Infancia. Sociología. SOCIOL.
Categoria:
Sociología
Concepto. El término i., del latín infantia, comprende, en sentido estricto, ese primer periodo de la vida humana que se inicia con el nacimiento y finaliza hacia los siete años de edad; pero si le consideramos con un criterio amplio, se extiende al subsiguiente ciclo de la niñez o puericia, y puede llegar, generalmente, hasta que se cumplen los 12 ó 14 años de edad.La radical y profunda transformación que sufre el hombre por el hecho biológico de su nacimiento, y la indefensión tan absoluta en que se encuentra para afrontar por sí mismo las más elementales funciones vitales, han hecho afirmar a A. Portmann, en su Biologische Fragmente zu einer Lelhre vom Menschen, Basilea 1951, que el ser humano adviene al mundo mediante un parto fisiológico prematuro. Y es por ello por lo que este primer ciclo de la vida adquiere una trascendental importancia, ya que esa variada gama de conflictos que se le originan usualmente al nuevo ser trascienden y se proyectan posteriormente en la configuración del carácter y del comportamiento individual, y contribuyen esencialmente a que puedan ser comprendidas e interpretadas muchas modalidades de reacción de la niñez. El desarrollo que se inicia a partir del nacimiento no sólo transcurre conforme a leyes biogenéticas determinadas genealógicamente, sino que el sexo, la constitución física, la índole psicológica de su ulterior comportamiento y las múltiples influencias peristáticas configuran de manera incuestionable el curso y la dinámica de la curva del desenvolvimiento individual.El significado de cada una de las fases de maduración para interpretar posibles desviaciones psicológicas de la conducta, cuyas manifestaciones más generalizadas a veces encontramos normales (chuparse el dedo, cogerse el lóbulo de la oreja, trastornos psicógenos al conciliar el sueño, pavor nocturno o ante la oscuridad, desgana, glotonería, retardo en la micción o defecación, inquietud motriz, disfasia, etc.), es aceptado de forma semejante por los autores especialistas en la materia, ya provengan del campo del psicoanálisis o sustenten una postura más equilibrada (como Ders, E. Friedemann, 1. Ibrahim, E. Kretschmer, D. Langen, H. Remplein y E. Wiesenhutter, entre los más significativos).Casi todos los tratadistas están también de acuerdo en que la fase de terquedad que se origina hacia los tres años de edad debe ser considerada como una primera etapa inestable de excitación, que evidencia la efectuación de un desarrollo por empujones, y en la que puede surgir ya un atisbo de conducta sensacional. Tras esta primera fase de terquedad, el desarrollo infantil transcurre relativamente libre de conflictos, hasta que se produce la crisis en el desarrollo que, como afirma H. J. Weitbrecht, es meramente somática, y que al transformar por primera vez su figura puede ser objetivizada en el aspecto fisiológico del rendimiento. Este primer cambio de figura coincide, normalmente, con la entrada en el mundo escolar. A menudo es sumamente difícil diagnosticar el punto exacto en el que convergen los factores biológicos de desarrollo con los sociológicos, para determinar a cuál de ellos han de atribuirse primordialmente las rarezas de conducta que aquí afloran por primera vez.El andamiaje del ambiente, o sea, el contorno fundamental de la situación vital externa, es elemento imprescindible para interpretar las etapas normales de la evolución afectiva del nuevo ser, ya que no es posible aislar en lo meramente individual a quien por su propia naturaleza es un animal social, que precisa coexistir, desde el mismo instante en que tiene vida independiente, en su propio grupo social, que es el que le proporciona seguridad. Y este grupo social que le es propio, notable por su permanencia en la especie humana sea cual sea su tipo sociológico, poli o monogámico, exo o endogámico, es lo que constituye el hecho familiar (v. FAMILIA), institución básica que fue querida por Dios desde el instante mismo de la creación (Gen 2,24).Caracteres. Todo nuevo ser nace en una sociedad, no en el vacío. Para el recién nacido este hecho reviste una gran importancia. Cuando nace un niño entra a formar parte de un grupo de gentes, y la clase de relación que él establezca en sus primeros años determinará, en gran parte, no sólo sus actitudes y sus relaciones con el prójimo durante el resto de su vida, sino también su éxito o su fracaso con ellos, en el estudio, en el trabajo o en la mera relación social (v. PERSONALIDAD 11).Cualquiera que sea su papel en la sociedad, las posibilidades de ese nuevo ser son mayores que las que se puedan prever, porque en él, como en todos los seres humanos, existen en su interior capacidades de desarrollo mayores que las que puede llegar a imaginar o a usar en la vida. De ahí que, en virtud de la patria potestad (v.), los padres tengan el deber de alimentarlos, tenerlos en su compañía, educarlos e instruirlos en todas sus posibilidades. Es decir, que deben hacer por el hijo aquello que le permitirá descubrir y realizar esas capacidades, ayudándole en la forma más eficaz para su desarrollo, para que con el mero transcurso del tiempo se pueda transformar en un adulto moral, emocional, mental y físicamente sano.En el desarrrollo general del niño hay mucho que permanece todavía desconocido para la ciencia. Particularmente, conocemos poco acerca del crecimiento (v.) social, intelectual, moral y emocional, aunque estemos mejor informados que las generaciones que nos precedieron. Y esta información que hoy poseemos es la que nos hace considerar como un constante proceso de educación la vida del niño desde que nace, durante el cual cada experiencia le enseña alguna cosa, dejándole una impresión que le anima o cohibe. Buenas o malas, estas impresiones no son necesariamente indelebles o inmutables, pues como afirma Harry Guntrip, en su Estructura de la personalidad e interacción humana, Buenos Aires 1965, los niños, lo mismo que muchos adultos, son susceptibles de cambios si se les trata comprensivamente. El fin de la educación del niño es ver sus capacidades, en su aspecto integral, desarrolladas y empleadas al máximo. Para hacer esto posible hemos de tener en cuenta que si el niño al nacer ya logró una determinada conformación, ésta no es suficiente para que pueda sobrevivir por sí mismo. En sí lleva un potente impulso genético de crecimiento. La cristalización de tal impulso precisa del aporte ineludible del medio exterior.El niño recién nacido requiere de su medio humano circundante el aporte de dos elementos fundamentales, sin los cuales no puede subsistir: alimento y cariño. La falta o el déficit sustancial del primero de dichos elementos lleva al niño a un acentuado y rápido deterioro somático, que si no es reparado con el adecuado sustento lo conduce indefectiblemente a la extinción vital. La falta de ternura o el muy exiguo aporte de ésta determinan en el niño un desequilibrio anímico que detiene o anula el empuje vital en el mismo, generándole un impulso o deseo de extinción, porque, como expone G. Heuyer, en su Introducción a la psiquiatría infantil, 3 ed. Barcelona 1962, el medio ambiente natural en que vive el niño de uno a dos años es la prolongación del estado fetal; a pesar de la ruptura del cordón umbilical, el niño no abandona el regazo materno. Esta dependencia hace que la madre, en ese primer estadio de la vida humana, resuma por sí sola todo el problema de las relaciones familiares. Su personalidad y su comportamiento con el niño poseerán una influencia fundamental sobre su porvenir psíquico. Al crecer el niño, se matiza el papel de la madre. Seguirá siendo fuente de amor para aquel cuyas exigencias infantiles serán menos tiránicas, por ser menos monopolísticas, a medida que su interés se amplíe por el ambiente circundante. Por conservar el amor de la madre, el niño acepta frenar su natural agresividad.Los factores del desarrollo. La aceleración del curso de la historia y la explosión demográfica del mundo contemporáneo son los dos factores esenciales que han transformado la sociedad y han pautado nuevas formas de vida y comportamiento. El crecimiento de la Humanidad ha hecho necesario afrontar una serie de problemas totalmente inéditos, y que referidos a la i. y a la niñez motivaron una de las principales preocupaciones de los Estados, que han trascendido a la esfera internacional y fueron objeto de especial atención por el Conc. Vaticano 11. Lo verdaderamente paradójico del problema demográfico (v. DEMOGRAFíA) es que la explosión es más frecuente en los países menos desarrollados, debido, principalmente, a factores culturales y educativos. De ahí que algunos vean en ello algo negativo y tratan de difundir inhumanas ideas y técnicas de limitación de la natalidad (v.); otros estudios responsables propugnan el aprovechamiento y desarrollo de la población, del factor humano, por la educación y mejor utilización de los recursos, para lograr mayor responsabilidad social y mejor desarrollo físico y moral de los menores. Para ayudar a la i. en esos países fue creado el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia (v. UNICEF).La misión excelsa de la paternidad (v. PADRES, DEBERES DE LOS) lleva implícita la obligación moral de educar a la prole no sólo para conseguir que el progresivo desenvolvimiento de la personalidad sea realidad en los hijos, sino también por la trascendental importancia que los problemas de la i. adquieren en todo proceso de desarrollo socioeconómico, ya que la colectividad infantil integra un alto porcentaje de la población nacional cuyas necesidades, de no ser atendidas oportuna y convenientemente, seguirán exigiendo a la sociedad y al Estado enormes esfuerzos asistenciales, al mismo tiempo que irán minando las bases mismas del potencial humano que en un futuro inmediato ha de ser protagonista y soporte de la sociedad.Si los planes sanitarios o educativos, en general, han de tener asegurada su prioridad en la planificación del desarrollo socio-económico, las actividades correspondientes a la i. deben tener dentro de ellos una consideración especial. La naturaleza y amplitud del problema, la vulnerabilidad de sus componentes, el daño real inmediato y su potencial futuro exigen que los problemas del niño sean atendidos en orden prioritario y dentro de objetivos definidos. Así lo exigen esos cientos de miles que afloran a la vida cada año, ese gran porcentaje de preescolares casi huérfanos de instituciones asistenciales y educativas y faltos de cuidados maternales a causa del trabajo que tienen que realizar las madres, ya sea en el campo, en los talleres, en las oficinas o en el servicio doméstico, para completar los ingresos familiares (v. EDUCACIÓN II). Lo exigen también ese sinnúmero de escolares que a la par de su instrucción requieren control de su salud, nutrición adecuada, formación prevocacional y recreación; y esos adolescentes necesitados ya de formación técnica para el trabajo, de oportunidades de ocupación u orientación para los estudios superiores.Si no se prepara a las generaciones futuras para que asimilen el progreso y para que contribuyan a él, será difícil una evolución ascendente. Si no se prepara al niño corporal y espiritualmente, precisamente a nivel de vida familiar, reforzando y potenciando los vínculos paternofiliales, y considerándole como integrante del núcleo social en el que deben converger los esfuerzos del desarrollo social y los beneficios del desarrollo económico, no es posible alcanzar, en líneas generales, ninguna meta de bienestar para la i., la adolescencia y juventud (v.). No se produce verdadero progreso cuando se pierde de vista, en el proceso de desarrollo, al ser humano. El desarrollo económico y la industrialización de un país cuyos habitantes carezcan de escuelas suficientes para la población que precisa educarse, tengan deficientes servicios sanitarios e higiénicos, viviendas inadecuadas, alimentación deficiente, etc., está construido al aire, sin cimientos, porque si no se resalta una honda preocupación por el futuro de la i. se padece una miopía política de tremendas repercusiones, que puede hundir un país en la sima de los pueblos sin devenir histórico.Su dimensión social. La pérdida de su medio natural, de sus legítimos protectores, el desequilibrio económico o la quiebra del orden moral en la familia crean problemas que, por la situación de dependencia de la i., han de ser atendidos por la sociedad o por el Estado. El esfuerzo y la organización colectiva que hubo de instrumentarse para atender estos problemas dieron a los mismos una auténtica dimensión social. El esfuerzo colectivo y múltiple para conducir al niño por los cauces de la evolución normal hizo que los diversos factores intervinientes, con carácter subsidiario o complementario al familiar, se institucionalizaran por el Estado. Así, desde la higiene de la leche, la nutrición, la vivienda, los salarios, la educación preescolar, escolar y extraescolar, la sanidad, el analfabetismo, la legislación, etc., hubieran de ser objeto de estudios especializados por parte de médicos, pediatras, sociólogos, educadores, urbanistas, juristas, etc. Los problemas de la i. alcanzaron resonancia universal, dando paso a las declaraciones de los derechos del niño, que han marcado una impronta, proyectándose en la legislación positiva de casi todos los Estados de nuestro tiempo.La necesidad, por parte del niño, de una protección especial, tal como fue enunciada en la Declaración de la Soc. de Naciones, en Ginebra, en 1924, motivó que la asamblea general de las Naciones Unidas proclamara el 20 nov. 1959: "que el niño, por razón de su falta de madurez física e intelectual, tiene necesidad de una protección jurídica apropiada, tanto antes como después del nacimiento". En España, la Declaración de derechos del niño está recogida en los dos capítulos que comprende el tít. 111, de la Ley de Enseñanza primaria de 17 jul. 1945, que en líneas generales subsumió y adecuó a las peculiares circunstancias españolas la Declaración de Ginebra de 1924. La protección a la i. surge al amparo del Derecho como institución típica de tutela (v.), como expresión de la política que proyecta en las leyes positivas el Derecho natural. Y en esto radica la grandeza de las normas que organizan y estructuran la protección a la i. en la sociedad, pues orientan su misión al servicio del fin trascendente de la persona. Y si bien no es éste el fin inmediato y directo, no puede olvidarse que al ir orientadas hacia el bien común y la paz social aquél no queda excluido y, en definitiva, al igual que la sociedad, a él se ordenan en último término. Porque si el individuo ha de adaptarse a la sociedad para servirla, al igual que el Estado, la sociedad humana es consecuencia de la naturaleza sociable del hombre y está para servirle, y el hombre está al servicio de Dios, que es su fin último y bien común trascendente.Esta dimensión consustancial al hombre se traduce en el Derecho positivo por el cauce del Derecho natural en el concepto del deber. El deber ser, objeto del Derecho, tiene referido a la política de protección a la i. un carácter estrictamente moral que consiste en procurar la felicidad de la i. y de la adolescencia, asegurándoles una armónica incardinación a la sociedad como expresión de la justicia.La vida social y el orden jurídico se implican mutuamente. No hay desenvolvimiento de la vida social que no repercuta en la vida del Estado y que no suscite su intervención. Y esa intervención, referida a la protección a la i., que trasciende de la esencia jurídica de la institución y al impacto de la vida real que constituye su soporte, ha hecho surgir la nueva política de la juventud, que en su sentido más amplio comprende la i., la adolescencia y la juventud, y que constituye el quehacer más urgente de todo Estado de Derecho.L. MENDIZÁBAL OSES.
BIBL.: J. R. MENDOZA, La protección y el tratamiento de los menores, Buenos Aires 1960; M. POROT, La familia y el niño, Barcelona 1955; L. MICHAVX, Psiquiatría infantil, Barcelona 1957; E. PICHON, Le développement psychique de 1’enfant et de l’adolescent, París 1936; A. LE GALL, Caractereología de la infancia y de la adolescencia, 4 ed. Barcelona 1968; REYMOND-RIVIÉRE, El desarrollo social del niño y del adolescente, Barcelona 1971; J. L. GARCíA GARRIDO, La educación social, Madrid 1971; L. MENDIZÁBAL OSES, La necesidad de un plan para la política de protección de menores, "Obra de Protección de Menores" 112, Madrid 1967.
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