Humorismo. Literatura Universal. LIT.
Categoria:
Literatura
Etimología y sentidos primitivos de humor. El término proviene del lenguaje de la Física. Su etimología es latina y significaba ’humedad’, ’líquido’, conservándose este sentido todavía hoy en varias lenguas. Hipócrates de Cos (s. v a. C.), que intuyó el papel de las secreciones internas, trasladó la palabra al campo de la medicina y creó la teoría de los humores, que más tarde, a través de la escuela de Alejandría y de los árabes, fue recogida por los médicos y alquimistas medievales. Se distinguían cuátro humores en el cuerpo humano: bilis, atrabilis o bilis negra, sangre y flema, que se relacionaban con los cuatro elementos de la naturaleza: fuego, tierra, aire y agua, y daban lugar también a cuatro temperamentos: bilioso, melancólico, sanguíneo y flemático, que se han utilizado en psicología hasta la época moderna. Con Galeno (s. il d. C.), que aceptó y amplió la teoría de Hipócrates, el término sufrió una especificación, al ponerse la causa de las enfermedades en el desequilibrio humoral. El humorismo es doctrina generalmente admitida por la medicina medieval, y hace crisis a principios del s. xvi, orientándose más hacia la influencia que tienen las lesiones orgánicas en los desequilibrios temperamentales, hasta tal punto que a lo largo del siglo el vocablo se pone de moda, en el sentido que ya se había fijado en el New English Dictionnary en 1475, como habitual tendency, temperament, que implicaba comúnmente una rareza o excentricidad de carácter natural o afectada. De este sentido se derivan las expresiones comunes ’estar de’ y ’tener humor’, ’buen o mal humor’.Evolución del sentido literario de humor. Del Renacimiento al s. XX. En este sentido de temperamento o idiosincrasia, lo recogen las retóricas renacentistas de Scalígero y Minturno, llegando con este mismo sentido a Shakespeare. Ben Jonson (ca. 1565, v.), utiliza el término con igual significado, mientras existía ya en plural humores para designar burlas, bufonadas y excentricidades. Ben Jonson aplica también la palabra al carácter específico de un extravagante innato, y lo hace en un sentido literario, al llamar humores a los personajes (caracteres) que actúan en su comedia. Los críticos modernos se vuelven contra la consideración del h. como un producto original y exclusivamente inglés, aunque es innegable que Inglaterra formuló desde muy pronto el h. de un modo concreto y consciente, de modo que Francia primero y Alemania más tarde reciben la palabra como producto inglés, que se aplica con mayor o menor fortuna a conceptos semejantes.No obstante y de un modo general, Europa estaba preparada para el h. ya al comienzo del barroco. El agotamiento de los recursos de la armonía renacentista abre paso al desengaño barroco. Shakespeare (v.) y Cervantes (v.) marcan esta transición: el primero, nada fino en sus burlas, se eleva en algunos momentos a la gracia poética de su Oberón, el segundo, con Don Quijote (v.), el extravagante, melancólico e ingenioso caballero, da el prototipo del más grande h. Extravagancia, melancolía e ingenio son tres rasgos importantes del barroco. La excentricidad fue también el primer rasgo del h. Así, en Italia se habla de umorismo en este sentido, y P. Mancini funda en 1602 la Academia dei umoristici, de la que fue presidente Marino (v.). Extravagante es el caballero de la triste figura que hace reír con su sola presencia, y el misántropo lúcido y bueno, que hace chistes y bromas con aire de melancolía, según la receta que da Falstaff en el Enrique IV de Shakespeare, para hacer reír al príncipe: "Una gracia dicha con gesto triste". Así, el h. va convirtiéndose en una actitud consciente, por la cual uno se sobrepone a sus propios yerros y rarezas, no ya innatos, sino adquiridos: -Dryden (v.), Shadwell (1640-92), Congreve (1670-1729)-, o como una exposición intencionada y destinada al público por un artista (Home). Así observa Escarpit la distinción entre el h. que se "es" (Ben Jonson), el que se "tiene" (Addison) y el que se "hace" (Home). El barroco español daba gran importancia a la agudeza, como expresión del ingenio, bien se aplicase a las ideas (conceptismo) o a las palabras (cultismo). Por otra parte, en Inglaterra se distinguía ya entre el h. vivido, o sentido del h., y el h. hecho de un modo frío y racional, o ingenio, de modo que surge el conflicto que Addison (v.) en el s. xvlli intenta resolver estableciendo una genealogía, según la cual, el h. es hijo del ingenio y la alegría, genealogía corregida en el s. xix por Thackeray (v.), que sustituye alegría por amor; "humorismo es más que ingenio" dice el adagio inglés, y ese algo más es la tendencia afectiva.Así como el s. xvll había unido la comicidad con el humor, así el s. XVIII desenvolvió un h. satírico, representado sobre todo por Swift (v.), bilioso y sombrío, el más grande satírico de su país, y un h. sentimental representado por Goldsmith (v.). Se dan, por otra parte, los novelistas que observan sonrientes la realidad, como Fielding (v.), Smollet (1721-71) y Sterne (v.), el cual logra reunir en Tristram Shandy el h. del corazón y el de la cabeza, desarrollando un h. a la francesa, a lo Rabelais (v.), que es lo menos espiritual de Francia. También Samuel Johnson (v.) une ambos h. En la época victoriana, el h. vive encerrado en un ambiente de confort e indiferencia intelectual, con Sheridan (1715-1816) en teatro y Dickens (v.) en novela, y con la famosa revista Punch, que se funda en esta época. Resulta un h. sin inquietud metafísica, suave y apacible. Sigue el ironista y snob O. Wilde (v.), con Coward (n. 1899), Jerome (1859-1927), Woodehouse (n. 1881).El humorismo en el s. XX. El s. xx presenta las figuras de G. B. Shaw (v.) y G. K. Chesterton (v.), utilizando el h. comprometido. Junto a ellos, E. Waugh (v.). En Alemania el humour inglés entró en el s. XVIII. Gottsched (1700-66) lo tomó en el sentido de Laune, como capricho o extravagancia, Lessing (v.) también, pero luego le atribuyó un carácter más fijo, que resulta ser la costumbre hecha segunda naturaleza peculiar de un individuo. Como los ingleses, los alemanes distinguían también el h. de la cabeza y el del corazón, y también el literario y el vital (Riedel, 1742-85, Blankenburg, 174496). El concepto de h. como excentricidad aparece en lean Paul (N. Richter), heredero serio y ponderado de Sterne (v.). Para aquél, el h. se distingue de lo cómico como lo lírico de lo épico. En su Vorschule der Aesthetik (1804) define el h. como lo cómico romántico, lo contrario a lo sublime, que anula lo finito, aunque no lo individual, por el contraste con la idea infinita. Para el h. no existen los necios, sino la necedad en general y un mundo loco. El h. rebaja lo grande y eleva lo pequeño, pero no como la parodia o la ironía, sino para igualar las diferencias de este mundo y luego aniquilarlas al ponerlas en contraste con el infinito, ante el cual todo es igual y nada. El h. queda así paradójicamente elevado a cosmovisión, y es dulce, tolerante, melancólico, consciente. La mera parodia estilística es Laune, el h. es ironía. Solger (1780-1819) y Vischer (1807-87) están más o menos en la línea de lean Paul, pero incluyen también la idea como objeto del h., y descubren así el aspecto trágico del h., pues lean Paul sólo veía el cómico.Hegel (v.), por su parte, vuelve al concepto de h. como extravagancia y distingue entre h. subjetivo y h. objetivo. El primero, como autonomía formal de peculiaridades individuales, depende del talento del humorista, que busca todo lo que quiera hacerse objetivo, mientras que en el segundo, la ocurrencia no es casual y arbitraria, sino movimiento interno del espíritu, que se dedica por entero a su objeto y lo conserva en interés y contenido. Hegel descubre así el aspecto de la objetivación artística del h. Por su parte, Schopenhauer (v.), veía el humorismo carente de benevolencia, inspirado por el resentimiento y el rencor, y manifiesto en el cinismo, derivado de una actitud desdeñosa.En Francia la palabra humour entra hacia 1725, tomada del inglés, aunque existía anteriormente en francés en su forma humeur; Diderot (v.), aunque no emplea la palabra, demuestra ser el autor del s. xviit que tiene un concepto más claro del h., mientras que ya a final de siglo Madame de Staél (v.) explica el término, y éste comienza a nacionalizarse. En 1878 la Academia francesa admite humoristique, ignorando todavía humour, que no se admitirá hasta 1932. Al no existir palabra equivalente a la italiana umorismo o a la española `humorismo’, humour cubre el conjunto del género. E. de Goncourt (v.) había usado primeramente el término aplicado a la caricatura dibujada, y de ahí pasó luego a referirse a la caricatura hablada. El valor trascendente y selecto del h. lo descubre el s. xx, y la crítica le consagra varios estudios -Cazamian, Bergson- aunque no serán los filósofos, sino los poetas los que abrirán las puertas al h. Durante el s. xx se ha dado el tipo de h. inglés correcto y un tanto sistemático, como el de Maurois (1885-1967), intelectual como el de Jules Romains (n. 1885), tenso como el de Giraudoux (v.), etc., mientras André Breton (v.) hace su Anthologie de 1’humour noir, definiendo el h. como "une révolte supérieure de 1’esprit". Después de la 11 Guerra mundial surge en toda Europa un nuevo h. como filosofía de la existencia, y destacan tres grandes éxitos mundiales: Mikes, Guareschi (1908-68) y Daninos (n. 1913). El h. moderno es sociológico e histórico, y abarca todos los aspectos de la vida humana, por encima de diferencias nacionales.Concepto de humor. Aunque intentar definir el h. es desde luego falta de sentido del humor varias son las definiciones que se dan como concepción personal del mundo, como postura vital que deriva de una idiosincrasia determinada y una habitual disposición del ánimo, incluso como una manera de existir, o un recurso psíquico que frente a la,dificultad y las adversidades puede servir de refugio o de consuelo. Cuando se parte del análisis de lo cómico, se considera el h. como una interpretación trascendente de lo cómico, en la que el fin es la sonrisa, y no la risa, mera consecuencia. El sentido trascendental del h. va de lo concreto a lo general, de lo particular a lo universal, fijándose no en el individuo, sino en toda la humanidad y viéndola a la luz de una jerarquía de valores renovada, por lo cual se ha dicho que el ángulo de visión del h. tiene su vértice en el absoluto, o por lo menos permanece invisible para el humorista, al cual, por lo mismo, se le achaca ver la realidad desenfocada, por la independencia de juicio y libertad de espíritu con que la concibe, siempre forzando el contraste entre lo grande y lo pequeño, entre lo positivo y lo negativo, entre lo que dice y cómo lo dice, con una visión eminentemente crítica, por la cual se desligan los efectos de los estímulos normales que los causan, de modo que puede llegar a producirse angustia y vacilación tanto en el mismo humorista como en su público.El h. es un modo de ser y de sentir que lleva a pensar y actuar, en lo cual se descubre que el h. no es una mera actitud intelectiva, sino además afectiva, de tal modo que la crisis provocada por la postura del humorista, encerrado en un voluntario infantilismo mental que reduce el orden cósmico al absurdo, ha de verse compensada y equilibrada por el impulso afectivo hacia la acción, con la consiguiente liberación y crecimiento que supone la superación de la crisis. Diríamos que el humor conduce al h., que es su expresión, y al mismo tiempo, el conjunto y culminación de las formas de comicidad, sátira e ironía que se expresan por un estilo esencialmente paradójico. El h. es, por tanto, una modalidad de expresión artística y literaria, que puede darse en distintas obras y géneros, tanto de creación como críticos, la cual supone un modo de pensar con fondo serio, incluso patético, y forma cómica, que peligra quedarse aprisionado en el relativismo filosófico y moral que adopta.Se ha considerado al h. fruto de clases burguesas, propio de culturas avanzadas e incluso tardías. El humorista es en principio un excéntrico, después inconformista, que con ironía se finge ingenuo e ignorante para poner en tela de juicio los tabús y postulados inconmovibles, ya deformados, de la sociedad, a la cual se esfuerza por demostrarle que no habla en serio, para que ella a su vez le crea capaz de restablecer el orden que ha puesto en crisis. Esta actitud puede traerle al humorista incomodidades e incluso persecuciones. Es la misión tradicional del satírico, pero hoy la mayoría de los satíricos solicitan el título de humoristas, por el mayor prestigio actual de esta palabra. La diferencia estriba en que el satírico ataca los vicios con acritud e indignación, mientras el humorista lo hace como jugando, mirando las flaquezas humanas con visión más amplia, suavemente moralizadora y benévola. Sin embargo, el humorista no resulta precisamente alegre, sino muchas veces grave y desengañado, sacando al final una consecuencia inesperada que hace sonreír. En el fondo no es frívolo, sino espiritual, idealista y poeta, con cierto dejo de insatisfacción, que en algunos momentos puede llevar al pesimismo y a la rebeldía. En general, frente a los demás, el humorista mantiene una actitud muy variada de compasión, desdén, saña y comprensión. Al hacerse necesariamente positiva esta actitud, el humorista persigue tres objetivos: la seguridad, manifiesta en la risa de alivio ante el peligro ya pasado, la simpatía, lograda en la connivencia y alianza con los demás, y la trascendencia, fundada en la fe en algo superior, por donde el h. encuentra una puerta franca a una dimensión religiosa.V. t.: SÁTIRA.J. M. DÍEZ TABOADA.
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