Gran Bretaña (great Britain) IV. Historia. HIST.
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Historia
1. La crisis de la monarquía autoritaria: los Estuardos. 2. El desarrollo del sistema parlamentario: los Hannover. 3. La época de las reformas. 4. La era victoriana. 5. El siglo XX.El nombre de G. B. se empleó oficialmente, por primera vez, en 1707, cuando se promulgó el Acta de la Unión, en virtud de la cual los Parlamentos de Inglaterra y Escocia se fusionaron y una misma legislación fue valedera para los dos Estados. Sin embargo, los orígenes de esta unión se remontan a los comienzos del s. XVII. En 1603, lacobo VI, que reinaba en Escocia desde 1567 por renuncia de su madre María Estuardo, pasó a ser también rey de Inglaterra con el nombre de lacobo I. De esta forma, se entronizaba en Inglaterra la dinastía de los Estuardos (v.) y ambos reinos quedaban unidos por primera vez bajo un solo cetro (Para la historia anterior, v. INGLATERRA II, ESCOCIA II).1. La crisis de la monarquía autoritaria: los Estuardos. El s. xvii inglés constituye una experiencia político-religiosa en evidente desfase con la Europa contemporánea. Por una parte, realizó con éxito el primer intento de liberalización de la monarquía autoritaria, que quedó reducida a un gobierno constitucional de clara preponderancia burguesa. En este sentido, viene a ser un ejemplo precoz de situaciones similares que, en el resto de Europa, no se produjeron hasta finales del s. XVIII y primera mitad del XIX. Por otra parte, este proceso medular se desenvolvió en una problemática religiosa en la que se planteaban las relaciones Iglesia-Estado, y en este sentido resulta un epílogo de las luchas religiosas que en Europa caracterizaron la segunda mitad del s. XVI.Este proceso revolucionario de la Inglaterra Estuardo se desarrolló fundamentalmente en dos etapas, las Revoluciones de 1640 y 1688, entre las que se intercalaron otras dos situaciones que podemos caracterizar como compás de espera, el protectorado de Cromwell y la Restauración monárquica (gobiernos de Carlos II y lacobo II). Aunque puede decirse que arranca del reinado de Jacobo I, sin embargo, tiene hondas raíces en el s. xvi. Podríamos distinguir tres tipos de causas relacionadas en orden a su espectacularidad: las políticas, las religiosas y las socioeconómicas.En primer lugar, las causas de orden político. En el transcurso del s. XVI, los Tudor (v.) habían gobernado Inglaterra con una autoridad casi absoluta, sin gran oposición del Parlamento. Gracias a los trabajos de Neale se conocen bastante bien las relaciones de la corona con el Parlamento, en esta época, que dejan un tanto en entredicho a la pretendida armonía existente entre ambos de 1529 a 1601. Ya en el reinado de Isabel I el Parlamento se mostró menos dócil a los deseos e iniciativas regias de lo que habitualmente se ha creído. En cinco ocasiones, al menos (1566, 1571, 1572, 1584 y 1587), los Comunes desafiaron a la reina en algunas de sus prerrogativas y en otras tres (1589, 1593 y 1601), llegó a formarse una auténtica oposición acerca de cuestiones de índole religiosa y financiera. Pero lo cierto es que esta oposición no tuvo continuidad ni carácter organizado y que la monarquía siempre contó `con la colaboración parlamentaria. Por el contrario, los Estuardos intentaron ejercer una autoridad absoluta basada en la anulación virtual del Parlamento. Por tradición familiar, estaban persuadidos de que el Estado era propiedad personal de la dinastía y que, por tanto, podían disponer de él a su antojo, sin tener que rendir cuentas de sus actos más que ante Dios. Pretendían arrogarse el poder de dictar leyes, administrar justicia e imponer tributos. Frente a esta concepción del Estado, el Parlamento estimaba que el rey sólo podía dictar leyes de acuerdo con él, sostenía sus derechos a poder juzgar a los ministros y consideraba que todo tributo no autorizado por el Parlamento vulneraba la constitución tradicional del país.En segundo lugar, en el campo religioso, hacen su aparición ciertas corrientes disidentes, representantes de una nueva actitud en la consideración de las relaciones Iglesia-Estado, y que llegarán a un enfrentamiento abierto con la Iglesia oficial anglicana. Esta disidencia se manifiesta en diversas líneas: desde el calvinismo puritano que propugna una superioridad de la Iglesia sobre el Estado (situación justamente inversa de la que ofrecía el anglicanismo), hasta los erastianos, que reivindicaban el laicismo absoluto del Estado, relegando lo religioso a la intimidad personal. Como centro, las múltiples sectas denominadas independientes de distintos matices, pero esencialmente acordes en postular, con firmeza absoluta, la libertad de conciencia.En tercer lugar y en el orden socioeconómico, la crisis de finales del s. XVI y primera mitad del XVII acentuó las diferencias entre nobleza y burguesía y afectó igualmente a la hacienda real, que sufrió la depreciación de sus propias rentas ordinarias viéndose obligada a solicitar frecuentes concesiones extraordinarias del Parlamento. Por su parte, los nobles, desbordados por la carrera de los precios, se esforzaban en elevar el nivel de sus rentas o bien en lograr el desempeño de servicios a la corona, recompensados con concesiones y privilegios. Esto les llevaba a una dependencia cada vez más estrecha de la monarquía; de ahí que estuviesen dispuestos a soportar una acentuación del poder real. Por el contrario, la burguesía, enormemente fortalecida en estos años y que a medida que aumentaba su prosperidad económica iba robusteciendo su capacidad política, se vinculaba estrechamente a los postulados parlamentarios, ya que sólo a través del Parlamento podría impedir el aumento de los impuestos.A toda esta serie de tensiones, hay que añadir la oposición puritana a la política pacifista y proespañola del primero de los Estuardos. Los Parlamentos de Jacobo I (1603-25) se disolvieron siempre en un clima de no colaboración. Defensor obstinado del poder absoluto y de la Iglesia anglicana, empleó todas sus energías en luchar contra el Parlamento y contra las tendencias religiosas de católicos y puritanos. Esta actitud le acarreó la oposición resuelta tanto de la pequeña nobleza campesina y la burguesía de las ciudades, dispuestos a defender los privilegios parlamentarios y las libertades civiles, como de los puritanos, hostiles a toda forma de aproximación al anglicanismo (v.). A pesar del giro dado a su política a fines de su reinado (ataque a Cádiz y ayuda a los protestantes franceses de la Rochela), no consiguió el apoyo del Parlamento.Las fricciones entre éste y la corona aumentaron de intensidad al subir al trono su hijo Carlos I (v. 162549). Decidido a hacer triunfar el absolutismo preconizado por su padre, afirmó desde el primer momento su voluntad de gobernar como monarca absoluto. En 1628, ante la Petición de Derechos presentada por los Comunes bajo la dirección de Coke, Wentworth y Eliot, donde se atacaban los abusos de autoridad, tales como la imposición de contribuciones sin su previa autorización, los arrestos injustos, empréstitos forzosos, etc., disolvió el Parlamento, inaugurando su etapa de gobierno personal (tiranía de los once años). Para hacer frente a las necesidades económicas de la corona, su ministro Strafford impuso tasas arbitrarias, se aseguró el monopolio de la venta de determinados artículos (sal, arenques, carbón, encajes, jabón, etc.), aumentó algunas rentas ordinarias en un 50%, en tanto que resucitaba derechos en desuso. Al mismo tiempo que se intentaba sanear la hacienda real, el arzobispo Laud emprendía la tentativa de restablecer y reforzar el poder temporal de la Iglesia anglicana. Ahora bien, un Gobierno sin Parlamento dependía en gran medida de la paz, por lo que al estallar el conflicto escocés, a consecuencia de la política asimiladora de Laud, el rey se vio obligado a recurrir al Parlamento. Éste inauguró sus sesiones el 13 abr. 1640, pero ante sus pretensiones de exigir responsabilidades por el largo periodo de gobierno personal, el rey lo disolvió el 5 de mayo del mismo año (Parlamento Corto).Antes de finalizar el año, las urgencias económicas provocadas por la guerra, le obligaron a convocarlo (Parlamento Largo). A los pocos días de iniciar sus sesiones, los Comunes dirigidos por Pym, obligaron al rey a firmar sentencia de muerte contra su más fiel colaborador Strafford, a renunciar a su derecho de disolución del Parlamento y a suprimir los órganos que encarnaban la prerrogativa regia, con la sola excepción del Consejo Privado. Un comité de parlamentarios elaboró una lista de agravios contra la actitud del rey y sus ministros durante los años de gobierno personal, cuyo resultado fue el documento llamado de la Grand Remonstrance. Ante la resolución adoptada por la Cámara, prohibiendo todo reclutamiento militar sin su aprobación previa, el rey quiso oponerse e intentó detener a Pym. El pueblo de Londres se levantó en armas contra él, viéndose obligado a abandonar la ciudad. En estos momentos estalló la guerra civil, agrupándose en torno al rey los católicos, anglicanos y gentilhombres, y en torno al parlamento los pequeños propietarios agrícolas y la burguesía comercial. En los primeros años de guerra, el ejército real (caballeros) obtuvo algunas ventajas sobre el parlamentario (cabezas redondas), pero a partir de 1644, aparece en escena un nuevo elemento militar que pondría fin a la guerar civil y posteriormente terminaría por dominar también al parlamento: Oliver Cromwell (v.) y sus ironsides. El ejército reorganizado por Cromwell se lanzó a la lucha con un auténtico espíritu de cruzada, venciendo a los realistas en Marston Moor (3 jul. 1644) y Naseby (14 jun. 1645).Aunque el rey prefirió entregarse a los escoceses, éstos, a los dos años, le entregaron al Parlamento a cambio de 400.000 libras. Una vez en Inglaterra, Carlos I intentó aprovechar las diferencias y antagonismos surgidos en el bando parlamentario, donde los presbiterianos se mostraban partidarios de una paz de compromiso, mientras que por el contrario el ejército, dominado por Cromwell, abogaba por una política más resuelta y audaz. Al intentar el Parlamento disolver el ejército, éste se amotinó apoderándose del rey y estableciéndose en Londres. Estalló la segunda guerra civil, esta vez entre el Parlamento, apoyado por los realistas, y el ejército. La victoria de Presten corvirtió al ejército de Cromwell en dueño virtual de la situación. El coronel Pride depuró el Parlamento, expulsando a 140 diputados presbiterianos. Tras este golpe de Estado llevado a cabo por el ejército, el 30 en. 1649 se proclamó la república y sólo días más tarde (9 febrero), Carlos I subía al patíbulo acusado de "tirano, traidor, asesino y enemigo del país".La muerte del rey provocó sendos levantamientos en Irlanda y Escocia, que fueron duramente reprimidos por Cromwell. Las matanzas de Drogheda y Wexford pusieron fin a la resistencia irlandesa, mientras que los escoceses fueron derrotados en Dunbar (1650) y Worcester (1651). En tanto, el Rump Parliament daba síntomas evidentes de ineficacia, por lo que Cromwell optó por disolverlo y, tomando el título de lord Protector, asumió todos los poderes del Estado, instaurando una auténtica dictadura militar (1653). Bajo el protectorado, Inglaterra recobró la paz y la prosperidad interior al tiempo que en el exterior se ponían las bases de su futura grandeza marítima. Sin embargo, este régimen se vinculaba exclusivamente a la persona de Cromwell, por lo que a su muerte (1658) y tras el corto periodo de gobierno de su hijo Ricardo (1658-59), el general Monk reunió una convención nacional, integrada por miembros del antiguo Parlamento Largo, que restauró la monarquía en la persona del hijo del decapitado Carlos I.Carlos II (v.; 1660-85) había aprendido durante su destierro en Francia a no cometer los mismos errores que su padre. Por la declaración de Breda, prometió el perdón general y se comprometió a mantener el concurso del Parlamento. Pese a su tendencia claramente absolutista y católica, procuró evitar cualquier enfrentamiento con el Parlamento. Los amplios márgenes acotados para el ejercicio de las libertades parlamentarias no fueron inconveniente para que la prerrogativa regia estuviese inmune de toda crítica. No obstante, ante la necesidad de obtener créditos del Parlamento, se vio obligado a derogar la Declaración de Indulgencias, concedida en 1672, por la que dejaba en suspenso las leyes penales contra los católicos, y a aceptar el Bill of Test por el que todo funcionario público debería demostrar su anglicanismo prestando juramento de la supremacía del rey sobre el Papado. En estos años, hacen su aparición los términos whig y tory, que designan respectivamente los grupos sociopolíticos que se disputaban el poder: la alta burguesía parlamentaria y la nobleza rural terrateniente. Aunque el rey iba capeando todas las fricciones con el Parlamento, durante los cuatro últimos años de su reinado, a fin de resolver la crisis política que se avecinaba, se vio obligado a gobernar sin él.Su sucesor Jacobo II (1685-88), absolutista y católico convencido, fue incapaz de mantener el modus vivendi logrado por Carlos II. Ante la imposibilidad de conseguir la abolición del Bill of Test y del Habeas Corpus por el Parlamento, lo disolvió. Promulgó en 1687 de forma anticonstitucional una Declaración de Indulgencias que fue renovada también al año siguiente (v. v, 5). Esto fue motivo para abrir una clara brecha entre rey y Parlamento. El nacimiento de un heredero en ese mismo año (1688), eliminando la posibilidad de que le sucediesen cualquiera de sus dos hijas protestantes, habidas de su primer matrimonio, colaboró al entendimiento de tories y whigs que, ante el temor de la restauración del catolicismo, ofrecieron el trono a María, hija de Jacobo II y esposa de Guillermo de Orange, estatúder de Holanda. Éste desembarcó en Torbay el 5 nov. 1688 y marchó sobre Londres. Jacobo II, sintiéndose abandonado por todos, decidió huir, siéndole facilitada la fuga, ya que de esta forma se evitaba el comienzo de una nueva guerra civil. El Parlamento consideró al rey abdicado por el solo hecho de su huida y proclamó a su hija María heredera del trono. Así terminó esta segunda revolución, que consagraba definitivamente la supremacía del Parlamento sobre el rey.Para evitar una repetición de lo ocurrido con la Restauración de 1660, el Parlamento publicó una Declaración de Derechos, aceptada por el nuevo rey Guillermo III (1689-1702), que se convirtió en el Bill of Rights de 1689. En ella se enumeraban los actos arbitrarios cometidos por Jacobo II y los declaraba ilegales; se afirmaba que el rey no podía atentar contra las leyes fundamentales del reino, que los subsidios se votarían anualmente por el Parlamento y que las pagas del ejército no se asegurarían más que por un año. En 1694 se aprobó otra resolución en virtud de la cual se establecía la obligatoriedad de convocar el Parlamento por lo menos una vez cada tres años. Aceptadas estas declaraciones por Guillermo III, pocos conflictos podrían existir en el futuro entre rey y Parlamento. En 1701 se promulgó el Act of Settlement por el que se regulaba la sucesión al trono. A su muerte, acaecida al año siguiente, le sucedería su cuñada Ana, segunda hija de Jacobo II y dado que todos los hijos de ésta habían muerto, después la corona pasaría a Sofía de Hannover, nieta de Jacobo I, y a sus descendientes, siempre que fueran protestantes.La reina Ana (1702-14) puso fin de forma definitiva a la crisis constitucional inglesa del s. XVII, al establecer, en virtud del Acta de la Unión (1707), la unidad política entre Inglatera y Escocia. La unión personal establecida con Jacobo I se vio completada por la fusión de ambos Parlamentos y el establecimiento de una misma legislación para los dos países. A partir de entonces, 45 diputados y 16 pares representarían los intereses escoceses en Westminster. En el orden exterior, se persiguió la política tradicional inglesa: desarrollo del poderío marítimo y formación de una línea de contención contra la potencia más fuerte del continente (en esta época, la Francia de Luis XIV). Las relaciones de amistad mantenidas con el país vecino, se quiebran a partir del reinado de Guillermo III, en la búsqueda de un sistema de equilibrio cuyas bases concretas se establecerán en Utrecht (v.). En el orden económico, esta etapa de finales del s. XVII y comienzos del XVIII, registró un crecimiento global de la economía británica. Aunque la agricultura realizó indudables progresos, sin embargo, su crecimiento fue menos rápido que el de la industria. Respecto al comercio colonial, éste remitió un tanto en el ritmo de crecimiento mantenido a partir de la promulgación del Acta de Navegación (1651). Las operaciones bursátiles también adquieren gran amplitud, sobre todo desde la creación del Banco de Inglaterra en 1694. En resumen, puede concluirse afirmando que en esta etapa se pusieron las bases del proceso que más tarde daría lugar a la revolución industrial.2. El desarrollo del sistema parlamentario: los Hannover. La entronización de la nueva dinastía Hannover (v.), tras la muerte de la reina Ana, consagró, sobre bases firmes, la evolución del régimen nacido de la Revolución de 1688. Gracias a la mediocridad de los primeros reyes de esta dinastía, pudo realizarse la transformación de la monarquía británica en parlamentaria. No obstante, los comienzos de la nueva dinastía no fueron nada fáciles, bien fuese por su propio carácter extranjero, que despertaba antipatías y recelos, bien por la persistencia de una fuerte corriente estuardista, radicada principalmente en Irlanda y Escocia, dispuesta a crear dificultades y a promover conjuras y revueltas. Pero lo cierto es que, pese a los levantamientos jacobitas de 1715 y 1745, los fieles al pretendiente carecían de la organización necesaria para representar una seria amenaza a la consolidación de los Hannover. Por otra parte, el propio carácter extranjero inherente a la nueva dinastía influyó de forma decisiva en la evolución de la vida política británica y en la afirmación del sistema parlamentario. En efecto, muchas de las formas que habrían de caracterizar al nuevo régimen surgieron precisamente a consecuencia de la situación especial creada al advenimiento de la nueva dinastía.En el transcurso del s. XVIII, la personalidad de G. B. cristalizó en tres líneas de actuación: la expansión colonial; el carácter de árbitro respecto a las demás potencias europeas, mediante una complicada política de equilibrio basada en el juego de las alianzas y la maduración de su régimen interno afianzando su sistema parlamentario, bajo los efectos casi místicos de la teoría política de Locke y el convencimiento de haberse convertido en el único pueblo auténticamente libre de Europa. En otra dirección, dentro de la línea de organización interior, la renovación de sus estructuras socioeconómicas a través de la denominada revolución industrial, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo.A lo largo de esta centuria, G. B., hasta entonces primera potencia marítima, se convirtió también en primera potencia colonial. La gran expansión colonial británica se debió en gran medida a su inflexible continuidad y tenacidad, en el sentido de destruir la posición de España y sobre todo de Francia, su más peligrosa rival tras el hundimiento de las restantes potencias marítimas y coloniales, Holanda y Portugal, dependientes casi en calidad de satélites de la propia Inglaterra. El centro del imperio colonial británico redicaba en América, donde poseía la porción oriental de América del Norte, desde la bahía de Hudson hasta el golfo de México; importantes posesiones en el Caribe (las Bahamas, Jamaica y Dominica); las Malvinas; y además participaba de forma activa, a raíz del tratado de Utrecht, en el comercio colonial español. Los otros dos campos de acción del imperialismo colonial británico lo constituían la India, donde la East India Company, bajo un intervencionismo más directo del gobierno, aumentó de forma considerable su área de influencia, y el Pacífico, donde Australia, Nueva Zelanda, Nueva Guinea, etc., se ofrecían como nuevos campos de expansión.Junto al desarrollo de la actividad marítima y colonial, la política exterior británica tuvo como objetivo primordial el mantenimiento del equilibrio europeo, restablecido tras las tentativas hegemónicas de Luis XIV. Ahora bien, la entrada en la escena política continental de nuevas fuerzas, tales como Prusia y Rusia, así como el asentamiento inglés en Gibraltar y Menorca, que le llevaron a intervenir de forma activa en los problemas mediterráneos, complicaron extraordinariamente el desarrollo de su política exterior. Respecto a la política interior, las características del proceso de maduración del parlamentarismo vienen dadas por el monopolio que ejercieron los whigs sobre el gobierno, sobre todo en la primera mitad de la centuria, una vez eliminados los tories de los puestos responsables, por sus supuestas tendencias jacobitas. Ahora bien, los whigs, desde su acceso al poder tras las elecciones de 1715, se identificaron con la lealtad a la nueva dinastía, y su preponderancia no supuso un asalto a las prerrogativas regias, tal vez porque la dinastía no tenía el menor interés por ellas.A pesar de la evolución del pensamiento político inglés de la anterior centuria, la noción de Estado permanecía vinculada a la persona del rey. Pero ante el absentismo y la apatía real en las funciones de gobierno, el intervencionismo del Parlamento fue desarrollándose lentamente casi contra su voluntad. En efecto, los dos primeros reyes de la nueva dinastía se sintieron siempre como extranjeros en su propio reino; dado que no conocían la lengua ni las leyes inglesas, dejaron de asistir a las sesiones del Consejo de ministros, lo que dio lugar al nacimiento de una fórmula de gobierno que a la larga terminaría por imponerse: el gabinete responsable ante los Comunes. Puesto que el rey, por su desconocimiento del idioma, no podía presidir el Consejo, se hizo preciso que le sustituyese un ministro, apareciendo así en la historia inglesa la figura del premier, responsable no ya ante el rey, como sucedía antaño, sino ante la Cámara (v. II). La caída de un ministro se producirá a partir de ahora, no cuando pierda la confianza del rey, sino en el momento en que no obtenga la mayoría en la Cámara de los Comunes. Sin embargo, el cargo de primer ministro no alcanzaría su preeminencia (de algún modo paralela a la actual), hasta Pitt el joven.El desarrollo político del s. xvin queda encuadrado en la dinámica de las estructuras económicas, cuyo movimiento se ha denominado tradicionalmente revolución industrial (v. 1, 4). En síntesis, se trata del punto de partida de un periodo de crecimiento económico que constituye la médula del Occidente contemporáneo. Iniciado hacia 1730 con la aparición de algunas novedades tecnológicas, alcanzó su fase álgida en la segunda mitad del siglo. A través de dos etapas, la revolución mecánica y la del vapor, fue desarrollando los elementos básicos de la nueva economía: trabajo especializado, sustitución del trabajo del hombre por el de la máquina, eliminación del trabajo familiar y creación de las grandes concentraciones fabriles, donde se acumula el nuevo asalariado, sometido a tensiones desconocidas hasta entonces y que constituirá el origen de una nueva clase: el proletariado.Como ya se ha señalado con anterioridad, los dos primeros reyes de la nueva dinastía, Jorge I (1714-27) y Jorge II (1727-60), sintieron una manifiesta preferencia hacia su país natal, por lo que no tuvieron el menor inconveniente en desentenderse de todo lo relativo al gobierno de su nuevo reino, que abandonaron en manos de sus primeros ministros. De ahí que sean las figuras de R. Walpole (v.) y W. Pitt (v.; 1708-78) las que llenen este periodo del s. XVIII.Durante más de 20 años (1721-42), Walpole dominó la escena política inglesa, siendo el primer ministro que logró permanecer tan largo periodo de tiempo al frente del gobierno. Encauzó su política utilitarista por senderos tranquilizadores, hacia una sola meta: la paz como fuente de prosperidad material y único medio de consolidar una dinastía carente de prestigio. La aparición en los años treinta de una nueva generación whig deseosa de una política continental más activa, acusando al pacifismo imperante de haber permitido la recuperación de España y Francia, obligó a Walpole a declarar la guerra a España (guerra de la Oreja de Jenkins). El fracaso de esta guerra y la amenaza de una nueva a escala continental (guerra de Sucesión de Austria), que parecía exigir la presencia de un hombre más enérgico al frente del gobierno, determinaron su dimisión.Tras los gobiernos grises de Carteret y Newcastle, la otra gran figura de la política británica de este periodo fue W. Pitt. Subió al poder en 1756 como representante del ala belicista de los whigs (mercaderes y armadores, banqueros, accionistas y hombres de empresa) que deseaba el aniquilamiento de Francia en los mares y en las colonias. Frente al utilitarismo de Walpole y su política de cortos vuelos, a su pragmático common sense, Pitt se mostraba partidario de una política más audaz tendente a recobrar para su país la perdida influencia en el continente. Su gran ocasión se presentó con motivo de la Guerra franco-inglesa. Tras unos comienzos poco afortunados para G. B., que le costaron la pérdida de Menorca, el nombre de Pitt se impuso de forma definitiva. Deseoso de quebrantar el poderío francés, convenció a todos de que la guerra debería librarse en las colonias y no en Europa. Tras limitarse a bloquear los puertos franceses en el continente, desplegó una intensa actividad bélica tanto en América como en la India. Sus frutos fueron la capitulación de Montreal en 1760 y la entrega por parte de los franceses del Canadá al rey de G. B.Sin embargo, en ese año murió Jorge II y le sucedió su nieto Jorge III (1760-1820), hombre hostil a las aventuras exteriores y partidario de terminar la guerra. Su manifiesta incompatibilidad en este sentido con Pitt, obligó a éste a presentar su dimisión en octubre de 1761. Poco más tarde se firmó la paz de París (10 feb. 1763), que puso fin al conflicto e inauguró la etapa de hegemonía inglesa en la política mundial. Con Jorge III subió al poder un rey deseoso de gobernar y de reconquistar para la corona la fuerza y el prestigio que había perdido bajo sus dos más inmediatos antecesores. No obstante y pese a la propaganda de sus adversarios, al parecer en ningún momento concibió seriamente el propósito de restaurar al trono en su viejo poder. Fue un hombre bienintencionado, que pretendió restablecer la moral en la vida política y al que traicionó su espíritu vacilante, que le llevó a tomar desafortunadas iniciativas. A su torpe autoritarismo cabe achacarse tanto el asunto Wilkes como otro de consecuencias mucho más graves para el país: la insurrección de las colonias americanas a las que hubo de reconocer su independencia por el tratado de Versalles (v. ESTADOS UNIDOS IV). En estos mismos años se produjo también una escisión dentro del seno de la Iglesia anglicana; la de la Iglesia metodista, que abogaba por una mayor seriedad en la vida religiosa y una concepción más rígida del deber eclesiástico.Tras el desastre colonial, Jorge III se vio obligado a renunciar a toda veleidad autoritaria, restaurándose nuevamente el sistema de los gabinetes responsables ante la Cámara. Una vez más la crisis constitucional inglesa se dirimía a favor del régimen parlamentario. A partir de 1783 y hasta 1806, el hombre que rigió los destinos de G. B. fue W. Pitt el joven (v.), quien devolvió al cargo de primer ministro todo su prestigio. En el transcurso de estos años, consagró todos sus esfuerzos a paliar los efectos provocados por la independencia de las colonias americanas. Saneó la Hacienda, reorganizó la administración colonial y el comercio exterior, al tiempo que fomentó el desarrollo de la industria fabril. Los primeros 10 años de su gobierno representaron para G. B. una época de gran prosperidad material. Pese a sus deseos de paz, de 1793 a 1806 se vio obligado a combatir sin desmayo contra la Francia revolucionaria, convirtiéndose en el adversario inquebrantable de Napoleón.3. La época de las reformas. G. B. salió victoriosa de su contienda con la Francia revolucionaria y napoleónica. Una vez más había hecho fracasar la tentativa francesa de hegemonía continental, al tiempo que conseguía acrecentar su imperio colonial e imponer su supremacía en los mares. Sin embargo, al sobrevenir la paz, la economía y las finanzas británicas, comenzaron a resentirse del enorme esfuerzo realizado en la lucha contra Francia. El finanzamiento de las coaliciones antinapoleónicas había hecho subir la deuda pública de 630 a 868 millones de libras; la producción industrial entró en una aguda fase de contracción y las crisis de subsistencias se sucedieron casi sin interrupción entre 1816 y 1821. La miseria y el paro eran tales que el "subsidio de los pobres" pasó de cinco a nueve millones de libras. En esta difícil coyuntura, Jorge III, presa de singular locura, fue apartado del gobierno, del que se hizo cargo en calidad de regente hasta su muerte (1820), su hijo y sucesor Jorge IV (1820-30). La situación se hizo alarmante y el problema obrero saltó al primer plano de la política interior. La miseria provocó huelgas, atentados y destrucciones de máquinas por los ludistas. Como reacción surgió una dura política gubernamental por parte del gabinete conservador de lord Liverpool: en 1816 fue suspendida la ley de Habeas Corpus; en 1819, tras los sucesos de Manchester (Peterloo), se estableció una especie de estado de guerra, bajo el que fue robustecido el poder ejecutivo del gobierno por las famosas Seis Actas de lord Sidmouth, limitando el derecho de reunión y la libertad de prensa.Simultáneamente, resurge el problema irlandés. Pitt, tras la sublevación de 1798, vio que sólo la integración de Irlanda en el reino de G. B. permitiría resolver el problema. Con esa finalidad, en 1800, por el Acta de la Unión, reunió las dos islas en un solo Reino Unido de G. B. e Irlanda (v. IRLANDA, REPÚBLICA DE IV; IRLANDA DEL NORTE II). Pero de hecho la cuestión no había quedado resuelta. La promesa de conceder el derecho de voto a los católicos, así como la posibilidad de ocupar escaños en el Parlamento no fue cumplida. Irlanda fue sometidaa un régimen centralizador y protestante, bajo el que la mayoría católica, oprimida por los landlores británicos, se veía imposibilitada de expresar su opinión en el Parlamento. En esta situación, los católicos se agruparon en una liga, de la que fue elegido jefe Daniel O’Connell (v.), con el fin de luchar por el logro de sus aspiraciones. La aparición casi simultánea de ambos problemas, obrero e irlandés, venía a poner de manifiesto la urgente necesidad de reformas capaces de adaptar las estructuras del país a los profundos cambios provocados por la revolución industrial.El sistema político británico continuaba funcionando según los principios establecidos en el s. XVIII y ya no respondía a las inquietudes de la nueva Inglaterra surgida de la revolución industrial. Pero a partir de 1822. tras la muerte de Castlereagh, entran a formar parte del gobierno Canning, Peel y Huskisson, inaugurándose una etapa propicia a las reformas. En 1824 y 1825, Huskisson, ministro de comercio, transformó en sentido librecambista el sistema aduanero modificando la rigidez impuesta por las Actas de Navegación. Por estas mismas fechas, las asociaciones obreras (Trade Unions) que habían comenzado a desarrollarse al amparo de la tolerancia del Gobierno que reformó las leyes antiasociacionistas (Combinations Acts), sufren, en 1825, el nuevo endurecimiento de gobierno, que motivará las reivindicaciones sucesivas, tendentes a la consecución del Bill de Reforma propugnado por la burguesía y en el que también los obreros depositaron su esperanza. Al mismo tiempo se concede la igualdad a los católicos irlandeses gracias a la acción de resistencia llevada a cabo por O’Connell.Las de reformas de carácter liberal se acentúan a partir de 1830, como reflejo del triunfo de la burguesía en Francia y Bélgica y el advenimiento de Guillermo IV (1830-37), del que se decía que era partidario de estos proyectos. El problema más debatido fue el de la reforma electoral (Reform Bill), por la que abogaba el partido radical-democrático, dirigido por Bentham (v.) y Ricardo (v.). La cuestión electoral hizo caer al gobierno de Wellington-Peel, formándose entonces un gabinete de coalición de whigs y tories canningistas, presidido por el whig, lord Grey. En las elecciones de 1831 obtuvieron mayoría los partidarios de la reforma, aprobada al año siguiente. Esta reforma significó el triunfo de las clases medias, ya que las clases populares continuaron alejadas de las condiciones que se exigían para ser elector. Pero el hecho más importante de esta etapa reformista fue el triunfo del librecambismo. Ya desde 1836 los economistas liberales abogaban por la supresión de todas las barreras aduaneras, a lo que se oponía el partido conservador, compuesto sobre todo de gentilhombres campesinos. Cobden y la escuela de Manchester dirigieron la campaña, que fue apoyada por los industriales. En 1842 se rebajaron los derechos de aduana sobre materias primas y en 1846 se suprimieron los Corn Laws (leyes proteccionistas sobre la importación de cereales).En estos años e incrustado en el marco general de reivindicaciones políticas, aparece el movimiento radical obrero que se denominaría cartismo (v.), en torno a las peticiones redactadas por la Unión de Trabajadores Londinenses (1836) dirigida por Lovett, con un programa de cinco puntos básicos que sufriría a lo largo de los años ciertas modificaciones. El triunfo del librecambismo se consolidó con la derogación en 1849 de las Actas de Navegación. De este modo, del clima reformista del primer tercio del s. xix surgirá la G. B. victoriana fundamentada en el liberalismo (político y económico) y catapultada hacia la hegemonía colonial y el imperialismo..4. La era victoriana. Aunque el reinado de Victoria I comenzó en 1837, el término "victoriano", acuñado en 1851, sirve para designar los últimos 50 años de esta centuria, uno de los periodos más homogéneos de la historia británica. En su transcurso, G. B. realizó una gran expansión colonial que llevaría el poderío británico, en lo político, militar y económico, hastas los confines del mundo, en tanto que en el interior desarrollará lentamente un proceso de ampliación de las leyes electorales mediante el cual se amplía y flexibiliza el juego parlamentario.La experiencia de la política exterior británica en los pasados 150 años aconsejaba eliminar, en lo posible, la intervención en el continente, que constituía un lastre para la trayectoria que se había evidenciado como vital para la isla: la política colonial. La relativa paz interior conseguida después de la agitación político-laboral de la primera mitad de la centuria, en la que jugó un papel decisivo el duro golpe que la abolición de los Corn Laws supuso para las ambiciones de los "lores de la tierra", contribuyó a generar una potencialidad de actuación en el campo colonial, con algunas pinceladas de intervencionismo en la muy agitada Europa de la época. Ejemplo de esta tendencia lo constituye el primero conservador, y liberal a partir de 1828, vizconde Palmerston, que dirigió la política británica desde 1851 a 1865. Partidario convencido del principio de no-intervención, únicamente se dejó empujar a la crisis oriental (guerra de Crimea), de la que consiguió sacar al país con dignidad, y a un apoyo moral y diplomático en el proceso de la unificación italiana.Con su muerte, se liquidaba una larga trayectoria de poder por parte de la alta burguesía triunfante en 1688. De hecho, el proceso de reformas de los años 30 había injertado en el Parlamento a la burguesía media industrial que acabará tomando las riendas a la muerte del "viejo Palm". La desaparición de Palmerston y la reforma electoral de 1867 señalan en la historia británica el comienzo de una nueva era. Esta nueva etapa se inicia con la aprobación el 15 ag. 1867 de la Reform Act, que ampliaba el voto a más de un millón de ingleses, la mayoría pequeños burgueses. La base de selección continuaba siendo en cierto modo censitaria, ya que el derecho a voto dependía, como en 1832, de la propiedad de una casa o del coste del alquiler, pero las tasas fueron más bajas y ello permitió la ampliación del cuerpo electoral. El resultado fue el largo gobierno liberal de Gladstone (v.; 1868-74), promotor de la ley, reformador de la administración británica y legalizador definitivo de las Trade Unions. De 1874 a 1880 siguió un gobierno conservador pero con el nuevo sello del democratismo, un curioso y atractivo híbrido de tradición y progreso que encarna en la figura del primer ministro Benjamín Disraeli (v.), lord Beaconsfield, culminador brillante del imperio colonial. Este imperio, que se coronaba a fin de siglo con la incorporación de Egipto y Sudáfrica, presentaba ya, a comienzos del xix, su esqueleto básico apoyado sobre Canadá y la India e hilvanado por una columna vertebral de enclaves pequeños, pero de gran valor estratégico (Gibraltar, Freetown, Ascensión, Santa Elena, El Cabo, islas Mauricio, Seychelles, Ceilán y loss de la colonización de Australia y Tasmania).El proceso imperialista suele dividirse en dos etapas: la primera hasta 1877 (fecha en que la reina Victoria fue coronada Emperatriz de la India) y la segunda hasta loss del s. xx. Entre 1833 y 1877 el imperialismo británico se diversificó en cuatro direcciones fundamentales: ampliación y consolidación de Canadá, 1837 a 1885; la colonización de África y Oceanía y fundamentalmente la de Australia, en la que los descubrimientos auríferos de 1851 constituyeron un polo espectacular de inmigración entre 1843 y 1856; la India, donde extendió sus dominios al Sindh y al Punjab, con lo que el fracaso del último levantamiento indígena (la sublevación de los cipayos de 1857) determinaba la sumisión total para los próximos 100 años; por último, el Extremo Oriente, en el que utilizando como pretexto las discrepancias con China respecto del comercio del opio y después de una breve intervención armada (la guerra del Opio de 1839) conseguía romper el aislacionismo chino, obteniendo la cesión de la isla de Hong-Kong y el derecho al tráfico en otros cinco puertos.A partir de 1877 y hasta 1910 se desarrolla la segunda etapa imperialista centrada en dos líneas de acción: la africana y la paulatina constitución de la Commonwealth. En África el imperialismo se centró en dos focos: Egipto (para controlar el canal de Suez, ruta clave para la India), que quedó prácticamente anexionado en 1882, pese a la resistencia nacionalista del coronel Arabí, y Sudáfrica en la que la aparición de las minas de oro y diamantes del Transvaal reavivó el viejo enfrentamiento entre ingleses de El Cabo y colonos holandeses (boers) del Transvaal. Después de una breve guerra y pese a la heroica resistencia holandesa dirigida por Kruger, en 1902, se constituyó la Unión Sudafricana. Por otra parte, la adquisición colonial por la fuerza dio paso progresivamente a la consolidación política de los territorios anexionados, a los que, desde 1850, se otorgó un régimen de autonomía, incorporándolos a una verdadera federación de territorios imperiales, la Commonwealth (Canadá en 1867; la federación de colonias australianas en 1900; Nueva Zelanda en 1907 y la Unión Sudafricana en 1910).En tanto, en el interior, se desarrollaba de forma lenta el proceso tendente a la democratización del país. Ya se ha señalado que la Reform Act abrió el electorado a más de un millón de nuevos votantes. Bajo el primer ministerio de Gladstone (1868-74), por la ley de funcionarios de 1870, se modificó sustancialmente la base humana de la administración británica, y por la nueva ley de enseñanza de ese mismo año (Education Act) se dio al país el embrión de un sistema nacional de escuelas. En 1871, las Trade Unions fueron legalmente reconocidas por el Estado. Se les permitía obrar libremente, aunque dentro de ciertos límites; se prohibía el picketing (formación de piquetes de huelguistas que impidiesen la entrada al trabajo a los demás obreros) y se admitía la huelga en algunos casos, pero siempre con carácter voluntario. En 1874, bajo el nuevo gabinete presidido por Disraeli (1874-80), se dictó una nueva ley sindical regulando el contrato de trabajo, permitiendo una intervención más activa de los sindicatos y admitiendo el ejercicio del picketing.La sucesión de crisis económicas entre 1870 y 1880 determinó la caída de Disraeli. Gladstone subió al poder de nuevo. Si Disraeli había concedido en 1877 el voto a los obreros de las ciudades, Gladstone, en 1884, en virtud de una ley electoral lo dio a los trabajadores agrícolas. A partir de esa fecha, de siete millones de varones adultos, votan cinco millones; no se excluyen más que a los que comparten mansión de un amo o casa del padre y a las mujeres. G. B. había pasado, por tanto, en medio siglo y sin grandes convulsiones, de la oligarquía a la democracia.El problema más grave con que tuvo que enfrentarse el gobierno de Gladstone fue el de Irlanda. El movimiento de resistencia desencadenado por O’Connell a principios de siglo había desembocado después de la crisis agrícola de 1874 en dos direcciones: la terrorista del grupo Fenier, y la parlamentaria dirigida por Charles S. Parnell. Tras la crisis económica de 1874, la situación se hizo trágica; la crisis agraria alcanzó proporciones cada vez más graves. La baja de los precios impedía a los colonos pagar sus rentas, y esto provocaba sus despidos. En 1877 tuvieron que abandonar sus tierras 2.177 familias campesinas y dos años más tarde los despidos llegaron a 6.239, y al año siguiente alcanzaron la cifra de 10.547 tainilias. En 1880, se produjo el primer asesinato de un propietario por sus colonos, y en los años sucesivos los crímenes, saqueos e incendios estuvieron a la orden del día. Junto a esta ola de violencia desencadenada por los fenianos, el grupo de Parnell se abría camino en la vía de las negociaciones con el Gobierno británico. En 1881, Gladstone presentó al Parlamento la famosa ley de "las tres F": fixity of tenure (prohibición de expulsar a los colonos), free sale (libre venta de sus derechos sobre el predio) y fair rent (evita la arbitrariedad en el precio de los arriendos). Pero Parnell reclamó a continuación un gobierno autónomo para Irlanda (Honre Rule), lo que acarreó la caída de Gladstone. La ley de Home Rule no se aprobó hasta 1912, aunque la oposición de los lores y el estallido de la I Guerra mundial impidieron su entrada en vigor.A partir de 1886, se inaugura un nuevo periodo, con la subida al poder de los conservadores, dirigidos en esta ocasión por lord Salisbury. El cambio ministerial activó la política exterior, siendo las personalidades más representativas Belfour (v.) y Chamberlain (v.). La expansión británica en África, Asia y el Pacífico, a la que ya hemos aludido, alcanzó entonces sus límites extremos, mientras que en el interior se considera terminada la etapa de reformas políticas y sociales. Pero G. B. ya no estaba sola en el campo de la expansión colonial; Francia, Rusia, Alemania y EE. UU. se convirtieron en peligrosos competidores, especialmente a consecuencia del congreso de Berlín (v.; 1889). La situación internacional y la expansión imperialista de las potencias continentales hizo prácticamente imposible la política de espléndido aislamiento mantenida entonces por G. B.Acompañando a la expansión política, la económica se desarrolló en tres etapas: un periodo recesivo hasta 1850; una reactivación entre 1850 y 1873; y una estabilización hasta 1900. La base de esta expansión puede situarse en el espectacular desarrollo de los ferrocarriles (21.000 Km. en 1870), la ampliación de las actividades bancarias (sólo en Londres los depósitos pasaron de nueve millones de libras en 1846 a 77 en 1884), el aumento de la producción industrial (64 millones de t. de carbón en 1846, 110 en 1870; 157.000 t. de algodón en 1845, 450.000 en 1881) y la industrialización de la agricultura. Junto a ello, un desarrollo paralelo del transporte marítimo, canal del comercio exterior, situaron a G. B. en 1873 como la primera potencia económica mundial. Luego, el desarrollo siderúrgico alemán y un exceso de población redujeron su potencial, de modo que en vísperas de la I Guerra mundial los precios eran agobiantes y el paro se había generalizado. La reina Victoria murió en 1901, después de un reinado de 63 años, el más largo de toda la historia británica. En su transcurso el país había aceptado, sin guerra civil y sin grandes convulsiones, una revolución mucho más profunda que la de 1688, al tiempo que se convertía, gracias a su expansión colonial, en un gran imperio.5. El siglo XX. En los últimos años del s. XIX, se evidenció ya de forma clara y manifiesta la necesidad de revisar la política de "espléndido aislamiento" mantenida desde 1815. La inestabilidad de esta política exterior se reveló sobre todo a raíz de los reiterados enfrentamientos con Francia y Rusia en África y Asia. El conflicto de Fachoda (1898) y la política expansionista rusa en China confirmaban la inviabilidad de esta actitud. Además, en estos mismos años, G. B. perdió la supremacía económica que había ejercido hasta entonces. La primera nación comercial del mundo no era ya, también, como a mediados del s. xix, la primera nación industrial. En 1913, EE. UU. la superaba en las principales producciones industriales (salvo en las de algodón y lana) y, en el propio continente, Alemania había alcanzado los niveles de producción británicos. Incluso su supremacía comercial comenzaba a ponerse en tela de juicio. Si el volumen de su comercio representaba el 15,24% del mundial, el alemán equivalía al 13,2%. Por otra parte, ligada a esta expansión económica, la política de construcciones navales de guerra emprendida por Guillermo 11, amenazaba la supremacía de la Royal Navy. G. B. se veía necesitada de encontrar un aliado en el continente, poniendo fin a su aislamiento. Tras el fracaso de los intentos de aproximación primero a Alemania y más tarde a Rusia, se optó por recurrir a Francia, pese a la anglofobia de la opinión pública francesa después de Fachoda.El artífice de la nueva política británica fue el rey Eduardo VII (1901-10), quien tras una serie de viajes a Francia en 1903 consiguió la firma de un acuerdo con este país sobre los problemas coloniales respectivos, que en realidad daba nacimiento a la Entente Cordial (8 abr. 1904). Años más tarde, la competencia naval con Alemania hizo dar a G. B. un paso todavía más decisivo. El 31 ag. 1907 se puso de acuerdo con Rusia para poner fin a sus discordias coloniales en Asia, surgiendo así la Triple Entente. Mientras, Europa se comprometía en una loca carrera de armamento que no podía tener más que una salida fatal. Los intentos de Grey, ministro de Asuntos Exteriores, por llegar a un acuerdo con Guillermo II, fracasaron, ante lo cual G. B. comenzó sus preparativos militares. El mismo clima de incertidumbre se respiraba en los terrenos económico y social. Chamberlain hubo de renunciar a imponer unas tarifas preferenciales en el comercio, ante las vivas protestas de la opinión pública británica, partidaria del librecambismo. Por otra parte, la aparición del partido laborista (1906), que se apoyaba en las Trade Unions, obligó a los liberales a votar nuevas leyes sociales. En 1911, se estableció la inmunidad parlamentaria y se abrieron los Comunes a las clases no privilegiadas; al año siguiente, se votaba la ley de Home Rule para Irlanda. Dos años más tarde (1914) estallaba la I Guerra mundial (v.), que obligaría a G. B. a realizar un esfuerzo sin precedentes.Al final de la contienda, G. B. parecía figurar entre los grandes vencedores. Los tratados de paz le habían proporcionado el dominio de nuevos y amplios territorios en Oriente Medio y África, al tiempo que el peligro de su competidor alemán quedaba descartado. Sin embargo, la industria, que durante la guerra había hecho frente a las necesidades del conflicto y ahora debía bascular hacia sus producciones habituales, se encontraba con el exceso de mano de obra consiguiente a la desmovilización y con una disminución alarmante de la demanda, tanto interior como exterior. Al mismo tiempo, renace el problema irlandés, ya que el Home Rule es rechazado por el movimiento Sinn Fein, dirigido por De Valera (v.), que exigía una independencia completa. Lloyd George se vio obligado a capitular. Por el tratado de Londres (1921), casi toda Irlanda quedó como Estado libre, aunque ligado a la corona británica en concepto de dominio. Seguiría integrada la parte norte (el Ulster, con Belfast). El problema de Irlanda acabó por hundir al gobierno de George. Al año siguiente, obtuvieron mayoría en las elecciones los conservadores de Baldwin. Éste intentó solucionar la crisis económica mediante medidas proteccionistas, pero fracasó, pese a lo cual en 1924 consiguió formar otro gobierno que duró hasta 1929. Sin embargo, el malestar reinante en el mundo colonial (Egipto había logrado su independencia en 1922 y en la India florecía un movimiento independista dirigido por Gandhi) y la gran crisis económica de 1929 provocaron la caída de Baldwin.El recién ascendido gobierno laborista de MacDonald hubo de hacer frente a uno de los momentos más críticos de la historia británica. Entre 1929 y 1931, el número de parados pasó de 1.100.000 a 2.600.000 y los índices de producción industrial de 100 a 80. Las exportaciones disminuyeron de 790 millones de libras a 390 millones. En 1931, se convocaron nuevas elecciones, que ganaron los conservadores. El triunvirato formado por las grandes figuras conservadoras, Baldwin, Chamberlain y Churchill (v.), perduró hasta la II Guerra mundial. Las medidas conservadoras y el robustecimiento del poder gubernamental permitieron superar la gran depresión económica. Entre 1931 y 1937, el índice de producción industrial pasó de 80 a 133. En 1936, se produjo una extraña crisis interna con motivo del fallecimiento de Jorge V (1910-36), seguido del matrimonio morganático del nuevo monarca Eduardo VIII con la norteamericana Wallis Simpson, hecho que le obligó a renunciar al trono. La crisis dinástica se resolvió con el advenimiento de Jorge VI.En 1939, estalló la II Guerra mundial (v.), en la que nuevamente G. B., junto con Francia, la URSS y porteriormente EE. UU., hizo frente a las ansias expansionistas de Alemania. La paz de 1945 supuso el advenimiento de un nuevo gobierno laborista. El hombre-símbolo de la resistencia y la victoria, Winston Churchill, fue derrotados semanas antes del triunfo definitivo por el líder laborista C. R. Attlee (v.). Los laboristas gobernaron de 1945 a 1951, y sus principales objetivos fueron la nacionalización de la minería, la industria pesada y los servicios, así como la multiplicación de los seguros sociales. Pero derrotados en 1951 no volverían al poder hasta 1964. Los gobiernos conservadores de Churchill (1951-55), Eden (1955-57), Macmillan (1957-63) y Douglas Home (1963-64) mantuvieron la mayoría de las nacionalizaciones. Los laboristas vuelven al poder con Wilson (1964-7l), y en 1967 devalúan la libra un 14,3%, debido a una aguda crisis financiera. Retornan los conservadores con Heath (1971-74) y se firman -tras una tensa campaña- los acuerdos de ingreso de C. B. en la CEE. De nuevo vuelve Wilson que dimite en 1976, y le sustituye como "Premier" el también laboralista J. Callagham (1976-79). Las elecciones de 1979, 1983 y 1987 dan el triunfo a los conservadores con Margaret Thatcher (v. en Suplemento) de líder, la primera mujer Jefe de Gobierno de un país occidental. Thatcher aspiraba a dar un vuelco político a la historia de su país y librarlo del "mundo gris del socialismo". Para ello desarrolló una política monetaria, reduciendo el intervencionismo estatal, e inició un proceso de devolución a la iniciativa privada de una parte de la industria pesada, el cierre de astilleros deficitarios y el fin de subsidios a empresas públicas. Problemas con su partido llevaron a Thatcher a dimitir como Primera Ministra en 1990, siendo sustituida por el también conservador John Major, que en lo esencial siguió el rumbo político trazado por Thatcher. El Partido Conservador, liderado en esta ocasión por Major, volvlió a obtener el triunfo, esta vez muy apretado, en las elecciones de 1992.El 2 abr. 1982 el gobierno inglés reaccionó contra el intento de recuperación de las islas Malvinas (v.) por Argentina, enviando una numerosa flota, que con algunos reveses desembarcó en Port Stanley y obligó a rendirse a Argentina el 14 julio. A partir de 1922, con la independencia de Egipto y después la de la India, Asia del Sudeste, Oriente Medio, y África (Sudán, Ghana, Rhodesia, Kenia, Uganda, Tanganika, Somalia, Nigeria, Sierra Leona, África del Sur, etc.), casi todas las antiguas colonias y territorios británicos lograron la independencia, aunque en su mayoría permanecen agrupados en la Commonwealth (v.), asociación política cada vez más simbólica.V. t.: V; INGLATERRA II y III; ESCOCIA II y III; GALES; IRLANDA DEL NORTE II; IRLANDA, REPÚBLICA DE III y IV. Consúltese también los artículos de Historia de las colonias y posesiones: ANTILLAS II, 3; GIBRALTAR II; BERMUDAS II; HONDURAS BRITÁNICA II, etcétera.A. GARCÍA_BAQUERO.
BIBL.: C. M. TREVELYAN, History of England, Londres 1926; A. J. BOURDE, Histoire de la Grande-Bretagne, París 1961; R. J. WHITE, A short history of England, Cambrigde 1967; R. MARX, Histoire du Royaume Uni, París 1968; The Oxford history of England, IX-XIV, 1934-60; CH. HILL, The centurv of revolución (1603-1714), Edimburgo 1961; G. DAVIES, The early Stuarts (1603-1660), Oxford 1961; G. CLARK, The later Stuarts (1660-1714), Oxford 1961; C. FARMER, Britain and the Stuarts Londres 1965; D. MARSHALL, English people in the 18th century, Londres 1956; H. WALPOLE, La época de los tres Jorges, Barcelona 1943; P. MANTOux, La revolución industrial en el siglo XVIII, Madrid 1960; T. S. ASHTON, La revolución industrial (1760-1830), México 1950; E. L. WOODWARD, The age of Reform, 1815-1870, Oxford 1938; R. C. K. ENSOR, England 1870-1914, Oxford 1936; H. PELLING, Modern Britain, Londres 1960; E. E. REYNOLDS y N. H. BRASHER, Britain in the twenvtieth century, Cambrigde 1966; C. L. MOWAT, Britain between the wars, 19181940, Londres 1955; P. DEANE y W. A. COLE, British Economic Growth, Cambridge 1969; J. A. WILLIAMSON, A. notebook of Commonwealth historv, Nueva York 1967; M. DUVAL, Gran Bretaña e Irlanda, Madrid 1984 (Grech); D. OWEN, A future that will work, Middless 1984 (Penguin); íD., A United Kingdom, Argument and a Challenge for a Better Britain, Londres 1986 (Penguin); D. STEEL (ed.), Partners in one nation: A new vision of Britain 2000, Londres 1985 (Bodley Head).
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