Imperio
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Cultura
1. Concepto y orígenes. Del latín Imperium (v.), tuvo en principio el significado de autoridad, englobando el prestigio reconocido inherente a la auctoritas (v.) y la fuerza social de la potestas, que en caso de mando del ejército, en la Roma republicana (desde el s. v a. C.), se denominaba imperio, llamándose Imperator el jefe supremo del ejército. Este título recibió Octavio Augusto (v.) desde el 38 a. C. Precisamente en Cayo Julio César Octavio, como así se llamaba entonces, se daban unidas la auctoritas y la potestas. Al restablecerse la República en el 27 a. C. y recibir Octavio el título de Augusto (elegido de los dioses mediante augurio), junto con los poderes extraordinarios a los que había renunciado, nace de hecho, aunque no de derecho, el I. romano (V. ROMA in, 2). Cuando en el 23 a. C. fue investido del Imperium proconsulare para todo el mundo romano, se dio un paso decisivo en la transformación en 1. de la República romana. Otro título que se vincularía a la dignidad imperial fue el de Pontifex Maximus o jefe supremo de la religión. De este modo, el príncipe (princeps o primero de los ciudadanos era Octavio Augusto) se transforma en Emperador, la República en Monarquía y ésta, por la amplitud de pueblos que abarcaba, deriva hacia la forma imperial que hoy conocemos (conjunto de pueblos regidos por un monarca único o bien por uno que se erige en cabeza de. otros ya sea con autoridad sobre ellos o como primus ínter pares), aunque siguió conservando la apariencia de Principado y un matiz moderado que luego desembocaría en el absolutismo.Pero ni Augusto se sintió Emperador como actualmente entendemos este término (desde la Edad Media significó rey de reyes) ni actuó como tal. Su política fue más bien nacionalista, y, sin embargo, una de las características del Emperador es el universalismo de su actividad, tal como se desprende del estudio de los I.; universalismo que a veces se circunscribe a áreas geográficas limitadas. Característica de los 1. es la preeminencia política del que se constituye en cabeza. Pero la preeminencia política no sobreentiende la económica, y ésta es una de las razones del declive de I. políticamente fuertes, incapaces de mantener la cabeza, cuando las partes que lo componen son económicamente más fuertes. En el proceso de formación de estos 1. intervienen sobre todo factores políticos y religiosos; en el de su descomposición, elementos económicos fundamentalmente. Por el contrario, pueblos de solvencia económica, con una gran actividad mercantil, creadores de numerosos y ricos imperios comerciales, han sido incapaces de crear un I., en el sentido que aquí se da a este término. Tal es el caso de ciudades como Venecia y Génova, que, sin embargo, sustentaron económicamente 1. como Bizancio y Nicea, respectivamente.En el lenguaje coloquial, y en un sentido muy amplio, se denomina I. a todo dominio con cierto carácter univer sal o simplemente internacional, aunque el cabeza de este 1. no se titule Emperador. Así se habla del imperio (en este caso con minúscula) de los Ford. Propiamente, los Abbasíes, p. ej., encajan mejor en el concepto de Emperadores, como dominadores de pueblos que fueron, aunque sólo se titularan califas, y el conjunto de tierras sobre las que ejercían su autoridad se englobara en el califato. Por ello, en Historia se habla del imperio (en este caso tal vez mejor así, con minúscula) abbasí. Lo mismo podría decirse de los Omeyas y de otras dinastías de musulmanes. La simple cita de la palabra califa nos podría llevar a la consideración de este personaje (v. CALIFATO), investido de poderes políticos y religiosos, como los Emperadores romanos hasta Constantino I el Grande (v.) en el s. iv y los faraones de Egipto hasta la conquista de este país por los asirios (671 a. C.). Efectivamente, la dignidad califal fue similar a la imperial. En teoría, toda la autoridad la detentaba el califa, aunque en la práctica fueran los emires y sultanes los que la ejercían. Este divorcio entre teoría y práctica también se dio en el Sacro I. Romano Germánico (v.).2. Imperios del Antiguo Oriente. En Egipto, el cabeza visible de los llamados I. Antiguo, Medio y Nuevo fue el faraón (v.). Por faraón se entiende soberano, no rey de reyes, ni, por tanto, Emperador, aunque sus dominios se extendieran fuera de los límites de su pueblo. No dominaban a otros reyes, pues los pueblos anexionados a su I. (así se acostumbra a decir en Historia) quedaban convertidos en provincias (nomos) bajo la autoridad de un monarca, que ejercía por delegación del faraón los poderes ejecutivos en su doble vertiente civil y militar. Aunque éste es otro caso de I. cuyo cabeza no se titula Emperador ni nada parecido en la lengua egipcia o en la copta, sin embargo, el faraón es un equivalente de Emperador. Posiblemente, los romanos se inspiraron en Egipto para divinizar (v. APOTEOSis) a sus Emperadores, que eran jefes de la religión, encarnación divina, como los faraones. La idea del Emperador como jefe de la religión, aunque con matiz distinto, de defensor de la fe, reaparece en el Sacro Imperio Romano Germánico y provoca disensiones con el Papado por intromisiones de éste en los asuntos temporales y del Emperador en cuestiones espirituales (V. INVESTIDURAS, CUESTIÓN DE LAS).El primer I. universal conocido surge en la Baja Mesopotamia, entre los ríos Éufrates y Tigris, al comenzar el III milenio a. C. Los titulares de este y otros Estados que la Historia llama 1. por su política expansionista no reciben el nombre de Emperadores ni posiblemente se titularan así. Eran jefes de ciudades-estados, con una idea un tanto arbitraria de dominio universal "de las cuatro partes del mundo" y con pretensiones hegemónicas sobre los pueblos vecinos. La primera fase de este pretendido I. universal la realiza la ciudad de Lagash durante el reinado de Eannatum. Elemento fundamental en la continuidad y pervivencia de estos primeros I. fue el carácter dinástico de sus jefes (la monarquía evoluciona de electiva a hereditaria), el sentido de la monarquía como patrimonio familiar que se hereda, pero que no se divide a fin de evitar el debilitamiento de la propia dinastía y el resquebrajamiento del 1. Ésta es la idea que se desprende del hecho histórico de I. como el de los acadios o el de los sumerios. La mayor expansión del I. acadio (2370-2190) la consiguen los reyes Sargón (v. SARGÓNIDA, DINASTíA) y Naram-Sin, que llegan a dominar el Próximo Oriente desde el golfo Pérsico al mar Mediterráneo. En la lucha por la hegemonía, el 1. acadio es sustituido por el de los guti, precisamente cuando termina el Antiguo Imperio egipcio, en un largo proceso que se repite en la Historia de los I. casi invariablemente: divisiones familiares, descomposición interna, presiones de otros pueblos, desgaste natural, motivos económicos y religiosos, etc. La aportación de estos primeros 1. a las comunidades que rigen se aprecia en la organización de grandes ejércitos, con su secuela de financiación, armamento e intervención militar en la vida civil. De la clase militar surgen también Emperadores, que intentan salvar los I. en épocas de crisis (casos de Egipto y Roma) o a los que se recurre como solución de emergencia.Aunque se trate de 1. esporádicos, la evolución del particularismo de las ciudades-estados hacia unidades superiores es evidente (Sargón unifica Mesopotamia), así como el nacimiento de instituciones, la transculturación entre dominadores y dominados, el fomento de la esclavitud a base de los prisioneros de guerra, un mejor conocimiento entre los pueblos. En definitiva, el acontecer histórico comienza a complicarse. Esto ocurre cuando la teoría del dominio universal la hace efectiva, aunque geográficamente restringida, Hammurabi (v.), bajo cuyo I. babilónico se unen sumerios y acadios ca. 2000 a. C. Pero el primer gran 1. universal es asirio, sobre todo desde Tiglatpileser III hasta Sinsaiskun (746-612), extendido por Mesopotamia, Siria, Sudeste de Anatolia y Media (Sudoeste de Irán), y que con Asurbanipal (v.; 669631) alcanza su máxima expansión: desde el monte Tauro al golfo Pérsico y desde la cadena montañosa del Zagros hasta Egipto.Una circunstancia que se da en los I. de la Edad Antigua y que luego se repite con ciertas variantes en la Edad Media de Occidente es la vinculación de la propiedad a los templos, la acumulación del poder y riquezas por los sacerdotes, los conflictos entre los estamentos civil y religioso, la lucha por el dominio. Estos aspectos son particularmente interesantes en el I. egipcio y dan una cierta continuidad a la Historia, que en definitiva se reduce a la lucha del hombre con el hombre para el dominio del hombre, tanto en lo espiritual como en lo temporal, bien sea para salvarle o condenarle. Durante el Nuevo Imperio egipcio, en el reinado de Tutmosis III (1484-50), se entabla una lucha entre éste y el llamado partido sacerdotal, que buscaba acrecentar aún más su influencia en el I. En principio, se llega a un equilibrio mediante la distribución de poderes: los laicos se reservan la administración civil bajo la dependencia directa del faraón, los sacerdotes se dedican a todo lo relativo a dogmas y culto. Pero el nombramiento de la máxima autoridad religiosa, el pontífice, dependía también del faraón. Algo similar ocurrirá más tarde, en Occidente, aun en la Edad Moderna, cuando los Emperadores intentan intervenir en la elección de los Papas, y lo consiguen.3. Otros Imperios. En la historia de los I. se pasa de la lucha por la hegemonía al equilibrio. La guerra surge cuando se quiere romper el equilibrio, por simples apetencias territoriales o por necesidades expansivas. Los 1., que normalmente surgen por el esfuerzo unificador de una persona, al descomponerse se fraccionan en Estados, que heredan estructuras, instituciones y unas características en cierto modo comunes a todos ellos. Tal ocurre en Occidente, a la caída del Imperio romano (476); en alAndalus (v.), al dividirse el califato de Córdoba en reinos de taifas (v.; 1031); en Asia, a la muerte de Alejandro Magno (v.; 323 a. C.). El 1. creado por Alejandro Magno (336-323), en muy pocos años, constituye un proceso revolucionario de la Historia, da lugar al nacimiento de otros pueblos, promueve la conciencia nacionalista, hace desaparecer los antiguos 1. y crea una nueva monarquía universal, el sueño milenario de los primeros pueblos históricos. Su idea de dominio universal renace con el I. romano (27 a.C.-476 d. C.). Con las victorias de Gránico (334 a. C.), ¡so (333 a. C.) y Gaugamela o Arbelas (331 a. C.), Alejandro Magno da fin al I. persa, que había forjado Ciro II el Grande (v.) en el s. vi a. C. No obstante, a la muerte de Alejandro se constituye el 1. seléucida, similar al persa de los Aqueménidas, excepto Palestina y Egipto. Con los territorios del I. seléucida se forma ell.parto, a mediados dels.i Ia. C., sustituidoporel1.sasánidaamediadosdels.i iyal que dan fin los musulmanes (640).Para la historia de lo que hoy se denomina Occidente han tenido gran importancia los I. romano y germánico; para la Europa oriental, Bizancio. El I. latino y el de Nicea no pasan de ser una anécdota sin mayores consecuencias para el devenir histórico.En la India, el 1. sacio o escita unifica desde fines del s. i[ a. C. el Norte del país y Bactriana. Este l., al igual que el romano o chino, es individualista y cosmopolita. En China, los 1. son dinásticos. Bajo los Chu (v.; x-viil), el Emperador se convierte, finalmente, en una autoridad nominal por debilidad del poder central. Este poder se fortalece con la dinastía Tsin (v.), a mediados del s. III, en el Norte, cuando ya el I. empieza a sentir los efectos de la presión de los hunos, como en Occidente los germanos. Las invasiones de estos bárbaros terminan con la época de los grandes 1. en Oriente y Occidente. Sin embargo, la idea de I. universal resucita en Extremo Oriente con el mongol Genghis-Khan (v.; 1206-27), que conquista el Norte de China, Turquestán, Afganistán, Oeste de Irán (o Persia), gran parte del Iraq y Georgia. En el s. x[II, el 1. mongol se extiende por Europa desde el Volga al Danubio. Los titulares de este 1. se denominan Kan, del persa jan (príncipe). A pesar de su belicosidad, el I. mongol es tolerante en materia religiosa con sus súbditos, lo cual explica su larga pervivencia hasta 1405, año en que muere Tamerlán (v.), conquistador de Persia (1379-83) y Bagdad (1401), y destructor del primer I. turco (1402). Este I. renace con Muhammad 1 (1413-21) y sustituye al 1. de Bizancio, al conquistar su capital (Constantinopla) Muhammad II en 1453. El decadente I. turco desde la paz de Carlowitz (1699), que supone la pérdida de Hungría, es prácticamente destruido con la pérdida de Belgrado (1717) y por el tratado de Passarowitz (1718), que despoja a los turcos del Norte de Servia, el banato de Temesvar y la Pequeña Valaquia.Rusia responde al tipo de I. de un solo Estado, cuyo titular desde 1547 se denomina zar (del ruso tsar, derivado a su vez del latín Caesar), al igual que el de Bulgaria desde 1908 a 1946. El I. ruso pretendió en cierto modo constituirse en una especie de Bizancio del mundo eslavo (V. PANESLAVISMO) con intenciones dominadoras en toda la Europa oriental y de expansión hacia el Este asiático. La base territorial del I. germánico (v.) es el I. carolingio, creado por Carlomagno (v.), rey de los francos (768800) y Emperador (800-814). En su idea de restaurar el I. romano hay una concepción universalista, pero limitada a Occidente, de la que carece Bizancio (v.), cuya autoridad no es reconocida en Europa occidental. El I. de Carlomagno es sinónimo de mundo cristiano, pues realmente es él quien domina en la mayor parte de los reinos cristianos. De las ruinas de este I., disuelto por el sistema hereditario de repartos, surge el Sacro I. Romano Germánico o simplemente 1. germánico, cuyo titular, ungido y coronado Emperador por el Papa, es defensor teórico de la cristiandad.El 1. germánico no es continuación del carolingio, pero le sucede en prestigio y en el dominio de gran parte de Europa. Pretende ser una renovación del I. romano, con un contenido sacral bíblico, pues por la unción el Emperador se convierte en un ungido del Señor. La idea de dominio universal de los Emperadores germánicos les lleva, por una parte, a considerar el Papado como feudatario del Imperio, y, por otra, a subordinar los Estados situados fuera de sus límites. El reinado de la casa de Luxemburgo (v.) aporta la idea de I. basado en el poder de una casa. La Bula de Oro (v.), promulgada por el emperador Carlos IV de Luxemburgo (1356), además de establecer el sistema de elección del Emperador, vigente hasta 1806, declara el 1. independiente de Roma. Con la muerte del emperador Federico III de Estiria (1493), el I . germánico pasa a ser prácticamente el 1. habsburgo, por su vinculación a la dinastía de este nombre, aunque se continúe el sistema electivo. El I. de los Habsburgo gravita territorialmente en torno a Austria, que en 1867 se constituye en la monarquía dual austrohúngara, también llamado 1. austro-húngaro, que se mantiene hasta 1918. Desde 1871 a 1918 el I. germánico, también llamado I. alemán, se constituye en una federación de Estados, pero el Emperador es más bien nominal. En 1871, Guillermo 1 de Prusia se titula emperador de Alemania, con lo que comienza el II Imperio alemán oI IReich(1817-1918).ElIIIReich(1933-45), bajola jefatura de Hitler, su Führer (conductor), carece de la figura del Emperador y de la forma monárquica; es una dictadura y su nombre es consecuencia de los sueños imperialistas de Hitler (v.).El llamado I. angevino, creado por Enrique II de Inglaterra (v.; 1154-89) y cuyo titular no se denomina Emperador sino rey, acerca Inglaterra a la Europa continental, a través del dominio del Oeste de Francia y la expansión por el Mediterráneo (conquista de Chipre en 1191), dibujándose ya la futura Gran Bretaña de 1707 (en ese año se constituye Gran Bretaña al convertirse la unión personal con Escocia en unión real), cuando Eduardo 1 de Inglaterra somete Gales (1282-84) y anexiona Escocia (1295). De esta Gran Bretaña, transformada desde 1800 en Reino Unido por la anexión de Irlanda, surge el Imperio británico, la primera potencia mundial en la Edad Contemporánea (hasta la II Guerra mundial) desde que en 1815 derrota a Napoleón y da fin al primer Imperio francés. Sólo uno de sus monarcas, Victoria I (18371901), se titula emperatriz de la India desde 1876. Este I. británico, que ha ejercido gran influencia en la historia contemporánea, ha sido más económico y político que militar. A fines del s. xix, ocupaba la quinta parte del mundo, extendiéndose por los cinco continentes. El proceso de descolonización iniciado después de la II Guerra mundial ha concluido con el I. británico (no con el imperialismo), transformado en la Commonwealth (v.). El primer I. francés (1804-14), ya citado, es obra de Napoleón I (v.), que se proclama Emperador de la República francesa con poderes absolutos "libremente aceptados" por el pueblo mediante plebiscito. Su L, a pesar de su grandeza, no pasa de ser una efímera anécdota histórica, todo lo grandiosa que se quiera, pero con un contenido ideológico, al coronarse a sí mismo Emperador y aceptar únicamente la consagración papal, con lo cual quiso dar a entender que no recibía del Papa la dignidad imperial, y parece ser que pretendía también resucitar el antiguo 1. de Occidente. Él fue quien terminó jurídicamente con el 1. germánico al crear la confederación del Rin (1806-13), formada por 16 Estados alemanes, al tiempo que Francisco II renunciaba al I. alemán o germánico y se proclamaba Emperador de Austria con el nombre de Francisco I de Austria. El segundo I. francés, con Napoleón III (v.; 1852-71), es otra anécdota histórica de menor trascendencia, que termina a consecuencia de la Guerra franco-prusiana (v.). Y lo mismo puede decirse del Imperio mexicano de Iturbide (v.; 1822-23) y Maximiliano José de Austria (v.; 1864-67), que representa el fracaso de la idea monárquica en América, al igual que con el Imperio brasileño de Pedro I (v.; 1822-31) y Pedro II (v.; 1831-89).Muy diferente de estos I. es el español, cuyos titulares también se denominan reyes, excepto Carlos I (v.), Emperador de Alemania con el nombre de Carlos V. La idea imperial de Carlos V no es el I. universal expuesto por Dante, sino que responde más bien a la restauración de la universitas christiana, es decir, un I. cristiano regido temporalmente por el Emperador, a lo que se opone Francia, el Papado y el espíritu nacionalista de la época, que pugna con el 1. medieval pretendido por Carlos V. De este I. fracasado nace el 1. español, que subyuga a los I. azteca e inca de América y cuyos titulares se sienten defensores de la cristiandad hasta la paz de Westfalia (1648), que confirma la decadencia del poderío español y el triunfo de la Reforma protestante frente a la Contrarreforma católica en algunos países de Europa. El I. español termina definitivamente por el tratado de París (10 dic. 1898), colofón de la Guerra hispano-norteamericana, que priva a España de sus posesiones de ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas, y Guam. Con el proceso de descolonización iniciado después de la II Guerra mundial están desapareciendo los grandes I. coloniales creados por Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, etcétera.Los títulos de los Emperadores de Etiopía (negus) y Japón (tenno, como en China), únicos existentes después de la II Guerra mundial, son meramente honoríficos. Ambos países son monarquías constitucionales. Al tenno se le ha despojado del carácter divino que se le atribuía desde el s. viii y ha pasado a ser únicamente un símbolo de la unidad del pueblo japonés. El negus (del etíope nigu9a nagagt, rey de reyes), título adoptado por el rey de Aksum en el s. i, ejerce el poder ejecutivo.V. t.: IMPERIALISMO; CORONACIÓN; y los Emperadores e I. con artículo en esta Enciclopedia.CARLOS R. EGUÍA.
BIBL.: Además de la que se cite en cada uno de los artículos a los que se remite, S. N. EISENSTADT, Los sistemas políticos de los Imperios, Madrid 1966; P. RAssow, Forschungen zur ReichsIdee in 16. und 17. Jahrhundert, Colonia 1955; A. DE STEFANO, L’idea imperiale di Federico 11, Bolonia 1952; P. HILTEBRANDT, Die Kaiser-Idee, Leipzig 1941; R. DEL ARCO Y GARAY, La idea de Imperio en la política y la literatura españolas, Madrid 1944; B. CHUDOBA, España y el Imperio, Madrid 1962; J. M. JOVER, Carlos V y los españoles, Madrid 1963; MARQUÉS DE LozoYA, Los orígenes del Imperio, 2 ed. Madrid 1966; A. GARCÍA GALLO, El Imperio medieval español, Madrid 1945; R. MENÉNDEZ PIDAL, El Imperio hispánico y los cinco reinos, Madrid 1950.
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