Literatura V. Historiografia Hispanoamericana. HIST.
Categoria:
Historia
Los historiadores de la L. hispanoamericana se han enfrentado con el problema inicial de la diversidad de las L. nacionales que la componen, cuyo ritmo de desarrollo no ha sido siempre el mismo. Las numerosas historias de las L. nacionales muestran que no es siempre fácil coordinar ese desarrollo en una entidad orgánica, ya sea por géneros, por épocas o por movimientos. No menos importante es el problema bibliográfico. El intercambio de libros entre los países hispanoamericanos, casi hasta nuestros días, ha dificultado el conocimiento mutuo que se tiene de esas L. nacionales. A pesar de. estos escollos, se han hecho grandes esfuerzos para presentar síntesis de las letras hispanoamericanas, que sin duda tienen rasgos que las hermanan, si bien tienen otros que les dan originalidad nacional o regional. La presencia del indígena en países como México, Guatemala, Perú, Bolivia y El Ecuador; del gaucho y su cultura en Argentina y Uruguay, del elemento africano en el Caribe, han dado a las L. de esas regiones una diversidad que las convierte en verdaderas L. independientes. Pero los rasgos que tienen en común, al mismo tiempo, permiten pensar en esas Letras como constitutivas de una L. que puede ser estudiada bajo el título de hispanoamericana.Comienzos en el siglo XIX. El primero en propagar el concepto "Literatura [hispano] americana" para designar las Letras de los países americanos de habla española fue el argentino Juan María Gutiérrez (1809-78; v.), autor de la primera antología de poetas hispanoamericanos, América poética (1846); de Estudios biográficos y críticos sobre algunos poetas sud-americanos anteriores al siglo XIX (1865), y de varios estudios sueltos, póstumamente recogidos bajo el título Escritores coloniales americanos (1957). Animaba a Gutiérrez el deseo de dar a conocer el mapa intelectual del Continente, si bien su crítica se ve limitada por la falta de materiales, de difícil acceso en su época. A él también se debe el haber sacado del olvido obras como el Arauco domado, del chileno Pedro de Oña (1570-1643; v.), y El matadero, del argentino Esteban Echevarría (1805-21; v.). Sus estudios sobre autores coloniales, aunque hechos con perspectiva limitada, son de importancia porque extienden el concepto de lo que es la L. hispanoamericana hasta el s. XVI. Él fue el primero en estudiar a autores como Pedro de Peralta Barnuevo (Perú, 1663-1743), Oña y Juan del Valle Caviedes (EspañaPerú, 1652-97). Si Gutiérrez no escribió una historia orgánica de la L. hispanoamericana, tampoco lo hizo el colombiano José María Torres Caicedo (1830-89), quien publicó en París tres tomos de Ensayos biográficos y de crítica literaria sobre los principales poetas y literatos hispanoamericanos (I, 1863; II y III, 1868), que tienen el mérito de estudiar a los autores de los varios países en conjunto y de usar, quizá por primera vez, la designación "Literatura hispanoamericana".En 1893 Marcelino Menéndez Pelayo (v.) publica la señera Antología de poetas hispanoamericanos (4 tomos), cuyas Introducciones aparecieron en 1913 bajo el título Historia de la poesía hispanoamericana. Aunque limitada a un género (casi no menciona a los prosistas), es la primera "Historia" orgánica que se basa en el estudio de las obras, y en la que se intenta identificar las características que dan originalidad a la L. de los pueblos americanos de habla española. Sus juicios, aunque limitados a los poetas muertos antes de 1892, no fueron superados durante largos años; algunos reaparecen casi intactos en las Historias de este género actuales. El ejemplo de Menéndez Pelayo alentó a otros críticos a escribir sobre el tema. Entre ellos encontramos al P. Manuel Poncelis, quien publicó en Madrid un manual, Literatura hispanoamericana (1896), en el cual ya se queja de que algunos críticos llamen a ésta. L. latinoamericana y no hispanoamericana. Como Menéndez Pelayo, Poncelis organizó el material por países.El siglo XX hasta los años 40. Lo mismo hizo el norteamericano Alfred Coester, quien en 1916 publicó en inglés The Literary History of Spanish América; sin embargo, la época colonial y el modernismo los estudia en conjunto, sin separar a los autores por su nacionalidad. La traducción de esta obra al español apareció en Madrid bajo el título Historia literaria de la América española (1929). Sus fuentes fueron las obras de Gutiérrez, Torres Caicedo y Menéndez Pelayo, lo mismo que las Cartas americanas (1888-97) de Juan Valera, los Escritores y poetas sudamericanos (1890) del mexicano Francisco Sosa (1848-1925), las Biografías americanas (1906) del cubano Enrique Piñeyro (1839-1911) y algunas historias de las L. nacionales y los movimientos literarios. El libro de Coester tuvo poca influencia en el desarrollo de la crítica en Hispanoamérica, tal vez por la poca importancia que da a los aspectos estéticos de las obras que cita. En ediciones posteriores corrigió errores y subsanó graves omisiones y juicios incorrectos. A la misma década pertenece la Antología poética hispanoamericana (1919) del poeta argentino Calixto Oyuela (1857-1935); aunque no supera a la de Menéndez Pelayo, tiene el mérito de dividir el material por periodos históricos y no por países. A pesar de la desproporción en la selección de autores, el libro contiene algún valor.Durante la década de los a. 20 la Historiografía avanza lentamente. Sólo se publican obras que son resúmenes de las anteriores; así la del alemán Max Leopold Wagner, Die spanisch-amerikanische Literatur in ihren Hauptstrómungen (1924) y el Resumen histórico-crítico de la Literatura hispanoamericana (1927) de Crispín Ayala Duarte. La década siguiente es más fértil. A ella pertenecen el Panorama de la Littérature hispanoaméricaine (1930) de Max Daireaux; la Historia de la Literatura hispanoamericana (1934 [1935] ) de Isaac J. Barrera; la Antologíade la poesía española e hispanoamericana, 1882-1932 (1934) de Federico de Onís, y la Historia de la Literatura americana (1937) de Luis Alberto Sánchez. Aunque la obra de Onís abarca un corto periodo en el desarrollo de la poesía, la introducción renueva los estudios de la poesía modernista; la de Sánchez, a pesar de los numerosos errores de detalle, presenta la L. hispanoamericana desde un punto de vista bien definido, el del indoamericanismo que según el autor la caracteriza y da un sello propio. Se pregunta: "¿Existe una sensibilidad, un rumbo y una cultura indoamericana? Si la respuesta es afirmativa, queda en este punto definida la cuestión. Si es negativa, la literatura americana no pasa de ser una fracción de la peninsular". La historia de Sánchez impulsó los estudios historiográficos durante la siguiente década, a lo largo de la cual no sólo se duplican, sino que también se ref finan.
La influencia de Henríquez Ureña. En 1941 un grupo de profesores de L. hispanoamericana en Estados Unidos, dirigidos por E. Herman Hespelt, prepara un útil manual, An Outline History of Spanish American Literature (3 ed. 1965); Arturo Torres Rioseco (1897-1971) publica The Epic of Latin American Literature (1942), traducida al español como La gran Literatura iberoamericana (1945), en la que incluye un capítulo sobre la L. del Brasil; Julio A. Leguizamón añade su Historia de la Literatura hispanoamericana (2 vol., 1945); el dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946; v.) contribuye con Literary Currents in Spanish American Literature (1945), libro traducido al español por Joaquín Díez Canedo (Las corrientes literarias de la América Hispana, 1949); Julio Caillet-Bois publica La Literatura hispanoamericana (1949); y Manuel Bandeira, en Río de Janeiro, su Literatura hispanoamericana (1949).De estas Historias, las más importantes son las de Torres Rioseco, Leguizamón y Henríquez Ureña. La de éste, sobre todo, marca un hito en el desarrollo de los estudios en torno al tema. Sumamente bien informado, poseedor de un penetrante juicio crítico y de un riguroso método de trabajo, sigue en su libro una actitud crítica que ha de servir de modelo a las generaciones posteriores. Dividido en ocho capítulos (ed. española), el libro examina la L. desde sus orígenes (1492) hasta 1940; revalora los juicios de la crítica anterior, corrige errores y hace resaltar el valor de los grandes escritores; al mismo tiempo, relaciona el desarrollo de la L. con el de las otras artes y el desenvolvimiento social y político. Después de dedicar tres capítulos a las letras coloniales, divide las L. nacionales en periodos de 30 años, pero sin separarlas por países; los primeros 30 años (1800-30) son los de la independencia intelectual; los que van de 1830 a 1860 son años de romanticismo y anarquía; los de 1860 a 1890 (el periodo de organización social) los dedica al realismo; los de 1890 a 1920, a la L. pura (el modernismo y el posmodernismo), y los de 1920 a 1940, bajo el epígrafe "Problemas de hoy", a las letras posmodernistas. Esta división en periodo de 30 años, con pequeñas variantes, ha sido aceptada por la crítica para el estudio de las letras nacionales. Si bien es un sistema rígido (los cambios del gusto literario no siempre se ajustan a periodos simétricamente divididos), el modelo de Henríquez Ureña ha facilitado el estudio de las Letras nacionales, lo que permite apartarse de la desarticulada organización por países.Las obras posteriores a la de Henríquez Ureña delatan su influencia. A la década siguiente pertenecen las Historias de Robert Bazin (Histoire de la Littérature américaine de langue espagnole, 1953), Ugo Gallo (Storia dellaLetteratura ispano-americana, 1954) y Enrique Anderson Imbert (Historia de la Literatura hispanoamericana, 1954). Bazin omite todo lo anterior a 1800 y Gallo da énfasis a la L. social; Anderson Imbert, en cambio, cala hondo en el estudio de las Letras, sobre todo en las páginas dedicadas a las grandes figuras, escritas en fino estilo y con sensibilidad artística. El punto débil de su obra se encuentra en haber incluido a más de l.500 escritores, lo que le impide dedicar mayor espacio a los grandes autores; pero aunque dedique a un escritor una o dos líneas, sabe captar lo esencial, lo que le caracteriza. La influencia de su obra (editada de nuevo en México 1970, 2 vol.) es evidente en las Historias que se han publicado desde 1954.
La tendencia en estas últimas obras, sin embargo, es hacia la selección más que a la perspectiva total; así en Ángel Luis Morales (Literatura hispanoamericana; épocas y figuras, 2 vol. 1967), lean Franco (An Introduction to Spanish American Literature, 1969), Ángel Va]buena Briones (Literatura hispanoamericana, 1963), Raimundo Lazo (Historia de la Literatura hispanoamericana (2 vol. 1965, 1967), Orlando Gómez Gil (Historia crítica de la Literatura hispanoamericana, 1968), Luis Leal (Breve Historia de la Literatura hispanoamericana, 1971) y Bella Jozef (História de Literatura hispano-americana, 1971). Otros enfocan la L. desde perspectivas temáticas, como lo hacen José Juan Arrom (Esquema generacional de las Letras hispanoamericanas, 1963), Anita Arroyo (América en su Literatura, 1967), Boyd G. Carter (Historia de la Literatura hispanoamericana a través de sus revistas, 1968), Rudolf Grossman (Geschichte und Probemme der lateinamerikanischen Literatur, 1969) y Giuseppe Bellini (La Letteratura ispano-americana dalle Letterature precolombiane al nostri giorni, 1970). El sistema generacional propuesto por Arrom es importante porque por primera vez se incluyen los siglos coloniales; además, refina el propuesto por Henríquez Ureña.Además de los anteriores, existen estudios dedicados a ciertas épocas, como los de Abraham Arias Larreta a la L. prehispánica, los de Mariano Picón Salas (v.) a la L. colonial, los de Emilio Carilla al romanticismo, los de Max Henríquez Ureña al modernismo y los de Juan Jacobo Bajarlía al vanguardismo. Otros enfocan los géneros; así, Fernando Alegría (novela), Luis Leal (cuento), José Juan Arrom y Frank Dauster (teatro) en la Historia literaria de Hispanoamérica, que edita Pedro Frank de Andrea en México. Los estudios dedicados a las Letras contemporáneas son numerosos; mencionaremos los que editó Joaquim Montezuma de Carvalho bajo el título Panorama das Literaturas das Américas (4 vol. 1958-65). Los estudios bibliográficos tienen una larga tradición, establecida por bibliógrafos como el chileno José Toribio Medina (1852-1931) y el mexicano Joaquín García Icazbalceta (1825-94). Importantes también son las bibliografías de Leguizamón, Payró y Sánchez. Para las historias dedicadas a las L. nacionales, v. la bibl. citada en los artículos de los países respectivos.L. LEAL MARTINEZ.
BIBL.: H. l. BEcco, Fuentes para el estudio de la Literatura hispanoamericana, Buenos Aires 1968; W. REZA, Guía bibliográfica de la literatura hispanoamericana, Buenos Aires 197l.
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