Italia, Historia de la Literatura. LIT.
Categoria:
Literatura
1. Siglo XIII. Dejando aparte unos escasos ritmos y debates juglarescos de la segunda mitad del s. xii la literatura italiana empieza a tener una fisonomía autónoma en la primera mitad del s. xiII, cuando ya se pueden individualizar tres núcleos poéticos a lo largo de la Península: el central, donde florece la poesía cordial en dialecto umbro de S. Francisco de Asís (v.), con su Cántico de las criaturas, la primera composición datable con bastante exactitud en los dos últimos años de la vida del santo (1224-26); el septentrional, que favorece un tipo de poesía religiosa de carácter didáctico y alegórico en los dialectos galoitálicos, con Girardo Patecchio da Cremona; y el meridional, donde tiene lugar en la corte del emperador Federico II (m. 1250) la primera escuela de poesía italiana que estará en la base de la tradición lírica de toda 1. La primera fecha deducible del poeta más antiguo conocido de la misma, Giacomo da Lentini, remonta a 1233-34, mientras que el debate o Contrasto del desconocido Cielo d’Alcamo hay que situarlo entre 1231 y 1250.En la segunda mitad de este mismo s. xIII, estos tres filones de poesía acreditan ya lo que supondrán para el futuro literario de la Península. El poeta del Norte más importante es Giacomino da Verona, fraile menor observante, autor de dos poemas religiosos sobre el Infierno y el Paraíso y que interesa no sólo por sus temas precursores de Dante, sino por escribir en cuartetos monorrimos de alejandrinos. Pero estos poetas septentrionales no quedarán inscritos en una tradición lingüístico-literaria. En la Umbría continuarán los cantos religiosos de alabanza, las laude, en la forma de la balada, entonados por cofradías de laicos, los disciplinati, expresión popular de la religiosidad medieval. De las laude dialogadas se desarrollará en eJ s. xv la sacra rappresentazione. El poeta más importante de este género, unos 20 años más joven que Dante, es el franciscano Jacopone da Todi (v.), autor de un centenar de composiciones, entre las que sobresale el Pianto della Vergine. En el Sur continuará, con el hijo de Federico 11, Manfredi (m. 1266), la corte sede de los poetas de la Escuela Siciliana (v.), la cual, trasplantada al centro de I., dará lugar a un tipo de poesía cortés conocida con el nombre de sículo-toscana. La importancia de este último grupo poético, cuya figura preponderante fue Guittone d’Arezzo, reside en haber servido de intermediario entre sicilianos y stilnovistas, creándose así una línea de continuidad en la tradición lírica italiana. En Guittone (m. 1294) se observa además una ampliación de la temática, la cual se extiende del amor, tema casi exclusivo entre los sicilianos, a la expresión de los sentimientos civiles y morales, preludiando el moralismo dantesco y el aristocratismo de Petrarca. Se considera a Bonagiunta Orbicciani da Lucca como discípulo suyo, pero se ha comprobado que fue más anciano que Guittone y tuvo cierta autonomía, aunque vinculado al desarrollo de la poesía siciliana.Junto a esta poesía culta o cortés, la más significativa, se desarrolla una veta de poesía popular o juglaresca, de más difícil determinación y de técnica y temas más elementales; baste recordar al juglar profesional Ruggieri Apugliese o la anónima colección de los Memoriales boloñeses; en cambio, en el mencionado Cielo d’Alcamo hay mezcla de desgarro popular y saber métrico culto. No exactamente popular, pero en conexión con la poesía goliardesca (v.), es el grupo de rimadores conocidos como "realistas" o "burgueses". En una lengua inmediata, con un léxico jocoso y concreto, exaltan fundamentalmente el juego, el vino y el amor carnal. El iniciador fue el florentino Rustico di Filippo (m. ca. 1300), autor de 58 sonetos, la mitad corteses y la otra mitad cómicos, que destaca por sus escenas locales y su sentido caricaturesco. Este tipo de poesía se contrapone a la tendencia idealizante de su contemporáneo Guido Guinizzelli (m. ca. 1276), que arranca de Guittone, aunque evitando sus artificios estilísticos y lo abstruso de su lenguaje, para llegar a un estilo refinado y dulce, apto para expresar una .nueva filosofía del amor, concebido como elevación espiritual del enamorado: se crea así, tras los sicilianos y los guittonianos, la tercera escuela de la poesía italiana conocida como Stil nuovo (v.). Si la gloria de iniciador del nuevo estilo le corresponde a Guinizzelli, boloñés, el mejor y el más calificado de los poetas italianos anteriores a Dante fue el florentino G. Cavalcanti (m. 1300; v.).Para completar el panorama en el s. xiii hay que aludir a las manifestaciones, menos significativas y más modestas, de la prosa. Todavía se escribe en latín, naturalmente, así como en verso se dan también muestras en francés y provenzal. Los principios de la prosa en italiano son vulgarizaciones del latín y del francés. Pero todavía un notario florentino, Brunetto Latini (m. 1295), cuyo magisterio intelectual fue reconocido por el mismo Dante, escribe en francés el Trésor, especie de enciclopedia medieval, inmediatamente vulgarizado como el Tesoro, por Bono Giamboni, que no debe confundirse con el Tesoretto, reducción en heptasílabos pareados y en "vulgar" del propio Brunetto; su Rettorica, traducción de Cicerón, está ya en italiano. A este tipo de prosa artística y ornada pertenecen también Guido Faba, uno de los maestros en latín y romance de las artes dictandi, y Guittone d’Arezzo por sus Lettere, de lengua rebuscada y latinizante. Más interés literario tiene la prosa narrativa, la cual, aparte de traducciones del francés, como el Libro de¡ sette savi, ofrece una colección original, anónima y de finales de siglo, de 100 cuentos derivados de diversas fuentes y conocida como el Novellino; es transparente su intención laica y gibelina en una prosa descarnada no carente de intención poética. Al género historiográfico pertenece El libro de Marco Polo, llamado también el Milione (apodo de los Polo), que amplió hacia el Oriente los horizontes del mundo conocido hasta entonces. Marco Polo (v.) dictó en 1298 las experiencias de su viaje en francés, pero el libro se divulgó inmediatamente traducido a otras lenguas romanas y al latín.2. Literatura trecentista. El s. xiv es importantísimo en la historia de la literatura italiana; ésta alcanza ya su madurez antes de iniciarse el siglo. Dante está precisamente (1265-1321) en la intersección de ambos siglos. Sólo por una arbitraria separación cronológica puede parecer distanciado Rustico di Filippo, ya citado, de Ceceo Angiolieri (ca. 1260-ca. 1312) y de Folgore da San Gimignano (ca. 1280-ca. 1330), agrupables los tres, aunque con distinta personalidad, entre los poetas realistas toscanos. Ceceo es el más cínico y desgarrado, en clara actitud antistilnovista, de efectos verbales seguros, hasta haber desvirtuado su interpretación crítica. Folgore, en cambio, tiene un fino realismo aplicado a la vida galante de la Toscana. Y paralelamente seguirá en vigor la poesía del dolce Stil nuovo, aunque con poetas de menor relieve, a no ser el propio Dante, que en su obra juvenil representa la culminación de la escuela.Con la gloriosa tríada de Dante, Petrarca y Boccaccio, el Trecento italiano se impone en la literatura europea. Dante (v.) es la síntesis y perfección de todas las tendencias poéticas y culturales apuntadas hasta entonces y, al mismo tiempo, clave del saber literario y lingüístico de la nación italiana, no parangonable a ninguna otra figura por su dimensión humana y artística sin fronteras. En latín vierte su doctrina lingüística (De Vulgar¡ Eloquentia) y su concepción política (De Monarchia) ; para el italiano reserva su inspiración lírica, la historia de su amor por Beatriz en la prosa poética de la Vita nuova, el tratado doctrinal del Convivio y el "poema sacro", como llamó a su Comedia, no encuadrable en ningún género, por abarcar el mundo y el trasmundo, el ser humano y el divino, el tiempo y la eternidad. Si a Dante lo notamos anclado en la Edad Media, por su sentido universalista en la cultura y en la política, por su fe religiosa y sus convicciones morales, a Petrarca (v.) lo vemos más moderno, por sus contrastes internos, su valoración de lo mundano y su sentido filológico que le sitúa a la cabeza de los humanistas. Hay un Petrarca latino, el más abundante, el de las obras de mayor pretensión, que va desde el poema épico en verso (Africa) hasta el diálogo ascético, como el Secretum, pasando por su inmenso epistolario y otros escritos eruditos; la fama que perseguía la alcanzó precisamente durante su siglo y el siguiente con estas obras; pero el que había de perdurar a partir del Renacimiento sería el Petrarca italiano, el que intenta emular a Dante con los Trionfi y, sobre todo, el del Canzoniere, expresión de un sentimiento amoroso entre el afán de infinito y la conciencia de la caducidad de lo mundano, con un equilibrio rítmico y lingüístico que habrá de ser modelo de la lírica amorosa posterior.Boccaccio (v.) nace sólo un año después que Petrarca y ambos pertenecen a una generación siguiente a la de Dante. Frente al desdén que Petrarca aparentó por éste, Boccaccio estudió y comentó públicamente la Divina Comedia. Humanista también, su cultura fue inferior a la de Petrarca y sus obras en latín, repertorios de conocimientos clásicos, no superan la intención erudita. Sus numerosas obras en "vulgar", en verso y prosa, comprenden la novela y el poema pastoril (Ameto y Ninfale fiesolano), el poema épico y caballeresco (Teseida y Filostrato), la imitación dantesca (Amorosa visione) y la forma base de la novela sentimental (Fiammetta y Filocolo); paralelamente, fija la octava como metro de la poesía narrativa posterior. Pero Boccaccio dará sobre todo forma definitiva a la futura prosa italiana con su Decameron, legando, con su lengua y estudiado estilo, un modelo de marco narrativo o cornice; la concepción del hombre y su exaltación de la inteligencia libre de constricciones, la compleja visión de la vida con su realismo local, social y psicológico, le permiten integrar la comedia divina con su comedia humana y completar el aristocratismo solitario de Petrarca con su amor a la vitalidad del pueblo.La literatura restante del s. xiv se halla en los esquemas ya tratados: continuará cierta lírica stilnovista y hasta con huellas de Petrarca, junto a expresiones de poesía popular, como los cantara, en octavas, cantados en público y frecuentemente anónimos, aunque cabe destacar el nombre de Antonio Pucci (m. 1388). El culto de Dante persiste a lo largo del siglo y también cierta literatura alegórico-didáctica que le imitará en sus aspectos externos o doctrinales (Documenta d’Amore y Reggimento e costumi di donna, de Francesco da Barberino; el Dittamondo, de Fazio degli Uberti; el Quadriregio, de Federigo Frezzi) o se presentará en forma de enemistad personal, como hace Ceceo d’Ascoli, quemado vivo por herejía en 1327, en su Acerba. La novelística sigue naturalmente las huellas de Boccaccio; el mejor, y más independiente fue Franco Sacchetti (m. 1400), poeta y cuentista, autor del Trecentono velle, a base de burlas, engaños y equívocos, que retratan una realidad elemental de pequeños burgueses sin relieve; Giovanni Sercambi (1348-1424) es el más obsceno en su Novelliere de 150 cuentos; y Giovanni Fiorentino toca temas fantásticos en las 50 narraciones de su Pecorone, una de las cuales sirvió de trama al Mercader de Venecia de Shakespeare.Quedan otros dos aspectos importantes en la literatura trecentista: el histórico y el religioso. Sobresalen dos cronistas, ambos florentinos: Dino Compagni (ca. 1255-1324), uno de los mayores prosistas de su tiempo por su Cronica, referida a Florencia entre 1280 y 1312, apasionada y colorista; y Giovanni Villani (ca. 1280-1348), más ambicioso y ecuánime en su Nuova cronica, que responde más al esquema medieval, al remontarse hasta la torre de Babel para llegar a su tiempo. Paralelamente a la tendencia laica que va penetrando en la literatura del s. xiv, se mantienen las producciones de carácter religioso, principalmente en el ámbito de las dos órdenes que habían caracterizado el siglo anterior. El espíritu franciscano encuentra su marco adecuado en las candorosas y poéticas narraciones anónimas de las Florecillas o Fioretti de S. Francisco, traducción de un texto latino. Más importancia tiene la expresión literaria de la cultura de los dominicos, como Domenico Cavalca (m. 1342) en cuyas Vite dei Santi Padri, aunque traducidas de un original latino, brillan sus dotes de estilista; Jacopo Passavanti (m. 1357), que recogió una serie de predicaciones en el Specchio della vera penitenza, notables sobre todo por los exempla de hechos sucedidos; y, figura más sobresaliente, S. Catalina de Siena (v.), que interesa literariamente por sus vivaces Cartas y por su Dialogo della Divina Provvidenza, expresión de su doctrina mística.3. El "Siglo sin poesía". Nombre que se da al periodo comprendido entre 1375 y 1475, ya que en él parece predominar el interés filológico y erudito. La presencia de la literatura en latín es el rasgo más llamativo, no por pretensión supranacional, como en el siglo anterior, sino como uno de los aspectos de la cultura literaria italiana. El humanismo (v.), como formación integral del hombre según el ideal clásico, lo invade todo. El latín predominante da nuevo rostro a una literatura que había visto el triunfo del volgare en el s. xiv. Y con la literatura en latín, la cultura griega florecerá en la segunda mitad del s. xv. Y será Platón y la doctrina neoplatónica, frente al aristotelismo y escolasticismo de la época de Dante, la más adecuada para colocar al hombre en el centro del universo. Hay un episodio más sintomático que importante: el llamado certame coronario, un certamen convocado en 1441 por L. B. Alberti sobre el tema de la amistad, para ser tratado en "vulgar", que señala el resurgir de éste. Por eso la poesía de relieve en lengua italiana del s. xv pertenece ya a las últimas décadas. Lo significativo en las restantes fue la literatura humanística en latín sobre temas filosóficos, religiosos, filológicos, históricos y poéticos. La nueva filología culmina, a través de Coluccio Salutati (1331-1406), discípulo de Petrarca, en Lorenzo Valla (v.), que profundiza en el estudio del latín clásico con sus Elegantiae latinae linguae abriendo paso al ciceronismo lingüístico. Nombres que pueden recordarse también en la primera mitad del siglo son los de Leonardo Bruni (1374-1444), en el género historiográfico, y Poggio Bracciolini (1380-1459) en la epistolografía. Eneas Silvio Piccolomini, que fue el papa Pío 11 (v.), destaca como historiador en sus Commentarii rerum memorabilium, y alcanzó fama con su novela, derivada de Ovidio y Boccaccio, De duobus amantibus historia (1444). Sin embargo, la producción humanística más importante está constituida por los tratados filosóficos y morales del neoplatonismo, cuyo máximo representante fue Marsilio Ficino, ya más tardío (1433-99), para quien el alma humana es el "centro de la naturaleza"; traductor de Platón, autor de la Theologia platónica y De christiana religione, fue fundador de la famosa Academia "platónica" o "florentina", que agrupó en torno suyo a otros famosos hombres de cultura, como Giovanni Pico della Mirandola (v.) y Cristoforo Landino (1424-98).La abundante producción poética en latín no revela gran avance en relación con corrientes anteriores, atenta fundamentalmente al decoro formal. Poliziano y Sannazaro, p. ej., adquieren su especial significación en su producción en italiano. Entre los mejores poetas humanistas deben recordarse a Antonio Beccadelli, el Panormita (13941471), famoso por su colección de epigramas, el Hermaphroditus, algunos obscenos, y director de las reuniones de literatos, bajo Alfonso V de Aragón, que pasaron a la historia con el nombre de Academia pontaniana; y a Giovanni Pontano (m. 1503), guía de las mismas a la muerte del Panormita, cabeza del humanismo napolitano, quizá el mejor y más fecundo de estos poetas, además de historiador y tratadista moral, cantor de afectos familiares (De amore coniugali) y de las bellezas del paisaje local (Lepidina).En líneas generales, lo que se escribe en romance en los primeros decenios del siglo son residuos del anterior, en formas que a veces perviven hasta los últimos decenios: así, en la predicación religiosa se va desde el sincero fervor de S. Bernardino de Siena (v.; 1380-1441) hasta la potencia apasionada y mesiánica de Jerónimo Savonarola (v.; 1452-98); en el género narrativo boccacesco se parte de Il Paradiso degli Alberti, de Giovanni Gherardi da Prato (m. 1446), para llegar a Masuccio Salernitano (v.), autor de un Novellino de tono satírico antifeminista y anticlerical. La poesía religiosa sigue manteniendo, en clara disolución, las sacre rappresentazioni, como las del divulgador religioso más conocido de entonces, Feo Belcari (1410-84). En la lírica profana hay que distinguir dos direcciones: la popular y jocosa, representada por el barbero florentino Domenico di Giovanni, el Burchiello (1404-49), de quien parte un tipo de poesía burlona y satírica que duró dos siglos y enlaza con la cómico-realista precedente, llamada precisamente burchiellesca; y la de los rimadores que pretenden remontarse a la tradición petrarquista, más en las sutilezas y artificiosidades que en el equilibrio formal, como Antonio Tebaldeo (1463-1537), Serafino Aquilano (Serafino de’ Ciminelli, 1466-1500) y el barcelonés Benedicto Gareth, el Cariteo (ca. 1450-1514), el mejor poeta de la corte aragonesa en Nápoles, gracias a su Endimione, cancionero entre amoroso e histórico-político, en el que exalta a los reyes de la dinastía aragonesa y augura bajo ellos la unidad de I.Entre los grandes escritores en italiano que representan la nueva literatura hay que distinguir a los humanistas de los poetas. Entre los primeros sobresale Leon Battista Alberti (1404-72), genovés, arquitecto y músico, tratadista teórico de las artes figurativas y autor de numerosos tratados, en los que traslada a la lengua común el decoro de los clásicos, como el famoso Della famiglia, sobre la educación, el matrimonio y los deberes domésticos, o los Dialoghi della tranquillitá dell’anima. Puede recordarse a su lado al genial Leonardo da Vinci (v.), que aunque se definía "omo senza lettere" interesa por la gran cantidad de apuntes que dejó, muestra de su ilimitada curiosidad intelectual.Con Lorenzo el Magnífico (1449-92), mecenas y promotor de cultura, como señor de Florencia, se inicia la gran poesía de la segunda mital del s. xv. Discípulo y protector de humanistas, su poesía toca los más variados temas y formas: cantos de carnaval y representaciones religiosas, rimas en la línea stilnovista y petrarquista, composiciones realistas burlescas (Nencia da Barberino) y hasta paródicas (Beoni), poemas de corte clásico (Corinto, Ambra) -y otros que reflejan el neoplatonismo contemporáneo (Altercazione, Selve d’Amore.). A. Poliziano (v.) representa el fruto más maduro y significativo en la poesía de su tiempo con la exquisita factura de sus Stanze, su lírica y el breve drama Orfeo, tema profano en el esquema religioso tradicional. Luigi Pulci (v.) y M. Boiardo (v.) representan de manera muy diversa el mundo caballeresco cuatrocentista. La creación lingüística del primero en su Morgante y la recreación o invención de tipos, suponen una visión cómica y personalísima en tan noble materia, algo realmente original en la literatura italiana. Boiardo, además de poeta lírico petrarquista, funde la materia bretona y la carolingia en el Orlando innamorato, refinando humanísticamente lo que era propio de los cantar¡ populares. Y, por último, Sannazaro (v.), el de más desmesurada fama con su Arcadia, que mezclando prosa y verso en su estilo musical, y transfigurando la naturaleza donde suspiran de amor los pastores, dio a la literatura europea el esquema definitivo, no obstante los antecedentes clásicos y Boccaccio, de la novela pastoril.4. Renacimiento. El s. xvi representa, sobre todo en su primer trentenio, la definitiva adquisición del espíritu renacentista. El humanismo precedente ofrece ahora sus resultados sin el previo andamiaje filológico y filosófico. El dualismo lingüístico anterior queda superado en favor de la lengua común, y se incorporan plenamente a la literatura italiana todas las regiones peninsulares, sobrepasando el ámbito de Toscana. El Renacimiento italiano (v. RENACIMIENTO in) se impone en Europa con sus obras más representativas. Para el interior, hay previamente una cuestión lingüística que resolver: el canon de la lengua literaria de 1. Y aunque las soluciones apuntadas son varias, un poeta y teórico de la lengua, Pietro Bembo (v.), fijará la norma válida para todo el siglo. En sus Prose della volgar lingua (1525), Bembo, a pesar de ser veneciano, sostiene que la lengua literaria italiana debe ser el florentino de los grandes trecentistas, Petrarca para el lenguaje poético y Boccaccio para la prosa. Al modelo de la lengua debe corresponder el humano, idealizado en la sociedad. aristocrática, de donde surge el Cortegiano de B. Castiglione (v.).La gran poesía del pleno Renacimiento se abre con Ariosto (v.), autor de rimas, de sátiras, que son más bien epístolas, de comedias en que aplica los esquemas latinos al italiano y, sobre todo, del Orlando furioso, poema caballeresco a la altura de las grandes obras trecentistas, en el que logra, con material preexistente, dar la nueva concepción del hombre sin ataduras, en plena libertad natural, donde hasta lo maravilloso se hace consuetudinario; todo expresado en el igualado equilibrio de la octava, arquetipo de perfecta armonía. Pero la gran corriente que alimentará la lírica del siglo es el petrarquismo, en una reelaboración más profunda que la intentada en el siglo precedente, fundido con el neoplatonismo amoroso, que ya está presente en las rimas de Bembo. La compleja personalidad artística de Miguel Ángel (v.) merece aquí mención por su labor poética, con predominio de madrigales y sonetos, en los que, evitando la música usual, vierte sus problemas morales y de creación en una poesía de "cosas" y no de "palabras", como dijeron los contemporáneos. Giovanni della Casa (1503-56), toscano, arzobispo y nuncio pontificio, compuso, además de un famosísimo libro de urbanidad,. el Galateo, un cancionero cuya mayor novedad consiste en el estilo, hasta el punto de ser considerado como el iniciador en la lírica italiana del enjambement (paso al verso siguiente de las palabras que completan el sentido), del que tanto fruto sacará T. Tasso. El padre de éste, Bernardo (1493-1569), es más conocido por el poema épico Amadigi que por su abundante cancionero petrarquista. Y con el hosco gusto paisajístico del napolitano al servicio del virrey Pedro de Toledo, Luigi Tansillo (1510-68), muy conocido en España, no puede faltar la representación femenina en la lírica petrarquista, tanto la de las "cortesanas" Verónica Franco o Tullia d’Aragona, como la de ilustres damas, cuales Victoria Colonna, cantada por Miguel Ángel, o Gaspara Stampa, de Padua, cuyo cancionero revela un impetuoso amor pasional en una lengua fresca y viva.Uno de los aspectos en que el nuevo siglo profundizó sobre el humanismo precedente fue el análisis político e histórico, cuya primacía corresponde a Maquiavelo (v.), escritor de primer orden en su florentino coloquial, a diferencia de Bembo, con mezcla de latinismos y expresiones plebeyas. El Príncipe renueva la prosa de su tiempo, como crea al hombre político entre su "virtud" individual y la incontrolable "fortuna". De sus obras estrictamente literarias destaca su comedia la Mandragola, la mejor del Renacimiento italiano, de esquema clásico, aplicado sin escrúpulos a un turbio enredo de tradición boccaccesca. La figura que completa con Maquiavelo la tradición historiográfica es la del florentino Francesco Guicciardini (1483-1540), que parte también del individuo como motor de la historia, pero con sentido más objetivo y realista, no como virtus sino como "discreción" o capacidad para adaptarse. Sus mejores obras, publicadas póstumas, son la Storia d’Ltalia, en forma de anales (desde 1492 a 1534), y los Ricordi politici e civil¡, a las que puede añadirse el Diario del viaggio in Spagna. El antimaquiavelismo de la Contrarreforma lo representa un fecundo escritor político, el jesuita piamontés Giovanni Botero (1543-1617), que en Della ragion di stato vuelve a identificar política y moral y tiende a indagar no cómo se pueda fundar, sino cómo mantener el Estado.Paralela a la lección de Petrarca en la lírica del s. xvi es la de Boccaccio en la serie de los novellieri, fieles todos a la teoría de la imitación y a la doctrina de Bembo. El mejor, sin duda, fue el dominico lombardo M. M. Bandello (v.), que ofrece el nuevo espectáculo de la sociedad de su tiempo en la vida lujosa de las grandes ciudades, con algunos argumentos que tuvieron gran fortuna. Más estilista que él se muestra el florentino Agnolo Firenzuola (1493-1543) en sus incompletos Ragionamenti d’amore. Florentino también A. F. Grazzini, el Lasca (1503-84), que refleja aspectos de la lengua y de la vida local en sus Cene. Las Piacevoli notti, de Gianfrancesco Straparola (m. 1557), enmarcadas en la isla de Murano, introducen elementos mágicos y temas de tradición popular. Más famoso fue Giambattista Giraldi Cinzio (150473), ferrarés, que en sus Ecatommiti, contados por caballeros y damas que huyen del saco de Roma, mezcla consideraciones morales a los temas escandalosos; de él se derivó el argumento de Otelo y un cuento del Persiles. El mismo Cinzio, en el género de la tragedia sometida a las reglas aristotélicas, introducida por G. G. Trissino en su Sofonisba (1515), llevó a efecto la reforma de tomar como modelo a Séneca para su doctrina de lo "horrible".La complejidad literaria del Cinquecento italiano no se agota con las formas más características del nuevo espíritu ya tratadas, sino que abarca otros aspectos de menos fácil clasificación. Es necesario tener en cuenta actitudes de oposición al refinamiento aristocrático, a los arquetipos, con ostentación del gusto por lo popular, dialectal o autobiográfico, a través de la comicidad o la parodia. La carencia de escrúpulos y de sentido moral es bien patente -en Pietro Aretino (v.), sobre todo en sus Ragionamenti, en los que, sin embargo, cabe apreciar, al igual que en sus cinco comedias, la vivacidad de una lengua plebeya. Benvenuto Cellini (v.) interesa por su Vita de artista bohemio, documento de una existencia desordenada, de reacciones violentas e instintivas, y rica en su elementalidad psicológica y lingüística, representa algo anómalo en la clasicidad de la literatura italiana, como adecuado contrapunto a las Vite de los grandes artistas, del contemporáneo Giorgio Vasar¡ (v.). En la lírica, el toscano Francesco Berni (1498-1535) mantiene una posición antipetrarquista, de tono satírico, que enlaza con la citada corriente de la poesía cómico-realista; Berni dio lugar, con sus sonetos y capítulos sobre temas insignificantes o groseros (más que por su arreglo lingüístico del Innamorato boyardeseo), a la que se llamó "poesía bernesca", cultivada durante dos siglos. Intento distinto es el del paduano Angelo Beolco, llamado el Ruzzante (1502-42), que se sirve del dialecto más rústico en sus farsas populares y comedias, con personajes ignorantes y groseros, en los que no sólo debe juzgarse el efecto cómico, sino también el reflejo de una situación social inseparable de su expresión lingüística. Por el camino de una lengua que pretende separarse del canon imperante, se llega a la poesía "macarrónica" (nombre derivado de la Macharonea, poema burlesco cuatrocentista), cuyo máximo representante es el mantuano Teófilo Folengo (1491-1544); su poema más famoso es el Baldus, en hexámetros, en 25 cantos o macarroneas, parodia de la materia caballeresca, de efecto cómico inmediato, donde no sólo se caricaturizan personajes y acciones, sino la misma lengua, aplicando el sistema morfológico-sintáctico latino al italiano o dialecto.Si la gran poesía del pleno Renacimiento italiano se abre con Ariosto, la crisis de esta edad es patente en T. Tasso (v.). Su mismo desequilibrio mental, sus tormentos y escrúpulos ya son biográficamente un testimonio. Y aunque el Aminta responde a un momento feliz de su vida como exaltación del amor juvenil, la Gerusalemrne liberata es el índice de su exasperada sensibilidad, con su claroscuro expresivo, afectivo y espiritual. La riqueza musical del Aminta, la vibración sensual de sus versos y el final feliz tras la peripecia dramática, serán utilizados por el ferrarés Battista Guarini (1538-1612) en su Pastor J ido (1590). Tasso había llamado a su drama pastoril favola boschereccia, y Guarini definirá el suyo como "tragicomedia", nombre híbrido significativo, que desagradó a los aristotélicos de entonces. Un indicio más de la crisis renacentista y de la nueva sensibilidad barroca.5. Manierismo y barroco. El cambio de gusto que señala el resquebrajamiento de la serena armonía, espiritual y formal, del mundo del Renacimiento, es patente en los últimos decenios del s. xvi, hasta el punto de que empieza a utilizarse el nombre de manierismo (v.) para este periodo. El barroco (v.), era hasta no hace mucho conocido en I., no sin matiz peyorativo, bajo la denominación de Secentismo. Se siente la necesidad de superar la cultura modélica clásica, de acuerdo con los nuevos problemas e inquietudes políticos y religiosos. El hombre deja de ser el centro del universo y las formas pierden la justa medida humana para hacerse enfáticas y exuberantes, para dejar estupefacto al lector produciendo en él la "maravilla" (palabra clave de la nueva poética italiana). La poesía, en su corriente más significativa, pertenece al marinismo cuando predominan en ella metáforas y comparaciones audaces, minuciosidad descriptiva, lo sensorial y suntuoso, el gusto por las relaciones más inesperadas y el retorcimiento expresivo. A la cabeza del movimiento está el napolitano Giambattista Marino (v.), cuyo Adone, vasto poema mitológico, le dio fama espectacular y fue tachado de vacío por ser mínimos sus elementos narrativos. Temas (belleza femenina, el reloj, el espejo, las ruinas, los insectos) e imágenes, sólo en función del virtuosismo personal, se repiten en todos los líricos marinistas, de los que bastará recordar algunos nombres: Claudio Achillini (1574-1640), Girolamo Preti (1582-1626), el quevedesco Ciro di Pers (1599-1663), etc. Hubo también, naturalmente, un antimarinismo polémico ya a fines de siglo y que había de perdurar en el s. XVIII.La búsqueda de la novedad es constante, pero no siempre actúa en el mismo sentido. Por eso Gabriello Chiabrera (1552-1638), de Savona, cuya mayor innovación es de tipo rítmico y métrico, se vuelve a los clásicos griegos y está a la cabeza del anacreontismo y del pindarismo que tanta fuerza habrán de tener en la centuria siguiente. Entre Marino y Chiabrera está el ferrarés Fulvio Test¡ (15931646), conocedor de los poetas españoles, que empezó siendo marinista para inclinarse después a un pindarismo horaciano. Por otro camino se llega a una nueva mezcla, de comicidad y seriedad, en el poema heroicocómico, formalmente aristotélico, pero de argumento vulgar, como la lucha entre modenenses y boloñeses por el robo de un cubo de madera, cantada por Alessandro Tassoni (1565-1635), de Módena, en La secchia rapita. El modelo del, siglo en el género del ditirambo fue escrito por Francesco Red¡ (1626-98), también prosista científico, con su Bacco in Toscana, elogio del vino, sobre todo del toscano.El s. XVII ve también la culminación de la prosa científica italiana gracias a Galileo Galilei (v.), no sólo como reflejo de su método basado en la observación directa de la naturaleza frente al dogmatismo de los aristotélicos, sino por la forma de diálogo preferida, que da vivacidad e interés polémico a su límpido estilo. También la prosa filosófica continúa la tradición humanística en la figura del dominico calabrés Tommaso Campanella (v.), que aspira a superar el naturalismo (la filosofía natural de los renacentistas B. Telesio y G. Bruno lleva a Galileo), pero que nos interesa aquí sobre todo por los escritos políticos (su utópica Cittá del sole) y por los poéticos, animados por su espíritu alocado, mesiánico y extravagante. Y asimismo, la historiografía tendrá su continuador y representante en el veneciano Paolo Sarpi (1552-1623), autor de la Istoria del Concilio tridentino, apasionada y polémica, pero modelo, en el estilo, de serenidad clásica, en la que considera el Concilio como el triunfo de las aspiraciones teocráticas del Pontificado y no la salvación de la Iglesia (de ahí la contrarréplica, en defensa de la curia, del jesuita Sforza Pallavicino en su Istoria del Concilio di Trento, más retórica y mejor documentada). Como estilista artificioso sobresale, en cambio, Daniello Bartoli (1608-85) en su Storia della Compagnia di Gesú. Observador político y literario, que utiliza casi una forma periodística, fue el "enemigo de los españoles", natural de Loreto, Traiano Boccalini (15561613); sus relaciones de corresponsal en el Parnaso, que llamó Ragguagli di Parnaso, continuadas en la Pietra del paragone político, son visiones satíricas de la sociedad contemporánea, en un estilo sólo a veces teñido de barroquismo.En el ámbito de la prosa narrativa es más importante el cambio de estructura, al hacerse más compleja, que la aparición de grandes nombres. En la más estricta dirección de la literatura popular y dialectal, sólo dos han alcanzado la fama: Giulio Cesare Croce, boloñés (1550-1609), autor de las aventuras de Bertoldo, continuadas después en las de su hijo Bertoldino, caso de verdadera fortuna popular que perduró en 1. y en España; y Giambattista Basile (1575-1632), por su Pentamerone, en dialecto napolitano, uno de los más grandes escritores barrocos italianos, que utiliza elementos fabulosos, brujas, magos y hadas, y una materia transformable, no sometida a leyes, en la que juega una fantasía desbordada y un estilo rico en metáforas. En el teatro, finalmente, cuentan también más las formas de actividad que los nombres, desde la refundición de comedias españolas por Giacinto Andrea Cicognini a las continuaciones del drama pastoril que, por el predominio de la música, desemboca en el melodrama, mientras la commedia dell’arte, que floreció desde mediados del s. xvi, se difunde por Europa confiada a los actores italianos. Únicamente sobresale Federico della Valle (ca. 1560-1628), autor trágico, piamontés, revalorizado recientemente, que debe su fama a tres tragedias, Iudith, Esther y La reina de Scozia, donde conserva el coro y afronta el tema de la infelicidad, desarrollado con rasgos realistas y acentuadamente humanos, junto a procedimientos formales muy de su época. A su lado sólo merece citarse el Aristodemo, de Carlo de Dorotti (1618-80).6. Siglo XVIII. La Arcadia y la Ilustración, con diversas modalidades y derivaciones, compendian la actividad literaria del s. xviii, que queda así dividido en dos mitades. La Academia de la Arcadia (v.) (1690) deriva del centro de cultura que se formó en Roma en torno a la reina Cristina de Suecia (m. 1689). Tarea primordial fue la de reaccionar contra el seicentismo, lo que llamaban el "mal gusto". Dictó sus leyes Gianvincenzo Gravina y a su frente fue puesto Giammario Crescimbeni. La búsqueda de la simplicidad les hizo caer en el amaneramiento. Se vuelve al ideal de la imitación: en un primer momento el ídolo es Petrarca y la forma preferida el soneto (Crescimbeni); por otro camino lo serán Píndaro y Chiabrera juntamente, con la oda pindárica (Filicaia); pero la dirección más significativa fue la anacreónticopastoril, en los versos gráciles y melódicos de la canzonetta (G. Zappi, P. Rolli), sin olvidar la solemne -acuidad del verso suelto (C. 1. Frugoni). El nombre que resume las características de la Arcadia, sus virtudes y sus límites, es el de Pietro Metastasio (v.), famosísimo como lírico y mucho más como autor de melodramas, con los que inundó la escena europea. En esta misma atmósfera de blando patetismo y de miniaturización expresiva, típica del rococó, destaca un poeta más tardío, Ludovico Savioli (1729-1804), que en sus Amor¡ compendia la frivolidad del siglo. Junto a la actividad poética caracteriza a la época arcádica la erudición y la historiografía, con la figura representativa, por su vasto saber, de Ludovico Antonio Muratori (1672-1750), recopilador de documentos y de fuentes históricas en los 28 vol. de sus Rerum Italicarum scriptores y teorizador de la poética arcádica en el famoso tratado Della perfetta poesía (1706), además de escritor moralista y religioso. En el aspecto crítico puede unirse a él G. Gravina por su Ragion poética (De la razón poética), 1708, y, en el histórico, el napolitano Pietro Giannone, autor de la Istoria civile del Regno di Napoli (1723). Pero el mayor representante de la cultura napolitana arcádica fue el filósofo Giambattista Vico (v.), que parece escaparse de su tiempo, ya que no fue plenamente entendido hasta la época romántica; frente al racionalismo caracterizador del siglo, Vico ve en el hombre fantasía y pasiones y se propone, en la Scienza nuova, establecer las leyes constantes del curso histórico, que se desarrolla perennemente en tres fases, edad divina o del instinto, heroica o de la fantasía, y humana o de la razón, abriéndose a lo popular y primitivo y a los temas de las épocas oscuras.El vasto movimiento intelectual que domina en la segunda mitad del s. XVIII, en el que se desarrollarán tendencias poéticas en apariencia contrastantes, como el neoclasicismo y el prerromanticismo, se conoce como illuminismo, es decir, Ilustración (v.). A la historia literaria le interesa la repercusión en las letras de los nuevos ideales y de los nuevos métodos; sobre la base de la creencia en la razón absoluta y universal, se analiza el pasado y la ciencia tradicional, que ven dominada por la superstición y el fanatismo; y, tras la consideración de la progresiva decadencia del hombre desde su originario estado de pureza, se llega al optimismo en relación con el futuro, a la confianza en el perfeccionamiento humano con la ayuda de la razón. La Ilustración italiana se polariza en torno a dos ciudades: en el Norte, Milán, con Pietro Verri (y su hermano Alessandro), fundador del periódico Il Caffé, donde tocó variados argumentos y propugnó reformas; y con Cesare Beccaria (v.), que publicó anónimo en 1764 su famoso tratado De¡ delitti e delle pene, alegato contra la tortura y la pena de muerte, como base de la reforma penal. En el Sur, Nápoles, donde. sobresalen Antonio Genovesi, el primer catedrático italiano de economía política, autor de escritos filosóficos, económicos y pedagógicos, y Ferdinando Galiani, cuyo tratado Della moneta (1751) abrió nuevo campo a los estudios económicos.junto a esta preocupación literaria por lo útil, destaca en este periodo la actividad crítica y las discusiones sobre materias lingüísticas y literarias. Divulgador de toda clase de conocimientos y cosmopolita fue el veneciano Francesco Algarotti (1712-64), que destaca por sus Epistole en verso suelto y por la prosa directa de su Newtonianismo per le dame (1737) o de sus Viaggi di Russia. En Venecia adquirieron relieve los hermanos Gozzi, Gaspare (1713-86) y Carlo (1720-1806); el primero es importante por su Difesa di Dante (contra las Lettere virgiliane de S. Bettinelli) y por sus variados trabajos periodísticos; el segundo es autor de un poema jocoso, Marfisa bizzarra (1772), de diez Fiabe o comedias fabulosas en polémica con Goldoni, y de un tipo de teatro calderoniano-véneto, aplicando las máscaras venecianas a las comedias de capa y espada. El mayor de este tipo de escritores fue Giuseppe Baretti (1719-89), viajero por España, Francia e Inglaterra, donde murió, que destaca por la Frusta letteraria, revista quincenal fundada por él, donde desarrolló una crítica demoledora de la vieja literatura. En otros ámbitos de la literatura setecentista sólo merecen mención las tragedias jesuíticas, sin amor ni mujeres, del mencionado jesuita Saverio Bettinelli (17181808), muy posteriores a la famosísima tragedia Merope (1713), de Scipione Maffei; la poesía horaciana y solemne de Giovanni Fantoni (1755-1807); el desmesurado poema satírico Cicerone de Gian Carlo Passeroni (1713-1803) o las atrevidas fábulas del sacerdote y aventurero Giambattista Casti (1724-1803), agrupadas con el título Animal¡ parlanti. En la poesía dialectal destaca el siciliano Giovanni Meli (1740-1815), autor de Favuli moral¡ y de un poema en octavas sobre Don Chisciotti e Sanciu Panza.En cambio, la gran literatura de la segunda mitad del siglo se concentra en tres nombres: Carlo Goldoni (v.), que operó gradualmente la reforma técnica de la comedia, inspirándose en la observación pintoresca de la realidad, acabando con la improvisación de los actores de la commedia dell’arte y pasando de la comedia de enredo a la de carácter y ambiente; Giuseppe Parini (v.), que desarrolla poéticamente los ideales de la Ilustración, sea en la forma seria y equilibrada de las Odi, sea en la forma satírica del Giorno, contra la nobleza corrompida; y Vittorio Alfieri (v.), creador, además de prosista y poeta lírico, de una tragedia italiana según las aspiraciones del siglo, de acción desnuda y lineal, sin elementos ni personajes accesorios, con algunos temas bíblicos y mitológicos, pero fundamentalmente histórico-políticos como medio de poner de relieve la oposición entre tiranía y libertad.7. Neoclasicismo y prerromanticismo. Aunque sin posibilidad de una clasificación bien definida, en los últimos decenios del siglo y en los primeros del siguiente predominan las corrientes neoclásica y prerromántica, unidas a la admiración por las literaturas extranjeras. Con aspectos de Parini y fundamentales momentos de Foscolo, el neoclasicismo (v.) italiano de la época revolucionaria y napoleónica se considera representado en Vincenzo Monti (v.), cultivador de bellas formas en temas de ocasión y en la restauración de mitos clásicos, sea el de la ninfa Feronia en la Feroniade, sea en la traducción en endecasílabos sueltos de la Ilíada. Entre los escritores más decididamente prerrománticos se hallan los incursos en la imitación o traducción de los tres grandes ídolos del prerromanticismo europeo, Ossian, Young y Gessner; el paduano Melchiorre Cesarotti (1730-1808), además de su importante Saggio sulla filoso(¡a delle lingue (1785), introduce el sentimiento de la naturaleza nórdica en su traducción de Ossian; la moda lúgubre y sepulcral se encuentra en Le notti romane, de Alessandro Verri (1741-1816), en Le notti clementine, de Aurelio Bertola (1753-98), traductor además de los Idilios de Gressner, y en los Cimiteri, del veronés Ippolito Pindemonte (1753-1828), autor además de Prose campestre y Poesie campestre, en la forma patética y meditativa de la nueva interpretación de la Naturaleza.8. Romanticismo. Entre los dos siglos, y ocupando después lo mejor de la literatura romántica, se dan los tres grandes poetas de las primeras décadas del s. xix, Foscolo, Leopardi y Manzoni. Contemporáneo de Monti, aunque algo más joven, Ugo Foscolo (v.) da forma definitiva a lo que en aquél se queda a menudo en intento retórico; en él se halla, por un lado, lo mejor del romanticismo inicial, tanto en la prosa mórbida de Le ultime lettere di (acopo Ortis, como en sus incomparables sonetos y en el espíritu de 1 Sepolcri; y representa, por otro lado, lo más puro del neoclasicismo formal en sus odas, en el poema fragmentario Le Grazie y en algunos aspectos formales y temáticos de los mismos Sepulcros. Giacomo Leopardi (v.) es la voz más íntima y dolorida de la lírica romántica, de gran profundidad sentimental en una excepcional pureza de forma; en sus Canti concentra, partiendo de situaciones cotidianas, la angustia de su pesimismo (imposibilidad de la felicidad humana a que el hombre aspira), coherentemente desarrollado en sus Operette moral¡ y en su denso libro de apuntes, el Zibaldone. Frente a la vida solitaria y breve de Leopardi y a su interpretación materialista de la existencia, Alessandro Manzoni (v.) destaca por su larga vida, rica en honores públicos, y su visión religiosa y dogmática: lo mismo en su lírica, controlada y ceñida, opuesta a la leopardiana, de temas sagrados y civiles, que en sus dos originales tragedias históricos, con coros que representan la intervención lírica del autor; y, sobre todo, en la mejor novela del siglo, I Promessi Sposi (Los novios), modelo de lengua en el género histórico, donde lo significativo son los personajes humildes puestos en primer plano y el sano realismo cotidiano, hecho de gestos y detalles en apariencia insignificantes; y, ligándolo todo, el designio providencial.Aunque Manzoni alcanza biográficamente el triunfo del realismo, por las fechas de su producción más significativa, representa, con Leopardi, lo mejor del llamado "primer romanticismo". Su excepcionalidad les coloca fuera de un esquema previo, que puede adoptarse para todos los demás. Como fechas de nacimiento del romanticismo (v.) italiano se dan las de 1816 (publicación de varios escritos programáticos, uno de Madame de Staél, v., y otro, que se impuso por fama, de Giovanni Berchet) y 1818 (aparición de Il conciliatore, órgano de las nuevas ideas). Mientras Madame de Staél exhortaba a los italianos al estudio de las literaturas extranjeras, Berchet, en su Lettera semiseria di Grisostomo, exponía, aunque sin originalidad, la distinción entre la poesía romántica, o de los modernos, y la clásica, típica de los grecolatinos. El romanticismo italiano, aun dentro de la actitud general de oposición a las reglas, a las unidades y a la mitología, está condicionado por dos hechos peculiares: la persistencia de la propia tradición formalista y la coincidencia con las luchas patriótico-políticas del Risorgimento (v.), que caracterizaron a la I. del s. xlx.De ahí que las formas características de expresión serán la poesía patriótica y el género de memorias e impresiones contemporáneas. Berchet, traductor del romancero español, abre camino a la lírica de carácter patriótico, con mayor novedad en la lengua que en los ritmos. Aspecto más persónal tiene la poesía de Giuseppe Giusti (1809-50), sobre todo por lo que él llamó scherzi, composiciones satíricas de contenido serio, de fondo político e incluso social, que hoy han perdido mucho de su intencionado objeto; es el representante de una actitud teórica de oposición al romanticismo reinante. Significado aparte tiene la poesía dialectal en sus dos mayores representantes, el milanés Carlo Porta (1775-1821), que apenas alcanza la aparición del romanticismo, y el romano Giuseppe Gioachino Belli (1791-1863). Porta, logra captar con precisión, en su lengua vivaz, los distintos estratos de la sociedad de su tiempo, mientras Belli aborda la Roma papal, trazando un duro cuadro satírico, principalmente del clero, en forma de breves estampas (más de 2.200 sonetos).En el género de la novela histórica la influencia manzoniana fue decisiva, tanto en la visión realista de lo evocado como en el tipo de prosa. Entre los abundantes cultivadores del género pueden recordarse: Tommaso Grossi, milanés (1790-1853), autor de Marco Visconti (1834), siguiendo en lo imitable a su amigo Manzoni, y de algunos cuentos versificados, tan abundantes entonces, como Ildegonda y La Fuggitiva. El fecundo polígrafo Cesare Cantú (1804-95), famoso por su endeble Storia Universale, escribió la novela Margherita Pusterla (1838). El noble turinés Massimo D’Azeglio (v.), político y yerno de Manzoni, dio en su Ettore Fieramosca la descripción novelada del desafío de Barletta entre una compleja historia de amor, e insistió en el género con Niccoló dei Lapi (1841); sin embargo, su mejor obra, por su lengua fresca y viva y su intención educativa, es I miei ricordi. Por último, Francesco Domenico Guerrazzi (1804-73) se diferencia de los anteriores en que recarga las tintas de lo macabro y hórrido, y acredita la influencia byroniana en L; destacan entre sus novelas La battaglia di Benevento y L’assedio di Firenze (1836).Entre los escritos autobiográficos el que alcanzó sin duda mayor fama fue Le mie prigioni (1832) de Silvio Pellico (v.), tanto por la sinceridad vivida de la narración como por la forma sencilla y resignada; a él se debe el éxito más grande del teatro romántico italiano, la tragedia Francesca da Rimini (1815), donde el episodio dantesco se entrecorta en la expresión y se hace mórbido y lánguido en los afectos. Más por el influjo ejercido en las ideas de una época que vive del estímulo políticopatriótico, aunque no exentos de intrínseco valor literario, merecen citarse el neogüelfo Vincenzo Gioberti (180162), exaltador de una pretendida primacía italiana en todos los órdenes (Primate morale e civile degli italiani, 1843), y el neogibelino Giuseppe Mazzini (v.; 1805-72), autor de numerosos ensayos críticos en una prosa más bien de ascendencia foscoliana que manzoniana. Figura independiente por su complejidad intelectual y su fecundidad, que va desde el terreno filológico y lexicográfico al crítico, histórico y de creación poética o novelística, fue Niccoló Tommaseo (v.; 1802-74), católico ferviente, neogüelfo, romántico en obras e inquietudes, conocido más por sus diccionarios, pero necesitado de revisión en otros aspectos.Aunque muchos de los escritores mencionados no pueden encuadrarse rigurosamente en el primero o en el segundo romanticismo, es evidente que el gusto y el sentido de la forma poética va cambiando desde 1840. Frente al romanticismo inicial, polémico, histórico, realista, con la presencia contrastante y personalísima de los dos poetas más grandes, se acentúa, hacia la mitad del siglo, la veta sentimental y blandengue, la búsqueda de lo vago y nebuloso, la idealizada leyenda histórico-realista y la preferencia por los ritmos cantarines de fáciles rimas. Máximos representantes en la lírica de este segundo momento son Aleardo Aleardi y Giovanni Prati. El veronés Aleardi (1812-78) canta en mórbidas formas musicales principalmente temas histórico-patrióticos y amorosos, que encontraban inmediato eco en la sensibilidad juvenil y femenina contemporánea. Lo mismo puede decirse de Prati (1814-84), que fue más fecundo y cultivó también la narración versificada de asunto actual, como en Edmenegarda, y cantó en un ambicioso poema al héroe romántico afecto del "mal del siglo", Armando; más tarde sintió un afán de clásica contención en los sonetos recogidos en Psiche (1876) y en las variadas formas de Iside (1878).Como prolongación del género histórico y de los libros de memorias merecen mención Le confessioni d’un italiano, publicadas póstumas, de Ippolito Nievo, paduano (183161), quizá el mejor libro de prosa italiana del romanticismo después de Manzoni, donde el panorama histórico sirve de marco al estudio de la sociedad véneta antes de la caída de la república hasta el periodo napoleónico y los albores del Risorgimento. Paralela a la constante preocupación histórica, que da también abundantes frutos en las publicaciones estrictamente historiográficas (recuérdense a Carlo Troya, Gino Capponi, Cesare Balbo, Cantú) se desarrolla la historia literaria en la que, tras el intento de Luigi Settembrini (que con sus Ricordanze es conocido por sus Lezioni di letteratura italiana, de intención anticlerical), sobresale la Storia della letteratura italiana de Francesco De Sanctis (1817-83), base indispensable de la labor crítica e histórica posterior; si la obra de arte, en la concepción romántica, es expresión de la sociedad y de los ideales de un pueblo, la Storia intenta vincular los hechos literarios a los históricos llegando, a través de la poesía, a una historia moral y espiritual de I.9. "Scapigliatura" y verismo. A partir de 1860 la oposición al vago idealismo romántico es clara en distintos sectores literarios. La reacción llega del mismo campo de la poesía en dos direcciones: de un grupo de poetas bohemios que se organizó en Milán bajo el nombre de la Scapigliatura (bohemia) y del papel representado por Carducci. Durante el decenio 1860-70 la Scapigliatura adquirió un significado social, porque sus componentes adoptaron un tipo de vida no conformista e hicieron alarde de actitudes escandalosas, cayendo a menudo en la embriaguez y en el vicio; parten del descontento vital y artístico y buscan, a través de un exasperado individualismo, mayor adherencia a lo concreto, a lo desagradable y feo, fuera de los ritmos usuales y con un lenguaje prosaico e irónico; como es más importante su significado humano de rebelión social y artística que sus frutos literarios, bastará mencionar los dos nombres más significativos, Emilio Praga (1839-75) y Arrigo Boito (1842-1918), poeta y autor de conocidos libretos de ópera. Con Giosue Carducci (v.) volvemos a las personalidades cumbres de la literatura italiana, como poeta y crítico, en una vinculación nueva de formación universitaria y creación poética; los temas contemporáneos, los recuerdos, la vida y la historia como representación objetiva se expresan en formas contenidas y rigurosas, con metros y ritmos de la clasicidad grecolatina ligada a la tradición italiana.Pero la más evidente reacción de signo realista en la segunda mitad del s. xix es la de la escuela del verismo (v.), adaptación italiana del naturalismo francés, sin su extremosidad, y con la novedad del descubrimiento del espíritu y de las gentes de las regiones italianas. Aunque el teórico de la misma fue el siciliano Luigi Capuana, el gran maestro, por su originalidad estilística y linguistica, fue Giovanni Verga (v.) que da, con I Malavoglia, la gran novela del realismo, la mejor del siglo después de la de Manzoni.10. Decadentismo. La última década del s. xix y las manifestaciones literarias del presente hasta 1945 se pueden englobar bajo el nombre de decadentismo, dando a este concepto una gran amplitud que abarque, con una raíz de base, movimientos y personalidades distintos. En clara oposición a la cultura positivista, se llega a la irracionalidad como punto extremo del subjetivismo y se ahonda en el propio individuo hasta penetrar en el subconsciente; la poesía interpreta lo ignoto mediante la intuición; la palabra interesa por su poder de sugestión. Ya en la Scapigliatura hay una postura cercana a la nueva valoración de las cosas; pero son sobre todo una serie de personalidades que viven a caballo entre los dos siglos las que la anuncian entre grandes diferencias de realización artística: Antonio Fogazzaro (v.), que utiliza en sus novelas un estilo lírico y personajes llenos de escrúpulos, sin coherencia interior, entre misticismo y sensualidad; Giovanni Pascoli (v.), que arrastra en su vida y en su obra la taedra de su infancia, triste, sucesor de Carducci en la cátedra de la Univ. de Bolonia, poeta de impresiones y sensaciones, de silencios y pausas evocadoras, de símbolos cubiertos; Gabriele D’Annunzio (v.), poeta superdotado, novelista y dramaturgo de gran virtuosismo verbal y metafórico, que siente la vida y la naturaleza como impulso físico, como fruición sensual, y hace de sí mismo el ser de excepción coincidente con el héroe de algunas de sus novelas; identificado con los ideales bélicos y nacionalistas del fascismo, no puede extrañar que haya decaído en la simpatía de más recientes generaciones. Y Luigi Pirandello (v.), intérprete de la interior complejidad del hombre en su teatro de audaces innovaciones técnicas, en sus novelas y en sus cuentos:. de la vida que fluye perennemente, el hómbre, al conocer, sólo capta máscaras, formas momentáneas y superficiales; de ahí el relativismo, la imposibilidad de alcanzar una verdad absoluta, de conocer al hombre total, que-no es uno sino muchos.La literatura del presente siglo anterior a la I Guerra mundial vive de los grandes nombres ya mencionados; en la poesía, una tríada indiscutible: Carducci, Pascoli, D’Annunzio; en la prosa, Fogazzaro y, procedente del verismo, Grazia Deledda (v.). En la transición se hallan colocados algunos escritores como el afortunado novelista, discípulo de Carducci, Alfredo Panzini (1863-1939). Pero entre 1905 y 1915 se van insinuando en la lírica nuevas corrientes, como el crepuscolarismo y el futurismo (v.). Los poetas crepusculares, frente a los grandes temas carduccianos o dannunzianos, se vuelven a las pequeñas cosas, a los objetos banales, a los ambientes provincianos, y evocan, no sin nostalgia, lo ya pasado y hasta teñido de cursilería; destaca entre ellos Guido Gozzano (18831916), que se refugia en la ironía de su lengua cotidiana. En cambio, los poetas futuristas miran al futuro, exaltan la civilización mecánica, la velocidad, la guerra, el imperialismo y pretenden destruir, con las bibliotecas y museos, la sintaxis tradicional; su fundador, a quien se debe el famoso manifiesto de 1909, fue Filippo Tommaso Marinetti (1876-1944).La preocupación ideológica, muy viva en este periodo, se difunde a través de varias revistas y gracias a la obra del filósofo idealista, crítico y teorizador de estética, Benedetto Croce (v.), cuya doctrina condicionó medio siglo de cultura italiana. Entre las revistas merecen mención la "Voce" y la "Ronda". La primera, fundada en 1900, por Giuseppe Prezzolini, fue un órgano ideológico abierto a diversos argumentos, renovador y antitradicionalista; con él se relaciona la actividad de algunos famosos escritores, como el converso Giovanni Papini (v.) y el poeta futurista y novelista Aldo Palazzeschi (n. 1884); y hasta el gusto literario por el fragmento en prosa de tono lírico que se conoce como f rammentismo. La "Ronda" ya pertenece a las aspiraciones de posguerra (1919-23) y representa una vuelta a la tradición literaria anterior a Carducci, a un clasicismo formal que se expresa en la llamada prosa d’arte, rica en metáforas; sus nombres más representativos son Vincenzo Cardarelli (1887-1959), Emilio Cecchi (1884-1966), Antonio Baldini (1889-1962) y el fecundo escritor Ricardo Bacchelli (n. (1881), que se abrió con su prosa cuidada a grandes construcciones novelescas de fondo histórico.Son muchos los novelistas que podrían mencionarse anteriores a las últimas tendencias. Recuérdense a Corrado Alvaro (1895-1957), que parte de un regionalismo verista en torno a su Calabria; a Massimo Bontempelli (18781960), creador del "realismo mágico" (el juego de la fantasía en la realidad cotidiana), instrumento de su arte novecentista, europeo y antirrondista; y a Italo Svevo (1861-1928), triestino de padre alemán, ignorado en vida, y representante aislado de la narración introspectiva, en el análisis de las oscuras reacciones del subconsciente.En la creación lírica, el hermetismo representa la corriente más significativa de la poesía italiana en el periodo de entreguerras. El nombre, debido al crítico Francesco Flora, alude a la intrínseca dificultad, a su escasa accesibilidad; corresponde a lo que en la literatura española se alude como "poesía pura", es decir, liberada de todo residuo sentimental y tradicional y obtenida con los valores esenciales del lenguaje, mediante la analogía o ignota relación entre impresiones de esferas distintas. En el momento culminante de la última preguerra se consideró como abanderada del movimiento una cueva tríada de poetas: G. Ungaretti (v.), E. Montale (v.). y S. Quasimodo (v.). Pero no todos los poetas contemporáneos fueron herméticos (v.); algunos, muy notables, se mantuvieron independientes, como el triestino Umberto Saba (1883-1957), cantor de una realidad sencilla; o, con su profunda inquietud religiosa, Clemente Rebora (1885-1957); o, por su tenue poesía, casi reevocación crepuscular, Diego Valer¡ (n. 1887).Sin embargo, la poesía hermética no se agota con los mencionados, sino que hemos de considerar otras voces que se impusieron más tarde: Alfonso Gatt (n. 1909), Vittorio Sereni (n. 1913), Mario Luz¡ (n. 1914), etc. Pero ya en torno a 1940 se advertía la crisis del hermetismo que culmina en la posguerra. El mismo Quasimodo se fue orientando cada vez más a una poesía de contenidos humanos, ligada a la nueva realidad surgida de la guerra; cuestión social y compromiso ideológico, sátira y residuos del hermetismo son facetas variadas de la poesía más joven, anunciada ya con un lenguaje nuevo y directo en los versos prosaicos de Pavese (v.) y practicada también por Pier Paolo Pasolini (n. 1922). En el teatro se impuso, tras Pirandello, la problemática moral y angustiada de Ugo Betti (v.) y, en una dirección más estrictamente religiosa como solución a los problemas humanos, Diego Fabbri (n. 1911). No debe olvidarse tampoco el napolitanismo pintoresco, en una concepción pirandelliana y pesimista del hombre, del autor-actor Eduardo De Filippo (n. 1900).11. Literatura de posguerra. Sin embargo, la forma más adecuada para la expresión de las inquietudes de posguerra, la encontró 1. en la novela y en el cine dentro de la modalidad del neorrealismo (v.), ya en parte superado hoy también. Ese nuevo realismo consistió en hacerse eco de los problemas sociales de la posguerra (el hambre, el mercado negro, los partisanos, la política, la huelga, el paro, la vivienda) dándoles la dimensión moral de la denuncia. Pueden considerarse como más representativos a C. Pavese, a A. Moravia (v.), al siciliano Elio Vittorini (n. 1908), en quien predomina la introspección del personaje y la experimentación de técnicas nuevas, y a Vasco Pratolini (v.), que pasa de la interpretación lírica de su propio ambiente a la visión social de la lucha de clases. Un tanto aparte por su intención humorística y deformadora está el siciliano, muerto prematuramente, Vitaliano Brancati (1907-54). Y ya para mencionar los más conocidos entre los más jóvenes, piénsese en Carlo Cassola (n. 1917), Domenico Rea (n. 1921), P. P. Pasolini, Italo Calvino (n. 1923), Giovanni Arpino (n. 1927), Bassani (n. 1916), etc.V. t.: VIII; BIBLIA VI, 9 B; SUIZA VII, 3.J. ARCE FERNÁNDEZ.
BIBL.: Storia della letteratura italiana, 8 vol., Milán 1965-68; F. DE SANCTIS, Storia della letteratura italiana, reimpresión a cargo de B. CROCE, 7 ed. Bar¡ 1962; B. CROCE, La letteratura italiana per saggi storicamente disposti da M. Sansone, 4 vol., Bari 1956; F. FLORA, Storia della letteratura italiana, 5 vol., 8 ed. Milán 1966; A. MOMIGLIANO, Storia della letteratura italiana, 8 ed. Milán-Mesina 1951; N. SAPEGNO, Historia de la literatura italiana, Barcelona 1964; Letteratura italiana: Le correnti, 2 vol., Milán 1956; Letteratura italiana: I Maggiori, 2 vol., Milán 1956; Letteratura italiana: l minori, 4 vol., Milán 1961-62; Letteratura italiana: 1 contemporanei, 2 vol., Milán 1963; R. MONTAGNO, Lo spirito e le lettere, 4 vol., Milán 1972.
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