Manet, Édouard
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Biografía GER
Pintor francés del s. XIX N. el 23 en. 1832, en París, donde m. el 30 abr. 1883. Pertenecía a familia de burgueses adinerados. Manifestó su vocación artística ya en su niñez, cuando se hallaba internado en el colegio Rollin. Al salir de éste -en 1848- ingresó en la Marina v realizó un viaje a Río de Janeiro, donde vivió parte del año 1849. De regreso en París, y vistos los muchos dibujos que había traído de América, su padre, que al principio se oponía a que estudiara la pintura, no quiso seguir contrariando su firme afición y le permitió, en 1850, que pasara al taller de Thomas Couture, artista por aquellos días muy celebrado en París, por el triunfo que había obtenido en el Salón de 1847, con su gran lienzo Los romanos de la decadencia. Gustaba M. del estilo de su maestro, sugestionado, sin duda, por lo aparatoso de sus composiciones pictóricas; pero, al cabo de unos años, se sintió atraído poderosamente por el realismo de Courbet (v.), que a la sazón luchaba por la nueva tendencia, y acabó por separarse de Couture, quien, sarcástico, le dirigió el siguiente reproche: "Mi amigo, si usted tiene la pretensión de ser un chef d’école, vaya a crear a otra parte". Según parece, contribuyó mucho a aquella separación un cuadro que había pintado M., y Couture había reprobado enérgicamente.Poco después de 1856, ya liberado de toda enseñanza que no fuera la que él mismo pudiese extraer del estudio de los museos y del curso de su propio trabajo, M. emprendió un viaje, recorriendo La Haya, Amsterdam,Dresde, Munich, Viena, Florencia, Roma y Venecia. Y llegó a continuación lo que podemos llamar "la lucha de M. con los Salones de París", capítulo interesantísimo en la biografía del artista y base de la fama que acabó por alcanzar. M. quiso siempre exponer obras en esos Salones, los únicos certámenes donde, en el París de aquellos tiempos, podían darse a conocer los artistas y lograr éxitos estimulantes; los únicos que daban nombre y categoría oficial. Pero la pintura que él hacía, por su dicción amplia, suelta, abocetada, con toques de los que, unos años después, llamaríamos "impresionistas", no se amoldaba al criterio severamente académico mantenido por casi todos los jurados de admisión y recompensa. Así, algunos de los cuadros más significativos de la personalidad de M. fueron rechazados en tales Salones; pero como, por otra parte, no faltaban los enemigos de aquella estancada pintura triunfante en los medios oficiales, prodújose con frecuencia el inevitable choque entre los renovadores y los partidarios de lo academizante. M. envió obras a diecinueve Salones de París. Al de 1859 mandó por vez primera, y fue rechazado. Lo fue también en los de 1860, 63, 66 y 76; total, en cinco. Admitiéronle, en cambio, en catorce. Al ser admitidos y expuestos, varios de sus cuadros levantaron en el ámbito artístico parisiense verdaderos "escándalos". Contra quienes le combatían (muchos pintores, críticos y aficionados) oponíase vigorosamente la defensa que hacían ya de él no pocos artistas jóvenes, varios escritores y hasta algunos coleccionistas y marchantes que supieron ver a tiempo el porvenir que le esperaba a aquel discutidísimo pintor. La técnica de los cuadros de éste no era tan atrevida y revolucionaria como se obstinaban en creer grandes núcleos de la opinión. Hoy lo notamos claramente. Tenía esa pintura precedentes de ilustre abolengo. M. había hecho copias -no copias para la venta, sino para su estudio- de cinco grandes pintores: Tiziano, el Tintoretto, Rubens, Velázquez y Delacroix. Bastarían estos nombres para explicarnos el rumbo que M. trataba de afirmar e imponer a su obra. De esos maestros obtuvo grandes enseñanzas técnicas, y de Velázquez, además, una influencia innegable.
Dícese que en 1863, habiendo expuesto M. 14 lienzos en la Casa Martinet, numeroso público acudía a verlos diariamente, sin otro objeto que el de manifestar su franca repulsa. En cuanto al bello cuadro Le déjeuner sur I’herbe, rechazado en el Salón de ese año y presentado por el autor seguidamente en la que se llamó Exposition des refusés, despertó la admiración de no pocas personas de buen gusto, asombradas de la hostilidad con que tal cuadro era tratado. Ciertamente, cuesta hoy trabajo explicarse hasta qué punto domina, a veces, la ceguedad de los ineptos.De dos años después (1865) data el mayor de los "escándalos" provocados por el artista. Su precioso desnudo titulado Olimpia, admitido en el Salón, recibió allí tantas mofas, risas y dicterios, que las autoridades viéronse obligadas a colocarlo a gran altura, a fin de contener la expansión del desprecio público. También los críticos, en su mayoría, se ensañaron con la obra. En agosto de aquel año fue cuando el pintor vino a España, nación que tanto le atraía. Pocos días estuvo en Madrid, dícese que por incomodidades de su alojamiento. En el Museo del Prado consumió largas horas de contemplación y estudio ante los cuadros de Goya y Velázquez; éste, sobre todo, le entusiasmaba. No se olvide que, aun antes de venir a España, M. había pintado en París asuntos y tipos españoles. Pasan de diez sus cuadros de este género. Ya en 1862, Baudelaire había escrito: "Manet pinta cuadros de fuerte sabor español que harán creer que el genio español se ha refugiado en Francia". Cuatro años después, Emilio Zola escribía: "Nuestros padres se rieron de Courbet, y nosotros nos extasiamos ante él. Nosotros nos reímos de Manet, y nuestros hijos se extasiarán ante sus obras".Cuando, en 1867, se inauguró la Exposición Universal de París, no quiso M. concurrir a ella, temeroso de recibir una repulsa más; y para exhibir sus obras se hizo construir un pequeño pabellón próximo al local del Certamen, donde presentó una veintena de ellas, entre las que figuraban todas las mejores y más características de cuantas llevaba realizadas. Aquella exposición personal, visitadísima, sirvió de centro para muy animadas controversias entre los partidarios y los adversarios de quien ya, con su tesón y en plena juventud, había conquistado un nombre en la pintura de su época.Durante los quince años siguientes, M. continuó trabajando, luchando y abriéndose lento camino hacia el triunfo. Su ejemplo fue admirable por su persistencia en el entusiasmo, su fe en el porvenir de su arte y su honrada conducta. M. era hombre correctísimo, paciente frente a la adversidad, limpio de toda baja pasión. Le proporcionó su pintura más contrariedades que satisfacciones; no obstante lo cual, ante la incomprensión que le rodeó, mantuvo siempre su actitud de gran señor.El movimiento impresionista, que hizo su "entrada oficial" (digámoslo así) en 1874, le tuvo por uno de sus guías y maestros. A su alrededor agrupáronse casi todos los llamados "impresionistas". Después de 1876 fue admitido en todos los Salones de París, y en el de 1881 se votó ( ¡por 17 jurados! ) una segunda medalla a su Retrato de Pertuiset. Ese mismo año, su gran amigo Antonin Proust, ascendido a ministro de las Artes, le concedió la Legión de honor.Aparte los cuadros cuyos títulos ya quedan señalados, son también espléndidos ejemplares del arte de M. los titulados El niño de la espada, La música en las Tullerías, La dama del loro, El pífano, La lectura, El balcón. El almuerzo en el taller, Baile de máscaras en la ópera, El buen Bock, Argenteuil, En el barco, El Gran Canal de Venecia, En el café concierto, En la serre y Un bar en Folies-Bergére, citados por orden cronológico. El último, pintado cuando el artista se encontraba ya muy enfermo, es delicioso por su gracia, su elegancia, su deslumbrante originalidad. Cuando se vio en el Salón de París de 1882, M. caminaba hacia la muerte. Alboreaba su fama cuando él moría, a poco de cumplir sus cincuenta y un años.Favorecido por las corrientes artísticas que pronto dominaron las postrimerías del s. XIX, su nombre no tardó en ascender a la gloria. En 1907, como póstumo homenaje de desagravio, su combatida Olimpia pasaba al Museo del Louvre. Hoy, los principales museos de arte moderno de todo el mundo conservan obras de M. Los buenos coleccionistas las buscan y aprecian en lo que valen.BERNARDINO DE PANTORBA.
BIBL.: l. REWALD, Historia del impresionismo, Madrid 1972 (con bibl.); P. JAMOT, G. WILDENSTEIN y M. T. BATAILLE, Manet, París 1932; A. TABARRANT, Manet et ses oeuvres, París 1947; M. VENTURI Y S. ORIENTI, La obra pictórica completa de Edouard Manet, Barcelona 1969 (con bibl.); M. GUÉRIN, L’oeuvre gravé de Manet, París 1944.
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