse a León X, al cual, bajo el amparo de una deslumbradora embajada que debería referirle las maravillas de los viajes portugueses a Oriente, le presentó un programa de peticiones: una, la convocatoria de un concilio para la reforma de la Iglesia; otra, la formación de una liga de príncipes cristianos para combatir a los turcos; y la última, permiso para tomar la tercera parte de las rentas del clero portugués con ánimo de proseguir la cruzada en África. La reacción de este estamento, ante la resolución papal aceptando la primera y la última de las peticiones reales, fue violentísima. Alarmados por los proyectos del monarca y conocedores de su poder sobre el pueblo, los eclesiásticos se negaron a obedecer, teniendo Manuel I que conformarse con la tercera parte del impuesto solicitado y con que la revisión de costumbres no fuera siquiera abordada.Durante el reinado de Manuel I fueron expulsados del país los judíos, en contra de la opinión de sus más íntimos consejeros, y, al parecer, con el exclusivo propósito de congraciarse con los Reyes Católicos, a cuya hija trataba de desposar. Aunque un gran número abandonó el territorio, otros muchos permanecieron en él bajo la especie de una falsa conversión; dando lugar a numerosos conflictos semejantes a los ocurridos en la Edad Media.Política exterior: En Europa: En contraste con su actividad militar en África y Oriente, Manuel I se esforzó por seguir en el viejo continente la directriz marcada por su antecesor y logró alejarse de cuantos conflictos pudieran distraer su atención y recursos. Por ello, no bien hubo ceñido la corona, solicitó la mano de la princesa Isabel, hija de los reyes españoles y viuda de Alfonso, hijo de Juan II. La muerte del heredero castellano, Juan, hizo abrigar a Manuel grandes esperanzas de lograr la unión de los reinos peninsulares, puesto que Isabel era jurada nueva heredera; pero la muerte de ésta, primero, y la de su único hijo, Miguel, algo después, frustraron todas sus ilusiones. Sin embargo, Manuel I continuó aliado con Castilla, pues en 1500 casó con María, hermana de Isabel, y a la muerte de aquélla (1517) con Leonor, hermana de Carlos I. A pesar de esta amistosa política, todos los intentos españoles fueron vanos a la hora de conseguir que Manuel I rompiese su neutralidad. Sólo lo hizo en 1502, cuando, ante la insistente demanda veneciana, consintió en enviarles una flota de ayuda contra las amenazas del sultán turco Bayaceto.Conquistas y descubrimientos. En esta faceta culminante del reinado de Manuel I pueden observarse dos actividades bien diferenciadas y en las que se obtuvieron muy distintos resultados: la norteafricana y la oriental.La conquista de nuevas plazas en el reino marroquí fue una ilusión que Manuel I intentó realizar. Desentendido de todo conflicto europeo, el monarca portugués pudo enviar continuadas expediciones (1502, 1503, 1513, 1515, 1517) que, sin embargo, no lograron alcanzar su objetivo. Si exceptuamos la de Fernández de Ataide, con la toma de Azamor, Almedina y Mequinez, y la del duque de Braganza en 1513, prácticamente puede decirse que las restantes agotaron la sangre portuguesa y los recursos logrados en sus lejanas posesiones. En realidad, jamás logró Manuel I establecer su imperio de un modo permanente en el litoral norteafricano, sino que más bien debilitó el poder alcanzado por sus antecesores al ampliar los puntos de fricción con sus irreductibles enemigos.Mayor éxito alcanzaron, en cambio, los portugueses en el descubrimiento y conquista de su imperio de ultramar. Aunque Manuel I patrocinara estas expediciones, continuando con ello la política de D. Duarte, Alfonso V y Juan II, debe decirse, en honor a la verdad, que con ello termina prácticamente la aportación real en la culminación de esta empresa; hombres como Vasco de Gama, Pedro Álvarez Cabral y Juan de Novoa, recibieron muy duro trato, y otros como Albuquerque, Pacheco o Almeida no obtuvieron mejor recompensa. Sea como fuere, las realizaciones durante el reinado fueron deslumbradoras; los viajes de Vasco de Gama (v.; 1497 y 1502) y de Álvarez de Cabral (v.; 1500) y los gobiernos de los virreyes Francisco de Almeida (1505-08), Alfonso de Albuquerque (1508-15), Lópes Soáres (1515-18) y Diego López de Siqueira (1518-21), lograron crear para Portugal un gigantesco imperio que se extendía desde las Azores hasta la India a través de un nutrido cordón de posesiones: islas de Cabo Verde, cabo de Buena Esperanza, Sofala, Melinda, Malabar, Calicut, etc. Prácticamente con todo ello, lograba Portugal el dominio sobre las dos terceras partes del comercio mundial y de ahí la oposición continuada de las repúblicas de Génova y Venecia y del soldán de Egipto (cuyo dominio se extendía también por gran parte de Siria, Arabia y África septentrional), a los cuales hubo de hacer frente (1507).Si bien es cierto que las condiciones de Portugal a la muerte de Juan lI hacían predecir un glorioso porvenir a pocas que fueran las condiciones de su sucesor, no cabe duda de que Manuel 1 respondió con creces a tan ventajosa situación. El sobrenombre de Afortunado, con que se le conoce, no debe hacernos pensar en que todo lo debió a la suerte o a la casualidad, puesto que en mucho contribuyó a ello su prudencia, su rectitud y su extremada preocupación por los problemas del reino. A su muerte (13 dic. 1521), Portugal había alcanzado un esplendor pocas veces conseguido por nación alguna (v. PORTUGAL V). Puso en orden el gobierno de la nación, lo redujo a un sistema constante y regular, reorganizó la Hacienda, reunió en un solo código las leyes de sus predecesores, protegió ampliamente la marina y alejó la guerra y la discordia de sus Estados. Personalmente sentía gran atracción por las letras, la música y las artes, con lo que el Renacimiento continuó progresando felizmente. Patrocinó innumerables fundaciones y monumentos religiosos y civiles, de entre los que destacan el convento de Belén, el monasterio de Thomar, el hospital de la Misericordia, la catedral de Elvas, Santa Cruz de Coimbra, etc., en los que podemos encontrar las más excelsas manifestaciones del llamado estilo manuelino (v.).J. M. RODRÍGUEZ GORDILLO
BIBL.: A. G. MATTOSO, História de Portugal, Lisboa 1939; F. DE ALMEIDA, História de Portugal, Lisboa 1929
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