Italia, Historia Moderna y Contemporánea. HIST.
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Historia
1. De las señorías al principado. El languidecimiento de las luchas entre güelfos y gibelinos y el fracaso de la política hegemónica de Roberto de Anjou señalan el principio de un periodo, en el que se enfría definitivamente el autonomismo italiano y se acelera el desarrollo interno de las señorías. Éstas, además de suplantar la organización comunal de 1. central, se desarrollan hacia la instauración de un gobierno, no ya unido a una magistratura ciudadana, sino que cae en manos de una dinastía y de una clase de .funcionarios, que se dirige al fortalecimiento interno de la alta burguesía financiera y mercantil, y a la expansión del territorio en sentido regional. Del Estado ciudadano se pasa al regional, de la señoría al principado; y toda la historia de 1. en los s. XIV y XV se resume en la política, primero de expansión y después de equilibrio, de los cinco Estados mayores de la Península: el ducado de Milán (v. MILANESADO), los Estados Pontificios (v.; y ROMA IV; LACIO III; EMILIA-ROMAÑA II), la República de Venecia (V.), la república de Florencia (V.) y el Reino de Nápoles (V.).Alrededor de éstos se mueven los Estados menores, no por ello políticamente menos importantes y decisivos en el desarrollo de la política nacional: Génova (v.) que, en lucha con los aragoneses y Venecia, gravita en la órbita de la política milanesa, de la cual dependen también Ferrara (v.) y Mantua; el ducado de Saboya (v.; y PIAMONTE tt) y el marquesado de Monferrato, que giran alrededor de Venecia y Siena (v. TOSCANA ii), y que apoyan cualquier coalición antiflorentina.Frente a la decadencia de los reinos del Sur, el centro de gravedad de la política itáliana se coloca en la llanura del Po, donde Milán, bajo la dirección de Juan Visconti (1349-54), se transforma en un gran centro industrial y comercial, y en la capital de un Estado que tiende a la restauración del antiguo reino de Italia. La política de expansión de Milán, que alcanza su punto más alto con Juan Galeazo (1378-1402), se ve favorecida por la coyuntura internacional. Venecia tiene problemas internos, al acentuarse la tendencia oligárquica, y externos, debidos a la guerra contra Génova (1378-81). Florencia se encuentra paralizada socialmente a causa de las revueltas internas de los cardadores (1378-82). El Estado Pontificio sufre las consecuencias del gran cisma de Occidente (1378-1417; V. CISMA III). El Reino de Nápoles, presa de la rapacidad de los feudatarios franceses, de la explotación de los banqueros florentinos y de la competencia de la flota aragonesa, se halla trastornado por una ruinosa guerra de Sucesión entre los angevinos y los Durazzo (1345-1435).Terminada la crisis veneciana con el triunfo del dux Francisco Foscari; cerrada la crisis florentina con el triunfo primero de la oligarquía de las grandes casas comerciales y financieras de los Albizzi, de los Strozzi, etc., y después con el dominio exclusivo de la casa de los Medici; la política de Milán se ve en pugna con la de Venecia y Florencia; y mientras la primera intenta una verdadera y propia política de expansión para acabar con la hegemonía milanesa en el Norte de I., Florencia tiene como programa político mantener el equilibrio e impedir que se rompa el sistema de los cinco Estados regionales. Las dos guerras de la Liga véneto-florentina contra Felipe María Visconti (1423-34) se complican con la guerra de Sucesión de Nápoles (1435-41) y después con la guerra de Sucesión de Milán (1447-54), en la que asistimos a un cambio de las alianzas: Venecia, Nápoles, Siena y los Saboya, contra Milán, Génova, Florencia y Mantua; pero la noticia de la caída de Constantinopla provoca en Venecia una violenta crítica a la política de expansión del dux Foscari, y un renacer de su antigua actividad marinera. Con la paz de Lodi (1454), triunfa la política de equilibrio de Lorenzo de Medici.El statu quo inaugurado con la paz de Lodi permite a I. ponerse a la cabeza de Europa tanto en el plano artístico, como en el manufacturero, artesanal, bancario y comercial. Pero al lado de estos efectos benéficos, la política de equilibrio, fundada no sobre un auténtico acuerdo de voluntades políticas, sino sobre un elaborado contrapeso de egoísmos, tuvo como fatal consecuencia paralizar un ulterior proceso de reconstrucción territorial de la Península. El statu quo político encontraba después un paralelo en el statu quo social. Las cerradas oligarquías que gobernaban los Estados regionales, si se exceptúa Venecia, siguieron una política de cerrado egoísmo respecto a las clases populares de las ciudades y del campo, impidiendo la formación de milicias populares que habrían podido enfrentarse a los organizados ejércitos de las monarquías nacionales europeas. Además, el capitalismo italiano del Renacimiento, eminentemente comercial y financiero, conservó el carácter aventurero de sus orígenes, incapaz de apoyarse en una fuerte estructura social que lo pudiese salvar de los continuos reveses, frente a los cuales se transformaba muy a menudo en capitalismo agrario, aunque conservaba siempre las mismas características.El Renacimiento (v.) había producido también fermentos críticos y aspiraciones de reforma espiritual, pero que no supieron penetrar en las masas populares y transformarse en tejido vivo de la sociedad. La facilidad con que el sistema político italiano de los principados se resquebrajó bajo la’ presión de la política de expansión de las órganizadas monarquías francesa y española, se explica por la falta de unidad moral, por el desenfrenado invidualismo, y la ausencia de una clase política capaz de dirigir duradera y robustamente la vida del Estado, al margen de las cualidades personales del Príncipe; es decir, se explica por la misma constitución de todo el organismo social, económico y político de los Estados italianos.2. La invasión francesa y española. Correspondió a Francia iniciar, en 1494, el fenómeno de la expansión de los Estados europeos en la Península italiana, con la expedición de Carlos VIII (v.), que reivindicaba los derechos de Francia a la sucesión al reino angevino de Nápoles. La constitución de una liga antifrancesa (España, el Imperio, Venecia, Estados Pontificios y Milán) hizo fracasar por el momento la empresa. Pero este hecho transforma el equilibrio político de Europa; y se entabla entre Francia y España un duelo mortal, que conduce a ésta a unirse indisolublemente a los Habsburgo. La expedición de Carlos VIII provocó en 1. la caída de los Medici de Florencia y la restauración de la república, en la que tuvo lugar el interesante experimento reformador de G. Savonarola (v.).La aventura italiana fue intentada nuevamente por Luis XII (v.), que conquistó el ducado de Milán (14991500) y después el reino de Nápoles. Pero la desaparición de la dinastía aragonesa provocó el comienzo de la guerra entre Francia y España, en la que los españoles, con el Gran Capitán, arrojarían victoriosamente a los franceses del reino napolitano (v. FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, GONZALO). El tratado de Lyon (1504) creó una especie de equilibrio en la Península, con los franceses en Milán y los españoles en Nápoles. La historia de los Estados italianos comenzó a girar en ese momento alrededor de estas dos potencias. Con la ayuda francesa, César Borgia pudo realizar un fuerte (v. BORGIA, FAMILIA), aunque también efímero, Estado en la I. central (1501-03). Sólo Venecia quedaba libre, representando una posibilidad concreta de lucha contra la influencia de las monarquías extranjeras; pero su potencia hacía sombra no sólo a éstas, sino también a los demás Estados italianos; y fue fácil, por tanto, al papa Julio II (v.) constituir una coalición entre Francia, España, el Imperio y los Estados italianos, contra la República veneciana (liga de Cambrai, 1508-09; v.), la cual era vencida en Agnadello. Venecia supo hacer frente a la derrota gracias a su hábil diplomacia y al apoyo de la guerrilla campesina, pero no aprovechó esta ocasión para transformar sus dominios en un Estado absoluto de tipo moderno; lo que pudo ser el de un resurgir fue, en cambio, el principio de la decadencia. Quedaba de esta forma eliminada de las luchas la única fuerza italiana que= hubiera podido hacer frente a los Estados de más allá de los Alpes.Siempre bajo la iniciativa de julio II, comenzó en I. una política antifrancesa, que originó la constitución de la Liga Santa (1511-13), con el consiguiente reforzamiento del papel de España y la restauración de los Medici (v.) en Florencia y de Maximiliano Sforza en Milán (v. SFORZA, FAMILIA). Pero bajo el nuevo rey de Francia, Francisco I (1515-47; v.), se inició un resurgir francés, y con el tratado de Noyon (1516) I. era repartida en dos zonas de influencia: los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, correspondían a España; el ducado de Milán, a Francia, en cuya órbita política giraban Génova, Florencia y los ducados de Saboya y Este. Roma, mientras tanto, bajo el pontificado del papa humanista León X (v.), se transformaba en el centro de la cultura del Renacimiento (v.), pero era incapaz de promover una auténtica política italiana.La elección imperial de Carlos V (v. CARLOS 1 DE ESPAÑA) vuelve a abrir el duelo franco-español, e I. será, durante 30 años, su principal escenario. La derrota francesa de Pavía (1525) ocasionó la formación de una liga antiespañola (la de Cogñac), a la cual se adhirieron Francia, Venecia, Florencia y los Estados Pontificios. Pero la liga fracasó en su intento, y el saqueo de Roma (v. SACO DE ROMA) por parte de las tropas de Carlos V provocó en I. un fuerte contragolpe psicológico.La paz de Cambrai (1529) sanciona por primera vez el predominio español. La muerte de Francisco 11 Sforza (1535) volvió a abrir la guerra por la posesión del ducado de Milán entre Francia y España, que se concluyó con la anexión del Milanesado a España y con la definitiva supremacía de los Habsburgo en 1. Pero la ausencia de I. de Carlos V, a causa de las campañas contra los protestantes de la liga de Smalkalda, fue suficiente para que I. hirviese en conjuras y levantamientos: el asesinato de Alejandro de Medici (1537), la conjura luquesa de F. Burlamacchi (1546), la conjura genovesa de los Fieschi (1547), los levantamientos de la Lunigiana, la sublevación de Nápoles, la ambigua política de Pedro Luis Farnese. Pero la paz de Cateau-Cambrésis (1559; v.) sancionaba definitivamente la sujeción italiana a la corona española. Se cerraba así un intento político que había visto fracasar, uno después de otro, el proyecto de Savonarola de una restauración comunal y religiosa, el de León X de una alianza entre el humanismo y la nueva religiosidad, y el de Maquiavelo de una regeneración de la vida italiana tomando ejemplo de las grandes monarquías europeas.3. Italia bajo el dominio español. Bajo el directo dominio del rey de España estaban el ducado de Milán, los Presidios de Toscana y los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña; también todos los demás Estados italianos, excepto Venecia, giraban en la órbita de la política española, poniendo a disposición de ésta sus propias fuerzas. España consideró los dominios italianos en función exclusiva de su propia política imperial. En efecto, la situación estratégica milanesa y la cabeza de puente siciliano-napolitana eran nudos importantísimos tanto para la defensa de la posición hegemónica de España en Europa, como para su política de domino en el Mediterráneo contra la talasocracia otomana. Todo esto resultaba lógico y natural desde el punto de vista de los intereses imperiales de España. Su política no podía ser, so pena de no ser política, más que ésta: "debilitar y apagar cualquier forma de resistencia eventual; variar de contenido las instituciones de autogobierno local para hacerlas servir mejor a su propia política de indiscutible dominio; asegurar la prevalencia del elemento español en el gobierno y en la administración; favorecer las divergencias entre los grupos para así tenerlos en la mano" (De Capraris); y, en fin, someter la economía italiana a las necesidades financieras del gigantesco esfuerzo que hacía España para conservar sus posiciones imperiales. Evidentemente, esto, que era necesario a España, tuvo fatales consecuencias para sus dominios italianos. No obstante, el desastre político y económico en que estas posesiones cayeron no se puede imputar exclusivamente a los españoles; cuando España se adueñó de I., ésta ya presentaba los síntomas autóctonos de la crisis económica (latifundio feudal, salida de las grandes arterias comerciales fuera de la Península). Bajo el dominio de España, los síntomas autóctonos de la crisis no hicieron otra cosa que explosionar con virulencia. Se trataba, pues, de una decadencia real, pero, como ha hecho notar el historiador italiano B. Croce, era una "decadencia que se abrazaba a una decadencia".Todo el periodo de la hegemonía española en I. puede dividirse en tres fases, correspondientes a otros tantos momentos de la historia europea. En la primera fase (1559-98), correspondiente a las guerras de religión en Francia y, por tanto, a la parálisis política de este último país, y a la extensión incontrastada de la política de expansión española en el Mediterráneo y en los Países Bajos, asistimos a un total servilismo de los Estados italianos a las directrices de la acción político-militar y religiosa de España. Sólo en un segundo momento, cuando Francia se reestructura bajo Enrique IV, Venecia y la Toscana, y después Clemente XIII, muestran mayor independencia en política exterior. Respecto a la política interna, mientras Venecia conserva su prestigio y fortaleza, los demás Estados independientes italianos se reorganizan sobre bases absolutistas, reanimando la vida económica y ordenando la administración. Durante este periodo el Mediterráneo, y en consecuencia las ciudades marineras de Venecia, Génova y Luca, recobra el papel comercial que parecía haber perdido, y la riqueza de la nueva Europa atlántica repercute beneficiosamente en la economía italiana. Sólo que el boom económico, que en otros países europeos cambió profundamente las relaciones entre los diversos grupos sociales, en 1. no consiguió transformar el secular bloqueo de intereses de las clases altas, sino que consolidó ulteriormente el orden social constituido.En la segunda fase (1598-1648), correspondiente al periodo de la guerra de los Treinta Años (v.), al reanudarse la lucha entre Francia y España, asistimos a una primera separación de algunos Estados italianos del peso de la hegemonía española, y, por tanto, a una reanudación del libre juego político, que se acompaña también de un despertar del espíritu crítico con Campanella, Galileo, Dávila, Boccalini y Sarpi. Este último, en nombre de la libre república de Venecia, sostiene con el papa Paulo V una dura lucha jurisdiccional (1605-06), de la que Venecia salió victoriosa. Pego desde un punto de vista económico, si por un lado tenemos un renacer del Mediterráneo con las ventajas subsiguientes para los puertos italianos; por otro, las dificultades financieras de España producen un gran lucro a los capitalistas genoveses, banqueros de los Habsburgo. La interrupción de las rutas atlánticas a Flandes llevó a España a controlar las vías estratégicas que conducían a los países alpinos del Piamonte y Lombardía, único camino que le quedaba para dominar Europa septentrional. Esto provocó una serie de conflictos con los Estados italianos (guerra de la Valtellina, 1620; I y II guerra de Monferrato, 1612-17, 1627-31) que debilitaron posteriormente las posiciones políticas de España en I.; mientras que la excesiva carga fiscal fue causa de las revueltas antiespañolas de Nápoles (1647) y Palermo (1647) que, extendidas rápidamente, se transformaron en insurrecciones campesinas, pero que al no triunfar, paralizaron cualquier posibilidad de progreso en el sur de I. Todos estos acontecimientos indican que España comienza a encontrarse en 1. en posición defensiva, obligada a ceder el paso a Francia, que aprovecha esta coyuntura para hacer sentir, cada vez más, el peso de su política. Con el retorno de la paz, en 1659, I. presenta un aspecto desolador: regresión demográfica, decadencia del comercio veneciano por la competencia inglesa y holandesa, base exclusivamente agrícola de una economía profundamente en crisis.En la tercera fase (1648-1714), se acentúan los síntomas de crisis, pero con el agravante de que l., que giraba todavía sustancialmente en la órbita de influencia española, se encuentra ahora frente a una España que ha dejado de ser gran potencia, después de la derrota diplomática de la paz de los Pirineos (1659; v.), y, por tanto, ya no es posible compensar las desventajas de la dependencia política, con las de un eficiente protectorado. Además, la economía italiana registra una profunda caída: se reduce el tráfico mercantil, se estanca y, a menudo, se paraliza la actividad manufacturera, se extiende la mendicidad y la pobreza. Estos fenómenos son acompañados de una tendencia decreciente de la marcha de la curva de precios, con fenómenos de deflación y un estancamiento demográfico. Esta crisis italiana se ha de encuadrar, sin duda, en el fenómeno general de regresión económica que se produce en toda Europa, pero en l. la crisis se agrava por la situación marginal de la Península y por la imposición fiscal española, que superaba los límites de la capacidad contributiva italiana. La producción italiana fue incapaz de adaptarse a las nuevas necesidades del mercado, quedando fuertemente aferrada a un tipo de manufacturas de lujo, mientras que los pocos capitales disponibles se invertían en la compra de tierras. Venecia, decididamente abocada a la decadencia económica y política, consiguió no obstante dar pruebas de su capacidad militar en la guerra de Candía (1645-69), que terminó, sin embargo, con una derrota de la república, aunque también significó el comienzo de la decadencia del Imperio otomano.Con la paz de Carlowitz (1699; v.), Venecia confirmó sus posesiones en Morea (perdida definitivamente en la paz de Passaronte, 1718) y en las Bocas del Cataro, pero esto no sirvió para frenar su decadencia; Venecia estaba internamente minada por una profunda desigualdad social y civil, causada por el empobrecimiento de las fuentes económicas, por la constitución de una clase dominante y por la excesiva centralización de los poderes. La guerra de Devolución (1667-68) y la guerra de los Países Bajos (1672-78; v.), que representaron un duro golpe para España con la pérdida de 12 plazas fuertes en Flandes, el Franco Condado, Cambrai, Maubeuge y Saint-Omer y Aire, tuvieron repercusión en I. con el levantamiento de Mesina (1675-78), que vio el sometimiento momentáneo de la ciudad a Luis XIV, el apoyo a Francia del duque de Mantua de Casale, puerta de acceso al Milanesado, y el bombardeo francés de Génova (1684), que se somete a Francia. El expansionismo francés sufre un compás de espera con motivo de la guerra de Sucesión española (1700-14; v.); los Saboyas presentan su propia candidatura a la sucesión del trono de España, poniéndose al lado primero de Luis XIV para pasarse después al campo de la Gran Alianza. Francia ocupa entonces gran parte del Piamonte, amenazando a Turín; pero la unión de las tropas saboyanas con las imperiales disminuyó la potencia francesa en I. (1700), mientras que los tratados de Utrecht (1713; v.) y Rastadt (1714) acabaron con el dominio español: Sicilia pasó a Víctor Amadeo II de Saboya, mientras el Milanesado, Cerdeña, el reino de Nápoles y el Estado de los Presidios eran cedidos a Austria. Continuaban, en cambio, bajo las mismas dinastías el ducado de Módena, las repúblicas de Venecia, Génova y Luca, y obviamente el Estado Pontificio y el ya citado del Piamonte.4. El reformismo del siglo XVIII. El descongelamiento diplomático causado por la guerra de Sucesión española precipitó de nuevo a I., después de casi 150 años de pasividad, en el complejo juego del debe y el haber de la nueva política europea del equilibrio. Este hecho, aunque en parte negativo, tuvo la ventaja, no sólo de dar un mayor dinamismo a la vida política provincial italiana, sino también la de sustituir las viejas dinastías con otras nuevas, siempre extranjeras pero animadas del espíritu reformador europeo (Florencia, Nápoles, Parma), o con funcionarios eficientes, como eran los austriacos en Lombardía, iniciándose así el acercamiento del Sur a los Estados italianos del Norte, después de tres siglos de separación. Mientras, los Estados regidos por los viejos ordenamientos y por las tradicionales clases dirigentes (Génova, Venecia, Piamonte y Estado Pontificio), continuaban en su proceso de decadencia.La integración europea de I. se vio impulsada también por un favorable momento económico. Se reactivó el comercio gracias a la creación de los puertos francos de Trieste, Livorno, Ancona, Civitavecchia, Mesina, y por la apertura de nuevas vías de tránsito terrestre transalpinas y transapeninas. La agricultura registró un notable incremento de la producción, si bien este aumento se verificaba de modo contradictorio por la copresencia de cultivos intensivos y extensivos, favorecido por un fuerte aumento demográfico, una subida de precios y un incremento de los réditos agrícolas. Se verificó también una mejora en la producción y en la exportación de la seda (Piamonte, Lombardía y Calabria), del aceite (Sur de I.) y de los vinos (principalmente los sicilianos, como el de Marsala).El s. XVIII se puede dividir en dos periodos: el primero, de 1715 a 1748, en que I. sufrió una serie de cambios territoriales; y el segundo, de 1748 a 1792, en el cual I. gozó de un largo periodo de paz, que hizo posible una intensa actividad de reforma por parte de los príncipes ilustrados (v. DESPOTISMO ILUSTRADO), y un asentamiento territorial estable. Las aguas políticas fueron movidas por la política de revancha española inspirada por el card. Alberoni que desembocó en la ocupación de Cerdeña (1712) y Sicilia (1718). La oposición de la Cuádruple Alianza puso fin a la política de Alberoni, y con la paz de La Haya (1720) se reconoció todo lo que se había establecido en Utrecht, con una sola variante: la promesa de que Parma y Toscana pasarían a los Lorena, Sicilia a Austria, y Cerdeña a Piamonte. La guerra de Sucesión polaca (1733-38; v.) vio de nuevo a I. como teatro de las hostilidades: Francia, aliada al Piamonte, ocupa Lombardía, Parma y Guastalla, mientras España ocupa Sicilia y el reino de Nápoles. La amenaza de los ingleses de intervenir en el conflicto conduce a la paz de Viena (1738), que decreta la cesión del gran ducado de Toscana al duque de Lorena, la adquisición por Carlos Manuel III de Saboya del distrito de Novara, Tortona y los territorios de las Langhe, y la cesión de Nápoles y Sicilia a Carlos de Borbón, el futuro Carlos III de España (v.). Austria perdía el Sur de l., pero conservaba Lombardía, obteniendo también los ducados de Parma (v.) y Plasencia.La guerra de Sucesión austriaca (1740-48; v.) tuvo también sus inevitables repercusiones en I. El rey de Cerdeña, Carlos Manuel III, queriendo conquistar Lombardía, entró en la coalición franco-española, pero desconfiando de los aliados pasó al campo de los Habsburgo con suerte alterna: derrota en Madonna dell’Olmo (1744), victoria en la Assietta (1747). Los austriacos ocuparon Génova, pero una revuelta popular les echó en 1746. La paz de Aquisgrán (1748; v.) concluyó el conflicto con la cesión del ducado de Parma, Plasencia y Guastalla al hijo del rey de España Felipe de Borbón, mientras que a Piamonte se le permitía extender sus confines hasta el Tesino. Fue sólo un cambio de alianzas que llevó a la guerra de los Siete Años (v.), lo que hizo que l. no fuese ya más veces teatro de los encuentros entre Francia y Austria, y supuso para 1. una época de 50 años de paz. Durante el periodo que acabamos de ver I, estuvo sometida a la voluntad de las grandes potencias europeas, e igual le sucedió al Piamonte, que parecía el único Estado capaz de desarrollar una acción política y militar autónoma, y era uno de los peones en el gran juego político europeo; su permanencia y engrandecimiento dependió, en efecto, tanto de Francia como de Austria, interesadas en la existencia de este Estado colchón, así como de Inglaterra, que veía en Cerdeña la posibilidad de inclinar a su propio favor la influencia francesa y española en el Mediterráneo. El hecho importante era, sin embargo, que el Estado saboyano estaba considerado por las potencias europeas como un elemento indispensable para el equilibrio continental.El fin del antagonismo franco-austriaco permitió el fortalecimiento de las posiciones austriacas en I. Los Habsburgo-Lorena consiguieron extender su influencia a los Estados borbónicos de Nápoles y Parma, mediante el matrimonio de las dos hijas de María Teresa con Fernando IV de Nápoles (1768) y Fernando de Parma (1769), que tuvo como efecto político el licenciamiento del ministro filo-español Tannucci en Nápoles, y del filo-francés Du Tillot en Parma. La influencia austriaca se extendió después, con otro matrimonio, al ducado de Módena. De esta manera, Austria ponía las bases de un fuerte sistema estratégico, que sería después uno de los obstáculos más fuertes en la consecución de la unidad de 1. durante el Risorgimento. Esta consolidación austriaca era favorecida por la ya crónica debilidad de Venecia; debilidad tanto económica, a causa del carácter tradicionalista de la agricultura veneciana, como política, determinada por el inmovilismo de su estructura oligárquica.Otro factor favorable de la incontrastada extensión de la influencia austriaca era la gran decadencia en que se encontraba el Estado Pontificio, a lo que debe unirse también al agotamiento casi completo de la función cosmopolita de la cultura italiana tradicional, que es sustituida por una conciencia de la inferioridad cultural y civil de I., y de la necesidad de enlazar las nuevas ideas ilustradas a sus orígenes renacentistas. El unirse a la más avanzada cultura europea es también la posibilidad de continuar una tradición italiana, la del primer Renacimiento, que en otros lugares se había desarrollado, mientras que en I. se había debilitado por efecto de la Contrarreforma. La ilustración italiana no es, por tanto, fenómeno de mera imitación, sino la posibilidad de recoger los hilos ininterrumpidos de una cultura que es cada vez más nacional. Este fenómeno, no obstante, queda reducido a un exiguo número de intelectuales, cuyo estudio se dirige principalmente a problemas concretos, científicos, económicos, políticos, mientras que la mayor parte de la cultura italiana permanece aferrada a los viejos esquemas literario-retóricos, ejercitando una resistencia a las novedades mucho más intensa que en otros países europeos.Los mayores centros de difusión de las ideas de la Ilustración (v.) fueron: Lombardía, donde el jurisdiccionalismo austriaco favoreció la formación de un grupo de intelectuales (los hermanos Verri, C. Beccaria, G. Par¡ni), capaces de introducir la cultura en el contexto de los problemas reales del momento; el gran ducado de Toscana, en el cual se realizaron audaces reformas administrativas, económicas (P. Neri, F. Gianni, G. Rucellai, V. Fossombroni) y religiosas (jansenismo del obispo S. de Ricci e intento de formar una Iglesia nacional toscana); el reino de Nápoles, donde, si bien las reformas no consiguieron cambiar las relaciones feudales de propiedad, se desarrolló una fuerte corriente intelectual regalista y una cultura mucho más abierta, aunque un poco más teórica que la lombarda. Al margen del movimiento renovador permanecieron Luca, Génova (en 1768 perdió Córcega, que pasó a Francia, y que, por tanto, después de siglos de dependencia italiana, quedó fuera del Risorgimento nacional), Venecia (con una cultura todavía viva, pero en crisis) y el Estado Pontificio (si bien se puede encontrar una cierta actividad reformadora en el pontificado de Benedicto XIV y todavía más en el de Pío VI). Piamonte registró un fervor reformista a principios de siglo, pero la persistente política mercantilista y el vinculismo ciudadano hicieron caer los propósitos reformadores de la corte, y Turín se transformó en una de las capitales más conservadoras de 1.5. La Italia jacobina y napoleónica. La Revolución francesa actuó como elemento catalizador de los fermentos de renovación que se habían manifestado en diversas formas, algunas incluso contradictorias durante el s. XVIII. No obstante, la tempestad revolucionaria entró en I. en un momento en el que casi todos los Estados se encontraban en crisis: bien por la paralización de la obra de reforma, que había disgustado a los reaccionarios, e insatisfecho a los progresistas; bien por la imposibilidad, por parte de los Estados más conservadores, de reforzar los viejos ordenamientos. La sacudida revolucionaria, unida a la crisis político-social, determinó la formación de grupos revolucionarios y patrióticos que no pararon el movimiento reformador ya agotado, sino que al contrario dieron una nueva dirección a la lucha política, imprimiéndole además un carácter democrático-nacional-unitario. Los más avanzados en dicha dirección fueron los jacobinos, que se inspiraban en Rousseau, Mably, Morelly y en la Constitución francesa del a. I; entre ellos, la figura de mayor relieve fue F. Buonarrotti, y el centro más importante, Piamonte. Mientras tanto, la guerra entre Francia y Austria, que estalló en 1792, afectó al Piamonte, que vio cómo los franceses ocupaban primero Saboya y Niza, e inmediatamente después las costas de Liguria hasta Oneglia. El nombramiento de Napoleón Bonaparte (v. NAPOLEÓN I) como jefe del ejército francés en I. (marzo 1796), precipitó los acontecimientos. Después de haber derrotado a las tropas piamontesas y austriacas, Napoleón ocupó Lombardía hasta el Adigio, permitiendo a las poblaciones ocupadas darse libres instituciones democráticas. La invasión se extendió después al Estado pontificio y al ducado de Módena. Reggio, Módena, Bolonia y Ferrara se unieron y constituyeron la República Cispadana. La campaña italiana de Napoleón se concluyó con el tratado de Campoformio (octubre 1797), en virtud del cual Venecia era cedida a Austria.La República Cispadana, anexionada a los territorios de Lombardía (República Transpadana), tomó el nombre de República Cisalpina. En dicha República se adoptó por primera vez el tricolor verde-blanco-rojo como bandera nacional. A estos acontecimientos siguieron vastos procesos de democratización, formándose las Repúblicas de Liguria, Roma y Nápoles (Partenopea), mientras que Piamonte era anexionado a Francia. El saqueo brutal de las tropas francesas, que continuó durante el trienio 1796-99, fue causa de una grave crisis económica, y creó en todas partes un movimiento hostil hacia los franceses que acabó por implicar también a las nuevas Repúblicas jacobinas. La ausencia de Napoleón de I. ocasionó el derrumbamiento de todos los Estados democráticos que estaban a la merced de la restauración y de la reacción austro-rusa. Particularmente sanguinaria fue la represión jacobina de Nápoles. Pero el golpe de Estado burgués del 18 brumario dio de nuevo la iniciativa a Napoleón, que, volviendo a I., derrotó a los austriacos en Marengo (junio 1800), firmando la paz de Lunéville (febrero 1801). Renacía así la República Cisalpina, transformada en República Italiana bajo la presidencia de Bonaparte, mientras que rápidamente toda la Península caía en manos de los franceses.Las ilusiones democráticas y nacionales se derrumbaron definitivamente cuando Napoleón ciñó la corona de Emperador. La República Italiana se transformó en Reino de I., al que fue unida Venecia (1805). El Reino de Nápoles era confiado a José Bonaparte (1806; v. JOSÉ I DE ESPAÑA) y después a Joaquín Murat (1808). En 1809, el Estado pontificio era anexionado a Francia junto con el gran ducado de Toscana, que después fue entregado a la hermana de Napoleón, Elisa Baciochi. Fuera de la influencia francesa permanecieron solamente Sicilia y Cerdeña, en donde se refugiaron los Borbones y los Saboyas. A pesar de todo, Sicilia gravitó en el área de influencia inglesa, y se dio un régimen constitucional, que contribuyó más tarde a que los reinos napoleónicos no sobrevivieran a la derrota del Emperador. Entre tanto, en oposición al régimen napoleónico, se fueron formando en I. una serie de sectas: adelfos en el Norte, carbonarios (v.) en el Sur, güelfos en los Estados pontificios, que fueron el canal de los sentimientos de independencia y de aspiraciones constitucionales. La derrota de Leipzig (octubre 1813) provocó una separación de los regímenes napoleónicos italianos del Emperador, pero el fallido encuentro de éstos con el patriotismo sectario italiano dio la victoria a la reacción.6. La Italia de la restauración y los motines de 1820-21 y 1831. Con el congreso de Viena (1815; v.), 1. fue nuevamente dividida en: Reino de Cerdeña (Piamonte, Liguria y Cerdeña), bajo Víctor Manuel 1 de Saboya; Reino Lombardo-Véneto, bajo la autoridad austriaca; ducado de Parma y Plasencia, dado a María Luisa de Borbón; Gran ducado de Toscana (incluye también el Estado de los Presidios y, más tarde, desde 1847, también Luca), con Fernando 111 de Lorena; Estado de la Iglesia (Lacio, Marcas, Umbría, Benevento y Legaciones); Reino de las Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia), con Fernando IV de Borbón.La Restauración cayó no sólo bajo los elementos revolucionarios y ex napoleónicos, sino también bajo la nueva clase burguesa que se había formado durante el régimen napoleónico, empujándola así a la oposición. En I. comenzó entonces a florecer toda una serie de organizaciones sectarias de las más diversas tendencias: las más importantes fueron la Carbonería y la organización democrática jacobina de F. Buonarrotti. La revolución española de 1820 favoreció el estallido de una insurrección carbonaria en Nápoles (julio 1820) y de una separatista en Sicilia. En marzo de 1821, el ejemplo fue seguido por las organizaciones sectarias piamontesas (carbonarios y federados) que, en unión con las organizaciones lombardas, intentaron unir a su causa al heredero al trono saboyano, Carlos Alberto. Pero el nuevo rey de Cerdeña, Carlos Félix, hizo reprimir violentamente la revuelta con las tropas austriacas, que ya habían hecho caer al gobierno constitucional napolitano. Las revoluciones de 1820-21 fueron organizadas esencialmente por elementos del periodo napoleónico, que deseaban volver a la posición que la Restauración les había quitado, por lo que estas revoluciones, más que una preparación y una anticipación del sucesivo movimiento por la independencia, parecen cerrar la etapa precedente.El motivo unitario es, en cambio, más explícito en la revolución de febrero de 1831, en 1. central, ocasionada por la revolución francesa de julio de 1830 (v. REVOLUCIóN DE 1830). Las provincias levantadas trataron de unirse, y se constituyó el Gobierno de las Provincias Unidas. Pero las fuertes tendencias municipalistas resquebrajaron el movimiento, fácilmente dominado por las tropas austriacas. Los soberanos destronados fueron puestos en el trono y la reacción contra los rebeldes fue durísima.7. Macinianos y moderados. La Revolución de 1848. El fracaso de ’la revolución de 1831 hizo saltar a primer plano la nueva figura de G. Mazzini (v.), que realizó la ruptura con los viejos procedimientos sectarios de la Carbonería y fundó la joven I., asociación de lucha de nuevo tipo, secreta en cuanto al nombre de los adscritos, pero pública en el programa unitario, democrático y republicano. Mazzini preparó en 1833-34 una doble sublevación (expedición de Saboya), que no triunfó. El fracaso de la expedición de los Hermanos Bandera en Calabria (junio 1844) hizo entrar en crisis al movimiento maciniano. En la escena política italiana aparecieron entonces los moderados, cuyo mayor inspirador fue V. Gioberti (v.), que proponía una confederación de los príncipes italianos bajo la presidencia del Papa (neogüelfismo), mientras G. Balbo proponía la idea, después seguida por Cavour (v.), de una solución diplomática del Risorgimento. Dicho programa moderado implicaba también la realización de un mercado unitario, mediante la creación de una Unión arancelaria y la construcción de una red de ferrocarriles. Apoyada en sus intereses, la burguesía prestaba ayuda a los moderados y abrazaba con entusiasmo el programa unitario. La elección de Pío IX (1846; v.), Papa bastante abierto a las nuevas ideas constitucionales, abrió el llamado bienio reformista, y bajo el empuje de la opinión pública los príncipes italianos se orientaron hacia las concesiones constitucionales. Pero a fines de 1847 la presión reformista se transformó, por obra de los macinianos, en revolucionaria, y el rey de Nápoles se vio obligado a conceder el Estatuto (enero 1848). Los demás príncipes no tuvieron otra elección que seguir este ejemplo. Pero la revolución de París de febrero 1848 aceleró los acontecimientos (v. REVOLUCIÓN DE 1848). Los motines de Viena tuvieron eco en Milán, que se levantó ocasionando una serie de sucesos en cadena, durante los cuales los programas políticos pudieron verificarse en su validez objetiva.En conjunto, fue una prueba negativa, y esto tuvo un peso determinante en el desarrollo del Risorgimento, porque el fracaso de las teorías moderadas abrió el camino a los experimentos democráticos, que asustaron a la burguesía, empujándola a encerrarse en sí misma y a aceptar el compromiso con las viejas clases aristocráticas. Los democráticos a su vez no quisieron abrirse de un modo completo ni a las iniciativas de la voluntad popular, que las apoyó, por tanto, sólo parcialmente, ni intentaron el compromiso con las fuerzas moderadas. Una serie de equívocos se sucedieron de un modo concatenado, y 1848 señaló el comienzo de un Risorgimento como revolución burguesa fallida.El 18 de marzo estalló la revolución de Milán, que bajo la dirección del democrático-federalista C. Catanneo, después de cinco jornadas de lucha, consiguió expulsar a los austriacos. Junto con Milán se levantaron también los ducados de Emilia y Venecia, que restauró la antigua república. En Milán surgió pronto un contraste entre democráticos, hostiles a una intervención del Piamonte, pues desconfiaban de sus miras expansionistas, y moderados, favorables en cambio a la intervención. Carlos Alberto, temiendo que una república libre lombarda constituyera el centro de atracción de todas las fuerzas democráticas italianas, intervino en apoyo de los moderados; declarada la guerra a los austriacos, entraba en Milán, venciendo después a los austriacos en Goito y Pastrengo. Empujados por la opinión pública, también el gran duque de Toscana, Pío IX y el rey de Nápoles declaraban la guerra a Austria; pero como la política de Carlos Alberto se revelaba cada vez más saboyana que italiana, retiraron del frente sus tropas, el primero de todos Pío IX.Caía así el mito neogüelfo y la teoría de la guerra federal. Sólo permanecía en pie la guerra saboyana, pero, después de algunas victorias, el ejército piamontés era duramente derrotado en Custoza (julio 1848). Carlos Alberto abandonó Milán a los austriacos y firmó el armisticio. Pero en Piamonte, la oposición democrática se aliaba al partido neogüelfo e imponía a Gioberti como primer ministro. Carlos Alberto se vio, por tanto, obligado a iniciar de nuevo la guerra contra los austriacos, siendo nuevamente derrotado en Novara. El armisticio se firmaba en Vignola, y Carlos Alberto abdicaba en favor de Víctor Manuel II (v.). Quedaban. todavía en pie algunos focos de resistencia: Brescia, Roma y Venecia. En estas dos últimas ciudades se habían creado verdaderas repúblicas democráticas, que iniciaron avanzados experimentos de autogobierno, promulgando ejemplares Constituciones. Pero la Francia burguesa y antisocialista de Luis Napoleón (V. NAPOLEóN III) envió un cuerpo de expedición a Roma, que fue conquistada después de durísimos combates (2 jul. 1849). Venecia resistió todavía algunos meses, pero el 26 de agosto se rindió a las tropas austriacas. Después del fracaso de los motines de 1848 (llamados con poca exactitud 1 guerra de Independencia), los diversos Estados italianos tomaron el camino de la reacción, muchas veces brutal.8. La unificación de Italia. La nueva situación creada en 1848-49 fue causa de que la media y pequeña burguesía, empujada a la oposición en los otros Estados, en Piamonte, gracias a la hábil política de Cavour, se transformase en clase dirigente, que se puso al frente de una interesante y provechosa alianza parlamentaria entre el centro derecha y el centro izquierda (el así llamado "connubio"). El experimento moderado, pero claramente liberal y antifeudal del Piamonte, hizo gravitar alrededor de este pequeño Estado el movimiento del Risorgimento, que así perdía su origen democrático popular, transformándose en un movimiento moderado, a cuya cabeza estaba la monarquía saboyana, dirigido por la hábil diplomacia de Cavour. Mazzini perdió predicamento, pero no desistió en su propaganda revolucionaria, fomentando insurrecciones locales, de las que la más significativa fue la de C. Pisacane’en Sapri (1857). La expedición fracasó, pero tuvo el mérito de introducir en la problemática política democrática ciertos temas del pensamiento socialista y la idea de la necesidad de una alianza entre los liberaldemocráticos y las masas campesinas.El problema del Risorgimento visto desde fuera de las perspectivas expansionistas de la monarquía piamontesa era así clarificado, y Cavour creó primero la Societa Nazionale, que propugnaba la unificación de 1. bajo la dirección de los Saboyas, y después, "diplomatizando" como -se suele decir, el Risorgimento, es decir, haciendo que Piamonte participase en la guerra de Crimea, agitando el problema italiano en el congreso de París y celebrando acuerdo con Napoleón 111 (Convenio de Plombiéres) para que interviniese en I., junto con Piamonte, contra Austria. En abril de 1859, Cavour, seguro del apoyo francés, declaraba la guerra a Austria, originándose así la 11 guerra de Independencia. Las victorias de Magenta, Solferino y San Martino significaron el triunfo del principio monárquico, pero repentinamente los franceses retiraron su apoyo (armisticio de Villafranca, julio 1859), y Cavour dimitió, con lo que restituyó la iniciativa al partido de acción maciniano.G. Garibaldi (v.) se puso entonces al frente de una expedición de mil hombres que, partiendo de Quarto, desembarcó en Sicilia (mayo 1860) y, con el apoyo de los campesinos locales, que veían en él la posibilidad de resolver con la reforma agraria los seculares problemas de la falta de tierras y del hambre, consiguió derrotar a los Borbones, y llegar hasta Nápoles, estando también decidido a marchar sobre Roma. Cavour, temiendo que la conquista de Roma hiciese intervenir a Francia y Austria en defensa del Papa y que la corriente democrática radical se impusiese sobre la moderada, hizo intervenir al ejército piamontés, anexionando los Estados del Centro de I. y alcanzando Nápoles. En octubre de 1860, Garibaldi y Víctor Manuel 11 se encontraron en Teano: Garibaldi cedía a la fuerza y entregaba el Sur de I. al Piamonte. De este encuentro salía derrotada la solución democrática del Risorgimento y se imponía la piamontesa, mediante la anexión al Piamonte, por medio de plebiscitos, de varios Estados italianos, exceptuados Lacio y Venecia.La unificación se hacía mediante la organización de un Estado centralista, burocrático, censitario y privilegiado, que abría así un surco profundo entre gobernantes y gobernados, y que nacía con una fuerte dosis de impopularidad. Este hecho se agravaba más tarde por una oposición desilusionada e incapaz de organizarse en terrenos de lucha concretos y nuevos. Las masas, abandonadas de las tradicionales clases dirigentes, encontraron nuevos modos de oposición: bien en el naciente movimiento internacionalista, bien en las organizaciones católicas, o bien en las formas elementales de bandidaje, que en 1861-65 alcanzaron en el Sur de I. proporciones preocupantes; este movimiento fue eliminado mediante una durísima represión, que tuvo como resultado hacer más profundo el surco entre clases dirigentes y masas rurales. Este malestar fue campo abonado para la propaganda anárquica de Bakunin (v.). De todos modos, en el plano político, la unidad del país se había conseguido, y el primer Parlamento italiano se reunió en Turín el 18 feb. 1861, proclamando a Víctor Manuel II soberano del nuevo Reino de I.9. La política de la derecha. Quedaban todavía sin resolver dos grandes problemas: la anexión del Véneto (v.) y la de Roma. La posición del gobierno Ricasoli-Rattazzi fue ambigua por lo que se refiere a la cuestión romana: paralizó la acción de Garibaldi bloqueándolo en Aspromonte (agosto 1862), temiendo la intervención de Francia, con la cual debió pactar la convención de Septiembre, formalizando la integridad del Estado pontificio. En 1865, la capital fue trasladada de Turín a Florencia. En 1866, comenzó la llamada eufemísticamente III guerra de Independencia, que resultó un desastre para el nuevo ejército italiano, derrotado en Custoza por tierra y en Lissa por mar. La anexión del Véneto sólo fue posible gracias a la victoria de Prusia (de la que 1. era aliada) sobre Austria en Sadowa (1866). Austria cedía el Véneto a Francia y ésta a I. El humillante desarrollo de la guerra dio de nuevo vigor a la oposición maciniana. Las condiciones económico-financieras del país se habían agravado: el déficit superaba el 60% del presupuesto total del Estado; para sanearlo se recurrió a un sistema de impuestos indirectos en vez de gravar sobre el rédito o sobre la propiedad, y en el Sur al odiado impuesto sobre la molienda, que agravó el malestar de las poblaciones camp--sinas. Mientras tanto, el gobierno Rattazzi permitió un nuevo ataque de Garibaldi contra Roma, que también fue detenido por un cuerpo de expedición francés en Mentana (noviembre 1867). Nuevamente el problema se resolvió por un hecho externo: la Guerra franco-prusiana (v.) y la derrota de Francia en Sedán, que dejó el camino libre al Gobierno italiano. El 20 sept. 1870 las tropas reales entraban en Roma por la brecha de Porta Pia y en 1871 el Gobierno se trasladaba a Roma, nueva capital del Reino de 1.Las relaciones con la Santa Sede fueron reguladas unilateralmente por la Ley de las garantías, con la cual se garantizaba la absoluta libertad espiritual del Papa, la extraterritorialidad del Estado del Vaticano y se le concedía un subsidio anual. Pío IX no reconoció la validez de la ley, excomulgó a los "usurpadores" y prohibió a los católicos participar en la vida política (non expedit). Mientras, la derecha, que, a pesar de las dificultades con las que se había encontrado, había conseguido sanear el presupuesto e iniciar una serie de transformaciones industriales, se estaba desgastando, y bajo la presión de los grupos económicos lombardos, que temían el abandono de los criterios liberales, y de la izquierda, cayó a causa de la nacionalización de los ferrocarriles. La izquierda parlamentaria, a cuyo frente estaba A. Depretis, consiguió entonces el poder (marzo 1876).10. La izquierda en el poder y la crisis de fin de siglo. No se trató, como se dijo, de una "revolución parlamentaria", sino de un simple cambio de guardia, pero que produjo un estancamiento parlamentario debido al empleo de la llamada táctica del "transformismo" (asegurar la mayoría mediante acuerdos preliminares con los opositores más influyentes y con el favoritismo y la corrupción ejercida con los opositores de la palude o parlamentarios de tendencia amorfa). El triunfo de la nueva línea política fue posible gracias al acuerdo entre la política reformadora de la clase burguesa de 1. del Norte, con los intereses de los propietarios de las tierras del Sur. Por lo que se refiere a la derecha, en vez de constituirse en un fuerte partido de la oposición se desmembró, y la única oposición se organizó alrededor de la extrema izquierda radical y republicana.En política interior, la izquierda realizó importantes reformas, como la de la enseñanza elemental obligatoria y gratuita, la abolición del impuesto de molienda, la reforma electoral (1882) que hizo pasar de 600.000 a 2 millones el número de electores. El sufragio censitario se extendió a los que pagaban más de 30 liras de impuestos. En el campo económico, se dio un fuerte impulso a la creación de los grandes complejos industriales, como Terni, Montecatini, Edison, Pirelli y Breda. Se instauró una política de protección aduanera para defenderse de las otras naciones europeas más desarrolladas industrialmente, y para proteger la producción cerealística del Centro-Sur amenazada por la concurrencia americana (tarifas de 1878 y 1887). Tal política provocó una ruptura con Francia (guerra aduanera), uniendo así a la clase política con los grupos financieros e industriales interesados en el desarrollo de la industria pesada, en pleno acuerdo con la política belicista de los círculos militares, que estaban introducidos en la corte, después de la subida al trono de Humberto 1 (1878). Continuaba sin resolverse, más aún se agravaba, el problema del Sur (fenómeno de la emigración), y se hacía sentir cada vez más la presencia de la clase obrera que, abandonando el inicial anarquismo, se daba una organización de inspiración marxista, y fundaba en Génova (1892) el Partido Socialista de los Obreros Italianos.Las dificultades internas influyeron en la política internacional; la izquierda cedió al incipiente colonialismo de la burguesía, y sobre todo de la corte, viéndose empujada a una alianza con Alemania y Austria (Triple Alianza; v.), y a iniciar una política colonial, que solamente trajo desilusiones. La derrota de Dogal¡ (1887) provocó una crisis gubernamental, con la subsiguiente formación del Gobierno Crispi, que reemprendió la guerra colonial (protectorado sobre Abisinia, 1889) y que en el interior, apoyado por un fuerte grupo agrario industrial, supuso represiones de la policía contra la extrema izquierda y el movimiento obrero. Después de un breve intermedio, con el gobierno Giolitti (1892-93), una serie de krack financieros y la amenaza de insurrección de los fase¡ sicilianos indujeron a Crispi a proclamar la ley marcial y a reprimir duramente las agitaciones populares. Pero la derrota de Adua en la guerra de Abisinia (1896) hizo presentar la dimisión al Gobierno. Las fuerzas reaccionarias no se contentaron con el hecho, más aún encontraron en el rey su portavoz más distinguido y además decidido a dar un golpe de Estado. La situación se precipitó con la revuelta de Milán (1898), que fue también duramente reprimida. El camino del golpe de Estado estaba abierto, y el rey nombró primer ministro al general Pelloux, que intentó que se aprobasen en la Cámara una serie de leyes tendentes a quitar poder al Parlamento y dárselo al monarca. Frente a este intento anticonstitucional se formó un bloque de fuerzas liberales, socialistas y de la extrema izquierda, que aplicando la técnica del obstrucionismo consiguió hacer caer al Gobierno Pelloux. El gobierno, después de las elecciones generales, fue confiado al liberal Saracco, pero un nuevo acontecimiento cerraba trágicamente el siglo: el asesinato de Humberto I por un anarquista (julio 1900).11. La época de Giolitti. El nuevo rey Víctor Manuel III (v.), aleccionado por el fracaso de la política paterna, volvió a la legalidad constitucional, confiando el gobierno primero a Zanardelli (1901), y después al jefe de la oposición liberal G. Giolitti (1903), que presidió tres Gobiernos (1903-05; 1906-09; 1911-14), durante los cuales 1. conoció una época de tranquilidad civil y prosperidad económica. La nueva política giolitiana se inspiraba en el criterio de la imparcialidad del Gobierno en la tutela del orden público y en los conflictos de los diversos grupos. Giolitti consiguió que se aprobasen leyes que amparasen el trabajo de las mujeres y de los niños, abrió un Comisariado para la emigración y un Consejo superior del trabajo, puso en marcha importantes obras públicas y saneó la economía haciendo de la lira una de las más fuertes monedas internacionales. Esta nueva dirección política y económica, favoreció las huelgas de reivindicación que preocuparon a la clase dirigente.Frente a la creciente oposición de la derecha, Giolitti se alió con las fuerzas políticas del Norte con menoscabo del Sur, donde, en consecuencia, se fomentó la corrupción y el caciquismo, y la casi desaparición de los partidos políticos. La maniobra se realizó con el partido republicano y radical, mientras que resultó mucho más difícil la relación con los socialistas y católicos. Estos últimos habían vuelto poco a poco a la vida política, y la Opera de¡ Congressi, por obra de R. Murri, había lanzado la idea de realizar un partido democrático cristiano. El Vaticano desaprobó la corriente de izquierdas, disolvió la Opera de¡ Congressi (1904) y propuso, en cambio, la formación de un bloque electoral clérico-liberal-conservador con una función antisocialista. En las elecciones de 1904, entraron en el Parlamento algunos "católicos diputados" como se les llamó en aquella época. Los socialistas, después de la derrota de la corriente sindicalista revolucionaria, como consecuencia del fracaso de la huelga general de 1904, y de la constitución de la Con f ederazione Generale dedel Lavoro (1906), apoyaron primero desde fuera el experimento reformador de Giolitti, para pasar después a la oposición tras la gran crisis económica de 1907-08.Giolitti intentó contrapesar las tendencias de derecha e izquierda concibiendo simultáneamente, como las dos caras de una única maniobra política, la reforma electoral y la empresa colonial de Libia (1911). La guerra colonial, que concluyó en 1912 con la conquista de Libia, provocó en el país una gran ola de radicalismo de derechas (fundación del partido nacionalista), y de izquierdas (escisión del partido socialista y victoria de la línea intransigente revolucionaria de B. Mussolini, v.). En las elecciones de 1913, de sufragio universal, Giolitti pactó con los católicos. El pacto funcionó, pero lq, mayoría contradictoria que resultó en las elecciones indujo a Giolitti a presentar la dimisión; y el estallido de la "semana roja" en junio de 1914 causó miedo a la burguesía e indujo al Gobierno Salandra a hacer una ulterior corrección hacia la derecha.12. La intervención italiana en la 1 Guerra mundial. En el mismo mes de junio estallaba la I Guerra mundial (v.). I. declaró su neutralidad mientras que el país se dividía en una mayoría neutralista (católicos, liberales, giolitianos y socialistas), y en una minoría intervencionista (liberales conservadores, socialistas reformadores, republicanos e irredentistas, nacionalistas y sindicalistas revolucionarios encabezados por Mussolini). Las presiones del rey, de los ambientes militares y de los grupos siderúrgicos unidos al movimiento nacionalista, indujeron al Gobierno a una alianza secreta en Londres con la Entente (v. ENTENTE CORDIAL), y a entrar en guerra el 25 mayo 1915 contra los Imperios centrales. El ejército italiano se encontró pronto ocupado en una durísima guerra de posición en el valle del Isonzo y, en 1916, debió afrontar la Strafexpedition (expedición de castigo) lanzada por Austria sobre el flanco derecho, entre el Adigio y el Brenta. La ofensiva lanzada por los austro-alemanes sobre el Alto Isonzo causó una terrible derrota al ejército italiano, que se vio en la necesidad de retirarse hasta el Piave (derrota de Caporetto del 24-27 oct. 1917). La sustitución del general Cardona por el general Díaz, y del Gobierno Boselli por el de Orlando, y la gran voluntad y capacidad de sobrevivir que demostró el pueblo, hizo que la crisis se pudiese superar. El ejército italiano inició la ofensiva, y en Vittorio Véneto conseguía la definitiva victoria sobre los austriacos (4 nov. 1918).13. La posguerra y la llegada del fascismo. La euforia de la victoria pasó pronto y el descontento en el país comenzó a ser cada vez más grave. La derecha nacionalista, a pesar de que con la victoria 1. había obtenido la posesión del Trentino (v.), Alto Adigio, Trieste (v.) e Istria, comenzó a difundir el mito de la "victoria mutilada", y G. D’Annunzio (v.), con su golpe de mano sobre Fiume (septiembre 1919) daba la señal de partida a la subversión de derechas del Estado liberal. En el mismo año, Mussolini había fundado los Fascios Italianos de Combate (v. FASCISMO) y L. Sturzo (v.) el primer partido católico: el Partido Popular Italiano. En las elecciones de noviembre de 1919, los socialistas tuvieron 156 escaños, los populares 101 y los ~iberales y los radicales 251: era la victoria del partido de masas católico y socialista y el ocaso del Estado liberal. El gobierno fue confiado al viejo Giolitti, que no supo comprender la nueva situación y pensó que podría resolver la crisis con sus tradicionales sistemas. Mientras tanto, en agosto de 1920, los obreros de Milán y Turín comenzaron la ocupación de las fábricas, pero el experimento de autogestión fracasó, y el partido socialista, que se había negado a seguir el camino de las, reformas, abandonó también la revolución. A causa de esto nace, en Livorno, en agosto de 1920, el partido comunista, de clara inspiración bolchevique. La derrota del proletariado abrió el camino a las violencias fascistas, ya abiertamente apoyadas por los industriales del Norte y por los propietarios agrícolas emilianos.En noviembre de 1921, Mussolini fundaba el Partido Nacional Fascista, concebido como grupo de asalto de la contrarrevolución preventiva de la gran burguesía con el tácito apoyo de la autoridad del Estado. Giolitti había dimitido en julio 1921 y el débil Gobierno Facta no supo oponerse a la marcha de las escuadras fascistas sobre Roma, en octubre de 1922. El rey se negó a declarar el estado de sitio y con un verdadero golpe de Estado transfería el poder a Mussolini. La política aparentemente legal que siguió al principio de su Gobierno le valió el apoyo de los populares y de gran parte de los liberales, que esperaban utilizar el fascismo para frenar la hipotética revolución socialista y volver a tomar el poder. Pero la suerte del fascismo no estaba unida al apoyo parlamentario que los liberales y populares diesen a los 30 diputados fascistas elegidos para la Cámara en mayo de 1921, sino a la gran masa de la población políticamente no cualificada, que se dejó convencer por la ilusión de un orden sin libertad, por su tendencia) antiparlamentarismo y por la demagogia del duce. El triunfo obtenido, con violencias y engaños, en las elecciones de abril de 1924, empujó a Mussolini, una vez superada la crisis abierta con el asesinato del diputado socialista Mateotti, y que pareció, por un momento, poner en crisis al fascismo, a romper definitivamente con la legalidad, anunciando a la Cámara la instauración de la dictadura totalitaria (3 en. 1925). La oposición debía pasar a la lucha clandestina, o exiliarse.El triunfo logrado con la celebración de los pactos lateranenses con la Santa Sede (11 feb. 1929), que concluían la secular discordia entre el Estado italiano y la Iglesia, fortaleció más aún la dictadura fascista (v. LETRÁN, TRATADO DE). El Gobierno obtuvo algunos resultados positivos en la agricultura mediante una serie de saneamientos que hizo disminuir, casi por completo, la importación de grano, y en las obras públicas (carreteras y red ferroviaria). Un fuerte aumento experimentó también la industria pesada, pero fue un verdadero fracaso la política económica y la nacionalización de las pérdidas y riesgos de la producción. La política colonial fue reemprendida en 1935 con la conquista de Etiopía, que tuvo como consecuencia la alianza con Alemania (Eje Roma-Berlín). En 1939, 1. ocupaba Albania y celebraba una nueva alianza de tipo militar con Alemania (pacto del Acero), que implicaba la sumisión de I. a la política internacional alemana.14. De la 11 Guerra mundial hasta nuestros días. El estallido de la II Guerra mundial (v.) indujo a Mussolini, seguro de la rápida victoria alemana, a declarar la guerra a Francia (junio 1940), precipitando así a I. en la más terrible de las guerras. El ejército italiano, falto de preparación para sostener un largo conflicto, sufrió graves derrotas en África, Grecia y Rusia. La pérdida de Libia y, finalmente, el desembarco de los aliados en Sicilia (julio 1943), llevaron a la opinión pública, aun a la más crédula, a posiciones antifascistas. Mientras, las fuerzas de los partidos políticos tradicionales organizaban la resistencia. La crisis afectó también al régimen desde dentro. El 25 jul. 1943 Mussolini se encontraba en minoría en el Gran Consejo Fascista y era arrestado por orden del rey. Un nuevo Gobierno, bajo la dirección del general Badoglio, tomó el poder y firmó el 8 de septiembre un armisticio con los aliados. Los alemanes ocuparon entonces L; Mussolini, liberado, organizó en el Norte la República fascista de Saló. Comenzó en ese momento una unánime resistencia pasiva de la población y activa de las formaciones partisanas contra los alemanes y los fascistas. La Resistencia antifascista, movimiento de dimensión social y popular, representó una especie de integración-superación del Risorgimento, que había sido fundamentalmente un movimiento de élites, y su triunfo fue la fundación de la República, soñada por Mazzini. El avance de los aliados sobre la llanura del Po fue en todos sitios precedido de la insurrección popular y partisana, que el 25 abr. 1945 liberaban Milán, Génova y Turín. Mussolini, capturado por los partisanos, fue ejecutado sumariamente.En mayo de 1946, Víctor Manuel III abdicaba en favor de su hijo Humberto, y el 2 de junio un referéndum institucional proclamaba la República. E. De Nicola fue elegido, provisionalmente, presidente hasta que la Asamblea Constituyente diese al país una Constitución (1 en. 1948). L. Einaudi (v.) fue nombrado entonces presidente de la República (después: G. Gronchi, 1955-63; A. Segni, 1963-64; G. Saragat, 1964-71; G. Leone, 19711978). La inicial colaboración de partidos antifascistas se rompe en 1946; comunistas y socialistas unidos son excluidos del Gobierno formado por una coalición centrista (demócratas-cristianos, liberales, republicanos, social-demócratas). Alcide De Gasperi (v.), jefe de las democracias cristianas, es el gran líder en los años cincuenta, y artífice de la inserción de 1. en la nueva Europa. Rota la coalición centrista en 1954, las crisis y recomposiciones son frecuentes. En 1964 se constituye un gobierno de centroizquierda (demócratas-cristianos, socialistas, socialdemócratas, republicanos), las crisis continúan; en ese ambiente algunos consiguen se apruebe con muchas dificultades una ley de divorcio (1974). El terrorismo invade I. y, entre otros, asesina en mayo 1978 a Aldo Moro, Presidente de la Democracia Cristiana.GIOVANNI STIFFONI.
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