Isabel II de España
Categoria:
Biografía GER
Reina de España a mediados del s. xlx, n. en Madrid el 10 oct. 1830, proclamada reina el 24 oct. 1833, declarada mayor de edad el 10 nov. 1843, derribada por la revolución el 18 sept. 1868, y m. en París el 9 abr. 1904. Es, en puridad, "la primera reina de España", si atendemos al hecho de que Isabel la Católica fue reina privativa de Castilla.1. Su minoría y educación. Hija de Fernando VII y de su cuarta esposa María Cristina de Borbón (v.), su nacimiento fue recibido con auténtica expectación, por las complicaciones dinásticas y políticas que podía traer consigo. El ya achacoso monarca no había tenido descendencia hasta entonces, y el presunto heredero era su hermano el infante Carlos María Isidro (v.), cabeza del partido realista y esperanza, por su carácter y convicciones, de los partidarios del tradicionalismo, que ya por entonces comenzaban a ser llamados carlistas (v. CARLISMo). Por el contrario, la reina María Cristina, aunque se había educado en una de las cortes más conservadoras de Europa, la de Nápoles, constituía la esperanza de los elementos liberales, por cuanto, si otorgaba descendencia al rey, desheredaría automáticamente a D. Carlos. Vigente en España la Ley Sálica, desde los tiempos de Felipe V (v.), en virtud de la cual sólo podían heredar el reino los varones, Fernando VII la derogó por la Pragmática Sanción (v.) de 29 mar. 1830, ante la posibilidad de que el hijo que esperaba María Cristina fuese hembra, como así ocurrió en efecto. Los carlistas impugnaron la Pragmática Sanción, alegando ser un acto arbitrario del monarca, desprovisto del legal y tradicional refrendo de las Cortes. Así se planteó en España un pleito dinástico que iba a perdurar por espacio de un siglo cuando menos, y a originar varias guerras civiles (v. CARLISTAS, GUERRAS).La muerte de Fernando VII (29 sept. 1833) sobrevino cuando I. apenas tenía tres años. La reina viuda, María Cristina, hubo de echarse en brazos de los liberales, para contrarrestar la fuerza del bando de D. Carlos, a costa, naturalmente, de contrariar sus propias inclinaciones políticas: hecho éste que explica no pocos de los complicados avatares de la Regencia. 1. llegó así a imponerse como reina de España, pero al precio de una dura guera civil de siete años, y en medio de las convulsiones a que dio lugar el cambio de régimen y las interminables luchas políticas entre los distintos elementos de la minoría liberal (para los acontecimientos de la Regencia, V. MARÍA CRISTINA DE BORBóN). En tal ambiente, l., la "niña inocente", como gustaba de llamarla la literatura romántica de la época, se educó un tanto al margen de los acontecimientos, y sin que los bandos en lucha viesenen ella otra cosa que una bandera o un signo de contradicción. Todo parece indicar que no se le dio la educación y la formación política que se requerían en tan delicadas circunstancias. Hasta los 10 años, se educó bajo la tutela directa de su madre, María Cristina, que tardó bastantes años en comprender, siquiera en parte, los problemas de la España de la época y que, en el fondo, nunca llegaría a compenetrarse totalmente con los políticos. También parece que influyó bastante sobre la reina, desde una época relativamente temprana, su camarera mayor, la marquesa de Santa Cruz.I., durante su minoría, alternaba el estudio, muy elemental por lo que parece, con lecciones de canto, piano y labores. Sus profesores se mostraron repetidamente de acuerdo en proclamar su bondad y su generosidad innata; también su falta de interés y de aplicación. No recibió prácticamente formación política, y cabe conjeturar que la sumaria educación que en este sentido pudo inculcarle María Cristina fue, más que nada, negativa. Tras la revolución de 1840, 1. quedó privada de la presencia de su madre, en tanto que el general Espartero (v.) asumía la Regencia. Durante tres años, rodean a la joven soberana tres personajes que intentan influir en su educación, e inculcarle tendencias liberalizantes. Son el tutor, Agustín de Argüelles, famoso orador; el preceptor, Manuel José Quintana (v.), célebre poeta; y la marquesa de Espoz y Mina que, como aya, fue arrinconando a la camarera (ideológicamente moderada) marquesa de Santa Cruz. Parece que el nuevo equipo, aunque pudo influir un tanto sobre la adolescente reina en sentido progresista, resultó más brillante que eficaz. Hay razones para suponer, como consta en un informe de su profesor de Religión, Rodrigo Valdés, que Isabel II comenzó a reinar "con escasas luces y sin ninguna experiencia".2. La mayoría de edad. Los moderados en el poder. En el verano de 1843, triunfó una revolución general contra el regente Espartero, en la que participaron tanto moderados (v.) como progresistas (v.). Puesto al frente del gobierno provisional Joaquín María López, se pensó que la única solución para acabar de una vez con las conmociones políticas que sumían al país en un estado permanente de anarquía, era dar por finalizado el periodo de las regencias y declarar mayor de edad a Isabel II, pese a que la reina acababa de cumplir los 13 años. La medida se tomó el 10 nov. 1843, sin tener en cuenta los inconvenientes que podía representar el sentar a una niña en el trono.Que fue lo que se vio días más tarde, cuando el jefe del nuevo Gobierno, Olózaga, obtuvo de la joven soberana, no se sabe si por engaño o coacción, el decreto de disolución de las Cortes. La reacción contra Olózaga fue general, y se hizo extensiva contra todo el partido progresista. Desde entonces, el partido moderado, más fuerte, mejor organizado y con hombres más capaces en sus filas, iba a empuñar el poder por espacio de 10 años (1844-54). La década moderada representa el esfuerzo de una generación de políticos por anclar de una forma definitiva el régimen liberal español y "consolidar las instituciones", como en frase acuñada apareció tantas veces en la terminología política de la época. Logró una estabilidad relativa, si bien no pudo evitar la endémica labilidad ministerial (trece Gobiernos en 10 años) ni las frecuentes intentonas revolucionarias, promovidas casi siempre por los progresistas. El general Narváez (v.), hombre enérgico y, si no fino político, dotado de una evidente intuición y dotes de mando, fue el hombre fundamental de la situación moderada y presidió tres ministerios. Junto a él, destacan intelectuales y parlamentarios como Pedro José Pidal y Juan Donoso Cortés (v.), o economistas y administradores como Alejandro Mon y Juan Bravo Murillo (v.).La Constitución de 1845, que aseguraba los resortes del poder ejecutivo, fue el eje político del partido moderado y consagró en España el liberalismo doctrinario, que preconizaba el gobierno de las minorías más cultas y acomodadas -las "aristocracias legítimas", que decía Donosomediante el ejercicio de un sufragio restringido. Casi al mismo tiempo, la reforma hacendística elaborada por Mon y Santillán simplificaba extraordinariamente el sistema contributivo y aumentaba los recursos del Estado, sumido hasta entonces en una situación de deuda crónica. Pudo así consagrarse el poder y la eficacia de un Estado frondoso en los ramos administrativos, fuertemente centralizado, realizador como no lo había sido desde los tiempos de Carlos III, aunque también susceptible de venalidades y de irregularidades funcionales. Aquel Estado de mediados de siglo, intuido y perfilado por los moderados, puso las bases del centralismo español de la Edad Contemporánea y sirvió, más que se sirvió, a un abundante funcionariado, que buscaba en el empleo oficial una forma de "establecerse".Así, la revolución de 1848 (v.), triunfante en la mayor parte de Europa occidental y central, se estrelló en España contra un poder fuertemente constituido, que tenía de su parte a la mayoría del elemento militar. Pocas horas bastaron a Narváez para dar buena cuenta de la revuelta. El desenlace se explica mejor si tenemos en cuenta que los grupos del proletariado urbano -elemento de "masa" en el aparato revolucionario- estaban por aquel entonces poco desarrollados, merced precisamente al escaso progreso industrial. El número de artesanos sextuplicaba por aquellos años al de los obreros. La oligarquía dominadora, base del partido moderado, prefería asegurar su preeminencia mediante la posesión de la tierra. La desamortización, no sólo la eclesiástica, sino también la civil, más contribuyó a concentrar las tierras que a repartirlas y fomentó la consagración de una oligarquía terrateniente y caciquil, muy característica en toda la España contemporánea, pero singularmente en la segunda mitad del s. xix y en la zona Sur del país. Con ello, el problema social, en sus primeros estadios, más se planteó en el campo que en los centros urbanos, con la particularidad de que los movimientos campesinos tienen siempre menos operatividad histórica que los del proletariado urbano.3. Las bodas reales y sus consecuencias. El matrimonio de Isabel 11, acontecimiento a primera vista trivial en el desarrollo de la gran historia, tuvo, sin embargo, un profundo significado en su tiempo e indudables repercusiones. Toda la política de aquellos años gira en su torno. Para comprenderlo, hay que considerar que la boda de la reina habría de traer consigo un cambio de dinastía, a no ser, por supuesto, que el príncipe elegido fuese un Borbón, y que la delicadeza de la situación política hacía que la presencia en palacio de un rey consorte tuviese un peso decisivo en la marcha de las cosas. Todas las candidaturas a la mano de la reina comportaban, efectivamente, un matiz político indudable. La extrema derecha del moderantismo, o "fracción Viluma", preconizaba la unión dinástica, mediante el matrimonio de I. con el hijo mayor de D. Carlos, conde de Montemolín. Jaime Balmes (v.), el famoso pensador y publicista defendía también esta candidatura, con la que se pretendía acabar la latente guerra civil y promover "la reconciliación de todos los españoles". La idea fue rechazada por la mayoría del elemento liberal y parte del carlista. Los moderados templados pretendían casar a la reina con un príncipe napolitano, el conde de Trápani, candidatura a la que hicieron cerrada oposición los progresistas, por la razón de haberse educado el príncipe en un colegio de jesuitas. El progresismo veía "la salvación _de España" en el recurso a un infante exaltado y complicado en un pronunciamiento: D. Enrique, duque de Sevilla. Cada candidatura tropezó sistemáticamente con el veto de los partidos contrarios.El recurso a príncipes extranjeros no hizo más que embrollar la cuestión, porque implicó en ella los intereses internacionales. Se pensó primero recabar la venida de un Orleáns, tal el duque de Montpensier, con la inmediata protesta de Gran Bretaña, celosa del creciente influjo francés en España desde el advenimiento del régimen moderado. Por su parte, Francia se negaba a permitir que el príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo (otro de los principales candidatos) se instalase en Madrid, por ser sobrino político de la reina Victoria de Inglaterra. Las relaciones llegaron a ser tirantes entre las dos potencias, hasta que en la conferencia internacional de Eu (1845) se decidió, a espaldas de España, que Isabel II habría de casarse con un Borbón.Tan embrollado asunto vino a dar, al cabo, un pobre desenlace. El príncipe elegido fue, contra la voluntad de la reina, un hombre indefinido y de escasa personalidad, al que por eso mismo ningún partido había hecho la contra: Francisco de Asís, duque de Cádiz. La diplomacia francesa acabó jugando con entusiasmo esta baza, proponiendo como segundo matrimonio, aparentemente de menor importancia, el de la infanta española Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. De esta forma si, como muchos esperaban, el matrimonio regio no tenía descendencia, la dinastía Orleáns quedaría entronizada en España. Las dos bodas se celebraron simultáneamente el 10 oct. 1846, y demostraron sobre todo dos cosas: que la política de los partidos posponía los intereses nacionales a los particulares y que España carecía de una auténtica política exterior, de tal modo que resultaron ser los de fuera quienes resolvieron sus asuntos internos.El matrimonio de Isabel II fue desgraciado, y el escándalo de las frecuentes separaciones de los regios esposos fue un elemento más de inestabilidad política. La conducta privada de la reina, tal vez explicable, aunque no justificable, influyó igualmente de forma decisiva en la campaña antiisabelina y sería un factor nada despreciable de la revolución de 1854 y del destronamiento de 1868. Otro resultado tuvo la infeliz resolución de 1846, y fue la inquina del Gobierno inglés, despechado por la cuestión Montpensier. La embajada británica sería un semillero de intrigas, y ya en 1848 se llegaría a la ruptura formal de relaciones entre ambos países.4. Las revoluciones de 1854. Las bodas reales favorecieron también la revuelta progresista, siempre alerta ante cualquier situación equívoca o criticable. Sin embargo, como ya dejamos dicho, fracasó la insurrección de 1848; el golpe quedó aplazado, y se impondría cuando el régimen moderado diera síntomas de descomposición. El ostracismo del general Narváez, disgustado con sus compañeros de partido, fue decisivo en este aspecto. El último hombre importante del moderantismo que ocupó el poder fue Bravo Murillo, el cual, si como administrador realizó la planificación más completa de la época y llevó la "prosperidad moderada" a su máximo auge, como político fracasó en su empeño por afianzar las bases ejecutivas del régimen, ante la oposición del elemento parlamentario. Su caída en 1852 significó el comienzo de una etapa inestable, en que el partido moderado, dividido hasta no poder más, y envejecidos sus programas, aparecía desgastado por el uso del poder durante 10 años ininterrumpidos. Las irregularidades administrativas, muchas ciertas, otras propaladas o exageradas, contribuyeron a impopularizar sus últimos gobiernos.Dos revoluciones se preparaban al mismo tiempo. Una, la de los progresistas, que contaban con pocas simpatías entre el elemento militar, pero eran hábiles en la demagogia, que practicaban sin rebozos en los barrios modestos, favorecidos por la creciente concentración industrial y la reforma de las estructuras agrarias -en sentido latifundista-, que lanzaba a la ciudad nuevas masas de campesinos desocupados. Un moderado a ultranza, como J. Rico y Amat, establecería en su Diccionario de los políticos (Madrid 1855), esta expresiva definición: "¡Muera!; léase hambre". La otra revolución en ciernes era la preparada por los propios moderados disgustados por los exclusivismos e irregularidades del gobierno, y que pretendían con el golpe una política más abierta que sirviese, de paso, para salvar al régimen. Estaban en el plan muchos puritanos (moderados legalistas), entre ellos el general Leopoldo O’Donnell (v.), Ríos Rosas y Cánovas del Castillo (v.). Tuvo esta revolución carácter de típico pronunciamiento, puesto que O’Donnell contaba con un considerable prestigio militar y tenía abundantes fuerzas a su disposición. El golpe, un tanto precipitado por el deseo de adelantarse a los progresistas, estalló el 28 jun. 1854 en el acantonamiento de Canillejas y dio lugar a la indecisa batalla de Vicálvaro, la célebre Vicalvarada, que nada resolvió de momento. O’Donnell, aunque no derrotado, hubo de desistir del ataque directo a Madrid. La situación de empate fue resuelta, finalmente, por la intervención, con sus propios métodos, de los progresistas. El alzamiento del 17 de julio consiguió movilizar una masa nada despreciable entre los barrios bajos de la capital, y Madrid pasó por momentos de caos. La dimisión del gobierno moderado de Sartorius dejó a Isabel II abandonada a su suerte, y la reina, para salvarse, no pudo hacer otra cosa que llamar al desterrado Espartero y encargarle la formación de Gobierno.El fin de la década moderada no dio lugar a otra época definida. El partido progresista, con más tópicos que programas concretos, era una demoledora fuerza de oposición, pero pronto se mostró incapaz de gobernar. Sus miembros estaban tan divididos por lo menos como los moderados, con la diferencia de que contaban entre sus filas, por lo general, gentes de menor calibre e influencia. Espartero, al que el prolongado ostracismo había permitido recobrar gran parte de su prestigio, no quiso repetir su experiencia autoritaria de la época de regente, y siguió una política débil e irresoluta que le hizo aparecer como desbordado en todo momento. Por supuesto, la tendencia a la izquierda fue de carácter político; pero el incipiente problema social quedó irresuelto, y contribuyó a agravarlo aún más la desamortización (v.) de los bienes comunales, a la que se procedió masivamente en 1855: bienes que fueron a parar casi siempre a manos de familias pudientes. Los progresistas eran, al fin y al cabo, miembros de la burguesía enriquecida por la coyuntura del siglo y su populismo fue, en muchos casos, pura demagogia. De aquí que, precisamente a raíz de la revolución de 1854, se desgajase del progresismo un partido cismático, el demócrata, dotado de un más amplio sentido social. Los demócratas, jóvenes y escasos en un principio, serían ya una fuerza importante al finalizar el reinado.En cuanto a las masas del bajo pueblo, en vías generalmente de proletarización, desengañadas de los resultados del cambio político, comenzaron a dar señales crecientes de su inquietud, y fueron justamente los Gobiernos progresistas los primeros en sufrirlas en gran escala. En 1855 y 1856 se produjeron frecuentes motines y alteraciones del orden, singularmente entre los medios campesinos, donde se hizo usual el incendio de las cosechas. El gabinete de coalición Esparte ro-O’Donnell no pudo sobrevivir a la crisis. El primero dimitió en 1856, y la reina llamó al general Narváez.5. La época de la Unión Liberal. Al bienio progresista (1854-56) siguió el moderado (1856-58). Narváez restableció la autoridad y el orden, hizo imponer su mano dura cuando hizo falta, disolvió las Cortes, convocó otras a su gusto (en las que figuraban no más de media docena de diputados de la oposición), y restableció en todo su vigor la moderada Constitución de 1845. Pero el moderantismo no tenía ya la fuerza física ni la fuerza moral que le habían permitido detentar el poder por espacio de la década 1844-54. Era un partido gastado y anticuado. La ideología doctrinaria estaba ya pasada de moda, al menos tal como los moderados la entendían, y ninguna idea nueva aparecía en su programa. En los ambientes intelectuales cobraban un ascendiente hasta entonces inusitado las ideas de democracia y de sufragio universal. Las medidas contra la libertad de prensa -que había amparado, sin el menor género de dudas, muchos abusosdepararon a los moderados terribles y mordaces enemigos. Narváez y sus compañeros proclamaban principios liberales, en tanto que el temor a la revolución y al desorden les aconsejaba robustecer los resortes del poder. Así se hicieron inconsecuentes con las ideas que decían defender. Narváez, enfermo y desengañado ante lo molesto de la situación, dimitió en 1857, sucediéndole el general Armero. Pero ya estaba claro que el sistema moderado tenía tan pocas posibilidades de perdurar como el progresista.Tal era la coyuntura que estaba esperando el general O’Donnell, bien aconsejado por políticos ínteligentes, como Ríos Rosas y Cánovas. El fracaso de los extremismos estaba avalando por sí solo su programa centrista y de conciliación. La idea fundamental de O’Dornell era la de Unión Liberal, una alianza de hombres templados de ambos partidos, sobre la base de que eran más importantes las grandes ideas comunes que los unían -libertad, monarquía, Constitución, parlamentarismo-, que los puntos accidentales que pudieran separarlos. La Unión Liberal no llegó a consolidarse en forma de alianza entre progresistas y moderados, que era en principio lo que O’Donnell pretendía, pero se constituyó en un verdadero movimiento de opinión y dio origen a un tercer partido, de centro, formado por los descontentos de uno -y otro bando, o por gentes templadas que bien pronto, ya sea por lo lógico de su postura, ya por dominar la situación, se convirtió en inmensa mayoría. No hizo falta, por tanto, un gobierno de coalición propiamente dicho, sino que O’Donnell pudo formar un equipo "unionista" con gran ventaja sobre los dos partidos viejos y desprestigiados. A la idea de concordia y arbitraje, unieron los hombres del nuevo movimiento las de moralidad administrativa y descentralización burocrática, lo que les valió entre la masa, cuando menos, una relativa popularidad.El 30 jun. 1858, la reina encargaba al general O’Donnell de formar Gobierno. Fue el ministerio más duradero que se recordaba en el siglo (cinco años, 1858-63), y representó un momento de estabilidad política y de prosperidad económica sin precedentes en mucho tiempo. La riqueza, estancada casi totalmente hasta entonces en el concepto de la "propiedad" como bien de inversión, se movilizó en empresas e iniciativas, y fuertes capitales se lanzaron al campo del negocio y al torrente de la circulación. Jamás se construyeron tantos ferrocarriles en España como en el quinquenio 1858-63; la minería, la industria metalúrgica y la producción textil experimentaron también un notable incremento. En cuanto al campo, el progresivo triunfo de la vid y el olivo sobre los clásicos y modestos cereales, señaló también un proceso de "industrialización" agraria, y un cambio de mentalidad, en sentido negociante y práctico, del propietario.Junto con la prosperidad económica, el ambiente social experimentó una indudable transformación, con un incremento del nivel de vida en las clases medias, el desarrollo de los trenes lujosos, los espectáculos -de la ópera a los toros, pasando por un género prácticamente nuevo: la zarzuela-; el veraneo en playas y balnearios, y el desarrollo de las grandes ciudades. La expansión económica no abarcó, sin embargo, a todos los sectores sociales, y si bien aumentó el nivel de empleo, no estuvo éste en consonancia con el aumento general de la producción. El desarrollo industrial acrecía las masas proletarias, residentes en barrios miserables; y la transformación de las estructuras agrarias fue en casi todos los casos perjudicial para jornaleros y pequeños campesinos. El problema social subsistía latente, y, si cabe, incrementado.La política de la Unión Liberal, nada intervencionista, fue ajena, por supuesto, a todo este proceso socioeconómico, que se registró fundamentalmente en razón de la coyuntura, si bien hay que reconocer que la estabilidad del equipo gubernamental y la relativa agilidad de la administración favorecieron el desarrollo; así, aquellos cinco años perduraron durante mucho tiempo en el recuerdo de los españoles como una pequeña época dorada, tranquila y próspera, en que política, economía y ambiente alegre y animado aparecían como indisolublemente unidos.6. La disgregación del régimen isabelino. Una pequeña guerra victoriosa, la de África (v.), en 1860, fue utilizada inteligentemente por O’Donnell para mantener la popularidad del régimen. Pero la Unión Liberal, partido de centro y por consiguiente casi vacío de principios -como no fuera el de la concordia- estaba llamado a desgastarse. Su popularidad y su prestigio, basados en gran parte en un desarrollo económico ajeno a las iniciativas del régimen, tenían mucho de ficticio.
Un incidente ridículo durante un baile en palacio provocó la dimisión de O’Donnell en 1863, sustituido al punto por Narváez. Desde entonces, se inicia el último tramo cronológico del reinado, caracterizado por una franca decadencia. Desde el punto de vista político, faltan grupos organizados y programas coherentes. En el gobierno alternan, en periodos cortos, el partido moderado y la Unión Liberal (lo que equivale prácticamente a decir Narváez y O’Donnell), dejando siempre fuera de juego a los progresistas, que no encontrarían otro medio de alcanzar el poder que la revolución. Por su parte, el partido moderado era una fuerza vieja, anquilosada, y el unionista carecía, sobre todo, de un claro contenido ideológico.
El grupo que ahora ofrece un programa más completo y homogéneo es el nuevo partido demócrata, situado a la izquierda del progresista, y que representa no ya la oposición dentro del régimen, sino la oposición al régimen mismo. Los principios fundamentales de los demócratas eran la república, el sufragio universal y la declaración enfática de los Derechos del Hombre. La clase intelectual, sobre todo en los ambientes universitarios, se inclinaba progresivamente hacia las concepciones democráticas, participase o no en las actividades del partido, en el que figuraban políticos nuevos, como Pi y Margall (v.), Castelar (v.), Salmerón, Orense y Garrido.Desde el punto de vista económico, la guerra de Secesión americana (v.), que encareció las importaciones algodoneras, sobre todo desde 1863, señaló el comienzo de una crisis, que llegó a su punto más grave en 1866, con un Irak general de la Bolsa, cierre de fábricas y quiebra de las compañías ferroviarias. Multitud de empresas desaparecieron y millares de trabajadores quedaron en la calle; el problema social se unió así al político y al económico. Las intentonas revolucionarias fueron frecuentes desde 1865, y se hicieron constantes a partir de 1866. En ellas participaban lo mismo militares o políticos descontentos que proletarios urbanos o campesinos. La muerte de O’Donnell (9 nov. 1867) y de Narváez (23 abr. 1868) dejaba a Isabel 11 sin sus más fuertes valedores. Los mismos unionistas, tras la desaparición de su jefe, decidieron sumarse a los revolucionarios (pacto de Ostende entre unionistas, progresistas y demócratas).El sucesor de Narváez en el gobierno moderado era un político de temperamento sanguíneo, González Bravo, que no estaba dispuesto a consentir la subversión; sin embargo, sus medidas, siempre duras, pero no siempre bien dirigidas contra las cabezas de la revuelta, no hicieron más que aumentar el descontento y crearle nuevos enemigos. En cuanto a la reina, se estima generalmente que el mayor error consistió en aliarse incondicionalmente con los moderados, cerrando el paso a los demás grupos políticos, con lo cual la revolución que acabase con el moderantismo derribaría también, por lógica consecuencia, a Isabel II.7. El destronamiento. Últimos años. Semblanza final. El 18 sept. 1868, estalló el golpe definitivo, al sublevarse en Cádiz la escuadra del almirante Topete, al grito, bien significativo, de ¡Abajo los Borbones! Los generales rebeldes, F. Serrano (v.) y Prim (v.), se pusieron al mando de las tropas, y la batalla de Alcolea (28 de septiembre) señaló el triunfo de la revolución. La reina, comprendiendo lo inútil de la resistencia, atravesó la frontera francesa el día 30, convirtiéndose, desde entonces hasta el final de su vida, en una emigrada. Durante algún tiempo permaneció en Pau, confiando en algún golpe contrarrevolucionario y segura aún de su popularidad entre los españoles. Luego fijó su residencia en París, en el palacio Basilewski, que ella hizo llamar palacio de Castilla, donde fue protegida por el emperador Napoleón 111 y la emperatriz Eugenia. Desde allí presenció las interminables convulsiones políticas que siguieron en España a su destronamiento.Pronto se empezó a pensar en una restauración borbónica, e Isabel 11, viendo de lejos el fracaso, uno tras otro, de todos sus enemigos, seguía esperando la cada vez más cercana oportunidad de su regreso. No habría de volver, sin embargo. La Restauración, efectivamente, se produjo; pero no en su persona, sino en la de su único hijo varón, Alfonso. El principal valedor de la causa monárquica, Cánovas del Castillo (v.), estimaba la conveniencia de entronizar al joven Alfonso XII (v.), carente de pasado político y, por consiguiente, de compromisos de partido o de recuerdos ingratos. No fue fácil conseguir la abdicación de la reina, siempre apegada a la legitimidad de sus derechos y a la leyenda, en parte cierta, de su popularidad entre los españoles; pero al fin se resignó el 25 jun. 1870. Alfonso XII sería proclamado el 29 dic. 1874, por el golpe del general Martínez Campos (v.). Isabel no sólo dejó de ser reina, sino que los políticos estimaron conveniente mantener su alejamiento de España. Siguió viviendo plácidamente en París, donde sobrevivió a su hijo y a la regencia de María Cristina, pues m. el 9 abr. 1904.Isabel II fue una reina de temperamento, espontánea y vivaz. Carente de formación política, no muy inteligente ni dada al razonamiento, obró siempre por impulsos, corazonadas e intuiciones. Simpática, castiza y ocurrente, quizá más populachera que popular, sabía, sin embargo, cuando hacía falta, rodearse de aquella "imponente majestad" que le atribuye su biógrafo Angelón. En su vida privada hizo compatible una piedad ingenua, indudablemente mal formada, con una conducta moral que provocó escándalos y hasta crisis políticas. En ella, como en todo, vertió I. su carácter primario, espontáneo e irreflexivo. Con todo, achacar a los defectos de la reina, políticamente irresponsable según la Constitución, la tortuosa marcha de España a mediados del s. xix sería una grave injusticia histórica, y significaría desconocer la falta de base de unos presupuestos políticos y de unas estructuras sociales que Isabel II en modo alguno contribuyó a imponer.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: M. ANGELóN, Isabel 11. Historia de la reina de España, Barcelona 1860 (obra laudatoria); F. GARRIDO, Historia del último Borbón de España, 3 vol., Barcelona 1868-69 (denigrativa); MARQUÉS DE MIRAFLORES, Memorias del reinado de Isabel 11, 2 vol., Madrid 1964 (la crónica más imparcial de la época, pero de información incompleta); P. DE Luz, Isabel 11, Barcelona 1937; C. LLORCA, Isabel 11 y su tiempo, Alcoy s. a. (obra reciente); T. PUGA, El matrimonio de Isabel II en la política de su tiempo, Pamplona 1964; A. REVEsz, Narváez, un dictador liberal, Madrid 1953; L. DE TAXONERA, González Bravo y su tiempo, Madrid 1941; A. BULLÓN DE MENDOZA, Bravo Murillo y su significación en la política española, Madrid 1950; J. L. COMELLAs, Los moderados en el poder, Madrid 1969; L. SÁNCHEZ AGESTA, Historia del constitucionalismo español, Madrid 1955; J. M. JOVER, Conciencia obrera y conciencia burguesa en la España contemporánea, Madrid 1952; CONDE DE ROMANONES, Un drama político, Isabel 11 y Olózaga, Madrid 1941; R. OLIVAR BERTRAND, Así cayó Isabel 11, Barcelona 1955.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.