Historiografía Eclesiastica. HIST.
Categoria:
Historia de la Iglesia
En un sentido amplio podría ser objeto de la historiografía eclesiástica toda obra de carácter histórico salida de una pluma cristiana. Pero ese ámbito resultaría demasiado vago e impreciso. Por eso se prefiere circunscribir más concretamente la historiografía eclesiástica al estudio de las obras consagradas a la exposición del pasado de la Iglesia, de su actividad y desarrollo, de su vida en sus manifestaciones más características. En ese sentido la historiografía eclesiástica data de la más remota antigüedad cristiana; es tan antigua como el cristianismo; más aún, diríamos que es connatural a él, y se halla radicalmente implicada en la noción y funciones de la Iglesia. Ésta, por expresa voluntad de su Divino Fundador, ha de ser, mientras subsista, la depositaria, la guardiana que interpreta y comunica el mensaje revelado por Cristo y trasmitido por los Apóstoles. Nada extraño, por tanto, que una auténtica preocupación historiográfica presidiera los albores de la difusión cristiana en el mundo. Es S. Lucas el que lo refiere en el prólogo a su Evangelio; él mismo no se propuso otra cosa en sus escritos (Evangelio y Hechos), los cuales, tanto por el plan como en el método, son una verdadera obra historiográfica; bien puede llamarse por ello a este evangelista el primer historiador cristiano.1. Época patrística. En esa línea historiográfica se colocan a fines del s. 1I Hegesipo y S. Ireneo (v.), que preanuncian un poco de lejos la obra más orgánica y planificada de Eusebio de Cesarea (v.). Eusebio marca un hito en la historiografía eclesiástica; con él nace una nueva era. Aparte de su Crónica (ca. 303), revisada y continuada hasta el 378 por S. jerónimo (v.), con su celebérrima Historia Eclesiástica marcó la pauta a innumerables historiadores y analistas. Si bien la exposición es incompleta y no muy sistemática, es, no obstante, la fuente más copiosa y segura que poseemos para los tres primeros siglos. Su empeño en documentarse es patente, manifestando esa probidad y lealtad científicas en la indicación de fuentes donde bebe sus noticias. Podía haber sido a veces más preciso, podía haber ampliado más sus consultas, pero aun con esas y otras deficiencias, la crítica rinde cada día mayor tributo a sus cualidades de genuino historiador, al riquísimo caudal de información que suministra, y a la mina inestimable de documentos extractados.La obra hizo escuela, no tardando en surgir imitadores y continuadores. Por la objetividad e ifparcialidad destaca entre ellos el jurisconsulto constan tinopolitano Sócrates (m. p. 439), que en una obra homónima comprende los sucesos eclesiásticos del 305 al 439, acoplándolos a la sucesión de los Emperadores. Con el mismo título y abarcando solamente del 324 al 421 publicó también en Constantinopla Sozomeno (m. 443-450) una historia literariamente más valiosa, aunque menos crítica. Paralelamente, el célebre Teodoreto de Ciro (m. ca. 466; v.) describe en una obra similar los acontecimientos eclesiásticos de esos mismos años, insertando documentos que sin él no hubiéramos conocido. Su obra, por lo mismo, resulta imprescindible, aunque su crítica sea deficiente, e insegura su cronología. Extractando y combinando las historias de estos tres epígonos de Eusebio se publicó en latín a mediados del s. vi la famosa Historia Tripartita, que compuso Casiodoro (v.) sobre las versiones hechas por Epifanio el Escolástico, y que vino a ser el libro-base de la historiografía eclesiástica en el Medievo.A pesar de su difusión, no fue ésta la primera ni la más importante contribución de la iglesia occidental al progreso historiográfico. Aparte de la refundición jeronimiana de la Crónica de Eusebio, y el Cronógrafo del 354, que tan preciosas indicaciones suministra sobre la serie completa de los Papas hasta Liberio, nos encontramos a principios del s. iv con la preciosa obrita De mortibus persecutoruin de Lactancio. (v.), con minuciosa y segura información sobre la persecución de Diocleciano. Casi a un siglo de distancia aparece luego la versión latina de la gran obra de Eusebio refundida por Rufino de Aquileya, que llegó a ser igualmente en la Edad Media el vademécum imprescindible de la erudición histórica.A ejemplo de las obras eusebianas, la historiografía eclesiástica, en forma de crónicas, sobre todo, cunde en Occidente, jalonando toda la época patrística y prolongándose hasta fines del Medievo, aunque sin la novedad ni originalidad del obispo de Cesarea, y sin la panorámica que confiere a su Historia la visión global y unitaria de la Iglesia. Por su precisión y crítica, a más de lo excelente de su método y el esmero en la cronología, se destaca a principios del s. v la Crónica de Sulpicio Severo (v.), utilísima en lo relativo al arrianismo (v.) y priscilianismo (v.), y particularmente bien informada sobre la época posconstantiniana. Parecido valor alcanza la Crónica de Hidacio (390-470) en lo que a las invasiones bárbaras en España se refiere, a los suevos más concretamente, y, de modo particular, a Galicia. Desmerece su interpretación hipersobrenaturalista de los hechos, un tanto supersticiosa y teñida de excesivo pesimismo; pero su información sobre los sucesos del 379 al 469 en la Península es amplia y segura, y en más de una ocasión, por su condición de fuente única, absolutamente imprescindible. El particularismo regional-nacionalista de que hace gala Hidacio (en la adopción de la era hispánica singularmente) es el que llevó a S. Gregorio de Tours (v.) a escribir su Historia Francoruin hasta el 591, llena de maravillosismo crédulo y poco crítico, si bien imprescindible para conocer la historia antigua y religiosa de ese pueblo bárbaro, el primero que abrazó colectivamente el catolicismo.No siempre el contenido historiográfico de estas obras es exclusiva o preponderantemente eclesiástico. En los historiadores (Víctor de Vita, Filostorgio, Gelasio de Cícico, Zacarías el Retórico, Evagrio Escolásico, etc.) predomina ese carácter. En los cronistas, en cambio, las noticias eclesiásticas se diluyen o entremezclan más o menos profusamente con las puramente civiles o profanas. Tal ocurre en Hilarino, Marcelino Comes, Víctor de Tunnuna, Malalas (que tanto influyó en la analística), en nuestro Biclarense (m. 621), en el Chronicon de S. Isidoro (v.) y en su Historia de regibus Gothorum, donde estudia con singular complacencia los orígenes del pueblo godo, su irrupción en el Imperio y su definitivo afincamiento en España.Ampliación y complemento de estas obras es la serie de historias literarias inaugurada en el 392 por S. Jerónimo con De viris illustribus, que vino a ser el modelo preferido de los manuales patrológicos hasta el s. xvitt. Hoy mismo no ha perdido su categoría de fuente imprescindible para aquel periodo primitivo. Continuadores del Estridoniense son en este punto el repertorio biobibliográfico de Genadio de Marsella (ca. 480; v.), y los similares en el s. vii de S. Isidoro y S. Ildefonso de Toledo, con preponderancia en estos últimos de autores españoles. Hasta el s. xt en Occidente, de donde había partido la iniciativa, no volvieron a escribirse nuevos repertorios. Tampoco en el Oriente se compusieron obras de esta clase, a no ser, a mediados del s. ix, el estimado Myrobiblon del patriarca Focio (v.), con observaciones críticas y extractos antológicos de obras que sólo por su medio han llegado hasta nosotros.En cambio, contemporáneamente y aun antes que esos repertorios, comenzó a desarrollarse en Occidente la rama historiográfica de la hagiografía (v.), a base de narraciones biográficas preludiadas de algún modo en las primitivas actas de los mártires (v. ACTA MARTVRUM). Fue la difundidísima Vida de San Antonio abad por S. Atanasio (v.) lo que llevó a la hagiografía en el s. rv a un insospechado desarrollo. Gran aceptación también alcanzaron las bellísimas biografías de S. Jerónimo sobre los iniciadores del eremitismo Pablo, Hilarión y Maleo, a las que se pueden añadir las necrologías biografiadas de Blesila, Nepociano, Paula, etc., que el mismo excelso Doctor nos ha legado en sus cartas. Popularísima vino a ser también la Vida de S. Martín de Tours, compuesta en el 397 por Sulpicio Severo poco antes de morir el santo. El sentido histórico que caracteriza la Crónica de Severo se refleja igualmente en esta Vida, por más que su maravillosismo (indudablemente sincero) aparezca hipertrofiado. Se inspiraron en ella como modelo, entre otros, S. Hilario de Arlés (m. 449) para la de S. Honorato; Posidio (431-439) para la de S. Agustín, S. Gregorio Magno (v.) para sus Diálogos, y siguiendo a éste, nuestro Anónimo del s. vtt para su De vita et rniraculis PP. Emeritensium. Biográfico es también el tratadito isidoriano De ortu et obitu Patrum, de indudable autenticidad, compuesto por el santo antes del 615. A esa misma época se remonta en su parte más antigua la primera historia biografiada de los Papas o Liber Pontificalis, cuyo valor histórico no está frecuentemente a la altura de sus noticias arqueológicas.Fue, sin duda, en Oriente donde alcanzó la hagiografía mayor proliferación y desarrollo. Baste enumerar, entre multitud de biografías de esta clase individuales o colectivas, la Historia Lausiaca (ca. 420) de Paladio, la Historia Religiosa (444) de Teodoreto sobre ascetas sirios, el Prado Espiritual de Juan Mosco (m. 1619), y los famosos Apophthegmata Patrum y Verba Seniorum (v. APOTEGMA), precursores de los menologios bizantinos y los "flossanctorum" medievales.Aparte de eso, la historiografía eclesiástica en la época patrística extendió su actividad a la colección de fuentes histórico-canónicas, muchas de ellas hoy totalmente perdidas. Recordemos, ya en el s. iv, el apéndice documental de S. Optato de Mileve en sus libros Contra Parrnenianuin donatistam, el Breviculus y el De gentis Pelagii de S. Agustín en el s. v, y las colecciones de cánones conciliares y decretales pontificias, entre las cuales, por su influjo en el derecho occidental, cabe señalar la que a principios del s. vi compuso en Roma el célebre Dionisio el Exiguo, y la formada en España con intervención de S. [sidoro (de donde su denominación de Hispana) que vino a ser fuente y modelo de muchas otras posteriores. Actas sinodales sólo nos han sido conservadas desde el Conc. de Éfeso (431). Complemento imprescindible a todo esto es la legislación civil relativa a los cristianos que se encuentran en los códigos oficiales de Teodosio (438) y Justiniano (534).Sería extraño, ciertamente, que al acopio de fuentes y materiales, a la narración expositiva de los hechos, la historiografía eclesástica de la época patrística no hubiese tratado de añadir la reflexión filosófica, el estudio e interpretación de los sucesos. Fue S. Agustín en De civitate Dei el primero en intentarlo, dándonos una verdadera metahistoria, la primera filosofía o teología de la historia.A ejemplo de S. Agustín, también Orosio (v.) en sus Historiarum... libri VII, usados como texto en la Edad Media, trata de dar una explicación trascendente a los sucesos y enigmas de la historia post Christum, refiriéndola a la Encarnación, en cuyo día (25 de marzo, según sus cálculos) hace comenzar su era, luego era vulgar o cristiana, hoy universalmente adoptada. La división en seis edades agustinianás pasó también al Medievo a través de S. Isidoro (Chronicon; Etymologias), del toledano S. Julián (De comprob. aetatis sextae) y de S. Beda (m. 735).2. Época medieval. S. Beda (v.) inaugura la historiografía eclesiástica medieval con diversas obras históricas, entre ellas unas notables biografías de monjes, un importante Chronicon hasta su tiempo (727), un martirologio "histórico" (el primero conocido), y una excelente Historia eccles. gentis Anglorum, cuyo influjo a medio siglo de distancia acusaba la Historia Langobardorum de Paulo Diácono, seguido de muchos otros imitadores. En ellos el interés historiográfico no se centra tanto en la historia propiamente religiosa, cuanto en la historia general de los nuevos pueblos convertidos. Es esto característico en la historiografía del Alto Medievo. No es la H. de la I., como taljo que atrae la atención de esos historiadores, sino la historia de las nuevas nacionalidades, en la cual ocasionalmente entreveran noticias religiosas. Más tarde, avanzando el Medievo, los sucesos abordados son más directamente eclesiales, pero, aun ganando en amplitud y profundidad, la perspectiva es reducida o localista. Muy frecuentemente los esfuerzos de los historiadores se limitan a la exposición (a veces simple enumeración) de los sucesos de obispados, abadías y personajes destacados (Gelmírez, p. ej., en la Historia Compostellana), consignándolos en infinidad de crónicas, anales y biografías, de santos sobre todo. La visión no llega a hacerse panorámica. Ni siquiera con el tiempo se intenta grandes cuadros de conjunto. Los conatos por abarcar con más o menos amplitud el pasado de la Iglesia se reducen más que nada a compendios (el enciclopédico Speculum Historiale (1259) de Vicente de Beauvais, p. ej.), o a intentos mal logrados, que suponen muy poco progreso, y sería impropio compararlos con la gran obra de Eusebio, sin igual en toda la Edad Media.Lo más a que se alarga la historiografía de este periodo es a teologizar agustinianamente sobre la historia, como hace el insigne Otón de Freising en su Historia de duabus civitatibus, y más fantasiosamente el abad Joaquín de Fiore (m. 1202; v.) con su división histórica a semejanza de la Trinidad en tres edades, la última de las cuales, iniciada en 1260, vería predicar el evangelio eterno, con la desaparición de los sacramentos y del evangelio escrito, para dar lugar a una nueva iglesia, la iglesia del Espíritu. Sin llegar a tales aberraciones, los defensores del agustinismo político sostenían la concepción teocrática de la sociedad, amalgamando ideas agustinianas con el simbolismo de las dos espadas y la translatio Imperii (de los griegos a los germanos) que tanto juego dieron a teólogos y canonistas. Todavía en pleno s. xv, pensadores como Nicolás de Cusa (m. 1464; v.) nos sorprenden con una periodización de la H. de la I., en la que para 1450 tendría lugar la propagación universal del evangelio, seguida en el periodo inmediato de la pasión del cuerpo místico de Cristo.Al margen, sin embargo, de semejantes cavilaciones no dejaron de interesar a los historiadores los grandes acontecimientos y de la época: las cruzadas (v.), las investiduras (v.), el cisma de Occidente (V. CISMA III); si bien no siempre en proporción a su trascendencia.En cambio, se desarrolló profusamente el género hagiográfico, con los necrologios u obituarios, los martirologios históricos, que alcanzan su apogeo en Floro, Adón, Usuardo, Notkero, etc., los menologios bizantinos (el de Metafraste, sobre todo), y los legendarios "flossanctorum" y "exemplarios" occidentales, representados en el s. xiii por Cesáreo de Heisterbach, Jacobo de Vitry, T. de Chantimpré, el Cerratense, y muy especialmente Jacobo de Vorágine con su famosísima Legenda Aurea; a ellos siguieron, entre otros, en los siglos inmediatos Pedro de Natalibus, y Mombricio, cuyo Sanctuarium merece hoy los elogios de la crítica. No es, con todo, la depuración de fuentes lo que distingue a estos hagiógrafos, en los cuales predomina la tendencia al milagrerismo, a lo maravilloso, que se advierte igualmente en el Historiarum Opus de S. Antonino de Florencia (m. 1459; v.), escrito con finalidad moralizante. Sin embargo, no siempre el sentido crítico está ausente de estas obras: las Vitae Sanctorum, p. ej., de nuestro Cerratense. En todo caso, la seguridad mayor la ofrecen comúnmente los biógrafos contemporáneos o los testigos presenciales. Es el caso del Memoriale Sanctorum de S. Eulogio (v.) sobre los mártires cordobeses del s. ix, de las Vitae Paparum Avenionensium, y de las biografías más recientes del Liber de vita... Pontif icum de Platina (m. 1481).En general, los biógrafos e historiadores medievales se contentan con aceptar de grado lo que encuentran obviamente, o con resumir escritos precedentes. Esto explica que los repertorios de escritores no progresen, y aun se paralicen durante siglos. Así, desde S. Isidoro en el s. vii hasta Sigberto de Glembours, Honorio Augustodunense y el Anónimo Mellinense en los s. xi-xii, fuera del Myrobiblon Fociano en el s. ix no encontramos más reseñas biobibliográficas.3. Época del Humanismo. Con el humanismo, la historiografía eclesiástica entra en una nueva fase. Por de pronto, la investigación de nuevas fuentes y la crítica de las que venían utilizándose no sólo ayudó a depurar los conocimientos, sino a renovarlos y ensancharlos. En ese sentido revisten capital importancia los trabajos de los humanistas. El conocimiento directo de las fuentes había sido desde siempre un ideal del Renacimiento (v.). La difusión de códices (griegos sobre todo), favorecida con la caída de Constantinopla y el descubrimiento de la imprenta más el hallazgo de nuevos originales, no hizo sino estimularlo. Pero los humanistas no se contentaron con descubrir; con el mismo ímpetu se aplicaron a la crítica y valoración científica de los hallazgos. Ya Lorenzo Valla (v.) en 1440 había abierto camino. A Valla siguieron otros eruditos (Erasmo especialmente) lanzando numerosas ediciones de Padres de la Iglesia basadas en mejores textos (V. HUMANISMO I, 2).Vino en tanto el protestantismo, que llevó al campo histórico la lucha sostenida en favor de su sistema en el terreno dogmático. Según los novadores, la Iglesia católica había degenerado. No sólo sus costumbres actuales; su legislación, su acervo doctrinal, su jerarquía, sobre todo, la diferenciaban sustancialmente de la Iglesia primitiva. El recurso a la historia se imponía. Fue un equipo de historiadores reunidos por Matías Flacio Ilírico los que se propusieron realizarlo. A este fin publicaron una Ecclesiastica Historia (Basilea 1559-74, 8 vol.), comúnmente denominada Centurias de Magdeburgo (v.). No era ciertamente la obra un modelo de objetividad ni de sereno juicio crítico, pero la mole de documentos aducidos y el empaque científico con que se presentaban desconcertaron a los católicos; tanto más que, iniciada la publicación poco antes de reanudarse el Conc. de Trento, parecía un reto, un desafío a los Padres conciliares. Esto explica que surgieran inmediatamente réplicas. Hasta se arbitró con ese fin en Roma una especial Congregación cardenalicia, y en España una comisión integrada por F. Torres, Fuentidueña, Arias Montano (v.), etc., y presidida por Antonio Agustín, que no llegó a tener efecto.Pero la gran réplica católica no vino sino con los Annales Ecclesiastici (Roma 1588-1607, 12 vol.) de César Baronio (v.), en los cuales, año por año, se van registrando los principales acontecimientos de la Iglesia desde su fundación hasta 1198. Fruto de más de cinco lustros de trabajo sobre las fuentes, la obra produjo un impacto enorme, atestiguado por las varias ediciones que en el corto espacio de unos años, a pesar de su volumen, estuvieron simultaneándose (Amberes 1589-1609; Maguncia 1601-05; Colonia 1609; a más de la romana antes citada). A las ediciones originales siguieron los compendios (Bisciola, Spondano, Aurelio, etc.), las versiones a diversas lenguas (alemán, francés, inglés, polaco), las continuaciones (Bzovio, Raynaldi, Laderchi, etc.), y la serie de reediciones que hasta casi nuestros días (1864-83, la última) han venido reiterándose. Hoy mismo se consulta no sin fruto; y si bien en muchos órdenes ha sido superada, durante varios siglos fue la obra imprescindible, el arsenal inagotable del que se surtían de armas los católicos, al igual que los protestantes se parapetaban tras las Centurias como en un fortín inexpugnable.4. Época moderna. Esto mismo indica que la historiografía en los primeros siglos de la Edad Moderna, como exposición conjunta de la vida de la Iglesia, no hizo progresos. Poco avance, desde luego, por voluminosas que ellas fueran cabía esperar de exposiciones generales como la Histoire ecclésiastique (1691 ss., 26 vol.) de Cl. Fleury, enervadas de galicanismo (v.). Más valiosos eran crítica y documentalmente (a pesar de su galicanismo) los Selecta historiae ecclesiasticae capita (1676 ss., 20 vol.), de Natalis Alexander; pero más que narración seguida son estudios monográficos. De tipo monográfico son también las apreciadas Mémoires pour servir a 1’histoire ecclés. (1963 ss., 16 vol.) de Tillemont, completadas con su Histoire des Empereurs (1690 ss., 6 vol.); las cuales, por lo demás, no pasan del s. vi, al igual que la excelente Istoria ecclesiastica (1747 ss., 20 vol.) del dominico G. A. Orsi. Sobre tema más concreto, el card. Sforza Pallavicini publicó una documentada Istoria del Concilio di Trento (1656 ss., 2 vol.), superior (a pesar de su posición polémica) a la tendenciosa Istoria del concilio tridentino (Londres 1619) del furioso anticurialista Paolo Sarpi.Muy especialmente se cultivó en este periodo la historia de las diócesis y la formación de episcopologios. Es singularmente fecunda en esta parte la historiografía eclesiástica española desde la Silva Palentina del Arcediano del Alcor en el s. xvi hasta la conocidísima y fundamental España Sagrada (1747 ss., 51 vol.) de E. Flórez (v.) y continuadores, que no es sino una vasta serie de monografías sobre diócesis y obispos españoles, a semejanza de, la Italia Sacra de Fernando Ughelli, de la Gallia Christiana de Robert y sus refundidores, del Oriens Christianus de Lequien, y otras semejantes.Pareja a la historiografía diocesana corrió la historiografía de los Institutos religiosos destacándose, junto a los voluminosos Annales Minorum de L. Wadding y continuadores, los excelentes Annales cistercienses de A. Manrique, los benedictinos de Mabillon, la Historia de los Jerónimos de fray José de Sigüenza (v.), las de Orlandini, Sacchini, etc., sobre la Compañía de Jesús y otras más particulares.Entre los repertorios de escritores la crítica bibliográfica de nuestros días utiliza todavía con fruto -aparte las biobibliografías generales, como la Bibliotheca Hispana (1672 ss., 4 vol.) de Nicolás Antonio, la estimable Bibliographia Critica (Madrid 1742, 4 vol.) de M. de San José, o la excelente Bibliotheca lusitana (1741 ss., 4 vol.) de D. Barbosa, y las no menos seguras Notizie degli scrittori bolognesi (1781 ss., 9 vol.) de G. Fantuzzi -el Alphabetum Augustinianum de T. de Herrera, los Scriptores Ordinis Minorum del citado Wadding, la obra similar para los Dominicos de Quétif-Echard, y parecidos repertorios.La pauta la había dado a fines del s. xv el benedictino J. Tritemio, reanudando a base de extensos conocimientos el catálogo de los escritores eclesiásticos, seguido en un amplísimo Apparatus Sacrr (1603, 3 vol.) con más de 8.000 autores por A. Possevino,luego por S. Roberto Bellarmino (v.) y secundado por A. Le Mire, que volvió a editar en pleno s. xvtt los más antiguos repertorios adicionados con los escritores desde el tiempo de Tritemio. Notable esfuerzo en ese orden representa la Nouvelle Bibliothéque des auteurs ecclés. (1686 ss., 61 vol.) del jansenista L. E. Du Pin, que por su radicalismo antieclesial fue llevada al índice. No menos extensa, aunque sólo alcance al s. xttt, es la Histoire générale des auteurs sacrés et ecclés. (1729 ss., 23 vol.) de Remy Ceillier, que en su tiempo (tal vez no sin fundamento) suscitó también reservas.Un avance extraordinario experimentó en este periodo la ciencia hagiográfica. A ese desarrollo sirvió de estímulo en primer lugar el descubrimiento de las catacumbas romanas en 1578. Mayor auge dieron a esa ciencia las compilaciones hagiográficas de Lippomano (m. 1559), y luego las de Surio (m. 1578), popularizadas en Europa por los "flossanctorum" de Villegas (1578-94) y Ribadeneyra (1598-1601), antes y después de publicarse l’Année Chrétienne (1712 ss., 12 vol.) de J. Croiset, todavía hoy en uso. Pero el paso gigantesco que llevó la hagiografía a la culminación, con categoría de ciencia independiente, lo dieron siguiendo el plan de H. Rosweyde, y J. Boland, los Bolandistas (v.) con la imponente mole de su colección Acta Sanctorum (v.) que por la amplísima documentación en que se basan, por el caudal de erudición que encierran y el rigor y acribia de su crítica constituyen uno de los más sólidos puntales de la ciencia histórica moderna. De hecho, sus trabajos e investigaciones no afectan solamente a la hagiografía, interesan también a la historia general de la Iglesia, a la arqueología, al arte, a la filología y otras ciencias.Parecidos méritos se conquistó en Francia la Congregación benedictina de los Maurinos, sobre todo en el campo de la liturgia y la patrística. Frente a los estudios y ediciones de Padres de la Iglesia que ellos prepararon, las antiguas ediciones erasmianas, las múltiples (y a veces excelentes) versiones y ediciones de Francisco Torres (m. 1384), la Bibliotheca Patrum de la Bigne, la nutrida de Gallandi (14 vol. infol. grande), y la misma edición madrileña (1597-99) de las obras de S. Isidoro, que supone un notable avance crítico, sólo representan un ensayo, holgadamente superado por los merítisimos trabajos de los Maurinos, que en ocasiones (en la edición, concretamente, de las Opera Sancti Augustini) resultan casi definitivos.Al nivel de esa actividad publicitaria se coloca la incansable laboriosidad de L. Muratori, que en sus voluminosas colecciones de fuentes medievales italianas incluyó no pocas relativas a la historia de la Iglesia. Parecido en cierto modo a Muratori es el fecundo canonista francés E. Baluze, que tantas disertaciones y textos dio a conocer sobre materias eclesiásticas.Al conocimiento de las fuentes (canónicas sobre todo) no contribuyeron poco a partir de 1524 las colecciones impresas de concilios (Merlin, Crabbe, Carranza, Surio, collec. "regia", Labbe, Hardouin, Mansi, etc.), a las que deben agregarse los bulari,)s generales o particulares, y las síloges sinodales (Loaysa, Aguirre, Sirmond, Meschiniére, Spelman, Wilkins, Hartzheim-Schnoll-Niesse, etc.).Nada de esto hubiera podido realizarse sin la exploración sistemática de archivos, bibliotecas y manuscritos, que ya contaba con un lejano precedente en el Viaje de Ambrosio de Morales por iglesias españolas en 1572-73 y que a partir del s. xvtt realizaron metódicamente los Bolandistas, prosiguieron los Maurinos, y a su ejemplo cundió notablemente por España, Francia, Italia y -Alemania, culminando en el s. xvtit con la exhumación de tantos tesoros ocultos de la antigüedad, dados a conocer en los célebres viajes literarios de los Vetera Analecta (iter germanicum) y Museum Italicum (iter italicum) de Mabillon, del Diarium Italicum de Montfaucon, del Thesaurus novus anecdotorum y Voyage littéraire de MarténeDurand, del Iter Alamanicum de M. Gerbert, de la Anecdotorum... collectio y el Iter litterarium per Italiam de Zaccharia, o del Viaje literario de Jaime Villanueva, último eslibón (ya entre el "siglo de la ilustración" y el "siglo de las luces") de esa cadena de investigaciones. No siempre el rico botín de estas expediciones se dio impreso al público. Inéditas quedaron, p. ej., e inéditas siguen todavía, las decenas y decenas de volúmenes de extractos formados por nuestro Traggia (ca. 100 vol.), por Abella (38 vol.), Abad y Lasierra (21 vol.) o por Floranes (más de 20 vol.); como inédita continúa todavía la titánica labor investigadora y coleccionista (cerca de 2.000 vol. en sólo un par de lustros) del jesuita Andrés Burriel (m. 1762), comparable en inteligencia y actividad a los más extraordinarios ingenios de su tiempo.La mole inmensa de materiales descubiertos y la complejidad de los problemas presentados plantearon una problemática que hizo necesaria la creación de nuevos métodos y nuevas ciencias auxiliares. Así nació la arqueología cristiana en la Roma Sotterranea (1634) de Bosio, así la paleografía griega inventada de nuevo cuño por Mabillon (m. 1707) que fundó también la diplomática; se sistematizó asimismo la cronología, y se desarrollaron ciencias como la bibliografía y la paleografía latina, que si no nacieron entonces, se profundizaron con esta ocasión alcanzando una perfección insospechada. Todo ello anunciaba el alborear de una nueva época.5. Época novísima. Historiográficamente es un hito fundamental en la configuración de esa nueva época la aparición de los Monumenta Germaniae Historica (Hannover 1826 ss.), que han venido condicionando toda la historiografía posterior, incluso eclesiástica, suministrándola fuentes medievales inexhaustas de material críticamente depurado (en buena parte inédito) o sirviéndola de modelo. En realidad, los Monumenta no hicieron sino secundar un movimiento de rehabilitación de la Edad Media que arranca del Romanticismo, y que Chateubriand extendió a la exaltación del cristianismo en su poema en prosa Les Martyrs (1809), complemento de su celebradísimo Génie du Christianisme (1802), que tan brillantes, aunque no tan convincentes, páginas consagra a la superioridad intelectual, moral, estética, social y civilizadora de la religión cristiana sobre todas las demás religiones. Más directamente en pro del Pontificado, de sus prerrogativas esenciales e incluso de su preeminencia políticosocial en la Edad Media se pronunció 1. de Maistre (m. 1821) en diversos tratados sobre el Papa (1819), sobre la Iglesia galicana (1821), cte., contrastando vivamente con las tergiversaciones o reticencias de galicanos, josefinistas e "ilustrados". En esa dirección se movió la apologética de Balmes (v.) en El protestantismo comparado con el catolicismo (1842-44, 4 vol.), que avanza sobre las Variations (1688) y Avertissements (1689-91) de Bossuet (v.) y con fines parecidos publicó Donoso Cortés (v.) su brillante Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851), la mejor réplica católica del pasado siglo al doctrinarismo revolucionario de aquel tiempo.Lo que éstos se proponían en plan apologético, trató de conseguirlo en Alemania en plan histórico F. L. von Stolberg, cuya voluminosa Geschichte der Religion Iesu Christi (1806 ss., 15 vol.) aun no alcanzando sino al s. v hizo escuela, consiguiendo por otra parte numerosas conversiones. Seguidor de Stolberg aparece T. Katerkamp en su excelente Kirchengeschichte (1819 ss., 5 vol.), y sobrepasándolos a ambos J. Adam Móhler (v.), que alcanzó resonantes éxitos con un profundo estudio sobre la unidad de la Iglesia (1825) y un notabilísimo trabajo sobre S. Atanasio (1827), y más aún con su Symbolik (1832) completada con las Neue Untersuchungen (1834), que le acreditan como uno de los más potentes pensadores católicos de su siglo; si bien no siempre su teología (salva indiscutiblemente su ortodoxia) esté libre de sombras. Continuador de Móhler en Tubinga fue C. J. Hefele, autor de la monumental Conciliengeschiclíte (1855 ss., 7 vol.), continuada primero por Hergenróther (vol. 8) y luego (vol. 911) por Richard, Michel y Leclerc en la versión francesa. Sucesor de Hefele en la cátedra (1870) y émulo en el conocimiento de la antigüedad fue el insigne patrólogo F. X. Funk, cuya sagacidad y seguridad de juicio se acreditan en un magistral estudio sobre la genuinidad de las epístolas de San Ignacio Mártir, en la edición de los Padres Apostólicos, y en otros trabajos monográficos. Muy afín a la escuela de Tubinga es el círculo de historiadores de Munich, a cuya cabeza hay que colocar a 1. Dóllinger (1799-1890; v.) con diversas publicaciones anteriores al primer Concilio Vaticano, y anteriores también a su separación -por recusar ese Concilio (1871)- del cuerpo de la Iglesia. El vacío producido en Alemania por la defección de Dóllinger lo llenó muy pronto J. Janssen, cuya Geschichte des deutsch. Volkes (1876 ss., 8 vol) produjo un sensacional impacto sobre el concepto de la Reforma, acusado inmediatamente por las réplicas protestantes. A Janssen le secundó decididamente el barón L. von Pastor (v.) dándonos una documentadísima Historia de los Papas desde fines de la Edad Media (1886-1933, 16 vol.; versión española, Barcelona 1910-61, 39 vol.), que hace frente con ventaja a la obra similar de Ranke, pero a la que no puede menos de reprocharse la parcialidad que muestra -en fuerza de prejuicios- frente a la política religiosa desarrollada por España, Felipe II especialmente, en el periodo más crucial para el catolicismo y a la vez más trascendente de la época moderna. Él mismo abre así brecha en su nave, toda vez que los reproches, aun circunscritos a un aspecto, se transfieren fácilmente al conjunto.A completar las obras precedentes vinieron simultáneamente H. Denifle (m. 1905) y H. Grisar (m. 1932), que a sus múltiples y fundamentales estudios sobre temas medievales añadieron sendas biografías de Lutero, motivo de violentísima polémica en su tiempo, todavía hoy no del todo apaciguada. Junto a ellos, dentro de Alemania, se alinean los medievalistas H. Finke (m. 1938) con sus Acta Aragonensia especialmente, el insigne bibliotecario de la Vaticana card. F. Ehrle (m. 1934), sagaz investigador de la Escolástica, M. Grabmann (m. 1949; v.), autor de numerosísimos trabajos entre ellos una imprescindible Geschichte der scholast. Methoden (1909, ss., 2 vol.), F. Pelster (m. 1956), discípulo y continuador de Ehrle, etc. A su altura hay que colocar los múltiples trabajos de H. Jedin en torno al periodo de la Reforma, y muy particularmente su historia (aún no terminada) del Concilio Tridentino (Friburgo 1949 ss., 3 vol.; versión española, Pamplona 1972 ss.), que promete ser el homenaje merecido por ese gran Concilio, sin igual hasta la fecha.A esas grandes producciones habría que añadir las de tantos manuales publicados en Alemania, cuyo afán de estar al día lo patentizan sus constantes y cuidadas refundiciones. Mencionemos entre los más recientes y completos el estimadísimo de Hergenróhter, transformado últimamente en una más amplia H. de la I. por Kirchs, Hollnsteiner, cte.; la preciosa síntesis de historia medieval por G. Schnürer, vertida a diversas lenguas; el autorizado manual de Funk (el más recomendable sin duda, aun como libro de consulta, por su riquísima bibliografía) copiosamente enriquecido por Bihlmeyer, puesto al día por Tüchle (1951 ss., 3 vol.) y reestructurado por Rogger (1956 ss., 4 vol.) al verterlo al italiano; el de EhrhardNeuss; y el ideológico de Lortz, quien aparte de ese difundidísimo compendio es autor de una no tan incondicionalmente aceptada Historia de la Reforma (Madrid 1964, 2 vol., versión españ.). De tipo monográfico es también el excelente Manual de Historia de la Iglesia (Barcelona 1966, versión españ. en curso), que está editando la casa Herder de Friburgo, y que por la amplitud de exposición, modernidad informativa y bibliográfica llegará sin duda a situarse en vanguardia de los de su clase. Finalmente, mientras 1. Schmidlin, continuando a Pastor, nos ha dado la historia de los Papas hasta Pío X (1933 ss., 4 vol.), F. X. Seppelt -rectificando a Caspar, Haller, Pastor si era el caso- resume hasta 1789 la historia de todos los pontificados (1954 ss., 5 vol. 2 ed. corregida).Esta renovación historiográfica se extendió, como era natural, a los países mediterráneos. En Francia, continuando la tradición de siglos precedentes, R. F. Rohrbacher publicó una Histoire universelle de l’église cathol. (1842 ss., 29 vol.), orientada a la apologética pero poco tamizada por la crítica. Menos crítica era todavía la voluminosa historia de J. M. Darras, continuada por Bareille y Févre. En contraste, el rigor crítico es precisamente la característica de los múltiples estudios de L. Duchesne, entre ellos una Histoire ancienne de l’église (1906, 3 vol.) llevada al indice por razón de su hipercrítica, y el incomparable estildio crítico avalando su edición del Liber Pontificalis (1955 ss., 3 vol., reed. con adiciones posteriores), uno de los grandes logros de la moderna historiografía. A Duchesne le ha seguido en Francia una copiosísima producción historiográfica en monografías, manuales o historias más o menos especiales, culminando todo ello en la gran Histoire de l’église (1935 ss., 24 vol.) iniciada bajo la dirección de Fliche-Martin, y aún no terminada.España se incorporó a ese movimiento con las investigaciones de Faustino Arévalo (m. 1824), consagradas exclusivamente a la Patrología y la liturgia hispánicas.Siguieron a distancia los continuadores desde Risco (m. 1801) de la España Sagrada (vol. 43 ss.), luego V. de la Fuente, cuya doble H. de la l. (1873 ss., 6 vol.) y de las universidades españolas (1884 ss., 4 vol.) no deja todavía de rendir utilidad por el uso que hace de las fuentes. Pero la incorporación más plena la realizó M. Menéndez Pelayo con su Historia de los Heterodoxos Españoles (1880-82, 3 vol.), que ha hecho época en España y es fundamental en la historiografía eclesiástica española. Prescindiendo de detalles, sus juicios generalmente son definitivos. A las tareas historiográficas del polígrafo santanderino asoció su asombrosa actividad investigadora y publicista el insigne P. Fidel Fita, exhumando infinidad de textos conciliares, inquisitoriales, hagiográficos o diplomáticos españoles, aparte valiosísimas aportaciones, arqueológico-epigráficas, sobre todo, en que hacía autoridad su nombre. Arqueólogo e historiador fue también el canónigo A. López Ferreiro, que dejó una amplia historia de su iglesia compostelana (1899 ss., 11 vol.), mientras el arabista F. X. Simonet publicaba (1897-1903) una perdurable Historia de los Mozárabes. A su vez con extraordinaria acribia crítica Z. García Villada, nos legó una Historia eclesiástica de España (1929 ss., 5 vol.), que por desgracia sólo llega a la reconquista de Toledo. Imposible pasar por alto la egregia figura de M. Asín Palacios (m. 1946), que tanta luz ha derramado (recuérdese El Islam cristianizado, La espiritualidad de Algazel, Huellas del Islam, o el genial atisbo hoy ya indiscutible, de La escatología musulmana en la Divina Comedia) sobre mutuas incidencias entre musulmanes y cristianos. Finalmente, como compendio, la Historia de la Iglesia católica (1949 ss., 4 vol.) de B. Llorca-R. García Villoslada-F. J. Montalbán no desmerece, y aun supera, a otros similares extranjeros.Algo más tardó en hacer sentir Italia su presencia en el campo historiográfico. Hasta la mitad del ochocientos la actividad científica italiana se ejerció más bien en la paleografía, la liturgia y la antigua literatura cristiana. Los nombres de los Assemani o del card. A. Mai (m. 1854) hablan por sí solos. Más tarde fue la arqueología el objeto de sus preferencias. Baste recordar a Marchi (m. 1860), a Garrucci (m. 1885), y, sobre todo, a J. B. de Rossi (m. 1894), el genial investigador de las catacumbas romanas, que estructuró con nuevos métodos la arqueología cristiana y la erigió en ciencia independiente. En cambio, las monografías, los estudios in extenso, los manuales o compendios propiamente históricos son más bien tardíos. El Corso, p. ej., de Todesco, las Storie de A. Saba, las monografías y Lezioni de Paschini, al igual que las investigaciones de F. Savio o F. Lanzioni sobre diócesis italianas son obras de este siglo.Lo que de Rossi realizó en arqueología, se verificó en otras ramas de la ciencia histórica: en patrología especialmente, en la historia de los dogmas, en hagiografía, misionología, etc. Al profundizarse en ellas se especializó su estudio, y con la especialización cobraron vida autónoma, sirviendo ya tan sólo de auxiliares a la historia. Su moderno desarrollo cae, por lo mismo, fuera de la esfera historiográfica.Pero ni ese desarrollo, ni los avances espectaculares de la historiografía eclesiástica en este último siglo podrían convenientemente explicarse sin el progreso en la investigación sistemática de los archivos, en la masiva publicación de fuentes cada día más técnica, en la multiplicación y perfección de los instrumentos de trabajo. Es innegable la trascendencia historiográfica que ha tenido la apertura y libre utilización del Archivo Vaticano por benigna concesión de León XIII (1881 ss.). Imposible también desconocer el progreso historiográfico a consecuencia de las grandes colecciones conciliares de Ed. Schwartz, la Lacense y la reedición del Mansi; de las dos Patrologías de J. P. Migne (v.), completadas por la Syriaca y la Orientalis de H. Graffin; de los Corpus patrológicos vindobenense, berolinense, oriental, y ahora el C. Christianorum; de la edición turinense del Bullarium, y de las actas de los Papas; del Corpus iuris civilis (ed. Mommsen-Krüger, etc.) y del Corpus iuris canonici (ed. Richter-Friedberg); de los Corpus epigráficos, himnológicos y litúrgicos; de los sacramentarios, Ordines Romani, cte.; de los cartularios de universidades; de las ediciones críticas de escritores medievales (S. Buenaventura, S. Tomás, S. Alberto Magno, Alejandro de Hales y ahora Escoto, cte.), o de autores del tiempo de la Reforma como el Corpus Catholicorum el C. Reformatorum, las obras de Lutero, cte.; del monumental Concil¡um Tridentinum que ha abierto nueva época en la historia de ese gran concilio; de las masivas publicaciones de órdenes religiosas, Monumenta Historica Soc. lesu, p. ej.; de los Texte und Uniersuchungen, las Beitrüge zur Geschichte der Phil des Mittelaltere, las Forschungen zur christl. Litteratur und Dogmengeschiclzte, los Studi e Test¡, o las importantes colecciones documentales y de escritores nacionales de Alemania, España, Italia, Francia, etc. Añadamos multitud de colecciones, quizá de menos mole, pero importantísimas para épocas determinadas, como las Nuntiaturbericlite de Alemania, Flandes, Suiza, etc.; los registros de Papas medievales; los seriales anexos a revistas, o los publicados por Academias, "seminarios" y otros institutos científicos.A explotar debidamente estos tesoros han contribuido no en último lugar los instrumentos de trabajo, comenzando por las enciclopedias generales (el Espasa, p. ej., la italiana de Trecani, cte.), y siguiendo por las especializadas al estilo de los conocidos Dictionnaires franceses, del acreditado Lexikon für Theologie und Kirche, de la Enciclopedia Cattolica (Vaticano), del Evangelisches Kirchen Lexikon, del Wórterbusch zum Neues Testament (protestante), del autorizadísimo Pauly-Wissowa, etc. Precioso complemento han ofrecido asimismo los Regesta Pontificum Romanorum de Jaffé y de Potthast; los diccionarios biográficos o hagiográficos; los episcopologios, como la benemérita Series Episcoporum de P. B. Gams, o la más segura aunque menos amplia Hierarchia Catholica de Eubel y colaboradores; los catálogos o índices de archivos, bibliotecas y museos; los repertorios bibliográficos, como la Bibliotheca Historica de Potthast, la Bio-bibliographie y la Topo-bibliographie de Chevalier, la triple Bibliotheca Hagiographica de los Bolandistas (latina, griega y oriental) y últimamente la preciosa Clavis Patrum Latinorum (1951) de Dekkers; sin dejar de lado, por supuesto, él siempre útil Nomenclator Litterarius de Hurter, y los mismos léxicons gramaticales, que tan excelentes servicios prestan, como el célebre Thesaurus editado en Leipzig, el Greek-English Lexikon de Liddel-Scott, o las reediciones mejoradas del Du Cange, etc.E. FUETER , C. GUTIÉRREZ, SI.
BIBL.: La siguiente lista, sólo selectiva, es meramente indicativa en sentido exclusivamente bibliográfico. Los conceptos (no siempre aceptables) expresados por los autores han de valorarse conforme a otros criterios.
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