Historiografia HIST.
Categoria:
Historia
La producción historiográfica, el modo de exponer la historia, refleja el concepto que cada época y cada historiador tiene de la Historia (v.) como ciencia y, en último término, su idea de la realidad histórica, es decir, del acontecer humano. Toda H., en efecto, presupone una filosofía de la historia (v. HISTORIA v), explícita o implícita, y, en consecuencia, una determinada idea del papel que corresponde a la tarea del investigador y expositor de historia, al historiador.La palabra historia deriva del griego, en el que primitivamente tenía un sentido amplio de investigación, y es también un griego el considerado tradicionalmente "padre de la historia", Heródoto de Halicarnaso (ca. 485425; v.), que escribió, según declaración propia, "para evitar que las acciones de los hombres queden borradas por el tiempo". He ahí el fundamento primero de la H., sentido por todas las sociedades que alcanzan un determinado nivel cutural. Por ello se ha podido llamar también a la Historia la "memoria de la Humanidad". Pero la H. no sería una producción humana si se limitase al mero relato de acontecimientos. De ahí que, ya desde el mismo Heródoto, la H. pretenda no sólo narrar los hechos, sino también hallar y explicar las causas que los produjeron, en un intento de comprensión racional de los mismos, que de otro modo quedarían reducidos a un suceder sin sentido ni trabazón interna.1. La Historiografía antigua. Centró su atención en los acontecimientos político-militares, concediendo categoría de protagonistas a las figuras señeras de los "héroes" (reyes, caudillos o personajes mitológicos), a cuya personalidad y actuación se atribuía la máxima responsabilidad en los sucesos, por encima de cualquier otro condicionamiento. Con el tiempo, se elaboró una tradición, de suerte que los sucesivos autores podían aprovechar la obra de sus antecesores, como efectivamente hicieron, añadiendo por su cuenta aquellos comentarios ético-filosóficos que les parecían pertinentes, de acuerdo con las normas de la retórica.Ya los autores griegos y romanos, impulsados por la curiosidad, tomaron en consideración no sólo la historia de sus respectivos países sino también, en cuanto a información de que disponían se lo permitía, la de los pueblos próximos de Oriente y África, con los que habían entrado en contacto (Egipto, Siria, Mesopotamia, Persia).2. La Historiografía cristiana medieval. Integrando con esta tradición historiográfica la historia del pueblo elegido de Israel, contenida en la Biblia, el obispo Eusebio de Cesarea (v.) compuso en el s. iv una crónica en griego, que culminaba en el nacimiento de Cristo. Esta Crónica y la Historia eclesiástica (narración de la propagación del cristianismo desde su fundación hasta el s. iv, con las persecuciones y herejías que la asolaron) constituyeron dos modelos para la H. medieval durante varios siglos. El cristianismo, por la novedad y profundidad de sus concepciones, supuso también una peculiar filosofía de la historia. Esta filosofía o, mejor, teología de la historia (v. HISTORIA vi) encuentra su formulación más celebrada en la Ciudad de Dios de S. Agustín (v.). Para un cristiano, en efecto, la fe le proporciona una explicación básica del sentido último de la historia, de la vida de la humanidad en este mundo, aunque no una explicación concreta de los fenómenos históricos particulares, como pretendieron ingenua y precipitadamente otros escritores cristianos, menos avisados que S. Agustín, con interpretaciones providencialistas de gran simplismo. Esta corriente se prolonga a todo lo largo de la Edad Media y la encontramos incluso en autores posteriores como el mismo Bossuet (v.), que en su Discurso sobre la Historia Universal atribuye directamente a la voluntad divina las revoluciones y caída de los imperios.Durante gran parte de la Edad Media, la H., como las demás actividades culturales, se halla en manos de los clérigos. Conoce un florecimiento extraordinario el género hagiográfico (vidas de santos) de acuerdo con los gustos de la época, al tiempo que en los monasterios se componen anales, en los que los sucesos se registran ordenadamente por años, sin formar relato unido, y crónicas (v.) nacionales o al estilo de la de Eusebio de Cesarea, de carácter pretendidamente universal. En toda esta H., según es sabido, el rigor crítico en la aceptación de noticias deja bastante que desear. Citemos por vía de ejemplo la Crónica General de España, mandada componer por Alfonso X el Sabio (v.), en cuyo prólogo se anuncia que, junto con las guerras que promovieron en la Península los romanos, vándalos, alanos y suevos, tratará de "las batallas que Hercoles de Grecia fizo contra los espannoles", a los que, por otra parte, hace descendientes de Túbal, quinto hijo de Jafet. En todo caso, los hombres de la Edad Media poseen una conciencia histórica innegable, en el sentido de que son conscientes de la herencia recibida del pasado, en el que ven la explicación, con frecuencia de manera simplista e ingenua, de las realidades de su presente. De otro lado, como se ha hecho observar, gran parte de la actividad política y jurídica de los hombres y de las instituciones de aquellos siglos consistió en reivindicaciones basadas en el recurso a la historia, verdadera o supuesta.3. La Historiografía humanista. El Humanismo (v.) y el Renacimiento (v.), con sus precedentes, que se ahondan hasta los s. xii y xiii, supusieron una gran ampliación de la información histórica y cultural: exploradores y geógrafos traen noticias de otras civilizaciones; personajes bizantinos huidos a raíz de la caída de Constantinopla aportan un mejor conocimiento de la tradición oriental; el interés por el mundo greco-romano se despliega. Como consecuencia los humanistas del Renacimiento agudizan el sentido crítico -que no estuvo ausente de los mejores medievales, pero del que carecieron otros-, lo que les lleva a buscar, paulatinamente y de manera científica, la distinción entre los hechos creíbles y los fabulosos, entre los documentos verdaderos y los falsos. No obstante, la autoridad indiscutible de que gozaban los escritores de la Antigüedad sólo muy lentamente dejó paso a un enfrentamiento crítico con sus afirmaciones, durante tanto tiempo admitidas sin titubeos. Por otra parte, la multiplicación de ediciones (el invento reciente de la imprenta facilita su difusión) de las obras de los historiadores de la Antigüedad (Tucídides, Polibio, Salustio, Tácito, Tito Livio) conduce a una imitación de sus maneras de narrar la historia, algunas ajenas al rigor científico y propias más bien del arte de la retórica, con la que se hallaba ligada en la cultura grecorromana. Como para sus modelos clásicos, para muchos escritores de los s. xvi y xvti la Historia es un arte tanto o más que una ciencia, un género literario próximo a la retórica. Esta imitación estilística viene facilitada, al tiempo que expresada, por el empleo del latín, que conoce un renacer, como reacción al uso que en la literatura culta se había concedido a las lenguas vulgares en la época inmediatamente anteríor. Uno de los artificios retóricos más característicos de esta corriente historiográfica es la inclusión de diálogos y discursos puestos en boca de los protagonistas e inventados por el autor para dar mayor viveza y animación dramática a la narración. Dentro de la H. española puede citarse coulo representativa de esta tendencia la Historia de España del jesuita Juan de Mariana (v.; 1537-1624), escrita primero en latín y traducida después al castellano por el mismo autor. Pero la H. retórico-humanista no gozó en España de tanto favor como en otros países europeos.En el proceso de gradual perfeccionamiento de la crítica histórica, ejercieron considerable influencia las polémicas sostenidas por escritores protestantes y católicos en la época de la Reforma y Contrarreforma. Aquéllos pretendían demostrar que la Iglesia católica se había alejado progresivamente de los postulados religiosos de la primitiva comunidad cristiana, y éstos se defendían de tales imputaciones con opuestas razones. Todo ello dio lugar a una vasta labor de investigación histórica por ambas partes que, si bien estaba teñida por el apasionamiento y parcialidad propios del ambiente polémico que la suscitó, fue paulatinamente depurando sus métodos para conseguir argumentos firmemente asentados y capaces de convencer al adversario. Como jalones de esta batalla historiográfica se pueden señalar, del lado protestante, las Centurias de Magdeburgo, aparecidas entre 1559 y 1574, a las que responden, del lado católico, los Anales eclesiásticos del card. Baronio, aparecidos entre 1588 y 1607. En España, por la ausencia de una comunidad religiosa disidente de suficiente entidad, no se vivió este enfrentamiento historiográfico en esa medida, pero no dejaron de producirse obras muy trabajadas como la de Jerónimo de Zurita (v.; 1512-80), Anales de la Corona de Aragón, en la que da muestra de una metodología bastante seria (empleo de abundantes documentos y manuscritos) y de un criterio objetivo y agudo.4. La Historiografía heroica y pragmática. De acuerdo con la tradición, la H. de los s. xvi y xvti concede el papel de protagonista a las individualidades destacadas (reyes, grandes capitanes, etc.), mientras la masa del país permanece en segundo plano, como elemento amorfo y pasivo que es arrastrado por sus jefes. Otra tendencia que se observa en la H. de estos siglos es la de acentuar el carácter pragmático que se atribuye a la Historia, de acuerdo con la interpretación del viejo lema que la define como magistra vitae, por el cual se le adjudica una función ejemplificadora y moralizadora. Esta idea late en la obra de Alfonso el Sabio citada anteriormente, en la que, a imitación de los "sabios ancianos", se proponía relatar las acciones "tan bien de los que fizieron mal cuerno de los que fizieron bien, porque los que después viniessen, por los fechos de los buenos punnassen en fazer bien, et por los de los malos que se castigassen de fazer mal". De acuerdo con este planteamiento, el historiador se convierte con frecuencia en un predicador o razonador que juzga los acontecimientos y los hechos humanos y extrae de ellos reflexiones morales y filosóficas para el lector.Esta concepción pragmática de la Historia sigue viva en el s. xvrii. Bossuet no hacía sino repetir una vieja idea cuando la llamaba "la prudente consejera de los príncipes", tópico que volvía a la pluma de G. B. Mably el Abate, para quien la obra histórica que en 1778 dedicaba al príncipe de Parma debía ser "una lección de moral y de política", tanto más eficaz cuanto con mayor gusto fuese leída. Una vez más, el lema del instruir deleitando. De hecho, hasta nuestros días la Historia es una materia de estudio especialmente recomendada para los que se disponen a asumir las responsabilidades del gobierno de un país. Esta instrucción se consideraba, además, plenamente válida y de comprensión y aplicación automática, en razón de que el hombre era considerado el mismo en cualquier época, sin tener en cuenta las diferencias de mentalidad que cada momento histórico comporta. De ahí que se haya podido escribir, interpretando el pensamiento de un historiador como B. le Bovier de Fontenelle (1657-1757), que "no hay una diferencia esencial, sino tan sólo de grado, entre la investigación del historiador y las observaciones del moralista: la historia muestra al hombre en detalle, en concreto, después que la moral lo ha mostrado en abstracto o en general". No extrañará, pues, que en último extremo Fontenelle pueda llegar a decir que "cualquiera que tenga la suficiente penetración, considerando simplemente la naturaleza humana, podría adivinar toda la historia".5. La Historiografía erudita. Ya en el mismo s. xvii se realizó una importante labor de acopio y transcripción de fuentes documentales que han sido aprovechadas sistemáticamente hasta nuestros días y, en particular, se sentaron sólidamente las bases de las principales disciplinas auxiliares de la Historia (Cronología, Paleografía, Diplomática), gracias al trabajo esforzado especialmente de los miembros de ciertas órdenes religiosas, como los jesuitas, que, bajo el impulso del P. Bolando, realizaron en Amberes la revisión crítica de las vidas de santos (género tan en boga durante la Edad Media) en la monumental Acta Sanctorum continuada hasta nuestros días (v. BOLANOISTAS), o los benedictinos de Saint-Germaindes-Prés, que consideran a J. Mabillon como fundador de la Diplomática (v.). Precisamente la agudización del sentido crítico y de la prevención contra las noticias trasmitidas en los siglos pasados dio lugar a exageraciones hipercríticas por las que se llegó a poner en duda o a considerar como fabulosos hechos y personajes indiscutiblemente auténticos. Con ese talante se enfrentó, p. ej., el jesuita J. A. Masdeu (1744-1817) al Cid en su Historia crítica de España y de la cultura española.Ya en el mismo s. xviit aparecen las primeras obras en las que no sólo se trata de dar una explicación de los sucesos particulares, sino que se busca la interpretación de las grandes causas que han podido provocar fenómenos históricos de envergadura muy amplia, en un intento de explicación sintética y global. Tal es la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de E. GiGbon, aparecida entre 1776 y 1788, que atribuye el derrumbamiento del Imperio a la doble acción de los invasores bárbaros y de la religión cristiana. En cuanto al sentido total de la historia humana, las interpretaciones de los enciclopedistas, muy alejadas del providencialismo de un Bossuet, no eran propicias ciertamente para despertar el optimismo. Muy de acuerdo con su espíritu amargo y negativo, Voltaire (v.) declaraba: "Si se recorre la historia del mundo, se ven las debilidades castigadas, pero los grandes crímenes recompensados y el universo como una gran escena de bandolerismo abandonada al azar" (Essai sur les moeurs, cap. 191).6. La Historiografía romántica y liberal. Los graves trastornos que sufre Europa con motivo de la Revolución francesa y las guerras napoleónicas y la masiva y apasionada movilización de los pueblos, sea para defender las ideas recién propagadas frente a los ejércitos del Antiguo Régimen, sea (y éste es el caso de España) para defender la independencia nacional frente a las tropas extranjeras, contribuyen a poner de relieve la importancia histórica de las multitudes anónimas, depositarias auténticas del que se llamará "genio nacional", y que hasta entonces, según hemos insistido, quedaban desdeñadas en beneficio de las individualidades señeras.Al propio tiempo, las luchas políticas en torno a las concepciones liberales o tradicionales trajeron consigo un mayor interés por la historia del pasado, del que tanto unos como otros se consideraban los intérpretes legítimos. Los siglos medievales, en concreto, para los cuales el racionalismo de la Ilustración (v.) había manifestado en general un marcado desdén cuando no una neta valoración negativa, comienzan a ser objeto de una atención nueva. A ello coadyuva, en primer lugar, la sensibilidad de la época, afectada por lo misterioso y pintoresco de aquellos lejanos tiempos, interpretados "románticamente" a través de las ruinas sugerentes de los castillos señoriales, del arte afiligranado de las iglesias góticas, de las tramas intrigantes de las leyendas épicas, del colorido y movimiento exóticos de una época que para los espíritus hastiados de la sequedad neoclásica aparece como un manantial de nuevas sensaciones e insopechadas bellezas. A esta distinta actitud contribuye también el sentimiento nacionalista y regionalista que, como el sentimiento religioso, a la sazón en un nuevo florecimiento, busca en su pasado medieval la savia de que nutrirse, en no pequeña proporción. Muestra de este atractivo son, fuera del ámbito estrictamente historiográfico, la literatura y los cuadros de tema histórico, que conocen una gran boga.Pero, por lo mismo que las novelas y dramas históricos despiertan un interés tan general e indiscriminado, se hace borrosa la frontera de separación entre esos géneros literarios y la Historia propiamente dicha. Un A. Thierry o un J. Michelet, en Francia, representan esta corriente que pretende (son palabras del primero) "hacer arte al mismo tiempo que ciencia, ser dramático con la ayuda de materiales proporcionados por una erudición sincera y escrupulosa". Al lado del contagio novelesco, la historia, envuelta en las luchas políticas e ideológicas, se hace con frecuencia panfletaria, declamatoria, llena de síntesis precipitadas y simplistas, de interpretaciones forzadas y caprichosas, con las cuales el autor pretende fundamentar o ilustrar sus ideas preconcebidas de escritor partidista, cuyos conocimientos históricos, por lo demás, suelen estar basados en lecturas apresuradas de otros autores y no en el contacto paciente y asiduo con los documentos de primera mano.7. Hacia la Historiografía contemporánea. Poco a poco, sin embargo, y al compás de la creación de cátedras y otros centros universitarios dedicados profesionalmente a esta disciplina, se fue abriendo paso la exigencia de un talante científico más serio y de un esclarecimiento de los hechos . más acabado y pormenorizado, siguiendo el camino trazado por los eruditos de los s. XVII y xvttt que se ocuparon de la recopilación, transcripción y, en parte, publicación de fuentes. En este esfuerzo concienzudo por establecer firmes bases de partida es Alemania la que se destaca netamente en primer lugar.Contemporáneo de las grandes empresas de acopio y publicación de documentación que representan los MGH, un Leopold von Ranke (v.; 1795-1886) significa el intento de una H. plenamente "positiva", que tiende a reconstruir los hechos del pasado "tal como realmente han sido", según la expresión del propio historiador alemán. Y junto a la H. centrada preferentemente en los aspectos político-diplomáticos, rebrota también la atenta a otras realidades básicas, como lo testimonia Jacobo Burckhardt (v.) en La cultura del Renacimiento en Italia (1860) y J. E. T. Rogers (1823-90) en su Historia de la agricultura y los precios en Inglaterra. Todo ello en el ambiente científico caracterizado por el positivismo (v.), según el cual, en palabras de Augusto Comte (v.), su principal definidor, la Historia debe concebirse con un objetivo científico, a saber, "el hallazgo de las leyes que rigen el desarrollo social de la especie humana". Esta mentalidad llevó a emparentar estrechamente a la Historia con la Sociología, y en el establecimiento de las supuestas leyes del comportamiento de las masas humanas se llegó a despreciar como dato no aprovechable científicamente y, en consecuencia, como residuo sin valor, lo que dieron en llamar un tanto despectivamente el suceso (l’événement). Estamos lejos de los que querían hacer de la Historia un arte o un arte-ciencia. Para los positivistas, la Historia es una ciencia a todos los efectos.Algunos historiadores, sin embargo, a la vista de las dificultades evidentes para encajar la Historia en el estrecho marco de las ciencias "positivas", se limitaron a exponer sencillamente las cosas tal como pasaron, sin pretender extraer las leyes que las regían. Representativo de esta segunda postura dentro del positivismo podría ser Charles Seignobos (1854-1942), que declaraba: "Es muy útil plantearse cuestiones, pero muy peligroso dar respuestas".De otra parte, autores de formación más ó menos remotamente idealista, intentan obras en las que, de un modo o de otro, inciden en la Filosofía de la Historia (v.). A ellos puede acomunarse, aunque su proveniencia filosófica sea otra, un A. J. Toynbee (v.). Terminando de completar el panorama mencionemos a aquellos investigadores contemporáneos que ponen de relieve el papel que en el desarrollo histórico tienen los factores económicos (las técnicas de trabajo y producción, los ciclos de carestía o abundancia de los productos básicos, las inflaciones o deflaciones monetarias, los problemas del comercio internacional y del equilibrio de las balanzas de pagos entre los diferentes países, etc.) así como las realidades sociológicas (reparto de la población por sexos y edades, tasas de natalidad, nupcialidad y mortalidad, condiciones de vida, movimientos migratorios, problemas raciales, separación de las clases sociales, etc.), los problemas de las mentalidades, ideas morales y religiosas, etc. En ello, y especialmente en una hipertrofia de lo económico han in- fluido los movimientos ideológicos de inspiración marxista, que hacen un dogma de la interpretación materialista de la historia basada en la dialéctica de la lucha de clases. También pesó el impacto de las conmociones sociales y económicas producidas en los países de Occidente a raíz de la I Guerra mundial.El horizonte de la H. se encontró así estrechamente ligado con otras ciencias que, por la misma época, conocían grandes avances (Economía, Sociología, Psicología, Geografía humana, etc.) y, como ellas, la H. se decidió al empleo sistemático de la estadística y otras modernas técnicas. Esta nueva visión de la historia, que pretende ser total (sin dejar fuera ningún factor o elemento de la realidad) y explicativa, en contraposición a la de "sucesos" y a la meramente descriptiva, halló un fervoroso portavoz en la rev. Annales d’histoire économique et sociale, fundada en 1929 y animada por Lucien Febvre y Marc Bloch y que continuó Fernand Braudel.8. Conclusión. El breve recorrido hecho a través de la historia de la H. pone de manifiesto las oscilaciones de planteamiento, pero también el esfuerzo por alcanzar una práctica de la ciencia histórica atenta a los múltiples aspectos de la realidad, tarea amplia y difícil. En verdad, aunque se ha depurado la metodología histórica, con un aprovechamiento de las fuentes más inteligente y una aplicación de puntos de vista más variados y profundos, la H. actual está lejos de mostrarse acorde en la interpretación de muchos de los problemas históricos de cierta amplitud y trascendencia, sean antiguos o recientes, nacionales o universales. En definitiva, puede pensarse que los datos que ha podido reunir hasta ahora la investigación son insuficientes en la mayoría de los casos, por lo que no es extraño que, a partir de esa base incompleta, se hayan podido alzar hipótesis de explicación diferentes entre sí, cuando no claramente opuestas. Pero, en realidad, siempre existe el peligro de una falsa interpretación, incluso cuando la documentación es todo lo completa que humanamente puede ser, pues los hechos por sí solos no hablan nunca de manera absolutamente inequívoca y en definitiva la interpretación última debe quedar a merced de la intuición y la perspicacia del historiador (lo que muestra la necesidad de una adecuada formación, también filosófica, del mismo). No obstante, no cabe duda que la posibilidad de error aumenta en proporción directa a la escasez de la información. De ahí que la primera labor ha de ser la de henchir el informe sobre el caso en cuestión, dejando la sentencia para el final, sin apresuramiento. Tal como están las cosas, surge la pregunta de si no debería la actual generación de historiadores gastar todas sus energías en la tarea previa y humilde del acopio de información, tarea que seguramente se debería proseguir durante muchas generaciones, dejando quizá tan sólo para la última la tarea de extraer del ingente cúmulo de noticias ordenadamente compaginadas la versión explicativa final.Pero ésta es una ilusión utópica y no desprovista de virtualidades negativas para la misma ciencia histórica, que necesita trabajar sobre hipótesis, aunque sea para rechazarlas o rectificarlas. Por otra parte, cada generación y, en última instancia, cada hombre, necesitan hacerse imperiosamente con una explicación racional del pasado histórico, en cada una de sus fases y episodios, siquiera sea de manera sumaria y provisional. Una explicación que para cada generación es distinta, porque distintos son sus problemas, sus preocupaciones y su mentalidad, en función de los cuales cada generación interroga al pasado. Estas sucesivas versiones son a veces sencillamente falsas, otras meramente insuficientes e incompletas, y, en ese sentido, se enriquecen unas a otras. La clara conciencia de la limitación de la explicación que del pasado podamos obtener en cada momento, no ha de servir de desánimo y decepción, sino más bien de acicate para tratar de perfeccionar la obra de los historiadores anteriores, enriqueciéndola con nuevas aportaciones que la hagan más cercana a la verdad total, en sí misma inalcanzable para el hombre. En efecto, la realidad histórica es tan compleja que no sólo no podemos llegar hasta ella con la investigación, sino que, si por un imposible se nos hiciese presente, nuestro limitado entendimiento se sentiría desbordado por ella, incapaz de comprenderla y utilizarla. En todo caso, la conciencia de esta innata dificultad debe hacer a los historiadores sumamente cautos, reacios a conceder carácter definitivo a sus hipótesis de trabajo que, en el mejor de los casos, nunca serán toda la verdad, sino sólo -y no es poco- parte de la verdad.V. t.: HISTORIA;ANTIGUA, EDAD 1, 2;MEDIA, EDAD 1, 2; MODERNA, EDAD 1, 2; CONTEMPORÁNEA, EDAD 1. 2.F. J. ZABALO ZABALEGUI.
BIBL.: Fuentes: En cuanto a los repertorios de fuentes historiográficas, v. la bibl. de HISTORIA II, donde se encontrará más extensa, tanto para España, como para otros países. Referentes a España, podemos añadir aquí: A. PÉREz GOYENA, Los jesuitas en la historiografía española, 1920; A. USóN, El concepto de la historia en Luis Vives, Zaragoza 1925; S. MONTERO DíAZ, La doctrina de la Historia en los tratadistas españoles del Siglo de Oro, "Rev. Hispania" 4 (1941) 3-39; J. CEPEDA, El providencialismo en los cronistas de los Reyes Católicos, "Arbor", noviembre 1950; J. M. SÁNCHEz DIANA, Ideas españolas sobre la ciencia de la historia en el siglo XVIII, "Theoria", junio 1925. Estudios: J. GODOY, Opiniones españolas sobre la manera de escribir la historia, Madrid 1870; C. V. LANGLOIS y CH. SEIGNOBOS, Introducción aux études historiques, París 1897; E. TROELTSCH, über den Begriff einer historischen Dialektik. Der Marxismus, 1919, 393-451; M. WILLIAM, The social interpretation of history. A refutation of the Marxian economic interpretation of History, Nueva York 1922; R. STAMMLER, Economía y Derecho según la concepción materialista de la Historia, Madrid 1929; J. HUIZINGA, Sobre el estado actual de la ciencia histórica, Madrid 1934; L. MACNAB, El concepto escolástico de la Historia, Buenos Aires 1940; E. FUETER, Geschichte der neuren Historiographie, Munich-Berlín 1936; E. BERNHEIM, Introducción al estudio de la Historia, Barcelona 1937; J. W. THOMPSON, A History of historical writing, Nueva York 1942; S. MONTERO DíAz, Estoicismo e Historiografía, "Rev. de la Univ. de Madrid" 111 (1943); G. LEFEVRE, Notions d’Historiographie moderne, París 1946; R. ALTAMIRA, Proceso histórico de la Historiografía humana, México 1948; K. BRANDI, Geschichte der Geschichts Wissenschaft, Bonn 1952; V. ALBA, La concepción historiográfica de Lucio Anneo Floro, Madrid 1953; B. CROCE, Teoría e historia de la Historiografía, Buenos Aires 1953; M. FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, Breve historia de la Historiografía, Madrid 1955; W. BAUER, Introducción al estudio de la Historia, Barcelona 1957 (con valiosas notas y bibl. española del traductor L. GARCíA DE VALDEAVELLANO); 1. A. MARAVALL, La situación actual de la ciencia y la ciencia histórica, "Rev. de Estudios Políticos" 99 (1958); F. MEINECKE, Die Entstchung des Historismus, Munich 1959; E. ROTHACKER, Die Wirtung des Geschichtsphilosophie auf die neuren Geschichtwissenschaften, 1-24, y H. BUTTERFIELD, The History of the writing of History, 25-39, en XI Congreso internacional de ciencias históricas, 1, Estocolmo 1960; Histoire et ses méthodes, dir. CH. SAMARAN, en Encyclopédie de la Pléiade, París 1961 (especialmente los cap. de H. I. MARROD y P. WOFF); M. BLOCH, Introducción a la Historia, México 1952; íD, Apologie pour l’histoire ou métier d’historien, París 1964.
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